Pablo reprende a un hermano en la iglesia de los Corintios, pero al entregarlo a Satanás lo hace bajo la esperanza de que su espíritu se salve en el día postrero. Un caso de fornicación muy sonado en esa iglesia que el apóstol trata en forma peculiar: El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Una advertencia sigue a la terapia aplicada, que tengan cuidado pues un poco de levadura se leuda toda la masa. El problema sociológico del pecado en esa iglesia podía cundir a los otros miembros, habituándose de esa manera a hacer el mal.
En la Segunda Carta a esa iglesia, Pablo dice que le basta a esa persona la reprensión hecha por muchos; que ellos debían perdonarle y consolarle, para que no fuese consumido en demasiada tristeza. Además, Satanás no debía ganar ventaja alguna sobre los creyentes, como buen maquinador que es (2 Corintios 2: 5-11). La entrega a Satanás pudo ser posible como parte de los dones especiales del Espíritu Santo recibidos por los apóstoles. En otra carta, Pablo le comenta a Timoteo que había entregado a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendieran a no blasfemar (1 Timoteo 1:20).
Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, como le aconteció al rey Saúl, a quien Jehová le envió un espíritu maligno para que lo atormentara (1 Samuel 16:14-23). En el caso de Corinto, el cuerpo o la carne de ese hermano debía sufrir la aflicción y tortura por parte de Satanás, para que por ese medio entendiera el sentido del pecado. De esa forma sería conducido al arrepentimiento de su mala obra en la iglesia. El objetivo final no era la condenación eterna sino el que su espíritu fuese renovado y restaurado para la salvación de su alma. Recordemos que Pablo no entregó esa alma a Satanás sino el cuerpo (carne en este caso) para ser molestada e incomodada en muchos sentidos, de forma que recapacitara y ordenara sus pasos.
Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Esto es cierto, así que los que predicamos el Evangelio de la Gracia no apoyamos el libertinaje del pecado, no enseñamos a pecar (como también Pablo fue acusado); advertimos a la iglesia del peligro del pecado, más allá de que seamos permanentemente salvos. Estamos bajo un Pacto de Gracia que no puede quebrantarse para el elegido de Dios, como afirmó el mismo Jehová a Jeremías: Haré con ellos un pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí (Jeremías 32:40).
Pablo también nos dijo que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo; sin embargo, en otra oportunidad escribió que se sentía miserable por causa de sus pecados: lo que debía hacer no hacía, empero lo malo que no quería esto hacía (Romanos 7). Dio finalmente gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado). De todas formas deducimos por las Escrituras que, aunque la salvación es completamente de pura gracia, ese pacto incluye ciertas obligaciones por consecuencia. Nosotros debemos confiar (tener fe, ejercitarla) a pesar de que la fe nos haya sido dada igualmente (Efesios 2:8); debemos arrepentirnos, como consecuencia de la operación ejercida en nosotros por el Espíritu Santo en el momento de la regeneración o nuevo nacimiento; debemos obedecer al Señor (si me amáis, guardáis también mis mandamientos). Estas cosas hacemos como nuestro deber, pero igualmente las consideramos como frutos de la gracia y jamás como una condición para alcanzarla.
Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Juan 15:10). Las promesas que fueron hechas a Abraham y a su simiente permanecen, sabiendo que esa simiente no es otra que Jesucristo (Gálatas 3:16). El sufrimiento de Cristo permitió que pudiera llevar muchos hijos a la gloria, al haber cumplido lo exigido por el Padre (Hebreos 2:10). El Señor no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11-13).
Nosotros los creyentes somos los hijos que Dios le dio a Cristo, como el fruto de la Redención. Fuimos elegidos para tal acto de misericordia desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5). Jesús sufrió por traer esos hijos que Dios el Padre le dio, para llevarnos a la gloria, así que Jesús murió por cada uno de los que conformamos su pueblo (Mateo 1:21). Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá al Hijo; sabiendo que él no lo echa fuera (Juan 6:37).
Dios no socorrió a los ángeles sino a la descendencia de Abraham (Hebreos 2:16). Esta descendencia no es la misma que la de Adán, pues en Adán todos mueren pero en Cristo todos vivimos. Esta simiente de Abraham, lo que fue una promesa, llegó a ser señalada como Cristo mismo y por ende sus herederos y hermanos. Dios no puede ser tenido como arbitrario, ya que tuvo un propósito en toda su creación y con toda su elección. Dios obra todas las cosas de acuerdo al consejo de Su voluntad (Efesios 1:11). Los decretos divinos provienen de la voluntad de alguien que es infinito en sabiduría y poder, así como en justicia, rectitud y bondad.
La gracia no puede ser tenida como arbitraria, de otra manera no sería gracia sino capricho. Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, sin que dependa de voluntad humana alguna. Dios no está rogando para que vengan a Cristo, no hizo una expiación universal a la espera de que se adhieran a ese favor voluntariamente. Él ha dicho que en el día de su poder nuestra voluntad estará ligada a sus mandatos (Salmos 110:3).
Como el ser humano no puede adquirir la gracia por sus propios esfuerzos, tiende a confundirla con arbitrariedad. La voluntad de Dios es suficiente rasero para evidenciar la justicia divina; por esta razón vemos a Cristo agradeciendo al Padre porque hacía como le había agradado (Mateo 11:26). Y si Dios obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, sabemos que el hermano de la iglesia de Corinto fue amonestado correctamente. Pero no solo la amonestación es para tener en cuenta, sino la inclusión a la iglesia después de haber recapacitado.
El caso de Corinto nos ilustra sobre la gracia y viene como una advertencia contra el pecado; pero también nos enseña que esa gracia debe ser tenida en cuenta por la iglesia como organización. El perdón va inherente a la gracia que se nos exige para con nuestros hermanos. El problema se presenta cuando los que definen el castigo jamás han sido perdonados, sino que parecen cabras metidas en el rebaño de las ovejas. Solo saben dar cabezazos a los que están sufriendo la dura pena de pecar contra el autor de la gracia incondicional.
La gracia soberana es nuestra esperanza.
César Paredes
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