En la Biblia encontramos textos que gobiernan otros textos, por lo que nos hemos de dar a la tarea de conocerla toda para determinar cuáles son los que rigen a otros. Por ejemplo, si tenemos en cuenta la multiplicidad de sentido en algunas palabras, podríamos comprender la utilidad de buscar un método para categorizar tales textos. No siempre que leemos todo, todo el mundo, tenemos una referencia universal absoluta que anuncie a todo el mundo sin excepción. Ya conocemos algunos casos, como el de la expresión de un grupo de fariseos que hablaban del impacto de Jesús en medio de la gente. Ellos exclamaron: Mirad, todo el mundo se va tras él (Juan 12:16).
Hemos inferido que se trata de una hipérbole (una figura literaria que implica exageración en la comparación), ya que los mismos fariseos no seguían a Jesús, ni el imperio romano, ni los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchos judíos miembros del Sanedrín, ni la gente del pueblo que era incrédula, ni aquellos discípulos que lo abandonaron al escuchar las palabras duras de oír (Juan 6:60, 66). Este caso se ve sencillo, ya que se deduce por el contexto histórico que no puede referirse a un todo o todo el mundo absoluto. Pero tal vez nos ayude el compararlo con el texto citado de último, para ver que éste rige al de Juan 12:16. Es decir, existe una restricción en Juan 6:60,66 para modificar el alcance del sentido de Juan 12:16.
Pero por igual, la restricción de su alcance se da también en el hecho histórico contextual mencionado: fariseos, saduceos, miembros del Sanedrín, los del imperio romano, muchos que fueron sanados y no se volvieron a agradecer a Jesús (los leprosos, por ejemplo), que no seguían a Jesús y que no se fueron tras él. De igual forma el lector encontrará de seguro otros ejemplos que ilustrarían lo que intentamos exponer: la idea de los textos rectores. Si ya conocemos que no siempre el vocablo todo o la expresión todo el mundo hace referencia a todos sin excepción, podemos seguir con otros casos similares. En Juan 3:16 se habla del amor del Padre por el mundo, de tal forma que le envió a su Hijo para que todo creyente no se pierda sino que tenga vida eterna. Ese mensaje ha sido manipulado de diversas maneras por los denominados creyentes, para hacer creer que Dios amó (o ama) a todo el mundo, sin excepción, o para suponer que la expiación de Jesucristo fue hecha por los pecados de todo el mundo, sin excepción.
Sin embargo, si comparamos la expresión tomada de la plegaria de Jesús en el Getsemaní, la noche previa a su martirio, notaremos algo que exige la aparición de un texto rector. Jesús dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Vemos el mismo vocablo de Juan 3:16, KOSMOS en lengua griega, MUNDO. Se podría suponer que hay un choque entre ambos textos, que una es la voluntad del Padre y otra la del Hijo, pero decirlo supondría por igual una interpretación privada y muy arbitraria. Así que seguimos con el contexto, recordando la hipérbole de los fariseos cuando se maravillaban de que todo el mundo seguía a Jesús. Además, puede uno centrarse en el contexto de Juan 3:16, cuando Jesús hablaba con Nicodemo, un fariseo judío maestro de la ley, que suponía que solamente Dios amaba a los israelitas. Los gentiles, para ese universo judío eran considerados como el mundo (los otros).
Esto fue costumbre en la antigüedad de la historia, ya los romanos tenían dos tipos de Derecho: el Derecho Romano, que regía para los ciudadanos de Roma, y el Derecho de Gentes, que se refería a los gentiles, a las demás gentes, a los otros, al mundo. Se entendía que ese mundo era el no romano. De hecho, una de sus normas respecto al derecho del acreedor sobre el deudor que no cancelaba la deuda brindaba libertad al primero para matar al segundo, pero teniendo en cuenta de si era o no romano. Si lo era, tenía que hacerlo fuera de Roma, a la otra orilla del río Tíber. Los judíos no escapaban a las formas de gobierno donde ellos se consideraban el centro del mundo y los demás eran las gentes, los otros, los denominados gentiles.
