La fe perdura hasta el final, no por causa de nuestras fuerzas sino en razón de nuestra perseverancia. En Efesios 1:3-4 nos encontramos con la razón de la perseverancia como bendición, lo mismo ocurre en Filipenses 1:6 y en Romanos 8:29-30, al igual que en muchos otros textos. Es Jesús mismo quien nos mantiene (Hebreos 7:25). En tal sentido, muchos usan el término preservación, para ilustrar mejor la protección del Padre y del Hijo, así como del Espíritu. El Padre nos tiene en sus manos, el Hijo también nos tiene en sus manos y el Espíritu nos habita como garantía de nuestra redención final. Eso es preservación, por lo tanto perseveramos hasta el final.
La expiación de Cristo muestra su eficacia en el momento de la conversión, pero continúa por el resto de la vida cristiana ejerciendo su poder. Pablo advierte contra el error de suponer que empezamos por la gracia y podemos terminar por la ley, bajo su maldición. Gálatas 3:3 dice: ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? El mismo Señor nos dijo que nadie podría arrebatarnos de sus manos: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Juan 10:28-29).
Jesús también dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). No dice Cristo que uno puede irse de su lado, ya que él nos mantiene en sus manos; nosotros fuimos creados, así que ninguna cosa creada nos podrá arrebatar de allí. . Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39). Fijémonos en que Pablo habla de ángeles (que tienen más poder que los seres humanos), de los principados, del presente y del futuro, y los menciona como cosas creadas; pensemos que nosotros los seres humanos estamos en ese paquete de asuntos o cosas creadas, si bien el griego menciona criaturas (κτίσις-Ktisis). El ser humano es una criatura (algo creado), de manera que nosotros mismos, si fuéremos tan torpes y nos quisiéramos salir de las manos del Padre y del Hijo, si quisiéramos expulsar al Espíritu Santo que nos fue dado como garantía (arras) de la redención final, jamás podríamos alcanzar éxito contra el Todopoderoso. Esto es seguridad absoluta.
Si la voluntad del que envió a Jesucristo a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:22) es que no pierda a ninguno de los que le dio, sino que los resucite en el día postrero (Juan 6:39), deben ser de otro evangelio los que se ufanan en los templos para amedrentar a la gente diciéndoles que si usted se quiere salir de las manos de Cristo lo puede hacer y eso sería culpa de usted y no del Señor. Pero los textos de la Escritura muestran que no podría nadie escapar de la voluntad del Señor, menos cuando estamos de buena voluntad desde el día del poder de Dios (Salmos 110:3). Nos ha sido dado un corazón de carne y se nos ha quitado el corazón de piedra, se nos ha dado un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos del Señor. Esa es la razón por la cual cuando el creyente peca se siente mal y debe confesar su pecado, además de que el Espíritu Santo se contrista en nosotros (Efesios 4:30-32); por lo tanto, si persistimos en el pecado seremos castigados con azotes por el buen Padre que nos tiene por hijos.
La doctrina de la perseverancia es una de las bendiciones celestiales en Cristo. Si fuimos justificados y adoptados como hijos, sabemos que la gracia es perpetua. El hijo pródigo ilustra con creces la tesis de la perseverancia, pese a sus caídas continuas, a su fatuidad como producto de su carne, él supo siempre que el Padre era el Padre y que podía volver a casa aunque fuera como un jornalero más. A su llegada, el Padre lo abrazó y lo cubrió con buenas y nobles vestiduras, le dio el anillo y mató el becerro más gordo porque Él también era un Padre expectante, alguien que en las mañanas se levantaba a mirar desde lejos por si su hijo vendría.
Cristo no solo empezó su obra en nosotros sino que la terminará hasta el final, como autor y consumidor de la fe. El que niega la perseverancia de los santos niega la esencia del evangelio, que es la gracia de Dios para con su pueblo escogido. Fiel es el que os llama, el cual también nos guardará irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23-24). Dios no miente y prometió desde antes del principio de los siglos acerca de la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad según la piedad (Tito 1:1-2). El que cree el evangelio cree igualmente en la capacidad todopoderosa que tiene el Creador para hacer lo que le plazca. Pero si él se determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13). Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová forma la luz y crea las tinieblas, hace la paz y crea la adversidad, no hay más Dios que Jehová (Isaías 45:6-7).
¿Cuál ha sido el evento más importante en la historia de la humanidad, en especial en lo que compete a los escogidos de Dios? Fue el Calvario de Jesucristo, pero recordemos que los actos que acompañaron ese evento estuvieron atascados de pecado. Sí, el Sanedrín condenatorio, Pilatos con su hipocresía de lavarse las manos, la multitud que gritaba -auspiciada por los principales judíos- diciendo: crucifícalo. Los soldados romanos azotaban las espaldas de Jesús, por orden de Pilatos, colocándole después una corona de espinas en su frente y alrededor de su cabeza; al colgarlo en el madero le clavaron sus manos y sus pies. Esas actividades fueron malignas en grado sumo, en especial si tomamos en cuenta que Jesús era inocente de lo que se le acusaba; le escupieron, le vituperaron, dijeron sarcasmos en su contra.
Lo que aconteció en el Gólgota fue profetizado por muchos hombres de Dios, pero estuvo planificado por el Padre. Sí, el Padre Eterno planificó el crimen más horrible de la humanidad, la crucifixión de su Hijo. Así que Dios planifica todo, hace como quiere y en el caso de su Hijo lo dio como Cordero sin mancha para hacer justicia en favor de todo su pueblo. Cristo llevó el pecado de aquellos que representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9 y 20); puso su vida por las ovejas (Juan 10: 11), murió por aquellos cuyos nombres estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).
Dado que la salvación nos ha liberado de la ley y su maldición, sabemos que necesitábamos tal rescate. Estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1-3), entretanto éramos esclavos del pecado (Romanos 6: 17-20). Éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. La razón de la caída humana viene de Adán y su desobediencia, la razón de la liberación de la pena proviene del Segundo Adán que es Cristo. En el primer Adán todos mueren, pero en el Segundo Adán todos los que estamos en él vivimos. Bajo el primer Adán nadie puede agradar a Dios, sino que todo el mundo está bajo maldición, incluso las supuestas buenas obras son contadas como malas (Proverbios). Si nuestra justicia no es semejante a la del Altísimo no queda sino condenación eterna. En Cristo fuimos justificados porque Cristo es la justicia de Dios, por cuya razón Jesucristo llegó a ser el único Mediador entre Dios y los hombres. Al haber creído hemos conocido la justicia de Dios revelada en el Evangelio (la verdad de la Persona y la Obra de Jesucristo).
La salvación no depende de obra humana alguna, no está condicionada por actos que hagamos. Simplemente depende de la expiación hecha por Jesucristo al derramar su sangre por su pueblo y al pagar por nuestros pecados. Creer otro evangelio resulta anatema, como sería si se colocase al lado de la gracia las obras humanas para participar de la redención. Creer en un falso evangelio implica que se anda perdido.
En resumen, Dios hace que permanezcamos en un estado de justificación permanente; en consecuencia, hace igualmente que permanezcamos sometidos a Su justicia. Esto no ocurre si se cree en un falso evangelio; asimismo, cuando la oveja ha sido llamada por el Buen Pastor lo sigue siempre y jamás se va tras el extraño (la falsa doctrina, cualquiera que sea), como lo afirma Jesús en Juan 10:1-5.
César Paredes
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