Autor: César Paredes

  • SOBERANÍA Y AUTORIDAD DE DIOS

    Si Dios no fuese soberano, no tendría autoridad suficiente para gobernar su universo. No podemos decir que la autoridad de la Biblia proviene de ella misma, dado que estaríamos en un razonamiento circular. Sin embargo, cualquier sistema de ciencia o de argumentación parte de la necesidad de la demostración de sus premisas. Nadie ha visto el número uno (1), nadie lo conoce como para decir a qué sabe y cuál es su figura; no obstante, la matemática parte del axioma de que los números existen y los utiliza para desarrollar todo un pensamiento abstracto, lógico y sensible ante la ciencia.

    Si se acepta la premisa principal, lo que sigue se toma como carpintería simple. Todo encaja, viene la premisa menor con su término medio y le sigue la síntesis o conclusión. Si no cumple con las normas del silogismo, se tiene como un razonamiento falaz. Si cumple, entonces se asume como verdadero. Tenemos la revelación de Dios en nuestras manos, pero muchos no la aceptan como autoridad. La razón aparece por medio de varias voces, preguntándonos cuál es la base de su veracidad. Adán tuvo esa revelación, de otra manera, aunque constituyó igualmente una revelación de la palabra divina. Se le dijo que tuviera cuidado con el fruto prohibido, pero aún en su estado de inocencia no hizo caso. Como si él mismo hubiese cuestionado el principio de autoridad divina, como si el hecho de que Eva hubiese comido lo autorizara para la desobediencia. Eva no había muerto, como Dios había indicado, pero habiendo pecado ambos descubrieron la vergüenza de su desnudez.

    La Biblia nos asegura que Dios no puede jurar por uno más grande que Él, por lo cual juró por Sí mismo (Hebreos 6:13). Sabemos que la Biblia tiene autoridad porque viene de Dios, fue su inspiración, pero creer en la Escritura solamente puede ocurrir por una revelación del cielo. Algo parecido le dijo Jesús a Pedro, que lo que le había confesado no se lo había revelado sangre ni carne, sino su Padre que estaba en el cielo (Mateo 16:17). La revelación interna y externa pertenecen a Dios, como pertenece también el Evangelio. Su descubrimiento no se debe al esfuerzo humano, sino a la soberanía divina que opera de acuerdo al designio de la sabiduría de Dios.

    De esta forma, predicamos el Evangelio a toda criatura posible, pero el que se crea o se rechace va por cuenta del Señor. Ninguno puede venir a Cristo si no le fuere dado del Padre. Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá a él y nunca será echado fuera. Pero ese venir a Jesucristo pasa por el hecho de que Dios enseña para que se aprenda (Juan 6:45), cosa que hace en todos los escogidos para tal fin. El método usado no es otro que el anuncio del Evangelio de Cristo, ya que por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). El conocimiento del Evangelio consiste en la revelación de muchas verdades respecto a la Divinidad y a nosotros como criaturas.

    La historia del pecado humano forma parte del propósito del Evangelio, el hecho de que no tenemos excusa y de que somos impotentes para cumplir la ley divina. Desde la eternidad Dios se propuso reunir todas las cosas en Cristo, es decir, dar a conocer a la criatura humana la impotencia propia que produce la muerte en delitos y pecados. De esta forma nadie podrá jactarse en la presencia de Dios, sino que ante su presencia se dará tributo exclusivo a la justicia de Dios que es Jesucristo.

    La caída del hombre produjo enemistad para con Dios, para aceptar la verdad divina. Todo se pone en duda, por lo que ni los creyentes pueden probar a un tercero que la palabra de Dios es verdad. Solamente el testimonio del Espíritu nos habilita para creer, si bien resulta veraz el decir que no existe contradicción en las Escrituras. Hay una lógica entera en ella, existe una coordinación en sus páginas pese a que la Biblia fue escrita en un período de 1500 años, por más de 30 autores de una amplia gama laboral y social. Su temática se concatena en ella como una enredadera a un tronco, para mostrar el mensaje de salvación para el pueblo escogido de Dios.

    Hoy día se siente temor a decir estas cosas reveladas en las Escrituras, por lo que muchos religiosos se dedican a anunciar igualdad para todos. Es decir, que Dios ama a todos de la misma manera, que Dios no odia a nadie, que quiere salvar a toda la humanidad pero que el diablo lucha en su contra. Por esta razón dejan el desenlace de esta batalla en las manos de de la humanidad caída, como si el hombre muerto en delitos y pecados pudiera tomar alguna decisión sensata al respecto. Recordemos que la enemistad que se produjo en la caída de Adán fue absoluta, pero ha sido Dios en su misericordia el que inició este acercamiento por medio de Jesucristo. ¿Por qué razón no lo ha hecho con toda la humanidad, sin excepción?

    He allí el problema de muchos, el razonamiento en torno a la equidad por lo cual se juzga a Dios como injusto. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Estas interrogantes acerca de la justicia o injusticia de Dios aparecen descritas en Romanos 9; la respuesta ha sido la misma: ¿Quién es el hombre para que alterque con su Creador? No es más que una olla de barro en manos del alfarero, el cual tiene derecho a hacer con su masa de tierra un vaso para honra y otro para deshonra. En síntesis, si no aceptamos la palabra revelada tal como nos ha sido dada, a Dios siempre lo iremos a juzgar.

    Los seres humanos no se agradan con el permanecer en el conocimiento de Dios y han cambiado la gloria divina por semejanza de animales y objetos creados. La predicación de la cruz pareciera una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan resulta el poder del Dios soberano. De verdad, el ser humano en su estado natural (caído) no recibe las cosas del Espíritu de Dios porque no las puede discernir. ¿Cómo podrá discernir la autonomía y el derecho de Dios de amar a Jacob y de odiar a Esaú, antes de que hicieran bien o mal? No porque Dios mirara en el futuro y viera las obras de estos dos personajes, sino porque quiso que el propósito de redención fuese por medio de la elección (Romanos 9).

    Solo podemos pasar de la enemistad a la amistad con Dios por medio de la renovación hecha por el Espíritu Santo. He allí el trabajo de la regeneración, cuando el corazón de piedra es quitado para colocar uno de carne, sensible a las cosas divinas. Cuando esto ocurre podemos hablar de una primera resurrección, la espiritual; así como cuando Eva murió lo hizo primero en forma espiritual, como ha acontecido con toda la raza humana, ya que en Adán todos mueren. Jesucristo mostró su poder en la resurrección de Lázaro, dándonos a entender la potencia de su palabra. Después resucitó él mismo y ascendió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre y volverá a juzgar a los vivos y a los muertos.

    Nuestra predicación resulta impotente para hacer que solamente una persona pueda creer, a no ser que ella vaya dirigida por el poder divino para alcanzar tal objetivo. Pese a nuestra impotencia, la Escritura nos exhorta a estar siempre prestos para defender las razones de nuestra esperanza, en caso de que alguien lo requiera (1 Pedro 3:15). Esto hicieron los apóstoles, los que los siguieron en la historia del cristianismo, esto hacemos hoy día. Y si eso se ha hecho en la historia de los creyentes, como se muestra en las mismas Escrituras, no hemos de ser renuentes al razonamiento para dar cuenta de nuestra esperanza.

    Tengamos cuidado de servir al verdadero Jesús; pudiera ser que se sirva a un falso Cristo, lo cual nos daría vergüenza y no sabríamos argumentar con razonamientos válidos. En cambio, si servimos al Jesús de las Escrituras, no tenemos de qué avergonzarnos ya que su Evangelio es el poder de Dios para salvarnos.

    César Paredes

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  • DIOS PACTÓ EN BENEFICIO DE SU PUEBLO

    En su infinita sabiduría y gracia, Dios pactó con el Hijo, desde la eternidad, para cumplir con la redención de todos sus elegidos. Este principio reconoce la soberana autoridad divina sobre todas sus criaturas, sobre cada partícula de su creación. Podríamos hablar de un pacto de gracia con la humanidad caída, pero con la salvedad de que ese convenio refiere en exclusiva a los elegidos, que aunque habiendo caído gozan del amor eterno de Dios. De esta forma somos reconciliados con Dios en su rescate eterno, siendo salvados por Jesucristo y por la gracia divina. Tanto los que vivieron en la época del Antiguo Testamento, como los que vivimos bajo este Nuevo Pacto, todos los que hemos sido salvados lo somos por gracia, nunca por obras.

