Autor: César Paredes

  • LA PREDICACIÓN DEL EVANGELIO

    Intentamos expandir el anuncio de la buena nueva de salvación, para que la información llegue hasta lo más lejos posible. No vinimos a este mundo a salvar almas, como si tuviésemos el poder de hacerlo. Nuestro cometido consiste en predicar la doctrina de Jesucristo, enseñada por los escritores bíblicos. Por supuesto, muchos creerán por medio de esa palabra, pero nosotros no salvamos a nadie. Apenas nos mostramos como instrumentos en las manos del Todopoderoso, para que las ovejas del Señor que todavía andan perdidas vayan al redil.

    Las cabras que oyen este mensaje se enfurecen, nos odian, porque son del mundo. El mundo ama lo suyo y nunca amó al Señor; además, Jesús no rogó por el mundo la noche antes de realizar su expiación (Juan 17:9). El otro evangelio, aquel del cual Pablo dijo que era maldito, se predica a las cabras, y las ilusiona, por lo que en las sinagogas donde operan sueltan cabezazos contra todos los que puedan soltar. En esos lugares la doctrina del Señor no se manifiesta como énfasis, y cuando lo hace viene torcida para perdición de quienes doblan el sentido de las palabras bíblicas.

    Los pies de los que traen las buenas nuevas de salvación son exaltados en el texto bíblico. La evangelización, de acuerdo a lo que muestran los evangelios, consiste en el anuncio general del trabajo de Jesucristo en la cruz. Pablo aseguró que él había mostrado todo el consejo de Dios; así que conviene mirar cuál fue su mensaje para poder imitar a ese gran evangelista. La doctrina del apóstol, lo que él daba en llamar su evangelio, siempre contuvo la enseñanza de la soberanía de Dios. La predestinación fue un tema favorito del apóstol para los gentiles, una cosa profunda que los indoctos e inconstantes tuercen, en el decir de Pedro (2 Pedro 3:16).

    Dios ama al dador alegre, todo lo que el hombre sembrare eso segará. Esto también puede ser tenido como otro punto doctrinal bíblico, precisamente de la pluma del apóstol Pablo. El apóstol hablaba de los hermanos que se esmeraron por ayudarlo, algunos enviándole dinero para los asuntos propios de su estancia como misionero, otros fueron elogiados por su generosidad en la hospitalidad que tuvieron. Con ello se contempla la importancia de la ayuda que los creyentes han de darse unos a otros, en la armonía que dicta el amor que nos tenemos.

    Las aflicciones del tiempo presente no son nada, comparado con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Romanos 8:18). Eso lo dijo el apóstol que fue arrebatado al tercer cielo, sin que le quedara claro si fue en cuerpo o en espíritu. En ese lugar vio cosas que no pudo narrarlas, no por prohibición sino por no encontrar palabras; el impulso que le dejó ese acontecimiento fue de tal magnitud que siguió encendido en la fe con gran ímpetu. Para evitar que aquella experiencia se le subiese a la cabeza, le fue dado un aguijón en su carne, el mensajero de Satanás que lo abofeteaba. Oró en tres oportunidades al Señor para que le quitara esa carga pesada, pero el Señor le dijo que le bastaba con su gracia, ya que su poder se hacía más grande en la debilidad del apóstol.

    Dios nos administra, nos controla para que no tengamos desviación del camino. Nos dice que de la abundancia del corazón habla la boca, de manera que comprendamos que lo que decimos demuestra lo que creemos. Es decir, el árbol bueno se conoce por su irrefutable fruto bueno; aquel que ha nacido de nuevo no puede confesar un falso evangelio, porque estaría siguiendo al extraño. Eso sería incongruente con lo que dijo Jesucristo, que las ovejas que oyen su voz y le siguen no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). La confesión de otro evangelio forma parte del trabajo del apóstata, del maestro de mentiras, del pastor inútil.

    La doctrina del Evangelio se nos ha dado como una materia de seria importancia. Conviene cuidarla y ocuparse de ella, ya que por medio de su contenido muchos alcanzarán la salvación (1 Timoteo 4:16). Esta declaración de Pablo ante Timoteo demuestra que la falsa enseñanza, la falsa doctrina, no salva a ninguna alma. Así que resulta inútil el dicho de muchos supuestos creyentes que han militado por un tiempo en el error doctrinal, la presunción de su decir que afirma que en ese período de tiempo de error anduvo salvo. Eso no puede ser posible, ya que la palabra contaminada está corrompida y resulta ineficaz en materia de salvación.

    Lo dijo Jesucristo, cuando rogaba al Padre, dando gracias por los que habrían de creer por la palabra de esos primeros discípulos (Juan 17:20). Ellos tenían la palabra incorruptible del evangelio, como bien lo escribió el apóstol Pedro. Pablo tuvo por basura todo ese tiempo en que fue un religioso más del fariseísmo, todo aquello que hizo sin Jesucristo. Tengamos en cuenta esas palabras del apóstol, para que cotejemos los actos de muchos que dicen venir del error doctrinal pero que todavía insisten en afirmar que eran creyentes salvos mientras militaban en la falsedad de la enseñanza. Si en realidad hubiesen sido salvos desde ese tiempo en que andaban en la herejía, no habrían tenido necesidad de cambiar su doctrina.

    No podemos andar por el mundo diciéndole a la gente una mentira doctrinal, como se ha acostumbrado desde hace demasiado tiempo: “Cristo murió por tus pecados, acéptalo como salvador. Él ya hizo su parte, haz tú la tuya. Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida”. Piense en Judas, antes de decir usted tales palabras; piense en Esaú, en el Faraón, en cada réprobo en cuanto a fe, en los destinados para tropezar en la roca que es Cristo. Así que esa fórmula de evangelización es herética en su totalidad. El fruto que ella produce es para muerte, pues si alguien cree en el error, su ignorancia no lo justificará. Lo afirmó Jesucristo cuando reprendió a los escribas y fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno (Mateo 23:15). ¿Por qué doblemente culpable? Porque ya estaba perdido y después siguió a otro que también andaba en el error. Jesús no lo disculpó por su ignorancia, sino que lo condenó doblemente. Así que conviene escudriñar las Escrituras porque en ellas parece que tenemos la vida eterna, y ellas testifican de Jesús.

    Es mejor decirle a la gente que Jesús es el Hijo de Dios que vino a este mundo para morir por todo su pueblo (Mateo 1:21), que no rogó por el mundo (Juan 17:9), pero que vino a buscar a las ovejas perdidas. Que si oyes hoy su voz, no endurezcas su corazón. Que nos acerquemos a Dios en tanto Él está cercano. Que examinen las Escrituras para ver que le dice Dios a su alma, pues más vale perder la vida y sus cosas antes que nuestra alma eterna. Esto no es necesariamente el modelo, pero sí que puede tener lineamientos generales para hablar con el prójimo, para ver si es motivado por el Espíritu Santo para indagar en la palabra de Dios.

    Seguir con el modelo perverso de los falsos maestros no traerá buen fruto. Con esa mentira se garantiza el fracaso, como bien lo afirmó el Señor: el árbol malo no puede dar fruto bueno. Si la premisa mayor está contaminada de error, la conclusión será forzosamente errática también. Hablad verdad, cada uno con su prójimo (Efesios 4:25). Los trucos sicológicos tampoco son adecuados para persuadir a las almas, pues de seguro atraerán a las cabras al aprisco de las ovejas. Resulta categóricamente trascendente el hablar la verdad, el anunciar a Cristo como el Dios soberano, el que dio su vida en rescate por muchos. ¿Estará usted entre esos muchos?

    César Paredes

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  • LA OFENSA DE LA PREDESTINACIÓN

    El verso 2 de Romanos 10 señala que hay personas que poseen anhelo de Dios, pero no conforme a ciencia. La razón esgrimida es sencilla: ignoran la justicia de Dios y establecen la suya propia. Cristo es la justicia para el que cree. Podríamos preguntarnos qué es creer, pues los demonios creen y tiemblan. Muchos dirán aquel día: Señor, en tu nombre hicimos muchas cosas, pero serán rechazados ya que nunca fueron conocidos. Entonces ¿por qué el mandato de esforzarse y de entrar por la puerta estrecha, de ir por el camino angosto, de ser valiente para arrebatar el reino de los cielos? ¿Por qué se dice que debemos perseverar para ser salvos?

    Un nuevo elemento debemos incluir en esta reflexión sobre el llamado que se nos hace. Dios siempre ha tenido un remanente escogido por gracia, no solo de entre los gentiles sino también respecto a Israel (Romanos 11), y si por gracia, ya no es por obras. En Juan capítulo 6 se relata el planteamiento de Jesús a muchos de sus discípulos acerca de quiénes eran, son y serán los que pueden ir a Jesús. Cierto que muchos son llamados y pocos los escogidos. La obra de Dios es que creamos en el que Dios ha enviado, sin embargo no todos los que oyen la palabra enviada llegan a creer y no todos los que dicen creer lo hacen de veras.

    En el relato de Juan 6 observamos un grueso número de discípulos que “creían” en Jesús como hacedor de maravillas, habían presenciado el milagro de los panes y los peces, beneficiándose de esa dádiva.  Ese había sido un evento reciente, con apenas 24 horas de acontecido.  Dice Juan que muchos de ellos eran discípulos, lo cual implica que oían sus enseñanzas, las creían (de otra forma no serían llamados discípulos), se animaban unos a otros y se maravillaban con sus milagros.  Además le seguían de día y de noche.  Con todo eso todavía se preguntaban qué señal sería necesaria para creer que Jesús era el Hijo de Dios.

