Autor: César Paredes

  • TEXTOS RECTORES

    En la Biblia encontramos textos que gobiernan otros textos, por lo que nos hemos de dar a la tarea de conocerla toda para determinar cuáles son los que rigen a otros. Por ejemplo, si tenemos en cuenta la multiplicidad de sentido en algunas palabras, podríamos comprender la utilidad de buscar un método para categorizar tales textos. No siempre que leemos todo, todo el mundo, tenemos una referencia universal absoluta que anuncie a todo el mundo sin excepción. Ya conocemos algunos casos, como el de la expresión de un grupo de fariseos que hablaban del impacto de Jesús en medio de la gente. Ellos exclamaron: Mirad, todo el mundo se va tras él (Juan 12:16).

    Hemos inferido que se trata de una hipérbole (una figura literaria que implica exageración en la comparación), ya que los mismos fariseos no seguían a Jesús, ni el imperio romano, ni los saduceos que no creían en la resurrección, ni muchos judíos miembros del Sanedrín, ni la gente del pueblo que era incrédula, ni aquellos discípulos que lo abandonaron al escuchar las palabras duras de oír (Juan 6:60, 66). Este caso se ve sencillo, ya que se deduce por el contexto histórico que no puede referirse a un todo o todo el mundo absoluto. Pero tal vez nos ayude el compararlo con el texto citado de último, para ver que éste rige al de Juan 12:16. Es decir, existe una restricción en Juan 6:60,66 para modificar el alcance del sentido de Juan 12:16.

    Pero por igual, la restricción de su alcance se da también en el hecho histórico contextual mencionado: fariseos, saduceos, miembros del Sanedrín, los del imperio romano, muchos que fueron sanados y no se volvieron a agradecer a Jesús (los leprosos, por ejemplo), que no seguían a Jesús y que no se fueron tras él. De igual forma el lector encontrará de seguro otros ejemplos que ilustrarían lo que intentamos exponer: la idea de los textos rectores. Si ya conocemos que no siempre el vocablo todo o la expresión todo el mundo hace referencia a todos sin excepción, podemos seguir con otros casos similares. En Juan 3:16 se habla del amor del Padre por el mundo, de tal forma que le envió a su Hijo para que todo creyente no se pierda sino que tenga vida eterna. Ese mensaje ha sido manipulado de diversas maneras por los denominados creyentes, para hacer creer que Dios amó (o ama) a todo el mundo, sin excepción, o para suponer que la expiación de Jesucristo fue hecha por los pecados de todo el mundo, sin excepción.

    Sin embargo, si comparamos la expresión tomada de la plegaria de Jesús en el Getsemaní, la noche previa a su martirio, notaremos algo que exige la aparición de un texto rector. Jesús dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Vemos el mismo vocablo de Juan 3:16, KOSMOS en lengua griega, MUNDO. Se podría suponer que hay un choque entre ambos textos, que una es la voluntad del Padre y otra la del Hijo, pero decirlo supondría por igual una interpretación privada y muy arbitraria. Así que seguimos con el contexto, recordando la hipérbole de los fariseos cuando se maravillaban de que todo el mundo seguía a Jesús. Además, puede uno centrarse en el contexto de Juan 3:16, cuando Jesús hablaba con Nicodemo, un fariseo judío maestro de la ley, que suponía que solamente Dios amaba a los israelitas. Los gentiles, para ese universo judío eran considerados como el mundo (los otros).

    Esto fue costumbre en la antigüedad de la historia, ya los romanos tenían dos tipos de Derecho: el Derecho Romano, que regía para los ciudadanos de Roma, y el Derecho de Gentes, que se refería a los gentiles, a las demás gentes, a los otros, al mundo. Se entendía que ese mundo era el no romano. De hecho, una de sus normas respecto al derecho del acreedor sobre el deudor que no cancelaba la deuda brindaba libertad al primero para matar al segundo, pero teniendo en cuenta de si era o no romano. Si lo era, tenía que hacerlo fuera de Roma, a la otra orilla del río Tíber. Los judíos no escapaban a las formas de gobierno donde ellos se consideraban el centro del mundo y los demás eran las gentes, los otros, los denominados gentiles.