    Desde antes de la fundación del mundo se alcanzaron las maneras para la presente redención. Es decir, se logró el acuerdo eterno y sin dudas del propósito de la creación de Dios. Salvar a unos, en tanto otros eran condenados, daría brillo al amor mostrado en los que Dios quiso elegir según el consejo de su voluntad. Este pacto de redención opera como la base de cualquier otro pacto; el pacto de gracia reposa en el pacto de redención. En suma, todo lo ha hecho Dios para desplegar el propósito de su cometido, la redención por gracia por medio de Jesucristo, a través de su fe, de manera que alcance a todos sus elegidos, sin excepción.

    La Biblia habla de Cristo siendo inmolado desde la fundación del mundo, para dar a entender que cualquier creyente queda salvado a través de la fe de Cristo y su sacrificio, incluso los que han vivido antes de su encarnación en este mundo. Dios y sus elegidos, como señala la Escritura respecto del Mesías: Los hijos que Dios me dio. El Dios verdadero crea todas las condiciones para la felicidad suprema, como se valora en el impío que ha sido perdonado. Con 99 años de edad, Abraham recibió la visita del Todopoderoso y escuchó lo que le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto (Génesis 17:1).

    La gloria sea dada a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros (Efesios 3:20). A Dios se le celebra su perfección que va aunada a su poder, en reconocimiento a que nada le es imposible. Él es quien hace que todo acontezca, quien ha ordenado un cúmulo de bendiciones para su pueblo, más allá de lo que nosotros alcanzamos a pedir. Dios conoce nuestras peticiones antes de que le pidamos, otorga en abundancia más allá de lo solicitado, pero no viola su voluntad ni sus decretos ni propósitos eternos.

    Por esa razón la Biblia nos recomienda pedir conforme a la voluntad de Dios. ¿Cómo conocer esa voluntad? El Espíritu Santo que mora en nosotros nos ayuda aún en nuestras oraciones, a pedir como conviene, dado que conoce la mente del Señor. Ese Espíritu también se comprende como el poder que mora en nosotros, la evidencia de la grandeza del poder divino. En tal sentido, el Espíritu testifica ante nuestro espíritu de que en realidad somos hijos de Dios. Por el mandato de su voz todas las cosas subsisten, sin Él nada hubiera sido hecho; en este argumento debemos meditar para andar con la seguridad de quien es tomado de la mano por ese Ser Supremo. (Salmos 73:23).

    Nuestra mirada hacia el mundo nos sumerge en sus depresiones, hasta convertirnos en bestias delante de Dios. Llegamos a alejarnos de toda comprensión sobre el Altísimo, mientras más contemplamos las opiniones y acciones del mundo. Convertidos en torpes personas, exclamamos como el salmista: Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti (Salmos 73:22). La metáfora de Ezequiel sobre el nacimiento de Jerusalén nos muestra lo despreciable que hemos sido ante el mundo, lo ignotos e insignificantes que somos ante quienes nos miran. Sin embargo, cuando Dios pasó junto a nosotros y nos vio en nuestras inmundicias, aún en nuestra mortandad, nos dijo: ¡Vive! (Ezequiel 16: 1-6).

    Recordemos que fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros (Tito 3:3). Comparado este texto con lo dicho por Ezequiel, tenemos la figura completa de lo que somos de acuerdo a nuestro pasado. Pero Dios es quien justifica al impío, según el criterio de su propia justicia, la cual es Cristo. El Dios justo nos justificó en base a la justicia de su Hijo. No hay otra justicia posible que le agrade o satisfaga, que lo amiste con el hombre. A nosotros se nos ha dicho la más grande promesa: No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32).

    La relación económica de las personas de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu) nos maravillan desde el pacto de gracia. El Padre visto como el autor de la idea, el Hijo como el reconciliador, el Mediador, el Redentor. El Espíritu se nos muestra como el que regenera, el que aplica esa redención en cada uno de los escogidos del Padre. De esta forma nos convertimos en herederos con el Hijo (Romanos 8:17). Jesucristo es también el testador, quien por su muerte ratifica el testamento de gracia. Habiendo un testamento urge la muerte del testador para la ratificación y cumplimiento de lo testado (Hebreos 9:16).

    El pacto de gracia incluye tanto la salvación como sus medios: Dios nos ha dado su ley en nuestra mente, la ha escrito en nuestro corazón; Él nos es por Dios, y nosotros somos su pueblo (Jeremías 31:33). La sangre propiciatoria del Cordero sin mancha, Jesucristo, sirvió para nuestra propiciación. El sacrificio del Hijo en la cruz satisfizo al Padre, apaciguando su ira, para beneficio de todo su pueblo (Mateo 1:21). La prueba de tal satisfacción la constituye la resurrección del Hijo: la satisfacción por su obra hizo que resucitara de la muerte, como una garantía de nuestra resurrección. Cristo se convirtió en ofrenda y olor fragante (Efesios 5:2), de manera que ya no tememos la eterna condenación que aguarda solamente a aquellos que quedaron fuera de este pacto.

    La sangre de Cristo no puede equipararse a la sangre de los animales que eran sombra de lo porvenir. Si así fuese, habría que seguir sacrificando porque viviríamos todavía en aquella vieja sombra. Cristo hizo con una sola ofrenda perfectos para siempre a los santificados…Pues donde hay remisión de pecados, no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 14 y 18). El que cree que Jesucristo ofició por todo el mundo, sin excepción, todavía anda en la vieja sombra de la sangre de los animales por lo cual necesita sacrificar una y otra vez sin poder quitar los pecados (Hebreos 10:11).

    César Paredes

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  • DIOS LO QUISO ASÍ

    Hemos llegado a creer en el evangelio por asuntos de fe; sabemos que la fe es un regalo de Dios y que no es de todos la fe. Además, la Biblia asegura que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Bien, todo este círculo de argumentos nos conduce a una primera síntesis: estamos en el terreno de la confianza en Dios, algo que no podemos transmitir del todo a quien no se encuentra en el mismo ámbito. No podemos probar la existencia de Dios, a no ser que acudamos a la razón y demostremos que resulta imperativo un Creador con una mente infinita y con capacidad absoluta para que todo apareciera al mandato de su voz. Sin embargo, ese mismo Dios vino al mundo con amplia prueba sobrenatural y no le creyeron, sino que terminaron crucificándolo.

    Por supuesto, esa crucifixión también estuvo diseñada para el siervo sufriente, para el siervo justo que justificaría a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). En definitiva, en Él vivimos, nos movemos y somos, sin que podamos escapar de su presencia. Ah, pero para el hijo escogido se ha escrito que esa presencia iría con nosotros y nos daría descanso. Dios quiso que el mundo fuese así como lo vemos, con belleza y tormento, con santidad y pecado, con ángeles buenos y ángeles malos, con la presencia del Altísimo y con la presencia de Satanás.

    La Escritura afirma que Dios amó a unos pero odió a otros, un cruento parecer para los que andan atormentados con el pecado y la culpa, con la justicia divina como una espada de Damocles, como una amenaza para el día de rendición de cuentas. En cambio, para los elegidos del Padre viene a ser una declaración de amor como ninguna otra. La razón que vemos en la Biblia simplemente demuestra que el hombre caído desde Adán tiene la muerte como pago, dada la justicia exigida por el Creador. En Adán todos mueren, pero esto no solo refiere a la muerte física sino a la muerte espiritual.

    En Cristo todos viven, asegura la Biblia. Pero esos todos que viven hace referencia a todos los que fueron llamados por Dios para ir hacia el Hijo (Juan 6). No todo aquel que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino los que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad refiere a creer en el Hijo, el enviado para morir por todos los pecados de su pueblo (Juan 6: 39-40; Mateo 1:21). Como ninguna persona puede salvarse a sí misma, queda demostrado que el amor divino nos mueve a esa salvación. En otros términos, todos aquellos a quienes el Padre amó desde la eternidad, de acuerdo al conocer bíblico, fuimos escogidos para ser llamados oportunamente y para ser justificados por la sangre del Hijo.

