Un ligamen absoluto existe entre la fe y la palabra de Dios que debe ser oída y entendida. Cuando hablamos de oír nos referimos a escuchar con el alma, con entendimiento, pues hasta un impedido del oído físico puede oír la voz de Dios. Esa recepción de la palabra de salvación supone un emisor, el cual es el Espíritu Santo. Pero ha querido Él que nosotros los creyentes seamos los evangelistas que anunciemos la buena noticia para su pueblo escogido. Como no sabemos quiénes han de creer, cumplimos con el mandato de predicar en todo el mundo a toda criatura humana. La palabra de Dios no regresará vacía, sino que hará aquello para lo que haya sido enviada.
En algunos esa palabra obra mayor condenación (Santiago 4:17), en otros los conduce al cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes son ellos. Cristo es el autor y consumador de la fe, no es de todos la fe sino que ella viene como regalo de Dios. Pero no invocará nadie el nombre del Señor si antes no se ha oído quién es ese Señor. Muchos falsos Cristos se han levantado por el mundo, muchos falsos evangelios han sido anunciados, todos ellos tienen en común el anatema de parte de Dios. No todo el que le dice Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos.
Urge entonces conocer al verdadero Jesús, el que anuncian las Escrituras. Pero sabemos que los viejos fariseos memorizaban los textos del Antiguo Testamento y se hicieron doctos en la enseñanza de la ley. Sin embargo, fueron llamados generación de víboras que iban camino al infierno del cual no podían huir. Pablo le recomienda a su bien amado amigo y hermano Timoteo que se ocupe de la doctrina, porque haciendo eso se salvaría a sí mismo y ayudaría a salvar a otros. ¿Cómo es eso de salvarse uno mismo? ¿No es acaso la salvación una obra de Dios? Sin duda alguna la salvación pertenece a Jehová, y la condenación también (quien tenga duda consulte sobre Esaú, el Faraón de Egipto o respecto a los demás réprobos en cuanto a fe, los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo).
Pero los creyentes debemos crecer en gracia y examinarnos continuamente para ver si estamos en la fe. Algunos han creído en vano, en un Jesús distinto al enseñado por los primeros discípulos (Juan 17:20), por eso no son verdaderos creyentes. Puede ser que alguien haya ido por cuenta propia o de otro y no haya aprendido del Padre para ser conducido a Jesucristo (Juan 6:44-45). Pablo tuvo por basura el haber sido un fariseo, un celoso de Dios, incluso el haber estudiado a los pies de Gamaliel, el gran maestro del Antiguo Testamento, por causa de la excelencia de Cristo. Ese apóstol agradece a Dios por los romanos que se mantenían en aquella forma de doctrina enseñada por él, por lo cual también le enfatizaba a Timoteo que hiciera lo mismo.
La doctrina es el conjunto de enseñanzas de Jesús, no puede ser superada por nada en este mundo. El que descuida la doctrina se aparta y prevarica, con lo cual demuestra que no tiene ni al Padre ni al Hijo; Jesús dijo que sus ovejas lo seguirían siempre y no se irían tras el extraño jamás (Juan 10:1-5). Se entiende que esos que yerran y se van tras las doctrinas de demonios nunca han seguido al buen pastor, por lo que eran oidores olvidadizos con apariencia de piedad. Urge examinarse para ver si estamos o no en la doctrina de Cristo. Cuando uno corrige al que se dice de la fe lo hace por amor, nunca por contienda o vanagloria. Pero no podemos estar detrás de ellos en forma continua, ya que cuando confiesan lo que tienen en su corazón uno verifica si son o no son árboles buenos.
De las cartas de Pablo se desprende que no pueden tener fe los que no han oído el evangelio. La ley no salvó a nadie, aunque la ley de Dios está en los corazones humanos para dar testimonio de que en alguna medida les fue manifiesto el conocer a Dios. Pero como la ley no salvó a nadie, sino que trajo maldición a todos, pues maldito es el que incumpla alguno de los puntos de la ley, se entiende que tampoco son salvos los que guardan a medias esa ley natural que ya conocen. Urge la predicación del evangelio, para que el mundo sin Cristo salga de la ignorancia respecto a Dios.
