PRESCIENCIA DIVINA

El conocimiento previo sobre cosas y acontecimientos, personas y decisiones humanas o animales, puede generar controversia filosófica y teológica. La gran pregunta es: ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? (Salmos 73:11). La respuesta la encontramos por igual en las Escrituras, además de hallarla en la definición de lo que es Dios. Él es el que hace posible todas las cosas, el gran Yo Soy, Jehová. Por medio de su palabra fueron hechas todas las cosas. De nuevo, ¿cómo sabe Dios? Sencillamente conoce todo lo que nosotros podamos imaginar, pero no llega a conocer como si fuese un ignorante que necesita aprender.

Entonces, la cualidad de Omnisciencia en el Omnipotente Dios lo califica para que conozca todo cuanto conoce. Al mismo tiempo lo describe como alguien que no necesita llegar a conocer, ya que no ignora absolutamente nada. Así que cuando la Biblia habla de que Dios en su presciencia (conocimiento previo) eligió a quienes amó desde la eternidad (1 Pedro 1:2), ese conocimiento previo que Dios tenía de sus elegidos no lo tenía en base a lo que averiguó de ellos, como si tuviese que encontrar cualidades particulares para elegirlos. Si así hubiese ocurrido, entonces tendríamos que decir que Dios no sería Omnisciente, ya que tuvo que averiguar algo que no sabía.

Una cosa son las metáforas bíblicas, que nos acercan a un Dios moviéndose entre nosotros, pero nunca la metáfora dirá algo más allá de lo que se propone. Dios tiene el atributo del conocimiento absoluto de todos los eventos, pasados, presentes y futuros. De nuevo la gente se pregunta: ¿Cómo sabe Dios?

Ahora bien, ¿controla Dios los actos humanos o simplemente conoce en forma anticipada los resultados de las acciones del hombre? Tenemos que tener en cuenta que en la Biblia aparece en numerosas ocasiones un ligamen particular con el verbo conocer. Este verbo tiene la característica de significar por igual el aspecto cognoscitivo como el amor por las personas. De hecho se ha escrito: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1). Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set (Génesis 4:25).

Vemos, pues, que en la Biblia el verbo conocer tiene una connotación más profunda que el simple conocimiento intelectual. Implica una relación íntima, un compromiso y en ocasiones una relación sexual. Se usa por igual para describir la relación entre Dios y sus amados. Jesús dijo que las ovejas conocen la voz de su pastor (Mateo 26:31), lo cual implica una relación de confianza y de familiaridad. Y en esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos (1 Juan 2:3). …Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21-23).

¿Cómo es posible que el Dios Omnisciente diga que nunca conoció a los hacedores de maldad? ¿Cómo es que los aparta de Él si no sabía quiénes eran? Simplemente sí que sabía quiénes eran, pero no los llegó a conocer nunca (no los llegó a amar, jamás tuvo comunión con ellos). El mismo Señor le dijo a un grupo de personas a quienes ya había tratado antes que en realidad no lo conocían a él: Si me conocierais, también conoceríais a mi Padre; y desde ahora lo conocéis, y lo habéis visto (Juan 14:7). Una frase altamente impactante que resume el otro significado de conocer sería la que aparece en Mateo 1:25: Y José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz al niño. Todos sabemos que ya era su esposa y que la conocía cognoscitivamente, pero la Biblia habla de la relación íntima entre marido y mujer.

Pablo escribió un texto que resume lo que acá intentamos declarar como una verdad bíblica. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó (Romanos 8:29). No que Dios haya visto cualidades positivas en sus escogidos, sino que de entre todos los muertos en delitos y pecados, de entre todos los injustos de la tierra, de los que nunca pretendíamos buscar al verdadero Dios, escogió a un pueblo, a una nación para santificarla, a unos amigos para hacerlos reyes y sacerdotes, a un conglomerado de personas particulares para hacerlos su iglesia. Los que Dios conoció son los mismos que predestinó, llamó, justificó y glorificó. En síntesis, ese conocer divino en este texto se refiere a su amor: A los que antes conoció (amó).

¿Qué pudo ver Dios en sus escogidos para elegirlos? Éramos todos de la misma masa, como Jacob y Esaú, pero el propósito debería permanecer por la elección y no por las obras, para que nadie se gloriase de sí mismo. Suponer que hubo cualidad buena en los elegidos sería atribuirle la redención al ser humano y arrebatar con ello la gloria del Hijo de Dios. Es decir, yo me salvo porque fui más inteligente que los otros, yo decidí por Cristo porque tuve una mejor predisposición hacia sus palabras, etc. Eso no sería más que arrogancia humana, vanagloria espiritual y blasfemia contra la soberanía absoluta de Dios.

Jacob y Esaú representan un resumen hecho por Pablo para que comprendamos definitivamente la elección divina. A unos escogió Dios para la alabanza de su gloria y misericordia, mientras a otros escogió para alabanza de la ira y poder contra el pecado. Antes de nacer, antes de ser concebidos, sin que mediara obra buena o mala, el propósito de Dios se manifestaría conforme a la elección y no por las obras humanas. Entonces, al saber que Dios conoce sin que tenga que mirar en nuestras obras, surge todavía una interrogante en miles y millones de personas: ¿Hay injusticia en Dios? Pues, Esaú hizo lo malo (vender la primogenitura) porque fue odiado por Dios aún antes de nacer. ¿Por qué, pues, Dios inculpa a Esaú? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Fijémonos bien en que estas interrogantes fueron descritas en Romanos 9 como una objeción natural del hombre que, habiendo comprendido la omnipotencia divina, se resiste al ejercicio divino de ese poder cuando de elección se trata. El objetor sabe y reconoce que nadie puede resistir la voluntad de Dios, así que usa ese argumento para refutar el daño ocasionado a Esaú. No ve injusticia en lo que Dios hizo con Jacob, pero sí en lo que le hizo con Esaú. El texto bíblico expone claramente el derecho de Dios para elegir en forma soberana y eterna, aunque la consecuencia dura para el incrédulo revierta el argumento como acusatoria contra el Dios soberano.

Vanidad completa es la que tienen los falsos hombres de religión, quienes manejan la creencia de que Él pudo ver en el túnel del tiempo cualidades humanas para elegir en base a ello. Como si Dios hubiese escogido a aquellos que Él vio que querían ser salvados, los que aceptarían su proposición evangélica. Esto en realidad es un absurdo y un atropello contra lo que las Escrituras declaran constantemente: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). La diferencia entre cielo e infierno la establece Dios como soberano absoluto, de acuerdo a sus propósitos eternos; jamás recae sobre los valores humanos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario