NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MI

Las palabras de Jesucristo acerca de la imposibilidad de ir al cielo a no ser a través de él y por él, caen como una sentencia de fatalidad para todos aquellos que jamás han oído del Evangelio. También son una espada en contra de los que habiendo oído no han querido escuchar; pero bien sabemos que quien no quiere tampoco ha podido. Sí, Jesús afirmó que seríamos enseñados por Dios para poder venir a él una vez que hubiésemos aprendido (Juan 6: 45). Pero ¿quiénes son esos todos que seríamos enseñados por Dios? De seguro no fueron los que perecieron en el diluvio universal, ni los millones que mueren en la ignorancia en cuanto a la noticia de la redención.

La Biblia ha sido clara al decirnos que el Padre hizo una predestinación, una elección de un pueblo para dárselo como herencia al Hijo. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo que no quiso rogar por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Jesús, en consecuencia, representó en la cruz a su pueblo solamente, no al mundo por el cual no rogó. La eternidad sin Cristo es un infierno del cual no se escapa; a ese lugar van los soberbios que presumieron de sus ídolos y de sus obras. Un ídolo es aquello que reemplaza a Dios, incluso puede ser un constructo mental que emula al dios que la gente desea concebir. Así que un ídolo no siempre es un muñeco de cerámica, si bien todo lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:19-21).

Ciertamente, un ídolo es nada porque no tiene nada que ver con la Deidad, ni está a nivel de Dios. Los antiguos sacrificaban a los diablos y no a Dios, en tanto los nuevos dioses que descubrieron en nuevas tierras fueron adoptados como sus divinidades (Deuteronomio 32:17). Aunque se hiciera el sacrificio con la intención de que fuese al Dios de la Biblia, incluso bajo esa pretensión, ya los demonios han hecho morada en esos ídolos. El idólatra realiza una alabanza idolátrica, pero debe entender que la eternidad infernal está preparada para el diablo y sus ángeles; en consecuencia, todos los que practican las obras del diablo van a igual destino que los demonios. Los creyentes deben saber que no conviene beber la copa del Señor y la copa de los diablos.

Las deidades paganas fueron filtradas en la cultura de muchos que profesan el cristianismo. Gran cantidad de personas han llegado a creer que el acto de rendirle tributo a una figura con un nombre bíblico santifica el sacrificio. Se debería traer a la memoria la imagen de la serpiente de bronce levantada en la época del viejo pacto; esa escultura que representaba a Cristo (Juan 3:14-15) llegó a ser objeto de culto y hubo de ser derribada. Allí hay una gran enseñanza de prevención para los que se dan a la tributación de honores a esas figuras que consideran santificadas por solo tener un nombre arrancado de la Biblia. La iglesia católica a partir del Concilio de Trento eliminó el mandamiento de no hacerse imagen de lo que está arriba en el cielo, o debajo de él en la tierra o debajo de ella; eliminó por igual el mandato de no adorarlas. De esa manera la feligresía que ahora puede leer la Biblia en lengua vernácula no encuentra inconveniente alguno para realizar tal acto pagano.

Sin embargo, quedó como testimonio para el catolicismo -que desea inquirir en la verdad- la Biblia Vulgata que sí contiene en latín tal mandamiento. Una simple comparación verificará que durante siglos la misma iglesia católica poseía el mandato en las Escrituras que leían los párrocos y demás frailes. A pesar de esa prohibición, se dieron al servicio de los ídolos y a la participación de la copa con los demonios. De no ser así, ¿cómo es que a partir del Concilio de Trento quitaron tal mandamiento bíblico, tras la aparición de sus vernáculas Biblias?

Bajo la claridad de que ir al Padre implica ser llevado por Él mismo hacia Cristo, entendemos que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios, sino que está muerto y yace insensible como una piedra endurecida. Nuestra elocuencia argumentativa no podrá mover esa piedra pesada, como tampoco fue suficiente el milagro de los panes y los peces ante aquellos discípulos de Jesús que se retiraron dando murmuraciones contra su doctrina (Juan 6: 60-61). El hombre natural no recibe la cosas del Espíritu de Dios porque para él son una locura. La gracia divina es la que cambia el corazón de piedra en uno de carne, pero para eso solo Dios es suficiente. Él dará su gracia a quien Él quiere darla, mas endurecerá a quien quiere endurecer (Romanos 9: 18).