    ¿Por qué no todos son salvos? No lo fue Judas Iscariote, hijo de perdición, el cual iba conforme a la Escritura. No lo fue el Faraón de Egipto, a quien Jehová endureció su corazón para que no dejara ir a tiempo al pueblo de Israel, hasta que se consumara el castigo previsto. No fueron escogidos para salvación aquellos cuyos nombres no se encuentran escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8), quienes también fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Ciertamente, a Jacob amó Dios pero odió a Esaú, antes de que hicieran bien o mal, antes de ser concebidos, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    La pregunta del objetor sigue siendo la misma: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otros términos, ¿cuál es la razón de inculpar a Esaú si él tuvo que vender su primogenitura porque fue odiado desde antes de nacer? No fue en base a las obras porque ya lo declaró Pablo en Romanos 9:11, dado que el propósito de Dios permanece por la elección. Este es el Dios soberano que pocos conocen, ya que la llamada cristiandad en general ama su propio ego, se afianza a su mitológico libre albedrío y pregona a un dios que no puede salvar. Sí, ese dios de la gran masa autodenominada cristiana depende de la voluntad de un muerto en delitos y pecados.

    De acuerdo a esa falsa enseñanza, Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, para hacer factible la salvación para todos. Depende de cada quien el aceptarla o rechazarla, si bien los que nunca oyeron que habían sido salvados potencialmente tampoco se salvaron. En fin, esta tesis no se sustenta en la Biblia, sino con textos fuera de contexto, en el tejido de un dios humanista que se presenta al hombre para que rumie en su alma si tiene a bien o no recibirlo. El Dios de la Biblia salvó eficazmente a todo su pueblo, al cual va llamando por medio del verdadero evangelio para que como ovejas apercibidas sigan al buen pastor y no escuchen más la voz del extraño (Juan 10:1-5). Una cruenta lucha se levanta contra este Dios de la Biblia, contra todos aquellos que anunciamos su poder y su soberanía. Ese Dios no gusta a la mayoría, asunto de lo cual también habló Jesucristo: que serían pocos los escogidos, que somos la manada pequeña. ¿Cómo podemos amar a un Dios que se coloca en forma soberana en sus escritos? Simplemente porque Él nos amó primero, de lo contrario formaríamos parte de la fila que odia a Dios.

    Hay quienes niegan al Dios que los hizo, debido a su pecado de incredulidad. De esta forma niegan al Dios de toda providencia, mostrándose como sus enemigos a través de sus múltiples obras malignas. Estos se perciben orgullosos, adjuntándose a la transgresión de Lucifer, viviendo en la injuria, en la altivez de espíritu, inventando formas de maldad. La Biblia añade que son desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables y sin misericordia (Romanos 1:30-31). En realidad están sin el entendimiento de Dios, de lo que debe ser la adoración al Creador de todo cuanto existe, sin deseo de reconciliación.

    La ley de la naturaleza indica que ciertas cosas convienen y otras no, por lo cual pecan contra esa ley natural. La ley de Dios fue colocada en sus corazones, a través de la obra misma de la creación, pero se resisten al sometimiento de la exigencia divina. Por supuesto, el corazón de piedra no puede degustar el deleite divino, a menos que sea cambiado por uno de carne. Eso lo llama la Escritura el nuevo nacimiento, pero para eso ninguna persona puede sentirse capaz; solamente el Espíritu de Dios opera esa regeneración tan urgente para que el alma viva.

    Dado que no tenemos una lista acerca de quiénes son o no son los elegidos de Dios, la predicación del Evangelio va para todo aquel que oiga. Sabemos que el Señor llamará a los suyos en su debido momento, por lo cual nuestro trabajo no resulta vano. Ese evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a todo su pueblo de sus pecados; para eso hizo que su Hijo cumpliera toda la ley (como Cordero sin mancha) y fuese al madero para recibir la maldición por todos los pecados de su pueblo (como fue escrito: maldito todo aquel que es colgado de un madero).

    Cuando Jesucristo pasó a ser la justicia de Dios, se convirtió en nuestra pascua. Dios pasa por alto todos los pecados de los creyentes, de aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Todo aquel que cree este evangelio ha sido enseñado por Dios y ha aprendido de Él (Juan 6:45), por lo cual tiene vida eterna. El que no cree ya ha sido condenado (Juan 3:18), porque permanece en Adán, bajo la sentencia de muerte. Pero los que permanecemos en el segundo Adán (Jesucristo, la Simiente prometida), escapamos de la condenación venidera. Jesucristo es la seguridad de su pueblo, habiendo sido condenado a muerte por el pecado sobre sus hombros, quien nos da a cambio su justicia perpetua. De esta forma, Jesucristo nos libera de la maldición de la ley y de su condenación. Hemos pasado de muerte a vida, por lo que nunca entraremos a la condenación de los injustos. Somos justificados por su gracia, lo que plugo a Dios para justificarnos cuando éramos impíos.

    César Paredes

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  • SALVACIÓN CONSUMADA

    En la cruz, el Salvador del mundo cargó con todos los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras. Según Juan el Bautista, Jesús fue el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Quitar ese pecado no implica eliminarlo de cada corazón humano. En múltiples oportunidades la Escritura habla de la palabra mundo, así como del adjetivo indefinido todo, pero no se implica que se refiera a cada uno de los habitantes del planeta. Más bien se implica un enfático construido en la frase, como cuando se dice: están matando a todo el mundo…o todo el mundo sabe que lo aborrecías. Ese es el caso también en la Biblia cuando se dijo que los fariseos afirmaron de Jesús que todo el mundo se iba tras él. En realidad, ellos no siguieron a Jesús, ni los saduceos, ni el Imperio Romano, ni una gran cantidad de judíos, ni los egipcios, etc. (Juan 12:19).

    Ciertamente, la salvación se consumó en favor de todo el pueblo de Dios, ese conglomerado escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1). Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesús el Cristo, derramando sobre él su ira por la justicia ofendida (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18). Después, el Padre imputó la justicia de su Hijo en los elegidos, para bendición en justicia (Salmo 85:10). Por tal razón fue escrito: Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados (Colosenses 2:13).

    Una vez que mojaron la boca del Señor con vinagre, como cumplimiento de una predicción, el Señor exclamó desde la cruz que todo había sido ya consumado. La total voluntad de Dios en relación a su encarnación, a la exposición de vituperio, al sufrimiento extremo como castigo por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21), en suma, el conjunto de labores que el Cristo debía cumplir entre nosotros fue consumado. Ya no se puede añadir nada al trabajo de Cristo, sino que nos toca asumir la predicación de ese Evangelio para que las ovejas escogidas oigan el llamado del buen pastor y para que otros lo rechacen (Juan 12:48).

    Esa salvación consumada fue hecha sin ayuda humana, sin aporte de la carne leprosa del pecado. Tampoco invalida lo conseguido en la cruz, como se demuestra por el poder operado en la resurrección al tercer día, como se había prometido como la señal de Jonás. El Creador de todo cuanto existe (Juan 1:1-3) tiene el poder para hacer todo en forma perfecta, así que por la palabra fue constituido el universo como por la palabra del Evangelio se da vida a los que son llamados eficazmente.

    Hemos de enfocarnos en la justicia de Cristo y en la sangre que simboliza esa justicia. Allí radica el centro del mensaje del Evangelio, no en las parábolas del gran Maestro, ni en sus milagros que lo autenticaban como enviado del Padre, ni en su sabiduría exhibida. Todo esto forma parte del adorno que tenía ese Cordero, pero fue la muerte en el madero lo que llevó nuestros pecados y descargó la ira del Padre sobre el Hijo, aquello que reconcilió a Dios con nosotros. En realidad hubo un acto operativo conveniente para el pueblo de Dios: Jesús tomó nuestros pecados y pagó por ellos, pero el Padre nos dio la justicia del Hijo y pasó a ser un Dios justo que justifica al impío.

