Autor: César Paredes

  • FALSO MAESTRO

    Un falso maestro entra por la puerta de atrás, no por el portal de las ovejas. Así lo afirmó Jesucristo, por lo que cuando  alguien sigue al guía de ciegos caerá junto con él en el mismo hueco. El buen maestro es enviado por el Buen Pastor, con la finalidad de dar buen alimento a sus seguidores (Jeremías 3:15). El falso maestro enseña mentiras, aunque combinadas con verdades que usa para hacer creer que viene de arriba. Este es un asalariado que busca satisfacer el vientre (sea su ego, su dinero, sus aspiraciones de líder, etc.). Los indoctos e inconstantes que los siguen tuercen las Escrituras, las perciben como algo duro de oír, pero lo hacen para su propia perdición.

    Tito 1:9 nos dice que el buen maestro -quien también es un administrador de Dios- ha de retener la palabra como fue enseñada por los apóstoles y por Jesucristo, para poder exhortar con sana enseñanza (doctrina) y convencer a los que contradicen. El verso 10 nos da la razón del deber hacer del buen maestro: Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión (ahora se llaman mesiánicos, o los que también mezclan obras con gracia diciendo que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que depende de cada quien hacer eficaz su muerte). Pablo le dice a Tito que a éstos es preciso tapar la boca, porque trastornan casas enteras.

    Los pastores y maestros conformes al corazón de Dios nos apacentarán (enseñarán) con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Dios no está reñido con la inteligencia ni con el conocimiento (ciencia), así que conviene conocer al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En cambio, los falsos maestros le huyen a la ciencia y se afianzan en el conocimiento subjetivo, místico, de experiencias individuales, para buscar un texto como pretexto. Desarticulan la Escritura para hacerla decir aquello que su ideología predica, de forma que mantienen a su rebaño contento, abismado con promesas y sugestionado para dar ofrendas y diezmos que Jehová no exige.

    El apóstol Pedro también dijo que habría falsos maestros para introducir secretamente herejías destructoras, negando al Señor que los compró o adquirió (como dice en lengua griega). No al Señor que nos compró con su sangre, porque cuando así se dice en el Nuevo Testamento se habla del Señor (Kuríos) y de su compra con precio de sangre; acá se dice que es el Despotes quien adquirió a toda la humanidad. Sabemos que de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan; de manera que en el momento de la creación adquirió por derecho de Hacedor todo cuanto hizo. Despotes se usa en lengua griega para describir al que es dueño absoluto.

    Nos sigue diciendo Pedro (2 Pedro 2:1) que estos maestros falsos traerán destrucción a los que los siguen, mientras el camino de la verdad se blasfema. Lo hacen por avaricia, con palabras fingidas (se colocan al lado del que esté de turno, de acuerdo a la teología que se le exija, pero fingiendo). Pedro dice que éstos hablan mal de cosas que no entienden, reniegan de la absoluta soberanía de Dios al decir que Esaú se condenó a sí mismo, que si Dios lo hubiese condenado antes de hacer bien o mal sería un Dios injusto, un diablo o un tirano. Hay quienes aseguran que sus almas se rebelan contra el que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, por lo tanto se rebelan contra el Espíritu Santo. Por eso Pedro les dice que hablan de lo que no entienden, como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción (verso 12). 

    El falso maestro anuncia mentiras respecto al carácter de Dios, colocándolo como atado de manos en virtud de su amor. El concepto de justicia lo pretende extender a todo el que quiera, como si Jesucristo, la justicia de Dios, hubiese representado a todo el mundo sin excepción en el madero. Olvidan que Jesús dijo la noche antes de morir que no rogaba por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos discípulos (Juan 17). 

    Por la doctrina se conoce al maestro; el buen árbol del buen tesoro de su corazón hablará, pero el falso maestro sacará la doctrina del mal tesoro de su corazón. La falsa doctrina enseñada denuncia al maestro en el acto, a pesar de su disfraz moral y su aparente amor. Es una manera moderna de pedir a sus seguidores que sigan a dioses falsos, a ese Cristo que en realidad es un anticristo, el que ha sido moldeado como lo que debería ser un Dios a imagen humana.

    Cuando el creyente examina con la Escritura lo que dice el supuesto maestro de verdad, puede darse cuenta de la calamidad que ha estado oyendo. Siempre encontrará algo en contra de la palabra de Dios, algo que delata el corazón de aquel maestro de mentiras. Al falso maestro le agrada atacar la soberanía absoluta de Dios, diciendo que su cualidad de Todopoderoso hace que la sangre del Hijo sea todopoderosa. En esa nueva relación semántica, el propósito de la muerte del Señor se extiende aún más allá de lo que procuró en la cruz. Hasta Judas hubiese salido favorecido si no se hubiese suicidado; Esaú habría sido salvo si no hubiese vendido la primogenitura, porque del Calvario corre poder como un río que no se detiene.

    Esa aparente nobleza del trabajo de Jesús niega la verdadera labor realizada en la crucifixión. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por el mundo amado por el Padre, pero no murió por aquellos por los cuales no rogó (los réprobos en cuanto a fe, los que fueron destinados a tropezar con él, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo). Vemos que el falso maestro habla en contra de lo que específicamente enseña la palabra de Dios.

    Al falso maestro le agrada hablar palabras suaves, para alcanzar la paz de sus oyentes. Satanás hizo lo mismo con Eva cuando le dijo que no sucedería nada de lo que Jehová había dicho, que no morirían sino que serían iguales a Dios. Esto anuncia el falso maestro: usted no morirá por decir que Jesús murió por todos, sin excepción; más bien usted será aplaudido y querido por ello, porque llevará esperanza a toda criatura que lo escuche. El falso maestro anuncia que Dios tiene un plan maravilloso para la vida de cada ser humano, si tan solo se aceptaran sus condiciones. La Escritura demuestra que Dios no tuvo plan maravilloso para Judas Iscariote, ni para Esaú que fue odiado por el Todopoderoso aún antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. La Biblia proclama que Jehová hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que el malo no se formó como malo por cuenta propia; que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para venir en la era apostólica. Es decir, antes de Dios crear a Adán y a Eva ya Cristo estaba preparado como Cordero. Esto quiere decir que Dios tenía un plan que ahora se desarrolla. En ese plan no todos son salvados, sino solamente su pueblo escogido por gracia, sin mediación de buenas obras.

    Afirmamos que Dios hizo al hombre recto, pero que cada quien ha buscado muchas perversiones (Eclesiastés 7:29); a imagen y semejanza creó Dios al hombre y a la mujer. Por lo tanto, hubo rectitud en ellos, aunque el plan de Dios incluía el proceso de redención por medio de su Hijo, el cual llevaría la gloria exclusiva de Redentor. La Biblia insiste en que nos vistamos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). Adán y Eva, aunque contentos con su felicidad, se aventuraron a conocer el bien y el mal, de manera que nos llegaron muchos males. En esa trampa estuvo Satanás inmiscuido, pero, como nos enseña el libro de Job, nada ocurre sin que Dios lo haya ordenado. Si Adán no hubiese caído en la tentación el Hijo de Dios no se habría manifestado para salvar a su pueblo, porque su pueblo no habría tampoco heredado la caída. Pero como en Adán todos mueren (en el espíritu), en Cristo todo su pueblo es vivificado.

    La Escritura enseña que aunque haya mucho número de personas en la tierra solo el remanente será salvo. La salvación de Jehová es eficaz, cierta, completa, no potencial, tampoco depende de la aceptación de la gente muerta en delitos y pecados. Dios resucita o hace nacer primero al elegido, para que cada redimido pueda tener vida en abundancia. La lógica resulta simple, pero la mentira siempre se manifiesta más compleja que la verdad. Por el mal fruto se conoce al falso maestro.