Pero el conocimiento no salva, tampoco. Solamente que el conocimiento de las Escrituras resulta útil por su materia. En muchos produce un cambio de paradigma para beneficio social o individual, pero en los escogidos produce el despertar necesario que realiza el Espíritu para convertir el alma: lo que se llama el nuevo nacimiento. No existe divorcio entre el evangelio predicado y el trabajo del Espíritu. El conocimiento viene como consecuencia de la redención, ya que el Espíritu no nos deja en la ignorancia respecto a quién es Cristo. Pero aquellos que se llaman cristianos y que solo profesan externamente su fe, sin que haya habido cambio interno hecho por el Espíritu de Dios, manifestarán a su tiempo la ignorancia respecto a quién es el Cristo de las Escrituras. Ellos exhibirán con agrado y pompa a ese Jesús de la expiación universal, a un Dios que ama al elegido y al réprobo, proclamarán una expiación a medias o potencial según la cual el muerto en delitos y pecados decidirá si la recibe o la rechaza.
Esa fe espuria viene por el oír el evangelio de los falsos maestros. Es por eso que insistimos en la doctrina de Cristo, ya que él dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo traía. Por supuesto, el que a él viene no será echado fuera jamás, pero siempre y cuando haya sido enviado por el Padre. Dios enseña a su pueblo para que cuando haya aprendido vaya a su Hijo Jesucristo (Juan 6:45). La manera como ocurre esa enseñanza también pasa por las Escrituras que han de ser escudriñadas, sin la trampa de separar los contextos de los textos que ella alberga.
Algunos continúan engañados por sus esfuerzos religiosos, teniendo por bueno lo que es malo. Rechazan el estudio doctrinal porque consideran que a Dios lo que le gusta es el corazón alegre cuando pronuncia el nombre de Jesucristo. Nada más vano que suponer tal disparate, ya que no todo el que le diga Señor, Señor, a Jesucristo, entrará en el reino de los cielos. Solamente aquellos que hacemos la voluntad del Padre tendremos morada con Él, y esa voluntad es que creamos en el Hijo. Pero ¿cómo creer en el Hijo si ignoramos su doctrina? Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).
Conocer a Jesús implica conocer su doctrina, su conjunto de enseñanzas respecto a la vida eterna y al Padre, el dador de toda buena dádiva que viene de lo alto. Las palabras de Jesús parecieron duras ante muchos de sus discípulos, en especial de aquellos que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces. Pero eso no lo incomodó para nada, sino que lo movió a dejar en claro que insistía en lo que había dicho: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65).
La repetición de ese punto doctrinal revela la trascendencia que deseaba el Señor dejar en el aviso: el verso 37 e Juan 6 anuncia que todo lo que el Padre le da al Hijo viene al Hijo; el verso 44 enfatiza el hecho (ninguno puede venir a mí…), el 45 refiere a los profetas que habían dicho que seríamos enseñados por Dios, para que habiendo aprendido de Dios fuésemos al Hijo. Ahora en el verso 65 resume lo expuesto, por medio de la alocución Por eso os he dicho…lo cual introduce una oración en la que se expresa una consecuencia de lo dicho anteriormente. De esta forma enfatiza una doctrina que les parecía dudosa a sus interlocutores ofendidos por la palabra dura de oír.
La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios (Romanos 10:17), pero los que ignoran la justicia de Dios siempre buscan la suya propia (Romanos 10:1-4). Dios ordena que de las tinieblas resplandezca la luz, el que también resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Vemos que Jesús no es un nombre vacío, sino un vocablo que refiere a una persona con un trabajo realizado en forma completa. Los corazones de los hombres son oscuros, pero Dios aparece como el sol para alumbrar porque Él es la fuente de luz. ¿A quiénes alumbra? A todos los que tuvo a bien alumbrar, de acuerdo a sus planes eternos.
Y aunque la luz haya venido al mundo para alumbrar con el evangelio, los hombres prefieren las tinieblas porque sus obras son malas. Sin embargo, si el Espíritu hace la obra de regeneración en los elegidos del Padre, no se puede decir que el hombre prefiere la luz por naturaleza propia de su corazón. Solamente después de haber sido quitado el corazón de piedra, y colocado el de carne, nosotros podemos preferir la luz a las tinieblas. La luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo debe tocar el alma humana, de otra manera no podrá el ser humano desear ese brillo del conocimiento de Cristo.
Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11), no por el conocimiento de la sabiduría humana. Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación de su Evangelio, de lo cual nosotros somos partícipes como mensajeros de paz. Recibimos el consejo de Dios y su esquema de salvación, que pasa por la predestinación, según el puro afecto de su voluntad, sigue por el conocimiento del siervo justo y también por el oír el Evangelio como promesa de redención para todo su pueblo. Nuestra obediencia a ese Evangelio nos mueve a su predicación, para que todos aquellos nombrados para vida eterna lleguen a la salvación plena del Señor.
César Paredes