A eso que llaman ciencia le encanta elucubrar que nosotros hayamos venido del polvo de las estrellas. Esperan que de la nada se haya formado todo cuanto tenemos en el universo, de forma que la idea del Dios bíblico sea apenas una historia religiosa de manipulación de masas. Si Dios existiera, ¿sería una persona? ¿Cómo sabe Dios y de dónde salió Él? En síntesis, la duda que tienen en cuanto a la formación del universo se traspasa al Dios Creador, si lo hubiere: ¿de dónde se formó? La lógica de ellos apunta a que ese Dios tuvo que haber sido originado en un punto de la eternidad, formado de algo, ya que no conciben la idea de un Dios que siempre haya existido.
El Dios cristiano no da cuenta de su origen sino que afirma que Él siempre ha sido y será, por los siglos de los siglos. Cuando la Biblia habla del principio de todas las cosas, lo hace desde nuestra perspectiva como criaturas limitadas. En el principio Dios creó los cielos y la tierra; ese comienzo es el del universo creado, nunca el comienzo del Creador. La fe que nos ha sido dada alcanza para creer ese axioma como verdad absoluta, inamovible del cristianismo, sin que nos moleste el ansia por desnudar todo lo que encubre a ese Dios Creador.
Pero dentro de las filas del cristianismo han aparecido teólogos que se ocupan de dilucidar sobre el centro de la teología de Cristo: la expiación. Establecen un debate en torno a si ésta fue universal o limitada; también debaten acerca de si el trabajo de Cristo fue satisfacción o expiación. El argumento va ligado al carácter de la persona de Jesucristo, ya que siendo Dios todo cuanto haga tiene alcances eternos. Pero Cristo fue una sola vez a la cruz, sin que porque sea Dios tenga que ir eternamente a morir por los pecados humanos. Vemos entonces un primer límite: no porque tenga carácter divino lo que haga Jesús tiene que tener una extensión eterna. Me explico: Jesús respiró, nació de una mujer, creció, jugó como niño, fue educado por sus padres, por su entorno, pero ello no implica que siga naciendo de mujer, creciendo, jugando como niño, educado por sus padres y entorno, mucho menos crucificado una y otra vez.
Esta extensión propuesta en base a la naturaleza de Jesús como Hijo de Dios refleja el intento de muchos por establecer una expiación de extensión universal. Al mismo tiempo, pese a la hipotética universalidad se propone una limitación que gira en torno a la libre aceptación que el mundo haga de esa expiación. Algunos teólogos sostienen que la eficacia del trabajo de Cristo, pese a su universalidad por causa de la cualidad divina, tiene la limitación referida al grupo de los elegidos de Dios. Este principio podríamos llamarlo derroche económico de la salvación, ya que, aunque hay abundancia de perdón para toda la humanidad, la eficacia del perdón divino se limita a unos cuantos escogidos. En resumen, para esos teólogos la redención de Cristo fue suficiente para todo el mundo, pero eficaz solamente para los elegidos.
Creo que siendo más precisos, la expiación de Cristo si no fue propuesta para todo el mundo sin excepción, no posee la suficiencia alegada para todos. Dios es perfecto y sabe lo que hace, dado que es Omnisciente y Todopoderoso. Si Cristo murió por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Juan 17:9), entonces su expiación es suficiente para su pueblo y no para toda la humanidad. Esto se deriva del hecho de que el Padre no se propuso salvar a toda la humanidad, sino a un pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8; Efesios 1:5,11).