    En ocasiones solemos demandar señales nuevas que verifiquen si somos o no hijos de Dios. La duda pareciera embargarnos, pero salimos a flote al entender que si le amamos a Él es porque Él nos amó primero. La lectura de Juan 6 despeja la duda, pues ´Todo lo que el Padre le da a Jesús vendrá a él, de manera que Jesús no le echa fuera´ (verso 37). Y la voluntad serena, inmutable, desde los siglos, es que de todo lo que le diere a Cristo éste no pierda nada. Todo y nada, opuestos en los que se mueve el inconmensurable amor del Padre para con sus escogidos o elegidos. Todos ellos son enviados a Cristo, la puerta angosta o estrecha, para que sean rescatados por el pago en la cruz. Ese amor se refleja además en que está basado en una voluntad inquebrantable: que Cristo no pierda nada de todo lo que el Padre le envió (v.39).

    De allí que cobre sentido que la perseverancia de los escogidos ha de darse plenamente; ellos son valientes para arrebatar el reino de los cielos, en tanto procuran andar por el camino angosto.  Los elegidos comprenden que de no haber sido por la elección eterna nadie sería salvo. Ya lo dijo Isaías, si el Señor no nos hubiera dejado remanente seríamos como Sodoma y Gomorra.  Y Pablo argumenta que fue en Isaac que sería llamada una descendencia (Cristo).  El elegido entiende que no existe buena voluntad en su naturaleza o voluntad como causa para poder aspirar al reino de los cielos. 

    Entiendo además que esta palabra de la elección que enseña que ´nadie puede ir a Cristo, si el Padre no lo enviare´ es una palabra fácil de oír. Los discípulos reseñados por Juan 6 encontraron esta palabra ´dura de oír´. Ellos encontraron que esta palabra les ofendía (v.61), porque la elección ofende a los no elegidos. La palabra de la elección suele ser repugnante para no pocos “cristianos”. Por algo el Señor les preguntó a esos discípulos si lo que les estaba enseñando acerca de la predestinación les ofendía: ¨¿Esto os ofende?¨…Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.¨ La consecuencia inevitable fue que desde entonces ¨muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.¨ (v.66).

    Hoy día contemplamos a miles de “creyentes” (discípulos) que no se mueven atrás, pero que continúan ofendidos con la palabra de Cristo.  Argumentan que esa palabra es repugnante, pero constituyen iglesias, congregaciones bajo la pretensión de seguir al Maestro a través del simulacro de las normas de conducta de la institución evangélica.  Suponen que el Señor se agrada de sus sacrificios, pero se olvidan de que no todo el que le diga ´Señor, Señor´ entrará en el reino de los cielos. Solamente entrarán los que hagan la voluntad del Padre, y uno de sus mandatos primordiales es creer lo que la Escritura enseña.  ¿Acaso desde Génesis hasta Apocalipsis no está anunciada la doctrina de la Soberanía de Dios?  De verdad que Dios hace como quiere, sin que nadie pretenda ser su consejero, y no tiene por bueno que alguien le diga al oído que su predestinación es repugnante.

    Al final del relato de Juan 6 Jesús se volteó a los 12 para increparlos, diciéndoles que si se querían ir con los ofendidos por la predestinación que se fueran.  Pedro le respondió de inmediato y con la claridad del Padre: ¨Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna.  Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.¨  Pedro hablaba por los 12, pero Jesús de inmediato le aclaró que era él quien los había escogido, pero que uno de esos 12 era diablo, refiriéndose a Judas Iscariote, el que le habría de entregar. Vemos que por las palabras de Pedro, el Padre le había enseñado y Pedro había aprendido, como señala Juan 6:45.

    Esta enseñanza debería acompañarnos por siempre en este breve sendero de la vida, para dejar a un lado todo ápice de soberbia.  No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.  Le amamos a él porque él nos amó primero.  Nos escogió desde antes de la fundación del mundo, antes de que hiciéramos bien o mal, para que la causa de la elección reposara en el que elige y no en el elegido.

    Al mismo tiempo esta enseñanza nos dará a los escogidos de Dios absoluta paz, absoluta certeza para internalizar que verdaderamente nadie podrá separarnos del amor de Dios. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios. De allí que sobran los argumentos para suponer y creer con firmeza que los elegidos perseveraremos hasta el fin, tendremos valentía para arrebatar el reino de los cielos, cumpliremos con la voluntad del Padre. Dado que esas buenas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas, no queda otra vía sino acompasarnos con la voluntad eterna e inmutable del Padre. No es que el caballo se coloca detrás de la carreta para empujarla, sino la carreta detrás del caballo para que éste la hale (Falazmente muchos suponen que si el caballo hala la carreta, entonces se puede afirmar su consecuente: que la carreta hala el caballo).  Asimismo, las buenas obras (la obediencia a Dios, el temor reverente, el hacer su voluntad inmutable) no son la causa para ir al cielo, son la consecuencia inevitable de tener una nueva naturaleza en nosotros, naturaleza dada por voluntad divina, no por voluntad de sangre, de carne o de varón. Esa nueva naturaleza se produce con el nuevo nacimiento, en el cual no tenemos arte ni parte según nuestra voluntad, pues la humanidad entera está muerta en delitos y pecados, por todo lo cual se presume que alguien ajeno a nosotros tuvo que habernos dado vida.  El hombre de la mano seca no podía extender su mano muerta; sin embargo, cuando oyó la palabra de Cristo diciéndole ´extiende tu mano´, la pudo extender. Asimismo, solamente los escogidos por Dios estamos en capacidad de oír su voz cuando ordena y opera en nosotros el nuevo nacimiento. 

    Lo hermoso de esta epopeya de Dios es que nosotros no sabemos quiénes son esos escogidos esparcidos por el mundo, solamente se nos ordena anunciar la buena nueva de salvación, pues sin duda habrá un grueso número entre los miles de millones de habitantes del planeta que serán despertados como Lázaro, para salir desde su tumba.  La palabra diciente de Cristo (el remato Cristou) específico es la del poder específico, la misma que le fue proferida a Pedro cuando se le ordenó que caminara sobre las aguas.  Esa es la palabra generadora del nuevo nacimiento. Dios sabe a quién llega su voz y quién será beneficiado con su anuncio. Mi labor es solamente anunciar, la de usted es la de oír, pero la de Dios es enviarlo o no a Cristo de acuerdo a sus planes eternos.

    César Paredes

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  • SOBERANIA

    La doctrina de la soberanía de Dios va ligada al cumplimiento de sus promesas. Hay alrededor de 8.000 promesas en la Biblia, pero ninguna de ellas sería cumplida si no fuese Dios soberano sobre toda cosa creada. Por esa razón las Escrituras nos mencionan otra enseñanza, la de la predestinación. Hemos sido predestinados por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de su gloria, habiéndonos escogido en Cristo antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4, 11). Nos predestinó en amor, dice el verso 5, no en odio; esto resulta muy importante porque nos hace entender que Dios no odia bajo ningún respecto a su pueblo. Al que ama castiga, y azota a todo al que tiene por hijo.

    Esaú se describe como el modelo de los odiados por Dios; una figura similar a la del Faraón de Egipto, levantado para exhibir la furia del poder de Dios contra el pecado. Por igual, el hijo de perdición viene como imagen de un individuo odiado, como es el caso de Judas, apodado el Iscariote. Todos aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo son individuos no amados. Esto contrasta con el hecho del amor divino hacia sus elegidos (1 Pedro 2:8 versus 1 Pedro 2:4,5). Ovejas y cabras, dos figuras que no pueden intercambiarse; al igual que la ilustración de los árboles, uno bueno y otro malo; el árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo no puede darlo, sino el que es malo. La traición cumplida por Judas iba conforme a lo que estaba en las Escrituras, por lo cual debía cumplirse. Sin embargo, en ningún momento se ve a Jesucristo mitigando la responsabilidad del hijo de perdición. La predestinación no niega la responsabilidad de cada quien, al igual que la reprobación tampoco exonera de culpa.

    Nuestra responsabilidad deriva del hecho de que somos seres dependientes. Nadie puede reclamar independencia del Creador, como si hubiese surgido de sí mismo, ajeno a la voluntad divina. Por lo tanto, nadie tiene libre albedrío, lo cual hace suponer que por la carencia de libertad e independencia en nuestra relación con el Creador le debemos un juicio de rendición de cuentas. Dios todo lo determinó desde antes, desde la eternidad. Lo que Él determinó se fundamentó en su propia voluntad, no en lo que las criaturas irían a hacer. El hecho de que Dios sea soberano implica por fuerza que todas sus promesas se cumplen, como un sí y un amén. Cristo se nos presenta como el principio y el fin, como la motivación de la creación y como la meta de lo creado. Por él subsisten todas las cosas, para él fueron hechas y él recibe la gloria de todo cuanto acontece. Aún el malo fue hecho para el día malo, así que no surgió por casualidad ni en forma independiente de Dios (Proverbios 16:4).

    El Evangelio es considerado como la buena noticia, pero resulta buena para todo aquel que ha sido escogido para salvación desde la eternidad. Para el mundo por el cual Cristo no rogó (Juan 17:9), el Evangelio aparece como una muy mala noticia. Por esa razón el mundo nos odia, porque el mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo. Ese es el testimonio de Dios a través de las Escrituras, como bien se desprende de numerosos textos, en especial el Capítulo 6 del evangelio de Juan. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo lleva. Nadie va al Padre sino por el Hijo. Solamente los que hemos sido enseñados por el Padre, habiendo aprendido, somos enviados al Hijo (Juan 6:44-45).

