Dios no deja nada al azar, ya que correría el riesgo de tener que enmendar a cada rato lo que habría planificado. Si Dios predestinó algo, eso debe ocurrir en el tiempo indicado; dejarlo al azar implicaría que pudiera o no pudiera cumplirse. En tal sentido, lo que acontece en el universo en el cual vivimos ha sido ordenado con anticipación por la Divinidad. Al mismo tiempo, dadas ciertas declaraciones bíblicas, podemos inferir que eso que acontece fue ordenado desde siempre. Recordemos el texto de Pedro cuando nos refirió que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).
Si Cristo murió por toda la humanidad, toda la humanidad ha de ser salvada. Pero si no toda la humanidad es salvada quiere decir que Cristo no la incluyó completamente. De hecho él oraba al Padre la noche previa a su crucifixión y le dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que le había dado, y le daría después por la palabra de los primeros creyentes (Juan 17:20). Ese grupo de personas que quedó fuera de la oración de Jesús nunca estuvo incluido en el grupo de los que vendría a salvar (Mateo 1:21).
La Biblia dice que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Ni uno más ni uno menos, simplemente los que fueron ordenados o predestinados. Ahora bien, ¿cómo sabe Dios? Esa interrogante pertenece a uno de los Salmos, dándonos a entender que el impío se pregunta si Dios sabe todas las cosas (Salmos 73:11). Dios no necesita llegar a saber algo porque es Omnisciente, de manera que no tiene que mirar en el corredor del tiempo, no busca pistas en los corazones humanos. De igual forma, el Creador de todo cuanto existe expresó en su revelación que al mirar hacia la tierra vio que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados, que todos se habían desviado, que no había uno solo que lo buscara ni que fuera justo. En suma, la humanidad entera murió conforme a la advertencia dada a Adán en el Edén.
Esa muerte espiritual imposibilita el desear las cosas del Espíritu de Dios. Urge un nuevo nacimiento, una nueva naturaleza, pero eso no ocurre por voluntad de varón sino de Dios. Es una gran mentira decir que Dios despierta a todas las almas para que decidan, porque en realidad lo que se necesita no es despertar sino resucitar. El pecado ha cauterizado la conciencia del pecador y no puede valorar las circunstancias que le rodean, así que jamás seguirá por cuenta propia a Jesucristo.
En el libro de Ezequiel se ha dicho que Dios pondría un corazón nuevo y de carne para sustituir el corazón duro y de piedra (reseñado por Jeremías), y añadiría un espíritu nuevo para amar sus estatutos. Eso no es azar, sino intervención divina en directo. Mientras estábamos en la carne, dice Pablo, las pasiones del pecado obraban fruto para muerte (Romanos 7:5). Ahora hemos sido liberados de esa ley que nos acusaba, gracias a la ley de la fe de Cristo.
Creer el Evangelio presupone asumir la doctrina de Cristo. El conocimiento del Hijo de Dios se puede dar en dos grandes renglones: 1) respecto a su Persona; 2) respecto a su obra. En cuanto al primero mucho se ha debatido en la historia y en concilios, para revisar si Jesucristo era Dios o era solo hombre. El ataque a su persona fue feroz y todavía continúa cuando miramos la existencia de muchas sectas que sostienen ideas heréticas respecto a la deidad del Señor, incluso se preguntan si existe o no un Dios Trino. ¿Vino en carne o solo en apariencia de hombre? -como se interrogan los gnósticos.
El ataque a su obra es más sofisticado, ya que pretende pasar como si existieren puntos de vista que no inciden para nada en la salvación del alma. El hecho de que se crea en Cristo (como Persona), con todas sus cualidades divinas, hace pasar desapercibido el ataque a su obra. Para esto muchos se afianzan en ciertos textos fuera de contexto, como por ejemplo el que dice que el que cree en él tiene vida eterna. ¿Qué es creer en él? ¿Acaso es creer en lo que la Biblia dice de su Persona, nada más? ¿No habla la Escritura de la obra de esa Persona? ¿No es la obra tan importante como la Persona misma?
La doctrina de Jesucristo enseñada por él mismo, así como por los apóstoles, junto con lo dicho en el Antiguo Testamento, ilustraba la importancia de lo que venía a hacer. Él vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Acá empezamos con la torcedura doctrinal, ya que muchos alegan que su trabajo se extiende a toda la humanidad, sin excepción. Es decir, que vino a morir por Judas Iscariote, por el Faraón de Egipto, por Caín, por todos los réprobos en cuanto a fe cuya condenación no se tarda, por los sellados con el 666, por los apóstatas y un gran etcétera.