La naturaleza de quien hace la cosa se transmite a la cosa hecha; ese presupuesto puede rondar en una falacia muy dolosa. El hecho de que Cristo sea Dios haría que su muerte en la cruz tenga un alcance universal motivado al carácter universal de la divinidad del Hijo de Dios. Por lo tanto (en un non sequitur), si pretendió salvar a uno pretendió salvar a todos. El autor de Hebreos asegura que Cristo vive por siempre para interceder por los que se acercan a Dios (Hebreos 7:25). Según ese principio tomado aisladamente, fuera del contexto de lo que se quiso significar, el Hijo de Dios ya no perdonaría pecados porque su trabajo consiste en interceder. Poco importa el hecho de que le haya perdonado los pecados al paralítico que sanó, ni que al resucitar dijera que le había sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Tampoco importaría lo que dice el libro de los Hechos, referente a Esteban como mártir quien alzando los ojos vio al Hijo del Hombre sentado a la diestra del trono divino, a quien le dijo: Señor, no le tomes en cuenta estos pecados (de los que lo apedreaban). ¿Cómo pudo pedir que no le tomara en cuenta los pecados de sus enemigos religiosos, si Esteban debió comprender que Cristo vive perpetuamente para interceder y no para perdonar? Además, Juan en su Primera Carta, Capítulo 1, declara que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (Verso 9). ¿Quién es el referente del pronombre personal él? Si estamos pendientes del contexto, se refiere a Jesucristo su Hijo (expresión última en el verso 7). Es decir, Juan no dice aquél, como un referente distante que pudiera referirse a Dios como Padre, sino él -referente inmediato que apunta al Hijo de Dios.
Los que aseguran que Jesucristo no perdona pecados sino que intercede solamente por su pueblo en forma perpetua, deberán en su non sequitur continuar infiriendo anti-teología. Por ejemplo, Jesucristo no podrá volver en su preparada Segunda Venida porque debe estar perpetuamente intercediendo por su pueblo; tampoco irá a sus Bodas del Cordero, ya que estará intercediendo por su pueblo, etc. Esta ligereza interpretativa relativa a las acciones y cualidades de quien las realiza, puede conducir a caminos sin vuelta atrás. De nuevo, el que Cristo sea Dios no implica que su muerte no tenga un aspecto puntual, o que deba ser infinita, como cualidad de su persona.
La Biblia es muy clara acerca de quiénes son los que Cristo redimió en la cruz del Calvario. El Faraón de Egipto no está en la lista, levantado para mostrar la ira de Dios en su justicia contra el pecado; tampoco Judas, que era diablo. Ningún réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda, ni Esaú, el odiado por Dios (Romanos 9:11-18). Cristo no murió por los que fueron destinados a tropezar en la roca que es él mismo (1 Pedro 2:8). Si Dios limpió el pecado de los judíos, no lo hizo con todos los judíos (como bien afirmara Pablo respecto a la Simiente, en Romanos 11); si Dios quitó el pecado del mundo (el mundo era el conjunto de gentiles) no lo hizo con cada individuo, de lo contrario todo el mundo gentil, sin excepción, sería salvo.
Cristo vio linaje, tiene a los hijos que Dios le dio; el Señor vino a morir por los pecados de su pueblo -no por los pecados del mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión. En Mateo 1:21 y Juan 17:9 se demuestra la especificidad de su objetivo al morir. Dios es soberano, sabe todas las cosas y declaró que la humanidad había muerto en delitos y pecados, que no había ni siquiera uno que lo buscara (como al verdadero Dios). Por lo tanto, si ahora hay vida espiritual, la hay en Cristo, por cuanto Dios en su soberanía escogió un pueblo, una nación santa, los amigos del Señor, para que como ovejas fuesen entregadas al Señor que expiaría todos sus pecados. Los cabritos serán lanzados a un lugar de tormento, pero las ovejas del Padre dadas al Hijo entraremos a vida eterna.
La gente se infatúa y supone que sus obras lo ayudarán a ingresar al reino de los cielos, por lo cual enarbolan teologías que satisfacen las almas incautas que siguen en la oscuridad propia del príncipe de este mundo. Predicamos este evangelio para que las ovejas perdidas oigan la voz del buen pastor y sean rescatadas y llevadas al redil.
César Paredes
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