    De la Escritura leemos: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Muchos han sido ordenados para que vivan en continua impenitencia e incredulidad, por lo cual ya han sido condenados; pero hay otro gran grupo que fue escogido en misericordia y gracia para arrepentimiento y perdón de pecados, habiendo sido amado con amor eterno, participante de una misericordia prolongada. Por este grupo llamado el pueblo de Dios murió Cristo, consumó su trabajo, grupo escogido para salvación. No existe otro evangelio, solamente el de la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados.

    Tal Evangelio se anuncia desde la caída de Adán, cuando Dios cubrió su desnudez con pieles de animales sacrificados; más tarde se anuncia que la Simiente herirá a la serpiente antigua en la cabeza, para vencerla. Pero por igual se escribió ahí mismo que existiría la simiente de la serpiente, los herederos de la condenación eterna, los cuales serán llamados en la misma Escritura réprobos en cuanto a fe, cuya condenación o se tarda. Pero ninguno de los elegidos de Dios será condenado, como bien lo dijera el Señor: el diablo tratará de engañar a los elegidos, si fuere posible. Esta expresión resaltada está en futuro de subjuntivo, al igual como aparece en el texto griego, lo cual hace imposible el intento de Satanás.

    La justicia que nos ha sido conferida en Cristo no nos será quitada jamás, ya que Dios sería injusto si castigara dos veces a una persona por el mismo pecado: una vez en Cristo y otra vez si condenara a algún redimido por Cristo. Pablo señala a un hermano de la iglesia de Corinto como un gran pecador, el que se acostaba con su madrastra; ordena que lo entreguen a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que que su espíritu viva en el día postrero. En la Carta siguiente habla de ese hermano de nuevo, pero reconoce su dolor y arrepentimiento, por lo cual recomienda a la iglesia incorporarlo otra vez (1 Corintios 5:1-5; 2 Corintios 2: 6-11). |1 Ese apóstol habló de sí mismo cuando escribía Romanos 7, diciendo que se sentía miserable por sus pecados que no queriendo hacer hacía de igual forma; pero daba gracias a Dios por Jesucristo que lo libraría de esa situación finalmente. Nunca se sintió el apóstol como si estuviera condenado por sus pecados, sino que lamentando su carnalidad agradeció a Dios por su posición en Cristo Jesús.

    El Señor consumó su trabajo en la cruz, de manera que verá el linaje fruto de su labor (Isaías 53:11-12). Nadie podrá decir sin blasfemar que Dios miró algo importante en su vida para tenerlo en cuenta en el camino de salvación; nadie podrá alegar que algo bueno existía en él, ya que la Biblia declara que el Señor miró desde el cielo y vio que no había justo ni aún uno, ni nadie que lo buscara. No había quien hiciera el bien, ya que todos se habían corrompido (Romanos 3:10-18; Salmos 14:1-3). Ya Dios nos había enseñado a través de Abraham, el padre de la fe, que no recibiría su holocausto sino que Él se procuraría de Cordero (Génesis 22:13).

    Tanto la muerte como la resurrección de Cristo constituyen la seguridad de los elegidos de Dios. Hemos sido librados de la eterna condenación, habiendo el Señor conquistado la muerte, nuestro postrer enemigo. El aguijón de la muerte es el pecado, pero al vencer a Satanás exhibió su trofeo alcanzado ante las potestades espirituales. Sí, Satanás tenía el poder del pecado, por cuanto es el autor natural del pecado. Si él fue echado fuera de los cielos, quería y exigía como justicia equitativa que los pecadores también pagaran con la muerte eterna. Pero venido Jesucristo, Dios humanado, se hizo pecado por su pueblo, llevó nuestro castigo en la cruz, venció la muerte con poder al resucitar al tercer día, exhibió su triunfo y ahora está a la diestra del Padre. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:55).

    César Paredes

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  • LA LUZ DEL MUNDO

    El que sigue a Jesús no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8:12). Ese postulado de Jesucristo nos indica que no puede haber un solo seguidor suyo que camine a tientas, que trastabille en cuanto a los postulados doctrinales del Señor. Esto guarda relación con otro planteamiento de Jesús, cuando aseguró que de acuerdo a los profetas nosotros seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido del Padre iríamos al Hijo (Juan 6:45). Por otro lado, también dijo Jesús que sus ovejas lo seguirían y que ya no seguirían más al extraño, porque desconocen la voz de los extraños (Juan 10:1-5). Un entramado de textos bíblicos pone de manifiesto la doctrina del Cristo, para que vivamos quieta y apaciblemente y podamos probar a los espíritus (a las personas) para saber si son de Dios.

    Muchos engañadores han salido por el mundo, por lo cual se nos impele a exponer los argumentos sólidos de la doctrina del Señor, como hicieron aquellos hermanos de la iglesia de Roma (Romanos 6:17-22). Pablo le dice por igual a Timoteo que se ocupe de la doctrina con la cual se podrá salvar a sí mismo y ayudar a salvar a otros. Jesús aseveró que enseñaba la doctrina de su Padre, de manera que se hace mucho mal si se afirma amar a Jesús con el corazón pero se ignora con el entendimiento. El conocimiento sobre el siervo justo resulta en un

    presupuesto necesario para que él justifique a muchos (Isaías 53:11). El creyente sigue a Jesucristo como una inequívoca consecuencia de su regeneración por el Espíritu Santo; sabemos que Dios mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, así como él resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Resulta imposible que el creyente viva en tinieblas, ya que con estos postulados enunciados quien alegue ignorancia en cuanto a la doctrina de Cristo parece no haberle amanecido. En ocasiones, el Jesús de las Escrituras es totalmente diferente del Jesús de muchas religiones y de muchos predicadores. Tolerar otro evangelio presupone caminar en el anatema que se ha enunciado contra los que así hacen, por lo cual conviene examinarse a sí mismo para ver dónde se está. Hay dos semillas, la de la serpiente y la de la mujer (Génesis 3:15); esa de la mujer es Cristo, como bien lo confirma Pablo en su Carta a los Gálatas. Existen muchas formas  de que triunfe la semilla de la serpiente, una de ellas consiste en la expansión de la perniciosa doctrina de Satanás en el mundo religioso llamado cristiano. Desde esa esfera se muestra mucha confusión, por el solo hecho de entretenerse con puntos de vista doctrinales totalmente contrarios a las enseñanzas de Jesús.

    Hablar de expiación universal parece ser el tema preferido de los evangelistas, desde los templos de los días domingos hasta en los sermones de internet. Esa universalidad de la expiación hace una dupla perfecta con el mitológico libre albedrío, de manera que la criatura queda exaltada frente a su Creador. Pareciera que la promesa de la serpiente se cumpliera en apariencia, ya que la criatura llegó a ser como dios conociendo el bien y el mal. Por supuesto, el hombre caído ha preferido siempre el mal como una señal de la aparente independencia frente al Creador. Solamente al presuponer que Jesús expió a toda la raza humana, se niega el alcance de la justicia perpetua alcanzada con su trabajo en la cruz. Se niega por cuanto muchos son los que se condenan, de manera que esa expiación no fue suficiente; tal vez, dirán los defensores de la expiación universal, Dios da libertad de elección a la criatura y por eso muchos se pierden. Quiere decir que los que se salvan lo logran porque agregaron algo más a la justicia exigida por Dios, su propia decisión en su inquebrantable voluntad. Eso no es más que salvación por obras sumada a la gracia.

    Los creyentes sabemos que el trabajo de la Simiente de la mujer (Jesucristo) destruyó las obras del diablo, de manera que la esclavitud, tinieblas e ignorancia queda erradicada de todos aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.  La historia del evangelio ha demostrado que aquella promesa de salvar a su pueblo (al pueblo de la Simiente de la mujer) se está cumpliendo a cabalidad, por lo cual entrará en el redil hasta la última oveja que sea llamada eficazmente por el buen pastor. Dios ha prometido salvar a su pueblo y por esa razón envió a su Hijo para que salvara de todos sus pecados a su pueblo (Mateo 1:21).  Solamente los herederos de la simiente de la serpiente se motivan a cambiar el evangelio de Génesis 3:15 hasta convertirlo en una promesa universal, con una expiación universal, llevando al trono la voluntad humana, muy a pesar de que es una voluntad esclava del pecado. Solamente la simiente de la serpiente participa con afán y ahínco del evangelio maldito (anatema).