    Jesús le dijo a Nicodemo que el Padre había incluido a los gentiles (el mundo) en el objeto de su amor. Pero por igual, su expresión puede referirse al universo de gentiles incluidos y a los judíos incluidos en el plan de salvación. Ese conjunto se ve contenido en la expresión mundo, dicha por Jesús en Juan 3:16. Pero más tarde, cuando Jesús ora en Getsemaní, vuelve la misma expresión KOSMOS pero en sentido negativo. No ruega por el mundo. Ver una disputa entre el Padre y el Hijo contradiría la voluntad de la Sagrada Familia. Por esa razón entendemos que son dos mundos distintos: el mundo amado por el Padre es el mismo mundo por el cual Jesús muere, de acuerdo a la declaración dada a Nicodemo. Pero el mundo dejado de lado por Jesús (por el cual no iría a morir) es el mundo réprobo en cuanto a fe, el ordenado para tropezar en la roca que es Cristo, aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. El texto de Juan 17:9 estaría regido por 1 Pedro 2:8, Apocalipsis 13:8 y 17:8; existirían otros textos que comprenderían la misma idea, pero bastaría con estos por ahora.

    Por cierto, el texto de 1 Pedro 1:20 habla del Cordero ya ordenado para la expiación desde antes de la fundación del mundo. Si Adán fue creado en el sexto día de la creación del mundo, Jesucristo estuvo preparado como Cordero para la expiación desde mucho antes. De allí que Adán tenía que pecar, no podía jugarse posibilidades afirmativas y negativas como si en una de ellas dejase al Cordero de Dios frustrado en la eternidad misma. El pecado era un hecho que ocurriría en forma cierta al crear Dios al primer hombre sobre la tierra. No podríamos decir como otros suponen que si Adán no hubiese pecado el mundo sería otro. No, la gloria que el Hijo de Dios llevaría como Cordero para la expiación no podía ser alterada por ningún acto humano, pues era ya un decreto divino.

    Juan el apóstol conocía muy bien al Señor de cerca. Pero si eso no bastara, fue un escritor inspirado por el Espíritu de Dios (como señala la Escritura respecto a los santos hombres de Dios siendo inspirados). Por lo tanto, Juan conocía de la voluntad del Padre sobre el Hijo, que moriría por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Y Juan sabía también que el Señor no había rogado por el mundo, pero que sí había muerto por el mundo amado por el Padre. Por esa razón, cuando leemos en su carta que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, agrega que no solo por los nuestros sino por los de todo el mundo (1 Juan 2:2).

    De nuevo, o Juan contradice las otras Escrituras o tenemos que ver los textos rectores. ¿De cuáles mundos hablaba el apóstol? Recordemos que Juan escribía a una iglesia que fundamentalmente estaba compuesta por judíos conversos. De esa forma les indicaba que Jesús había propiciado en favor de ellos (los judíos), aunque el texto pudiera también indicar que se refería a la iglesia local -independientemente de quiénes la componían. De inmediato les aclara que existe una extensión en la propiciación por el pecado, que no se limita solamente al pecado de los judíos conversos, o a los miembros de su iglesia. Esa propiciación se extiende por igual a todo el mundo. ¿Cuál mundo? De nuevo las respuestas anteriores sirven acá como fundamentos: el mundo amado por el Padre, por el cual envió al Hijo.

    También podríamos agregar que esa expresión sobre la propiciación por todo el mundo abarca tanto al universo gentil como al judío; pudiera ser, por igual, que en su mente estén los judíos de su iglesia y por esa razón les recuerda que los gentiles también fueron objeto de esa propiciación. ¿Pero todos los gentiles, sin excepción? No, en ninguna manera; ya Cristo lo había dicho en Juan 6, que redimiría solo a los que el Padre le enviara.