    César Paredes 

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  • EL EJE DEL EVANGELIO

    En la región de los gadarenos expulsaron a Jesús porque había ocasionado un daño enorme al dueño del hato de cerdos. No agradecieron la liberación de la esclavitud a Satanás que padecía aquel endemoniado, sino que privó el sentido económico de los negocios de la zona. Bertrand Russell en su libro ¿Por qué no soy cristiano? señala que ese acto de Jesús es una de las razones por las cuales él no pudo llegar a creer. El Dios de misericordia no tuvo compasión de aquellos animales sino que hizo que murieran lanzándose al mar por causa de los demonios que los poseyeron. Podemos ver también que ese acto de Jesucristo muestra su dominio sobre el mundo de las tinieblas y da ante muchos un sentido razonable sobre la comprensión de la liberación demoníaca.

    Nadie puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre, una sentencia del Hijo de Dios que pone sobre relieve la acción sobrenatural de llegar a creer. Los que no vienen a él jamás han sido enviados por el Padre, pero todo lo que el Padre le da al Hijo va a él para ser rescatado en forma definitiva. Muchos se allegan por el mensaje del evangelio pero intentan desviar el sentido de la doctrina de Cristo. Ellos escucharán en el día postrero la sentencia definitiva: apartaos de mí, nunca os conocí. Jesucristo aseguró que muchos eran los llamados y pocos los escogidos. A los discípulos les dijo que ellos eran una manada pequeña, pero que no debían temer porque al Padre le había placido darles el reino.

    Seguir a Cristo como Redentor vino a ser la buena noticia para el hombre pecador. La ley de Moisés no salvó a nadie, más bien ella exacerbó el pecado en el corazón humano, al igual que la ley escrita en los corazones de la gente. El evangelio no es una oferta pública para que la gente levante la mano como si se estuviese en una subasta. El evangelio es una magnífica noticia para los que el Padre eligió desde antes de la fundación del mundo, para hacerlos partícipes de la obra de redención que hizo el Hijo. Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo tanto Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino que entregó su vida por las ovejas (Juan 10:1-5).

    Esta aseveración bíblica enfada a muchos. Lo que Pablo resume en Romanos 9 ha sido visto como una injusticia por el hecho de que Esaú no tuvo ninguna opción para resistirse a la voluntad divina. El odio de Dios no se predica en los púlpitos, sino solamente la actitud bonachona de un ser benevolente que está dispuesto a salvar a todo el mundo si tan solo la gente aceptara. Semejante desvío doctrinal se muestra insólito. Si Cristo hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción, todo el mundo sería salvo. Pero la fe viene por el oír la palabra de Dios, así que la predicación del evangelio no se hizo de manera expedita en los tiempos apostólicos. Mucha gente murió sin saber la noticia de Jesucristo, por lo que esa gente que supuestamente fue beneficiaria de la muerte del Señor no se enteró en lo más mínimo.

    Un relato en el libro de los Hechos nos ilustra sobre el deseo de Pablo de ir a Asia (ese gran territorio donde no se había anunciado el evangelio). En realidad Pablo estaba en Asia menor pero quería visitar esa otra región para anunciar este evangelio. Su afán se vio estorbado por el Espíritu Santo quien le indicó que no fuera allá sino a otra región (Hechos 16:6-9). Entonces, ¿qué pasó con esos habitantes del Asia de aquella época si no escucharon nada de ese Jesús que había muerto en la cruz? ¿En qué se beneficiaron?

    Vemos que la Escritura anima a anunciar la buena nueva de salvación por doquier pero no garantiza que todos los que escuchan serán salvos. Además, se comprende que ese anuncio no llega a todas las personas, así que se demuestra que no todas las personas fueron favorecidas con la muerte de Jesús (Hechos 13:48). Esto parece injusto, como bien lo sugiriera el apóstol Pablo es su Carta a los Romanos. El apóstol para los gentiles levanta la figura de un objetor que argumenta contra Dios y su injusticia para con Esaú. La respuesta vino de inmediato: el hombre no es más que barro en manos del Alfarero, así que no debemos discutir con Dios.

    Esta forma soberana de actuar que tiene el Dios de la Biblia se oculta en los púlpitos porque espanta a la gente que desea que lo que han imaginado ser Dios prevalezca por sobre la revelación. En realidad esa es otra forma de idolatría, la configuración de un Cristo a la medida de la persona que desea mostrar que su propia justicia es superior a la del Creador. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, asegura Pablo (Romanos 9). Todo cuanto acontece en este mundo viene precedido por la voluntad del Creador; el profeta Amós escribió que cualquier cosa mala que suceda en la ciudad ocurre porque Jehová la ha hecho (Amós 3:6). Jeremías afirma por igual lo siguiente: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3: 37-38).

    Los indoctos bíblicos e inconstantes en la fe asaltan los espacios del Evangelio para torcer la doctrina de Cristo. La idea insiste con el fin de acomodar a la mayoría de los que vienen en nombre del cristianismo, de manera que se sientan cómodos cada uno con su particular doctrina. Pedro nos lo dijo en su Segunda Carta, Capítulo 3 verso 16. Siguiendo sus propios derroteros se consuelan unos a otros llamándose hermanos y diciéndose paz, paz, cuando no la hay y cuando pareciera que existiese una hermandad en Satanás.

    Existe una conexión entre la salvación y la comprensión de quién es y qué hizo Jesucristo. La vida eterna es precisamente conocer a Jesucristo, el enviado del Padre (Juan 17:3). Isaías afirmó que por su conocimiento el Siervo Justo justificaría a muchos. Ese conocimiento tiene que ver con su doctrina, que es la misma del Padre (Isaías 53:11). Los falsos creyentes atacan la Persona de Jesucristo, así como su obra. Mientras unos aseguran que solo existe Jesús y que él mismo es el Padre, en tanto otros descomponen la figura de la Trinidad, de igual manera están los que afirman que Jesús fue inclusivo en su muerte, que redimió potencialmente a la humanidad para ver quiénes realmente aceptarían la oferta de salvación. Allí está el tropiezo, ya que uno de los objetivos de la venida de Jesucristo ha sido para darnos entendimiento para poder conocerlo (1 Juan 5:20-21).

    Si este Evangelio pareciera oculto, tenebroso o escondido, entre los que se pierden seguirá escondido, puesto que su entendimiento parece turbio por causa del dios de este mundo (2 Corintios 4:3-6). El Espíritu enviado por el Padre, el Espíritu de Verdad, es quien nos da testimonio del Hijo (Juan 15:26). En definitiva, nadie tiene la capacidad de ir a Jesucristo, a no ser que el Padre lo envíe. Es necesario que Dios nos enseñe para que habiendo aprendido vayamos hacia el Hijo (Juan 6:44-45). El que le dice bienvenido a quien no trae esta doctrina participa de sus malas obras (2 Juan 1:9-11).

    En definitiva, el inmediato fruto de haber sido regenerado es el conocimiento y entendimiento que Jesucristo nos ha dado. Quien niega la Persona o la obra de Jesucristo, como lo anuncia la Escritura, ese es el anticristo (1 Juan 2:22).

    César Paredes

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  • TEMOR, PREOCUPACIÓN Y ANSIEDAD

    Al perder la perspectiva divina, en tanto somos creyentes redimidos, nuestros temores nos aferran a la angustia. Los peligros ahora parecen reales, redimensionados, quizás por imaginar un futuro con Dios como ausente. La incredulidad alimenta la preocupación hasta que el abandono silencia lo que habíamos aprendido de la palabra de Dios. Cuando Cristo nos aseguró que el Padre Celestial sabe de qué cosas tenemos necesidad (Mateo 6:32) estaba dándonos la clave para evitar la preocupación innecesaria.

    Ignorar la providencia de Dios genera miseria en el alma, nos hace cargar con el peso de nuestras tareas que nunca podemos soportar. De acuerdo a la Biblia, la ansiedad deja de ser un asunto emocional y se convierte en un problema espiritual: Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:6-7).