    Jehová ha anunciado por medio del profeta Isaías: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes de que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10). La Biblia nos dice que creen los que están ordenados para vida eterna, que Dios nos ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de nuestra habitación.

    Añade la Escritura que fuimos conocidos (amados), por lo tanto predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29). El Señor nos escogió desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Fuimos rescatados con la sangre preciosa de Cristo, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo, manifestado en la época apostólica por amor a nosotros (1 Pedro 1:20).

    Jesucristo fue entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, matado por manos de inicuos en la crucifixión (Hechos 2:23). Es decir, el crimen más horrendo de la historia fue una actividad del consejo divino, ordenado para beneficio del pueblo escogido. Muchos de los pecados cometidos contra el Hijo de Dios fueron profetizados, escritos con anticipación, como una muestra del poder del Dios soberano. Si Dios no tuviera poder suficiente, la humanidad hubiese cambiado la historia para que la profecía hubiese quedado inconclusa.

    El principio de la soberanía absoluta de Dios pasa por indispensable en los atributos del Altísimo. Él hace como quiere, todo lo que quiso ha hecho; Adán tenía que pecar por cuanto el Cordero estuvo destinado desde antes de que Adán fuese creado. No iba a quedar Dios con un fracaso, como si Adán hubiese podido no pecar; por esa razón hemos de escudriñar las Escrituras para comprender bien el sentido de la soberanía divina. Al mirar en sus líneas entenderemos aquello que de inmediato no captamos, pero siempre hemos de hacerlo con la humildad que caracteriza a quien ha sido salvado de pura gracia. No por obras, como también dice la Escritura, para que ninguno se gloríe; la redención se debe a que hubo un Elector, alguien que nos amó eternamente y dio a su Hijo en rescate por muchos (es decir, por todo su pueblo: Mateo 1:21).

    César Paredes

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  • EL ACTO DEL PERDÓN

    El perdón nos libera y nos induce al avance, al dejar la carga emocional que impone el daño recibido. Si dejamos el resentimiento, por igual abandonamos la actividad de rumiar el dolor del agravio ocurrido que nos llevó al rencor. Implica un proceso de consciencia con la intención de la liberación de los actos negativos, para deslastrarnos de la ira y el deseo de venganza. Al conocer que la Biblia asegura que la venganza pertenece a Dios, que ella nos conmina a no vengarnos nosotros mismos, presenciamos el favor de la descarga de un peso muerto. El acto consumado contra nosotros, aquel por el cual nos sentimos conmovidos por su desastre ocasionado, se registró por igual en los anales históricos que el Altísimo posee para su acto de venganza.

    Dios no sufre dolor por el castigo que infringe contra nuestros adversarios. Lo mejor consiste en confiar en ese reposo para nuestras almas, de manera que el perdón trae sosiego al corazón fatigado. Eso sí, el perdón no minimiza el daño ocasionado por el agravio sufrido, ya que no se trata de una negación de lo ocurrido. Mi enemigo me estafó, me despojó de mis ahorros, conspiró para la difamación de mi nombre; también participó en la jauría de los escarnecedores, de aquellos que se burlan por nuestros tropiezos. No pide el Señor que vayamos a participar en sus mesas, que comamos junto a ellos, o que nos tomemos un café como signo de armonía junto a sus mieles amargas.

    Al contrario, cuando tengamos que acudir porque se nos pida un favor hemos de tener en cuenta que eso que hagamos colocará ascuas de fuego sobre las cabezas de los que nos provocaron a ira. Por igual, esos actos de buena voluntad que hagamos nos libera del resentimiento que pudiera surgir por causa del pensar continuo en el daño sufrido. Pensemos que si hemos de amar aún a nuestros enemigos, cuánto más no habríamos de amarnos a nosotros mismos. En la medida en que me amo también me perdono de todo aquello de lo cual me acuso en forma constante.

    El perfeccionismo suele presentarse como el disfraz que usamos por el odio contra nosotros, por la vergüenza de lo que nos hayamos hecho. Una conducta recriminada en forma continua nos paraliza para salir adelante, lo cual demuestra que no nos amamos como Dios manda. Ama a tu prójimo como a ti mismo; si no nos amamos lo suficiente no nos perdonamos por nuestras viejas faltas, las que nos devuelven a la neurosis del fracaso. Por lo tanto, si no nos perdonamos tampoco perdonaremos a los que nos han ofendido, ya que hemos sido incapaces del amor propio. Un círculo de interés para el alma compungida, para que busquemos la ruptura de esas ligaduras de la esclavitud.

    En ocasiones el pecado (las faltas) nos alcanza y corremos con las consecuencias del error. Esa situación nos suele conducir al acto de rumiar en el problema, en el si condicional: si no hubiese hecho tal o cual cosa, si hubiese hecho lo correcto. Pablo nos dejó un mensaje de reflexión sobre lo que le sucedía como creyente: el bien que quería hacer no hacía, empero el mal que no deseaba sí que lo había hecho (Romanos 7). El resolvió su conflicto al desentrañar la ley del pecado que lo sometía, dando gracias a Dios por Jesucristo. El Señor es quien resuelve el asunto del pecado, lo cual incluye las ofensas que hayamos cometido y las que nos han hecho otras personas.

    Mientras más rápidamente nos movamos hacia el otro nivel mejor nos sentiremos. Un grito de libertad nos embarga cuando entramos al Santuario de Dios y comprendemos el fin de los que nos hacen daño. El Salmo 73 de Asaf nos alecciona en relación a esos sentimientos encontrados que se producen en la mente, cuando contemplamos la prosperidad de los arrogantes, de los que nos hacen daño. Al parecer creemos que ellos no tienen congojas por su muerte, pero el Señor se reirá de ellos porque ve que viene su día. Los ha puesto en desfiladeros, menospreciará su apariencia cuando caigan por los despeñaderos.

    Sigamos confiados, porque el único que tiene derecho a odiar es Dios y Él está airado contra el impío todos los días: Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada…Asimismo ha preparado armas de muerte, y ha labrado saetas ardientes. He aquí, el impío concibió maldad, se preñó de iniquidad, dio a luz el engaño. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado, y en el hoyo que hizo caerá (Salmos 7:11-15).

    Por lo tanto, no busquemos nuestra propia venganza porque ella no sacia la justicia de Dios. El hombre de maldad anda pecando a diario, por lo cual Dios le tiene aversión en forma continua. Aunque no siempre vemos a Dios manifestando su ira contra el pecado, siempre veremos que en cualquier momento la derramará desde los cielos contra toda impiedad humana. Aún en su silencio, nuestro Dios continúa airado contra la impiedad humana, así como contra cada ser humano que milita en la impiedad. Preparado está el Señor con su arco de venganza, como un guerrero o como el Señor de los ejércitos. La impenitencia del impío le traerá la zozobra al recibir el castigo que no tarda, de manera que no tenemos que pensar en nuestra venganza.

    Los malos tienden el arco, disponen sus saetas sobre la cuerda, para asaetear en oculto a los rectos de corazón (Salmos 11:2). Pero los ojos de Jehová lo ven todo, con sus párpados examina a los hijos de los hombres, para aborrecer al que ama la violencia y la maldad. Sobre esos malos hará llover calamidades. Jacob le dijo a Labán, su suegro, que él lo había afligido por 20 años, mientras él le servía en su casa. 14 años por sus dos hijas y 6 años por el rebaño, en tanto Labán le había cargado su peso injustamente. De inmediato, Jacob reconoció al Dios de su padre, el Dios de Abraham, el cual había estado con él durante ese tiempo de aflicción, por lo cual de seguro había visto su desdicha para rechazar la impiedad del corazón de Labán (Génesis 31:41-42).

    Dios tiene un propósito elevado cuando conduce a su pueblo por el camino de los impíos, para que recibamos un poco de aflicción, de manera que lo reconozcamos a Él y lo anhelemos con vehemencia. El inicuo no ve la perfección de Jehová, más bien lo tiene como inexistente o como un dios débil. Piensa que no será castigado porque logra con creces los antojos de su corazón, su formación en maldad le ha proporcionado ganancia en el mundo de aflicción. El dios de este siglo le viene como inspiración, por lo cual su alma está presta a la burla del hombre justo. Pero en la sintaxis divina esto tiene que ocurrir para que el final del cuadro narrativo se manifieste la espada que destrozará el plan de la impiedad, junto a la caída mortal del hombre de iniquidad.

    Entonces, no nos venguemos nosotros mismos sino demos lugar a la justicia de Dios. Oremos en todo tiempo, pidamos la justicia del cielo sobre la impiedad derramada en la tierra. Perdonemos a los que nos ofenden pero recordémosle a Dios que de Él es la venganza, que no tenga por inocente al que maltrata al justo. Apartémonos del convite de la mesa en que nuestros enemigos se hallan, no participemos en sus obras infructuosas rodeadas de tinieblas. Liberémonos del odio que podamos sentir y dejemos que sea Dios quien odie, solamente, que a Él no le afecta lo que ha decidido desde los siglos. Matará al malo la maldad, al impío que Dios ha hecho para sí mismo (Salmos 34:21 y Proverbios 16:4).

    César Paredes

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  • LOS QUE ODIAN A ISRAEL

    El Evangelio nos ha venido de mano de los judíos, incluso el mismo Cristo le dijo a la mujer samaritana que la salvación venía de los judíos. La mayoría de los judíos escritores bíblicos no predicaron asuntos de la patria israelí, los que escribieron el Nuevo Testamento (NT) conocían que su nación estaba sometida al yugo del imperio romano, así como antes había estado bajo sometimiento de otros estados. Las cartas y prédicas de los del NT no hicieron referencia al futuro nacional de ellos como entidad territorial, más bien se enfocaron en la temática del evangelio anunciado, excepto cuando profetizaron sobre los acontecimientos donde los judíos tendrían un papel central. Sin embargo, hablaron de una nueva patria para todos los creyentes, la celestial; nuestra ciudadanía se radica en los cielos, en tanto el mundo se ve como un lugar de tránsito.