    Ese razonamiento del Señor incomodó a muchos de sus discípulos que lo abandonaron porque sus palabras duras de oír los habían ofendido. Juan, el autor de la carta, no va a contradecir al Señor del Evangelio de Juan como para atreverse a decir todo lo contrario que Jesús había enseñado. Por esa razón, muchos textos de Juan 6 fungen como textos rectores de 1 Juan 2:2; por igual rigen sobre ese texto Juan 3:16 y Juan 17:9. No podríamos mirar una expiación extendida a cada ser humano, por cuanto muchos yacen en el infierno y éste aguarda a otros todavía. Todo lo cual supondría que hubo una expiación vana, inútil, con una sangre insuficiente del Cordero por aquellos que se condenan.

    Por otra parte, supondría que el Padre es muy injusto: una vez castigó todos los pecados de toda la humanidad, sin excepción, en el Hijo; después los castiga eternamente en el infierno. Pero esas contradicciones las ven quienes tuercen los textos y se apegan al étimo sin contexto, sin importar que otros textos rigen a los que a ellos les molestan. Por lo tanto buscan una interpretación frívola y extensiva para favorecer su teología de las masas. Puede ser que de esa manera muchos discípulos no se vayan con murmuraciones, sino que se queden al lado de ese Jesús que habla palabras blandas. Pero el Jesús de las Escrituras sigue siendo el mismo, con duras palabras de oír, con otra palabra más fuerte para el tiempo del fin: Nunca os conocí.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

  • LA DOCTRINA DE CRISTO

    Grandes predicadores de la humanidad los hay, como también existen poderosos sacerdotes de la Gran Ramera. Todos ellos participan de un denominador común, el apego a una verdad conciliada en un justo medio. El Dios de la Biblia les resulta demasiado binario y soberano, pese a que algunos de ellos se inclinen por las doctrinas de la gracia. Los viejos fariseos también conocían el Antiguo Testamento, pero habían inferido un Dios que les convenía. Era la divinidad de las obras, de la estirpe israelita, ajeno a los gentiles, con el cual manipulaban a las masas más ignorantes que ellos.

    La ignorancia mata. No podemos defender al que ignora la justicia de Cristo, pretendiendo esgrimir un argumento ad misericordiam o uno ad populum. Como si la mayoría tuviera la razón por el peso de la cantidad, o como si los más necesitados socialmente tuviesen justificación por obras de ignorancia. A los fariseos de entonces les fue dicho que se asemejaban a los sepulcros pintados de blanco por fuera, podridos por dentro. Porque la muerte hiede, especialmente después de unos días. Los que yacen muertos en delitos y pecados apestan, aunque se blanqueen externamente con laca religiosa o se perfumen con las flores de la religión espuria.

    Hubo un predicador perteneciente a la Reforma Protestante que se hizo célebre, tan célebre como pudieron hablar de él no una sino dos autobiografías. Su ego va delante y lo anuncia como el príncipe de los predicadores calvinistas. Él fue tenaz defensor de las doctrinas de la gracia, pero sucumbía por el pietismo de los que blandiendo una y otra vez sus herejías doctrinales se ensañaban contra el Dios de la Biblia. Llegó a afirmar que los enemigos de la doctrina de Cristo (de la gracia) cuando llegaran al cielo (en virtud de su religión herético-pietista), se convertirían en calvinistas (propulsores de la gracia).

    Semejante barbaridad lo deja desnudo por virtud de la traición de sus palabras. Su verbo lo dejó expuesto, como cuando la palabra descubre el corazón. Hablamos de Charles Spurgeon, muy conocido defensor de su religión calvinista. La gente se apega a las tradiciones, a imágenes de líderes políticos-religiosos, vende sus ideas como si fuesen extraídas de las Escrituras, sin examinar minuciosamente su veracidad. Por esa razón reclamamos lo de la Biblia como perteneciente al Dios que la inspiró, pero nos alejamos de aquellos que pretenden hacer palabra de Dios sus propias palabras.

    Ese Spurgeon fue el que sagazmente atribuyó a Esaú su condenación, al vender su primogenitura. El que propuso que ante dos preguntas distintas había que dar dos respuestas diferentes, ya que hipotéticamente alguien puede preguntarse por qué Jacob fue salvado y por qué Esaú fue condenado. Sin embargo, la Biblia da una misma respuesta para ambas interrogantes, como lo leemos en Romanos 9:11: pues no habían aún nacido (Jacob y Esaú), ni habían aún hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama. Es decir, Pablo señala por inspiración del Espíritu Santo que los gemelos fueron escogidos independientemente de sus obras buenas o malas, pero Spurgeon, aún conociendo lo que la Escritura dice, torció el sentido para perdición de muchos, al afirmar que Esaú se condenó por sus obras. Es más, llegó a declarar que su alma se rebelaba contra aquel que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios.

