Autor: César Paredes

  • DESDE LA REGENERACIÓN HASTA LA GLORIA FINAL

    Desde la regeneración hasta la gloria final dependemos del Señor. No se trata de que Él nos haya regenerado dejándonos a nuestra merced, como si pudiéramos perseverar por nuestras fuerzas. Si así fuera, tendríamos que hablar de una salvación compartida, donde el Padre nos habilitó para que pudiéramos continuar con nuestros esfuerzos. De esta manera no habría garantía del resultado final y glorioso para los amados de Dios.

    Lo que Cristo hizo en la cruz nadie puede deshacerlo. Consumado fue, de manera que nadie puede añadir o quitar a su trabajo. Formamos parte de los hijos que Dios le dio, de la nación santa y del linaje escogido, del real sacerdocio, de los amigos, de su pueblo y de su iglesia. La Biblia nos dice que el que persevere hasta el fin será salvo. Muy bien, estamos de acuerdo, pero justo conviene aclarar que los que perseveramos somos los mismos que fuimos elegidos para ser objetos del amor de Dios. Ese amor eterno nos prolonga su misericordia, y si la Escritura nos ordena a perseverar será porque el Espíritu que nos fue dado vino como garantía de la salvación final.

    ¿Es que alguien considera que el Espíritu Santo no es Todopoderoso? ¿Acaso se ha dividido el Dios Trino? En ninguna manera, su poder permanece por siempre y nos conduce a toda verdad. Pero los que no logran perseverar hasta el fin son aquellos que se anotaron por sí mismos, los que siguen un evangelio diferente al de Jesucristo. A ellos el Espíritu no los guía y no les fue dado como garantía de su redención.

    El predestinado es también llamado, justificado y glorificado. Dios está con nosotros (su pueblo), ¿quién estará contra nosotros para vencernos y arrebatarnos esta salvación tan grande? El Hijo no fue escatimado, sino entregado por todos nosotros (su pueblo), así que tenemos también junto con él todas las cosas (eso incluye la salvación final). En Romanos 8 leemos de esta grandeza de esperanza y garantía final que tenemos los creyentes (su pueblo), por lo cual se nos declaró más que vencedores.

    La obediencia de Cristo Jesús hasta la muerte instituyó una justicia perpetua para todos aquellos que él representó en el madero (él rogó por todos los que Dios le dio y le daría, pero dejó por fuera al mundo: Juan 17:9). Así que somos sus representados, sus escogidos, el pueblo que Dios le dio, aquellos que el siervo justo justificó (Isaías 53:11). El acta de los decretos que nos era contraria permanece clavada en esa cruz del Calvario, ya que dejó de ser útil frente a la declaratoria judicial del Padre Eterno: somos justificados por la fe de Cristo. Somos justificados por su sangre gloriosa, por habernos representado en la cruz, de acuerdo al plan eterno del Padre, como lo demuestra la oración intercesora hecha por Jesús en el huerto de Getsemaní, la noche previa a su muerte de cruz.

    Nuestra obediencia sigue el amor que tenemos por Jesucristo, no conquista nuestra salvación. Simplemente obedecemos porque poseemos el corazón de carne que se nos transplantó en lugar del de piedra. Bien es cierto que el pecado continúa acechando nuestras vidas, como bien lo reconoce Pablo en su carta a los Romanos (capítulo 7). La obediencia no nos preserva, pero nos conviene para no ser castigados como hijos desobedientes. Nos motiva la preservación que tenemos al estar en las manos del Padre y del Hijo, al tener al Consolador en nuestros corazones como arras de la salvación final.

    Cuando hacemos buenas obras no esperamos que ellas nos ayuden a entrar al reino de los cielos, sino que ellas honran al Creador en nosotros. No podríamos combinar gracia con buenas obras, como una garantía más para la redención; al contrario, las buenas obras siguen a la gracia, habiéndosenos dicho que ellas también fueron ordenadas de antemano. Nos mueve nuestra gratitud, no la condición para alcanzar un fin.

    En estos tiempos finales y angustiosos que vivimos, los falsos profetas y los falsos Cristos intentarán arrebatar, si fuere posible, aún a los escogidos. Pero no será posible, porque Jesús usó un futuro de subjuntivo, lo cual indica que hablaba en un hipotético caso y en relación a un imposible acto. Esas palabras de Jesús nos dan la pista de dos cosas, al menos: 1) que estaremos rodeados de malhechores religiosos, para que nos preparemos con las Escrituras y podamos discernir los frutos del árbol bueno y del árbol malo; 2) que tenemos una salvación demasiado grande, demasiado segura, la cual debemos cuidar (tratar con cuidado) como el firme cimiento de nuestro destino final.

    Con las Escrituras podemos refutar a esos falsos maestros, a los pastores que maltratan a las ovejas, descubrir el engaño del enemigo que se disfraza como ángel de luz. Ellos intentarán engañarnos, pero no podrán porque nos preserva el Señor. Sabemos que hay ovejas y cabras; las cabras no serán jamás ovejas, pero las ovejas pueden ser de dos tipos: a) las que están descarriadas y no han oído todavía el llamado del buen pastor; b) las que seguimos al buen pastor porque conocemos su voz. De estas últimas habla el Señor cuando se refiere a que no nos podrán engañar; las otras ovejas descarriadas podrán estar en Babilonia, pero cuando oigan al Señor huirán de allí y lo seguirán fielmente. No así las cabras que siempre seguirán al extraño y nunca podrán huir de él, porque no conocen la voz del Señor.

    Nadie sacará las ovejas de las manos del Padre y del Hijo (Juan 10:27-29). Ni perdemos nuestra salvación ni seremos engañados por un falso Cristo o por un evangelio diferente. Si así sucediera, entonces no hubiésemos sido declarados hijos del Dios viviente, sino que seríamos solamente investidos con un cristianismo externo propio del que apostata de la fe. Los que profesan externamente la fe, se enredan con un variado menú de evangelios diferentes, dado que no aman la verdad y se complacen en la mentira. Para este tipo de personas opera el espíritu de estupor o engaño enviado por Dios para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12). Si la verdad del evangelio no afecta a esas personas (cabras) para motivarlas a amarla, no serán salvas. En realidad, son esas gentes las que fueron ordenadas para tropezar en la roca que es Cristo.

    La justicia de Dios es Jesucristo, por cuya razón nos deleitamos en él; el impío no tiene interés en esa justicia divina sino que coloca la suya propia como sustituta o auxiliar de aquella. He allí el error, he allí la blasfemia; se burlan de la justicia de Dios los que se justifican a sí mismos delante de los hombres, teniendo por sublime lo que ante Dios es abominación (Lucas 16:15). Dios ya lo dijo desde mucho antes: No hay justo ni aún uno; así que en vista de ese diagnóstico la prognosis es la muerte eterna, a no ser que se nos impute la justicia divina que es Jesucristo el Señor.

    Eso hizo Jesucristo cuando murió en la cruz, tomando nuestros pecados y pagando por ellos, para otorgarnos a cambio su justicia. Ese trabajo lo hizo en favor de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). Feliz el hombre cuyas iniquidades son borradas y cubiertos sus pecados (Salmo 32:1-2). No poseemos en nuestro espíritu engaño alguno, porque los falsos Cristos y los falsos maestros no pueden engañar a los escogidos de Dios. No tenemos otra opción sino confesar siempre el verdadero evangelio de Jesucristo.

    César Paredes

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  • LOS BUENOS ÁRBOLES

    Los buenos árboles darán siempre buenos frutos; por el fruto los conoceremos, ya que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). La boca denuncia lo que hay en el corazón respecto a la doctrina que se ha creído. Un árbol malo podrá tener apariencia de buen árbol, con hojas verdes y tronco fuerte, muy útil para dar sombra, para ser refugio de aves, pero no dará el fruto propio de un árbol bueno. Es decir, un hombre religioso podrá equipararse a un impío en cuanto a celo por Dios y alta moralidad, como sucedió con los viejos fariseos. Algo parecido les aconteció a los judíos que Pablo describió como carentes de salvación (Romanos 10:1-4).

    Incluso Pablo se preguntó acerca de lo que le aprovechó a Israel por ser el portador del testimonio de Dios, diciendo que mucho, más allá de que no le fue procurada la salvación a cada uno de los que conformaban la nación. El apóstol para los gentiles dijo de sí mismo que había sido un hombre probo, discípulo de Gamaliel, sobresaliente judío y guardador de la ley en muchos puntos, pero que no le aprovechó de nada en materia de redención. Tuvo todo eso como basura pasada, por causa de la excelencia de Cristo. Por lo tanto, hemos de guardarnos de los perros, de los malos obreros, de los que mutilan el cuerpo. Hoy día abundan los que mutilan el alma, que son de igual pelambre que los antiguos canes descritos en Filipenses 3:1-8.

    Existe mucho celo para perseguir a los que son de Dios, demasiada basura en el chiquero de los que se aferran a la religión y su letra, sin que Dios los haya enseñado para ir a Cristo (Juan 6:45). La gente mala se juzga a sí misma como buena, como creyentes en el Dios de la Biblia, aunque sea de puro decoro. Ellos aprenden los textos de memoria y saben jugar fuera de contexto, pero su corazón queda descubierto en cuanto comienzan a hablar de doctrina. Al verse expuestos acuden a su conocido ardid, el de que prefieren amar a Jesús con todo su corazón, más allá de que no comprendan todas sus enseñanzas; al fin y al cabo, esas cosas de la mente separan, mientras que los asuntos del corazón acercan.

