Somos llamados a predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, para testimonio a todas las naciones. Esa predicación no garantiza la salvación de todo el mundo, ya que Jesucristo crucificado vino a ser una piedra de tropiezo para los judíos, en tanto para los gentiles (los no judíos) una locura. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría y los judíos señales, pero el anuncio era simplemente Cristo crucificado, el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18-31).
La palabra de Dios es locura para los que se pierden, la destrucción de la sabiduría de los sabios. Pero agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, aunque para los llamados -judíos y griegos-, Cristo es el poder de Dios para los pocos sabios y nobles escogidos, así como para lo necio que del mundo escogió Dios. Sí, lo vil y lo menospreciado del mundo escogió Dios, para deshacer a lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. El que se gloría, que se gloríe en el Señor.
Entonces, aunque prediquemos a Cristo sabemos que muchos lo rechazarán, por causa de permanecer en su estado natural. En cambio, a los llamados ese evangelio predicado se convierte en un llamado interno y eficaz. Sabemos que este llamado interno transforma el alma que ha sido equipada con fe salvadora. Esto es lo que se ha mencionado como nuevo nacimiento, lo cual no viene por obra humana sino solamente por voluntad del Espíritu de Dios. Es decir, para los que son llamados con llamamiento eficaz Cristo deja de ser una locura y pasa a ser el poder y sabiduría de Dios.
Esta gran verdad ha sido enseñada por el mismo apóstol en otra de sus cartas. En Romanos 8:30 leemos: A los que predestinó, a éstos también llamó; a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. Recordemos aquel pervertido a quien Pablo ordena entregar su carne a Satanás, a fin de que su espíritu viva en el día final. Pese a su vistoso pecado el creyente padeció el castigo del Señor y se volvió de su mal camino. Pablo, tiempo después, también ordena reincorporarlo a la comunión de la iglesia. Los que somos ovejas rescatadas y nos convertimos en desobedientes, recibimos la disciplina del Señor.
En 1 Corintios 3:15 leemos: Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo, aunque así como por fuego. Esto sucede cuando el creyente no construye su vida con materiales nobles, pero resulta salvado porque su fundamento sigue siendo Jesucristo (Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo: 1 Corintios 3:11). Así que hemos sido escogidos desde la eternidad para continuar con la glorificación final, porque este es el propósito del poder divino con su gracia soberana.
Sabemos, pues, que cuando se anuncia el evangelio esa palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada (Isaías 55:11). No podemos predecir cómo usará Dios su palabra. Después de que Jesús resucitó, Dios ordenó que se apareciera no a todo el pueblo, sino solamente a aquellos que había escogido como testigos (Hechos 10:39-41). Ante el mensaje de Pablo y Bernabé, dice la Biblia, creyeron los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Los que no creyeron se entiende que escucharon sin que hubiera la eficacia del nuevo nacimiento.
Esto también está apoyado por lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que adorarán a la bestia aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Y es que todos los que el Padre le da al Hijo vendrán al Hijo, y no serán echados fuera (Juan 6:37).
Jehová le ordenó a Moisés hablar con el Faraón para que dejara ir al pueblo de Israel de su esclavitud. Pero antes que nada le dijo que Él endurecería al mandatario para poder glorificarse al final de todo. Ese patrón se repitió a lo largo de las plagas, pues cuando el Faraón se mostraba terco por su propia voluntad Jehová lo endurecía en su corazón. Después de la plaga de las langostas, el Faraón accedió a dejar ir al pueblo, pero cuando la plaga terminó, volvió a endurecer su corazón (Éxodo 7:14-21). En el verso 3 del capítulo 7 se lee la advertencia a Moisés de que Jehová endurecería el corazón de Faraón, y de que multiplicaría en la tierra de Egipto sus señales y sus maravillas.
Se trata de un evento comunicado con anticipación, para demostrar la gloria de Jehová. Lo mismo relata el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que el anuncio del evangelio tiene el propósito de dar vida a los caídos, a las ovejas perdidas, pero por igual el de seguir endureciendo a las cabras.
La soberanía de Dios nos apalanca el ánimo a los creyentes, los que somos llamados eficazmente. Nos garantiza que habrá fruto, hasta que el último de los consiervos se convierta (parafraseando Apocalipsis 6:11). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere… (Juan 6:44). Por esa razón Jesús había dicho momentos antes: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).
Participamos del gozo de la predicación del Evangelio, ya que los que oyen teniendo oídos para oír serán rescatados. Cumplir con el deber trae alegría, de manera que no resulta oneroso la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Como se asentó en la Escritura: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación (Hebreos 3:15; Salmos 97:7-8).
César Paredes
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