La teología puede ser herética u ortodoxa, pero la historia del cristianismo engloba a los célebres personajes que impactaron con su influencia argumentativa, más allá de su enfoque doctrinal. Así que cuando se habla de la cristiandad y lo que cree tiene que mirarse al conjunto de personas que militan en una ideología religiosa, en este caso bajo la denominación cristiana. Eso no hace que cada personaje histórico sea un verdadero creyente como lo ordena la Biblia, por lo cual nos sorprende muchas veces lo que leemos en los libros de los llamados padres de la iglesia.
Estos famosos representan la cristiandad, pero en muchas ocasiones ni siquiera pretendieron creer. En otro contexto, una cantidad de avezados navegantes pudieron haber sido ignorados por los escritores de la historia, mientras Cristóbal Colón se lleva la gran fama como si fuese el único de ellos. Sucede lo mismo en cualquier área del saber humano, del arte, de los que arman grandes estructuras, en tanto los que los representan cobran la celebridad única que la narración ordenada confirma.
Cuando uno mira de cerca a esos grandes personajes de esta religión, puede darse cuenta de que no han llegado a creer con la simpleza que la sensatez cristiana supone. Jesús una vez exclamó: ¡Oh insensatos, y tardes de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! (Lucas 24:25). No fue sino hasta que Jesús mismo les abriera los ojos que ellos llegaron a creer de verdad (Lucas 24:32). ¡Cuántas personas temen sobre su destino, por cuanto oran a un dios que no puede salvar! Buscan la redención colocando su propia justicia como aval, para que, uniéndola a la justicia de Jesús, el Padre quiera salvarlos (Romanos 10:1-4; Isaías 45:20-21).
La Biblia exhorta a que la gente se arrepienta de su propia justicia, que cambie su mentalidad respecto a lo que verdaderamente es frente al gran Yo Soy de las Escrituras. La ley de Moisés no justificó a nadie, sino que por medio de ella se anunciaba a Cristo. Los que creyeron en esa promesa de la Simiente fueron redimidos, pero los que se ufanaban del cumplimiento de las normas no pudieron ser justificados: …que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él (Cristo) es justificado todo aquel que cree (Hechos 13:39).
A lo largo de la historia del cristianismo se contemplan falsos apóstoles, trabajadores del engaño, quienes como Satanás mismo hace se disfrazan de ángeles de luz. Sin embargo, su fin será de acuerdo a sus malévolas obras (2 Corintios 11:13-15). Estamos ciertos de que la sangre de Cristo demanda la salvación de todos aquellos por quienes el Señor murió, por lo cual se escribió que en Cristo todos vivimos (1 Corintios 15:22). Ese todos hace referencia al grupo de beneficiarios de su trabajo en la cruz (Mateo 1:21). Sabemos que muchos mueren en sus delitos y pecados, los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). El texto de Corintios habla de que en Adán todos mueren, lo cual es absolutamente cierto: Antes ustedes estaban muertos a causa de su desobediencia y sus muchos pecados (Efesios 2:1); la expresión: en Cristo todos viven, ha de entenderse que vivimos porque Jesucristo es el Segundo Adán, el que da vida a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65).
Los que rechazan a Dios, los que se ofenden con las palabras de Jesús, los que murmuran acusando a esa palabra de ser dura de oír, se convierten en personas que odian a Dios. Estos creen que Jesucristo murió por los que van al cielo y por los que van al infierno, por Jacob y por Esaú, por los elegidos para vida eterna como por los destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Estas personas que así creen no viven a través de Cristo sino que existen de acuerdo a su autojustificación. Por lo tanto, niegan Romanos 3:24-27 que resume lo siguiente: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados…a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. Por eso no hay jactancia, ni ley, sino la ley de la fe.
Esta palabra suele ser dura para aquellos que demandan otro tipo de seguridad, la de la ficha personal: tal día levanté la mano, tal día di un paso al frente, hice la oración de fe, me impusieron las manos. No existe tal cosa como el esfuerzo en creer, como para que se diga que si Él hizo su parte yo hice la mía. Estas personas tienen de qué jactarse, de su propia justicia (Romanos 10:1-4). Dios no salva a nadie a expensas de su justicia, y su justicia es Jesucristo. Si el Señor no representó en la cruz al mundo por el cual no rogó la noche previa a su muerte (Juan 9:17), entonces ese mundo quedó excluido.
Los religiosos tienen a mal esa palabra bíblica, diciendo que hay injusticia en Dios. Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor (Jeremías 2:22). ¿A quiénes les permanecerá esa mancha de pecado? A todos aquellos por quienes Jesús no oró la noche previa a su muerte, que son los mismos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, los mismos que Dios odió desde antes de ser concebidos para manifestar la ira de su justicia, representados en Esaú (Romanos 9:11-13).
La bestia diabólica apocalíptica es y será adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo(Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es, y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8). Con tanta reiteración de este tema en las Escrituras, ¿cómo pueden los teólogos y demás hombres de religión aseverar que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción? ¿Acaso no ven los contextos en que fueron escritos los textos que ellos esgrimen como universalistas? Por ejemplo, Juan el apóstol le dice a su iglesia que Cristo es la propiciación por los pecados de ellos, pero no solamente por los de ellos sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2). Esa expresión que aparenta ser universalista hace referencia a la inclusión de los gentiles (no a cada gentil), que no se reunían por fuerza en esa iglesia compuesta por judíos (no que cada judío se reuniera allí). Recordemos que Juan era un apóstol que ministraba ante los judíos, pero Pablo administraba a los gentiles. Así que con ese contexto no podemos mirar a Juan como contradiciendo las palabras del Señor que él mismo relató en su Evangelio, en especial en Juan 6 que antes hemos señalado.