    Dan fruto para muerte, aunque vivan vidas con alta moralidad, como se suele hacer en muchas otras religiones también paganas. Por supuesto, vivir una vida plagada de inmoralidad demuestra que Cristo no vive en esa persona, pero el que alguien tenga buena conducta no presupone que Cristo vive en ella. Muchos ascetas y gente de religión puede conseguir un buen testimonio ante los demás; no obstante, lo que ellos hablan los delata como árboles malos porque carecen de la justificación que solo Cristo puede dar a sus escogidos.

    El asunto de la doctrina que se cree y se confiesa pasa a ser el fruto para reconocer al árbol bueno. Jacob y Esaú parecían buenos hijos ante sus padres, se ocupaban de sus quehaceres y trabajaban con ahínco. Pero uno fue escogido para bendición, mientras el otro fue odiado eternamente. ¿Qué diremos a eso? Que el fruto moral bueno es el que viene como dependencia de la bonhomía espiritual; el fruto moral aislado no presupone que proceda de un buen árbol. Jesús propició con su sangre para nuestro beneficio, pero el otro Jesús que la gente se imagina y confecciona a su voluntad no realizó nada en concreto. Según sus teólogos solo hizo posible para todos lo que le resultó imposible para sí mismo. Es decir, exponen una proposición que por falaz se cae a pedazos, ya que esa salvación fue potencial y los muertos en delitos y pecados deben buscarla y aceptarla.

    ¿Cómo se puede ignorar la vida y la obra de quien nos salvó? ¿Acaso no es necesario conocer a aquel a quien vamos a invocar? En eso consiste la predicación, en dar a conocer a aquel enviado de Dios para el rescate de todo su pueblo (Mateo 1:22; Juan 17:9; Romanos 10:14-15). El que se auto justifica coloca sus propios esfuerzos por alcanzar una hipotética salvación, en tanto él llega a ser la gran diferencia entre salvación y condenación. Esta presunción de potestad en el individuo lo convierte en un anticristo más, alguien que se pone en lugar del verdadero Jesucristo y se otorga el derecho de la salvación.

    ¿Por qué cuesta tanto creer que Dios es el autor de toda gracia? ¿Por qué la gente desea una gracia genérica, dada por igual a cada miembro de la raza humana? Tal vez sea por aferrarse tanto a su mítico libre albedrío, a la promesa de la serpiente que le dijo que sería como un dios si comiere de aquel fruto prohibido. El hombre se cree independiente de su Creador, pero en su ilusión ha olvidado que le debe un juicio de rendición de cuentas una vez que trascienda el umbral de la muerte. Hemos de juzgar de acuerdo al estándar del evangelio, no al de la moralidad o al de la religiosidad.

    La doctrina de la expiación pasa por esencial en la materia del evangelio. No se trata de creer que Cristo es el Hijo de Dios, que resucitó de entre los muertos, o de decirle Señor. Jesús aseguró que muchos le dirán en aquel día que ellos lo llamaron Señor, Señor, pero que él les responderá que nunca fueron conocidos por él. Los demonios creen y tiemblan, pero de nada les sirve; hemos de comprender las palabras de Isaías cuando dijo: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). Conocer al siervo justo implica saber qué hizo en la cruz, que hizo en la carne, además de saber que era el Cordero de Dios.

    Jesús justificó a muchos, no a todos; asimismo dijo que muchos serían llamados y pocos los escogidos. Que hemos de ser enseñados por el Padre, para que habiendo aprendido podamos venir a él. Que nadie viene a él a no ser que el Padre lo traiga. Dijo también que Todo lo que el Padre le da vendrá a él, y el que a él viene no lo echa fuera (Juan 6). Si no posee esta doctrina en su corazón, ¿cómo pretende validar el evangelio en su vida?

    Así como hay árboles malos que dan buena sombra y cobijan a las aves, sirve la analogía para comprender que aún a los impíos los utiliza Dios en lo que desea. El Faraón sirvió para la exhibición del poder divino, de su justicia y su ira contra el pecado y toda forma de injusticia; Esaú vino a ser un prototipo de réprobo en cuanto a fe, para que miremos ese espejo y comprendamos la más grande misericordia de Dios para sus elegidos. A veces admiramos la obra de los impíos, porque vemos alguna verdad en su labor; nuestro error se acaba cuando al cotejar con la palabra de Dios comprendemos que aún en sus palabra se esconde mucho anti cristianismo.

    Cuando uno ve la doctrina demoníaca de la salvación, entiende que se parece en gran manera a la verdad de la Biblia, pero de cerca muestra que procede de un árbol malo. Debemos perseverar en la doctrina de Cristo, para no extraviarnos; el que se extravía, no tiene ni al Padre ni al Hijo, pero el que le dice bienvenido a tal persona participa por igual de sus malas obras (2 Juan 1:9-11). No es lo que le parece al hombre lo que ha de ser justo, sino lo que Dios dice que es su justicia. ¿Contenderá el hombre con Dios? ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). El evangelio seguirá encubierto en los que se pierden, los que tienen el entendimiento cegado por parte del dios de este siglo. De esa manera no les resplandecerá la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Pero para nosotros, está el tesoro en vasos de barro, de forma que se comprenda que la excelencia pertenece a Dios y no a nosotros (2 Corintios 4:3-7).

    César Paredes

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  • NUESTRA AYUDA EN LAS EDADES PASADAS

    Dios ha sido nuestra ayuda en las edades pasadas, será nuestra esperanza en los años por venir. Aquellas cosas antiguas se escribieron por causa de nosotros, para que tengamos confianza en el eterno redentor. Cualquier tormenta que rodea al alma resulta pasajera, mientras nuestro refugio se mantiene intacto en nuestro viaje hacia el eterno hogar. ¿De dónde vendrá nuestro socorro? Si alzamos los ojos hacia arriba, veremos que nuestro auxilio viene de Jehová, el que hizo los cielos y la tierra.

    Ese Dios eterno y soberano, capaz de haber hecho el universo bajo el mandato de su voz, será capaz de minar nuestro espíritu con su amor. ¿Por qué ha de abatirse nuestra alma? ¿Acaso temeremos en demasía lo que nos pueda hacer el hombre? El Señor no dará nuestros pies al resbaladero, sino que nos sostendrá de su mano derecha. El brazo de Jehová es la fuerza de los justos, el de los hombres viene a ser la caída. Ciertamente está escrito: maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada (Jeremías 17: 5-6).

    La retama es una arbusto grisáceo, crece en matorrales y terrenos rocosos y secos de la montaña. El alma del que confía en el hombre se muestra huraña, huye de las muestras cariñosas de los bendecidos por Dios. Claro, un ser maldito se asemeja a Judas Iscariote, a Esaú, al Faraón de Egipto, a Caín, a tantos otros réprobos en cuanto a fe. En esa veta de sus corazones se ve la grieta producida por la sequedad, sin que el agua para vida eterna haya dejado su llovizna en el sector. Estos que confían en las personas son semejantes a los religiosos que confiaban en su padre Abraham, en Moisés y en su ley, diciendo que tenían a sus profetas. No existe diferencia, así se confíe en el conocimiento que la religión garantiza. Porque si se coloca la confianza en las obras de la ley o de la religión de turno, maldición vendrá cuando se incumpla en alguna ocasión.

    El hombre es frágil, carne que perece, pecado sinuoso que carcome, ya que cualquiera de nosotros fue concebido en maldad; nuestra esencia viene de la de Adán, alma corrompida y espíritu áspero para el Señor. Jehová miró desde los cielos y no vio en la tierra a nadie que fuera justo, que quisiera estar con Él; por lo cual dijo que todos se habían apartado hacia el mal. Sin embargo, como su plan eterno no puede fallar, hizo justos a todos aquellos que concibió como su pueblo. En su debido tiempo cada uno de ellos será llamado en forma eficaz por el evangelio, para ser adoptado como hijo del Eterno. A esos justificó Cristo en la cruz, con su sangre los compró, habiendo pagado el precio con su dolor y sufrimiento, con el derramamiento de esa sangre preciosa. Por ellos rogó el Señor la noche anterior a su martirio (Juan 17:9).

    Dios y el brazo de los hombres siempre andan en oposición. Aquel soberbio rey de Asiria tenía su brazo por poder, pero era un brazo de carne (con carruajes y caballos para la batalla), en cambio, con el rey Ezequías y su pueblo estaba Jehová, el Dios Eterno, para ayudarlos a pelear las batallas (2 Crónicas 32:8). El alma humana puede colocar su confianza en la religión, en las obras piadosas, en las creencias de los que predican paz cuando no la hay; pero cada acto de confianza en la criatura o en las cosas de la criatura, lo aleja del acto de confianza en el Señor Omnipotente. De esa manera caminará alejado del Dios viviente, en la ruta de su maldición.

    El pueblo puede acercarse a Dios con su boca, para honrarlo con sus labios, pero si su corazón está lejos del Señor, demostrará que su temor a Dios no es otra cosa que un mandamiento de hombres que aprendieron en sus actividades religiosas (Isaías 29:13). ¿Dirá la vasija de aquel que la ha formado: No entendió? (Isaías 29:16).

    El profeta Jeremías, en su texto, agregó que ante la maldición de aquellos que se apoyan en la carne humana existe la bendición de los que confían en el brazo del Señor. La palabra de Jehová es roca sólida, inquebrantable, siempre veraz; Cristo es el Logos, la palabra de Dios hecha carne: Benditos son todos los que confían en el Hijo (Salmos 2:12). Al mirar al Señor comprendemos la vanidad de confiar en cualquier cosa que se muestra como fortaleza, ya que en las palabras vanas de los hombres religiosos no hay salvación posible. Jesucristo es el único refugio, el destino de nuestras inmortales almas que fueron redimidas por su sangre. Habiendo recibido su gracia en este valle de sombra y de muerte, tendremos su gloria en la eternidad celestial.