    Bien, Spurgeon mismo lo dijo: su alma se sublevaba, se rebelaba, se volvía insurrecta, se disgustaba, repugnaba y atentaba contra la autoridad de Dios mismo. ¿Por qué? Porque el que inspiró las palabras escritas por Pablo fue el Espíritu Santo, Dios mismo, así que Spurgeon se declaró insurrecto contra la autoridad divina del Espíritu, se molestó y manifestó repugnancia contra el Dios de la Biblia por condenar a Esaú (colocar la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios) sin mirar en sus malas obras. ¿No es eso lo que Arminio escribió en sus obras? Él dijo que la predestinación era repugnante, así de simple. Lo mismo aseveró John Wesley, pero muchos alaban su pietismo aparente, porque lo que importa es decir que Jesús salva, un cliché religioso que abre puertas a miles de personas que siguen el espíritu de estupor porque odian la verdad.

    Si alguien desea corroborar lo dicho, puede ir a un sermón en la web (o en las obras completas de Spurgeon) titulado Jacob y Esaú. Allí puede leer el escrito y tomar nota de lo dicho. Como dijera David: ¿No odio a los que te odian? En realidad odiamos esas declaraciones de los que odian a Dios, aunque en realidad amamos a cualquiera que anda perdido en las tinieblas del mundo y de Satanás, por lo cual le declaramos la verdad en amor para que la conozcan. Si no lo amáramos lo dejaríamos en la ignorancia respecto a la justicia de Dios, que es Jesucristo. Por eso les anunciamos que Jesús no puede ser un cliché, una palabra mágica para salir del infierno, o para no ir a ese lugar; no, Jesús significa Jehová salva, un nombre que le fue dado al niño por nacer porque venía con una condición a este mundo: salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús vino a salvar el mundo amado por el Padre (Juan 3:16) pero no vino a salvar el mundo no amado por el Padre (Juan 17:9). De allí que este evangelio molesta a muchos, como parece que le molestó demasiado al príncipe de los predicadores y a muchos de los discípulos que seguían a Jesús. El Señor dijo: Ninguno puede venir a mí a menos que le sea dado del Padre (Juan 6:65); Todo lo que el Padre me da vendrá a mí (Juan 6:37). Por lo tanto, todos aquellos que sin excepción el Padre le da vendrán a Jesús (solamente ellos).

    Los seguidores de Jacobo Arminio promulgan la tesis católico-romana dibujada por los jesuitas. Uno de sus férreos seguidores se llamó John Wesley, denominado el príncipe de los predicadores arminianos. Así que tenemos dos príncipes honrados por sus teologías: el príncipe calvinista (Spurgeon) y el príncipe arminiano (Wesley), como si se tratara dos lados de una misma moneda. Ambos proclaman teologías antagónicas, pero se dan la mano bajo el cuento de que predican a Jesús, por lo cual nos preguntamos ¿qué detiene el que se den la mano con Roma, que también predica a Jesús?

    Tanto Arminio como Roma promulgan la elección condicional, el libre albedrío, el perfeccionismo, una expiación ilimitada (por lo tanto ineficaz), una justificación que está condicionada en el pecador, una perseverancia condicional, en un franco rechazo y odio contra la elección incondicional y la reprobación incondicional. Pero los calvinistas que detestan muchas de las doctrinas romanas y arminianas, saludan con agrado la tenacidad religiosa de Wesley y Spurgeon, de Arminio y de Roma, en sus trazos ecuménicos. En especial se da cuando sus ojos se enfocan en la vida ejemplar de sus grandes líderes, al igual que antes se miraba la apariencia de los fariseos.

