Autor: César Paredes

  • EL CORDERO INMOLADO

    El Cordero inmolado desde el principio del mundo tiene un libro de la vida. Allí están anotados todos los nombres de aquellos que fueron elegidos por el Padre desde la eternidad, para ser llamados eficazmente en el día del poder de Dios. En Apocalipsis 13:8 encontramos esa noticia, refrendada más adelante en Apocalipsis 17:8, que dice: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.

    El apóstol Juan continúa escribiendo en su Revelación que Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el ejecutar lo que Él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Vemos que tanto la bestia como quienes la adoran son llevados por Dios a ejecutar su plan. No por eso dejan de ser responsables de lo que hacen, como por igual Judas siguió siendo responsable de sus actos, pese a su destino prefijado. Él iba conforme a las Escrituras, pero Jesús dio un ¡ay! por él. El Faraón de Egipto fue absolutamente responsable de su maldad contra el pueblo de Israel, pero Dios endureció de antemano su corazón para glorificarse en esa maldad contra su nación elegida.

    Acá el orden de los factores importa mucho, porque estamos pisando un terreno lógico. Esaú puede ser un modelo para lo que decimos. Él fue odiado por Dios mucho antes de que fuese concebido, antes de hacer bien o mal alguno, de manera que el propósito de Dios permaneciese por su voluntad y no por las obras humanas (Romanos 9:11-13). El antecedente de lo que hizo Esaú fue el odio de Dios, de manera que la venta de su primogenitura vino como consecuencia. Spurgeon dice todo lo contrario, colocando la carreta delante del caballo, por lo que incurre en la falacia que afirma el consecuente. El hecho de que encontremos un huevo roto no implica que alguien lo haya lanzado; pudo romperse por muchas razones distintas.

    De la misma manera, el que Esaú haya vendido su primogenitura no tiene que deberse a un acto de su libre arbitrio, sino a muchas otras razones. La Biblia nos lo dice claramente, y si tenemos por cierto que ella es la palabra de Dios deberíamos creer lo que afirma. Aseguran las Escrituras que la razón por la cual Dios lo odió no fue por haber vendido la primogenitura, sino por su propia voluntad y propósito eterno. Incluso se da una razón de inmediato, en contraste con el amor que ese mismo Dios le propició a Jacob. La razón dada fue que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    Esta aseveración bíblica trae un problema moral para la vasta gama de religiosos que conocen sus líneas. Ellos suponen que al afirmar el consecuente el antecedente aparece por fuerza, pero yerran en ese orden lógico alterado. El antecedente es Dios, como Pablo lo ha señalado muy claramente en Romanos 9 (y en otras cartas, al igual que los múltiples escritores bíblicos lo han dicho de diversas maneras). La prueba inmediata del texto bíblico se expone en forma evidente, por cuanto el apóstol introduce de inmediato la hipotética objeción enunciada. ¿Hay injusticia en Dios? (Romanos 9:14). Tal parece que ese objetor retórico levantado por Pablo comprendió con suficiencia intelectual la elocución del apóstol. Su pregunta demuestra que la comprensión lo espanta.

    Más adelante, ese objetor hipotético y retórico levantado por el apóstol continúa con su disquisición: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La pregunta lógica del objetor pone de manifiesto la claridad del argumento levantado por Pablo; no existe duda alguna de lo que el apóstol quiso decir. Tan claro resulta su enunciado que al levantar al objetor valida su argumento. Ese argumento es del Espíritu, el cual ya respondió en el verso 14: En ninguna manera. El Espíritu niega la injusticia en Dios, pero aclara la pequeñez humana en los versos 20 al 24. El hombre es apenas un pedazo de barro, un vaso que el alfarero moldea como ha deseado, de manera que la misericordia de Dios se manifiesta solamente sobre los que Él quiere manifestarla.

    Por igual, el Espíritu es prístino y aclara la parte contraria: el endurecimiento del hombre viene de parte de Jehová, pues al que quiere endurecer endurece. Este argumento bíblico no es original de Pablo, ya que toda la Escritura relata la soberanía absoluta de Dios. En Job encontramos la pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:4). Jesús también reveló la doctrina de su Padre, de acuerdo al Evangelio de Juan, en especial el Capítulo 6. Allí le dijo a un grupo de seguidores (discípulos) que no podían venir tras él si el Padre no los enviaba; que solamente aquellos que el Padre enseña y que han aprendido podrán venir a él. Ninguno puede venir a Jesús si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre me da, viene a mí. Estos argumentos fueron demasiado duros de oír por aquella manada de alumnos, los que se habían maravillado por sus palabras y por el milagro de los panes y los peces. Por esa razón se apartaron del Señor y se retiraron murmurando.

    Hoy día acontece algo parecido en las llamadas iglesias o asambleas humanas, las que se reúnen para adorar al Dios de la Biblia. La gente no quiere oír tales expresiones sino que desea sentir que ellos tienen el control de sus destinos. Hablan de un libre albedrío sin el cual el Padre no podría ser amado en forma espontánea; hablan de la justicia de Dios que tiene que dar iguales oportunidades a todas las criaturas humanas para poder juzgarlas con equidad. Incluso hay quienes yendo bien lejos abjuran de tal Dios (como lo hizo Spurgeon, en su exposición del sermón titulado Jacob y Esaú). Están los que siguen a John Wesley y dicen que ese Dios es alguien peor que un diablo, un tirano cualquiera (puede cotejar esta afirmación en las Obras de John Wesley).

    Si uno presume lo que debe ser Dios, indudablemente que puede que no acierte con lo que la Biblia habla de Él. Pedro usa una palabra en griego que deja espantado a cualquiera: Dios es el Despotes. Es el amo, el dueño absoluto de todo, el que no tiene que rendir cuentas ante nadie. De esta manera no nos queda otra forma de relacionarnos con Él sino la sumisión, el bajar la cabeza, pero bajo la protección del Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre. Ese Jesús recomendó examinar las Escrituras, ya que ellas testificaban del Cristo que vendría y vino, nos estimuló a buscar la vida eterna en ellas. Vale la pena intentarlo, para extraer piedras preciosas que forman parte de nuestras riquezas en gloria.

    El Dios que desea orden y no caos para todos aquellos que ha llamado, continúa llamando a sus ovejas esparcidas en el mundo. Dice que tiene pueblo en Babilonia y lo conmina a salir de allí; a ellos les extiende su invitación de gracia por medio del Evangelio incorruptible. Nos incita a recoger su donación de perdón por nuestras iniquidades, estimulándonos a recibir, por medio de la fe que él mismo nos ha dado en Jesucristo, su don eterno. El que oiga su voz que lo escuche y acuda presuroso ante su presencia, para que obtenga el beneficio de la bienaventuranza por sus iniquidades perdonadas, y por sus pecados cubiertos (Salmos 32:1-2). Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos; como dijo David: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmos 32: 5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS MEDIOS DE DIOS

    Más allá de que el Dios de la Biblia se presenta como absolutamente soberano, no podemos pensar que utilizará cualquier medio para la redención de su pueblo. Su objetivo desde la eternidad ha consistido en su propia gloria, así como en la que le daría al Hijo como Redentor y Mediador del Nuevo Pacto. Por demás está el suponer que allí donde no ha llegado la noticia de Jesucristo pudiera haber algún atisbo de salvación, como si la noción de calamidad espiritual que sienta una persona signifique que exista una convicción de pecado generada por el Espíritu Santo. Pablo lo estableció muy claramente, cuando dijo que no se podía invocar a aquel de quien no se ha oído nada, si no se había predicado antes, si no había alguien enviado por el Señor a dar su anuncio.

    Jesús también fue enfático en el tema, diciendo que él era el único mediador entre Dios y los hombres, que nadie podía ir al Padre sino por él. De igual forma señaló que nadie habría de ir a él si no le fuere dado del Padre; el Espíritu es el que da vida, apuntó, así que la voluntad humana queda por fuera de la ecuación. Más allá de quedar por fuera el albedrío del ser humano, sin el medio del anuncio del Evangelio no hay noticia que pueda redimir al hombre. Estamos ciertos, el Señor que ordenó el fin (la redención) hizo lo mismo con los medios (el anuncio del Evangelio de Cristo).

    Dios se agrada del que le teme y hace justicia en cada nación (Hechos 10: 34-35). Esas fueron las palabras de Pedro cuando entró a la casa de Cornelio, pero no olvidemos que a continuación el apóstol les recordó a los presentes lo que ya se había divulgado en toda Judea, desde Galilea después del bautismo predicado por Juan: les contó lo de Jesús de Nazaret, de lo cual muchos eran testigos. Sabemos que Jesús hizo la expiación necesaria por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21), pero no todos los elegidos fueron regenerados en el momento cuando Cristo pagó su deuda en la cruz, sino que a cada uno de ellos les llega el llamamiento eficaz en el día del poder de Dios, es decir, una vez que el Espíritu los hace renacer por medio de la palabra de Cristo y por la fe de Jesucristo, la cual también es dada como regalo (Efesios 2:8).

    Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios, así que aún los elegidos de Dios, desde antes de la fundación del mundo, necesitan ese medio de salvación. Esa fe viene por el oír la palabra de Cristo, como una dádiva divina, pues no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin ella resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Dios no hace acepción de personas, testificó Pedro al darse cuenta de que también había llamado a Cornelio de entre los gentiles. Cornelio estuvo señalado por Dios para creer, por cuya razón le indicó que llamara a Pedro y éste cumplió con su cometido y le predicó el Evangelio que conocía. Este fue un caso excepcional, perteneciente a la pedagogía divina, ya que Pedro en su visión tuvo que reconocer que lo que él llamaba inmundo no debía hacerlo más, si Dios lo había purificado.