    En la sangre de Cristo está nuestro perdón, porque ya que fue declarado la justicia de Dios se nos imputó la justificación por su trabajo en la cruz. A todos los que representó en el madero nos dio vida eterna, para que fuésemos llamados con eficacia en el día del poder del Señor. Hemos sido enseñados por el Padre, y una vez que aprendimos de Él fuimos enviados al Hijo (Juan 6:45). Nunca seremos echados fuera jamás (Juan 6: 37, 44). Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en Jehová su Dios (Salmos 146:5).

    El Dios de Jacob lo redimió de todo mal, se le mostró a él con gracia aún antes de haber sido concebido. La presencia de ese Dios va con nosotros a lo largo del camino, para darnos descanso. En el desierto se pudo corroborar su benevolencia y cuidado, también su corrección; nada le faltó al pueblo de Jacob (Israel), sino que cada promesa sigue cumpliéndose en nosotros como descendientes espirituales. Feliz aquel hombre que tiene al Señor como su ayuda, no verá miseria sino las bendiciones de su gracia. Dios suple nuestras necesidades, nos da con abundancia y muestra su fuerza contra nuestros enemigos. Luego nos dará amplia entrada en el reino de los cielos. El Dios con nosotros, Cristo como esperanza, el Salvador de sus elegidos, ni una sola de sus promesas ha fallado. Su pueblo es gente de una esperanza gloriosa, feliz será aquella persona cuya esperanza es solamente el Señor (Jeremías 17:7).

    César Paredes

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  • ME ARREPIENTO EN POLVO Y CENIZA (JOB 42:6)

    En las conversaciones entre Job y Jehová, el sufrido hombre se reconoce como el loco que ha escondido el consejo sin entendimiento, el que hablaba lo que no entendía. Eran cosas demasiado maravillosas para él, que no comprendía. Dios posee tesoros escondidos, como sus secretos de corazón, de los cuales la gente no debe hablar sin saber. Por eso Job abjura no solo de sus pecados sino de sí mismo, como un deudor a la ley. Podemos traer a la memoria a otros personajes bíblicos, los que suponían que agradaban a Dios pero en realidad intentaban golpear la lámpara con los ojos cegados.

    Saulo de Tarso pretendió seguir al Dios de Israel, había estudiado a los pies de Gamaliel, conocía la ley en su letra y se mantenía como un fariseo digno de imitar. Sin embargo, cuando sus ojos fueron abiertos comprendió su miseria y tuvo todo ese tiempo como pérdida, por causa de la excelencia de Cristo. Moisés no fue nadie sino un hombre afortunado por vivir en el palacio del Faraón, por ser uno de sus príncipes; pero no fue sino cuando Dios se le apareció en aquella zarza que pudo ser tenido por digno de servir al Altísimo. Pedro era un humilde pescador, un hombre común de su tierra, hasta que un día Jesucristo lo llamó a seguirlo. Así, cada uno de los que hemos creído eficazmente damos por nada nuestra antigua vida, por causa de la luz de Cristo.

    Los ocultos orgullos que ensalzan nuestra imagen pueden arruinar el camino para ir al Padre. La vieja naturaleza caída desde Adán nos persigue, nos acompaña y no podemos deshacernos de ella sino solamente controlarla a ratos. Tenemos que hacer morir lo terrenal en nosotros, matar las obras de la carne, pero encontramos oposición natural mientras vivamos en el cuerpo de muerte (del pecado, de acuerdo a Romanos 7). El rey Saúl no quiso matar a Amalec, sino darle un rato de rey a rey, pero Jehová vio que no había cumplido su orden. Cuando fue confrontado por Samuel, Saúl argumentó que las bestias rescatadas del botín el pueblo las tenía para sacrificarlas a Jehová. Una desobediencia lleva a la astucia de la mentira, como cuando alguien compra un boleto de lotería y le ofrece al Señor un porcentaje de su hipotética ganancia.

    Hay culpas morales, como las que tiene un convicto de ley. Él se arrepiente por causa del castigo sobrevenido, o tal vez por la vergüenza social que se le vino encima, pero sigue creyendo que él posee un corazón bondadoso. Cuando Job se confrontó con el Señor no tuvo otro camino que arrepentirse en polvo y ceniza, y aborrecerse a sí mismo. Una cosa es oír de Dios y otra es oírlo a Él, cuando supo Job que no era sabiduría contender contra el Omnipotente. La gran pregunta de Jehová debe llamarnos la atención en estos momentos de la historia del cristianismo y de las desviadas doctrinas sobre la expiación: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8).

    Esas preguntas de Jehová tienen que ver con las de Pablo, hechas para el objetor: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Estas preguntas encontradas en Job y en la Carta a los Romanos reflejan el corazón de las personas que suponen que tienen algo de buenas, a pesar de sus pecados. Esas personas aceptan que hay pecado en el hombre, que Dios es el único que puede salvar al pecador, pero agregan que ellos tienen el poder de decisión. En realidad, el antiguo Job que oía de Dios y el objetor de Romanos, se parecen mucho: suponen que algo bueno había en ellos.

    No fue sino hasta que Dios confrontó a Job que el piadoso hombre pudo comprender que había oído de oídas anteriormente, pero que ahora que veía la verdad su corazón se arrepentía en polvo y ceniza. Esa verdad que Job oyó y vio se supo por las preguntas que Dios le hizo: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? (Job 40:2). Jehová le dijo que había guardado a los impíos para derramarles su ira, para encerrar sus rostros en la oscuridad. Jehová le hablaba de dos grandes fieras: el behemot y el leviatán, las que Él controla sin problema alguno; el leviatán es tomado como el rey de los soberbios. ¿Será que la soberbia de Job seguiría su rumbo después que el Omnipotente lo confronta? No, en absoluto; fue después de estas palabras que Job se humilla en polvo y ceniza.

    De esta manera la Biblia ilustra cuál debería ser nuestra conducta cuando nos confrontamos con la doctrina de la soberanía de Dios, del Dios que no tiene consejero, del que no da cuentas a nadie de lo que hace; del Dios que amó a Jacob pero que odió a Esaú, sin mirar en sus buenas o malas obras, aún antes de que fueren concebidos. Si eso es motivo de enardecimiento, si eso mueve a las personas a hacer filas junto al objetor, entonces tienen que comprender que parecieran ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Son de los soberbios que serán encerrados en la oscuridad, de los vasos de ira preparados para el día de la ira del Señor.

    No podemos invalidar el juicio del Señor, recordemos de nuevo el libro de Job: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). Eso hacen los hombres por su pecado, condenar a Dios por odiar a Esaú, por escoger a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas. La gente se inventa el túnel del tiempo para decir que Dios miró en esos corredores para ver si había algún sabio o entendido, para ver si había alguien que lo buscara, hasta que al final encontró a Jacob, a Moisés, a Elías, a todos los demás creyentes. Pero ese razonar no lo apoya la Escritura por ningún lado, sino que de la misma masa de barro dañada Dios hizo vasos de misericordia y vasos de ira. Fue Dios quien hizo todo eso, para su propia gloria; Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    El hombre se empeña en invalidar el juicio divino, desea condenar a Dios de injusto para justificarse a sí mismo. Pero Jesucristo lo dijo enfáticamente: Toda planta que no plantó mi Padre, será desarraigada (Mateo 15:13). Los decretos de Dios en relación con sus tratos con los hombres, con sus aflicciones, están cargados de sabiduría y racionalidad. Él sabe lo que hace, de acuerdo a su más estricta justicia; jamás serán frustrados sus decretos, lo que debe cumplirse por necesidad. El Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), por lo cual Adán tenía que pecar para que Jesucristo viniera en rescate de muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Así que antes de invalidar la justicia de Dios, digamos que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.

    Nuestro pecado es malo y abominable, pero el impío no teme el no poseer la gracia salvadora. Piensa que tal vez si existe ese Dios de la Biblia de seguro verá sus buenas acciones. Como dijo un salmista, el impío no tiene congojas por su muerte, al ver todavía entero su vigor. Por esa razón Caín mató a su hermano Abel, porque le tuvo envidia y no consideró su propia muerte como un desafío. Vio su vigor entero y supuso que eliminar a su hermano no le traería ningún inconveniente mayor, pero no le resultó como lo pensó. Dios lo maldijo y Caín tuvo que reconocer que su castigo era muy grande para ser soportado. El impío llora cuando ve venir la calamidad, pero no se aflige por su alma. Tal vez llore cuando sea demasiado tarde, por lo cual dirá como todos sus semejantes: en vano he ganado el mundo, ya que perdí mi alma.

    César Paredes

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  • LA SUBSTANCIA DE LA DOCTRINA

    El cristianismo es racional y moral, decimos; hemos de tener una conducta acorde con el Maestro Jesús. Pero la cultura dejada como huella nos mostró a un hombre de pelo largo, a pesar de que él no hizo ningún voto de nazareo. El nazareato era un sistema de apartamiento para Dios, propio de la cultura hebrea, mediante un voto de cumplir una serie de preceptos en la vida. Los nazareos se abstenían tanto del vino como de cortarse el cabello, al igual que no se acercaban a los muertos. Vemos por las Escrituras que Jesús tomó vino, resucitó a Lázaro, estuvo con leprosos, por lo que no imaginamos cómo es que tuvo el pelo largo.