    Tal parece que el Señor nos prohíbe la ansiedad y el pánico, como si fuésemos como los incrédulos que deben preocuparse por todo lo que procuran. La ansiedad es como la arena movediza, pero la confianza en el que todo provee llega cuando dejamos nuestras penurias a su cuidado, por medio de la oración. Con toda oración y súplica, dando gracias en todo y por todo. Lo que obtenemos a cambio de dejar en manos del Todopoderoso aquello que nos inquieta es una paz como el mundo no puede darla. Hemos leído sobre la justicia de Dios que es Cristo, asimismo oímos de la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. ¿Por qué sobrepasa todo entendimiento? Si nos enfocamos en lo que nos preocupa nos hundiremos, pero si confiamos en quien le hemos contado nuestras necesidades parecerá un sueño de descanso nuestra tranquilidad frente a las preocupaciones.

    Cristo salió de la tumba, venció la muerte con poder; así que podemos decir que venció nuestro peor miedo. La promesa del Señor es que aquella paz divina guardará nuestros pensamientos y corazones en Cristo Jesús. Si Cristo es nuestra justicia también es nuestra paz. Se nos ha llamado a no angustiarnos por lo que nos ocupa, a entregar a Dios lo que nos inquieta, haciendo oración con acción de gracias. No ignoramos nuestros problemas sino que confiamos en que Dios está presente y no está callado. Démosle gracias a Dios por lo que hasta ahora ha hecho en nuestras vidas, así que esa actitud comienza a disipar la angustia por el futuro y por el inmediato presente.

    Resulta de interés reconocer que cuando fallamos al no mostrar la confianza que Dios merece comenzamos a murmurar contra Él. Sí, hablamos de nuestra situación y circunstancia y pensamos que Dios no nos ha debido meter allí donde estamos. Puede ser que nos sintamos demasiado culpables al pensar que fuimos nosotros mismos quienes recorrimos por error estos caminos que nos condujeron a la angustia. Lo que fuere, si no confiamos en su providencia la murmuración y la queja se hacen presentes. Nos pareceremos al Israel que daba vueltas por el desierto, con quejas y olvido de lo que Dios había hecho por ellos al sacarlos de Egipto.

    Esa queja pública o silente acusa a Dios de manejar descuidadamente nuestras vidas. Aquellos israelitas se quejaban contra Moisés y Aarón, anhelando la comida que tenían en Egipto. Preferían haber muerto junto a las ollas de carne antes que padecer en el desierto donde deambulaban por su terquedad. Esto ocurrió apenas quince días después de que hubieron salido de Egipto (Éxodo 16:2-3). El apóstol Pablo le escribe a los Corintios advirtiéndoles sobre la inmoralidad sexual, la provocación a Dios y la murmuración (1 Corintios 10:8-12). Les recuerda que Israel es como advertencia contra la murmuración, así que si nosotros nos creemos estar firmes miremos que no caigamos. El apóstol les dijo: Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor.

    Suponemos que Dios es demasiado lento para actuar, que su tiempo es distinto al nuestro, por lo cual tenemos como resultado nuestra impaciencia. En una era donde todo es absolutamente rápido, la respuesta divina debe ser por igual expedita. No nos disponemos a aguardar lo que el Señor tiene para nosotros, no queremos que Él nos transforme en el proceso de espera (Salmos 27:14). El apóstol Santiago también nos recomienda tener paciencia, afirmando nuestros corazones, sin quejas para que no seamos condenados (Santiago 5:7-9).

    La planificación de nuestras agendas de vida suena natural, pero en el creyente debe incluirse la oración al Padre. Descansar en el cúmulo de nuestros bienes materiales, en el brazo de nuestros semejantes, en el montón de nuestras relaciones sociales puede llevar el rechazo de Dios. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón de aparta de Jehová…Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová (Jeremías 17: 5 y 7). Somos insuficientes en nosotros mismos pero colocar la confianza en algo distinto al Dios Proveedor se computa como rebelión (Isaías 31:1).

    Nuestro foco en las preocupaciones puede conducirnos a la envidia. Decía el salmista Asaf que él tenía envidia de los arrogantes por sus éxitos sin congojas, pero cuando entró en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos (Salmos 73: 3 y 17). La gente a veces logra con creces los deseos de su corazón, pone su boca contra el cielo y prospera. De momento uno los ve sin ser turbados del mundo alcanzando riquezas; si nuestra mira se apunta hacia ellos la envidia puede vencernos. En cambio, si tenemos a Dios como escudo obtendremos gracia y honra. Dios no quitará el bien a los que andan en integridad (Salmos 84:11).

    Llevar ante el trono de la gracia nuestras peticiones asegura nuestra paz, evita la amargura y el resentimiento, así que esa buena costumbre que asumamos como creyentes traerá ganancia para la vida de cada uno de nosotros. Desconfiar de la providencia del Señor nos hará resentidos y nos deseará estar muertos antes que vivos, como le aconteció al profeta Jonás (Jonás 4:8). Dios posee sabiduría y bondad infinitas, confiemos en su fidelidad y ahorrémonos las prisiones de nuestros lamentos. Es muy fácil: si desconfiamos del control de Dios sobre nuestros asuntos, tomaremos su lugar y seremos nuestros propios dioses. Ese es el principio de la idolatría que debemos evitar, como bien lo señalara el apóstol Juan: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21).

    César Paredes

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  • LO QUE SIGNIFICA SER DIOS

    Algunos teólogos se enredan en el pajonal de saberes humanos, en el intento de defender a Dios de lo que sus propias mentes lo acusan. Al tratar de poseer control de aquello que golpea sus almas, trabajan para que el texto bíblico diga lo que por ningún lado insinúa. En Romanos 9 leemos que Dios endureció el corazón del Faraón desde un principio, asunto que le fue dicho a Moisés desde el momento en que se le encomendó la tarea ya conocida. Leemos por igual que Esaú fue odiado aún antes de ser concebido, antes de que hiciese lo bueno o lo malo.

    El texto bíblico no se presta para que se lea de otra forma, como han tratado algunos renombrados pastores y doctores de la teología. Cuando leemos el sermón titulado Jacob y Esaú, de Spurgeon, nos damos cuenta de la sutil argucia del orador para tratar el tema. Dice que ante la interrogante de por qué Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad, deberíamos plantear dos preguntas. La primera gira en torno a la misericordia que tuvo el Todopoderoso sobre Jacob (acá no deja duda de que fue un acto soberano de piedad). La segunda trata sobre el caso de Esaú, quien demostró con su estilo de vida que merecía la reprobación.

    Al parecer Spurgeon intenta excusar a Dios por su odio anticipado sobre este descendiente de Abraham. Intenta demostrar que Dios lo rechazó porque vendió su primogenitura, pese a que el texto bíblico haya anunciado que ese repudio ocurrió mucho antes de que hiciera bien o mal o de que fuera concebido. Este doble rasero para explicar la relación divina con Jacob y Esaú pone en duda la comprensión del texto con el que trata de hacer malabares argumentativos.

    La Biblia nos describe la responsabilidad que el ser humano le debe a su Creador, independientemente de su habilidad. Precisamente, el hecho de que Dios sea soberano absoluto hace que la criatura sea ínfima en poder y voluntad para saciar la demanda exigida. Esa es la razón del argumento de Pablo en su carta, a través de un objetor retórico que levanta para que diga: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? El objetor da por demostrado que para que una persona sea responsable debe poseer plena libertad de antemano.

    Concebir el tratamiento bíblico como obligado a las costumbres del derecho humano resulta falaz. Una cosa son los principios generales del Derecho, los presupuestos y normas con que la humanidad trabaja, pero otro asunto resulta el carácter soberano de Dios. Precisamente, hemos de entender lo que significa ser Dios. De entrada diremos que el Ser Supremo rechaza la argumentación sofística del objetor levantado por Pablo, ya que la respuesta del Espíritu se introduce con la expresión: En ninguna manera. Es decir, Dios no se muestra injusto sino soberano (Romanos 9:17-24).