    Predicar que Jesucristo hizo una salvación potencial, que está a la espera de que el hombre muerto en delitos y pecados levante su mano y decida recibirlo, implica que su expiación se hizo por nadie en particular. La actualización de la expiación quedaría en manos del hombre que odia a Dios, que busca siempre el mal, que no distingue la medicina para su alma. Decir que Dios se despoja de su soberanía por un ,bn instante, para dejar libre al ser humano por un momento, de manera que la criatura decida libremente su destino, implica afirmar que la sangre de Cristo fue ineficaz en todos aquellos que se pierden eternamente. Ese evangelio anatema se ha extendido con éxito en las filas de los que se autodenominan cristianos, pero que no lo son. Ellos han salido de nosotros, para que se demostrara que no eran de nosotros. A ellos el Señor les dirá en el día final: apartaos de mí, malditos; nunca os conocí.

    César Paredes

    retor7@ yahoo.com

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  • LENGUA VERNÁCULA

    Uno de los aportes de la Reforma Protestante fue el volver con la Biblia a la lengua vernácula, la propia de los pueblos. Su énfasis en buscar traducciones de la Biblia procuró inteligibilidad en el prospecto cristiano. Ahora cada quien podría leer la Escritura, sin que estuviera encadenada a los púlpitos romanos en una lengua que ya no era común. A pesar del uso por muchos siglos de la Vulgata Latina, el latín no fue más la lengua impuesta a los pueblos bajo la influencia romana, de manera que la Iglesia Oficial no tendría que continuar con esa costumbre. No obstante, el Concilio de Trento afianzó la idea de continuar con su latín en todo lo concerniente a sus servicios religiosos, incluyendo la poca lectura de la Vulgata.

    El latín había dejado de ser común, de allí que la común traducción del griego al latín también daban campo a nuevas traducciones. Pero la iglesia romana se aferró a su costumbre y continuó con sus mensajes en lengua extraña. Sí, como bien lo decía Pablo cuando escribía a los Corintios: las cosas inanimadas que producen sonidos, si no tienen distinción de voces, si aún la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Por la lengua hemos de dar palabra bien comprensible, para que se entienda lo que decimos. De lo contrario hablaríamos al aire (1 Corintios 14:7-9).

    Cuando se ignora el valor (sentido) de las palabras, se actuará como extranjero para el que habla, y el que habla será extranjero para el que escucha (1 Corintios 14:11). En realidad, eso estuvo sucediendo por siglos en la Iglesia Romana Oficial, y continuó por mucho tiempo después antes de que se anunciase la Escritura en lengua vernácula (la propia de cada pueblo), apenas hasta poco después del Concilio Vaticano Segundo (1965). Es la misma analogía para los que hablan en lenguas, un don que ya pasó porque aconteció dentro del grupo de dones especiales que autenticaban al mensajero de parte de Dios. Ya eso cesó, pero existen miles de personas que persisten en ese hábito que nada aprovecha pero que sí daña por su sentido esotérico. Dios no es Dios de confusión, sino de paz.

    ¿Acaso ya no llegó lo completo? Eso que es completo se llama La Escritura, así que ya no conocemos en parte sino en forma completa. No necesitamos más revelaciones, más bien se ha escrito que el que le añade o le quite a lo que ya fue revelado por Dios está en franca oposición a su palabra. Por lo tanto recibirá las plagas descritas en el libro sagrado. Hoy día hay quienes todavía añoran el latín por sonarle en forma más mística, sea que lo entiendan o les suene como címbalo que retiñe.

    Cuán importante resulta conocer el mensaje del Evangelio, depurado de su misticismo. Ese mensaje apela a la racionalidad del oyente, a su espíritu, para que discierna la palabra enviada. En algunas personas será una palabra para muerte, en otras una palabra para vida, pero en ambos casos nosotros como mensajeros de Dios somos grato olor de Cristo. En los que se salvan y en los que se pierden, el olor de Cristo se refleja en nosotros: olor de muerte para muerte, pero también olor de vida para vida. Por lo tanto, no falsificamos la palabra de Dios, como para mantener zombies vivientes, sino que a lo malo llamamos malo y a lo bueno bueno.

    El olor del conocimiento del Señor, de su palabra, se manifiesta en sus ministros del Evangelio. Al tener el regalo de la gracia, el Espíritu de Dios en nosotros, un olor distinto al nuestro emana de nosotros mismos; es el olor de Cristo. Para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan y en los que se pierden, un olor de vida y un olor de muerte, pero gratos ambos para el Dios Omnipotente. ¿Porqué ambos olores son gratos para Dios? Porque en su soberanía ha decretado quiénes mueren y quiénes viven eternamente, como amó a Jacob y odió a Esaú (Romanos 9:11-13; 2 Corintios 2:15-17). Los que somos salvos fuimos escogidos por Dios para salvación, desde antes de la fundación del mundo, por lo cual Cristo murió por nosotros para darnos vida eterna. De esta manera el Espíritu Santo al regenerarnos entró en nosotros como garantía de la redención final.

    En los que perecen en sus pecados somos grato olor de Cristo; la razón estriba en que ellos desprecian el anuncio del evangelio, se burlan y causan tropiezos a muchos para que no escuchen el evangelio de la paz. Sin embargo, esto no acontece por azar sino como ya lo dijera Pedro: han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esta doctrina no se predica a grande voz, antes muchos la niegan, como desdiciendo de la justicia de Dios. Se ha creado a un Dios a imagen y semejanza del hombre, que no inculpa del todo a los hombres, sino que está dispuesto a salvar a todos si tan solo aceptaran su oferta. Ese Dios luce más benevolente que el Soberano Despotes del Nuevo Testamento, el que envió a su Hijo a salvar a su pueblo (Mateo 1:21).

    ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Por tal razón muchos quisieran oír el evangelio en latín, en lengua extraña, para no comprender sus palabras sino para distinguir su sonido como un vaho místico. Sus oídos no están dispuestos a escuchar con crudeza que Dios odia a unos y ama a otros; no, eso les suena blasfemo y hablan de una predestinación prevista en el túnel del tiempo.

    Según esas teorías arbitrarias y espurias, Dios averiguó quién habría de creer y quién no, de allí surgió la predestinación. Pero uno sigue preguntándose si ese Dios es más justo que el descrito por la Biblia, ya que de todas maneras dejó nacer a aquellos que no iban a creer y que habrá de condenar. El problema de la justicia de Dios no se resuelve con sofismas, simplemente la Escritura aparece como la revelación del Altísimo para que su pueblo escogido lo comprenda a Él. Así está en las Escrituras, no se necesitan concilios religiosos para reinterpretar lo dicho por sus profetas, para darle un matiz más humanista y que el olor de muerte no le sea grato a Dios.

    Nos alegramos porque el Evangelio sigue siendo la promesa de salvar al pueblo de Dios, a través de todas las bendiciones de la salvación y la regeneración, con la garantía del Espíritu Santo hasta la final gloria. La condición única de ese evangelio es la sangre expiatoria de Jesucristo, su justicia alcanzada en la cruz, su trabajo en el madero donde representó a cada uno de los que conformamos su pueblo. Ese pueblo fue reconocido en la oración hecha en el Getsemaní, redactada en Juan 17. La claridad del evangelio lo hace inteligible para sus beneficiarios, los que no lo comprenden del todo tienen el entendimiento entenebrecido, ya que en los que se pierden está oculto ese evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA SANGRE DEL CORDERO

    En el viejo Egipto, cuando los israelitas estaban en esclavitud, vino un gran castigo de parte de Jehová. Dios había comisionado a Moisés para convertirse en el libertador de su pueblo, bajo el mandato de solicitarle al Faraón la liberación de Israel. Sin embargo, hubo un detalle que debemos considerar por siempre: Dios endurecería el corazón del Faraón para glorificarse en él en toda la tierra. Es decir, el mandato divino no se obedecería por causa de la decisión divina de endurecimiento al mandatario egipcio, para cumplir un propósito oculto. Oculto ante los egipcios pero no ante Moisés, ya que el Señor le había informado cómo sucedería todo ese evento.