    Tal vez la confusión viene porque al ser oriundo de Nazaret, el mote de nazareno se asemeja al de nazareo; por otro lado, en el asunto del pelo, recordemos que Jesús se apareció al apóstol Pablo. Si hubiese venido con cabellera larga, de seguro el apóstol no se hubiera atrevido a escribir en una de sus cartas que al hombre le honra el pelo corto, mientras la mujer debe mantener su cabellera larga. De todas maneras, Jesús el Cristo es mucho más que un emblema social representado por un hombre con un tipo de cabello; es más que un conjunto de hábitos de misericordia y cordialidad con la gente necesitada.

    La cristiandad ha de andar de acuerdo con la racionalidad y con la moral que presentan las Escrituras. Jesús nos dejó ejemplo de sus pisadas, si bien no de pecado alguno; en tal sentido, ninguno podrá ser igual que Cristo, pero eso no indica que no podamos conducirnos como él. La esencia o sustancia implica el todo de una cosa, en este caso del que hablamos nos referimos a la naturaleza de la doctrina de Cristo. La naturaleza de Cristo (la ousía – οὐσία), constituye la razón por la cual pudo cumplir todas las prescripciones de la ley divina. No podía ningún hombre contaminado de pecado acatar a plenitud el mandato de obediencia a la ley, así que la maldición que ella trajo seguía como una espada en la cabeza de cada ser humano.

    Pero Jesucristo cargó con todas las sanciones que nos eran contrarias, habiendo clavado en la cruz el acta de los decretos que teníamos en contra. Nosotros, estando justificados en su sangre seremos salvos de la ira de Dios (Romanos 5:9). Fuimos perdonados por un acto judicial divino, no a expensas de la ley sino en virtud de su cumplimiento; no que nosotros la hayamos cumplido, sino quien nos representó en ese madero. Somos plantas sembradas por el Padre en su huerto, así que Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada (Mateo 15:13). Esto nos recuerda aquella escena donde Jesús exponía su doctrina, lo que nos lleva a deducir su esencia. Hablamos de lo que narra el evangelio de Juan, en el capítulo 6, cuando muchos de los que lo seguían se ofendieron por la enseñanza de la soberanía de Dios en materia de redención.

    El evangelio de Jesucristo es sabiduría y misterio, algo que estuvo escondido desde los siglos (Isaías 64:4; 1 Corintios 2:9). Ese evangelio estuvo ordenado antes de que el mundo fuera, como un conjunto de cosas invisibles no oídas. Esto engloba la doctrina de la gracia junto con la buena noticia para el pueblo de Dios, asuntos que Dios no quiso revelar antes para el mundo pagano. Hoy ha sido dado a conocer al mundo en general, pero en ese mundo, nosotros como gentes no judías hemos sido beneficiados. Ese conocimiento es desde siempre, pero la predicación del evangelio nos trajo la sabiduría escondida desde los siglos.

    Esa sabiduría anunciamos ante todos, para que los que sean llamados escuchen la voz eficiente del que puede salvar al pecador. El Padre de Jesucristo, nuestro Señor, nos hizo renacer para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros (los que esperamos en Cristo, los que fuimos ordenados desde antes de la fundación del mundo para ser salvos) -1 Pedro 1:3-4; Efesios 1:11. Por tal razón somos guardados por el poder de Dios, mediante la fe; por lo tanto, soportamos las pruebas que ocurren apenas durante un momento comparado con la eternidad de la gloria venidera.

    El apóstol Pedro se regocijó de que nosotros amemos al Señor sin haberle visto, y eso hacemos al recibir lo que los profetas inquirieron y sobre lo cual escribieron, si bien a ellos no les tocó sino administrar estos asuntos para nuestro beneficio. La era del evangelio tiene gran importancia, debería alegrarnos lo suficiente para que no nos dejemos atrapar por los encantos del mundo. Fue Dios hecho hombre quien vino a exponer la doctrina del Padre, con insistencia y buen orden. Sus apóstoles continuaron con la misión encargada, para que pudiéramos tener lo que fue completado, y junto a otros escritores nos legaron el libro sagrado. Somos beneficiarios de excepción en este mundo hostil, dado que los misterios del evangelio son aclarados ahora y no lo fueron en el tiempo de los antiguos profetas.

    La esencia del consejo de Dios respecto a la salvación, nos llegó como si fuese un dibujo esquemático del plan concebido para beneficio de un pueblo, de un real sacerdocio, de una nación santa, de un linaje escogido, de entre aquello que el mundo ha despreciado y ha tenido como lo que no es. Dios nos escogió para que seamos ricos en fe, así que no nos entretenemos en las veleidades mundanales, sino que aspiramos siempre a algo mejor. Caminamos como extranjeros y peregrinos, pero hacia la patria que está en los cielos, donde Jesucristo fue a preparar un lugar para nosotros.

    El Señor nos trae paz y alegría, junto con la justificación y la santificación. Poco importa que el pecado todavía batalle contra nosotros, porque existe esa ley del pecado que domina a veces nuestros miembros (Romanos 7). Procuramos matar las obras de la carne, eso hacemos a diario con la ayuda del Espíritu; pero estamos sometidos todavía a un mundo contaminado y pesimista, que odia a los que somos de Dios. El mundo no nos ama, y el mundo tiene demasiada gente odiosa, pero Dios nos sigue dando alegría y paz, señalándonos que la perfección absoluta está en los cielos que ahora vemos como por espejo. En ese lugar nuestras almas y cuerpos serán glorificados, frente a una gloriosa compañía: el Padre, el Hijo y el Espíritu, junto a los ángeles guardados de caer y a una multitud de seres humanos santificados.

    Nosotros como seres malos damos buenos regalos a nuestros hijos, a los seres de nuestro afecto, pero Dios que es bueno cuánto más no nos dará. Nos ha dado ya su Santo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final, para guiarnos a toda verdad porque no nos deja en la ignorancia respecto a la verdad del evangelio. Gracias a ese Espíritu, y por medio de la palabra inspirada a los santos hombres de Dios, podemos distinguir el evangelio de la verdad del evangelio de los falsos maestros. El gran Dios nos ha preparado grandes cosas a cada una de las personas que somos de su afecto; Cristo nos ha llamado sus amigos, dado que el Padre tiene un considerable afecto por sus hijos adoptados, entregados al Hijo como linaje prometido.

    Jugosos y pesados racimos de uvas se encontraron en Canaán, la tierra prometida, como una brevísima muestra de la grandeza de una promesa divina; por igual, Pedro y Juan fueron testigos por un momento de la transfiguración en la montaña con Jesús, mirando de soslayo la gloria de Cristo en la transformación. Pablo fue transportado al tercer cielo y vio cosas que no pudo narrar por no encontrar las palabras adecuadas, una escena que nos evoca lo que nos aguarda a cada creyente. Los cuantiosos milagros del Señor cuando estuvo con sus discípulos, al reprender la tempestad para hacer una gran bonanza, al multiplicar los panes y los peces, al convertir el agua en vino, al levantar a Lázaro de entre los muertos, al sanar cuerpos enfermos, nos da a entender no solo de su poder sino de su misericordia. Verlo a él será el atractivo especial, al mirar sus manos y sus pies, su costado traspasado por causa de nuestros pecados como pago por nuestra salvación.

    Esa es la esencia o substancia de la doctrina que vino a enseñar Jesús entre nosotros. Vino a decirnos que el Padre tiene todo el poder que puede concebirse en Dios, pero que por su amor escogió a unos cuantos para mostrarles las riquezas de su gloria. Nos sacó del mundo, no porque valiéramos algo más que los que dejó en ese mundo, sino porque nos quiso amar por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no amarlo en consecuencia? ¿Para qué pecar, si soy salvo? ¿Cómo vivir aún en el pecado? ¿Perseveraremos en el mal para que la gracia abunde? En ninguna manera, sino que el pecado siendo la causa de la ira de Dios vino a ser una ocasión para que Dios mostrara su gracia perdonándonos en Jesucristo.

    El evangelio refleja la substancia de la doctrina de Cristo, muestra su pago por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17-9; Juan 3:16). Si miramos esas tres citas bíblicas entenderemos el sentido de su muerte y resurrección, porque fue a su pueblo que vino a salvar, no al mundo por el cual no rogó, por lo cual cumplió el designio del Padre en cuanto a su mundo amado. Pero si supiésemos esa verdad de puro razonamiento nuestro, sin el Espíritu de Cristo que devela la mente de Dios para nosotros, seríamos solamente conocedores del intelecto. Sin embargo, podemos decir en virtud del nuevo nacimiento que nos dio ese Espíritu de Dios que Él me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). En ese plano completamos la esencia de su doctrina, su entrega por sus amigos, su amor con el cual nos hizo amarlo en consecuencia.

    César Paredes

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  • RELIGIONES FALSAS (Deuteronomio 12:1-32)

    Derribaréis estatuas e imágenes de falsos dioses, sus esculturas, no haréis así a Jehová vuestro Dios. Esto haréis en los sitios donde heredaréis de Dios la tierra para vivir, cuando pasareis el Jordán, para habitar la tierra que Jehová vuestro Dios os hace heredar (Resumen de Deuteronomio 12:1-3). Esta es una norma de conducta para el pueblo de Dios, en especial para vivir en sus hogares con el reposo del Señor. No quiere Dios que demos alabanza a esculturas, ni que vayamos en pos del mundo, en el intento de vivir como los que sirven a dioses ajenos, porque Jehová aborrece toda cosa abominable (Deuteronomio 12: 29-32).

    No vamos a ir de casa en casa para destruir las imágenes idolátricas que la gente tiene, simplemente la Biblia nos habla sobre aquello que hemos recibido de Dios. Nuestros espacios deben estar libres de simbología satánica, de objetos de culto a los demonios, pues lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Dios sigue aborreciendo los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6: 16-19).

