El Dios de la Biblia muestra su ira contra la maldad y contra los malvados; por igual demuestra su misericordia por aquellos a quienes quiso salvar a expensas del trabajo de su Hijo. Esta realidad se describe en las páginas de las Escrituras, más allá de que a la gente le parezca justo o injusto lo que Dios hace. De hecho, Pablo nos relata en el Capítulo 9 de su Carta a los Romanos que él tiene mucho pesar, profundo dolor en su corazón, atestiguando su conciencia junto al Espíritu Santo, por que quisiera él mismo ser anatema a causa de sus parientes según la carne. Estos parientes muy bien pudieran ser su familia sanguínea, si bien muchos señalan que se refiere a sus hermanos de raza.
No obstante, el apóstol continúa diciendo que esos parientes son israelitas, lo cual da a entender que cuando hablaba de ellos pareciera más identificarlos como la familia consanguínea. Resultaría muy redundante el que hubiese dicho que tenía gran dolor por sus hermanos de raza, los cuales son israelitas. Era obvio que esos hermanos raciales eran israelitas, como lo era el apóstol, de la tribu de Benjamín. Pero más allá de la referencia apostólica, importa mucho el contenido de ese capítulo que Pablo escribe. El apóstol agrega que la palabra de Dios no ha fallado (verso 6), sino que no son israelitas los que descienden de Israel. Hace un llamado a la promesa hecha a Abraham: En Isaac te será llamada descendencia (verso 7).
Si hacemos una referencia cruzada nos encontraremos con un texto muy propicio para lo que Pablo está escribiendo a la iglesia de Roma. En Gálatas 3:16 leemos: Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo. Entonces, nosotros los creyentes escogidos por Dios somos esa descendencia referida por Pablo, somos los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Isaías 8:18 y Hebreos 2:13). Esta potestad de ser hechos hijos de Dios viene por la gracia divina, no por voluntad humana alguna. De otra manera, la gracia no sería gracia sino un salario debido. Somos salvos por gracia, por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8).
La gracia está en Cristo Jesús, pero fuera de él no hay gracia alguna que sea posible. El Dios que es santo, recto y justo, no puede sino mostrar ira contra todo lo que sea la transgresión a su ley. Ningún pecador puede exigir gracia de parte del Todopoderoso, ya que precisamente ella es un favor inmerecido. Descartada la posibilidad de merecer la gracia, la misma es otorgada por el Creador a quien Él quiere darla. Por esa razón también se escribió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de su obra. El verso 11 de Romanos 9 lo coloca de esta manera: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.
Al saber que la gracia es un regalo de Dios entendemos que Dios no anda por el mundo en forma agraciada, despilfarrando su favor a diestra ni a siniestra. Hay muchas personas que Él también endurece: De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 18). Ahora bien, esa gracia divina no es barata, sino que ha costado la sangre del Hijo de Dios. El precio que tuvo que pagar Jesucristo fue alto como alto era el favor inmerecido que recibimos. El pago lo hizo Jesucristo, el favor inmerecido lo recibimos los salvados, la justicia por ese favor fue exigida por el Padre Eterno. Habiendo Jesús pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9) se convirtió en nuestra justicia. Por eso fue escrito: Cristo, nuestra pascua (1 Corintios 5:7).
En la primera Pascua Moisés hizo que el pueblo de Israel sacrificara un cordero, como se atestigua en Éxodo 12:21; su sangre se esparciría en las entradas de sus casas en Egipto (Éxodo 12: 7). Ya acá se establece el gran símbolo, el de la protección que nos da la sangre del Cordero de Dios respecto a la ira divina contra el pecado y toda transgresión de su ley.
Si Jesucristo es nuestra pascua, entonces somos verdaderamente agraciados. Egipto representa en la Biblia al mundo, las más de las veces; la sangre de los corderos venía como sombra de la sangre del Hijo de Dios que murió en un madero, para aplacar la ira divina en los que son del verdadero Israel de Dios. Al pueblo histórico de Dios, salvos y no salvos, le fue dicho: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13). En plena escena de escape del yugo enemigo, no vemos por ningún lado la gracia de Dios sobre Egipto, de acuerdo al relato bíblico.