    Cornelio no quedó redimido porque diera ofrendas, sino cuando escuchó del apóstol el verdadero Evangelio que necesitaba reconocer. De otra manera no hubiese sido necesaria la presencia del apóstol en su casa; sabemos que este evento fue singular, una figura de la inclusión de los gentiles en el reino de los cielos. Eso tenía que reconocerlo Pedro como apóstol judío, sabiendo que Dios no hacía acepción de personas. Pero en ningún momento ese evento y ese acto niegan la absoluta soberanía de Dios en materia de redención. El Señor redimió a los suyos y a ellos les anuncia el Evangelio, para que oyéndolo lo crean y sean convertidos de las tinieblas a la luz. Hay quienes lo oyen pero no son enseñados por el Padre (Juan 6:45), hay quienes dicen creerlo pero se espantan después cuando escuchan ciertas palabras que consideran duras de oír (Juan 6:37,44. 60).

    Dios tiene misericordia de los que le temen, pero no porque exista un temor al castigo, como el de un esclavo a su amo, sino porque forman parte del amor filial en Cristo. Caín, el Faraón de Egipto, incluso Judas Iscariote, pudieron sentir el terror de Jehová, pero eso no les ayudó en su redención. Lo mismo acontece con los demonios, quienes creen y tiemblan; por igual muchos dirán en el día final que ellos hicieron milagros en el nombre de Cristo, pero escucharán el rotundo nunca os conocí. Dios acepta a las personas en Cristo, por medio de su fe dada (Efesios 2:8), lo cual viene en un paquete completo como lo señala el texto mencionado de Efesios. La gracia, la fe y la salvación son un regalo de Dios.

    Permanecer en la ignorancia de la justicia de Dios equivale a seguir ignorando al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11). En Romanos 10 Pablo refuta la ignorancia de Israel respecto a la justicia de Dios, extendiendo por analogía esa ignorancia a cada persona que coloca su propia justicia como aliada de la salvación. Poco importa el celo que se tenga por Jehová, ni el conocimiento bíblico sobre algunas doctrinas importantes, ya que cualquier persona que suponga que pueda aportar algo a la justicia divina se hace merecedora del calificativo de ignorante. Eso es tener celo por Dios pero no conforme a conocimiento (Romanos 10:4).

    La analogía continúa, se puede alabar en ignorancia y no tener a cambio sino el rechazo divino. Esa justicia de Dios ha sido revelada en el Evangelio, ya que el justo vivirá por la fe (Romanos 1:17). Dios es un juez justo que justifica al impío. Eso suena extravagante para muchas personas, ¿cómo un juez justo podrá justificar al impío? No justifica la impiedad sino que la castiga, asimismo azota al impío contra quien está airado todos los días. Pero cuando la Escritura dice que Dios justifica al impío resalta que lo hace por medio de la justicia que es Cristo. Todos aquellos impíos que fueron justificados en la cruz son los que Dios acepta. En su justicia ya castigó sus pecados en el Hijo, por lo cual su acto judicial no se pisotea sino que produce aquello que logró como objetivo.

    Hay muchas personas que caminan de acuerdo al modelo religioso del evangelio, pero que igualmente ignoran lo que hizo Jesucristo. Esa gente anda perdida todavía, ya que supone que Cristo murió por todos sin excepción, habiéndose convertido en su justicia ante Dios. Sin embargo, esa gente que supuestamente fue perdonada en la cruz camina hacia la condenación final, sin que esa justicia del Hijo se haga eficaz. Vemos la blasfemia de tal planteamiento, con lo cual se aduce que el individuo perdonado tiene que hacer su parte, así como Cristo hizo la suya. La salvación se convertiría en un trabajo conjunto entre Dios y el pecador, algo que le arrebataría la gloria exclusiva a Dios.

    Por otro lado, los miles que a diario mueren sin saber que ese Jesús murió por ellos en la cruz, se condenan a pesar de habérseles perdonado sus pecados en la cruz. Esa es la horrenda visión de aquellos religiosos del cristianismo que colocan su propia justicia junto a la de Cristo, como para merecer algo que con su ayuda debería otorgárseles. Empero, la Biblia habla de predestinación desde antes de la fundación del mundo, sin miramiento en las obras humanas para que nadie se gloríe. Solamente es por el Elector la salvación, no por obra humana; ni siquiera por levantar una mano en una asamblea, ni por dar un paso al frente, tampoco por hacer una oración conjunta.

    Por supuesto, no se niega la predicación del Evangelio para que la salvación se realice. Pero ese medio también ha sido ordenado desde siempre, así que es a través de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17) que serán alcanzadas las ovejas extraviadas que deambulan por el mundo. No es por medio del evangelio apóstata, corrupto, a medias, mezclado con verdad y mentira, sino por esa palabra que a muchos les suena dura de oír. Es de esta manera para que nadie intente colocar su propia justicia junto a la de Cristo; ni el más mínimo porcentaje nuestro será aceptado, ya que Dios no vio algo bueno en los predestinados para salvación, sino a una masa corrompida, sumergida en el pecado, sin que hubiera justo ni aún uno. No había quien buscara al verdadero Dios, todos nos habíamos apartado por nuestros caminos; no hacíamos el bien, pero Dios pasó por alto nuestros pecados en virtud de la representación que Jesús hizo de su pueblo.

    Por esa razón Jesús oró la noche antes de ser crucificado: De los que me diste, ninguno se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Rogó igualmente por los que habríamos de creer por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes. Esos también le fueron dados al Hijo como linaje, como el fruto de su justicia: somos los hijos que Dios le dio. Nuestra justicia es la justicia de Dios, ya que fuimos justificados por la fe de Jesucristo. El Hijo de Dios se convirtió en nuestra pascua, cuando al sufrir en nuestro lugar Dios pasó por alto el castigo que merecíamos por nuestros pecados.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • RAZONES PARA LA REPROBACIÓN

    El amor de Dios se confronta con su odio, dos opuestos absolutamente binarios: si está uno no está el otro. Por contraste aprendemos que lo alto viene como lo contrario de lo bajo, lo feo de lo hermoso, lo abundante de lo escaso. De igual forma, el odio significa todo lo contrario al amor, y viceversa. Si Dios amó a Jacob, este gemelo pudo contrastar ese acto divino con su hermano Esaú, a quien Dios odió. De igual manera, el odio de Esaú se vio contrariado por el amor de Dios a Jacob. Hacemos notar que Dios no odia y ama a la misma persona, como si fuese un divino neurótico. El amor tiene la firma de la eternidad, como se lo dijeron a Jeremías: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongaré mi misericordia (Jeremías 31:3).

    Desde siempre, lo que hemos dado en llamar eternidad pasada, ese contraste entre amor y odio resalta en favor de los elegidos, ya que comprendemos el peso del pecado no perdonado, el cual recibe el poder de la ira y del odio de Dios como paga a la incredulidad. Ese odio divino viene a ser otra forma de conocer al Dios vivo, como se estampa en su palabra: Porque yo enviaré esta vez todas mis plagas a tu corazón, sobre tus siervos y sobre tu pueblo, para que entiendas que no hay otro como yo en toda la tierra (Exodo 9:14)…te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Exodo 9:15).

    El Señor soporta con mucha paciencia los vasos de ira, preparados para el día de la ira; sabe que los hizo de esa manera y debe aguantar sus blasfemias proclamadas, sus insolencias y las grandes molestias que los impíos hacen contra los siervos del Dios viviente. El salmista Asaf estuvo en grande conflicto al ver la prosperidad de los impíos, los cuales no padecían como los demás mortales. Él nos dice en el Salmo 73 que Dios los ha colocado en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados en su apariencia. Eso lo pudo comprender el salmista una vez que entró a la presencia del Señor, en su comunión íntima. En ese lugar entendió que el impío ha sido colocado para que caiga en destrucción (Salmos 73:18).

    Esto que se está diciendo no debe sorprender a ningún creyente, ya que la Biblia lo ha declarado en múltiples textos. Hay uno que pudiera considerarse como rector del tema que tratamos: Jehová ha hecho para sí mismo todas las cosas, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). La idea del infierno está presente en el Antiguo Testamento, en diversos textos. Uno de ellos es de Jeremías, quien habla de los rebeldes y porfiados, los que se entregan a los chismes, los cuales serán como llevados al fuelle que sopla el fuego para que sean consumidos como el plomo, y aún así su escoria no se termina (Jeremías 6:28-29). Serán llamados plata desechada, porque Jehová los desechó a ellos (Jeremías 6:30).

    Isaías tiene una referencia al lugar donde el gusano no muere, ni el fuego se apaga, donde la abominación es el signo de los que allí van (Isaías 66:24). Por igual dice: Los pecadores se asombraron en Sión, espanto sobrecogió a los hipócritas, ¿Quién de nosotros morará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas? (Isaías 33:14). Daniel también lo atestigua: Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua (Daniel 12:2). En el libro de los Proverbios encontramos otra referencia de importancia: El Seol, la matriz estéril, la tierra que no se sacia de aguas, y el fuego que jamás dice: ¡Basta! (Proverbios 30:16).

    La contrapartida del infierno es la heredad de los justos, el reino de los cielos, la patria celestial. Allí pasaremos la eternidad conociendo al Padre y al Hijo, algo que no termina y siempre asombra. Jehová es declarado como un Dios justo que justifica al impío. Resulta de interés esa comparación, su justicia inherente y la justificación que hace del que no tiene justicia alguna. Pero no hace nada el Señor en desmedro de su propia justicia, sino que habiendo Jesucristo sido declarado la justicia de Dios pasó a ser nuestra pascua, nuestra justicia por imputación judicial. Dios cargó sobre el Cordero sin mancha todos los pecados de todo su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo, de manera que el acta de los decretos que nos era contraria quedase anulada y clavada en la cruz. Por contraparte, nos imputó la justicia del Hijo, Jesucristo, como Señor y Salvador, en virtud de su sangre derramada en la cruz por aquellos pecados que cargó con él en el madero.

    Ese acto se llama la expiación de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:3, 9, 20). El buen pastor puso su vida por las ovejas, no por los cabritos, así que por medio de la predicación del evangelio incontaminado cada oveja llega a oír oportunamente el llamado del buen pastor. En consecuencia, no se irá más tras el extraño, porque desconoce la voz de los extraños (Juan 10:1-5), habiendo recibido la justicia de Dios que muchos no logran discernirla porque la ignoran y colocan a cambio la suya propia (Romanos 10:1-4).

    El amor de Dios por su pueblo y el odio de Dios por los réprobos en cuanto a fe, los cuales también hizo para el día de la ira, convierte a la humanidad entera en dos grandes partes: los vasos de misericordia y los vasos de ira. No hay vacilación al respecto, cada quien nace con su sino, pero no necesariamente lo sabe desde temprano. Por esa razón se continúa con la esperanza de la predicación del Evangelio, para que los que no ven puedan ver la palabra revelada. No obstante, a muchos de ellos les será quitado lo poco que tienen, ya que por no amar la verdad que no pueden discernir en virtud de su naturaleza pecadora, recibirán un espíritu de engaño enviado por Dios mismo para que sigan creyendo en la mentira y en el error. A estos que siempre serán inicuos Dios los soporta con mucha paciencia, como ya se dijo, para mostrarles su ira para la destrucción (Romanos 9:22).

    En cambio, como objetos de su amor eterno e inmutable llegamos a conocer las riquezas de su gloria, en tanto somos vasos de misericordia preparados desde antes para gloria eterna (Romanos 9:23). Pero tanto los reprobados como los elegidos para gloria fuimos sometidos a la caída general en Adán. Sí, se ha escrito que en Adán todos mueren, pero el segundo Adán, Jesucristo, nos tiene vida y en él todos vivimos. Ese todos hace referencia a todos los que el Padre le dio como presea de su trabajo: Jesús vería linaje y el fruto de su trabajo (Isaías 53: 10-11); Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13).

    No somos mejores que los otros, simplemente hemos recibido la gracia salvadora, por medio del Espíritu que nos hizo nacer de nuevo, salvándonos a través de la fe de Jesucristo. La fe misma fue un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? (1 Corintios 4:7).

    Dios hace todas las cosas: que el réprobo odie su gloria, que persiga a su pueblo, que maltrate su Evangelio, que blasfeme su nombre a diario. Bajo ningún respecto pensemos que Dios se lamentará por el destino que les ha fijado a los réprobos en cuanto a fe, ya que así lo ha decidido para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado. Por igual, servirá ese castigo perpetuo como un alto contraste del amor eterno con el cual siempre nos ha amado, en tanto somos su pueblo. Conoce el Señor a los que son suyos, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Jesucristo no murió en ningún sentido por el réprobo en cuanto a fe, por el destinado a perdición perpetua; él murió en exclusiva por su pueblo, por el cual rogó; en especial dejó por fuera de sus rogativas a los que no vino a salvar, diciendo: No ruego por el mundo (Juan 17:9).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • NO HAY OTRO DIOS

    Yo soy Jehová, y no hay otro, yo soy el único Dios que existe (Isaías 45:5). Esa aclaratoria lanza el Dios de la Biblia, ante Ciro, mucho antes de que apareciera en escena. Es el mismo que dice más adelante que Él forma la luz y crea las tinieblas, que hace la paz y crea la adversidad. Él es quien hace todo eso (verso 7). Con esa premisa nos queda dos posibilidades, aceptar sumisos ante su majestad o correr altivos en tono de huida, hacia la búsqueda de otra divinidad. Tal vez otros prefieran mantenerse en el ateísmo, ya que no conciben la idea de un Ser Supremo, pero los cristianos nos hemos de aferrar a la ley y al testimonio.

    Algunos teólogos hablan del mal como castigo por el pecado, pero pudiera bien comprenderse por igual que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual englobaría el mal como pecado hecho para su propia gloria. Si el hombre no hubiese caído en la tentación en el Edén, Jesús como Cordero sin mancha no se hubiese manifestado en el tiempo de los apóstoles (1 Pedro 1:20). Dios tuvo todo preparado para que con las circunstancias creadas por Él mismo apareciese el Mesías Redentor, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    A Jacob amó Jehová, pero odió a Esaú, sin que mediara obra alguna entre ellos, mucho antes de que naciesen o fuesen concebidos, porque así lo planificó desde la eternidad (Romanos 9: 11,13). La salvación vino por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. Bueno, existen las buenas obras como fruto de la redención, pero la principal buena obra es la confesión del Evangelio que se ha creído. Como dijo Jesucristo, de acuerdo al evangelio de Lucas 6:45: de la abundancia del corazón habla la boca, hablando de los frutos que testificarán del árbol bueno (así como del árbol malo, cuando se confiesa un evangelio diferente).

    Preguntadme de las cosas por venir; mandadme acerca de mis hijos, y acerca de la obra de mis manos. Yo hice la tierra, y creé sobre ella al hombre. Yo, mis manos, extendieron los cielos, y a todo su ejército mandé (Isaías 45: 11-12). El futuro para los hombres es la historia escrita por Dios, el Creador; sin necesidad de mirar en los corredores del tiempo, Jehová anuncia lo que vendrá, ya que es el mismo creador del futuro. Ni una jota, ni una tilde escaparán de su cumplimiento, ya que en Él todo es un Sí y un Amén.

    La religión habla de lo que le conviene, en especial cuando actúa como franquicia de comercio. Existe un intercambio de valores, gente que se aglutina para que le digan cosas de esperanza; de igual forma aparecen los mercaderes del templo, los que venden ilusiones con frases blandas que agradan al oído. Jesús no actuó de esa manera, como se desprende de sus discursos. En especial, podemos encontrar en Juan, Capítulo 6, el relato acerca de la multitud que se benefició del milagro de los panes y los peces. Esa gente seguía a Jesús por mar y tierra, lo buscaba con anhelo. Sin embargo, pese a que eran discípulos de ese gran Maestro, se ofuscaron por sus palabras de Dios soberano.

    Cuando él les dijo que ninguno de ellos podía venir a él, si el Padre no lo traía, ellos se incomodaron. Comenzaron a murmurar, dijeron que sus palabras eran duras de oír. Su ofensa fue notoria y Jesús les reclamó el hecho de que estuvieran ofendidos. Pero ese reclamo no vino acompañado de una disculpa sino de una reiteración de su mensaje. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Ya en el verso 44 les había recalcado lo que les había anunciado en el versículo 37. En el verso 36, Jesús, que siempre conoce a los que son suyos, les había indicado a esos discípulos que ellos no eran creyentes. En el verso 37 les dio la razón por la cual no creían, ya que no habían sido enviados por el Padre al Hijo; si hubiesen sido enviados por el Padre, él no los habría echado fuera, no los habría espantado con su discurso. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar (Verso 64). ¿Acaso no conoce el Señor a los que son suyos? El fundamento de Dios es firme y tiene ese sello, el conocimiento del Señor respecto a los que le pertenecen. Por eso se enfatiza en que debemos apartarnos de la iniquidad, si invocamos el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Ciertamente, muchos de los que son formados en el conocimiento de la doctrina cristiana llegan a saber que no hay otro Dios. Pero como ese que conocen no les gusta del todo, intentan moldearlo a su propia imagen y semejanza. Para ese objetivo se dan a la tarea de torcer las Escrituras, de interpretarlas privadamente, dando sus propias opiniones (lo que en griego se traduce como herejía). No obstante, el apellido de cristiano se mantiene por siglos, para confusión general y para blasfemia del nombre del Señor. Aquellos primeros discípulos desencantados con Jesús tuvieron la gallardía de retirarse de su lado, si bien generalizaron que esas palabras nadie podía oírlas. Hoy día los disidentes no se retiran sino que siguen infiltrados para intentar darse ánimo en medio de multitudes que se llaman cristianas, pero cuyo corazón doctrinal no tiene nada que ver con Dios.

    Estos son llamados extraviados, los que no permanecen en la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11). Se nos recomienda no compartir espiritualmente con esa gente, ya que nos acarrearía muchas plagas encima. Son una tragedia, los que casi creen, los que llegan a creer a medias, los que se interesan por la doctrina cristiana pero en forma parcial. Las cosas duras de roer las llaman comida fuerte, pero yerran al suponer que la falsa doctrina es comida láctea para niños. No, el alimento que da el Espíritu, la palabra de Dios, es una sola; la doctrina (cuerpo de enseñanzas) de Cristo ha de ser creída en forma absoluta, de lo contrario será llamado extraviado aquel que no la mantiene como creencia.

    ¿Cuál es el problema que tiene el asumir que Cristo murió en exclusiva por su pueblo? Eso enseñan las Escrituras (Mateo 1:21); la nación santa, los amigos de Jesús, su pueblo, su iglesia, son el conjunto de personas elegidas desde la eternidad por el Padre, para darlas como recompensa al Hijo por su trabajo en la cruz. Multitud de textos lo dicen, como por ejemplo Efesios 1:11 (uno suficientemente emblemático). No puede adulterarse esa doctrina con el supuesto de que Cristo supo quién iba a creer y quién lo iba a rechazar, ya que en principio todos estuvimos muertos en delitos y pecados. Un muerto (como Lázaro, de acuerdo al Evangelio de Juan), no puede decidir nada. Solamente necesita la voz del Espíritu, el que hace nacer de nuevo. El Espíritu llama de manera eficaz a los que son de Cristo.

    De esa forma se ha escrito que el nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón, de carne alguna, sino solamente de Dios. De quien quiere tener misericordia, Dios tiene misericordia; pero al que quiere endurecer, Dios endurece. ¿Son acaso estas palabras de Romanos 9:15 duras de oír para usted? En Juan 6 hemos visto lo que acontece con quienes consideran duras de oír tales palabras; pero también allí leemos la respuesta de un creyente: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Juan 6: 68).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL VERBO SE HIZO CARNE

    Ese Verbo que era desde el principio, se hizo carne. Por fortuna, para nosotros los gentiles, el Verbo no se hizo judío. Por supuesto, la salvación viene de los judíos, como lo dijo el mismo Cristo a la mujer de Samaria. Las profecías lo indicaban, de manera que debían cumplirse; quizás si Jehová hubiese escogido a los egipcios para revelarles sus promesas, ellos habrían sentido algo parecido a la pasión de Israel. El engreimiento de saberse un pueblo donde habitaba el Altísimo, habría marginado al resto del mundo, de manera que daba igual que fuera Israel o Siria la escogida. No obstante, una razón se esgrime para que el escogido fuese Israel: el hecho de ser el pueblo más insignificante en la faz de la tierra.

    La debilidad de Israel en medio de enemigos territoriales, mostraría con gran notoriedad la fortaleza del Dios de las Escrituras. Para lástima, sus gobiernos teocráticos generaron una cuna interpretativa peligrosa, una casta que alejaba al pueblo y que se mostraba engreída al poseer la palabra divina. Las demás naciones eran las gentes, de allí que seamos los gentiles el conjunto de poblaciones no judías o israelíes. Ese Dios anunciado ante ellos les envió una señal por medio de los profetas, que les hablaría en lengua extranjera, de invasores, como una marca de haberlos despojado de su gloria de la cual se jactaban.

    Vino la Septuaginta, una Biblia del Antiguo Testamento, que aunque confeccionada por judíos fue escrita en lengua de paganos. La lengua griega sirvió como su vehículo, escogida por los judíos de Alejandría, la más helenizada de las zonas de entonces. Después, unos pocos siglos más tarde, llegaba el Nuevo Testamento también en lengua griega. Por supuesto, hoy día algunos mesiánicos alegan que ese Nuevo Testamento tuvo que haber sido escrito en la lengua materna de sus escritores, pero resulta falso porque no tienen papiros tan antiguos como los griegos. Además, los judíos que redactaron la Septuaginta también dejaron a un lado su lengua materna, y prefirieron el griego.

    Las razones culturales pueden saltar a la vista, para la preferencia de una lengua extranjera antes que la materna. Pero no olvidemos el trasfondo teológico, la maldición en alguna medida de hablarles en lengua de invasores. Pablo lo recoge en su Carta a los Corintios, cuando refiere al don de lenguas tan abusado que se acostumbraba en esa iglesia. Les refiere la profecía de Isaías: En otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo; y ni aun así me oirán, dice el Señor. Así que, las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos (1 Corintios 14:21-22).

    Resulta por demás interesante y emblemático el que en los tres contextos en que se menciona el don de lenguas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, aparezcan judíos en esos eventos. Dios había cambiado el guión, ahora se anunciaría en lengua gentil, pero los mesiánicos de hoy aseguran lo contrario. De nuevo su preferencia antes que la ley y el testimonio, de nuevo su prerrogativa y exaltación ante las demás gentes. Por esa razón siguen aduciendo que cuando Juan escribió su Apocalipsis tuvo que redactarlo en lengua materna. Pero eso no es más que especulación, porque lo que aducen como prueba lingüística de algunos vocablos usados puede deberse también a algún trasfondo de la lengua materna, como interferencia ante la nueva lengua.

    El Verbo se encarnó y habitó entre nosotros, haciéndose amplia su divulgación para todas las naciones. La fuente judía se considera importante, ya que como custodios del anuncio confiado los judíos han respondido celosamente. Sus escribas y fariseos fueron acuciosos, pero eso no les evitó la arenga de Jesús contra ellos. Esto nos sirve de ejemplo para evitar el engreimiento a causa del celo y sapiencia en relación al conocimiento adquirido. Lo que conozcamos de Dios aparte de importante debe ser tenido como muy pequeña cantidad, ya que la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado.

    El hebreo no es la lengua materna de Jesús, no es la lengua del cielo. Jesús es el Verbo que hizo todo cuanto existe, sin él, nada de lo que es existiría, asegura Juan en su Evangelio. La revelación de Jesucristo a Juan el apóstol, en la isla de Patmos, no tuvo que ser necesariamente en arameo, o hebreo, sino que pudo ser en griego. Así que si Juan nos dio a conocer el Apocalipsis en lengua griega no tenemos que ser peyorativos con él, al suponer que su nivel de la lengua helénica era escasa. Algunos términos pudieran verse como transliteraciones del hebreo, ya que uno no olvida su lengua materna por el hecho de aprender una nueva.

    El proceso de helenización pasaba por el griego koiné, un estilo mucho más suave que el griego clásico, de manera que los habitantes de las zonas invadidas y colonizadas, primero por griegos y después por romanos, pudieron hablar, escribir y leer en forma fácil esas lenguas de la colonización. Pablo así lo demostró con su apelación al César (ante quien hablaría en latín), con sus epístolas en griego y con sus citas textuales de la Septuaginta. ¿Por qué se le ha de dar un valor de menor capacidad intelectual a Juan, el apóstol? La lengua del invasor en ese caso es la lengua gentil griega, así que Dios le habló a ese pueblo hebreo de esa manera.

    Dios escogió de todos los pueblos de la tierra a la nación hebrea, para ser su testigo en este mundo. Es obvio entonces que haya un sustrato de la cultura hebrea en el mensaje, como obvio también resulta el bilingüismo de los escritores del Nuevo Testamento, quienes siendo judíos escribían en lengua griega. El sustrato cultural del judaísmo no se les puede negar, como no se niega que Jesús haya venido a lo suyo (a sus asuntos) y los suyos (los de la nación judía) no lo recibieron. Pero de allí a decir que Jesús habla hebreo en el cielo pasa por inapropiado, como una marca de arrogancia que sigue ese pueblo que un día lo crucificó, que aunque hoy deseando volver al Mesías lo intenta hacer desde su posición de superioridad lingüística.

    El Dios de las Escrituras quiso hablarnos en lengua griega, habiendo podido usar la lengua china o el latín. El Verbo que vino a habitar entre nosotros vino de pura gracia, en tanto nosotros como criaturas suyas le debemos reverencia. No hay lugar para el reclamo arrogante de una lengua materna de Jesús, compartida con los judíos que intentan cristianizarse. Que si la gracia los visita que la asuman con agradecimiento y humildad, como lo hace cualquier gentil. Sigue viéndose el endurecimiento de corazón al reclamar los derechos lingüísticos de Jesús, como un patrimonio universal del pueblo judío.

    El Verbo se acopló a la cultura de los judíos para dejarnos su mensaje, pero también lo hizo con la cultura helenística para hablarnos de su gracia. El vehículo lingüístico resulta importante, pero no da para que nos arroguemos un derecho especial por el uso de una lengua determinada. Sí resulta llamativo que esas dos culturas y lenguas, la hebrea y la griega, posean sus distintivos en base a la lingüística. Jehová es una roca, un refugio, en lengua hebrea. Pero en lengua griega viene a ser el Verbo, el Logos que habitó entre nosotros por medio del Hijo. Una lengua concreta que ve al Dios como un elemento concreto (una roca, por ejemplo), con usos de metáforas de cosas altamente reales y tangibles como la que habla del siervo que brama por las aguas, como el alma clama por ti, oh Dios. Su contraste se magnifica ante la abstracción del griego, por medio del Logos eterno: ¿Habrá algo más abstracto que la palabra?

    Estemos claros, las dos lenguas mencionadas pueden hacer uso de elementos abstractos y concretos, como resulta obvio; pero la cultura hebrea ha sido más dada a reflejar al Dios revelado por medio de concreciones. La lengua griega inicia con el evangelio de Juan con su abstracción más elevada: En el principio era el Verbo. Se abriría una nueva corriente para la filosofía con el elemento fundamental instruido por el cristianismo. Pero no nos jactamos de la abstracción, ni echamos de menos la concreción, simplemente valoramos ambos aportes como caras diferentes de un mismo objeto de estudio. El denominador común entre judíos y gentiles cristianizados debe ser la gracia divina, sin la cual ni siquiera nuestro padre Abraham (el padre de la fe) pudo haber sido tenido en cuenta.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • LA PALABRA

    Por la palabra creemos haber sido constituido el universo, dice un verso de la Biblia. Es razonable que ese sea el comienzo de todo cuanto conocemos, la voz del dueño de la creación, el sonido que circunda todo cuanto ha hecho el Señor de lo que existe. Todo su poder unido ha hecho que aparezca en escena aquello que deseó, como también fue dicho de su esencia: en el principio era el Verbo (el Logos). Por él todas las cosas fueron hechas, y sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Una palabra tuya bastará para el milagro, decía una persona afligida; otros escucharon que ya sus enfermos habían sanado bajo su sólida decisión. Por lo que dice y hace es llamado el Juez de toda la tierra, el que ordena a las naciones y las prepara para el desarrollo de su guión presupuesto.