Sabemos, no obstante, que la fe viene por el oír la palabra de Cristo. Conocemos que sin anuncio del Evangelio no habrá redención posible, ya que ese es el medio para alcanzar el fin supremo de la redención. Pero ese medio se muestra eficaz para dos cosas: 1) para salvar a los pecadores cuando el Espíritu dé vida; 2) para llevar endurecimiento a los que se resisten a la palabra, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:8). El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18).

A partir de las lecturas de la Biblia el acto de creer parece ser muy sencillo, pero desde el plano del examen de la Escritura sabemos que el corazón de piedra debe ser removido por el Espíritu para instalar el de carne. Es necesario nacer de nuevo, si bien eso no depende de voluntad humana alguna sino de Dios. El predicador no habrá de jactarse en su prédica, pues no es su esfuerzo el que atrae el alma a Cristo; el pecador tampoco debe hacer alarde de su decisión, ya que es el Señor quien resucita. El nuevo nacimiento puede dar mucho gozo al espíritu humano, pero por igual hace temblar al más fuerte de los convertidos. El reconocimiento del Dios Todopoderoso hace entender al converso que todo ha sido obra de Dios, y si Él no hubiese intervenido continuaríamos como los demás mortales en los delitos y pecados.

Antes mencionamos a los soberbios que caminan hacia el infierno, por causa de sus ídolos y de sus obras. Ya definimos el ídolo como nada pero guarida de los demonios; ahora nos referimos a las obras que tampoco salvan. No se trata de gracia más la obra mía, ya que entonces la gracia no sería tal sino pago por un trabajo. Aquellos que afirman que Dios hizo su obra y espera por la suya están desvariando tanto como los idólatras. El propósito de Dios conforme a la elección continúa prevaleciendo, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Los que aseguran que Dios vio desde la eternidad pasada el futuro de cada quien y eligió a los que debían ser salvos, están en completo equívoco. La Biblia asegura que todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, que solo existen muertos en delitos y pecados, que no hay quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. La elección no se basó en méritos personales de la gente, sino en el propósito de la voluntad del Elector. Ni la elección es arbitrariedad ni la gracia es un capricho.

Dado que nuestra suficiencia procede de Dios, la persuasión argumentativa no basta para llevar un alma a Cristo. La lógica pura tampoco logra transformar un corazón empedernido, ni siquiera la vida pietista que muchos demuestran con su asceta manera de afrontar la existencia. Dios aborrece los sacrificios y las ofrendas de los impíos, pero se complace en las oraciones de los justos. Y es que la oración y acción del impío proviene de un corazón que no está reconciliado con Dios, en tanto la oración del recto viene como expresión sincera de fe y de la dependencia en el Señor. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios (Romanos 5:1). El hecho de ser justificados nos indica que poseemos una relación pacífica con Dios, cosa que no existía bajo el régimen de esclavitud al pecado.

No sabemos cuántas veces el ladrón había escuchado en la cárcel sobre el hombre hacedor de milagros, el llamado Cristo prometido para Israel y para los gentiles. Lo cierto es que junto al Señor su alma fue despertada y pudo reconocerlo, por lo tanto pudo suplicarle que se acordara de él cuando volviera en su reino. Ese corazón fue transformado en la cruz, pero el espíritu endurecido de su colega al otro lado lo mantuvo cautivo al pecado. El ladrón arrepentido alcanzó misericordia, el corazón que mostraba cinismo condujo al otro malhechor al destino también preparado desde la eternidad para todos los impíos.

¿Qué diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? ¿Por qué eligió a uno solo de los dos ladrones que morirían al lado de Jesucristo? Solamente la gloria de Dios está en juego en todo esto que vemos descrito en la Biblia, pues la justicia y castigo contra el pecado da honor a su nombre. Los pecados de los creyentes fueron castigados en Jesucristo, pero los pecados de los condenados jamás se pagarán en la eternidad. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo (Hebreos 10:31). El creyente es llamado a tener paciencia y a mantener la fe, bajo la promesa de la herencia eterna en los cielos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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