    El malo y el insensato no estarán delante de los ojos de Jehová, ya que el Señor aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad y destruirá a todos los que hablan mentira. Dios abomina al sanguinario y al engañador (Salmos 5:1-6). El pueblo de Dios no debe unirse en matrimonio con la gente del mundo, porque no existe comunión entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial. No tenemos nada que ver con la religión falsa porque Dios detesta la religión pagana, así como a cada persona que tolera esos oficios. Casarse con alguien que crea una religión falsa implica sostener una falsa paz y llamar bueno a lo que es malo; establecer sociedades con impíos genera impiedad.

    ¿Acaso Dios tolera las imágenes de las deidades? ¿No las compara con la adoración a los demonios? No será tolerante con los que profesan su nombre y se dan a la tarea de servir a los ídolos, ni siquiera que carguen sus collares como adornos, anillos alusivos, o que coloquen pinturas artísticas que reflejan la demonología. Dios destruyó a muchas naciones paganas porque odiaba a su gente, pero ahora su paciencia aguarda para la destrucción de los vasos de ira preparados para la gloria de su poder y justicia. Él llama a un ídolo una abominación, y a toda la cultura detrás de ellos señala como cultura de demonios.

    El Salmo que habla de nuestro Dios que está en los cielos, que dice que todo cuanto quiso ha hecho, dice igualmente que los idólatras son semejantes a sus ídolos (Salmos 115:8). Así que ¡ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! (Isaías 5:20). No tenemos que aprender la cultura religiosa de los paganos, de los que fueron dejados en su ignorancia espiritual. ¿Cómo vamos a adorar al Señor con los métodos de los idólatras? Alejémonos de los magos, de los síquicos, de los que leen las manos, de los que escriben horóscopos, de los adivinos y hechiceros, de los juegos de la Ouija, de los que creen en fantasmas o invocan a los duendes. Son muy variadas las prácticas esotéricas que ahora se reconocen como estudio antropológico y cultura ancestral. Dios envía juicio a los que pretenden la mezcla de la adoración a su nombre con las prácticas abominables (Amós 5: 24-27).

    Mucha verdad esencial con un poco de agregado de mentira pervierte lo que es verdadero, y viene como abominación al Señor. Jesucristo no toleró ni un uno por ciento la ofensa de aquellos discípulos que tuvieron por dura su palabra y no pudieron oírla. Al contrario, ratificó el cien por ciento de lo que estaba exponiendo, diciéndoles: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Si el Señor hubiese abaratado su evangelio habría sido una abominación para la doctrina del Padre, pero nos dio ejemplo de lo que debemos hacer y de cómo hemos de comportarnos en materia doctrinal: cero tolerancia para la mezcla.

    Las aproximaciones eclécticas conllevan a una universalidad adulterada y abominable para Dios. Un poco por acá, un poco por allá, hasta llegar a una religión personalizada, a la carta, a una adoración que enoja a Jehová como aconteció con el fuego extraño ofrendado por los hijos de Aarón. ¿Le hace falta a usted una cruz para adorar a Dios? ¿Cree usted que ese es un símbolo cristiano ordenado por Dios para identificar a su pueblo? ¿Continúa usted con la práctica pagana del árbol de navidad, pensando que ya es parte de nuestra cultura? ¿Qué hay del tan soñado San Nicolás, tan entrometido en la cultura navideña? Nuestra lucha es dura contra el mundo y su paganismo que se filtra por doquier, dejemos que el mundo continúe bajo su principado pero nosotros no pertenecemos al mundo.

    Lo mismo acontece con las doctrinas cercanas aunque sean antagónicas. Creemos en una expiación hecha para el pueblo de Dios, no hecha para el mundo no amado (Juan 17:9), pero otros asumen que Dios amó a todo el mundo, sin excepción, por lo cual proclaman una expiación universal o generalizada. ¿Servimos al mismo Dios? El hecho de que ellos tengan el nombre de Dios en vano no los hace nuestros hermanos. Ellos pueden muy bien servir a un Baal-Jesús, por lo que confundir la expiación de Jesucristo presupone una gran ignorancia respecto a la justicia de Dios.

    La Biblia no nos pide que le celebremos el cumpleaños a Jesucristo, eso es una costumbre pagana para sus dioses incorporada a la cultura del cristianismo. Los paganos han celebrado el nacimiento de su dios-Sol, con sus festivales de la Saturnalia, en los que incorporaron los árboles siempre verdes (los pinos) y los regalos como dones de su dios. También la celebración a Saturno (por eso la Saturnalia) incluía la colocación de una estrella en la cúspide de su ídolo. Por supuesto, toda esa cultura odiosa del paganismo se filtró a la iglesia que hoy parece más una sinagoga de Satanás.

    No podemos decir que todo está bien, que hay paz de Dios, cuando en realidad lo que existe es confusión en los que son arrastrados por cualquier viento de doctrina. Aferrarse a la palabra de Dios se hace una necesidad, pero tiene que hacerse con la guía del Espíritu Santo, el compañero que nos fue dado para habitar en nosotros hasta la redención final. Los que se van tras los falsos maestros y sus demoníacas doctrinas, demuestran que jamás han recibido al Espíritu porque nunca han nacido de nuevo. Ellos son o cabras monteses, o cizaña sembrada por Satanás; tal vez sean ovejas descarriadas que nunca han seguido al buen pastor; eso sucede a menudo cuando se intenta ganar a toda costa a la gente para Cristo. ¿Cuál Cristo? ¿Acaso Jesús sacrificó su doctrina por aquellos discípulos que lo seguían por mar y tierra, después del milagro de los panes y los peces? En ninguna manera, siempre se mantuvo firme en lo que enseñaba y no disminuyó la fuerza de sus creencias. Nos cuesta la soledad como pago, por el hecho de decir la verdad teológica a los seres a quienes guardamos afecto, pero eso nos viene como complemento de lo advertido por el Señor: vino a traer la espada, a poner a padre y madre contra los hijos, a la nuera contra su suegra, y así en ese sentido por causa de la palabra de Dios. La soledad fue el precio de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del mismo Señor. No pensemos que a nosotros nos tocará más fácil. La religión falsa es simplemente cualquier religión contraria a la verdad de Cristo.

    César Paredes

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  • FE Y PALABRA DE DIOS (Romanos 10:17)

    Un ligamen absoluto existe entre la fe y la palabra de Dios que debe ser oída y entendida. Cuando hablamos de oír nos referimos a escuchar con el alma, con entendimiento, pues hasta un impedido del oído físico puede oír la voz de Dios. Esa recepción de la palabra de salvación supone un emisor, el cual es el Espíritu Santo. Pero ha querido Él que nosotros los creyentes seamos los evangelistas que anunciemos la buena noticia para su pueblo escogido. Como no sabemos quiénes han de creer, cumplimos con el mandato de predicar en todo el mundo a toda criatura humana. La palabra de Dios no regresará vacía, sino que hará aquello para lo que haya sido enviada.

    En algunos esa palabra obra mayor condenación (Santiago 4:17), en otros los conduce al cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes son ellos. Cristo es el autor y consumador de la fe, no es de todos la fe sino que ella viene como regalo de Dios. Pero no invocará nadie el nombre del Señor si antes no se ha oído quién es ese Señor. Muchos falsos Cristos se han levantado por el mundo, muchos falsos evangelios han sido anunciados, todos ellos tienen en común el anatema de parte de Dios. No todo el que le dice Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos.

    Urge entonces conocer al verdadero Jesús, el que anuncian las Escrituras. Pero sabemos que los viejos fariseos memorizaban los textos del Antiguo Testamento y se hicieron doctos en la enseñanza de la ley. Sin embargo, fueron llamados generación de víboras que iban camino al infierno del cual no podían huir. Pablo le recomienda a su bien amado amigo y hermano Timoteo que se ocupe de la doctrina, porque haciendo eso se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros. ¿Cómo es eso de salvarse uno mismo? ¿No es acaso la salvación una obra de Dios? Sin duda alguna la salvación pertenece a Jehová, y la condenación también (quien tenga duda consulte sobre Esaú, el Faraón de Egipto o respecto a los demás réprobos en cuanto a fe, los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo).

    Pero los creyentes debemos crecer en gracia y examinarnos continuamente para ver si estamos en la fe. Algunos han creído en vano, en un Jesús distinto al enseñado por los primeros discípulos (Juan 17:20), por eso no son verdaderos creyentes. Puede ser que alguien haya ido por cuenta propia o de otro y no haya aprendido del Padre para ser conducido a Jesucristo (Juan 6:44-45). Pablo tuvo por basura el haber sido un fariseo, un celoso de Dios, incluso el haber estudiado a los pies de Gamaliel, el gran maestro del Antiguo Testamento, por causa de la excelencia de Cristo. Ese apóstol agradece a Dios por los romanos que se mantenían en aquella forma de doctrina enseñada por él, por lo cual también le enfatizaba a Timoteo que hiciera lo mismo.

    La doctrina es el conjunto de enseñanzas de Jesús, no puede ser superada por nada en este mundo. El que descuida la doctrina se aparta y prevarica, con lo cual demuestra que no tiene ni al Padre ni al Hijo; Jesús dijo que sus ovejas lo seguirían siempre y no se irían tras el extraño jamás (Juan 10:1-5). Se entiende que esos que yerran y se van tras las doctrinas de demonios nunca han seguido al buen pastor, por lo que eran oidores olvidadizos con apariencia de piedad. Urge examinarse para ver si estamos o no en la doctrina de Cristo. Cuando uno corrige al que se dice de la fe lo hace por amor, nunca por contienda o vanagloria. Pero no podemos estar detrás de ellos en forma continua, ya que cuando confiesan lo que tienen en su corazón uno verifica si son o no son árboles buenos.