    Tal vez el hombre quiere ser Dios, como lo quiso ser Lucifer, en tanto su deseo oculto lo hace utilizar el argumento contra el Creador de todo cuanto existe y lo acusa de injusticia. Si yo fuera Dios no sería como Él, sería mejor todavía.

    En ese punto Dios responde a la objeción situando al acusador en su justo sitio: ¿Quién eres tú para altercar con el Todopoderoso? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero. Acá se muestra quién es la criatura humana y quién es su Hacedor. Jesús había hecho abundantes señales delante de los judíos de entonces, pero ellos no creían en él. La razón de su incredulidad se basaba en el mismo hecho que le ocurrió a Esaú, para honrar el justo juicio divino contra el pecado. Dice el evangelio que no creían para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que había sido dicha: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? (Juan 12:38).

    El texto continúa y agrega que por esa razón (lo dicho por Isaías) ellos no podían creer, por lo que también antes había declarado ese profeta: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane (Juan 12:40). Lo que acá decimos se refuerza con el hecho de que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (cuando el Cordero de Dios fue ordenado para manifestarse en el tiempo apostólico: Efesios 1:4-5 y 11; 1 Pedro 1:20). De igual forma se lee en el Apocalipsis que aquellos moradores de la tierra que no tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adoraron y sirvieron a la bestia (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    En realidad la Biblia nos muestra cómo Dios ha causado en el ser humano el pecado, lo cual podemos ver en la descripción hecha sobre el caso del Faraón de Egipto, o sobre el rey de Asiria, el báculo del furor de Jehová. ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10: 15). Vemos que el rey de Asiria no hizo que Dios le ordenara hacer lo que hizo, sino que el que mueve el hacha es Dios mismo; así que el rey de Asiria, el Faraón de Egipto y todas las personas de la tierra son movidas por Dios para que hagan lo que hacen.

    Por esta razón se levanta la objeción, ya que no podría haber responsabilidad sin libertad. Sin embargo, en los predios del Dios soberano las cosas no son conforme al Derecho de los hombres.

    Somos llamados a hacer justicia entre nosotros pero nunca a objetar lo que Dios hace con su obra. Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra, torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo, trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba. (Lamentaciones 3: 34-36). La gente se queja por lo que sucede, pero Jeremías nos incita a mirar más allá de las aflicciones para ver quién es el que mueve todo cuanto nos acontece: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado (Lamentaciones 3: 37-39).

    La Biblia nos muestra de continuo que Jehová es soberano y gobierna en los corazones de los hombres. Jehová llamó a Ciro su siervo, pero dijo igualmente que él no lo conocía (Isaías 45: 1-10). Le dijo a Satanás que considerara a su siervo Job (Job 1:8). Si alguno quisiera conocer más de este Dios soberano, le vendría de maravilla escudriñar las palabras escritas en el Capítulo 45 del libro de Isaías. Acá se describe la soberanía de Dios al usar al rey pagano Ciro para liberar a Israel del exilio babilónico. Se muestra a Jehová como el único Creador y Señor, cuyo poder se extiende sobre todas las naciones. Advierte contra la idolatría y su vanidad, lo abundantemente necio que resulta el honrar a figuras que el hombre se hace acerca de lo que debería ser Dios.

    Finalmente, escuchemos a otro profeta bíblico cuya enseñanza calza con lo acá descrito: ¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    César Paredes

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  • EL JUICIO CONTRA DIOS

    A Dios se le juzga de muchas maneras, pero nada peor que señalarlo como culpable por la injusticia humana. Dios que hizo todo cuanto ha querido, pero el ser humano ha pasado a señalarlo como injusto por endurecer al Faraón, por odiar a Esaú, por no enviar a Su Hijo a morir por todo el mundo, sin excepción. Judas iba conforme había sido ordenado, pero Jesucristo dio un ay por ese individuo a quien había escogido como diablo. Lo que has de hacer hazlo pronto, decía el Señor. Los teólogos que enjuician a Dios tratan de salvarlo del padecimiento que proviene de la acusación de los seres humanos.

    Hay quienes aseguran que la Omnisciencia de Dios le permitió ver que Judas calificaba desde siempre como un traidor. Pero el pensamiento que rige esa teología sigue audaz la imaginación descontrolada. En síntesis, pareciera que el Dios Omnisciente supo todas las cosas porque vio el futuro en el túnel del tiempo o en una gigantesca bola de cristal. Así, y solo así, diera la impresión de que puede librarse de culpa. Sin embargo, surge otro problema de inmediato: si Dios vio lo que Judas iba a hacer, ¿no lo pudo evitar o no lo quiso evitar?

    Si no pudo evitar que Judas hiciera tan grave mal, entonces pareciera que Dios no es Omnipotente, lo cual sería gravísimo porque carecería de la cualidad esencial de la Divinidad. Si podía evitarlo y no quiso hacerlo, porque tal vez respeta en demasía el ficticio libre albedrío humano, no sería tan misericordioso como la Biblia lo describe. Lo que sí parece ser cierto es lo que la Escritura anuncia: que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9).

    El Dios Omnisciente que averigua el futuro deja mucho que desear con su omnisciencia. Si averigua algo es porque no lo sabía, por lo tanto no era omnisciente. ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? Dios sabe todo porque todo lo ha ordenado de la manera en que acontece. Ese razonamiento lo presenta Pablo en todas sus cartas, en especial en la Epístola a los Romanos. La razón de la aparición del objetor como recurso argumentativo es providencial. Me dirás, escribe el apóstol, ¿por qué, pues, Dios inculpa? En otros términos, el pobre de Esaú no debe ser tenido como culpable ya que parece ser una víctima del Todopoderoso. Esaú está limitado en su condición de humano, y de humano caído, lo que lo hace impotente para resistirse u oponerse a la voluntad de Dios (Romanos 9:19).

    Ese objetor levantado por Pablo asegura que hay injusticia en Dios, pero el escritor bíblico le responde de inmediato: En ninguna manera (Romanos 9:14). La razón explicativa circunda el hecho de la soberanía divina, como bien se lo dijo a Moisés: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca (Romanos 9:15-16). Dios levantó a Faraón para mostrar en él su poder, para que el nombre del Altísimo sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9:18).

    Ahora bien, decir que Dios sabía que el Faraón iba a estar endurecido sin que Él mediara en ello no es bíblico. Decir que odiaba a Esaú sin que Él mediara en ese odio, tampoco es bíblico. Ya Pablo expuso el argumento abiertamente, sin misterio alguno, bajo la lógica de que el lector iba a preguntarse si habría injusticia alguna de parte del Señor por condenar a Judas, al Faraón y a todos los réprobos en cuanto a fe, ordenados para tropezar en la piedra que es Cristo. Lo mejor que podemos hacer es reconocer que Dios es absolutamente soberano y hace como quiere, que no somos nada para poder siquiera pensar en juzgar al Todopoderoso Creador de todo cuanto existe.

    Veamos el entuerto que se desprende del argumento de la omnisciencia divina, en virtud del túnel del tiempo. Si Dios vio lo que iba a suceder, no porque haya ordenado que lo que acontece acontezca sino porque vio en los corazones humanos lo que sucedería inevitablemente, entonces estaríamos hablando de un Dios con demasiada suerte. Pero no solamente hablaríamos del Dios suertudo sino de un Dios plagiario. Sí, Él vio en el futuro (a través de mirar en el corazón humano) el plan de redención. Vio que la gente en un punto de la historia crucificaría a Su Hijo, que Judas sería un discípulo traidor, que el Sanedrín se opondría a Jesús, que los romanos bajo órdenes superiores y militares llevarían a la cruz a ese acusado por los judíos de entonces.

