En la región de los gadarenos expulsaron a Jesús porque había ocasionado un daño enorme al dueño del hato de cerdos. No agradecieron la liberación de la esclavitud a Satanás que padecía aquel endemoniado, sino que privó el sentido económico de los negocios de la zona. Bertrand Russell en su libro ¿Por qué no soy cristiano? señala que ese acto de Jesús es una de las razones por las cuales él no pudo llegar a creer. El Dios de misericordia no tuvo compasión de aquellos animales sino que hizo que murieran lanzándose al mar por causa de los demonios que los poseyeron. Podemos ver también que ese acto de Jesucristo muestra su dominio sobre el mundo de las tinieblas y da ante muchos un sentido razonable sobre la comprensión de la liberación demoníaca.
Nadie puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre, una sentencia del Hijo de Dios que pone sobre relieve la acción sobrenatural de llegar a creer. Los que no vienen a él jamás han sido enviados por el Padre, pero todo lo que el Padre le da al Hijo va a él para ser rescatado en forma definitiva. Muchos se allegan por el mensaje del evangelio pero intentan desviar el sentido de la doctrina de Cristo. Ellos escucharán en el día postrero la sentencia definitiva: apartaos de mí, nunca os conocí. Jesucristo aseguró que muchos eran los llamados y pocos los escogidos. A los discípulos les dijo que ellos eran una manada pequeña, pero que no debían temer porque al Padre le había placido darles el reino.
Seguir a Cristo como Redentor vino a ser la buena noticia para el hombre pecador. La ley de Moisés no salvó a nadie, más bien ella exacerbó el pecado en el corazón humano, al igual que la ley escrita en los corazones de la gente. El evangelio no es una oferta pública para que la gente levante la mano como si se estuviese en una subasta. El evangelio es una magnífica noticia para los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, para hacerlos partícipes de la obra de redención que hizo el Hijo. Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:1-5).
Esta aseveración bíblica enfada a muchos. Lo que Pablo resume en Romanos 9 ha sido visto como una injusticia por el hecho de que Esaú no tuvo ninguna opción para resistirse a la voluntad divina. El odio de Dios no se predica en los púlpitos, sino solamente la actitud bonachona de un ser benevolente que está dispuesto a salvar a todo el mundo si tan solo la gente aceptara. Semejante desvío doctrinal se muestra insólito. Si Cristo hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero la fe viene por el oír la palabra de Dios, así que la predicación del evangelio no se hizo de manera expedita en los tiempos apostólicos. Mucha gente murió sin saber la noticia de Jesucristo, por lo que esa gente que supuestamente fue beneficiaria de la muerte del Señor no se enteró en lo más mínimo.
Un relato en el libro de los Hechos nos ilustra sobre el deseo de Pablo de ir a Asia (ese gran territorio donde no se había anunciado el evangelio). En realidad Pablo estaba en Asia menor pero quería visitar esa otra región para anunciar este evangelio. Su afán se vio estorbado por el Espíritu Santo quien le indicó que no fuera allá sino a otra región (Hechos 16:6-9). Entonces, ¿qué pasó con esos habitantes del Asia de aquella época si no escucharon nada de ese Jesús que había muerto en la cruz? ¿En qué se beneficiaron?
Vemos que la Escritura anima a anunciar la buena nueva de salvación por doquier pero no garantiza que todos los que escuchan serán salvos. Además, se comprende que ese anuncio no llega a todas las personas, así que se demuestra que no todas las personas fueron favorecidas con la muerte de Jesús (Hechos 13:48). Esto parece injusto, como bien lo sugiriera el apóstol Pablo es su Carta a los Romanos. El apóstol para los gentiles levanta la figura de un objetor que argumenta contra Dios y su injusticia para con Esaú. La respuesta vino de inmediato: el hombre no es más que barro en manos del Alfarero, así que no debemos discutir con Dios.
Esta forma soberana de actuar que tiene el Dios de la Biblia se oculta en los púlpitos porque espanta a la gente que desea que lo que han imaginado ser Dios prevalezca por sobre la revelación. En realidad esa es otra forma de idolatría, la configuración de un Cristo a la medida de la persona que desea mostrar que su propia justicia es superior a la del Creador. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, asegura Pablo (Romanos 9). Todo cuanto acontece en este mundo viene precedido por la voluntad del Creador; el profeta Amós escribió que cualquier cosa mala que suceda en la ciudad ocurre porque Jehová la ha hecho (Amós 3:6). Jeremías afirma por igual lo siguiente: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 37-38).
Los indoctos bíblicos e inconstantes en la fe asaltan los espacios del Evangelio para torcer la doctrina de Cristo. La idea insiste con el fin de acomodar a la mayoría de los que vienen en nombre del cristianismo, de manera que se sientan cómodos cada uno con su particular doctrina. Pedro nos lo dijo en su Segunda Carta, Capítulo 3 verso 16. Siguiendo sus propios derroteros se consuelan unos a otros llamándose hermanos y diciéndose paz, paz, cuando no la hay y cuando pareciera que existiese una hermandad en Satanás.
Existe una conexión entre la salvación y la comprensión de quién es y qué hizo Jesucristo. La vida eterna es precisamente conocer a Jesucristo, el enviado del Padre (Juan 17:3). Isaías afirmó que por su conocimiento el Siervo Justo justificaría a muchos. Ese conocimiento tiene que ver con su doctrina, que es la misma del Padre (Isaías 53:11). Los falsos creyentes atacan la Persona de Jesucristo, así como su obra. Mientras unos aseguran que solo existe Jesús y que él mismo es el Padre, en tanto otros descomponen la figura de la Trinidad, de igual manera están los que afirman que Jesús fue inclusivo en su muerte, que redimió potencialmente a la humanidad para ver quiénes realmente aceptarían la oferta de salvación. Allí está el tropiezo, ya que uno de los objetivos de la venida de Jesucristo ha sido para darnos entendimiento para poder conocerlo (1 Juan 5:20-21).
Si este Evangelio pareciera oculto, tenebroso o escondido, entre los que se pierden seguirá escondido, puesto que su entendimiento parece turbio por causa del dios de este mundo (2 Corintios 4:3-6). El Espíritu enviado por el Padre, el Espíritu de Verdad, es quien nos da testimonio del Hijo (Juan 15:26). En definitiva, nadie tiene la capacidad de ir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo envíe. Es necesario que Dios nos enseñe para que habiendo aprendido vayamos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). El que le dice bienvenido a quien no trae esta doctrina participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).
En definitiva, el inmediato fruto de haber sido regenerado es el conocimiento y entendimiento que Jesucristo nos ha dado. Quien niega la Persona o la obra de Jesucristo, como lo anuncia la Escritura, ese es el anticristo (1 Juan 2:22).
César Paredes
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