EL LIBRE ALBEDRÍO – LA GRAN FICCIÓN

Ya Lutero había escrito sobre el tema, en una respuesta a Erasmo de Rotterdam, calificando al libre albedrío como una voluntad esclava. Las religiones, en general, gustan de aferrarse a este distintivo sin el cual pierde interés el prosélito. Pareciera que si el hombre no goza de libertad absoluta su culpabilidad resulta nula, además de que carecería de sentido cualquier esfuerzo por hacer lo que considere correcto. La Biblia, en cambio, siempre ha dicho lo mismo que ha sido escrito desde hace siglos, que Dios es soberano absoluto y que sus criaturas humanas le deben un juicio de rendición de cuentas.

Pero ese juicio, argumentan las personas, no podría ser válido si todas las cargas tiene que soportarlas el acusado. ¿Hay injusticia en Dios que culpa a Esaú de terribles crímenes, cuando Esaú fue odiado por el Creador aún antes de hacer bien o mal? Los defensores de Dios, que no son pocos en el terreno teológico, corren desmesurados a decir lo que Dios no les recomendó. Aseguran que Dios, como todo lo sabe, previó lo que haría Esaú, por lo cual lo odió. De este argumento se derivaría una nueva acusación contra el Dios bíblico, ya que si vio que vendría un mal a una de sus criaturas humanas ha podido evitarlo, pero no lo hizo así, sino que dejó que la calamidad continuara. La Biblia muestra con insistencia que Dios hace como quiere y que sus acusadores carecen de poder para hacerle daño.

La criatura humana desea su independencia del Creador, fiel al consejo del reptil antiguo, llamado por igual diablo o Satanás. Seréis como dioses, fue la promesa sugerida en los inicios del hombre en el Paraíso. De esta manera, el ser humano convertido en un dios pequeño intenta su magia aprendida: que la arcilla moldee al Alfarero. El corazón del impío sigue siendo cruel (Proverbios 12:10); la gloria humana lo envuelve al punto de llegar a creer que con su impiedad puede hacer la diferencia entre cielo e infierno. Los impíos deben gloriarse en ellos mismos, porque han logrado vencer a Dios en el Edén. ¡Vaya calamidad!

Dios hablaba con Moisés y le decía que debía enfrentarse al Faraón de Egipto, con el argumento de que el Dios de los hebreos había hablado, dando instrucciones para destruirlo. Te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). La soberanía del Creador también rigió a Ciro, rey de Persia, aún antes de que hubiese nacido, como se deriva de una profecía de Isaías. Un rey llamado Ciro permitiría a los exiliados judíos regresar a la tierra prometida (Isaías 40 al 48). En el capítulo 41 Dios declara que Ciro es su ungido, aunque él no conoce a Jehová. Así que ese rey que Jehová levantaría sería una herramienta para conocer la verdad del Dios que rige a las naciones.

Como dijo el autor del libro de Proverbios: Como las corrientes de las aguas, así está el corazón del rey en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios usa la figura del Alfarero para representarse a Sí mismo, por lo dicho en Jeremías 18:6. Así que ese Dios de la Biblia inclina a todo aquel que quiere inclinar para uno u otro lado, de manera que su voluntad se cumpla según su providencia. Pero si el fin de cada cosa y de cada persona está previsto según la voluntad del Creador, de igual manera lo están los medios. Ezequiel aseguraba que Dios daría un nuevo corazón a su gente, con un espíritu nuevo, a manera de un nuevo nacimiento (la regeneración). Jehová quitaría el corazón de piedra en sus escogidos, para darle uno de carne, de manera que pudiéramos estar atentos a sus mandatos y promesas (Ezequiel 36:26).

De acuerdo a lo escrito en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, solamente aquellas personas enviadas por el Padre hacia el Hijo podrán venir en forma segura. Así que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo envía; si ha sido enviado, entonces el Señor lo resucitará en el día postrero para vida eterna, y no lo apartará a perdición perpetua (Juan 6:37, 44, 65). Pablo escribe su Carta a los Romanos y en forma un tanto triste lamenta, en el Capítulo 9, el tener que decir lo que debe anunciar: que tiene gran dolor en su corazón, por sus parientes según la carne. De inmediato desarrolla el agudo tema de la soberanía absoluta de Dios en el campo de la redención y condenación humana. Concluye su tesis advirtiendo que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia; presenta el caso del Faraón egipcio, a quien endureció para colocarlo como emblema del juicio divino contra el pecado humano. Pablo dice por igual que Dios a quien quiere endurecer endurece (Romanos 9:18).

Cuando alguien piensa mal de nosotros, cuando alguien desea que fracasemos en nuestros nobles propósitos, hemos de entender que Dios está detrás de esa persona maldiciente. Un propósito digno existe tras las bambalinas, ya que en ocasiones la crueldad humana nos conduce a la honra de Dios. Los hermanos de José planificaron algo muy malo para su vida, pero el mismo José les dijo, años después, que ellos habían pensado mal contra él, mas Dios le había dado un significado diferente desde el principio: había encaminado todo ese asunto terrible para bien, en beneficio de mucho pueblo (Génesis 50:20). Dado que las Escrituras se presentaron para beneficio del pueblo de Dios, cuando aparezca el gusanillo del libre albedrío en la boca de sus anunciadores, recordemos lo que ellas anuncian de principio a fin.

El Dios soberano de las Escrituras fue quien hizo que el rey de Hesbón no dejara pasar por su territorio al pueblo de Israel, endureciéndole su espíritu, obstinando su corazón, para después entregarlo en las manos de la nación escogida (Deuteronomio 2:30). Resulta muy importante reconocer la claridad con la cual hablaban aquellos santos hombres de Dios, el carácter prístino de los escritores bíblicos al tratar el tema del Dios soberano. No había medias tintas, no hubo dubitación alguna, no les gobernaba el silencio o la vergüenza. Al contrario, intentaron con éxito dar notoriedad al talante soberano del Dios de la Biblia, el que hace como quiere y no tiene consejero. Los escritores bíblicos se enfrentaban a sus disputadores, para que se encararan con Jehová, como si el tiesto pudiera hablar con los demás tiestos de la tierra.

Nuestra relación con Dios pasa por reconocernos como nada, y como menos que nada, delante del Todopoderoso. Al mismo tiempo, habiendo reconocido la magnanimidad de Dios, sabemos que recibimos de Él la gracia que imparte a quien quiere impartirla. Es en esa dimensión en la que estaremos seguros, reconociendo por igual que somos como la niña de sus ojos. Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Pero gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15:55-58).

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario