ADÁN COMO CABEZA

El carácter federal de Adán como primer hombre hace que debamos pensar en las implicaciones de los primeros mandatos recibidos. Se comprende que cuando el Creador le habló se daba por entendido que tenía lenguaje, todo como parte de la misma creación. Dios lo hizo dándole por igual los datos necesarios que suelen considerarse previos para poder entender de lo que se habla. De esta manera, Adán supo lo que era la norma con sus consecuencias. Podía comer de todos los frutos del huerto, menos de aquel del conocimiento del bien y del mal.

La consecuencia mortal no se hizo esperar. Una vez desobedecido el mandato le sobrevino un estupor, suficiente para sentirse desnudo y sentir vergüenza. Ante los ojos de Dios todos estamos sin ropaje que cubra nuestros actos malévolos. Incluso el pensamiento no puede evadirse o hacerse irreconocible. Como dice la Escritura, antes de que nuestra palabra esté en la boca ya el Señor la conoce. La creación contiene la caída como parte del propósito eterno e inmutable del Creador.

Pedro así nos lo informa, cuando escribe que el Cordero estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1Pedro 1:20). El texto de Pedro nos exige asumir que Adán tenía que pecar, ya que Dios no podría en virtud de su Omnisciencia y Omnipotencia, de su voluntad inquebrantable, quedar sin que se cumpliera su propósito. Ya Dios tenía el plan de la Redención, por medio de Jesucristo como Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Su sangre preciosa sería derramada para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Resultaba inevitable la falta de resistencia de Adán; por esta razón comprendemos que la voluntad divina se ejecuta no solo en los pecadores sino también en los incorruptos.

La Biblia habla de dos adanes. El primero viene como carnal, pero el segundo Adán se manifestó como Salvador de su pueblo. En el primer Adán todos mueren, pero en el segundo todos viven. ¿Quiénes son estos todos que mueren y viven? Simplemente toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, pero en Cristo todas sus ovejas pasan a vida eterna. Esta es la gracia divina, la que nos es dada por medio de la fe en el Hijo de Dios, una fe que también se define como regalo divino, ya que no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2; Hebreos 11:6).

Como síntesis anticipada aseguramos que Adán no tuvo ninguna otra posibilidad, sino pecar. Podría aparecer la objeción de costumbre: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto ya fue escrito por Pablo, en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. Adán no podía torcer el plan divino, como si Jesucristo se hubiese quedado sin su actuación en lo que concierne a su preparación como Cordero sin mancha. El cordero devino en un símbolo del sacrificio pascual, una representación de lo que haría el Cristo en el tiempo de su manifestación como enviado del Padre.

Dios ordenó la caída para que su Hijo se manifestara como el Redentor de todos los que componen su pueblo. Dios no permitió, en el sentido de dar permiso, como si ese evento pudiera o no darse con exactitud, como si alguien lo estuviera pidiendo. Claro, todavía quedan sofistas teológicos quienes en su desaguisada teología argumentan que Dios decretó permitir. Están por igual los que aseguran que Dios vio venir la tentación pero no la evitó, aún sabiendo que Adán caería en ella. De esta manera se las han ingeniado para hacer creer que el Creador no tiene injerencia directa en estos asuntos del pecado, sino que es un actor de piedra que mira porque inevitablemente todo lo sabe.

Deberíamos preguntarnos si Adán tuvo realmente la posibilidad de quitarle la gloria de Redentor a Jesucristo. Por supuesto que no la tuvo nunca, como bien lo afirma el texto de Pedro referente al rol del Cordero de Dios. Ciertamente, uno de los Diez Mandamientos dice que no dará Jehová por inocente a quien tomare su nombre en vano; es decir, Adán entendió tanto el mandamiento de comer del árbol prohibido como de sus consecuencias. La ofrenda de Caín no fue grata a los ojos de Dios, pero la de Abel sí que fue de su agrado. Por ese motivo Caín se ensañó contra su hermano Abel por cuya razón Dios le argumentó: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta (Génesis 4:6-7). Esto forma parte de los episodios que siguieron como herencia de Adán, sin que importara que aún no había llegado la ley escrita por vía de Moisés. Adán sabía que estaba obligado a adorar a su Creador y a obedecerlo; Caín sabía que haría mal si continuaba con el plan de asesinar a su hermano. La vida humana, el obedecer al Creador, eran ya imperativos en el corazón de las criaturas humanas, todo lo cual serviría como elemento forjador de las futuras normas contempladas en los Diez Mandamientos.

