SUERTE PREDESTINARIA

La versión Reina Valera Antigua de la Biblia nos dice en Efesios 1:11 que tuvimos suerte en Jesucristo; la versión actual nos habla de herencia. Una gran diferencia entre esos vocablos, dado que en el original griego leemos la palabra KLEROO-κληρόω, lo que traduce en un primer sentido: anotado por suerte, ser asignado por la suerte. Por supuesto, Pablo no habla de Dios como echando los dados, simplemente relata desde nuestra perspectiva humana: una gran suerte hemos tenido al haber sido escogidos para salvación, de lo contrario (con la mala suerte) hubiésemos tenido destino semejante al de Esaú o al de Faraón. Los griegos antiguos hablaban de entregar un oráculo, al usar el vocablo κληρόω. En el Antiguo Testamento (1 Crónicas 24:5, 31; 25: 8-9; 26:13-14) algunos oficios y funciones en el templo se determinaban echando suertes (todo lo cual implicaba la dirección divina, como bien dice el texto de Proverbios 16:33: la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es su decisión).

No conozco ninguna congregación (iglesia) que manifieste alegría por haber sido predestinados desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo al propósito de aquél que hace que todas las cosas operen según su voluntad. Al contrario, ha sido secuestrado el vocablo predestinado, para no incomodar a los seguidores ciegos del libre albedrío. En la fábula de estos últimos, Dios hizo el milagro de la redención potencial por lo que cada quien debe aceptar el regalo, so pena de hacerse inútil tal salvación.

Sabemos que sin predicación del evangelio nadie puede ser salvo, así que se supone que cada predestinado habrá de escuchar el anuncio de la buena noticia. En tal sentido, sigue siendo un absurdo lo que proponen los seguidores del libre albedrío al afirmar que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, sin salvar a nadie en particular sino a todos potencialmente. Uno se pregunta, ¿de qué le serviría tal salvación potencial a los miles y millones de personas que no han oído jamás el evangelio? ¿Y a aquellos que murieron antes de Cristo, ¿de qué les serviría si no habían oído de aquél a quien debían clamar?

Cuando leemos Romanos capítulo 9 podemos darnos cuenta del contraste entre Jacob y Esaú. Una suerte distinta para cada uno de los gemelos, pues no habiendo sido concebidos, ni tampoco habiendo hecho bien o mal alguno, fueron destinados para propósitos distintos. Uno fue mirado con misericordia, pero el otro fue tratado con odio (MISEO, verbo griego usado). Esto fue hecho de esa manera para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Dios escogió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; lo vil y lo menospreciado, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:27-29).

Los seguidores del libre albedrío ya están jactándose en la presencia de Dios en esta tierra, cuando presuponen que Dios hizo su parte pero que ellos han hecho la suya. Tienen de qué jactarse, por eso guardan en una hoja o en su memoria el día y la hora en que creyeron lo que les fue anunciado como evangelio, el nombre del evangelista y el sitio de la predicación, como si fuese una garantía que los acompaña hasta el más allá. Esa jactancia los diferencia de sus vecinos, de sus prójimos que oyeron el mismo anuncio pero no hicieron caso. Ellos llegan a aceptar el vocablo predestinación porque la Biblia lo reitera en muchas ocasiones, pero siempre le colocan el hecho de que Dios ya sabía quiénes iban a creer y por eso los predestinó.

Según ellos, Dios miró en el túnel del tiempo y se dio cuenta de que no todo el mundo se había extraviado, no todos estaban muertos en delitos y pecados, que algunos sí que lo buscaban de verdad y no se habían hecho tan inútiles. Por esa razón los preservó porque merecían ser salvados. En eso el hombre tiene de qué gloriarse y Dios pasa por ignorante. Sí, si Dios tuvo que mirar el futuro para ver los buenos corazones que le aguardaban, que esperaban al Cristo redentor, entonces es que no lo sabía antes. Si no lo sabía antes de mirar hacia la tierra para descubrir quiénes lo aguardaban, en ese momento no era Omnisciente. Vean el entuerto al que obliga la fábula del libero arbitrio.

Dios no depende de nada para tener su gloria; en realidad, tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Por eso Pablo nos dice en Romanos que Dios quiso salvar solamente a unos, pero no a todo el mundo sin excepción. Esta declaración se pasa por alto en los púlpitos porque resulta odiosa para muchos, así que se ha inventado otro sistema de justicia, más equitativo, en donde el hombre colabora con la oportunidad divina. Se habla de una gracia que habilita por instantes al ser humano, para que dentro de ella pueda decidir sin coacción alguna. Esto no es más que otra fábula añadida a ese evangelio anatema que se expande por doquier.

El asunto jurídico teológico resulta muy simple: Dios ha declarado que toda la humanidad está muerta en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, ni quien busque al verdadero Dios. Así que aún esos malos que van a condenación también los hizo Dios para Sí mismo, como señala Proverbios 16:4. Esaú no se condena por sus actos sino que sus actos siguen a su condenación. Esto parece oprobioso a los oídos de los que se consideran piadosos, los personajes de religión; incluso John Wesley llegó a afirmar que este evangelio parece más bien obra de un diablo antes que de Dios. Bueno, así son los réprobos en cuanto a fe, no pueden digerir la palabra divina porque no les fue dada la mente de Cristo.

La elección de Dios no tiene nada que ver con obras para la redención, ya que el mismo Pablo asegura que no es conforme a obras, sino por causa de aquel que llama (Romanos 9:11). De allí que la lógica señala que aquella persona que supone que la elección hecha por el Todopoderoso está condicionada a la obra de aceptación del ser humano, habita en el sistema de la salvación por obras. Y los que creen en la redención por obras, aunque sea un poquito de obras, siguen estando sin regeneración (Romanos 10:1-4).

De la misma manera como existe una elección incondicional existe por igual una reprobación incondicional. Dios odió al Faraón, a quien hizo para manifestar la gloria de su poder; Dios odió a Esaú, antes de que hiciera bien o mal (así como al Faraón mencionado). De la misma manera ha hecho a cada réprobo en cuanto a fe para que tropiece en la roca que es Cristo, habiéndolo ordenado para tal fin (1 Pedro 2:8). Dios ha querido crear vasos de ira para el día de la ira, para demostrar su furor por el pecado. ¿Quién puede acusarlo de injusticia? ¿Quién puede disputar con Él y ganar? ¿No es acaso el alfarero el que tiene potestad sobre el barro que él mismo ha creado?

La olla de barro no puede altercar con su hacedor y no podrá jamás reclamar la razón por la cual ha sido hecha de una u otra manera. Seguimos siendo responsables en la medida en que no somos libres de Dios. Los que disfrutamos de la justicia que es Cristo agradecemos esa suerte que nos fue conferida, alabamos el nombre del Creador que tuvo misericordia habiéndonos escogido para ser semejantes a su Hijo. Para esta salvación tan grande nadie es suficiente, pero Dios anuncia a su Hijo como su justicia para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Todos los que han oído la enseñanza del Padre serán enviados al Hijo y jamás serán echados fuera (Juan 6:45).

César Paredes

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