    Muchas cosas vio Dios en ese túnel del tiempo y tuvo mucha suerte de que lo visto se cumpliera, pese al voluble corazón humano que cambia a cada rato de parecer. Además, como ya señalamos, se copió esas ideas y las dictó a sus profetas como si fueran originadas en Él mismo. De esa manera presentamos al Dios plagiario, que sin saber lo que ocurriría tuvo que averiguarlo, o que sabiendo que ocurriría -por cuenta autónoma de los humanos- copió como suyo aquello que le dictaría a sus profetas. Disparates como estos son producidos por la teología que intenta disculpar a Dios de los actos de Judas, del endurecimiento de Faraón, del odio a Esaú, de no haber escrito el nombre de toda la humanidad en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Dios resulta culpable desde cualquier punto de vista, pues viendo a Judas que iba a cometer el gran crimen de traición no lo evitó, viendo que el Faraón era tan malo con los israelitas no lo evitó, y viendo demasiadas cosas como guerras anunciadas, crímenes pasionales, rencores humanos, con un gran etcétera, no quiso evitarlas. Dios ante el juicio humano siempre será tomado por culpable, pero como dice la Escritura: ¡Ay de los que pleitean con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! (Isaías 45:9-11).

    En lugar de juzgar a Dios lo que debemos hacer es preguntarle acerca de sus hijos y de las cosas por venir. Aceptemos la Escritura tal como nos ha sido dada, sabiendo que Él es soberano absoluto y hace como quiere. Dios ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Dios hizo el caballo, pero Él no es un caballo; asimismo Dios ha creado (o dado origen) al mal, pero Él no es malo sino bueno, como lo dijo Jesucristo. Yo soy el que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo el mal. Yo Jehová que hago todo esto (Isaias 45:7 RVA).

    La Biblia nos dice que Dios es luz, pero creó las tinieblas; el hecho de haberlas creado no lo hace a Él obscuro o tenebroso. Dios nos da su paz, pero creó el mal; el hecho de crear el mal no lo hace a él malo, como tampoco lo convierte en gallina por haberla creado. Y aunque Él haga todo cuanto existe, ha hecho al ser humano con una carga de responsabilidad ante su Presencia. El ser humano le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. De nuevo la Escritura dice: ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción…? (Romanos 9: 22). Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-29).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • DIOS NOS DARÁ CON CRISTO TODAS LAS COSAS

    Dios no escatimó a su Hijo, lo más preciado que existe, no tuvo ninguna objeción en darlo en sacrificio por amor a sus escogidos. Bajo esta premisa descansamos porque se puede deducir que quien da lo más dará lo menos. Es decir, cualquier cosa que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, si resulta para bien de sus escogidos, así como para gloria del Dios Trino, la tendremos sin falta. Nos asalta una interrogante respecto a las demás personas, a los que niegan la honra al Hijo. Suponemos que si ellos padecen entonces nosotros padeceremos.

    Como dijo Santiago: no tenéis porque no pedís (Santiago 4:2). A veces pedimos y no recibimos porque nuestras peticiones giran en torno a nuestros deleites: envidia, codicia, malas acciones. Cuando se nos niega lo pedido debemos mirar en las Escrituras las razones de la negativa. Se nos advierte a no amar el mundo pues ese amor implica enemistad contra Dios. El Espíritu que nos fue dado nos anhela celosamente, así que preparémonos en humildad para recibir una mayor gracia.

    Sabemos que nadie puede ir a Cristo a menos que el Padre lo lleve a la fuerza (Juan 6:44); por igual conocemos que el hombre natural no puede aceptar ni percibir las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura (1 Corintios 2:14). Además, la Escritura advierte que incluso todo creyente estuvo muerto en delitos y pecados, al igual que lo está el resto de la humanidad irredenta (Efesios 2:1). En resumen, la muerte espiritual derivada de la caída de Adán (pues en Adán todos mueren) presupone la incapacidad de acudir al verdadero Dios por nuestra cuenta. Si Dios no nos da vida, la muerte continúa.

    El acto de nacer de nuevo se atribuye a la exclusividad del Espíritu Santo. Así que todo aquel que cree que Jesús es el Cristo ha sido nacido de Dios. Dios abre los corazones de sus elegidos para que crean en el día de su poder, así como le abrió el corazón a Lidia para que respondiera ante el evangelio que se le anunciaba (Hechos 16:14). La fe que nos permite asir las promesas que vienen por gracia también nos ha sido dada (Efesios 2:8). La Biblia enfatiza que la redención no depende del que quiera ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quienes Él quiere tenerla. Asimismo, nos enseña que ese mismo Dios de misericordia endurece a quien Él quiere endurecer, como lo hizo con Esaú, aún antes de ser concebido y antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11-13). Así que tendremos todas las cosas que pidamos si Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Como está escrito en el libro de los Hechos, que habían creído tantos como fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Este evangelio de la absoluta soberanía de Dios no gusta a la mayoría de los autodenominados cristianos, mucho menos al resto del mundo. No agrada porque deja por fuera el esfuerzo humano, al apagar la ilusión del libre albedrío. Al hombre natural le cuesta aceptar que Dios gobierna todos nuestros actos, solamente admite que es la Naturaleza o el Universo como un todo quien hace que ocurra lo que acontece. Pero atribuirle al Dios de las Escrituras su rol protagónico resulta duro para el corazón de piedra acostumbrado a girar sobre su propio ego. Los ilusionistas religiosos de turno se ocupan de ofertar las palabras que placen a los que aman las fábulas. Como dice la Escritura: buscarán quien les predique conforme a sus propias concupiscencias. Apartarán de la verdad el oído, ya que no tienen sus oídos dispuestos para escuchar la sana doctrina (2 Timoteo 4:3-4).

    No hay corazón neutro que pueda por voluntad del individuo correr tras la fe salvadora. Muchos transitan los caminos religiosos, pero declaran con sus bocas lo que creen en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, no puede un árbol malo dar un fruto bueno. ¿Cuál es ese buen fruto del que habla Jesucristo? La declaración del verdadero evangelio. Alguien podría confesar la doctrina del Hijo de Dios pero lo haría de puro labio si su corazón no ha sido transformado como aquel del cual habló el profeta Ezequiel. Solamente la acción transformadora del Espíritu Santo hace que el individuo vaya hacia Jesucristo en fe.

    El que ha sido transformado internamente por el Espíritu (bajo la acción del nuevo nacimiento) puede confesar la verdad doctrinal de Cristo que tiene en abundancia en su corazón. Pero el que simula se cansa y mostrará que no sostiene plenamente lo que dice como mal árbol que es. Los que aseveran que Cristo hizo su parte pero que cada quien tiene que disponer motu proprio de su buena voluntad para asumir el evangelio, descansan en la mentira del libre albedrío, de la salvación por obras, del supuesto de que el ser humano no murió en Adán sino que solamente enfermó.

    En el entendido de que Dios nos dio con Jesucristo la salvación, habiéndonos predestinado desde antes de la fundación del mundo, amistándose con nosotros cuando estuvimos muertos en delitos y pecados, ¿cómo no nos dará también junto con el Hijo todas las cosas? Hemos de descansar en esta verdad bíblica, llena de absoluta lógica. Pues si la salvación dependiera de nuestra habilidad para creer, ya no sería de pura gracia y vendría a ser como un salario ganado por nuestro trabajo. En ese caso tendríamos que seguir en un esfuerzo infinito para intentar lograr aquello que deseamos.

    Los creyentes no nos gloriamos en nuestras obras sino en Cristo, quien vino a ser para nosotros la sabiduría de Dios, la justicia, santificación y redención; por lo tanto, nos gloriamos solamente en Cristo (1 Corintios 1:30-31). Sabemos que la salvación es la obra de Dios desde el principio hasta el final: nos revivió cuando estábamos muertos, nos dio fe cuando carecíamos de ella, nos garantiza vida eterna por lo cual nos envió el Espíritu como arras de nuestra redención final.