La Biblia nos va mostrando de principio a fin que la voluntad de Dios se impone siempre. De esta manera leemos en Proverbios 16:4 que aún al malo hizo Dios para el día malo. No se trata de que Dios aproveche la ocasión de lo que sucedió en el Edén, como si hubiese sido algo imprevisto o algo permitido a pesar de su voluntad. En otro lado, las Escrituras afirman que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero al que quiere endurecer, endurece. El hombre no es nada para altercar con su Creador, sino apenas una olla de barro que no puede reclamar la razón por la cual ha sido formado de esa manera. El alfarero tiene la potestad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso de honra y otro para deshonra. Además, añade la Biblia que Dios quiso mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportando con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 18-23).

Ha sido escrito que Dios nos bendijo en Cristo (a sus escogidos) con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, habiéndonos escogido en el Señor desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). En realidad, el Dios destacado en las Escrituras es absolutamente soberano, sin que exista una sola persona que logre torcer sus propósitos. El conocimiento de la grandeza y control soberano del Altísimo es demasiado maravilloso para mí, como dijo el salmista David, alto es, no lo puedo comprender (Salmos 139:6).

Los hombres malos aguzan sus lenguas como lo hacen las serpientes cuando debajo de sus labios tienen veneno. Por eso exclama: No concedas, oh Jehová, al impío sus deseos; no saques adelante sus pensamientos, para que no se ensoberbezca (Salmos 140:8). La fe auténtica, proporcionada por el segundo Adán, prevalece hasta el final. Esto no se da porque seamos fuertes o persistentes, sino porque la perseverancia viene como una bendición de seguridad para cada elegido del Padre. Cristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25).

El primer Adán no nos pudo asegurar nada como herencia, excepto la muerte espiritual y su consiguiente muerte física a toda la raza. Sin embargo, el segundo Adán vino para salvar a todo su pueblo de sus pecados. Por esa razón dijo que él los preserva en sus manos (así como estamos en las manos del Padre); él nos disciplina como a hijos, nunca nos retirará de su presencia (Juan 6:37).

El primer Adán no perseveró, aún en su estado de inocencia, porque tenía que pecar de acuerdo al plan del Creador (recordemos que el Cordero sin mancha estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo). El segundo Adán perseveró inmaculado desde siempre y para siempre, haciéndonos salvos permanentemente. Quien niega nuestra perseverancia niega la esencia del evangelio, el cual es por gracia y no por obra nuestra. La salvación final no depende del hombre sino de Jesucristo.

Los que permanecen en el primer Adán están en la carne y no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). La descendencia de Adán posee una inhabilidad moral propia del hombre caído; pero los regenerados por el segundo Adán hemos sido levantados por el Espíritu Santo. Todos los no regenerados están sujetos al juicio divino de acuerdo a sus obras y a su naturaleza. Estar en la carne se refiere al estado espiritual de devastación, por lo cual quien así anda suprime la verdad y se inclina a la mentira, es entregado por Dios a pasiones vergonzosas, su mente está en hostilidad contra el Creador, no se puede someter a la ley de Dios, no agrada a su Creador, no es considerado recto sino que anda sometido al pecado. Al no entender las cosas celestiales no busca al verdadero Dios, cumpliéndose la sentencia divina: Por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19).

Para salir de la esclavitud del pecado y abandonar el fruto de la muerte, urge nacer de nuevo. Para esto nadie es suficiente, pero existe el mandato bíblico de acercarnos a Dios, de buscarlo mientras puede ser hallado, en tanto que está cercano. Además, existe el llamado a creer el evangelio y a arrepentirse de estas obras de muerte. Busquemos al segundo Adán, para poder escapar de la maldición venida por el primero.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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