    Al final de las plagas, justo antes del asesinato de los primogénitos, con la sangre de los corderos inmolados serían untados los dinteles y postes de las casas. De esta manera, cuando Jehová pasare hiriendo a los egipcios pasaría por alto las casas untadas con aquella sangre. Ese era el inicio de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto la transgresión de aquellos a quienes esa sangre cubría. De allí en adelante se instituyó ese rito para el pueblo de Dios, al punto en que hoy día conmemoramos la muerte de Cristo como el Cordero Pascual que pagó todas nuestras transgresiones.

    Aquella sangre de los corderos tipificaba la sangre de Jesucristo. No todas las casas tenían en sus dinteles y postes esa sangre, por lo que no a todos les fue suspendido el castigo. El trabajo de los israelitas no se computaba como pago de exoneración, sino solo la sangre como símbolo de advertencia. La sangre sola era suficiente para que Jehová perdonara aquellas casas; lo mismo acontece hoy día, la sangre de Cristo es suficiente para el perdón de pecados. Con esto dicho debemos apuntar que si Jesucristo hubiese derramado su sangre por todo el mundo, sin excepción, todo ese mundo sería salvado, sin excepción. Pero el Cordero de Dios vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no por los cabritos que mandará al infierno de fuego.

    Hay gente que supone que Jesús murió por todo el mundo, pero que cada quien tiene la libertad de decidir si aplica esa sangre en su vida. Eso no tiene fundamento bíblico, más bien contradice a las Escrituras. Por ejemplo, Jesús no derramó su sangre por Judas Iscariote, de quien dijo que era hijo de perdición. Tampoco lo hizo por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Timoteo 3:1-9; 2 Pedro 2:3). ¿Y qué pasaría con aquellos por quienes supuestamente Jesús murió, pero que jamás oyeron del evangelio? ¿Será mejor no oír el evangelio para ser salvo por la sangre derramada en la cruz? Eso no tiene sustento bíblico, sino solamente forma parte de la falacia de la expiación universal por obra de decisión individual.

    Isaías nos lo dice claramente: Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Jesús quedó satisfecho con el fruto de su trabajo, porque no apuntó a más como para quedar fracasado; además, su propósito siempre fue salvar a muchos pero no a todos. Como bien dijo: Muchos serán los llamados (por el evangelio anunciado) pero poco los escogidos (por el Padre, desde la eternidad): Mateo 20:16. El trabajo de Jesús, como el Cordero de Dios, hizo que muchos fuesen justificados por la fe. No lo hizo en forma potencial sino actual, no lo dejó a consentimiento de los muertos en delitos y pecados sino que lo consintió él mismo, llamándonos de muerte a vida. Solamente aquellos a quienes el Padre envía hacia el Hijo serán salvados, ya que no todos pueden ir a Cristo sino solamente los enviados del Padre (Juan 6: 37; 44; 65).

    La Escritura enseña que no nos ha puesto Dios para ira sino para alcanzar su gracia perpetua; si ya fuimos justificados por su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Los beneficiarios de la sangre del Cordero de Dios fuimos reconciliados con Él, de manera que el Espíritu nos da vida y así lo hará con los que todavía no han sido llamados eficazmente. Pero esto sucederá solamente con los elegidos del Padre desde la eternidad, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4 y11). Cristo se entregó por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre (Gálatas 1:4). Esto es una manifestación de la buena voluntad del Padre, de la gracia y el amor de Cristo: fue el Hijo el entregado en ofrenda para rescate de muchos (de todo su pueblo). Así como Abraham intentó dar a Isaac en sacrificio, bajo la orden de Dios, en una prefiguración de lo que haría el Padre con el Hijo, ahora vemos consumada la promesa que constituye la esencia del evangelio.

    Adán cayó junto a Eva, pero el Dios Eterno sacrificó animales para cubrir con sus pieles la desnudez del pecado humano. Después se anunció la enemistad entre las dos simientes: la de Satanás y la de Dios (Génesis 3:15). Asimismo existe una enemistad entre la serpiente antigua y la iglesia de Cristo, en una guerra sin límite. Pero somos salvos de la ira de Dios gracias a la sangre del Cordero sin mancha. A Abraham le fue hecha la promesa, y a su simiente; esa simiente es Cristo (Gálatas 3:16). Es decir, la enemistad entre Satanás y Jesucristo continúa, pero ya la serpiente tiene su herida en la cabeza.

    La Simiente de la mujer, Jesucristo, hirió la cabeza de la serpiente antigua, destruyéndola junto a sus principados. El pueblo del Señor obtuvo el beneficio de su sangre en la cruz, habiendo Jesús tomado nuestro castigo para darnos a cambio su justicia. Y esa es nuestra victoria sobre Satanás, para que vivamos quieta y reposadamente, alejados del mundo y caminando hacia el reino de los cielos. Gracias a esa sangre del Cordero podemos decir juntamente con Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15: 55-57).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NOTAS DE APOSTASÍA

    Si la oveja que sigue al buen pastor no se va jamás tras el extraño, en razón de que desconoce la voz de los extraños, ¿cómo puede un creyente apostatar de la fe? Jesús afirmó que nadie podía arrebatar a una de sus ovejas de sus manos, ni de las manos de su Padre; entonces, ¿será que la oveja se escapa por su cuenta? Esto les encanta a los de la expiación universal, acostumbrados a apostar por su propia firmeza, a mirar en sus buenas obras de perseverancia, muy a pesar de que no conozcan lo que significa la justicia de Dios. Para ellos, la justicia de Dios es simplemente pasar juicio contra los enemigos, pero ellos mismos se tienen en ocasiones como enemistados con Dios.

    Jesús es veraz, la palabra de Dios no miente; Dios no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. Si Él dijo algo, lo hará; si habló, ejecutará aquello que afirmó. Por lo tanto, la apostasía tiene que ver con los que profesan ser cristianos y no lo son; así lo afirmó el apóstol Juan: Salieron de nosotros pero no eran de nosotros. La cultura cristiana se ha extendido a lo largo de la tierra, por lo cual resulta lógico mirar las noticias de múltiples apóstatas en distintos sitios del planeta. Pertenecen a una ideología religiosa (cultura cristiana, en este caso), pero nunca han nacido de nuevo. El que ha sido regenerado por el Espíritu Santo no puede apostatar de la fe, por cuanto el Espíritu vive en él y lo guarda hasta la redención final.

    En resumen, estamos en las manos del Hijo, en las del Padre y custodiados y habitados por el Espíritu Santo. La oveja no desea apartarse del redil donde está el buen pastor; puede ser que el pecado aceche para sorprender al que no tiene cautela, pero de acuerdo a lo relatado en Romanos 7 sabemos que Jesucristo dará la victoria. Hay gente de la cultura cristiana que es asesinada por causa de su religión, pero eso no los hace mártires del Señor, simplemente han sido víctimas por partida doble: de sus asesinos y de sus maestros de mentiras.

    Jesús lo aseguró, diciéndonos que los fariseos recorrían la tierra en busca de un prosélito (alguien a quien convencían y lo convertían en discípulo de sus normas y creencias). Por más que aprendían la ley de Moisés y guardaban muchos de sus mandamientos eran hechos doblemente merecedores del infierno de fuego. ¿Por qué doblemente? Porque primero que nada estaban perdidos fuera de los mandatos de la ley de Moisés, pero en segundo lugar porque cuando conocían la ley de Moisés lo hacían a través de los falsos maestros que habían abandonado el espíritu de la ley y se aferraban a la letra. Si sus maestros eran unos apóstatas de la ley de Moisés, cuánto más sus discípulos debían de ser culpables por haber aprendido a honrar la mentira como doctrina.

    Pablo expuso claramente en su Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, el error de los que manifestaban un gran celo por el Dios de la Biblia, pero que no tenían conocimiento alguno acerca del significado de la justicia de Dios. Les dijo que estaban perdidos, no les doró la píldora como para que no se ofendieran y se retiraran de su influencia; simplemente les llamó ignorantes en forma abierta. Isaías nos lo advirtió mucho antes: Por el conocimiento del siervo justo (Jesucristo) éste justificará a muchos (Isaías 53:11). Jesús vino para convertirse en la justicia del Padre, en relación a todo su pueblo, al cual liberaría de sus pecados (Mateo 1:21). Ezequiel advierte contra los habladores de vanidad, los que engañan al pueblo y dicen paz cuando no la hay. Por lo tanto, Dios enviará destrucción para que desbaraten sus argumentos (Ezequiel 13:10-14).