    Pidamos confiadamente porque recibiremos copiosamente para dar la gloria a nuestro Dios. Al entrar en la cámara secreta, cerrada la puerta, clamamos a nuestro Padre que oye y ve en lo secreto; ese Padre nos recompensará en público. La acción de orar pudiera considerarse subjetiva, pero la respuesta pasa por la objetividad al ser pública y notoria. Dios responde en forma específica, pero también de manera abundante; seamos específicos al pedir, para que nuestra fe crezca y nuestra confianza nos haga sonreír.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • REGENERADOS

    De acuerdo a la Biblia sabemos que la regeneración proviene de Dios, que la voluntad de varón resulta inútil para alcanzar tal fin. A esta realidad se le ha llamado desde el Antiguo Testamento la circuncisión del corazón, aquella que no es hecha por manos humanas sino por Jesucristo (Colosenses 2:11). El pueblo de Dios está circuncidado en Jesucristo, pero no como parte de un ritual quirúrgico ni como hábito repetido de una nación. Se le ordenó a Abraham la circuncisión de la carne, como símbolo exclusivo del pacto que Dios tuvo con él y con su descendencia (Génesis 17:10).

    En sentido contrario, los no circuncidados quedaban excluidos del pacto y eran vistos como impuros y carentes de santidad (Levítico 19:23, Isaías 52:1, Jeremías 6:10). De acuerdo a Exodo 12:48, los no circuncidados tenían impedido el participar de la celebración de la pascua (lo que hoy llamamos la Cena del Señor). En el Levítico, Capítulo 26, verso 41, se lee que Dios demanda que los corazones de su pueblo estuviesen circuncidados, algo que va más allá del ritual de quitar la carne de los prepucios. Jeremías 4:4 comprueba lo que decimos, que Dios pedía que su pueblo se circuncidara ante Jehová, quitando la piel de su corazón, en un sentido metafórico que exigía a la nación a dejar la iniquidad de sus prácticas.

    Como parte del discurso de Esteban, leemos una admonición que toca el tema de la circuncisión del corazón: ¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros (Hechos 7:51). Esta gente se jactaba de la circuncisión de sus prepucios, pero sus corazones estaban lejos de la voz del Señor. Su resistencia al Espíritu Santo no significaba que tenían a ese Espíritu en ellos. Su oposición consistía en la desobediencia al mandato general del Espíritu Santo, a la ley general divina que ha sido dada a toda la humanidad. Esa es una forma de resistir al Espíritu, aunque el Espíritu es en sí mismo irresistible en cuanto a sus propósitos y acciones de regeneración.

    El mundo se resiste al llamado externo que Dios hace, para que reconozcan que Jesús es el Mesías enviado por el Padre. El que se resiste a escuchar y obedecer la palabra divina está resistiendo al Espíritu Santo en ese ministerio de predicación del Evangelio. Por supuesto, no que Dios sea impotente ante la criatura humana, o que el Espíritu Santo haya quedado vencido en su relación con los hombres, sino que el ser humano caído en delitos y pecados no logra discernir la obra divina ni siquiera por medio de la misma creación.

    Por esa razón se hace necesaria la regeneración, el nacer de lo alto; pero la Biblia asegura que esto no se produce por reacción humana o por voluntad alguna de la humanidad. Es allí donde interviene la fuerza y voluntad irresistible del Espíritu que da vida a quien quiere darla, pues no a todos la da sino a aquellos que el Padre ha señalado para que crean en su Hijo (Juan 6:37,44; Hechos 13:48). Nosotros no poseemos ninguna lista de los que van a creer, simplemente anunciamos a todos por igual para que sea el Espíritu quien despierte la sed y el oído de los que deben oír y escuchar el mensaje de salvación.

    Ese mensaje de redención no es otro sino el de que Jesucristo vino a ser la justicia de Dios, la satisfacción plena por cada pecado de cada uno de los que representó en la cruz. Por el conocimiento del Señor salvará el Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Los que ignoran la justicia de Dios están irredentos (Romanos 10:1-4); Jesús vino a enseñar la doctrina del Padre, a dar su vida por las ovejas. Esto puede ser tenido por burla de parte de los que no creen, pero, aunque para el mundo es locura, para los redimidos representa el poder de Dios.

    Jesús nos recomienda que oremos al Padre que está en secreto, y mientras Él nos oye en el secreto nos recompensará en público. Una función subjetiva que depende de cada creyente, el acto de orar; la respuesta será objetiva, pues la publicidad de ella hecha por el Padre no tiene equívoco. Por supuesto, la oración del justo nos viene como privilegio del hecho de haber sido regenerados. No hemos de confundir la regeneración como un cambio de moralidad, ya que muchos no regenerados también mejoran en sus conductas.

    La regeneración también opera un cambio de mentalidad respecto a lo que teníamos por Dios y lo que sosteníamos de nosotros mismos. Ahora, con la regeneración, comprendemos la doctrina de Cristo. El Señor afirmó que ninguno puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga, que todo lo que el Padre le da vendrá a él y nunca será echado fuera. Eso que dijo forma parte de su cuerpo de enseñanzas (la doctrina), eso mismo debemos creer. Si así creemos, se manifestará cuando hablemos pues de la abundancia del corazón habla la boca, en tanto que demostraremos qué tipo de árboles somos. No puede el árbol malo dar fruto bueno (confesar un buen evangelio) ni el árbol bueno puede dar un fruto malo (confesar un falso evangelio). Pudiera ser que aquellos -los árboles malos- confiesen falsamente el buen evangelio, pero su inconsistencia se evidenciará como quien deja ver el trasfondo de su alma (de lo que cree).

    Nuestra circuncisión del corazón implica un cambio permanente de nuestra alma, ejecutado por el poder del Espíritu Santo que nos habita como arras de nuestra redención final. Hemos salido del reino de las tinieblas para habitar el reino de la luz o el reino de Dios. Ese traslado desde un reino al otro es irreversible, es sobrenatural; en nuestras luchas y pruebas podemos caer en desórdenes, pero como David seremos restaurados y, en muchas ocasiones, amonestados como a hijos. No hemos sido renacidos por hacer obras de justicia, sino por la misericordia de la gracia divina, en la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5).

    Por la regeneración sabemos que ya no servimos al pecado, que nuestro corazón dejó de ser perverso, más que todas cosas, y ha sido removido para llegar a tener uno de carne, renovado, que ame el andar en los estatutos de Dios. Así que la regeneración no se basa en alguna condición que tengamos en nosotros mismos, pero nosotros llegamos a saber si estamos o no regenerados. Los que hemos recibido a Cristo, creyendo en su nombre, hemos sido hechos hijos de Dios. Este grupo de personas no es engendrado por sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13).

    Si alguien desea hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si Jesús hablaba por su propia cuenta. Jesús anunciaba la doctrina del Padre (Juan 7:16-17). Pablo se agradaba de que la iglesia de Roma había obedecido de corazón el tipo de doctrina que él les había enseñado (Romanos 6:17). Sabemos que Pablo habló una y otra vez de la predestinación y la gracia soberana, del destino humano fijado desde los siglos por la soberana disposición del Padre y Creador de todo cuanto existe. Esa es la doctrina que el Hijo de Dios enseñó entre nosotros, esa es la enseñanza que debemos seguir y enseñar.

    César Paredes

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  • PROCLAMACIÓN UNIVERSAL DEL EVANGELIO

    Somos llamados a predicar el evangelio hasta lo último de la tierra, para testimonio a todas las naciones. Esa predicación no garantiza la salvación de todo el mundo, ya que Jesucristo crucificado vino a ser una piedra de tropiezo para los judíos, en tanto para los gentiles (los no judíos) una locura. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría y los judíos señales, pero el anuncio era simplemente Cristo crucificado, el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:18-31).

    La palabra de Dios es locura para los que se pierden, la destrucción de la sabiduría de los sabios. Pero agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación, aunque para los llamados -judíos y griegos-, Cristo es el poder de Dios para los pocos sabios y nobles escogidos, así como para lo necio que del mundo escogió Dios. Sí, lo vil y lo menospreciado del mundo escogió Dios, para deshacer a lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. El que se gloría, que se gloríe en el Señor.