También los fariseos exclamaron un día que todo el mundo se iba tras Jesús (Juan 12:19). Esa expresión es hiperbólica, apunta a una exageración del lenguaje, para ilustrar que, pese a todo, el Nazareno tenía seguidores. Sabemos que esos mismos fariseos formaban parte de todo el mundo, como lo hacían los del imperio romano, y un gran etcétera de naciones que ni siquiera conocían a Jesús. Ninguno de los señalados seguía al Señor, así que la expresión de los fariseos, que aparenta ser universal, no lo es sino hiperbólica.
Resumiendo las dos grandes teologías que dominan el mundo evangélico de hoy día, podemos adelantar que una de ellas es el semipelagianismo, mientras la otra es el arminianismo. La primera se refiere a Pelagio, monje y teólogo británico de los siglos IV y V, fundador de la herejía del pelagianismo. Afirmaba que la naturaleza humana no estaba corrompida por la caída de Adán, y que los seres humanos podían alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos, sin la necesidad de la gracia divina. El semipelagianismo viene después, diciéndonos que sí necesitamos de la gracia pero que si usted da un primer paso hacia ella, Dios dará el segundo. De esa doctrina proviene el conocido cliché que dice: Dios te ama y votó por ti; Satanás te odia y votó contra ti; tú decides la votación votando por ti mismo.
Jacobo Arminio, holandés del siglo XVII, fue un peón de Roma en las filas del protestantismo de la Reforma, en especial dentro de una universidad calvinista. Su posición enfatiza la importancia del libre albedrío del ser humano en el proceso de salvación, aunque también desarrolló la idea de que los creyentes puedan caer de la gracia para siempre. De esta forma, la predestinación que los arminianos sostienen es aquella que está condicionada a la fe del individuo (Dios vio en el túnel del tiempo quién quería salvarse y quién no); por lo tanto, sigue otro axioma: la expiación de Cristo es universal, para todo el mundo, sin excepción, negando que Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9 y Mateo 1:21, entre otros textos). Continúan con la aseveración de que el ser humano es libre de responder al llamado del Espíritu Santo, que ya no llamará en forma irrevocable y eficaz sino que dependerá de la voluntad de cada individuo. Los arminianos creen que los creyentes tienen la capacidad de resistir al pecado y perseverar en la fe (negando Romanos 7, por ejemplo), por lo cual sigue la consecuencia de que el creyente pueda caer de la gracia si no vence el pecado. Con ellos, la lectura de la Biblia será más literal, en el sentido de que niegan sus contextos, para forzar los textos a que encajen con la tesis romana de la teología de las obras.
De acuerdo al arminianismo, Dios inicia el primer movimiento, con una gracia genérica o preventiva, ante todos los hombres, sin excepción (aunque jamás hayan oído el Evangelio). Esto se diferencia del semipelagianismo, donde el ser humano inicia la primera movida; pero en ambos sistemas teológicos, el esfuerzo humano es el que logra finalmente la redención. La gloria de Dios es dada al hombre que arrebata por su libre albedrío la antorcha de la salvación, contraviniendo la sentencia bíblica de que Dios no dará a otro su gloria (Isaías 42:8).
En ninguno de esos sistemas nombrados el hombre aparece muerto en delitos y pecados, sino simplemente enfermo (ya que Pelagio reconoció años más tarde que sí se necesitaba de la gracia divina como recurso fundamental). La gracia preventiva derivada de estos dos grandes herejes viene para todos los hombres sin excepción, sin que importe el hecho de que jamás hayan oído el evangelio o de que hayan muerto en la completa oscuridad del alma. Así que Jesucristo, de acuerdo a este otro evangelio, tuvo que morir por todos los seres humanos, sin excepción. Habiendo alcanzado el perdón de pecados, esa gente que murió en la ignorancia de lo que Jesús había hecho por ellos, debería ser redimida (de lo contrario, habrá sangre inocente en el infierno).
Este sistema conduce, aunque sus representantes lo nieguen, a la universalidad en la salvación. Si Cristo murió por todos, luego todos son salvos. La Biblia no aporta ayuda a ese error doctrinal, más bien sostiene que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su martirio en la cruz (Juan 17:9); puso su vida por las ovejas, no por los cabritos; vino a dar su vida por su pueblo, al cual salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). Jesús solo salva a los que el Padre le dio (Juan 6:37, 44, 65). Proclamar la simple fe del evangelio no trae gran audiencia, pero resulta la única forma de anunciar la palabra revelada. Es Dios quien hace nacer de nuevo, no el predicador; recordemos que en la oración de Jesús encontrada en Juan 17 leemos que ruega al Padre por los que le daría, por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes, sus apóstoles verdaderos. Esa es la palabra incorruptible de la cual habló también el apóstol Pedro.
César Paredes
Deja un comentario