    No obstante, el apóstol Pablo, pese a que se dedicó a la predicación a los gentiles, quiso dejarnos la relación existente entre ese Israel nacional y el Dios de la redención. Dijo en su Carta a los Romanos que Dios amaba a Israel por causa de los padres. Nos advirtió que no nos jactáramos contra la nación de Israel, ya que nosotros fuimos injertados el el olivo gracias a que los israelitas fueron desgajados por su falta de fe. Nos advirtió que Israel con su judaísmo se había convertido en nuestro enemigo por causa del Evangelio. Es decir, nos colocó el mote del Israel de Dios, ya que los creyentes en Cristo somos el verdadero Israel de Dios.

    Ese breve discurso escrito por el apóstol para los gentiles no se quedó en esa sola parte, como ya sabemos. No trató de sustituir a Israel por la Iglesia, aunque Dios haya hecho de los dos pueblos uno en Cristo. Es decir, un israelita creyente en Jesucristo vale igual que un gentil creyente en Cristo, por lo que nosotros los gentiles heredamos el derecho de ser llamados el Israel de Dios. Pero la advertencia del apóstol contra la arrogancia que pudiera surgir al querer despreciar a Israel (la territorial y esparcida nación judía) sofoca cualquier mala intención en nosotros. No olvidemos que el endurecimiento que en parte aconteció a Israel ha permitido que nosotros seamos injertados en el Olivo – Cristo.

    Así que ellos siguen siendo amados por causa de los padres (Abraham, Isaac y Jacob), por lo cual Dios podría desgajarnos a nosotros si actuamos con odio contra Israel, en virtud de que la vieja promesa divina hecha a Abraham no ha sido anulada. La bendición y la maldición están allí como premio o como una espada de Damocles, presta esta última para cortar la cabeza de cualquier ensoberbecido contra su pueblo histórico. Dios tiene mucha profecía en torno a esa nación, la que jugará un papel importante y central en los eventos futuros (quizás muy próximos), como lo atestiguan los libros de Daniel y Apocalipsis, así como también los de Ezequiel, Zacarías, Amós y otros más.

    El creyente debe continuar predicando el Evangelio a toda criatura, para que aquel señalado para creer llegue a creer (como bien lo ha mencionado el libro de los Hechos de los Apóstoles: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna -Hechos 13:48). La palabra de Dios pasa por ser valorada como la causa esencial de todo cuanto existe, ya que la Biblia nos dice que por ella creemos haber sido constituido el universo. No como aseguran los evolucionistas, que se entramparon en la celada que intentaron contra el mundo de los creyentes. Los celadores financiaron el viaje de Darwin para que pudiera destronar a las Escrituras como palabra divina, de manera que los ingleses intentaran quitarse su histórico reinado, por aquello que dice que Dios pone y quita reyes. Al eliminar la autoridad de la Biblia, se acabaría la supuesta autoridad de los reyes que en teoría vendría de Dios. Ese fue su leimotiv, la intención central del viaje de Darwin para llegar con su descubrimiento de la evolución de las especies.

    Pablo también advirtió contra la falsamente llamada ciencia. Si lo de Darwin fuere cierto, entonces lo de la Biblia resultaría una farsa. Pero sabemos que las hipótesis de la ciencia no son por necesidad leyes naturales, lo cual demuestra que Dios sigue siendo el mismo por siempre, asunto que compete al tema de la fe de cada creyente. El incrédulo no está exigido a creer en estas cosas, más bien es señalado como alguien que no debe tener en sus labios la palabra de Dios (Salmos 50:16). Esa palabra que constituyó el universo es la misma que constituye a un hombre libre de las tinieblas del mal.

    El Evangelio libera y desata al esclavo de Satanás. Recordemos que nosotros fuimos por naturaleza hijos de la ira de Dios, lo mismo que los demás; estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, como lo están aquellos que persisten en su incredulidad. No podíamos discernir los asuntos del Espíritu de Dios porque nos parecían una locura, pero llegado el tiempo del poder de Dios fuimos llamados por la palabra del Evangelio, heredada de los apóstoles (Juan 17:20), la incorruptible que proviene de lo alto (1 Pedro 1:21), aquella que no ha sido adulterada ni torcida (2 Pedro 3:16). Cristo llama a cada oveja por su nombre, de forma que esa oveja redimida ya no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Tenemos pasión por el libro de Dios, agradecemos el cuidado de aquellos que lo preservaron. Israel fue el pueblo escogido para traernos este libro, aunque eso no quiere decir que cada individuo de ese pueblo haya sido escogido para salvación. Un afecto especial se mueve en nosotros cuando hablamos de Israel, sin que caigamos en la trampa de los judaizantes, ni en la de los mesiánicos que subestiman el propósito de Dios de hablarnos con lengua de paganos. En realidad no existe ninguna lengua santa en esta tierra, ya que Abraham fue llamado de Ur de los Caldeos, cuna semita y también asiento pagano.

    Quiso Dios hablar en lengua invasora al pueblo de Israel, de acuerdo a una profecía de Isaías. Apareció la primera compilación del Antiguo Testamento en lengua griega, por lo cual tenemos hoy en día la Septuaginta. Fue compilada también por judíos, como custodios de esas letras reveladas de lo alto, si bien ellos decidieron dejárnosla en lengua griega. Aparece después el Nuevo Testamento escrito en lengua griega, por personas de origen judío; esto demostraba que Dios cumplía su promesa de castigo contra Israel. En consecuencia, nosotros los gentiles fuimos beneficiados por ese endurecimiento en parte que le fue venido a Israel.

    Hoy en día algunos mesiánicos judaizantes pretenden alegar que los evangelios fueron escritos en hebreo o arameo, como si los primeros creyentes hubiesen traducido del hebreo o arameo los textos del Nuevo Testamento. Eso no es más sino un deseo de prevalecer en virtud de una arrogancia farisaica, como la tenían aquellos a quienes Jesucristo tanto fustigó. Jesús habló contra esos custodios de su palabra, contra los escribas y fariseos de su tiempo; que no hagan lo mismo los escribanos de hoy que trabajan con actitud farisaica, porque les continuará el endurecimiento como castigo.

    Librémonos de la levadura de los fariseos y escribas, de la prepotencia de sentirse como el dueño de la palabra del Dios de la creación. Dios es el que escoge, el gran Elector, para que la salvación sea otorgada de pura gracia, a fin de que nadie se gloríe por sus obras. No depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Quiso Él endurecer a unos y favorecer a otros, como quiso también escoger a Israel como nación y pueblo para darnos su palabra, habiendo dejado antes en tinieblas al mundo pagano en general. Salvo determinadas excepciones, todo el mundo pagano antiguo pereció en la ignorancia de la verdad y de la justicia de Dios. Ahora vino el efecto de la reversión, por lo que Israel continúa a oscuras. Sin embargo, que nunca nos venga la arrogancia contra la nación de Israel, no sea que seamos desarraigados del Olivo. Cualquier israelita que crea en Jesucristo, habiendo sido llamado eficazmente por el Espíritu de Dios, será nuestro hermano amado.

    La Biblia nos exige orar por la paz de Jerusalén, pero esa paz no vendrá sino por Jesucristo. Hay un mundo hostil allá afuera, un mundo que pareciera salirse de la metáfora para vivir una realidad cruenta. Ese odio a Israel se vuelve por igual una figura del odio que el mundo siente por los hijos de Dios, los que hemos sido llamados en Cristo. De nuevo Pablo nos advierte que nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra huestes espirituales de maldad que habitan en las regiones celestes. Nuestra armadura la describió en la Carta a los Efesios (6:12-18), si bien nuestra pelea se dibuja en la metáfora del combate de Israel como pueblo histórico, todavía amado por Dios por causa de los padres, en la batalla que sostiene contra numeroso enemigo que lo odia por no importa qué razón.

    César Paredes

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  • UNA FE ESPARCIDA

    Pablo da gracias a Dios porque la fe se divulga por todo el mundo (Romanos 1:8), gracias al Evangelio que ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Romanos 16:26). El apóstol celebra que los destinatarios de la Carta a los Romanos habían guardado la doctrina aprendida, advirtiéndoles que se fijasen en los que causaban divisiones y tropiezos contra esa doctrina (Romanos 16:17). Un valor fundamental le dio Pablo al conjunto de enseñanzas impartidas a la iglesia, en especial a aquellas que sostienen el corazón del Evangelio. Sin la expiación, sin su comprensión, el Evangelio parece anularse, quedar inutilizado y sin poder. Si alguno cree otro evangelio, sea anatema, dijo en otra carta escrita.

    Esos que causan tropiezo sirven a su propio vientre, los cuales trabajan con palabras suaves y lisonjas, para engañar a los corazones ingenuos. Estos de corazones simples no son excusados, ya que Jesucristo afirmó cuando incriminaba a los escribas y fariseos, que rodeaban la tierra en busca de un prosélito (simpatizante), que ellos lo hacían doblemente merecedor del infierno. Es decir, la Biblia no excusa la ingenuidad del que es atrapado por los herejes, más bien lo condena en forma doble.