    Entonces, aunque prediquemos a Cristo sabemos que muchos lo rechazarán, por causa de permanecer en su estado natural. En cambio, a los llamados ese evangelio predicado se convierte en un llamado interno y eficaz. Sabemos que este llamado interno transforma el alma que ha sido equipada con fe salvadora. Esto es lo que se ha mencionado como nuevo nacimiento, lo cual no viene por obra humana sino solamente por voluntad del Espíritu de Dios. Es decir, para los que son llamados con llamamiento eficaz Cristo deja de ser una locura y pasa a ser el poder y sabiduría de Dios.

    Esta gran verdad ha sido enseñada por el mismo apóstol en otra de sus cartas. En Romanos 8:30 leemos: A los que predestinó, a éstos también llamó; a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. Recordemos aquel pervertido a quien Pablo ordena entregar su carne a Satanás, a fin de que su espíritu viva en el día final. Pese a su vistoso pecado el creyente padeció el castigo del Señor y se volvió de su mal camino. Pablo, tiempo después, también ordena reincorporarlo a la comunión de la iglesia. Los que somos ovejas rescatadas y nos convertimos en desobedientes, recibimos la disciplina del Señor.

    En 1 Corintios 3:15 leemos: Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo, aunque así como por fuego. Esto sucede cuando el creyente no construye su vida con materiales nobles, pero resulta salvado porque su fundamento sigue siendo Jesucristo (Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo: 1 Corintios 3:11). Así que hemos sido escogidos desde la eternidad para continuar con la glorificación final, porque este es el propósito del poder divino con su gracia soberana.

    Sabemos, pues, que cuando se anuncia el evangelio esa palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada (Isaías 55:11). No podemos predecir cómo usará Dios su palabra. Después de que Jesús resucitó, Dios ordenó que se apareciera no a todo el pueblo, sino solamente a aquellos que había escogido como testigos (Hechos 10:39-41). Ante el mensaje de Pablo y Bernabé, dice la Biblia, creyeron los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Los que no creyeron se entiende que escucharon sin que hubiera la eficacia del nuevo nacimiento.

    Esto también está apoyado por lo dicho en Apocalipsis 13:8 y 17:8, que adorarán a la bestia aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo. Y es que todos los que el Padre le da al Hijo vendrán al Hijo, y no serán echados fuera (Juan 6:37).

    Jehová le ordenó a Moisés hablar con el Faraón para que dejara ir al pueblo de Israel de su esclavitud. Pero antes que nada le dijo que Él endurecería al mandatario para poder glorificarse al final de todo. Ese patrón se repitió a lo largo de las plagas, pues cuando el Faraón se mostraba terco por su propia voluntad Jehová lo endurecía en su corazón. Después de la plaga de las langostas, el Faraón accedió a dejar ir al pueblo, pero cuando la plaga terminó, volvió a endurecer su corazón (Éxodo 7:14-21). En el verso 3 del capítulo 7 se lee la advertencia a Moisés de que Jehová endurecería el corazón de Faraón, y de que multiplicaría en la tierra de Egipto sus señales y sus maravillas.

    Se trata de un evento comunicado con anticipación, para demostrar la gloria de Jehová. Lo mismo relata el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos: Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). Así que el anuncio del evangelio tiene el propósito de dar vida a los caídos, a las ovejas perdidas, pero por igual el de seguir endureciendo a las cabras.

    La soberanía de Dios nos apalanca el ánimo a los creyentes, los que somos llamados eficazmente. Nos garantiza que habrá fruto, hasta que el último de los consiervos se convierta (parafraseando Apocalipsis 6:11). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere… (Juan 6:44). Por esa razón Jesús había dicho momentos antes: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    Participamos del gozo de la predicación del Evangelio, ya que los que oyen teniendo oídos para oír serán rescatados. Cumplir con el deber trae alegría, de manera que no resulta oneroso la proclamación de las buenas nuevas de salvación. Como se asentó en la Escritura: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación (Hebreos 3:15; Salmos 97:7-8).

    César Paredes

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  • A LOS QUE ANTES CONOCIÓ

    No son pocos los que se apartan del camino por causa de la elucubración de su entendimiento. ¿Qué significa que Dios conozca de antemano? Incluso, ¿qué quiere decir que Dios conozca a alguien? El verbo conocer en la Biblia tiene una connotación más amplia que el hecho de tener conocimiento de algo, también nos indica que se tiene comunión íntima. José anduvo con María, estando ya desposado con ella, pero dice la Escritura que no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito (Mateo 1:25).

    Esa frase refiere al hecho de que José no tuvo relaciones íntimas o sexuales con María hasta después de que nació Jesús. En otros términos, el acto marital se pospuso hasta después del nacimiento de Jesús. Si Jesús fue el hijo primogénito, entonces indica que hubo otros hijos (hermanos de Jesús). El vocablo griego usado es PROTOTOKOS y no MONOGENES (PROTOTOKOS significa el primer hijo, en tanto que MONOGENES indica el único hijo, el unigénito). Hay un relato en Mateo que registra el hecho de los hermanos de Jesús: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan (Mateo 12:47). Esta información también la dan Lucas 8:19-21 y Marcos 3:31-35. En Juan 2:12 leemos: Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días; en Juan 7:2-10 podemos encontrar otra referencia sobre los hermanos de Jesús. Por igual leemos ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? (Mateo 13:55-56), y en Marcos 6:3 tenemos otra evidencia: ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.

    Lo mismo puede decirse de Adán, quien conoció de nuevo a Eva su mujer y tuvieron otro hijo. Jehová habla a través de un profeta y dice que a Israel solamente ha conocido de entre todos los habitantes de la tierra; Jesús el Cristo afirma que al final de los tiempos dirá a un grupo de personas que nunca los conoció, que se aparten de él. La pregunta inicial se retoma: ¿cómo sabe Dios? A muchos les aterra afirmar que Dios ha hecho todas las cosas, como asegura la Biblia, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Prefieren usar el término PERMITIR, para simular que cuanto acontece no es la plena voluntad divina sino solamente un permiso. Pero permitir algo implica estar presionado por alguna influencia externa, no querer que suceda pero dejar que pase. Eso no puede decirse del Todopoderoso.

    ¿Cómo sabe Dios? ¿Cómo puede vaticinar el futuro nuestro con total acierto? ¿Será que mira el futuro como si tuviera una bola de cristal? ¿Se meterá en lo que han denominado el túnel del tiempo? En absoluto, Dios sabe el futuro porque lo hace, lo decreta, lo ordena. Adán pecó no por posibilidades de pecar sino porque tenía que hacerlo. Ya el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Si Adán no hubiese pecado Dios habría destinado a su Hijo en vano, fracasando en su plan sempiterno e inmutable.

    El crimen más horrendo en la historia humana fue el asesinato cruel del único ser inocente de la tierra. La muerte del Hijo de Dios fue planificada y anunciada desde antes por el Padre ante sus profetas. Así que no nos escandalicemos por lo que Satanás haga con el pecado humano, ya que todo forma parte del plan de Dios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto que inculpa de pecado a quien Él mismo ha condenado desde siempre, como lo demuestra el caso de Esaú relatado en Romanos 9? Pablo responde con un rotundo no: En ninguna manera. El apóstol coloca al ser humano en una posición ínfima frente a su Hacedor, diciéndonos que somos responsables de lo que hacemos, pero que Dios tiene la potestad autoritaria que le da el hecho de ser dueño de la masa de barro con que nos ha formado.

    La voluntad de Dios es hacer vasos de honra y vasos de deshonra, para que su plan se desarrolle, para darle la gloria de Redentor a su Hijo Jesucristo, para consumar su ira por el pecado y la injusticia. Con lo dicho, el conocimiento previo de Dios no es otra cosa que el amor anticipado que nos ha demostrado a quienes Él ha elegido desde la eternidad, para ser objetos de su gracia, amor y misericordia. En Romanos 8:29 leemos que Dios predestinó a quienes conoció desde antes. Es decir, no que haya mirado para ver quiénes eran dignos de predestinación, ya que ha afirmado que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Todos estuvimos muertos en delitos y pecados, de manera que tuvo misericordia de quien quiso tenerla, pero endureció para siempre a quien ha querido endurecer (como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés). Ese conocimiento de Dios incluye el amor, su relación y su divino propósito, como ya lo mencionamos respecto a Israel (Amós 3:2). Esto no podría sugerir que Dios careciera de información o de conocimiento intelectual respecto al resto de las naciones de la tierra, sino que precisamente nos refiere al contexto especial del verbo conocer en la Biblia.