    Todo aquel que busca la salvación como un fruto propio de sus obras lleva fruto de muerte (Romanos 7:5). Sin embargo, el que cree en Jesucristo -sin buscar añadir su propia justicia- tiene vida eterna, ya que por medio del Señor se anuncia el perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés nadie pudo ser justificado, pero a través de Jesucristo como justicia de Dios alcanzamos su misericordia y perdón. Aquellas personas del Antiguo Testamento que aguardaban la manifestación del Cordero de Dios anunciado, los que ofrecían sacrificio como un tipo de lo que vendría, adoraban con rectitud al Todopoderoso.

    No descansamos en nuestro propio poder, ya que no lo tenemos; sin embargo, lo que resulta imposible para los hombres es posible para Dios. Dios fue quien mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Para nosotros el evangelio no está escondido, ni Satanás pudo mantener sus tinieblas sobre nuestro entendimiento. La tierra sería una masa oscura si el sol no estuviera como su luminaria; de la misma manera, Dios ha hecho que en su pueblo alumbre el evangelio de Cristo, para que veamos la tenebrosidad del pecado, para que valoremos el tesoro de las palabras del Señor.

    Gracias a la luz del evangelio de Cristo podemos disipar las tinieblas de los que argumentan con falacias. Son estos los que se ufanan en decir que ellos constituyen la prueba de que se puede militar en una falsa doctrina y ser salvo al mismo tiempo. No logran discernir la frontera entre andar extraviado de la verdad y estar en la verdad; para ellos el tiempo que pasaron en la mentira debe computarse como tiempo invertido en la verdad. Están en una falacia de petición de principio, alegando que su conversión constituye la prueba de sus argumentos.

    Pero no se han convertido hacia la verdad sino que apenas han participado de un simulacro de la verdad. Sostienen que el tiempo perdido no lo fue del todo por cuanto supuestamente ahora han llegado a la verdad. El apóstol Pablo estimó como pérdida todo su tiempo alejado de Cristo, pero estos incrédulos de hoy aseguran que como ahora dicen creer el tiempo de su incredulidad debe tenerse como la prueba de que Dios ama al que esté en la incredulidad.

    Ese argumento tautológico desdice de su validez, pero los que se hechizan por lo rimbombante de sus palabras demuestran que son ciegos que siguen ciegos. Nadie podrá alegar estar en la verdad por el hecho de que Dios lo haya usado para beneficio de la verdad. Ejemplo tenemos en el Faraón de Egipto, quien estando en la mentira ha sido ampliamente usado por Dios para anunciar su nombre por toda la tierra. Lo mismo se puede decir de Judas, quien siendo hijo de perdición fue usado por Dios para cumplir a cabalidad su plan con el sacrificio de su Hijo. De esta forma el error doctrinal puede ser usado para la gloria de Dios, al condenarse el argumento erróneo, al resaltar por contraste la verdad, pero nunca se podrá exonerar de culpa a quien trabaja con la mentira o con el engaño doctrinal. El Anticristo será puesto por Dios, pero eso no implica que el creyente deba adorarlo o aupar su nombre.

    La Biblia dice que el pueblo de Dios lo será de buena voluntad en el día de su poder. Por lo tanto tenemos buena voluntad para la doctrina de Cristo, ya que fuimos alcanzados en el día del poder de Dios. Fue por el poder de Dios que llegamos a creer, cuando habiendo sido enseñados por Dios logramos aprender para ser enviados a Cristo (Juan 6:45). Nadie podrá alegar su propio error doctrinal para señalar que a pesar de vivir en la mentira del otro evangelio, del evangelio de maldición, ha llegado a ser salvo. Cuando Dios nos saca del falso evangelio no nos deja ir tras sus falsos maestros (Juan 10: 1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL EVANGELIO NO AVERGÜENZA

    Pablo afirmó que no se avergonzaba del evangelio, porque era el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16-17). La razón la expone al continuar con el argumento de que en el evangelio se revela la justicia de Dios. ¿Cuál es esa justicia de Dios? Sin duda es Jesucristo, nuestra pascua (Romanos 3:21-22; 1 Corintios 5:7). Nuestro Dios es justo y justifica al impío, en virtud de que Jesucristo fue declarado la justicia de Dios. Habiendo él pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), garantiza una entrada feliz al reino del Padre. ¿Quiénes pueden ir allí?

    Todos los justificados por la fe de Cristo, todos aquellos que representó en la cruz; Jesús no derramó en vano su sangre, no hizo expiación por los pecados de Judas, ni del Faraón ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Él solamente expió todos los pecados de aquellos que conforman su pueblo, de los que se ha escrito que tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El trabajo propiciatorio de Jesucristo, ya preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo -1 Pedro 1:20, mediante el cual los pecados de su pueblo le fueron imputados a él, nos dio la justicia gratuita del Hijo de Dios. Nosotros somos la justicia de Dios en Cristo, de acuerdo al mensaje del evangelio. Esa es la buena noticia de salvación, basada en la imputación de la justicia de Dios hacia nosotros, así como en la propiciación por todos nuestros pecados. Los que no creen el evangelio están perdidos, ya que no han conocido la justicia de Dios (Marcos 16:16; Romanos 10:3).

    Estamos hablando de un Dios perfecto, por lo tanto el trabajo de Jesucristo demanda y asegura la salvación de todos los que él representó en el madero. Nuestra salvación no reposa en nosotros, como si Dios hubiese visto algo bueno en los escogidos; no sirve de nada alegar que nuestra decisión hizo la diferencia entre un perdido y un rescatado. La Biblia nos define que estuvimos muertos -en delitos y pecados- como todos los demás que no han creído. Entonces, habiendo estado muertos no pudimos acercarnos a Él, no pudimos ni desear la medicina del evangelio. Simplemente tuvo que regenerarnos primero, para poder recibir todo lo concerniente a la salvación.

    Por supuesto, esta predicación de la palabra, esta exposición de argumentos bíblicos, conduce a prevenir a las ovejas, a todos aquellos que serán llamados oportunamente para que se unan a la iglesia del Señor. Como dicen también las Escrituras: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El evangelio bíblico no contempla decirle a la gente que Dios amó de tal manera a todo el mundo, sin excepción, que Jesús el Cristo murió por todo el mundo, sin excepción; ni que aunque usted ande muerto en delitos y pecados todavía puede decidir su futuro.

    El falso evangelio descansa en la supuesta garantía de la voluntad del muerto espiritualmente, por lo cual afirma que Cristo murió por todos e hizo posible la salvación para todos. Ahora le toca a cada quien decidir su eternidad. Si eso fuera cierto, ¿qué pasaría con todos aquellos que mueren sin conocer el evangelio y sin saber que ese Cristo supuestamente murió por ellos? ¿Murió Jesucristo por Judas Iscariote? ¿Ha tratado de salvar a algunos de los cabritos? (Juan 10:26). La soberbia humana, heredada de Adán y adquirida de parte de la serpiente, hace que los seres humanos se aferren al concepto del libre albedrío. La humanidad perdida supone que sin ese libre albedrío la justicia de Dios sería imperfecta, por lo cual Dios debe sentirse satisfecho al darle la potestad de elegir al ser humano.

    La doctrina de la predestinación y de la elección incondicional molesta en grado sumo a las cabras. Por igual a las ovejas que caminan descarriadas y que todavía no han sido llamadas por el buen pastor. Pero una vez que la oveja ha sido llamada eficazmente jamás se irá tras el maestro extraño o tras la doctrina de mentiras (Juan 10:1-5). La oveja rescatada sabe que no fue su trabajo lo que la atrajo al redil, sino los lazos de amor con que fue amarrada. Ese es el gran amor de Dios para con su pueblo elegido desde la eternidad, de acuerdo a Su propio propósito, a su buena disposición.