    De las cartas de Pablo se desprende que no pueden tener fe los que no han oído el evangelio. La ley no salvó a nadie, aunque la ley de Dios está en los corazones humanos para dar testimonio de que en alguna medida les fue manifiesto el conocer a Dios. Pero como la ley no salvó a nadie, sino que trajo maldición a todos, pues maldito es el que incumpla alguno de los puntos de la ley, se entiende que tampoco son salvos los que guardan a medias esa ley natural que ya conocen. Urge la predicación del evangelio, para que el mundo sin Cristo salga de la ignorancia respecto a Dios.

    Pero el conocimiento no salva, tampoco. Solamente que el conocimiento de las Escrituras resulta útil por su materia. En muchos produce un cambio de paradigma para beneficio social o individual, pero en los escogidos produce el despertar necesario que realiza el Espíritu para convertir el alma: lo que se llama el nuevo nacimiento. No existe divorcio entre el evangelio predicado y el trabajo del Espíritu. El conocimiento viene como consecuencia de la redención, ya que el Espíritu no nos deja en la ignorancia respecto a quién es Cristo. Pero aquellos que se llaman cristianos y que solo profesan externamente su fe, sin que haya habido cambio interno hecho por el Espíritu de Dios, manifestarán a su tiempo la ignorancia respecto a quién es el Cristo de las Escrituras. Ellos exhibirán con agrado y pompa a ese Jesús de la expiación universal, a un Dios que ama al elegido y al réprobo, proclamarán una expiación a medias o potencial según la cual el muerto en delitos y pecados decidirá si la recibe o la rechaza.

    Esa fe espuria viene por el oír el evangelio de los falsos maestros. Es por eso que insistimos en la doctrina de Cristo, ya que él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía. Por supuesto, el que a él viene no será echado fuera jamás, pero siempre y cuando haya sido enviado por el Padre. Dios enseña a su pueblo para que cuando haya aprendido vaya a su Hijo Jesucristo (Juan 6:45). La manera como ocurre esa enseñanza también pasa por las Escrituras que han de ser escudriñadas, sin la trampa de separar los contextos de los textos que ella alberga.

    Algunos continúan engañados por sus esfuerzos religiosos, teniendo por bueno lo que es malo. Rechazan el estudio doctrinal porque consideran que a Dios lo que le gusta es el corazón alegre cuando pronuncia el nombre de Jesucristo. Nada más vano que suponer tal disparate, ya que no todo el que le diga Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacemos la voluntad del Padre tendremos morada con Él, y esa voluntad es que creamos en el Hijo. Pero ¿cómo creer en el Hijo si ignoramos su doctrina? Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer a Jesús implica conocer su doctrina, su conjunto de enseñanzas respecto a la vida eterna y al Padre, el dador de toda buena dádiva que viene de lo alto. Las palabras de Jesús parecieron duras ante muchos de sus discípulos, en especial de aquellos que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces. Pero eso no lo incomodó para nada, sino que lo movió a dejar en claro que insistía en lo que había dicho: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).

    La repetición de ese punto doctrinal revela la trascendencia que deseaba el Señor dejar en el aviso: el verso 37 e Juan 6 anuncia que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; el verso 44 enfatiza el hecho (ninguno puede venir a mí…), el 45 refiere a los profetas que habían dicho que seríamos enseñados por Dios, para que habiendo aprendido de Dios fuésemos al Hijo. Ahora en el verso 65 resume lo expuesto, por medio de la alocución Por eso os he dicho…lo cual introduce una oración en la que se expresa una consecuencia de lo dicho anteriormente. De esta forma enfatiza una doctrina que les parecía dudosa a sus interlocutores ofendidos por la palabra dura de oír.

    La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero los que ignoran la justicia de Dios siempre buscan la suya propia (Romanos 10:1-4). Dios ordena que de las tinieblas resplandezca la luz, el que también resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Vemos que Jesús no es un nombre vacío, sino un vocablo que refiere a una persona con un trabajo realizado en forma completa. Los corazones de los hombres son oscuros, pero Dios aparece como el sol para alumbrar porque Él es la fuente de luz. ¿A quiénes alumbra? A todos los que tuvo a bien alumbrar, de acuerdo a sus planes eternos.

    Y aunque la luz haya venido al mundo para alumbrar con el evangelio, los hombres prefieren las tinieblas porque sus obras son malas. Sin embargo, si el Espíritu hace la obra de regeneración en los elegidos del Padre, no se puede decir que el hombre prefiere la luz por naturaleza propia de su corazón. Solamente después de haber sido quitado el corazón de piedra, y colocado el de carne, nosotros podemos preferir la luz a las tinieblas. La luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo debe tocar el alma humana, de otra manera no podrá el ser humano desear ese brillo del conocimiento de Cristo.

    Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11), no por el conocimiento de la sabiduría humana. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación de su Evangelio, de lo cual nosotros somos partícipes como mensajeros de paz. Recibimos el consejo de Dios y su esquema de salvación, que pasa por la predestinación, según el puro afecto de su voluntad, sigue por el conocimiento del siervo justo y también por el oír el Evangelio como promesa de redención para todo su pueblo. Nuestra obediencia a ese Evangelio nos mueve a su predicación, para que todos aquellos nombrados para vida eterna lleguen a la salvación plena del Señor.

    César Paredes

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  • LA OBEDIENCIA (HEBREOS 5:9)

    Cristo vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Todos los salvados por Cristo son llevados a una obediencia hacia él, si bien nuestra obediencia no es la causa de nuestra salvación. Se entiende que llevamos fruto bueno como buen árbol, que la consecuencia sigue a la causa, que sin el Espíritu de Dios no podríamos haber sido vivificados y que si amamos a Cristo guardamos sus mandamientos. De allí que procuramos hacer firme nuestra vocación y elección, para no caer jamás.

    Las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por divino poder (2 Pedro 1:3), con preciosas y grandísimas promesas, para llegar a ser participantes de la naturaleza divina. De esa manera huimos de la corrupción propia del mundo, a causa de la concupiscencia, convirtiéndonos en diligentes añadimos a nuestra fe virtud, a la virtud conocimiento, al conocimiento, dominio propio (2 Pedro 1: 5-6). Siguen la paciencia, la piedad, el afecto fraternal y el amor.

    Por amor advertimos al mundo de sus delitos y pecados, por amor decimos a aquellos que dicen creer que su fe debe ser espuria si no se someten al Evangelio. Por amor también soportamos con paciencia las aflicciones del presente tiempo, bendiciendo cuando nos maldicen, haciendo bien para vencer el mal. Si no tuviésemos amor, diríamos con los falsos maestros que hay paz cuando no la hay, llamaríamos a lo malo bueno y a lo bueno malo, siguiendo en las disoluciones de las falsas doctrinas que siempre merodean en nombre del cristianismo.

    El que abandona tales cosas virtuosas tiene la vista corta, de allí que tenemos que procurar hacer firme nuestra vocación. Por igual le recomendó Pablo a Timoteo que se ocupara de la doctrina, para salvarse a sí mismo y para ayudar a salvar a otros. Claro está, uno no puede auto-salvarse, ni salvar a nadie, pero el énfasis apostólico sobre el tema coloca de relieve la importancia de conocer y guardar la doctrina de Cristo. El mismo Señor afirmó que él había venido a enseñar la doctrina de su Padre, para que comprendamos la importancia de permanecer en la doctrina enseñada por los apóstoles.

    Jesús no solo hacía milagros, sino que también educaba al pueblo que lo seguía. No se anduvo con palabras suaves para persuadir a las multitudes, no estuvo pendiente de las ofrendas de la gente, ni de los halagos por sus proezas como Dios hecho hombre. Simplemente enseñaba la doctrina del Padre, diciendo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía; que todo lo que el Padre le daba vendría a él irrevocablemente y no lo echaría fuera (Juan 6:37, 44-45). Por supuesto, estas palabras sonaron muy duras y sus cuantiosos discípulos lo dejaron de inmediato dándose a la tarea de la murmuración.

    Jesús hablaba de manada pequeña, de los pocos escogidos del Padre, así que no le importó que lo dejaran solo. No ablandó tampoco sus palabras porque hubiesen sido entonces un veneno que confundiría al mundo, simplemente expuso su mensaje que muchos supuestos seguidores han dejado de lado, dándole importancia superior a los asuntos de moral. ¿Y dónde han dejado la virtud relativa al tema de la salvación? ¿Acaso Jesús rogó por el mundo que no vino a salvar? (Juan 17:9). El Señor vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), pero sus falsos discípulos anuncian una oferta de salvación al mundo, diciéndoles que no pierdan la esperanza en la confianza de su libre albedrío.

    Anuncian que Jesús hizo una salvación potencial, que está a la espera de que los muertos en delitos y pecados se acerquen a él para darles vida. Esas contradicciones no enseñó Jesús, no forman parte de la doctrina del Padre. Al contrario, nada más claro que la enseñanza del amor de Dios para con sus escogidos: Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13). Si Jesús no rogó por el mundo, debe ser que no consideró a ese mundo como amigo. Solamente rogó por el mundo amado por su Padre, de manera que no existe lugar para la expiación universal o generalizada.

    El Señor continuó enseñando su palabra: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16). Estamos puestos para llevar fruto y para que ese fruto permanezca, para poderle pedir al Padre en el nombre del Hijo y para que el Padre nos dé lo pedido. Esta promesa tiene el Señor para los que son suyos, a los cuales conoce. El Señor nos escogió a nosotros en forma libre, sin que predominara ninguna influencia nuestra hacia él. De hecho, esa escogencia se dio desde antes de la fundación del mundo, como para que no nos jactemos de nuestro carácter o condición. ¿Qué pudo ver Dios en nosotros? Nada bueno, porque fuimos creados de una misma masa, cundida por el pecado, por lo cual se ha escrito que nosotros tuvimos suerte (o herencia, de acuerdo al étimo), (Efesios 1:11).

