LOS DEMONIOS CREEN Y TIEMBLAN

No basta con decir que Jesucristo es el Hijo de Dios, no resulta suficiente con profesar la fe cristiana. Jesús lo dijo, que no todo el que le dijera Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos. Hay que hacer la voluntad del Padre, y esa voluntad consiste en creer que Jesús es el enviado de Dios para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). La gente no se ocupa de la doctrina porque eso distancia a los miembros del grupo, pero Jesús insistió en que él se ocupaba de la doctrina de su Padre. El centro del evangelio de Cristo es la expiación que hizo en favor del pueblo de Dios.

¿Murió Jesús por aquellos que jamás han oído hablar de él? Pablo nos dijo que nadie podía invocar a alguien de quien jamás hubiese oído. Isaías nos aseguró que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos (no a todos). El Señor mismo no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, así que no murió al día siguiente en favor de ese mundo por el cual no pidió ante el Padre. Ciertamente, Jesús le dijo a Nicodemo que Dios había amado de tal manera al mundo que le hubo enviado a su Hijo, pero recordemos que ese maestro de la ley suponía que los judíos eran los únicos beneficiarios del amor divino, en tanto el mundo quedaría por fuera. El mundo para los judíos era el resto de naciones distintas a ellos.

Juan pastoreaba una iglesia compuesta por judíos conversos, por eso escribió una carta en la cual decía que Jesús era la propiciación no solo por los pecados de los judíos que creían en él sino por los pecados de todo el mundo (es decir, de los gentiles). Esa inclusión universal no presupone una distribución universal por igual, no se trata de ser la propiciación por todo el mundo sin excepción. Si así fuera, entonces Judas hubiese sido salvo, el Faraón de Egipto por igual, incluso Caín que era del maligno. La doctrina de Cristo resulta básica para la vida del creyente, en ella está expresada el propósito de la muerte del Señor.

Jesús un día enseñaba a la multitud, luego de hacer el milagro de los panes y los peces; muchos lo seguían como discípulos porque se deleitaban en lo que oían y se habían beneficiado por la comida obsequiada. El Señor los confrontó con la doctrina del Padre, diciéndoles: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; el que a mí viene no lo echo fuera sino que lo resucitaré en el día postrero. Un poco más tarde aseguró por igual: Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae… (Juan 6:37, 44). Dice Juan que al oír aquellas palabras muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

Dado que el Señor sabía quiénes creían y quiénes no, al escuchar las murmuraciones de la gente les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). De esta forma muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no andaban con él. Pasa lo mismo hoy en día, son muchas las congregaciones denominadas cristianas que silencian esta palabra de la soberanía absoluta de Dios. En esos templos no se puede ni mencionar los textos al respecto, mucho menos desarrollar su teología implícita. Hay quienes dicen que resulta mejor callar para evitar disensiones en la gente que es un poco inmadura para ese tipo de alimento. Pero eso no es más que un camuflaje, ya que no han creído en el verdadero evangelio de Cristo.

Los demonios creen y tiemblan. Esta expresión de Santiago nos evoca a unos personajes que conocen lo suficiente sobre la soberanía divina, por cuya razón tiemblan. Su temblor les viene porque saben de su segura condenación, ya que por ellos no murió Jesucristo. La muerte del Señor se hizo en beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21), ya que Cristo murió conforme a las Escrituras. El tiene unos hijos que Dios le dio, la manada pequeña que vino a heredar el reino del Padre. A Jacob amó Jehová, pero a Esaú odió, antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos (Romanos 9: 11-13). Bienaventurados los que creemos y no temblamos, sino que nos gozamos por la salvación eterna. Tememos al Señor en forma reverente, pero no sufriremos el castigo eterno ya que Jesucristo nos representó en la cruz (Juan 17:20).

Cristo es el autor y consumador de la fe, así que nuestra fe dura hasta el final. Nuestra perseverancia es una bendición, un beneficio, como también la fe que nos ha sido dada junto con el paquete de la gracia y la salvación (Efesios 2:8). Fuimos escogidos por el Padre en el Hijo, antes de la fundación del mundo (Efesios 1:3-4); estamos persuadidos de que el que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6). Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:29-31). Jesucristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25). La obra de la redención es completa de Dios, por lo cual no podemos empezar por el Espíritu y acabar por la ley (Gálatas 3:3). Esto no quiere decir que no tengamos que matar la carne en nosotros, que no tengamos que batallar a diario para prevalecer contra las asechanzas de Satanás y su mundo. Nuestra fuerza viene del mismo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final.

Sigamos creyendo en la palabra del Señor que nos ha dicho lo siguiente: Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 28-29). La cualidad de ser oveja nos la dio Dios con su elección eterna e inmutable, por lo cual Cristo vino a salvar a las ovejas y no a los cabritos. En Juan 10:24-26 podemos encontrar esta gran verdad, que un grupo de personas tenían su alma turbada (como la de los demonios que creían y temblaban) y querían tener fe cierta de si Jesús era o no era el Cristo. Jesús les respondió que ya se los había dicho y no podían creer, ni siquiera por las obras grandes que hacía en nombre del Padre. Les añadió el Señor: pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.

Somos salvos por gracia y no por obras, pero ese pacto de gracia se hizo desde antes de la fundación del mundo. Ya antes de esa fundación el Cordero de Dios estuvo destinado para su manifestación en la era apostólica (1 Pedro 1:20); no nos avergonzamos de nuestro Señor, ya que por su evangelio y según el poder de Dios nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:9).

No temblamos como los demonios, sino que creemos felizmente por la gracia concedida, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios…Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas, la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él…(Romanos 3:20-22).

El hombre natural o caído en Adán no posee habilidad alguna para su rehabilitación. Es considerado muerto en sus delitos y pecados; sin embargo, aunque todos estuvimos una vez destituidos de la gloria de Dios, la regeneración que hace el Espíritu Santo nos ha sacado de la vida según la carne. Ninguna condenación hay para los que estamos en Cristo Jesús, los que no andamos según la carne sino conforme al Espíritu. Esa es otra razón por la cual los demonios creen pero tiemblan, para ellos no hubo redención. Andar según la carne implica suprimir la verdad, caminar en pasiones vergonzosas, tener hostilidad contra Dios, no poder agradar a Dios ni someterse a su ley. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios (Romanos 3:10-11). Andar en la carne supone estar en la esclavitud del pecado. El ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz (Romanos 8:6).

César Paredes

retor7@yahoo.com

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