El libro de los Hechos nos narra sobre los que creen, diciéndonos que son aquellos que fueron ordenados para vida eterna. Esta aseveración nos conduce a la inferencia de que los no ordenados para tal fin no creerán jamás. Por otra parte, Jesús mismo indicaba de acuerdo al Evangelio de Juan, en Capítulo 6, que solamente vendrán a él los que fueron enviados por el Padre. Agregó el Cristo que ni una sola persona puede venir a él si el Padre no lo envía en forma particular. De nuevo, la inferencia continúa siendo la misma: solamente los predestinados para vida eterna llegarán al conocimiento de la verdad.
Pablo argumenta sobre esta verdad divina, diciéndonos que Dios amó a Jacob desde antes de que hiciera bien o mal, para que no creyésemos en que las obras nos salvan. Asimismo, aseguró que Dios odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para que el propósito de la condenación descansase en su voluntad suprema. En síntesis, salvación y condenación dependen de su soberanía absoluta, todo orquestado para alabanza de su gloria: la de su misericordia y la de su justicia y poder contra el pecado.
La interrogante en el hombre natural sigue siendo la misma: ¿hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Ese hombre natural ha sido denominado como el objetor que levanta el apóstol en el Capítulo 9 de Romanos, ya que acusa a Dios de injusto y reclama por el hecho de que seamos impotentes ante la autoridad y el mandato divino. Resulta más que curioso que el mundo en general no se preocupa por lo que la Biblia diga, pero los que más se sorprenden y disgustan son los llamados cristianos. Ellos no quieren dar a conocer a un Dios como el de las Escritura y se confeccionan teólogos que les preparan argumentos contra lo que se lee a simple vista.
De estos guisos hay muy variados; algunos suponen que Pablo habla de naciones y no de individuos, otros aseguran que el verbo odiar debe significar amar menos. También existen quienes prohiben hablar de esas cosas en las iglesias, para no ofender a los que se desagradan por tales palabras. La teología de las obras impera en los corazones de millones que profesan el evangelio, pero sabemos que esa manera de pensar contradice las Escrituras que afirman que la salvación no es por obra, para que nadie se gloríe.
La expiación que hizo Jesús en la cruz la ven de distintas maneras, aunque solamente se haya dado de una sola forma. Hay quienes aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción. Si eso fuese cierto, todo el mundo sería salvo. El acto expiatorio es absoluto, la sangre de Cristo no puede ser pisoteada al tenerla por menos valor en unos que en otros. El sacrificio del Señor logró su objetivo, liberar los cautivos de manos de Satanás, reconciliar a su pueblo con el Padre, redimirlos de todos sus pecados. Asumir una expiación universal exige la redención de toda la humanidad.
El buen pastor vino a dar su vida por las ovejas, no por los cabritos. Aseguró que los que no creían no podían hacerlo porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). La justicia de Dios revelada en el evangelio es Jesucristo; quien ignora tal justicia intenta establecer la suya propia (Romanos 10:3). Esta actitud de ignorancia conlleva a orar ante un dios que no puede salvar, a pedir ante un ídolo forjado, ya que se estaría rogando ante un Dios que pretendió salvar a todos, sin excepción, por lo que muchos terminan en el infierno. Este sería un Dios impotente, que apuntaba muy alto pero no logró su propósito. Al mismo tiempo, la criatura humana se elevaría en grado sumo, ya que habiendo sido declarada muerta en delitos y pecados aparenta que está enferma solamente, que puede decidir sobre su destino eterno.
La Biblia afirma que Dios hace cuanto le place (Salmos 115:3); Él es el que anuncia lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que dice: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10). Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3: 28). Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo,Y aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). Y los gentiles oyendo esto, se fueron gozosos, y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).
La doctrina de la reprobación ha sido muy despreciada, casi desarraigada de las prédicas oficiales de la iglesia que profesa ser cristiana. Los ajenos al cristianismo la desprecian, pero también los que vienen en nombre del evangelio se espantan y desautorizan tal enseñanza. El propósito de Dios de acuerdo a la elección permanece, no por obras sino por el que llama (Romanos 9:11-13). Esta doctrina nos enseña que Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como aseguran los que suponen que Cristo expió los pecados de toda la humanidad sin excepción. La justicia de Cristo es lo único que hace posible la redención, pero aquellos que buscan su propia justicia como un añadido a la del Mesías andan equivocados. Si la justicia humana hiciera la diferencia, habría de qué gloriarse y haríamos ineficaz el sacrificio del Señor en aquellos que se pierden.
Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto (Malaquías 1:2-3). Esto que dijo el profeta Malaquías es lo que retoma Pablo en Romanos 9:13, para demostrar que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ante el reclamo humano, Pablo levanta una figura retórica en su carta y ha sido conocida como la del objetor, alguien que objeta, que se opone a la declaratoria bíblica. La respuesta que el apóstol le da (o el Espíritu que lo inspiró) es muy simple: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria…? (Romanos 9:22-23).
Ese odio y ese amor comenzaron en la eternidad pasada, como también lo confirma el libro de Apocalipsis. Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8). La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será (Apocalipsis 17:8).
Dios ha demostrado con sus declaraciones que tanto la elección como la reprobación son incondicionales. Nunca se puede sugerir que Dios haya mirado en el túnel del tiempo para ver quién calificaba para una cosa o la otra; si así fuese, entonces la salvación estaría condicionada a que la gente decidiera motu proprio por ella. Lo mismo se diría respecto a la condenación, que al no elegir la gente por Cristo se condena a sí misma. Dios elige para vida o para muerte, sin ninguna condición previa en el ser humano. La decisión de Dios estuvo basada solamente en su voluntad soberana.
La gente quiere un Dios que sea como ella es, a su imagen y semejanza; es decir, una divinidad que odie y quiera basada solamente en lo que la gente hace. Eso sería mucho más justo, por cuya razón la gran masa de habitantes del planeta gira en torno a una redención por obras. Las multitudes opinan que si hubo elección fue basada en lo que Dios vio en su infinita sabiduría, pero eso no es más que seguir en la jactancia de que algunos merecíamos ser rescatados porque había algo rescatable en nosotros. Dios no comparte su gloria con nadie, no abdica ante la prepotencia del hombre natural.
Comprender al Dios de la Biblia puede ser un trabajo muy fuerte, pero sería siempre deshonesto el parafrasear lo que la Escritura dice para hacerla decir lo que nosotros deseamos que ella dijese. Tal cosa resulta en una interpretación privada, el camino para la herejía y el cimiento para el evangelio anatema. Si alguno se gloría, gloríese en conocer al S eñor. Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová (Jeremías 9:23-24).
César Paredes
Deja un comentario