De esta manera tenemos por cierto que el trabajo del Hijo de Dios se hizo en favor de los escogidos del Padre, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 11). No tenemos encima la ira de Dios, sino su reprensión cuando fuere necesario, de otra manera no seríamos contados como hijos (Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? -Hebreos 12:7). Comprendamos que el trabajo de Jesucristo, al representarnos substitutivamente en la cruz, pagó la pena que merecía cada una de las transgresiones de todo su pueblo. La justicia del Hijo es perfecta, y no menos que perfección judicial nos fue concedida; por esta razón Dios nos ve con la justicia perfecta que nos fue dada a cambio de nuestras transgresiones. He allí el amor del Padre, para que podamos ser llamados hijos de Dios. Recordemos que el Padre Eterno quedó satisfecho con la justicia del Hijo, por lo tanto no podemos ni debemos intentar jamás añadir a esa justicia la nuestra.
Quien no comprenda el sentido de esa justicia aplicará la suya propia, como bien lo asentó Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. María no tenía nada que temer porque había hallado gracia delante de Dios (Lucas 1:30). De la misma manera el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, porque la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:40). Pedro nos escribe diciéndonos que fuimos elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). Esa presciencia debe ser estudiada para evitar imaginaciones impertinentes en cuanto a que Dios pudo ver alguna buena cualidad en nosotros para escogernos.
Primero debemos entender que Dios no necesita llegar a saber algo, así que no tiene que averiguar nada para conocer lo que conoce. En segundo lugar, en muchas ocasiones la Biblia coloca como similitud el acto de conocer y el de tener comunión. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; y José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; a vosotros solamente he conocido yo en la tierra; y les dirá: nunca os conocí… En tercer lugar, sepamos que Dios conoce al impío que es réprobo en cuanto a fe pero no por eso lo ha elegido, aunque lo haya conocido. Más bien, el amor eterno y perdurable del Padre hizo que se fijara en un grupo de personas a quienes escogió desde antes de la fundación del mundo para ser su pueblo.
Ya Dios ha declarado que mirando a la tierra no vio a ni un solo justo, ni a ninguna persona que le buscara; afirmó que toda la humanidad había muerto en sus delitos y pecados. Entonces, bajo esa afirmación veraz tenemos que comprender que nada bueno hubo en los elegidos para ser objetos de su amor eterno. No busquemos cualidad en la masa de barro, que es la misma masa para vasos de honra y de deshonra (Romanos 9). El Salmo 1:6 hace una síntesis sobre ese conocimiento divino: Porque el Señor conoce el camino de los justos: pero la senda de los impíos perecerá. Es decir, no serán conocidos los impíos, en el sentido de que no serán ni han sido amados por Dios (como es el caso de Esaú desvelado en Romanos 9:11-13).
Precisamente, en esos gemelos de Rebeca e Isaac se ve el amor y el odio de Dios, con la declaración de Pablo, quien entiende que es un asunto duro que tenía que decir. Gracias a esa dureza sabemos que el elegido de Dios puede contrastar la abundante gracia que ha tenido, frente a la desgracia de los vasos de deshonra que Dios como Alfarero ha hecho. Todavía alguien puede preguntarse si en esta teología hay injusticia en Dios. La respuesta sigue siendo la misma, de acuerdo a la Biblia: En ninguna manera (Romanos 9:14). ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La respuesta sigue desarrollándose en los versos 22 y 23.
No callamos esta teología, ni nos la reservamos en secreto; simplemente la declaramos como parte de todo el consejo de Dios. Así lo ha anunciado Él en las Escrituras, ¿cómo nos atreveríamos a guardar silencio frente a semejante verdad? Que nuestra conciencia nos dé el testimonio en el Espíritu Santo por la comprensión de esta doctrina del Señor Jesucristo.
César Paredes
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