    Más allá de la ley del pecado descrita por Pablo en Romanos 7, nosotros obedecemos al Señor. Ciertamente, a veces hacemos lo que no queremos y dejamos de hacer lo bueno, pero damos siempre gracias a Dios por Jesucristo que nos librará del cuerpo de muerte (del pecado) (Romanos 7:25). Por lo tanto, los verdaderos creyentes tenemos la seguridad de la salvación, a pesar de que a veces caigamos en el pecado. Cuando caemos damos agravio al Espíritu que mora en nosotros como garantía de nuestra redención final, pues nos deslizamos hacia sutiles tentaciones. Pero cualquiera que cree sabe que ha creído y que tiene esa seguridad, la cual la testifica el Espíritu que ahora mora en ese corazón.

    Si se cree una doctrina errónea, toda la gama de conceptos subsidiarias de esa creencia se ve contaminada por idéntico error. Si alguien asume la supuesta expiación universal de Jesús como un hecho, su fe estará asegurada en algo que el creyente mismo hizo. Sacará sus cuentas y dirá que creyó tal día, bajo tal predicador, que Jesús hizo su parte y él hizo la suya. En fin, su confianza estará ligada a algo que él como pecador aportó para actualizar aquella salvación potencial. En otras palabras, tal persona sigue ignorando la justicia de Dios (Romanos 10:1-4), y su mucho celo religioso no le vale un ápice en materia de justificación.

    Tenemos la certeza de la redención en Cristo Jesús, ya que la fe es la certeza de aquello que se espera, la convicción de lo que no vemos (Hebreos 11:1). Sabemos que fuimos salvados por el trabajo de Jesucristo, por su sangre derramada en favor de su pueblo escogido. Es por ello que obedecemos, muy a pesar de nuestra vieja naturaleza que lucha atraída por la ley del pecado. No obedecemos a Cristo para poder ser salvos, ya que esa obra de redención fue concluida en la cruz. Las buenas obras en las que hemos de andar (incluida la obediencia al Señor) fueron preparadas de antemano para nuestro provecho y para la gloria de Dios.

    David es un claro ejemplo de un hombre conforme al corazón de Dios, el cual habiendo pecado muchas veces también fue perdonado siempre. La caída y el arrepentimiento forman parte de nuestro diario vivir, mientras andemos en este mundo. Pero no somos arrastrados por la corriente del mal para naufragio total, sino que somos sostenidos por la diestra del Señor (Salmos 73: 23-24).

    César Paredes

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  • LA OBRA DE DIOS

    Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Basta con mirar unos instantes la prodigiosa naturaleza, con sus animales cargados de conocimiento para sobrevivir en sus ambientes, para inferir una sabiduría en su creación. Cada uno fue hecho por alguna razón, pero cada criatura demuestra el reflejo del artista, de ese conocimiento eterno que todo lo llena. Como corona de la creación surgió el hombre, colocado para dar gloria al Creador. Adán vino al Edén donde también accedió la serpiente antigua, no por intromisión propia sino por decreto divino. Ya el Cordero sin mancha estaba ordenado para su aparición en el tiempo apostólico, así que el hombre tenía que gustar el pecado para contaminar toda la tierra.

    No se trata de un Dios sorprendido o acosado por el mal, sino de un Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). En el caos también se ve su orden, una sintaxis que lo señala como el artífice de todo cuanto existe. Mejor amistarse con Él para que nos venga bien, porque tiene el poder de echar el alma y el cuerpo en el infierno. Guardemos nuestra lengua del mal y no hagamos que nuestros labios hablen engaño. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo (Salmos 19:7).

    Aunque todos callen, la creación grita a voces la gloria del Altísimo, para silenciar al necio que dice en su corazón que no hay Dios. La fe viene por el oír esa voz del Evangelio, la cual fue pregonada por los apóstoles, y mucho antes por los profetas de antaño; algunos la oyen externamente, pero otros de manera interna y para mejor provecho. La palabra de Dios es perfecta para convertir el alma, la ley y el testimonio que deben hablar lo hacen oportunamente. Si el evangelio no hablara no habría amanecido Cristo, porque la Escritura inspirada surte provecho para la doctrina redentora, para reprobar y corregir, como útil instrucción para el hombre recto (justificado).

    La ley de Moisés condenaba el alma pero la ley de Dios la convierte, por medio del Evangelio que anuncia el sacrificio del Hijo como Redentor de su pueblo. Aquella ley sirvió para instruirnos y hacernos temer, ya que trajo maldición a todo el que la quebrantaba. Ella nos condujo a Cristo, en alguna medida, para caer de rodillas ante su piedad inalterada. El alimento del alma con el cual se nutre y se hidrata, está compuesto de sólido y líquido. La palabra de Cristo que señala a su doctrina como alimento de fe, más el agua que brota como manantial eterno para no tener sed jamás, vienen a ser el conjunto alimenticio que habrá de procurar todo aquel que estima su alma y aprecia el evangelio.

    La complejidad del cuerpo humano demuestra al de espíritu sencillo que existe un Creador de todo lo que vemos, pero el hombre altivo no logra entender ese designio divino. No por azar existe el ser humano junto al caballo, ni por casualidad los árboles dan su sombra protectora junto a sus frutos. Si pudiéramos examinar el alma veríamos también un diseñador complejo, pero muchos prefieren ni siquiera pensarlo. El esquema de salvación que se planteó desde hace siglos, bajo el marco de la pedagogía divina, con maestros y profetas inspirados por Dios para que el pueblo elegido encontrara el camino, anuncia por igual la perfección.

    Vemos que la muerte se introdujo por el pecado del primer hombre, pero el segundo Adán (Cristo) trajo la vida para aquellos que el Padre eligió. El Espíritu vivifica a cada uno de ellos, de acuerdo a la palabra predicada. Sin evangelio no existe redención, sin Espíritu no puede haber renacimiento, sin el Redentor no habría esperanza alguna. La salvación es también obra de Dios, que se obtiene por medio de la fe que da Jesucristo. No puede el evangelio de los falsos maestros redimir un alma, no pudo la ley tampoco salvar a una persona. Incluso Pablo, enseñado a los pies de Gamaliel, tuvo aquel tiempo como basura por causa de la excelencia de Cristo. Nadie puede andar en el camino de los falsos maestros y pretender tener esos tiempos como ganancia. El mandato del Señor es a salir y huir de Babilonia.

    Babilonia viene como metáfora de la guarida de espíritus demoníacos, con doctrinas del averno; ella inspira a las sinagogas de Satanás, a sus hermanos en la fe espuria. Conviene alejarse lo más que se pueda de esos espacios, así como hemos de resistir al diablo; la Biblia no nos pide que convirtamos a Satanás como tampoco que nos quedemos en Babilonia.

    Cuando uno de los elegidos de Dios ha sido regenerado por el Espíritu de Dios, sale de Babilonia gustoso de no participar más de sus hechicerías. La visión espiritual que le es dada con el nuevo nacimiento le permite conocer la gloria de la redención obtenida. Aparece en su corazón el resplandor de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, lo cual hace que no sea posible que aparezca el rostro del falso maestro (a no ser que la conversión haya sido falsa y el evangelio sea el falso) -2 Corintios 4:6. No son pocos los que se introducen con una pseudo conversión, bajo la batuta de la pseudo piedad, cuyos corazones todavía son regidos por la reina del cielo, por el rey de Babilonia y por la doctrina demoníaca de los falsos maestros.

    A los que casi se convierten a la fe cristiana, pero no les alcanza el olvido de sus vanas doctrinas, les parece bien la congregación mixta entre ovejas y cabras. A gusto se sienten para atormentar a las ovejas del Señor, pero Dios ha ordenado a sus ovejas salir de Babilonia. Uno nota que los verdaderos creyentes son marginados en esos templos mixtos, y son acusados de sectarios y divisionistas, como si no tuvieran amor y pasión por el nombre de Jesús. En realidad, las cabras se dan al canto de sus pasiones, de sus idolatrías, bajo la inspiración de la doctrina de la expiación universal. Aman el ser inclusivos, ya que se amparan en el mito del Dios que ama a todos por igual, en el libre albedrío humano para decidir lo que conviene a sus almas.

    Pareciera que esa gente conforma el conjunto de los hijos de esclavitud, representados por Agar, la esclava que le dio un hijo a Abraham. Los ministros de Satanás tienen como locura la cruz de Cristo, por lo que se dan a la tarea del eclecticismo, de un justo medio doctrinal, para que la doctrina no supere el supuesto amor que hay en sus corazones. Lo de ellos siempre será opcional, como un menú de mesonero a la carta, para que cada quien elija los puntos doctrinales que más satisfacen. Entonces uno puede observar que muchas de sus asambleas contienen apóstoles, profetas, habladores de falsas lenguas, evangelistas y pastores que claman a voces por las fiestas del Israel del Antiguo Testamento. Se gozan en pronunciar palabras en hebreo bíblico, como si sus sonidos trajeran la presencia del Señor con solemnidad.