    Nosotros damos poca importancia a nuestras palabras, ya que muchas veces carecen de sentido. Sin embargo, estamos construidos de vocablos, todo lo que viene en esa envoltura del verbo se almacena como ladrillos útiles para construir lo que somos. Si nos mirásemos en un espejo y nos dijésemos palabras amigables, nuestro semblante se agradaría; por el contrario, si nos ofendemos con términos agresivos, la amargura fluirá hasta dejarse ver en nuestro rostro. El hijo de Dios debe tomar conciencia de su ligamen con la palabra, en especial con aquella que emana de las Escrituras. La ley y el testimonio guían al sencillo, dan forma a lo naciente, refuerzan la fe del valiente.

    La ley está confeccionada de palabras, y el salmista decía que amaba grandemente esa ley del Señor. Bienaventurado será el que medita en ella de día y de noche, como si conversásemos con el Dios que nos ha creado. La oración o plegaria nos viene como mediación y acercamiento, entre el Verbo hecho carne y nuestra carne que busca el verbo para hablar. La Escritura se tiene como una lámpara ante nuestros pies, para alumbrar el camino por donde andamos.

    La Biblia nos da ejemplos del debido cuidado de las palabras. Nos dice que no salga de nuestra boca nada que sea corrompido, sino solamente aquellos vocablos útiles para la sana edificación. También añade que seremos conocidos por nuestros frutos, especialmente por la confesión de nuestro corazón: de su abundancia habla la boca. Creer en el corazón y confesar con los labios, un recurso que traerá prosperidad a nuestra alma.

    El Dios que ha creado todo por medio de la palabra quiso hacer su segunda creación, la que se fundamenta en el segundo Adán, que es Cristo. También la formó por la predicación del Evangelio. Hablar del Hijo de Dios y su obra consumada en la cruz, se tiene como una tarea de evangelista, una comisión que nos compete a todos los regenerados por el Espíritu. La palabra viva genera cambios en el individuo, en especial en los escogidos de Dios. En el mundo sirve de referencia para las leyes, para la moral y las buenas costumbres, de manera que el ser humano guarde su recato en la sociedad.

    Vemos que a medida que se levanta el respeto a lo que Dios ha dicho, la humanidad queda libre de la justicia y se esclaviza más en el pecado. Pero esto no lo discierne el mundo sino que le parece una locura el que lo digamos, de manera que nos toca a nosotros continuar con la esperanza de que por medio de la oración conseguiremos suplir lo que nos falta (Filipenses 4:19). No olvidemos este texto inspirador y oportuno respecto a lo que decimos: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13). Si pensamos lo que es verdadero y amable, lo honesto y de buen nombre, lo que tiene virtud y es digno de alabanza, el resultado vendrá con ventura para dar forma a los vocablos que traen provecho a quienes nos rodean.

    El hablar la palabra de Dios nos lleva a una acción de extrema importancia, el acto de dar. Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:25); El que da en abundancia, recibe más de lo que dio; pero el que es tacaño, termina en la pobreza. El que es generoso, prospera; el que da a otros, a sí mismo se enriquece (Proverbios 11:24-27). El Dios que tiene riquezas en gloria nos saciará de ellas en la medida en que por medio de nuestras palabras le pidamos.

    Resulta de interés el que tengamos que pedir aquello que Dios conoce que necesitamos. Ha querido que nos ejercitemos en la palabra hablada o murmurada, la de nuestras súplicas y con acciones de gracias. El reino de Dios y su justicia está construido de su palabra, si bien un universo de acciones de misericordia de nuestro lado se muestra como un deber de ejercicio. A los pobres siempre los tendremos entre nosotros, dijo Jesucristo; esto quiere decir que no nos hemos de olvidar de ellos. Están los necesitados del conocimiento de la palabra divina, de los que aguardan sin saberlo el momento de la esperanza bienaventurada que nosotros poseemos. La predicación del Evangelio también se encarrila por el verbo expresado, de manera que el ejercicio del logos se muestra continuo. Ese logos también se interpreta como razón, una acción de conciencia y discernimiento propio del que anuncia verdad, conocimiento e inteligencia (Jeremías 3:15).

    Para nuestra dicha, el poder de la palabra de Dios está en nuestra boca y en nuestro corazón, sin que tengamos que depender de un tercero. De mucha ayuda sirven las oraciones de los hermanos en la fe de Cristo, pero si no hubiere ninguna todavía tenemos el recurso a nuestro alcance. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, pero en la medida en que nos acercamos a Él ella se acrecienta. La Biblia nos recuerda sobre la necesidad de creer que Dios está allí cuando oramos, que Él es galardonador de los que le buscan. Ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:6). La oración nos ayuda a desarrollar nuestra relación con el Señor, con aquel que es el Verbo. A través de la palabra nos comunicamos y por medio de ella recibimos la respuesta.

    Dios es espíritu, se conoce como el Dios invisible, sin que pueda ser visto con nuestros ojos humanos. El ojo de la fe, como en una metáfora, nos permite ver al Omnipotente; la oración como recurso bajo la fe de Jesucristo, en tanto Mediador, como imagen del Dios invisible, nos acerca a ese Padre que nos ha amado de tal forma como para no escatimar ni a su propio Hijo. Entregar al Hijo en sacrificio como ofrenda por el pecado, se contempla como la mayor expresión de amor que alguien tenga por otro. No hay mayor amor que ese, afirmó Jesús; mirad cual amor nos ha dado el Padre, escribió Juan en una de sus cartas.

    Fundamentados en ese amor gigante y eterno sabemos que seremos recompensados abiertamente, cuando hayamos orado. Orar es hablar con Dios, es contarle lo que ya Él sabe, pedirle lo que nos tiene para dar, bendecir su nombre al que siempre es bendito. Orar viene a interconectar el poder con la debilidad, en una actividad de reconocimiento de quién es quién: Dios el Omnipotente, nosotros como sus criaturas debilitadas por el trajinar en el mundo. En medio de esa aflicción propia de nuestros escenarios, sintamos la confianza de Jesús al haber vencido al mundo. Él lo hizo de muchas formas, pero sin duda nos dejó el ejemplo para que consigamos el triunfo: la oración.

    El hombre más poderoso que jamás haya pisado esta tierra, no menospreció el tiempo de su vida entre nosotros como para esquivar la oración. Al contrario, se menciona en cantidad las veces que Jesús se retiraba a orar con el Padre. ¿Por qué lo hacía, si él era Dios? Lo hizo porque siempre lo ha hecho, siempre ha conversado como en familia con el Padre Eterno. Ese Dios Trino ha estado perpetuamente en comunión perfecta, por lo cual no debe pasar desapercibido el que las tres personas se involucren en la actividad de nuestras oraciones. El Padre nos oye en secreto, el Hijo nos dejó ejemplo y sigue intercediendo por nosotros, mientras el Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene en nuestras oraciones, porque conoce la mente del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL CREADOR

    De acuerdo a Juan, el Verbo hizo todas las cosas y, sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Por azar no acaeció nada, imposible que el hombre y el caballo hayan salido por casualidad, que por su propia cuenta las estrellas guíen a los marineros que buscan destino, o que azar haya hecho que las plantas den su alimento para el hombre desvalido. Nada acontece por casualidad, pero el silencio de Dios se observa en su creación, después de haber formado cada cosa que vemos. Lo que de Dios se conoce ha sido notorio por lo creado, de manera que con la caída en el Edén cada quien se apartó por su camino. No hay Dios, repite el necio en su corazón; no hay quien entienda, contesta el Señor.

    Fue misericordia divina el que unos cuantos seres humanos hayamos podido creer en su nombre. La gracia divina no depende de la naturaleza caída y servil que posee el hombre, la cual tiende siempre al mal. En medio de este caos humano, Dios anunció que tiene un pueblo formado desde antaño, que a cada uno de sus componentes vino a buscar con Jesucristo. Los falsos dioses se van conjugando de acuerdo al pozo del averno, con sus seguidores prestos entre los hombres, con el fin de enturbiar el anuncio de esperanza para las ovejas que Dios ha hecho.

    Ovejas y cabras vinieron como distinción de dos poblados; las primeras con pastores de verdad, que apacientan con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15), pero las segundas con los extraños y maestros de mentiras, en un espíritu de estupor para que se siga creyendo la mentira por cuanto no amaron la verdad. Si Cristo es el Buen Pastor, los enviados por él a apacentar la grey vienen como regalos de paz, conforme a la mente del Señor. Ellos son el gran contraste con los que no tienen ciencia ni inteligencia para pastorear, ya que Jesucristo los forma y los califica para enviarlos como sus ministros. Estos buenos pastores alimentarán a los hombres de acuerdo al corazón de Dios.

    La ciencia y la inteligencia con la cual enseñan estos pastores de ovejas presuponen las cosas dignas de entender: la verdad sustancial del Evangelio, la expiación como su centro de interés, la exclusividad de la muerte de Jesús en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), la seguridad de cada creyente llamado eficazmente, el hecho de estar en las manos del Padre y del Hijo, con el Espíritu Santo como testigo y garantía hasta la salvación final. Los otros, los que carecen de inteligencia y ciencia, son los maestros de las cabras, quienes viven dando azotes con sus varas, buscan el interés de sus vientres, cobran con creces los apetitos que sus corazones anhelan. Estos últimos son ciegos guías de ciegos, los que viven generalizando la doctrina de la salvación, abaratando la expiación con lo cual maltratan a las ovejas que los escuchan.

    Dios misericordioso perdonaba la maldad de su pueblo en el desierto, para no destruirlo. Muchas veces su ira apartó y no despertó su enojo, acordándose de que eran carne y soplo que va pero no vuelve (Salmos 78:38-39). Jehová es el nombre del Señor, no hay más sino Él; habla desde el principio, declara las cosas y las trae a la luz. Nadie puede hacerlo, a menos que lo imiten sin acierto, como suelen hacerlo los adivinos y hechiceros. El hombre apartado le rinde culto a la criatura antes que al Creador, ya que si se acuerdan de Él lo adoran como si fuera un toro o una piedra, pero nunca como al Dios de las Escrituras.

    Muchos de los que vienen en el nombre del cristianismo desconocen al verdadero Dios Redentor, ese que escogió a un pueblo de acuerdo al puro afecto de su voluntad, para amarlo con amor eterno, para prolongarle su misericordia, como hizo con Jacob, en contraste con lo que hizo con Esaú. Esos advenedizos en el nombre de un cristianismo apóstata cambian la proposición bíblica por asunciones más suaves de oír. Dicen que Dios ama a todos por igual, que el hombre decide su futuro, que Cristo hizo su trabajo en favor de todo el mundo, que el infierno es un invento de la religión, que el amor divino no tolerará castigo eterno.

    La inteligencia y la ciencia de los pastores enviados por Cristo no actúan con señales aparatosas, como si perteneciesen al club de la manía carismática. La doctrina del Evangelio es su norte, su enseñanza se ajusta a la ley y al testimonio. El buen pastor (enviado por el Buen Pastor) busca exponer el carácter de Dios. La falacia se aleja de su discurso para que la lógica se manifieste de acuerdo a quien ha sido definido como el Logos (Juan 1:1). Jamás dirá la mentira esperada por multitudes entrenadas por los falsos maestros, sino que siempre afirmará que Jesucristo murió por su pueblo y no rogó por el mundo (Juan 17:9). No sale de sus labios la farsa del amor genérico de Dios por todo el mundo, como si estuviese sufriendo por aquellos que no pudo salvar.

    La inteligencia y la ciencia del pastor enviado por Jesucristo habla verdad, da a conocer la doctrina de Cristo. El profeta falso habla en nombre de otros dioses, porque son dioses a los que sirve, muy variados y de acuerdo a como cambia su doctrina. El que viene en nombre de un dios que murió por todos sin excepción, pero que no salvó a todos sin excepción, está hablando mentira en cuanto a la expiación y su propósito. Ese falso maestro pisotea la sangre del Señor, haciéndola ineficaz en aquellos que se pierden. De acuerdo a Deuteronomio 18:20, ese falso profeta debería morir.

    La ignorancia y la falta de inteligencia del falso maestro pone de manifiesto su desconocimiento de Dios. Por esa razón habla contra la palabra de las Escrituras, dice mentira, por lo cual no podrá decirle a la gente que busque al verdadero Dios. El Señor de las Escrituras no manifiesta su gracia y misericordia a expensas de su justicia; más bien por su justicia manifiesta gracia y misericordia. Esa justicia es Jesucristo, el que cumplió toda la ley y fue a la cruz como Cordero sin mancha, ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Dios lo hizo nuestra justicia, así que siendo justificados por su sangre no existe acusatoria contra nosotros.

    Pero decir que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, implica generalizar su justicia y afirmar que representó en la cruz a todo el mundo, sin excepción. Si así hubiese hecho, todo el mundo sería salvo; pero la realidad muestra lo contrario, el mismo Señor habló intensamente del infierno de fuego donde el gusano no muere y la llama no se extingue. Entonces, ¿cómo es que esa sangre derramada por todos queda sin fundamento en los que se pierden? Esa es la blasfemia de Satanás, repetida por sus maestros enviados con disfraces de ministros de luz.

    Satanás le dijo a Eva que no moriría, pero la humanidad entera murió en delitos y pecados. Asimismo, hoy día y desde hace siglos, Satanás sigue hablando por medio de sus maestros iluminados, a través de sus predicaciones. Su teología sacada del abismo habla con creces contra la palabra de Dios, pero de una manera muy sutil como lo hacen los que tuercen las Escrituras para su propia perdición. Estos maestros dicen paz cuando no la hay, en tanto muchos que se confiesan creyentes actúan en clara desobediencia a lo que expresó Juan: No le digáis bienvenido a quien no trae la doctrina de Cristo (2 Juan 1:9-11).

    Cuando usted escuche que alguien dice que Dios hizo su parte, pero que ahora le toca a cada quien hacer la suya, sepa que la mentira del diablo acaba de escuchar. Cuando oiga que Dios tiene un plan maravilloso para su vida, sin saber si ese fue el plan que le tocó a Judas, a Caín, al Faraón, el mismo que le toca a cada réprobo en cuanto a fe, sepa que está escuchando una mentira del diablo. Todo evangelio antropocéntrico viene del pozo del abismo, en cambio el Evangelio de Cristo es aquel que se entrega a cada uno de los que el Padre ha enseñado para que vayan a él (Juan 6:45); es el mismo que se ha dicho de los que el Padre envía al Hijo para no ser echados fuera jamás (Juan 6:37; 44).

    No nos confundamos, hay quienes vienen en nombre del evangelio de la gracia pero por igual hacen las paces con los que practican el evangelio humanista. La mezcla de la gracia con las obras es un signo de andar extraviado, de ignorar la verdad y de hablar sin inteligencia. No se puede amar a Cristo con el corazón e ignorar sus doctrinas con la mente. Jesús es una persona con una obra, sin la obra de Cristo no existe redención posible. Precisamente, esa obra consumada en la cruz trajo la justicia de Dios hacia cada uno de los que conformamos su pueblo. Por esa razón decimos con Pablo que Cristo es nuestra pascua.

    Dios como Creador de todo cuanto existe es también el Creador de nuestra redención, por medio de su Hijo Jesucristo. Esa salvación no vino por azar, no existe casualidad en que hayamos oído el evangelio, sino que tenemos por cierto que quien predestinó el fin hizo lo mismo con los medios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL DOMINIO SOBRE LO CREADO

    John Wesley, el fundador del Metodismo, aseguraba que Jehová era peor que un diablo, alguien semejante a un tirano, solo si se tenía en cuenta la doctrina de la reprobación incondicional. Charles Spurgeon, el príncipe de los predicadores calvinistas, abjuró del Espíritu Santo, ya que aseguraba que él se rebelaría contra quien pusiera la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Resulta indudable que Pablo colocó esa sangre ante los pies del Señor, por mandato de la inspiración del Espíritu Santo. Acá tenemos a dos representantes de dos doctrinas tenidas por antagónicas, pero con el denominador común del espanto por la revelación bíblica. La doctrina de la reprobación es una de las más odiadas de las Escrituras, si bien aún continúan en sus páginas desde Génesis hasta Apocalipsis, como un testimonio del Dios Soberano.

    El Metodismo fue fundado por Wesley, de donde salió la corriente del Perfeccionismo. De esa rama surge el Movimiento de la Santidad, corriente que generaría en 1900 el sistema de la religión pentecostal, como la conocemos hoy en día. Se puede observar que nada bueno brota del falso evangelio, si bien muchos hombres de religión tienen por verdad sus enseñanzas de mentira. La soledad de Elías junto a la pregunta de Isaías, se unen al deambular en el desierto de Juan el Bautista: ¿Solo yo he quedado? ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Voz que clama en el desierto. Pero el que dirige esa orquesta es el Señor, el cual ha dicho: No temáis, manada pequeña…Muchos son los llamados y pocos los escogidos.

    Jacobo Arminio había dicho con anticipación a estos célebres del protestantismo que la doctrina de la soberanía de Dios (elección, reprobación, etc.) era absolutamente repugnante. Bien, los seguidores de su fe se han unido a los aparentes opositores de su tesis (la mayoría de los calvinistas) en un solo cántico: la reprobación debe ser reinterpretada. Presentar a Dios como quien odia a Esaú, sin mirar en sus obras buenas o malas, resulta muy antipático para las masas de la religión. Conviene darle giros al asunto, respuestas diferentes ante los dos lados de la moneda: elección y reprobación. La gente huye espantada frente a un Dios que se presenta como soberano absoluto, de manera que el libre albedrío humano viene en auxilio apaciguador para que las masas sientan un poco de solaz ante la declaratoria bíblica.

    Muchos son los doctos que se sientan a esgrimir tesis diversas en torno al tema. Ellos se erigen como argumento de autoridad, su capacidad intelectual los hace célebres y tienen seguidores por miles. Pero la Escritura no se borra, continúa como una piedra fósil que cuenta historias contundentes creídas solo por un público menor, la misma gente que sigue preguntándose al igual que Elías si solo ellos han quedado ante el Señor. Hemos de decir que el amor de Dios se manifiesta en forma más acentuada frente al odio que sostenido por aquellos sobre quienes cae su ira por el pecado, por la incredulidad y que son objetos del despliegue de su poder. Figuras de lo que decimos aparecen en la Biblia, quizás su mejor emblema lo constituya el Faraón de Egipto, un ejemplar réprobo en cuanto a fe que se suma a las filas de todos los otros réprobados cuya condenación no se tarda.

    El final de los impíos se comprende cuando uno entra en el Santuario de Dios y asimila su destino. El Señor los ha puesto en deslizaderos, para que cuando caigan sean menospreciados sus rostros por siempre (Salmo 73:17-18). Sabemos que Jehová ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). El Señor opera (trabaja) al impío para el día malo, dice la Vulgata Latina. Jehová llamará al réprobo plata desechada, porque Jehová lo desechó (Jeremías 6:30).

    Las naciones tenebrosas son levantadas por Jehová, como aquellos caldeos crueles y presurosos, dispuestos a poseer las moradas ajenas. Gente impía que actúa a sus anchas, pero por igual son mensajeros del Altísimo para destruir lo que Jehová quiso, con caballos más ligeros que leopardos y con jinetes que vuelan como águilas presurosas para devorar. Pasarán como el huracán, atribuyendo su fuerza y poder a su dios (Habacuc 1:6-11).

    Estas son algunas pruebas bíblicas de la cantidad de réprobos en cuanto a fe que Dios levanta de sobre la faz de la tierra. Son hechura suya, con el fin de exhibir su poder y su ira contra el pecado, ordenados para presa y destrucción, como personas que tropezarán una y otra vez en la roca que es Cristo. Asimismo apareció Judas el Iscariote, como muestra del poder del Señor para la matanza; un diablo escondido entre los discípulos, pero escogido por Cristo para que se cumpliera la Escritura. Su trabajo sucio fue preparado por el Padre, pero no por ello fue perdonado, sino que un ¡ay! fue dado contra él, y su trabajo fue tomado por otro. Satanás estuvo a su diestra (Salmos 109:6), como dictamen del Dios que puede echar cuerpo y alma en el infierno de fuego.

    El alfarero tiene toda la potestad de hacer con su barro lo que quiera. De la misma masa fabrica un vaso de honra, pero por igual hace con esa masa un vaso de deshonra. ¿Quién puede detener la mano o cambiar la intención de ese alfarero? Aún la reacción de cada quien a estos hechos narrados en la Biblia forman parte de las señales propias de los árboles que se forman. El buen árbol dará siempre un buen fruto, del buen tesoro de su corazón, y confesará el Evangelio de verdad; el mal árbol reaccionará junto al objetor y dirá que Dios es injusto. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? ¿Habrá injusticia en Dios? Esas son las interrogantes de los malos árboles, cuyo fruto lo confiesan por la boca. Poco importa el talante de su prestigio como hombre de fe (aunque sea la de la apariencia de piedad), como ha sido el caso de Spurgeon: Esaú fue condenado de sí mismo, porque vendió su primogenitura. Esa es la razón que tranquiliza por momentos la conciencia de los réprobos en cuanto a fe, para que se deje intacta su ficción del libre albedrío. A fin de cuentas, el Jehová en quien han creído sigue siendo un Dios de amor, que se despoja de su exceso de soberanía y permite que el hombre libremente decida su destino. De esa manera Jehová no tiene culpa en la condenación de Esaú, por lo tanto la gente puede decidir libremente.

    Bajo tal ficción, los miembros de la religión del extraño anotan fechas de conversión, tomas de decisión, pasos al frente en una iglesia, oraciones de fe declaradas públicamente, el nombre de sus padres espirituales, como un registro público que dará cuenta de su fe en el día final. Siguen ignorando la justicia de Dios, con sus oídos sordos ante las palabras de Jesús: si el Señor no los conoce no son suyos, así que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia.

    Dios soporta con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22), si bien también ha preparado los vasos de misericordia para exhibir las riquezas de su gloria (Romanos 9:23). Estos dos textos resumen su dominio y potestad sobre el destino de cada ser humano que Él ha creado de acuerdo a sus propósitos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL BUEN PASTOR

    Jesús se definió a sí mismo como el buen pastor, el que pondría su vida por las ovejas (Juan 10: 11,14-15). No existe mayor amor que ese, que alguien ponga su vida por sus amigos, por lo tanto se nos recomienda amar a la esposa de la manera como Cristo amó a la iglesia, hasta entregarse a sí mismo por ella (Efesios 5:25). En la oración realizada en el huerto de Getsemaní Juan nos asegura que el Señor no rogó por el mundo, sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de esos primeros creyentes. ¿Cuál es la razón de no rogar por el mundo? La eficacia del trabajo de Cristo representa un principio fundamental dentro de la economía divina.

    La sangre del Señor no fue derramada en forma inútil, como los amantes de la expiación universal reclaman. La Biblia habla de la doctrina de la predestinación para salvación, de los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo. Se nos anuncia al Cordero preparado desde antes de que el mundo fuese fundado, para que se manifestara en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). También nos expone de forma explícita acerca de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. Estos fueron preparados para la gloria de la ira de Dios (Romanos 9: 17).

    Cuando Pablo diserta sobre el asunto de comer de todo, cosa que molestaba a los débiles en la fe, escribe que si el hermano es contristado por causa de tu comida, ya no andas conforme al amor. Es decir, no se debe hacer que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió (Romanos 14:15). Acá no se habla de destrucción perpetua, como si entristecerse por asuntos de alimentación condujese al infierno de fuego. Sino que la malicia no debe aparecer en el corazón de nadie en la iglesia, ni el deseo de perturbar al hermano en asuntos de preferencias de alimentos. Uno se puede perder de tristeza, consumir de dolor, por causa de los que en la iglesia juegan un rol de superioridad espiritual. Pero eso no implica perdición eterna, en ninguna manera. El pueblo especial del Señor, el que él vino a rescatar en la cruz, no puede perecer eternamente. De la misma forma, cuando en el Nuevo Testamento se habla de salvación, no siempre se hace referencia a la salvación eterna.

    Por ejemplo, la mujer se salvará si engendra hijos. Si eso se refiriera a la salvación eterna, entonces sería una redención por obras, por medio del parto. ¿Qué pasaría con las mujeres estériles por las cuales murió Cristo? El contexto urge para poder comprender el sentido de los términos. De igual forma, otras palabras generan incomodidad al ser descontextualizadas: mundo, todo, etc. Un ejemplo que puede mostrar lo que decimos, y encontrado en la Biblia, sería: Mirad, el mundo se va tras él (Juan 12:19). Pero los romanos no se iban tras Jesús, ni los países circunvecinos de Judá, como tampoco los mismos fariseos que hablaban. Es el uso de una hipérbole lo que da como resultado este tipo de construcciones lingüísticas, para mostrar la importancia enorme que Jesús cobraba en esos momentos. Otra frase similar: Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. La iglesia pertenece a Cristo y no está regida por el maligno, aunque está en el mundo (1 Juan 5:19). Volviendo a lo dicho por Pablo a Timoteo, descubrimos que hay salvación social, emocional, económica, de muchos tipos: la mujer se salvará engendrando hijos (1 Timoteo 2:15).

    No deberíamos imaginar siquiera que algún creyente en Cristo, redimido por el Señor en la cruz, pueda perderse. Dios no enviará al infierno a quienes ha amado eternamente, así como no sufrirá por aquellos que tiene destinados para la muerte eterna. El caso de Esaú lo demuestra, no dijo Pablo que Dios estaba triste al pensar que Esaú estaba destinado a perdición. Al contrario, esa fue su voluntad desde antes de que fuera concebido (Romanos 9). Nuestro Dios no nos ama un día y otro día nos odia, como tampoco odia en un momento y ama al siguiente. El amor por Jeremías lo definió Jehová como eterno, mismo amor que tiene por cada uno de sus escogidos.

    El Señor conoce sus ovejas y llama a cada una por su nombre; ellas le conocen a él y lo siguen. Jamás se irán tras el extraño, porque ya no conocen la voz de los extraños. El extraño es el del evangelio diferente, el maestro de mentiras, el falso profeta, el que dice paz cuando no la hay. Todo aquel que profesa una doctrina diferente a la enseñada por Jesucristo, se tiene como extraviado, sin el Padre y sin el Hijo; ¿cómo podrá tener al Espíritu? (2 Juan 1:9-11).

    Todos aquellos que hemos creído el Evangelio de salvación que está condicionado en la sangre del Hijo de Dios, cuya justicia nos fue imputada, poseemos un mensaje de confort. Esto forma parte de su gracia eterna, ya que todo el proceso de salvación (desde nuestra regeneración hasta la gloria final) se afianza solamente en el trabajo realizado por Jesucristo. Su célebre frase dicha en la cruz, Consumado es, agranda la esperanza de cada redimido. Lo que Dios hizo se tiene por perfecto, sin que se le pueda quitar un ápice ni aumentar en alguna medida. ¿Quién puede deshacer lo que Jesucristo hizo?

    La culpa y la condenación por el pecado han sido removidas en la cruz, lugar donde se clavó el acta de los decretos que nos era contraria. ¿Quién puede desclavarla? ¿Con qué martillo se podrá superar la intensidad del perdón divino? Nunca más estaremos bajo la ira divina, nunca más bajo su maldición. La paga del pecado es la muerte, pero para nosotros hubo una dádiva superior al castigo: la vida eterna en Cristo Jesús. Si miramos la Escritura desde esta óptica, la del perdón otorgado a cada uno de los escogidos de Dios, ella será miel a nuestro paladar. Nuestra motivación se agiganta hacia la obediencia, en la búsqueda de la gloria eterna. Sabemos que no podemos añadir a esa meta nuestro esfuerzo, porque ya el trabajo fue enteramente consumado; pero sí que podemos procurar nuestra santificación (separación del mundo), haciendo morir lo terrenal en nosotros. Tenemos gratitud por lo que el Señor hizo, de manera que nuestras buenas obras en esta tierra buscan ofrendar en forma fragante al Todopoderoso; jamás buscarán aplacar su ira (que ya no existe contra nosotros).

    El que no ha creído el Evangelio de Cristo no puede comprender la dimensión de esta verdad que anunciamos; para el creyente lo acá dicho puede ser tenido como una palabra de aliento, en medio de estos sequedales de verano que se manifiestan en el pavimento del mundo. Los falsos Cristos, los falsos profetas, los maestros del engaño se multiplicarán en forma notoria en los días finales. Pero no les será posible a ninguno de ellos arrastrar a ninguno de los que fuimos redimidos en la cruz del Calvario, así que solamente engañarán a aquellos a quienes les será enviado el espíritu de estupor, por cuanto no tienen amor por la verdad.

    No se trata de que nuestro talento sea el que nos saca del engaño y de la trampa del enemigo, sino de la preservación que tiene el Todopoderoso en favor de su pueblo. Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia (Jeremías 3:15). Las doctrinas del Evangelio, que son todas dignas de conocer, vienen como sustento y verdad para los que seguimos a Jesucristo. Nunca vamos a decir como algunos dicen: “Otra vez el tema de la soberanía de Dios”. No lo diremos porque esa es la temática principal de las Escrituras, pintarnos a un Dios soberano en forma absoluta, el que hace todo posible, el que puede enviar cuerpo y alma al infierno pero que por igual puede justificar al impío.

    Nunca cesarán nuestros labios de anunciar esa ciencia y entendimiento que emanan de la palabra de vida, todo lo cual fue divinamente inspirado a los santos hombres de Dios. De la manera como Jehová colocó a David para que apacentase a Israel, lo hace con nosotros hoy día. Tenemos la Escritura en forma completa, y ahora no conocemos solo en parte sino en forma total. Por supuesto, conocemos lo que se nos ha revelado, el consejo de Dios suficiente y necesario para que seamos apacentados con entendimiento. Ya no estamos más bajo el engaño de los falsos evangelios, ni tampoco pertenecemos a los que engañan con vanas palabrerías y huecas sutilezas.

    Sepamos y digamos una vez más, que no seguimos al extraño porque hemos oído la voz del buen pastor (Juan 10:5). Esas son palabras de Jesucristo, dignas de tenerlas por ciertas, aunque multitudes caminen por los senderos del delito espiritual. La gracia preservativa de Dios hace imposible que una sola de sus ovejas llamada por su nombre pueda seguir al extraño.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • ELECCIÓN Y SALVACIÓN

    Un ligamen estrecho existe entre salvación y elección; todos los elegidos alcanzarán salvación, pero sin elección no habrá redención. Esta presunción de causalidad no tolera que el elegido ande abandonado en el pecado, sino que garantiza los medios para el fin propuesto. La Biblia asegura que no existe otro camino para llegar a Dios, sino Jesucristo; al mismo tiempo, el Evangelio resulta imperativo para poder llegar a creer en quien hay que invocar. No podemos invocar a quien no conocemos, ni lo conoceremos si no se nos predicado de él. Un círculo aparece en esta cadena de causas y efectos, los medios para un fin.

    La persona religiosa supone mal cuando cree que la predestinación tolera el pecado. La elección no muestra injusticia en Dios, sino que lo coloca como soberano absoluto de todo cuanto ha creado. Dentro de la economía de la salvación, el desperdicio de la sangre de Cristo no se tolera. Un Dios perfecto ha creado incluso al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y permanece airado todos los días contra el impío (Salmos 7:11). El hombre impío peca a diario, vive en la carne y odia a Dios (al verdadero Dios); mientras tanto Dios sigue siendo justo en su naturaleza y su aversión al pecado resulta una constante. Pese a su ira no siempre la manifiesta, ya que soporta con paciencia los vasos de iniquidad preparados para ira y destrucción perpetua (Romanos 9:22), debe tomarse como cierta la afirmación de que su ira se evidencia contra toda injusticia entre los hombres. El silencio de Dios no anula su odio contra la impiedad y contra los impíos irredentos que se muestran separados de su justicia.

    Hemos sido predestinados de acuerdo al propósito de Dios, el que opera todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Nos aguarda una herencia incorruptible, porque el propósito o designio divino no puede ser frustrado en lo más mínimo, ya que su soberanía permite el control absoluto de todas las circunstancias que nos circundan, todo lo cual ha sido ordenado de acuerdo a su voluntad. El más pequeño átomo del universo no actúa en forma azarosa, sino que permanece dominado bajo la voluntad divina.

    Los seres humanos hablamos de azar, un eufemismo para designar las variables que desconocemos. Pero Dios no solamente conoce todo sino que ha ordenado cada evento según el designio de su voluntad. Esa idea del Dios absoluto nos suena extraña en un mundo obligado a tomar decisiones a diario, con personas que se arrogan una libertad que no existe. Sin libre albedrío, dicen los de la religión, no puede existir responsabilidad. La Biblia afirma lo contrario: frente a un Dios Todopoderoso la criatura debe sujeción a su Creador. ¿Dónde estabas tú cuando Dios creaba el Universo? ¿Te consultó en alguna manera para traerte a este mundo?

    El fin de la predestinación consiste en que seamos para alabanza de la gloria divina (Efesios 1:12), en su gracia y bondad, de manera que se nos adopte como sus hijos, perdonados en Cristo, justificados por medio de la fe dada a nosotros (Efesios 2:8), el nuevo nacimiento y la salvación final y eterna. Todo de gracia, nada por obras, no vaya a ser que nos gloriemos en nosotros mismos. Por esa razón el creyente realiza todas sus actividades con el fin de darle gloria al Señor, bajo el conocimiento de su Evangelio.

    Resulta imposible que el verdadero creyente desconozca el Evangelio de Jesucristo. En el nuevo nacimiento el Espíritu viene a morar en nosotros, como una garantía de la redención final. Esa Persona nos conduce a toda verdad, no nos deja huérfanos ni en la ignorancia de la buena noticia. Por lo tanto, se deduce que el verdadero creyente no confesará jamás un falso evangelio ni seguirá al extraño (Juan 10:1-5). En ese sentido, cobra vigencia la palabra de Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo puede alguien ser justificado si ignora a ese siervo justo?

    Resulta lógico entender que el incrédulo no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura. Pero el creyente tiene ese Espíritu y puede discernir todo lo concerniente al Altísimo, de manera que la confesión de un falso evangelio lo delataría como un falso creyente. Así que resulta imposible seguir al extraño, como imposible el que el hombre de pecado engañe a los escogidos. En cambio, los que se profesan creyentes en forma externa no aman la verdad, por lo cual Dios les envía un espíritu de estupor o engaño para que crean a la mentira y terminen de perderse.

    Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, pero en esa locura está el contenido de la elección o predestinación. A algunos esto les parece injusto, incluso han tratado a Dios de diablo o de tirano; otros aseguran que la predestinación no es otra cosa sino el descubrir de Dios al mirar en el tiempo, viendo quiénes eran los que iban a recibir a su Hijo. Esto contradice la Escritura, pues ella asegura que Dios miró entre los hombres para ver si había algún entendido que lo buscara y encontró que ninguno lo buscaba, que no había justo ni siquiera uno solo, ni quien hiciera lo bueno; todos estaban muertos en sus delitos y pecados, excepto aquellos a quienes Él ha otorgado nueva vida en Cristo.

    Los que primero esperaron en Cristo fueron los miembros del pueblo de Israel, a quienes se les había anunciado en el mundo antiguo que vendría el Mesías. Cuando Cristo vino a ellos algunos lo recibieron con alegría y esperanza, los cuales también son llamados elegidos o predestinados. Pero muchos lo rechazaron y en esa caída vino la apertura para el mundo gentil o pagano. A aquellos judíos de antes fue predicado el Evangelio, para beneficio de los que creyeron. Esto quiere decir que no confiaron más en su propia justicia sino en la de Cristo, que comprendieron que la ley no pudo salvar a nadie sino que ella llegó a ser el Ayo que lleva a Cristo. Por medio de la ley se comprende el pecado, de forma que el hombre entenderá que no puede cumplirla en todos sus mandatos. La maldición que de ella deriva cae como una roca que sepulta el alma, a no ser que el individuo comprenda la enseñanza del Padre: que Jesucristo es la roca sobre la cual hay que caer, para que ella no nos caiga encima y nos aplaste.

    Cristo es la justicia de Dios que justifica al impío, pero los maestros de mentiras enseñan a un Cristo universal que está deseoso por salvar a cada criatura humana, sin excepción. De esa manera exhiben a un Mesías frustrado porque la criatura humana no lo recibe, por lo cual muestran ignorancia de las Escrituras que dicen que el Señor no rogó por el mundo sino solo por su pueblo: los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17).

    Nosotros, judíos y gentiles, hemos llegado a creer y confiar en esa justicia llamada Jesucristo. La promesa del Evangelio corresponde a todos los que el Señor llame en forma eficaz, para que seamos participantes de una misma salvación. Nadie podrá jactarse en la presencia del Señor, como si acertó mejor que su vecino, como si Dios lo hubiese llamado por mirar en cualidades positivas que poseyese. Desde la perspectiva humana hemos tenido suerte (Efesios 1:11, versión antigua de la Biblia). Ahora se habla de herencia, lo cual no está mal si tomamos en cuenta que los términos suerte y herencia refieren a los turnos del sacerdocio antiguo. Una palabra que porta dos significados, pero cuyo étimo nace del nombre de una piedra pequeña que se usaba para lanzar la suerte de esos turnos. Por lo tanto, nosotros tuvimos la suerte de que Dios nos hubiera predestinado para salvación en Cristo. No decimos que Dios echó suertes, sino que desde nuestra óptica esa gracia y herencia dadas son una verdadera suerte que nos ha tocado.

    De nuevo insistimos, el que hizo el fin dio también los medios. Una persona predestinada para salvación lo está por igual para que oiga el verdadero Evangelio. No puede el falso evangelio redimir a una sola alma, así que los que se ufanan de haber militado en el evangelio del extraño (una teología contraria a la enseñada por Jesús) y de haber sido salvados desde entonces, nada han entendido de la relación de la causa con el fin. La palabra de la salvación es la que enseñaron los apóstoles junto a su Maestro, no la que tuercen aquellos para su propia perdición.

    Conocer el verdadero Evangelio viene como fruto necesario de la regeneración que da el Espíritu de verdad: no puede ese Espíritu de verdad dar un fruto de una doctrina de mentira. Por lo tanto, el Señor manda a arrepentirse de las obras muertas, exigiendo la permanencia en su doctrina para evitar el extravío. El que se va tras el extraño no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11; Juan 10:1-5). Esa claridad con la cual habla la Biblia conviene tenerla presente para poder juzgar los espíritus y ver si son de Dios. El que no muestra este fruto del árbol bueno, no ha nacido de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com