De ser esto cierto, su sangre ha mostrado nulidad e impotencia, ya que los condenados al infierno demuestran que su trabajo fue inútil. Ah, para este argumento presentan su contraparte: es que los que se condenan lo hacen porque rechazaron la libre oferta del evangelio. Sin embargo, la Biblia no lo presenta de esa manera, sino que sugiere que creen los que están ordenados para vida eterna. Pablo ha dicho varias veces que la salvación es de gracia y por medio de la fe, para que ninguno se gloríe ni se jacte en la presencia de Dios. Ha declarado igualmente que Dios decidió amar a Jacob pero odiar a Esaú aún antes de que fueran concebidos, sin miramiento a sus obras (ni buenas ni malas).
Esto lo hizo Dios para mostrar su ira y hacer notorio su poder, cuando preparó los vasos de ira para destrucción. Asimismo, quiso Dios hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrándolas para con los vasos de misericordia que Él preparó de antemano para gloria, a los cuales llama por medio del Evangelio, sean judíos o gentiles. Solamente el remanente de escogidos será salvo (Romanos 9:27). La obra de Cristo fue la expiación de todos los pecados de todo su pueblo, en tanto como Buen Pastor puso su vida por las ovejas (no por los cabritos).
Pablo fue un ejemplo de lo que decimos, además nos instruyó respecto a su vida misma. El dijo que sabía que la ley de Dios es espiritual pero que él era carnal, vendido al pecado. Por esa razón hacía lo que no quería hacer y lo que aborrecía, así como dejaba de hacer lo bueno que deseaba hacer (Romanos 7: 14-15). Pero entendió que pese a que en su naturaleza todavía obraba esa raíz del pecado, su fruto no era para muerte sino para vida eterna. Por esa razón agradeció a Dios por Jesucristo, el que lo libraría finalmente del cuerpo de muerte del pecado.
¿Cuál es la razón por la cual Pablo daba fruto de vida y no de muerte? No era por su conciencia del bien sino por el fundamento que tenía. Esa simiente era Cristo, era la palabra enseñada por el Señor, el cúmulo de su doctrina. Ninguno ponga otro fundamento que Jesucristo (1 Corintios 3:11), la única base sólida y verdadera sobre la cual construir la fe y la vida espiritual. Pero Jesucristo no es solamente una Persona sino también una obra. Los demonios creen en la Persona de Cristo y tiemblan por ello, pero también temen porque la obra de Jesús no se hizo a favor de ellos. Acá vemos la importancia de comprender bien el tamaño y alcance de la obra de Cristo (la redención de su pueblo).
Veamos esta doctrina de Jesús: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). En el verso 43 Jesús refiere la naturaleza de dos árboles, el bueno y el malo, los cuales dan o frutos buenos o frutos malos. Pero no puede el árbol malo dar buen fruto, ni el árbol bueno dará jamás un fruto malo. ¿Qué es todo esto? La clave de esa enseñanza se encuentra en lo que habla la boca respecto a lo que el corazón tiene. El corazón descrito por Jeremías es perverso, de piedra, engañoso más que todas las cosas. Ese corazón, como el mal árbol, dará fruto malo. Pero el corazón descrito por Ezequiel es de carne, sensible, con un nuevo espíritu de parte de Dios, el cual dará buen fruto.
El corazón que contiene la doctrina de Jesucristo confesará con la boca el verdadero Evangelio, pero el corazón que no contiene la enseñanza del Señor dará un mal fruto al confesar un evangelio anatema. Acá entran los que desvían las enseñanzas de la Escritura para dar luz a una teología errada, incongruente y jamás predicada ni por Jesucristo ni por sus apóstoles. La oveja redimida jamás se irá tras el extraño (el falso predicador o profeta, el herético), porque desconoce esa voz del extraño (Juan 10:1-5). Pablo pecaba (como se evidenció de lo que dijo en Romanos 7 ya señalado antes), se sentía miserable por sus pecados, pero siempre confesaba con su boca lo que tenía en su corazón: el evangelio de Cristo. Hablaba de la predestinación, de la elección, de la gracia sin mediación de las obras humanas, del fundamento del creyente. Pablo tenía el corazón de carne anunciado por Ezequiel, de manera que pudo confesar el verdadero Evangelio y denunciar al evangelio anatema. David creía en el Señor, tenía un corazón de carne y un espíritu recto que lo llevó a confesar con su boca su amor por las enseñanzas del Todopoderoso. David pecó feamente, se arrepintió, fue castigado por Dios, pero no fue condenado porque había nacido de nuevo (de acuerdo a lo descrito por Ezequiel respecto al corazón de carne).
¿Qué será de aquellos que no pecan como lo hizo David, pero tuercen la doctrina de Cristo? Esos son malos árboles que dan malos frutos. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).
César Paredes