Los que se incomodan con la predestinación individual bíblica, se inclinan por la corporación de Israel. Dicen que Pablo habla de Israel como institución, como un conjunto, pero jamás de los individuos en particular. De ser esto cierto, queda un gazapo enorme cuando el apóstol dice que no todo Israel ha sido salvado sino que in Isaac sería llamada la descendencia. No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:6-8).
Pablo había dicho que desearía ser anatema por amor a sus hermanos, sus parientes según la carne. Ellos son israelitas, de los cuales vino Cristo. Es decir, Pablo sufre porque muchos de sus parientes israelitas fueron dejados de lado o rechazados, tal como Dios le hizo a Esaú o a Faraón. Dios tuvo un plan de predestinación desde antes de la fundación del mundo, tal como lo demuestra Pedro cuando escribe que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); por esa razón, Adán tenía que pecar. Un Cordero como Cristo destinado desde antes de que Adán fuera creado anunciaba que Adán tenía que caer en pecado para poderse manifestar.
Así que la caída humana no fue acto de azar que sorprendiera al Creador, como tampoco Jesucristo fue un as bajo la manga divina por si acaso Adán pecara. Esto demuestra el plan eterno e inmutable del Creador, quien no se inhibe en hablar de predestinación. No como algunos que con argucias adelantan que Dios predestinó el medio para creer pero no a los individuos; a esto se llama el mecanismo de corporación, diciéndonos que cada individuo conserva su libre voluntad para tomar decisiones.
Sin embargo, se pasa muy rápido por alto el que Esaú fuera odiado, no en base a las obras sino al Elector. No habían hecho ni bien ni mal, ninguno de los gemelos, cuando ya Dios había amado a Jacob y odiado a Esaú. El verbo griego usado para denotar odiar es MISEO, de donde viene la palabra misoginia (rechazo odioso contra las mujeres). Es más, ni Jacob ni Esaú habían aún nacido, cuando Dios ya amaba a uno y odiaba al otro, pues nunca ha dependido del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia o no la tiene.
Esa ha sido la razón por la cual fue levantado el Faraón, para mostrar en él el poder divino y para que el nombre de Dios sea anunciado en toda la tierra (Romanos 9:17). Ciertamente, la Biblia dice que Dios endurece a quien quiere endurecer. También dice la Escritura que los enemigos del Creador se preguntan cómo sabe Dios y cómo tendrá Dios conocimiento de las cosas.
Esos enemigos divinos odian por igual la predestinación, ya que temen quedar por fuera si Dios no mira en sus obras de buena voluntad, como la decisión que tomaron por Cristo, su aceptación del sacrificio universal, y su petición de apuntamiento en el libro de la vida. Pablo, sin embargo, condena tal práctica. El argumento esgrimido sobre la razón por la cual se inculpa al pobre de Esaú que no puede resistirse a la voluntad del odio de Dios, nos da a entender que ese es el centro del capítulo 9 de Romanos. De inmediato, el apóstol esgrime la potestad del alfarero para hace vasos diferentes: unos para honra y otros para deshonra.
La palabra de Dios anuncia la entrada de la plenitud de los gentiles, habla del número de consiervos que será completado (Romanos 11:21; Apocalipsis 6:11). Es decir, hay un número determinado de personas que oirán con la fe que Dios les da y serán convertidos al Señor. Al mismo tiempo, la Escritura revela que Dios declara desde el principio lo que habrá de venir, antes de que sucedan las cosas. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré (Isaías 46:10-11).
Esa capacidad de predecir equivale a la de predestinar. No obstante, eso no quiere decir que Dios averigüe el futuro en una bola de cristal, en los corredores del tiempo ni en los corazones humanos. Si Él anuncia el futuro es porque lo crea. Tampoco sería justo aseverar que Dios desconoce el futuro y va creando nuevos pasos a medida de que sucedan ciertos eventos. En Él no hay azar ni sombra de variación, todo en Él es un Sí y un Amén. Por otro lado, si Dios hubiera tenido que averiguar el futuro para declararlo a sus profetas, significaría que no lo sabía en algún momento. Un Dios que desconoce no puede llamarse Omnisciente. Un Dios que dependa de lo que descubra en el corazón humano para poder predecir, sería un Dios con demasiada suerte como para que se cumpla todo aquello que averiguó en los volubles corazones de las gentes.
Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; Jesucristo también soportó a Judas -que era diablo- para que lo entregara y todo el plan ocurriera conforme a como estuvo escrito. Pero ese mismo Dios ha hecho notorias las riquezas de su gloria, habiéndonos llamado (a todas sus ovejas) y habiéndonos preparado como vasos de honra -sea de en medio de los judíos o de los gentiles.
La idea de que se nos quita la responsabilidad de creer por el hecho de que estamos predestinados es falaz. Nosotros los seres humanos seguimos siendo responsables de nuestros actos ante el Creador; hay mandatos generales, para todos los individuos, los cuales debemos obedecer. Poco importa que la ley sea conocida por todos o ignorada por algunos, cada quien responde ante ella. La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. Y para eso fue lanzada la ley divina, para que aumente el pecado y cada ser humano reconozca que es insuficiente para cumplirla. Aunque la gente quiera referirse solamente a la ley escrita (la de Moisés), no puede negar que en nuestros corazones está la conciencia que testifica, junto a la creación misma, de ese Dios a quien hemos de rendir cuenta. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15).
Ah, pero nadie puede decir que fue salvado por esa ley (escrita en papel o piedra o en los corazones). Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20); Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Así que los seres humanos tenemos por delante un juicio de rendición de cuentas, mientras Dios no responde ante ningún ser humano ni angélico, porque Él es soberano y hace como quiere y no existe quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?
Sí, Dios escogió a Israel como una corporación, para demostrar en la historia humana su mano, su amor y su castigo en los que ha escogido. Pero no por ello escogió para salvación a cada individuo de ese pueblo. Lo mismo hizo con los gentiles, a quienes en otro tiempo los mantuvo lejos de la ciudadanía de Israel, si bien pasó por alto los tiempos de su ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.
Fijémonos en que ese llamado al arrepentimiento se hace por medio de las Escrituras, pero no siempre ellas llegaron a cada individuo de la tierra. La predicación del evangelio se ha hecho lentamente al principio, aunque con esmero; mucha gente moría sin conocer nada de esta salvación tan grande. El problema se agrava con aquellos que habiendo oído de estas buenas nuevas oscurecen su vista para que la conciencia no los acuse en demasía. Pero ellos ya tienen desde siempre el testimonio de sus conciencias, solo que se alejan voluntariamente de ese Dios a quien no pueden soportar.
Y si Dios no nos hubiera dejado remanente (por medio de la elección en Jesucristo) seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Ni Jacob tuvo méritos ni Esaú tampoco; simplemente el mérito lo tuvo Cristo para convertirse en la justicia de Dios. No se nos manda a averiguar si estamos escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, sino a creer en esa justicia de Dios. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.
César Paredes
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