    Es en realidad un sistema de fe prostituido, una emulación de la Gran Ramera apocalíptica, a quien visten con cierto recato para presentarla como mujer redimida. Surge el arduo celo por la falsa cruz de los no escogidos, cuando muestran sus dientes filosos para devorar a todo aquel que se les oponga en sus asambleas. Siempre están preguntando por sus versos que saben de memoria, los que fuera de contexto les brindan razones para la teología espuria. Domingo a domingo caminan hipnotizados hacia los templos de Baal-Jesús, como lo hacían los antiguos paganos ante los recintos de sus dioses. Como sus ojos son débiles, sus cuerpos y almas están en tinieblas, al igual que su pastor de pastores tiene un ojo tapado. ¡Ay del pastor inútil que abandona el ganado! Hiera la espada su brazo, y su ojo derecho; del todo se secará su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido (Zacarías 11:17).

    La Gran Ramera será odiada, sus ropas rasgadas para mostrar su desnudez, su carne será comida y ella terminará quemada en el fuego (Apocalipsis 17:16). Eso espera por igual a todos los que veneran a la Gran Ramera, a la Babilonia misteriosa, la cual se ha embriagado con la sangre de los santos. Ella sigue viva todavía, porque no le ha llegado su hora, pero los que se gozan con sus falsas doctrinas del averno serán lanzados al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. No saldrán gratuitamente de sus fangos, sino que el espíritu de estupor enviado por Jehová los conducirá hacia ese espantoso destino final.

    Es ahora el tiempo de salvación, es ahora el día aceptable; a la ley y al testimonio, a buscar la doctrina del Padre para que habiéndola aprendido se pueda ser conducido hacia Cristo. La voluntad de Dios es que prediquemos su evangelio, su promesa de redención para su pueblo escogido. En los réprobos este evangelio cae como un fardo y los hunde más en el lodo, pero en los que oyen la voz del Señor viene a ser un bálsamo para sus heridas y unas alas para el despegue. La palabra de la cruz es el poder de Dios para salvación, la cual viene por la locura de la predicación. Lo necio del mundo, lo que no es, lo descartado en general, escogió Dios para avergonzar a lo sabio, a lo que se dice que es. A ellos, a los pobres de este mundo, es predicado este evangelio, para que creyendo seáis instrumento de alabanza viva para el Creador de todo cuanto existe. A éstos dice Dios: Venid a las aguas, bebéis de gratis, agua para vida eterna.

    César Paredes

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  • PODER, IRA Y ODIO

    PODER, IRA Y ODIO

    El amor de Dios por sus escogidos se ve destacado al compararlo con el pueblo destinado para recibir su poder, ira y odio por el pecado de incredulidad. Jehová le mandó a decir al Faraón, por medio de Moisés, que Él lo había levantado para mostrar en él todo su poder, y para que el nombre del Altísimo fuese anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). Dios ha colocado a los réprobos en cuanto a fe en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos. Aún al malo ha hecho para el día malo, de manera que el que se jacta de ser ateo lo que en realidad dice es que es un olvidado de Dios.

    Aquel que Jehová desecha será llamado plata desechada (Jeremías 6:30), un destinado para la desobediencia (1 Pedro 2:8). La humanidad se divide en dos partes, los vasos de misericordia y los vasos de ira, pero no imaginemos a un Dios que no supo lo que hizo; Él no aguarda nuestra decisión, como si hubiese lanzado una oferta general. Su mandato puede ser tenido por universal, pero su decreto ha sido particular y con carácter obligatorio por cuanto Él no cambia. Ante Él se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua, por cuanto por Él mismo hizo juramento, una palabra que no será revocada (Isaías45: 23).

    En el plan eterno e inmutable aparecía el Hijo como Cordero ordenado y preparado para ser manifestado en el tiempo oportuno. De esa manera toda la humanidad se inmiscuyó en la caída, como una gran vanidad, por causa del que tendría misericordia de su pueblo. Nadie puede producir justicia agradable ante el Creador, pero todos la necesitan. Sin embargo, Jesucristo como justicia se muestra oportuno para los que son de su fe. Sabemos que él es el autor y consumador de la fe, que no es de todos la fe, que ella es un don de Dios. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios.

    El Faraón odió la gloria del Dios de Moisés y preguntó quién era ese Jehová para tener que dejar ir a su pueblo esclavizado. ¿Acaso no lo advirtió Jehová a Moisés, antes de ir a Egipto? Leemos en las Escrituras: Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas (Éxodo 7:3). Esta teología le pareció repugnante a Arminio, asimismo a todos los que hoy día siguen la corriente de la expiación universal. Ellos se niegan a creer lo que la Biblia dice en forma plana, pero se dan a intrincados análisis hasta el desvarío total. Aún sus filólogos se inventan una nueva semántica, donde el verbo odiar significa amar menos. El delirio es grande, con tal de aplacar la dura palabra que ellos se resisten a oír.

    A veces alguien no atiende a la voz de la reprensión, de la admonición de las Escrituras, pero normalmente sucede cuando Jehová ha decidido hacerlos perecer. Tal es el caso narrado en referencia a los hijos del sacerdote Elí (1 Samuel 2:25). Dios maneja el corazón del rey y lo inclina ante todo lo que Él quiere; aún a mucha gente Dios la hará estar de acuerdo para que le dé el reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Incluso Dios envía un espíritu de estupor o engaño para aquellos que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira; tal espíritu es enviado para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Dios odia y ama, pero no ama y odia a la misma gente. En Él no se da la vacilación, ya que su amor aparece en relación a su justicia. Esto es, todos aquellos que fuimos justificados en Jesucristo formamos el objeto de su amor eterno, con una misericordia prolongada. El Dios de la providencia da a cada quien conforme le ha placido, por lo cual computar los bienes de este mundo como bendición puede ser una ligereza. En ocasiones Dios le da poder y riquezas a las personas, como en el caso del Faraón, pero lo hace no por amor sino para satisfacción de la gloria de su ira y poder contra el pecado.

    El rey de Asiria se levanta como un personaje ideal para ilustrar lo que decimos; había sido enviado por Dios para destruir naciones no pocas, pero ese rey creyó en su propio poder y voluntad, al punto de que se envaneció. Después de cumplir su oficio, Dios lo castigó por su soberbia de corazón, por causa de la altivez de sus ojos. En ocasiones Dios usa la predicación de su palabra para endurecer a los réprobos, los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esto no nos exalta como creyentes sino que nos mueve a humildad, porque sabemos que Dios nos escogió solamente por misericordia. Jesús hablaba en parábolas para que viendo no vieran, para que oyendo no entendieran, no sea que se convirtieran y él tuviera que sanarlos o salvarlos (Mateo 13: 13-15).

    Nuestra humildad debe estar presente a cada momento, sabiendo que nada nos distingue, ni tenemos algo que no hayamos recibido de Dios. Miramos en la Escritura el hecho del endurecimiento y odio de Dios hacia aquellos vasos de ira preparados para la exhibición de su gloria contra el pecado. ¿Por qué Dios encuentra falta en aquellos que endureció para castigarlos? Algunos sostienen que esto no sería digno de un Dios justo sino de un tirano, o tal vez de un diablo. Así pensó John Wesley, así opinó Arminio, así comentan todos los que se escandalizan de la soberanía de Dios. Se objeta la justicia divina, se le computa al Creador una falta que lo desacredita en cuanto al gran amor mostrado en la cruz. Pero esa cruz no fue colocada en el Calvario por causa del mundo no amado, sino para el pueblo escogido por el Elector Supremo.

    Dios no resulta contradictorio, por cuanto no ama y odia a la misma persona; yerran todos aquellos que sostienen que el pecador debe ser totalmente libre de Dios, para pecar o no pecar, para arrepentirse o endurecerse a sí mismo. El deseo del hombre caído sigue siendo la independencia de Dios prometida en el Edén por la serpiente: seréis como dioses, lo cual equivaldría a ser soberanos e independientes. Esaú se comió aquellas lentejas porque tenía hambre, negoció su primogenitura porque sintió el desespero del vientre; siempre hubo alguna razón apremiante que lo indujo a negociar su alma ante el enemigo. Sin embargo, poco importan las razones del hecho porque lo que lo acusa son los actos de pecado.

    Esos actos de pecado fueron programados, fueron necesarios cometerlos, no por causa de la persona voraz sino por causa del que lo odió desde antes de formarlo. Así que Dios reclama para sí mismo la condenación de Esaú, tanto como la salvación de Jacob. Esta es la encrucijada en la cual los amantes de la piedad aparente se distancian del Creador, porque no soportan la ofensa de su palabra. Con cuánto anhelo no han intentado colocar a la puerta de la voluntad de Esaú su pecado, como queriendo decir que Dios lo amó pero que él despreció ese amor. De igual forma hacen con los demás réprobos en cuanto a fe: dicen que Dios los amó en la cruz, Cristo murió por sus pecados y está dispuesto a perdonarlos, ya él hizo su parte pero ahora les toca a ustedes hacer la suya.

    Con ese mensaje de un amor inexistente viajan como evangelistas anunciando a un dios que no puede salvar, a un Jesús con una expiación inconclusa y con una oferta de salvación que ya no es una promesa. Sostienen que una redención potencial se hizo en la cruz, a la espera de que la gente muerta en delitos y pecados se levante para que la acepte gustosa. Ellos anhelan el respeto por el libre albedrío y repiten que el ser humano se salva en el ejercicio de su libertad. No saben que cada ser humano sigue siendo dependiente del que los creó, y le debe un juicio de rendición de cuentas. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

    Esta teología bíblica debería despertar a los que son del Señor para que con humildad se inclinen ante el que tiene el poder de echar alma y cuerpo en el infierno, pero por igual tiene la voluntad de redimir a todos aquellos que amó con amor eterno. En esta dimensión de contraste, el brillo de la salvación se hace notar de lejos, como un faro para que se acerquen al reposo sereno del Altísimo.

    César Paredes

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