    El tiempo llegaría cuando las congregaciones cristianas no tolerarían más la sana doctrina. La comezón de oír hace que se busque a los maestros que hablan conforme a sus propias concupiscencias. Eso lo podemos constatar hoy día, y desde hace mucho tiempo atrás. A Timoteo Pablo le indicó que se ocupara de la doctrina como la herramienta para salvación de muchos; también le advirtió sobre el tiempo en que no se sufriría más la sana enseñanza doctrinal. Es decir, ahora se dice que se quiere a Cristo con el corazón, si bien no se comprende ni se acepta toda su teología con la mente. Este sinsentido es notorio por doquier, en especial en aquellas personas que son depravadas en sus principios y prácticas. Hay multitudes que no toleran las palabras duras de oír de Jesucristo, que discrepan del Dios de la predestinación, del Dios soberano que amó a Jacob y odió a Esaú sin mirar en sus obras. Esa Escritura que anuncia a voces que la salvación es de pura gracia, por el Elector, sin mediación de obra humana alguna, viene a ser odiada y tenida por maligna, propia de un diablo o de un tirano.

    Mucho se ha hablado de la necesidad de la gracia, del hecho de que Jacob no pudiera ser salvado a no ser por la misericordia de Dios. Pero en cuanto a Esaú, el odio de Dios es torcido y se tiene por un amor disminuido. Eso no lo resiste la Escritura, pero los que la tuercen consiguen su propia perdición. Por supuesto, a muchos les encanta oír cosas del evangelio, sus asuntos maravillosos, para lo cual escuchan a los neo profetas, a los anunciadores de sueños, a los que vaticinan el futuro. Les encanta escuchar a los que hablan en supuestas lenguas, como una prueba del dios en el cual han creído. Ellos buscan misticismo, algún elemento que los tranquilice en medio de la mentira en la cual se mueven.

    De esta manera se refieren a las fechas en que nacieron de nuevo, de la prédica que escucharon, sin importar si fue desde la tribuna del falso evangelio. Para ellos lo que parece importar es la prueba subjetiva, acompañada a veces de una cierta objetividad marcada por su más o menos buena conducta. La religiosidad ayuda a aceptar la mala doctrina asumida, pero para ellos eso no resulta de importancia, ya que su comezón de oír los aleja de la sana doctrina que ya no soportan (2 Timoteo 4:3-4). Las fábulas maravillosas de aquellos que dicen haber muerto e ido al infierno o al cielo, son narrativas que acrecientan la fe espuria que poseen los falsos creyentes. La autoridad espiritual les nace de la fabulación de los que sufren experiencias espirituales, no de la Escritura misma.

    Por esa razón también se ocupan de los falsos milagros, como lo hacían los antiguos griegos con los oráculos que escuchaban. Sus pitonisas anunciaban en un lenguaje anfibológico ciertos eventos que podrían suceder. Ellas también balbuceaban como si pronunciaran lenguas raras, entraban en trance y advertían del futuro. Hoy existe el kundalini, una conducta de éxtasis espiritual común en ciertos sitios de la India; desarrollan una manera de contorsión en el cuerpo para el despegue de la serpiente interior, imitada al calco en ciertas congregaciones que creen en los dones milagrosos. Parecieran herederos del misticismo de Simón el Mago, el que quiso hacer negocios pidiendo el Espíritu para causar impacto en el mercado religioso de las personas.

    Hoy día existen profetas que en nombre de ese evangelio anatema predicen muertes, guerras, terremotos, como si al cumplirse alguno de esos hechos significase que hablaron de parte del Dios de las Escrituras. La doctrina de Cristo la han apartado, porque les resulta dura de oír (Juan 6: 60), pero en cambio camuflan la de los fabuladores revistiéndolas de piedad, aunque su eficacia continúa negada. Pareciera que nadie se diera cuenta de los tres grandes momentos bíblicos en que aparecieron dones especiales, dados a los mensajeros de Dios. Moisés y Josué tienen esas historias narradas en el texto bíblico, mientras conducían a Israel hacia la tierra prometida. Posteriormente aparecen en la escena Elías y Eliseo, con dones especiales, para que el pueblo de Dios comprendiera que eran sus enviados y fuesen rescatados de su caída ante los Baales. Finalmente llegó Jesucristo, que hacía prodigios y maravillas, otorgándoles poder a sus discípulos como prueba de haberlos enviado en el nombre de Dios. De eso habla la Escritura, así como de su desaparición.

    Pablo aseguró que esos dones terminarían, cuando viniere lo completo (la Escritura misma). Este apóstol tuvo el don de sanar enfermos de manera espectacular, ya que enviaba su pañuelo a ciertas regiones para que se produjera el milagro real. Pero vemos que entrado en años ese don no lo acompañó más, sino que menguó: a Timoteo le dijo que tomara vino y no agua, por causa de su estómago. A otros hermanos dejó en ciertas regiones porque estaban enfermos; ¿por qué no los sanó con el don que tenía? Por esa razón uno debe pensar que se extinguía el don.

    Santiago habla para la iglesia local de entonces, cuando existían esos dones en forma viva; recomienda ungir con aceite al enfermo por parte del anciano de la iglesia, para que con la oración de fe sanare el enfermo. Hoy día eso no acontece, pero en lugar de comprender que la historia nos enseña que aquello que era espectacular cesó, se dice que si no hay sanidad es por culpa del enfermo que no tiene suficiente fe.

    Dios es Todopoderoso, puede sanar a quien quiere y como Él quiera; a veces da sanidad por medio de la ciencia médica, otras lo hace a pesar de la ciencia médica. A veces no quiere sanar a alguien y esa persona se agrava y muere, o vive enferma por mucho tiempo. Eso no implica que sea impotente, sino que en su providencia tiene unos planes que no concurren con los nuestros. Tenemos que ser cautos y velar, ya que el evangelio anatema es muy variado, muta constantemente en formas diferentes, como una acechanza del diablo para manipular a los que no se ocupan de escudriñar las Escrituras. No podemos creer a todo espíritu (a toda persona), ya que muchos engañadores andan por ahí con la trampa del error doctrinal preparada.

    Es bueno esparcir el Evangelio, ese que predicó Jesucristo junto a sus discípulos, el recogido por todos los escritores de la Biblia. Esa semilla de la palabra incorruptible da fruto para salvación eterna, no avergüenza a quien la recibe y la esparce, da seguridad a cada creyente. Sigamos sembrando la palabra, aquella por la cual fue constituido el universo y esa por la cual nace el hombre de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LAS COSAS BÍBLICAS

    Una de las cosas bíblicas que nos compete como creyentes viene a ser la más importante de todas las acciones. La oración o la plegaria ante el Dios Omnipotente, bajo la seguridad de que somos oídos por el Señor de toda dádiva y don perfecto. Fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo, para participar de los asuntos espirituales preparados para nosotros. La providencia divina ha sido la manera de orientarnos en este tránsito por los caminos del mundo. Saber que tenemos carencias de todo tipo, que están representadas en la expresión del Padrenuestro, bajo la petición enseñada por Cristo: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, sirve de estímulo para continuar orando.

    El pan necesario y suficiente para cada día, dice el texto en su origen. Ese pan no puede referirse solamente a la comida, en el sentido estoico del término, ya que quedaría por fuera una cantidad de necesidades no enunciadas en ese modelo de oración. El pan puede ser el afecto que necesitamos, la conquista de nuestras metas honorables, el alcance de aquello por lo cual batallamos. Eso nos sustenta el alma, por lo tanto en esa instancia de la petición hemos de incluir al detalle lo que nos hace falta.

    Diversas fueron las exposiciones de Jesucristo en relación con la oración. La viuda y el juez injusto ilustra con creces la necesidad de pedir sin desmayar, a tiempo y fuera de tiempo. El modelo del mal, representado en la figura del juez injusto, se ha levantado para resaltar el poder de Dios exhibido cuando oramos. Ese juez injusto fue vencido por la insistencia de la viuda pertinaz, pero resulta mucho más grande la justicia del Juez de toda la tierra, que hará siempre lo que ha de ser justo.

    ¿Qué resulta justo para el Dios del cielo y de la tierra? Todo lo que tenga que ver con la justicia de Jesucristo, la cual nos fue imputada en el Calvario. El amigo que llama a la puerta de su vecino para pedir un poco de pan, dado que tiene invitados en su casa, es otra de las figuras levantadas por Cristo acerca del tema de la oración. Dios siempre responde con la cantidad necesaria de la providencia. Sobreabunda en la respuesta, simplemente porque se agrada de que sus hijos recuerden que son limitados y que en Él existe toda plenitud. Dice la Biblia que Dios ya conoce de qué tenemos necesidad, que aún nuestras palabras las sabe antes de que las pronunciemos. Pero nosotros tenemos que orar, ya que es un deber y una facultad al mismo tiempo.

    Es como respirar: si no lo hacemos nos asfixiamos. Es nuestro deber respirar, pero nos conviene ejercer esa facultad para nuestro bien. Oremos en todo tiempo, en la casa y en la calle, en secreto y en público, en la iglesia o en la escuela, tratando de imitar lo que hacía Jesucristo. No me gusta seguir lo que dicen muchos de los predicadores de este tema de la oración, ya que en su mayoría se enfocan en demostrar a un Dios reticente a nuestras plegarias en razón de nuestros pecados. Ciertamente, el pecado no nos honra para nada, nos distancia del Señor; sin embargo, si lo miramos como una mancha de una herida que recibimos en el campo de batalla, descubrimos que aún en el pecado podemos clamar. El hijo pródigo en medio de las pocilgas se dispuso a acudir a la casa de su padre.