    No puede Esaú recibir tal amor que no le fue dado. Entonces, me dirás: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios, el cual reclama de Esaú lo que éste nunca tuvo? ¿No hubiese sido Dios más justo si su Hijo hubiese muerto por todos, sin excepción? De paso, esa muerte del Mesías debería reclamar por igual a los muertos del tiempo pasado, como aquellos que se los llevó el diluvio. Deberíamos pensar en el arca de Noé, si ese patriarca estuvo anunciando lluvia cuando no la conocían, ¿por qué hizo un arca de esas dimensiones específicas? ¿Es que en ese barco hubiese cabido la humanidad entera, si hubiese aceptado la advertencia?

    La gente puede conocer mucha Biblia, puede predicar en gran medida sobre ella, pero si llega a desconocer lo que es el evangelio (la justicia de Dios que es Cristo) está perdida. Está tan perdida como aquella gente a la que Pablo le dijo en Romanos 10 1-4 que su celo por Dios no servía de nada. La ignorancia de esa justicia de Dios convierte en inutilidad el celo religioso que se tenga por Él. Una oveja perdida vendrá al redil cuanto el evangelio de verdad le haya sido predicado; el que no venga al redil de las ovejas cuando se le haya predicado ese evangelio, da prueba de que ignora la justicia de Dios.

    Son muchos los que creen en otro Dios, en otro Cristo, en otro evangelio. Pablo dijo que maldito sería el que predica otro evangelio, que esa maldición corre por igual en el que lo sigue. Jesús habló de los ciegos guías de ciegos, de aquellos que siguen a los equivocados y se convierten en doblemente merecedores del infierno de fuego. Una persona regenerada no puede seguir creyendo la mentira de la expiación universal, ya que la Biblia es clara en que la expiación por los pecados del pueblo de Dios es una doctrina esencial (Juan 6, por ejemplo). El verdadero creyente no habla paz cuando no la hay, no se va jamás tras el extraño porque desconoce la voz de los extraños. Son los maestros de mentiras los que se hacen seguir por innumerables cabras, o por ovejas que todavía no han sido llamadas con llamamiento eficaz. En este último caso, esa oveja abandonará el local de las cabras cuando le llegue el momento de ser rescatada (Hechos 13:48; Hechos 2:47; 2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • LAS OVEJAS DEL SEÑOR

    Cuando uno anuncia el Evangelio de Cristo, intenta hacer el trabajo encomendado: ir a las ovejas, ya que sin la condición de ovino espiritual nadie podrá ser llamado al redil. Esa condición no se adquiere en esta vida, empero viene con nosotros como una cualidad dada por el Padre. Jesús lo manifestó en Juan 10:26-27: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen… Para creer se hace necesario el ser oveja. Jesús también señaló a los cabritos, los que pondrá a su izquierda en el día final y los enviará a la condenación perpetua.

    Esas palabras del Redentor tocan el ámbito de la predestinación, de la elección incondicional del Padre. Como dijera Pablo en Efesios, fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo. Por igual están ligados esos términos al hecho de que solamente el Padre envía su gente a Jesucristo, para que jamás sean echados fuera. Se deduce que aquellos que no son enviados jamás por el Padre al Hijo nunca seguirán al buen pastor, nunca han sido ovejas.

    El mandato del Señor fue sólido, indicándonos que urge ir por todo el mundo para predicar su Evangelio. El que creyere tendrá la vida eterna, el que no creyere ya ha sido condenado. La condición de haber sido predestinado está exhibida a lo largo de la Escritura, pero el anuncio del Evangelio se hace imperativo. Sin anuncio no hay conocimiento, sin conocimiento del Siervo Justo no habrá justificación (Isaías 53:11). Digamos que la predicación del Evangelio aparece como el medio idóneo y exclusivo para llegar a creer en el Señor, por lo que no será en vano el que lo anunciemos. La condición para alcanzar ese medio en forma eficaz es que seamos ovejas de su prado, asunto que no sabemos antes de llegar a creer. Entendemos que aquel que predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    No hay salvación automática, espontánea, libre de los mecanismos implantados para ella. El reloj tiene por función el dar la hora, pero para ello necesita de un mecanismo preciso que lo eche a andar. Fines y medios son dados por el Creador de todo cuanto existe, sin que se nieguen unos a otros. Hay ovejas encontradas y existen todavía las que están perdidas. A estas últimas Jesús va a su encuentro, como en la parábola que se narra respecto al buen pastor fue a encontrar la oveja perdida. Jesús es el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La vida de Jesús no se dio vanamente, sino que se dijo que vería fruto y que él quedaría satisfecho (Isaías 53). Sí, del trabajo de su alma el siervo justo quedaría complacido.

    El Padre que le da las ovejas al Hijo es mayor que todos, por lo que nadie podrá arrebatar de su mano ni una sola de ellas. Jesús ya acababa de decir que nadie podía arrebatarlas tampoco de sus propias manos (Juan 10: 28-29). Una certeza imposible de destruir, ya que si Dios se propuso algo nadie podrá cambiarle su decisión. Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho (Salmos 115:3). Existe el llamamiento eficaz que hace Cristo, como bien se pudo observar de la descripción que los evangelios hacen respecto a quienes llamaba como discípulos. Ninguno se resistió como para impedir la eficacia del llamado; de la misma forma ahora lo hace por medio de la palabra de sus siervos.

    Ah, pero no todo el que le dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacen la voluntad del Padre. Esa voluntad resulta imposible para los hombres sin Cristo, pero con el Hijo todo es posible. El que ha sido redimido no podrá negar jamás la soberanía absoluta de Dios en materia de elección y redención, pero los que no han sido alcanzados por su gracia viven bajo la potestad del príncipe de las tinieblas, los cuales murmuran contra la elección incondicional. Ellos siempre ven que algo bueno tiene que ver Dios en los que redime, pensando que no todo está perdido en el ser humano. Viven como si el hombre no hubiese muerto en delitos y pecados, como si apenas estuvieran enfermos del alma.

    Las personas que hemos recibido el Espíritu Santo para que habite en nosotros como garantía de nuestra redención final, no seguiremos jamás al falso Cristo. Como ovejas que seguimos al buen pastor no podemos irnos jamás tras el extraño (Juan 10:1-5); huiremos del maestro extraño, del que enseña mentiras teológicas, de los que contravienen la doctrina de Cristo. La perseverancia nos está garantizada, por más que caigamos en pecados en nuestra batalla contra la carne (Romanos 7). Hay almas huecas, vacías del Espíritu de Dios, que se entregan a las herejías y siguen el error de los falsos maestros. Estos impíos no disciernen el error ni sus límites, no distinguen dónde comienza el evangelio. La bondad la cambian por maldad, a lo bueno dicen malo y al contrario: llaman malo a lo que por naturaleza es bueno. De esta forma tuercen las Escrituras y se oponen a la doctrina de Cristo, aunque dicen amarlo con todo su corazón, pero andan divorciados intelectualmente de sus enseñanzas.

    El creyente ha sido puesto en el mundo para destruir naciones y reinos, con la palabra de Dios. Esto no quiere decir que vamos con armas carnales, sino con las del Espíritu de Dios; destruimos argumentos que están opuestos a la palabra revelada, para edificar y plantar los nuevos templos de Dios: en espíritu y en verdad. Esos templos son los nuevos creyentes, las ovejas que estando perdidas son encontradas por las palabras que anunciamos. Los que anunciamos el Evangelio de Cristo hacemos como hizo Moisés: rechazamos ser llamados por títulos ostentosos (hijo de la hija del Faraón), para escoger sufrir aflicción al lado del pueblo de Dios. Nos retiramos de los placeres del pecado, dando preferencia al reproche de Cristo, antes que entregarnos a las grandes riquezas del mundo (de Egipto).

    Nuestro vivir es Cristo, el morir es ganancia, pero deseamos todavía seguir en este lado por causa de los hermanos, los herederos de la promesa admirable. El Señor viene para recompensar a los suyos, para dar castigo a los que destruyen la tierra. Nuestro Dios de amor también es fuego consumidor, por lo cual se escribió que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Dios nos recompensa con honra, gloria e inmortalidad: la vida eterna (Romanos 2:7).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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