REGENERADOS

De acuerdo a la Biblia sabemos que la regeneración proviene de Dios, que la voluntad de varón resulta inútil para alcanzar tal fin. A esta realidad se le ha llamado desde el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, aquella que no es hecha por manos humanas sino por Jesucristo (Colosenses 2:11). El pueblo de Dios está circuncidado en Jesucristo, pero no como parte de un ritual quirúrgico ni como hábito repetido de una nación. Se le ordenó a Abraham la circuncisión de la carne, como símbolo exclusivo del pacto que Dios tuvo con él y con su descendencia (Génesis 17:10).

En sentido contrario, los no circuncidados quedaban excluidos del pacto y eran vistos como impuros y carentes de santidad (Levítico 19:23, Isaías 52:1, Jeremías 6:10). De acuerdo a Exodo 12:48, los no circuncidados tenían impedido el participar de la celebración de la pascua (lo que hoy llamamos la Cena del Señor). En el Levítico, Capítulo 26, verso 41, se lee que Dios demanda que los corazones de su pueblo estuviesen circuncidados, algo que va más allá del ritual de quitar la carne de los prepucios. Jeremías 4:4 comprueba lo que decimos, que Dios pedía que su pueblo se circuncidara ante Jehová, quitando la piel de su corazón, en un sentido metafórico que exigía a la nación a dejar la iniquidad de sus prácticas.

Como parte del discurso de Esteban, leemos una admonición que toca el tema de la circuncisión del corazón: ¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros (Hechos 7:51). Esta gente se jactaba de la circuncisión de sus prepucios, pero sus corazones estaban lejos de la voz del Señor. Su resistencia al Espíritu Santo no significaba que tenían a ese Espíritu en ellos. Su oposición consistía en la desobediencia al mandato general del Espíritu Santo, a la ley general divina que ha sido dada a toda la humanidad. Esa es una forma de resistir al Espíritu, aunque el Espíritu es en sí mismo irresistible en cuanto a sus propósitos y acciones de regeneración.

El mundo se resiste al llamado externo que Dios hace, para que reconozcan que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. El que se resiste a escuchar y obedecer la palabra divina está resistiendo al Espíritu Santo en ese ministerio de predicación del Evangelio. Por supuesto, no que Dios sea impotente ante la criatura humana, o que el Espíritu Santo haya quedado vencido en su relación con los hombres, sino que el ser humano caído en delitos y pecados no logra discernir la obra divina ni siquiera por medio de la misma creación.

Por esa razón se hace necesaria la regeneración, el nacer de lo alto; pero la Biblia asegura que esto no se produce por reacción humana o por voluntad alguna de la humanidad. Es allí donde interviene la fuerza y voluntad irresistible del Espíritu que da vida a quien quiere darla, pues no a todos la da sino a aquellos que el Padre ha señalado para que crean en su Hijo (Juan 6:37,44; Hechos 13:48). Nosotros no poseemos ninguna lista de los que van a creer, simplemente anunciamos a todos por igual para que sea el Espíritu quien despierte la sed y el oído de los que deben oír y escuchar el mensaje de salvación.

Ese mensaje de redención no es otro sino el de que Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, la satisfacción plena por cada pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Por el conocimiento del Señor salvará el Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Los que ignoran la justicia de Dios están irredentos (Romanos 10:1-4); Jesús vino a enseñar la doctrina del Padre, a dar su vida por las ovejas. Esto puede ser tenido por burla de parte de los que no creen, pero, aunque para el mundo es locura, para los redimidos representa el poder de Dios.

Jesús nos recomienda que oremos al Padre que está en secreto, y mientras Él nos oye en el secreto nos recompensará en público. Una función subjetiva que depende de cada creyente, el acto de orar; la respuesta será objetiva, pues la publicidad de ella hecha por el Padre no tiene equívoco. Por supuesto, la oración del justo nos viene como privilegio del hecho de haber sido regenerados. No hemos de confundir la regeneración como un cambio de moralidad, ya que muchos no regenerados también mejoran en sus conductas.

La regeneración también opera un cambio de mentalidad respecto a lo que teníamos por Dios y lo que sosteníamos de nosotros mismos. Ahora, con la regeneración, comprendemos la doctrina de Cristo. El Señor afirmó que ninguno puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga, que todo lo que el Padre le da vendrá a él y nunca será echado fuera. Eso que dijo forma parte de su cuerpo de enseñanzas (la doctrina), eso mismo debemos creer. Si así creemos, se manifestará cuando hablemos pues de la abundancia del corazón habla la boca, en tanto que demostraremos qué tipo de árboles somos. No puede el árbol malo dar fruto bueno (confesar un buen evangelio) ni el árbol bueno puede dar un fruto malo (confesar un falso evangelio). Pudiera ser que aquellos -los árboles malos- confiesen falsamente el buen evangelio, pero su inconsistencia se evidenciará como quien deja ver el trasfondo de su alma (de lo que cree).

Nuestra circuncisión del corazón implica un cambio permanente de nuestra alma, ejecutado por el poder del Espíritu Santo que nos habita como arras de nuestra redención final. Hemos salido del reino de las tinieblas para habitar el reino de la luz o el reino de Dios. Ese traslado desde un reino al otro es irreversible, es sobrenatural; en nuestras luchas y pruebas podemos caer en desórdenes, pero como David seremos restaurados y, en muchas ocasiones, amonestados como a hijos. No hemos sido renacidos por hacer obras de justicia, sino por la misericordia de la gracia divina, en la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5).

Por la regeneración sabemos que ya no servimos al pecado, que nuestro corazón dejó de ser perverso, más que todas cosas, y ha sido removido para llegar a tener uno de carne, renovado, que ame el andar en los estatutos de Dios. Así que la regeneración no se basa en alguna condición que tengamos en nosotros mismos, pero nosotros llegamos a saber si estamos o no regenerados. Los que hemos recibido a Cristo, creyendo en su nombre, hemos sido hechos hijos de Dios. Este grupo de personas no es engendrado por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13).

Si alguien desea hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si Jesús hablaba por su propia cuenta. Jesús anunciaba la doctrina del Padre (Juan 7:16-17). Pablo se agradaba de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón el tipo de doctrina que él les había enseñado (Romanos 6:17). Sabemos que Pablo habló una y otra vez de la predestinación y la gracia soberana, del destino humano fijado desde los siglos por la soberana disposición del Padre y Creador de todo cuanto existe. Esa es la doctrina que el Hijo de Dios enseñó entre nosotros, esa es la enseñanza que debemos seguir y enseñar.

César Paredes

retor7@yahoo.com

absolutasoberaniadedios.org

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