    No intento justificar el pecado, al contrario, creo que mientras más nos mantengamos ocupados en hablar con Dios menos oportunidad le brindamos a la carne. Si por el pecado fuese, no oraríamos nunca: David dijo que había sido formado en maldad, y concebido por su madre en pecado (Salmos 51). Pablo habló de la ley del pecado que dominaba sus miembros, del mal que no quería hacer pero hacía, así como del bien que deseaba pero no terminaba haciendo (Romanos 7). Dos paladines de la oración acaban de ser mencionados, ambos pecadores, pero podríamos sumar un tercero. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, decía Santiago, pero oró y Dios lo escuchó.

    Orar puede ser visto también como una acción desesperada en el campo de batalla. Hay soldados heridos que todavía pueden disparar sus armas, que incluso maltrechos como están batallan y obtienen buenos resultados. Satanás es nuestro enemigo, no es una ficción. Se ocupa con sus demonios, que son muchos, junto con sus discípulos humanos, que son cuantiosos, en desanimarnos en materia de oración. Pensamos que tenemos que estar absolutamente limpios para poder clamar a nuestro Dios. Tal vez no tengamos honorabilidad porque nuestras faltas son cuantiosas, aún sabiendo que no deberíamos hacer tal o cual cosa por pecaminosa. Pero Asaf, el salmista, escribió que Jehová sostenía su mano derecha (Salmos 73:23). Jehová guiaba su consejo y después lo recibiría en gloria; esto lo supo en el santuario de Dios (la presencia del Señor).

    Lucas 18 nos habla de esa viuda insistente ante el juez injusto. La enseñanza final del Señor en esta parábola fue que Dios haría justicia a sus escogidos, los que clamamos a él día y noche. No se tardará en respondernos, sino que prontamente nos hará justicia (Lucas 18: 7-8). Los elegidos del Padre somos un número determinado, un pueblo especial amado con amor eterno. Por su soberana voluntad y bondad fuimos escogidos en su Hijo Jesucristo, para salvación y vida eterna. Para esto existe la providencia divina, asistiéndonos con los medios adecuados, por lo tanto Él se vengará de nuestros adversarios. Nos librará de ellos, pero se vengará igualmente por sus malas intenciones contra nosotros. Dios odia el pecado, pero ha perdonado a su pueblo; al otro pueblo no lo ama (no te ruego por el mundo, dijo Jesucristo en Juan 17:9). Ese pueblo no amado nos odia y procurará siempre hacernos daño, pero como nosotros no podemos ni debemos vengarnos dejamos que el Padre lo haga. Nuestra oración lleva implícita esa sugerencia, como lo dicta la parábola de Lucas 18.

    La petición de la viuda era que se le hiciera justicia contra su adversario (Lucas 18:3). Esos adversarios y perseguidores que tenemos gratuitamente son por lo general vasos de ira, objetos del odio de Dios. Una correlación existe entre el pecado de esos transgresores y nuestros sufrimientos, ya que el punto de encuentro aparece en nuestras plegarias. La pobre viuda no tenía poder propio para ejecutar la justicia, pero acudía ante el juez que conocía. Pedía contra su adversario, como nosotros hemos de pedir contra el adversario de los hijos de Dios: el diablo. Ese es el acusador de los hermanos, nuestro perseguidor. Él mueve a su gente para tendernos trampas, para procurar nuestras caídas y después señalarnos como pecadores.

    Pedro negó al Señor y fue levantado con la mirada del Señor; su pecado lo hizo llorar amargamente. Cada creyente tiene sus momentos de caída y levantada, por lo cual no hemos de mirar a las condiciones para la oración eficaz. La única condición es orar, disponernos a hacerlo, ya que a partir de ese momento nuestra vida comenzará a cambiar y los resultados se comenzarán a ver. Con la oración, el pecado que nos gobernaba bajo su ley va perdiendo su vigor y nuestra libertad va surgiendo, hasta no sentir más su yugo. No tenemos escapatoria en este mundo, seguiremos la batalla contra la carne, pero aunque caigamos a menudo a menudo hemos de seguir orando.

    La Escritura dice que Dios soporta con paciencia la iniquidad de los vasos de ira (Romanos 9), pero tiene la venganza preparada contra ellos. Un propósito existe en su pecaminosidad, al menos conocemos que ese pecar de nuestros enemigos nos conduce a la oración secreta. Imposible es que no vengan tropiezos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! (Lucas 17:1). Perdonemos a nuestros hermanos que se arrepienten (así lo hagan siete veces al día -Lucas 17:4); de esta manera también nuestro Padre nos perdonará. El pan nuestro se ha de pedir cada día, como el viejo maná del desierto. No se permitía aprovisionarlo para el día siguiente; de la misma manera nuestra oración ha de ser todos los días, no podemos orar hoy por mañana. Esto no quiere decir que no podamos orar por cuestiones futuras, simplemente el Señor quiere ilustrar nuestra necesidad de orar todos los días.

    Luego aparece una gran motivación para la oración: así como el juez injusto, existen padres malos. Esos padres malos saben dar buenas dádivas a sus hijos: si pide pan no le dará una piedra; si pide pescado no le dará una serpiente. Si pide un huevo, no le dará un escorpión. En ese contexto presentado hemos de mirar a nuestro Padre amoroso, el que dará el Espíritu Santo a quien se lo pida. Ese Espíritu Santo resulta superior a lo que el padre malo puede dar a sus hijos; ese Espíritu Santo nos ayudará en nuestras oraciones, conduciéndonos a pedir como conviene, porque conoce la mente del Señor. Ese Espíritu gime en nosotros, para ayudarnos en nuestras plegarias.

    El que se nos haya dado el Espíritu Santo no implica que no se nos darán todas las cosas que hayamos pedido. Simplemente que la sabiduría divina supera nuestras carencias, de manera que aprenderemos bajo su cayado hasta que comprendamos la soberanía divina que supera todas nuestras carencias. Si la viuda se dirigía ante el juez injusto con palabras de respeto, como su majestad, honorable juez, etc., nosotros tenemos la ventaja de que a nuestro Padre, el Juez Justo, le podemos decir Abba Padre (Padre querido). He allí el alcance de aquella parábola de Jesús, por contraposición con lo que aprendemos de las relaciones en el mundo. Las cosas bíblicas que nos competen como creyentes incluyen esta particularidad de la oración al Dios que nos ama lo suficiente, tanto como para no haber perdonado a su Hijo, hasta que lo entregó por nuestros pecados, para eliminar la pared que nos separaba de su presencia. Aprovechemos esa ventaja que tenemos en esta tierra, mientras entramos al reino celestial en forma definitiva y permanente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NO HAY OTRO DIOS

    No hay otro Dios que mate y vivifique, que hiera y sane; no existe alguien que nos libre de la mano de ese gran Dios revelado en las Escrituras (Deuteronomio 32:39). Él da riquezas, hunde a quienquiera, levanta al que está en el pozo cenagoso, al pobre del polvo, hace que el necesitado se siente junto a los nobles (1 Samuel 2:6-8). Cuando Jehová rompe no hay quien reconstruya, cuando cierra una puerta no existe alguien capaz de abrirla. El engañador y el engañado son de Él (Job 12: 16). En resumen, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano.

    Job nos llegó a afirmar que los ladrones prosperan y provocan a Dios porque viven seguros, pero en sus manos Él ha puesto cuanto tienen (Job 12: 6). En las manos de Jehová está el alma de todo viviente, el hálito de todo el género humano. Ciertamente, si Jehová derriba no hay quien edifique (encerrará al hombre y no existirá quien le abra). Los tiranos tienen una cadena puesta por Dios en sus lomos, también Jehová quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra. Por lo tanto, deducimos que Dios no se queja por la manera en que el mundo anda, ya que con paciencia ha soportado a los réprobos en cuanto a fe (Romanos 9:22). Así que todo lo que quiso ha hecho Dios, el que está en los cielos, sin que exista quien detenga su mano (Salmos 115:3). A los que lo conocemos por las Escrituras, nos queda la humillación ante su presencia. Aquello que nosotros llamamos suerte, de Jehová depende (Proverbios 16:33); incluso al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16:4).

    Un profeta se pregunta: ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? (Isaías 40:21). Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. ¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? Dice el Santo (Isaías 40:25).

    El hombre caído asemejó a Dios con las criaturas, todas corruptibles: el hombre, las aves, los cuadrúpedos y los reptiles (Romanos 1:23). Por esa razón Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador. Dios los entregó por eso a pasiones vergonzosas (Romanos 1:24-31).

    No hay otro como Jehová, el que forma la luz y crea las tinieblas, el que hace la paz y crea el mal, Él es el que hace estas cosas (Isaías 45:5-7). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Las Escrituras nos colocan frente a un Dios que controla a toda su creación, un Dios Todopoderoso, capaz de hacer que todas sus promesas se cumplan sin vacilación. Ese Dios también habló en parábolas para que los que oyeran no entendieran, sino solamente aquellos a quienes les fue dado el oído para comprender (Mateo 13:10-15).

    El Hijo de Dios da vida a todos los que el Padre quiere (Juan 5:21), solamente a los que el Padre le envía (Juan 6:37, 44 y 65). Se hace imperioso que sea el Padre quien enseñe a los escogidos para que puedan aprender e ir al Hijo (Juan 6:45). El libro de los Hechos de los Apóstoles señala que creyeron aquellos que habían sido ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Estos son los mismos que fueron bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, escogidos en él antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha delante de él, habiendo sido predestinados en amor según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5).