Jesús le dijo a Nicodemo que el Padre había incluido a los gentiles (el mundo) en el objeto de su amor. Pero por igual, su expresión puede referirse al universo de gentiles incluidos y a los judíos incluidos en el plan de salvación. Ese conjunto se ve contenido en la expresión mundo, dicha por Jesús en Juan 3:16. Pero más tarde, cuando Jesús ora en Getsemaní, vuelve la misma expresión KOSMOS pero en sentido negativo. No ruega por el mundo. Ver una disputa entre el Padre y el Hijo contradiría la voluntad de la Sagrada Familia. Por esa razón entendemos que son dos mundos distintos: el mundo amado por el Padre es el mismo mundo por el cual Jesús muere, de acuerdo a la declaración dada a Nicodemo. Pero el mundo dejado de lado por Jesús (por el cual no iría a morir) es el mundo réprobo en cuanto a fe, el ordenado para tropezar en la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. El texto de Juan 17:9 estaría regido por 1 Pedro 2:8, Apocalipsis 13:8 y 17:8; existirían otros textos que comprenderían la misma idea, pero bastaría con estos por ahora.
Por cierto, el texto de 1 Pedro 1:20 habla del Cordero ya ordenado para la expiación desde antes de la fundación del mundo. Si Adán fue creado en el sexto día de la creación del mundo, Jesucristo estuvo preparado como Cordero para la expiación desde mucho antes. De allí que Adán tenía que pecar, no podía jugarse posibilidades afirmativas y negativas como si en una de ellas dejase al Cordero de Dios frustrado en la eternidad misma. El pecado era un hecho que ocurriría en forma cierta al crear Dios al primer hombre sobre la tierra. No podríamos decir como otros suponen que si Adán no hubiese pecado el mundo sería otro. No, la gloria que el Hijo de Dios llevaría como Cordero para la expiación no podía ser alterada por ningún acto humano, pues era ya un decreto divino.
Juan el apóstol conocía muy bien al Señor de cerca. Pero si eso no bastara, fue un escritor inspirado por el Espíritu de Dios (como señala la Escritura respecto a los santos hombres de Dios siendo inspirados). Por lo tanto, Juan conocía de la voluntad del Padre sobre el Hijo, que moriría por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Y Juan sabía también que el Señor no había rogado por el mundo, pero que sí había muerto por el mundo amado por el Padre. Por esa razón, cuando leemos en su carta que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, agrega que no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2).
De nuevo, o Juan contradice las otras Escrituras o tenemos que ver los textos rectores. ¿De cuáles mundos hablaba el apóstol? Recordemos que Juan escribía a una iglesia que fundamentalmente estaba compuesta por judíos conversos. De esa forma les indicaba que Jesús había propiciado en favor de ellos (los judíos), aunque el texto pudiera también indicar que se refería a la iglesia local -independientemente de quiénes la componían. De inmediato les aclara que existe una extensión en la propiciación por el pecado, que no se limita solamente al pecado de los judíos conversos, o a los miembros de su iglesia. Esa propiciación se extiende por igual a todo el mundo. ¿Cuál mundo? De nuevo las respuestas anteriores sirven acá como fundamentos: el mundo amado por el Padre, por el cual envió al Hijo.
También podríamos agregar que esa expresión sobre la propiciación por todo el mundo abarca tanto al universo gentil como al judío; pudiera ser, por igual, que en su mente estén los judíos de su iglesia y por esa razón les recuerda que los gentiles también fueron objeto de esa propiciación. ¿Pero todos los gentiles, sin excepción? No, en ninguna manera; ya Cristo lo había dicho en Juan 6, que redimiría solo a los que el Padre le enviara.
Ese razonamiento del Señor incomodó a muchos de sus discípulos que lo abandonaron porque sus palabras duras de oír los habían ofendido. Juan, el autor de la carta, no va a contradecir al Señor del Evangelio de Juan como para atreverse a decir todo lo contrario que Jesús había enseñado. Por esa razón, muchos textos de Juan 6 fungen como textos rectores de 1 Juan 2:2; por igual rigen sobre ese texto Juan 3:16 y Juan 17:9. No podríamos mirar una expiación extendida a cada ser humano, por cuanto muchos yacen en el infierno y éste aguarda a otros todavía. Todo lo cual supondría que hubo una expiación vana, inútil, con una sangre insuficiente del Cordero por aquellos que se condenan.
Por otra parte, supondría que el Padre es muy injusto: una vez castigó todos los pecados de toda la humanidad, sin excepción, en el Hijo; después los castiga eternamente en el infierno. Pero esas contradicciones las ven quienes tuercen los textos y se apegan al étimo sin contexto, sin importar que otros textos rigen a los que a ellos les molestan. Por lo tanto buscan una interpretación frívola y extensiva para favorecer su teología de las masas. Puede ser que de esa manera muchos discípulos no se vayan con murmuraciones, sino que se queden al lado de ese Jesús que habla palabras blandas. Pero el Jesús de las Escrituras sigue siendo el mismo, con duras palabras de oír, con otra palabra más fuerte para el tiempo del fin: Nunca os conocí.
César Paredes