LA ORACIÓN SECRETA

Antes de que el tiempo tuviera comienzo, Dios había ordenado el pacto de gracia. Esto se hizo en Jesucristo, para la salvación de todos sus elegidos. Fuimos salvados no por causa de nuestras obras, sino por el propósito de la gracia divina, la cual nos fue otorgada en Cristo Jesús desde antes de que empezaran los tiempos (2 Timoteo 1:9). En virtud de esa gracia tenemos la providencia de Dios, librándonos aún antes de haber creído, para que su propósito pueda cumplirse en el tiempo de su poder.

Hemos sido librados de incontables peligros, incluidas las más terribles inmoralidades del mundo; somos testigos de una cadena de providencias, pero de ello solamente nos damos cuenta una vez que hemos creído. Dios colocó en el regazo del Hijo las almas que quiso salvar, para que fuésemos rescatados de la muerte eterna. Por esa razón Cristo pidió por los que el Padre le había dado y los que le seguiría dando, dejando a un lado al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

Pero aunque estuviésemos muy manchados, como consecuencia de la caída de Adán, pese a las corrupciones del mundo y de nuestras transgresiones, fuimos preservados para el llamamiento eficaz que nos otorgó vida. El Hijo de Dios vino en rescate por muchos, pero siendo todopoderoso no tuvo a menos su ejercicio en la oración. Su ejemplo nos grita a voces para que no abortemos esta capacidad de oxígeno, de manera que respiremos el aire suficiente para una vida digna.

El libre favor de Dios en su amor nos salvó de pura gracia. Como fue escrito respecto a Jacob, que fue amado antes de que hiciera bien o mal, antes de ser concebido. Lo mismo se dijo de su hermano Esaú, pero en sentido contrario: fue odiado antes de ser concebido y antes de que hiciera bien o mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

No dependemos de Adán, sino de la obediencia y sacrificio mostrados por Cristo.

En ese nuevo pacto (el de gracia plena), el autor de Hebreos recuerda lo que Dios había dicho: que no se acordaría nunca más de nuestros pecados, sino que sería propicio ante nuestras injusticias (Hebreos 8:12). Esto no obvia la corrección a la que somos sometidos todos los hijos, para no ser tenidos como bastardos. Ahora hemos obtenido salvación por medio de la fe en la justicia de Jesucristo, ya que por medio de las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3: 20).

Al poseer semejante garantía, la oración cobra mucho sentido. El principal punto de motivación para orar ante el Padre sería el hecho de que ciertamente Dios nos escuchará. El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová; mas la oración de los rectos es su gozo (Proverbios 15:8). Otro elemento relevante en la oración del creyente gira en torno a la promesa de Jesucristo. Nos dijo que oráramos al Padre en secreto, y el que ve en secreto nos recompensará en público (Mateo 6:6). La acción de apartarse (cerrar la puerta del cuarto) nos permite silenciar la distracción del mundo para buscar a Dios en un sitio privado y silencioso. Es el Dios que está en lo secreto, en la intimidad del espíritu humano, fuera de las multitudes y apariencias religiosas. Dado que Dios conoce la sinceridad del que ora en privado, recompensará en público al que así ore.

Puede que nos parezca un asunto subjetivo el acto de orar a Dios, pero la recompensa no será solamente subjetiva sino pública, es decir, con la objetividad suficiente para que los demás puedan ver esa respuesta. Este punto rompe el ciclo de lo interno o subjetivo en nosotros, para demostrar que Dios es tan real como su respuesta.

Dios es el mismo y no cambia; estemos ciertos de que los salvados bajo el Pacto Antiguo lo fueron en base a la misma gracia que tenemos hoy en día. Aunque vivieron bajo el mandato de una ley que les demostró su incapacidad para cumplir todos sus puntos, los que apuntaron al Redentor que vivía (como lo dijo Job, en Job 19:25-27), los que conocían al Hijo (como lo aseguró David, (Salmos 2:12: reverenciad al Hijo no sea que Dios se enfade), los que le creyeron a Moisés cuando aseguró de parte de Dios que les sería enviado un libertador (Hechos 6:37; Deuteronomio 18: 15) fueron redimidos de pura gracia. Toda esta gente murió conforme a la fe, sin haber recibido todavía lo prometido, mirándolo de lejos y creyéndolo (Hebreos 11:13).

Nuestra justificación está fundamentada en la justicia imputada de Jesucristo. Así que no somos justificados por obras, como si pudiéramos tenerlas, sino por la fe de Cristo; fijémonos en la declaración de Pablo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). Se nos sugiere que no obremos para salvación, sino que creamos en aquel que justifica al impío. De esta forma, la oración no trabaja para salvación sino confirma nuestra redención. Eso lo vemos por las respuestas que Dios nos da en forma muy objetiva.

Dado que estamos en el pacto de gracia, que este pacto fue formado desde la eternidad, que el Padre nos tiene en sus manos y el Hijo también, que poseemos el Espíritu como garantía de nuestra redención final, lo que tenemos es un arsenal de pruebas de que seremos oídos y tendremos la respuesta debidamente.

Ese mandato del Señor, de orar en secreto, ya había sido anunciado desde la antigüedad a través del profeta Isaías: Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación (Isaías 26:20). Aunque tenga referencia profética determinada, el paralelismo es enorme; sabemos que al clamar al Dios del cielo y de la tierra nos escondemos del mundo. El lugar de oración secreto es el sitio que denota seguridad. Esa seguridad se obtiene porque allí está el Padre Eterno, de manera invisible, sin que podamos verlo con nuestros ojos físicos (por eso debemos creer que le hay, y que es galardonador de los que le buscan). Ese Padre nos recompensará visiblemente, en público, como garantía de su bondad para con los que somos sus afectos.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

Comentarios

Deja un comentario