    Por esa razón también se ha escrito que tuvimos herencia (suerte), habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, para alabanza de su gloria (Efesios 1:11-12). Para nosotros corresponde lo más precioso, pero para los desobedientes, Cristo es la piedra que los edificadores rechazaron. Éste llegó a ser la Piedra Angular, la roca de caída y tropiezo, roca de ofensa para los que tienen traspiés, por lo cual son desobedientes a la Palabra, para lo cual también fueron destinados (1 Pedro 2:7-8).

    El testimonio bíblico abunda en esta doctrina expresada, la del Dios que es absolutamente soberano en cualquier materia. El Señor amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de fijarse en sus obras. Precisamente, la redención no es por obras, para que nadie se gloríe, sino para que la gracia y el llamado sean por el que llama, por el Elector. Entonces, no fue que Dios mirara en los corredores del tiempo para ver quién iba a ser salvo, ya que no había justo ni aún uno, ni quien buscara al verdadero Dios. Todos habíamos muerto en delitos y pecados, pero Dios tuvo misericordia de quien quiso tener misericordia (Romanos 9).

    El ser humano carece de libre albedrío, por cuya razón es responsable, ya que Dios es soberano. Si el hombre fuese libre de Dios, no sería responsable de nada, pero precisamente porque no tiene libertad le aguarda un juicio de rendición de cuentas. Tampoco puede el hombre resistir el llamado eficaz del Espíritu Santo, ni extraviarse más cuando ha sido regenerado (Juan 10:1-5). El poder de Dios es absoluto, por lo tanto su Espíritu regenera en forma absoluta a todo aquel que ha sido indicado por el Padre para creer en Jesucristo. Jamás Dios puede ser frustrado en algún cometido que tenga, así que el Espíritu regenera a quien quiere regenerar. No regeneró a Judas Iscariote, a pesar de que anduvo con Jesús varios años; no regeneró al Faraón de Egipto, porque no lo quiso redimir.

    La Escritura habla de los que resisten al Espíritu, pero eso lo refiere al autor de la Palabra. Hay quienes se oponen y resisten a esta palabra, como resistiendo al Espíritu; lo mismo hizo el Faraón de Egipto, quien se opuso al mandato externo de Dios por medio de Moisés. Pero si escudriñamos la Escritura descubriremos que Jehová le había indicado esto mismo a Moisés, que iba a endurecer el corazón del Faraón para glorificarse en él en toda la tierra, para manifestar su poder y su ira contra su terquedad y maldad. No podemos decir que el Faraón resistió al Espíritu de Dios por cuenta propia, sino que fue destinado para tal fin.

    Al mismo tiempo, aprendemos de la Biblia que los mandatos generales de Dios están hechos para que el ser humano los desobedezca en gran parte. Para eso apareció la ley, para que abundara el pecado; allí donde dice no codiciarás, se aumenta la codicia. Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia para los elegidos, por lo cual la ley resultó en un Ayo que lleva a Cristo. Prueba de la desobediencia del hombre, en general, se da en la relación con los Diez Mandamientos. Pero eso no significa que Dios está frustrado o que el Espíritu resultó impotente; al contrario, la Escritura muestra con creces que Jehová ha designado al malo para el día malo. Con todo, el malo Judas Iscariote recibió un ay del Señor, por el castigo que le vendría. Queda entendido que la oposición de Judas al Espíritu fue por mandato del mismo Espíritu, para que la Escritura se cumpliese.

    ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será injusto Dios? La Escritura responde a esas interrogantes diciéndonos que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el hombre es una olla de barro en manos del alfarero.

    La profecía ha dicho: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón. Acercaos a Jehová, en tanto que está cercano. Hoy es el día aceptable, el tiempo de salvación; aquel que ha sido llamado para ir a Cristo no endurezca su corazón sino apresúrese con paso firme para buscar misericordia, ya que que si Dios tiene piedad, usted será el beneficiario de ella. No hay otro Dios en quien podamos ser salvos, las profecías bíblicas se cumplen en forma perfecta, pero los incrédulos añaden duda para que los que hayan de tropezar en la roca caigan despedazados. Arrepentíos y creed en el Evangelio.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL TRONO DE SATANÁS (APOCALIPSIS 2:13)

    La iglesia de Pérgamo moraba donde estaba el trono de Satanás, de acuerdo al mensaje que Jesús el Cristo le diera a Juan. Una ciudad dada a la idolatría en forma ejemplar, totalmente pagana, bajo la protección de una divinidad llamada Cabirios, adoptada por los romanos. Allí también había un templo a Esculapio, el dios para las enfermedades y la salud. Tal era la creencia, que tiempo atrás incluso Sócrates, ante su inminente ejecución, pagó para que sacrificaran un gallo a Esculapio. Roma poco a poco se convertiría en el asiento de la iglesia oficial, por lo que ese trono de Satanás seguiría fortalecido con la mezcla entre paganismo y cristianismo.

    Pérgamo se había convertido en la capital helenística por excelencia, ya 30 años antes de Cristo. Había templos con esfigies del emperador romano, de muchos dioses griegos y egipcios, lo que se unía a la fama en ese lugar de la tradición de curación por medio de Aesculapio. Llegó a ser conocido por poseer un enorme altar de Zeus, de manera que ese ambiente hacía de esa región el perfecto lugar del trono de Satanás. Recordemos que el símbolo de la medicina practicada allí en honor a Aesculapio-Esculapio era una serpiente enrollada en una vara, lo cual emparentaba con la serpiente antigua, llamada diablo y Satanás. De manera que una combinación idolátrica muy particular hervía en ese centro de interés mundial: imágenes de Atenea, Dionisio, Deméter, junto a Isis y a Serapis. Las basílicas construidas a estas últimas divinidades pasaron después a formar parte de las iglesias romanizadas, cuando el cristianismo fue convertido por voluntad imperial en la religión oficial de Roma.

    El culto al cuerpo era patrocinado por el Gimnasio, una actividad que se hacía al desnudo total. Esta ciudad, Pérgamo, se ubicaba en lo que hoy se conoce como Turquía. Fue célebre también por su grande biblioteca, superada en grandeza solamente por la de Alejandría. De esa manera tenemos el portento presentado bajo la autoridad intelectual de la herencia griega y egipcia, todo subsumido y patrocinado una vez más por Roma, cuyas costumbres se infiltraron en la cultura del cristianismo oficial.

    Recordemos que la revelación recibida por Juan refiere tanto a lo que había visto, como a lo que era en ese momento y lo que sería después. En el futuro asiento del Anticristo, como lo manifiesta Apocalipsis 13:8, se hará que la bestia sea adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero, que fue inmolado desde el principio del mundo.

    La Gran Ramera en su frente posee el siguiente escrito: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA (Apocalipsis 17:5). Esa mujer está ebria de la sangre de los mártires de Jesús. Ella estaba vestida de púrpura y escarlata, adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, teniendo en su mano un cáliz de oro lleno de las abominaciones y de la inmundicia de su fornicación (Apocalipsis 17:4). Ella cabalga una bestia, la cual hará asombrar y maravillar a los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8).

    Ese trono de Satanás estuvo situado en Pérgamo, pero no pensemos que se ha quedado allí para siempre. Se muda de acuerdo a lo que el mundo va manifestando en su trajinar hacia su propia destrucción. Hoy día debemos de mirar a todo lo que fortalece el trono de Satanás, en especial a la doctrina torcida que intentan sacar de las Escrituras. Existimos creyentes que no toleramos la cercanía con el trono de Satanás, ni tenemos la doctrina de las cosas profundas de Satanás (Apocalipsis 2:24). Esas profundidades, como se le dijo a la iglesia de Tiatira, son las especulaciones que se dan por la interpretación privada de las Escrituras.

    Existe un fino reborde entre la manera en que el Dios de las Escrituras se ha manifestado y lo que muchos desean que fuese ese Dios. Es allí donde comienza el sendero hacia las profundidades de Satanás, para indagar en los misterios de la denominada religión sagrada. Nos damos cuenta de las doctrinas de demonios en torno a la expiación, haciéndola general cuando es particular; de la idea de la transubstanciación, cuando es un mero símbolo de lo que fue el sufrimiento de Cristo. De igual manera, se delata la conspiración por las apariciones sobrenaturales que se le atribuyen a supuestos santos, como si con ello se trajese nuevas revelaciones; aquellos que se dan a la tarea de ordenar, decretar para que sucedan cosas, merodean en esas profundidades que son variadas y multicolores.

    Al igual que Jezabel y sus seguidores, los que incitaban a comer carne sacrificada a los ídolos, los que suponen poseer gran conocimiento teórico de la Biblia, pero que en realidad colocan tradiciones humanas por mandatos divinos, todos ellos se ahondan en las profundidades que se alcanzan desde el trono de Satanás. Llamar hermanos a los que abandonan la doctrina de Cristo genera muchas plagas (2 Juan 1:9-11); por esa vía se hacen distinciones entre lo que se comprende con la mente y lo que se comprende con el corazón. Hay quienes sostienen que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no disciernen en sus mentes sus doctrinas. Ese disparate argumentan porque no tienen la mente de Cristo, no poseen el Espíritu que jamás estará en contradicción con las enseñanzas de Jesucristo.

    Nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16); renovaos en el espíritu de vuestra mente (Efesios 4:23); haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús (Filipenses 2:1-11). Nuestra instrucción espiritual no proviene de la naturaleza pecaminosa que contenemos, sino de la naturaleza del Señor. Por consiguiente estamos en capacidad de comprender los profundos consejos del corazón de Jesucristo, su esquema de salvación enseñado, lo que es la doctrina del Padre (Juan 6). Las doctrinas de la gracia han sido reveladas en forma especial bajo el Evangelio, por lo cual comprendemos lo dicho por Isaías: ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? (Isaías 40:13). El hombre natural, que desconoce las cosas del Espíritu del Señor, no puede ser instructor de los asuntos de Cristo. Por esta razón resulta un desastre el maestro bíblico que ha sido entrenado en didáctica bíblica, como si esa técnica pudiera sustituir la mente del Señor.