    La gracia de Dios le pertenece a Él, por lo tanto es su iniciativa el demostrarla a quienes él quiera demostrarla. Nunca la gracia es una respuesta a una iniciativa nuestra. Los que ven méritos en el ser humano para la acción divina, tienen una teología desviada basada en el mérito de las obras. Esto es otro evangelio, como asegura Pablo, una evangelio anatema. Como dice la Escritura: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) -Romanos 9:11. No es por las obras, no es por el mérito que tengamos, no es por guardar la ley, ya que la ley no salvó a nadie (Gálatas 2:16; Romanos 3: 20).

    Debemos recordar siempre el texto de Juan que nos asegura que amamos a Cristo porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Dios conoció personas, no eventos, según el texto de Romanos 8:29; es decir, no porque haya visto actitudes o actividades en las personas las escogió, sino porque quiso amar a los que escogería. Nos escogió en amor, bajo su pacto de gracia eterno e inmutable; no fue que nos conoció porque nos observara sino que se quiso relacionar con nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas. De la misma masa de barro hizo vasos para honra y vasos para deshonra, por lo que no existe atributo positivo en la calidad del barro sino en la disposición del Alfarero.

    Finalmente, si Dios tuviera que conocer algo implicaría que no lo conocía antes. Eso echaría por tierra su cualidad de Omnisciente. De manera que Dios no llega a conocer nada pues todo lo sabe; ¿y cómo sabe Dios? Simplemente sabe todo porque todo lo ha ordenado para que suceda. Él es Todopoderoso, Omnisciente, Increado, Inmutable y Santo. Puede haber más atributos, pero estos mencionados lo relacionan con lo que acabamos de exponer en relación al conocimiento (afecto) que tiene para con sus elegidos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESUCRISTO MEDIADOR

    El único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Necesitaba el Hijo de Dios participar de las dos naturalezas, divina y humana, para mediar por nosotros ante la Divinidad. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9). Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia (Juan 1:16). Jesucristo tiene la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Juan 1:14).

    Jesucristo es completamente divino y completamente humano, para que pueda mediar por nosotros. Así que puede considerarse como el único descendiente de Adán con dos naturalezas, lo cual lo configura como el Segundo Adán, por el cual sus hijos vivimos. Sin división ni confusión, dos naturalezas en una persona: fue y es tan humano como divino. Él era el profeta que levantaría Jehová en medio del pueblo (Deuteronomio 18:15). Yo publicaré el decreto;Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú;Yo te engendré hoy (Salmos 2:7). Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra,Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmos 110:1).

    La necesidad del Mediador ya aparecía en el libro de Job. Ese hombre dijo: Porque no es hombre como yo, para que yo le responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos (Job 9:32-33). Ahora nuestro árbitro es Jesucristo, la justicia de Dios. No conviene confundir las dos naturalezas del Señor, pero tampoco conviene confundirlo con el Padre. Aunque él y el Padre son uno, en el sentido de unidad, asimismo el Espíritu Santo es parte de ese Dios Trino. Bien lo dijo Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16). En este texto se muestran claramente las tres Personas de ese Dios que se anunció progresivamente en las Escrituras.

    Referente a Jesucristo Zacarías escribió: Él edificará el templo de Jehová, y él llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono… (Zacarías 6:13). Es decir, Jesucristo no es Jehová sino el Hijo. Ya lo anunció David: Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían (Salmos 2:12). Y aunque Jesús afirmó que él y el Padre eran uno (Juan 10:30), no son la misma Persona.

    La persona de Cristo ha sido atacada a través de los siglos; unos han afirmado que no es Dios sino solo hombre, algún ser fantasmagórico porque la Deidad no puede poseer cuerpo alguno. Otros aseguraron que aunque era Dios no era eterno sino creado. Los Concilios a través de la historia han intentado dar respuestas a esas interpretaciones privadas de algunos teólogos, declarándolas herejías. Sin embargo, no solo se ha atacado su persona sino también su trabajo.

    Escuchamos que la obra de Jesucristo redimió a toda la humanidad, sin excepción, ya que su esfuerzo siempre es eterno e ilimitado. Sin embargo, sabemos que muchos van a condenación, lo cual sugiere que Jesucristo no salvó a todos, sin excepción. Tal vez, dicen algunos, hizo su parte pero la gente es demasiado hostil y no hace la suya. No obstante, lo que él hace siempre es perfecto y eficaz, así que redimió a todo su pueblo de sus pecados, como afirma la Escritura (Mateo 1:21).

    Podemos imaginar un poco en cuanto a la expansión del Evangelio. Comenzaron doce personas a predicar, pero primero se dirigieron al territorio israelí, para continuar con el resto del mundo. Miles y millones de personas murieron en aquella época sin haber escuchado algo de ese Cristo que supuestamente murió por ellos. Así que con ellos resultaría vana la afirmación de que Jesús hizo su parte por esas personas. Todavía hay gente que perece sin conocer nada de él, así que no vale la afirmación de la expiación universal, sin excepción.

    Podemos asegurar que mucha gente le escuchó y tuvo la oportunidad de dialogar con él, pero no pudieron creer. Un episodio de Juan 10 nos relata que algunos judíos le reclamaban por qué no les decía abiertamente quién él era; el Señor les aseguró que se los había dicho pero ellos no creían. Agregó que las obras que él hacía en nombre del Padre daban testimonio de él, pero les aseguró que ellos no creían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Es decir, para creer en Cristo hay que ser parte de esas ovejas escogidas desde la eternidad por el Padre mismo.

    Esta situación no libera al ser humano de la responsabilidad de creer. Parece injusto, pero el problema lo planteó Pablo en Romanos 9 cuando aseguraba que Dios nunca cometió injusticia por haber odiado a Esaú antes de hacer bien o mal, o antes de ser concebido. Esaú no quedó liberado de la responsabilidad de sus actos por el hecho de que Dios lo hubiera rechazado, simplemente actuaba en su guión como había sido escrito desde los siglos. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pero Dios endurece a quien quiere endurecer, al tiempo que tiene misericordia de quien Él quiere tenerla.

    Estos actos de soberanía divina también hacen posible la bienaventuranza de Jacob. Si Dios no hubiera decidido amarlo, sería tan condenable como Esaú. Cristo como Mediador entre Dios y los hombres es el mismo que media entre los elegidos del Padre para que no nos sean tomados en cuenta nuestros pecados. Obviamente, no dejamos de lado el castigo y azote del Padre sobre los hijos, para que no seamos considerados bastardos. Así lo asegura la Biblia (Hebreos 12:6-8).

    Porque Jesús fue y es absolutamente Dios, increado, eterno e inmutable, su sacrificio en la cruz cobra un infinito valor en favor de todos sus elegidos. La razón por la cual Jesucristo llega a ser nuestro Mediador entre Dios y los hombres es porque él comparte las dos naturalezas: es completamente divino y completamente humano. Sabemos que la Escritura rechaza la idolatría y la considera obra demoníaca, nos dice que quien sacrifica a los ídolos a los demonios sacrifica. Por lo tanto, atribuirle a María el trabajo o la función de mediadora resulta en una gran mentira. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios (Romanos 5:1-2).

    Tengamos presente que la mediación de Jesucristo nos era necesaria, ya que en la familia del Segundo Adán todos vivimos (y ese todos se refiere a todos los que conformamos su pueblo redimido, de acuerdo a las Escrituras: Mateo 1:21). Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:14-18).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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