    Un cascarón vacío es el predicador que alumbra con palabras copiosas una tradición humana, tomándola por mandato del Señor. El falso maestro es llamado maestro de mentiras, porque se apropia de conceptos ideológicos, fuera del texto bíblico, para llevarlos a una audiencia que estupefacta se maravilla de las fábulas artificiosas que escucha. Su comezón de oír resulta en ganancia para esos maestros que exponen las profundidades de Satanás, ante aquellos que no poseen la mente del Señor. Siempre andan erráticos, consultando aquí y allá, pero trastabillan cuando le dicen bienvenido al que no milita en la doctrina de Cristo. Es allí donde más claramente se exponen a ellos mismos como ignorantes de la justicia de Cristo (Romanos 10:1-4).

    Si tenemos el Espíritu Santo con nosotros, ese es el espíritu de nuestra mente con el cual podemos ser renovados. Él es el que nos reaviva, el que nos soporta y quien culminará la carrera final hasta la salvación final. Por contrapartida, el espíritu humano siempre resulta con tendencia al mal, dominado por la ley del pecado. Gracias a Dios que fuimos salvados no por obras de justicia que hayamos hecho, sino por su misericordia (la del Señor), por el lavado de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5). El bautismo no renueva ni salva a nadie, simplemente es un símbolo de muerte y vida, algo que se hace en honor a la obediencia que le debemos a Cristo. La Escritura abunda en textos que relacionan el lavado del agua con lo que produce la palabra de Dios en nosotros (de manera que la persona tiene primero que ser regenerada para después ser bautizada), pero no hay regeneración por el Espíritu si no existe el Evangelio. Simón el Mago fue bautizado pero no regenerado, como un ejemplo de lo que acá decimos; por igual, el ladrón en la cruz fue regenerado pero no tuvo tiempo de bautizarse. Así que la Biblia habla del lavamiento que es por la palabra de Dios. Cristo amó a la iglesia, entregándose a ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:25-26).

    Conviene distanciarnos del trono de Satanás, alejarnos de sus profundidades interpretativas. Aunque estemos en el mundo, su principado, recordemos que no pertenecemos a él, sino que el mundo nos odia porque odia también a Jesús. Ese distintivo portamos todos los que hemos sido llamados de manera eficaz de las tinieblas a la luz. Pérgamo en sus colinas ya quedó arruinada, pero el trono del diablo todavía existe y se muda, dondequiera que encuentre seguidores. Mucha suerte hemos tenido los que fuimos reconciliados con Cristo, predestinados desde antes de la fundación del mundo para ser semejantes a él (Efesios 1:11, versión Reina Valera Antigua).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL CORDERO INMOLADO

    El Cordero inmolado desde el principio del mundo tiene un libro de la vida. Allí están anotados todos los nombres de aquellos que fueron elegidos por el Padre desde la eternidad, para ser llamados eficazmente en el día del poder de Dios. En Apocalipsis 13:8 encontramos esa noticia, refrendada más adelante en Apocalipsis 17:8, que dice: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.

    El apóstol Juan continúa escribiendo en su Revelación que Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el ejecutar lo que Él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Vemos que tanto la bestia como quienes la adoran son llevados por Dios a ejecutar su plan. No por eso dejan de ser responsables de lo que hacen, como por igual Judas siguió siendo responsable de sus actos, pese a su destino prefijado. Él iba conforme a las Escrituras, pero Jesús dio un ¡ay! por él. El Faraón de Egipto fue absolutamente responsable de su maldad contra el pueblo de Israel, pero Dios endureció de antemano su corazón para glorificarse en esa maldad contra su nación elegida.

    Acá el orden de los factores importa mucho, porque estamos pisando un terreno lógico. Esaú puede ser un modelo para lo que decimos. Él fue odiado por Dios mucho antes de que fuese concebido, antes de hacer bien o mal alguno, de manera que el propósito de Dios permaneciese por su voluntad y no por las obras humanas (Romanos 9:11-13). El antecedente de lo que hizo Esaú fue el odio de Dios, de manera que la venta de su primogenitura vino como consecuencia. Spurgeon dice todo lo contrario, colocando la carreta delante del caballo, por lo que incurre en la falacia que afirma el consecuente. El hecho de que encontremos un huevo roto no implica que alguien lo haya lanzado; pudo romperse por muchas razones distintas.

    De la misma manera, el que Esaú haya vendido su primogenitura no tiene que deberse a un acto de su libre arbitrio, sino a muchas otras razones. La Biblia nos lo dice claramente, y si tenemos por cierto que ella es la palabra de Dios deberíamos creer lo que afirma. Aseguran las Escrituras que la razón por la cual Dios lo odió no fue por haber vendido la primogenitura, sino por su propia voluntad y propósito eterno. Incluso se da una razón de inmediato, en contraste con el amor que ese mismo Dios le propició a Jacob. La razón dada fue que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    Esta aseveración bíblica trae un problema moral para la vasta gama de religiosos que conocen sus líneas. Ellos suponen que al afirmar el consecuente el antecedente aparece por fuerza, pero yerran en ese orden lógico alterado. El antecedente es Dios, como Pablo lo ha señalado muy claramente en Romanos 9 (y en otras cartas, al igual que los múltiples escritores bíblicos lo han dicho de diversas maneras). La prueba inmediata del texto bíblico se expone en forma evidente, por cuanto el apóstol introduce de inmediato la hipotética objeción enunciada. ¿Hay injusticia en Dios? (Romanos 9:14). Tal parece que ese objetor retórico levantado por Pablo comprendió con suficiencia intelectual la elocución del apóstol. Su pregunta demuestra que la comprensión lo espanta.

    Más adelante, ese objetor hipotético y retórico levantado por el apóstol continúa con su disquisición: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La pregunta lógica del objetor pone de manifiesto la claridad del argumento levantado por Pablo; no existe duda alguna de lo que el apóstol quiso decir. Tan claro resulta su enunciado que al levantar al objetor valida su argumento. Ese argumento es del Espíritu, el cual ya respondió en el verso 14: En ninguna manera. El Espíritu niega la injusticia en Dios, pero aclara la pequeñez humana en los versos 20 al 24. El hombre es apenas un pedazo de barro, un vaso que el alfarero moldea como ha deseado, de manera que la misericordia de Dios se manifiesta solamente sobre los que Él quiere manifestarla.

    Por igual, el Espíritu es prístino y aclara la parte contraria: el endurecimiento del hombre viene de parte de Jehová, pues al que quiere endurecer endurece. Este argumento bíblico no es original de Pablo, ya que toda la Escritura relata la soberanía absoluta de Dios. En Job encontramos la pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:4). Jesús también reveló la doctrina de su Padre, de acuerdo al Evangelio de Juan, en especial el Capítulo 6. Allí le dijo a un grupo de seguidores (discípulos) que no podían venir tras él si el Padre no los enviaba; que solamente aquellos que el Padre enseña y que han aprendido podrán venir a él. Ninguno puede venir a Jesús si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre me da, viene a mí. Estos argumentos fueron demasiado duros de oír por aquella manada de alumnos, los que se habían maravillado por sus palabras y por el milagro de los panes y los peces. Por esa razón se apartaron del Señor y se retiraron murmurando.

    Hoy día acontece algo parecido en las llamadas iglesias o asambleas humanas, las que se reúnen para adorar al Dios de la Biblia. La gente no quiere oír tales expresiones sino que desea sentir que ellos tienen el control de sus destinos. Hablan de un libre albedrío sin el cual el Padre no podría ser amado en forma espontánea; hablan de la justicia de Dios que tiene que dar iguales oportunidades a todas las criaturas humanas para poder juzgarlas con equidad. Incluso hay quienes yendo bien lejos abjuran de tal Dios (como lo hizo Spurgeon, en su exposición del sermón titulado Jacob y Esaú). Están los que siguen a John Wesley y dicen que ese Dios es alguien peor que un diablo, un tirano cualquiera (puede cotejar esta afirmación en las Obras de John Wesley).

    Si uno presume lo que debe ser Dios, indudablemente que puede que no acierte con lo que la Biblia habla de Él. Pedro usa una palabra en griego que deja espantado a cualquiera: Dios es el Despotes. Es el amo, el dueño absoluto de todo, el que no tiene que rendir cuentas ante nadie. De esta manera no nos queda otra forma de relacionarnos con Él sino la sumisión, el bajar la cabeza, pero bajo la protección del Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre. Ese Jesús recomendó examinar las Escrituras, ya que ellas testificaban del Cristo que vendría y vino, nos estimuló a buscar la vida eterna en ellas. Vale la pena intentarlo, para extraer piedras preciosas que forman parte de nuestras riquezas en gloria.

    El Dios que desea orden y no caos para todos aquellos que ha llamado, continúa llamando a sus ovejas esparcidas en el mundo. Dice que tiene pueblo en Babilonia y lo conmina a salir de allí; a ellos les extiende su invitación de gracia por medio del Evangelio incorruptible. Nos incita a recoger su donación de perdón por nuestras iniquidades, estimulándonos a recibir, por medio de la fe que él mismo nos ha dado en Jesucristo, su don eterno. El que oiga su voz que lo escuche y acuda presuroso ante su presencia, para que obtenga el beneficio de la bienaventuranza por sus iniquidades perdonadas, y por sus pecados cubiertos (Salmos 32:1-2). Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos; como dijo David: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmos 32: 5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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