    Calvino llegó a decir que la expiación de Jesús se hizo por todo el mundo sin excepción, pero que resulta eficaz solamente en los elegidos. Llegó a afirmar que mientras Jesús le lavaba los pies a Judas le estaba dando la oportunidad de arrepentirse, como si eso fuese el deseo del Señor quien más bien lo apuró para que hiciera lo que tenía que hacer. Pero Calvino se refugiaba en las doctrinas de la gracia de la boca para afuera, porque ese era el arma teológica de la Reforma contra Roma. Sus seguidores ahora equiparan sus enseñanzas al evangelio, un atrevimiento que ni los viejos fariseos tuvieron respecto a ellos mismos.

    ¿Qué importa cuánto celo se tenga por el evangelio, si no se hace conforme a ciencia? Eso fue lo que dijo Pablo cuado escribía a los romanos, que su oración era para salvación porque ellos andaban perdidos. Tener celo respecto a Dios sin el conocimiento de su justicia (Jesucristo como propiciación por todos los pecados de su pueblo), no conduce a nada bueno sino a la permanencia en el estado de perdición eterna. ¿Qué importa llamarse seguidor de un predicador o teólogo famoso, si su doctrina se aleja de las enseñanzas de Jesús? Por cierto, existe un hábito intelectual peligroso, el creer que Jesús vino a enseñar ética para que vivamos testificando ante el mundo y contra sus errores. La ética de Jesús no se objeta, pero eso Pablo lo demostró cuando escribía a los romanos y les dijo que su celo por Dios (su ética) no les servía de nada si ignoraban la doctrina de Cristo (sus enseñanzas respecto a su justicia, como se señala en Juan 6, de acuerdo a los textos antes mencionados).

    Juan, por su parte, escribe en su Primera Carta, Capítulo 1 verso 9-10, que el transgresor es aquel que se aparta de la doctrina de Cristo. Esa persona ajena a las enseñanzas del Señor, respecto a lo que vino a hacer en esta tierra (que no vino solo a hablar de moral y buenas costumbres) no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por eso decimos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En verdad debemos seguir el camino de la soledad del profeta Elías, la de Isaías que le preguntaba al Señor quién había creído al anuncio dado, la soledad del que predicaba en el desierto (Juan el Bautista). No podemos decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SERVIR A DIOS

    Dios colocará su mirada en los fieles de la tierra, el que ande en el camino de la perfección me servirá (Salmo 101:6). Una tarea fuerte tenemos los creyentes, intentar ser perfectos como nuestro Padre; no obstante, no puede conducirnos ese mandato a la neurosis. Ya Pablo lo aseguró de sí mismo, que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía. Pero el apóstol continuó adelante con su ministerio, llevando la palabra adondequiera que el Señor lo conducía. La prostituta que trajeron ante Jesús para que la juzgara, resultó absuelta, perdonada y restaurada. Solamente se le dijo que no pecara más (como lo venía haciendo).

    Hay gente que le encanta ver humillados a los que pecan, como que no les bastara que el Señor hubiera perdonado a aquellos que caen, se arrepienten e intentan alejarse del pecado. No, algunos desean verlos sometidos al escarnio eclesiástico, en medio de la congregación, para después tener suspicacia y vigilar los movimientos del infortunado que fue embestido por el diablo. Cuando esas personas que condenan cometen errores prefieren el anonimato, piden oración por ellos para salir del problema, pero no se colocan en el escenario público de la iglesia para confesar lo horrendo de sus pensamientos y demás fechorías. Les encanta, sin embargo, que otros lo hagan para sentirse dichosos de no estar en el podio de los acusados.

    Eso no puede ser tenido como amor, por lo cual se rompe el mandato dado por Jesús en Juan 13:34: Un nuevo mandamiento les he dado, que se amen unos a otros. Tampoco puede ser amor el rechazar la doctrina de Cristo por el solo hecho de que quien la cree también comete errores. Pecar es errar el blanco, equivocarse, desobedecer a Dios. Jesús nos enseñó la doctrina del Padre, cosa que atormentó a muchos de sus discípulos que se retiraron haciendo murmuraciones. Dura palabra de oír, dijeron, por lo que se retiraron para buscar una palabra más blanda. De seguro la encontraron, ya que siempre aparece alguien que se entregue a las fábulas y al sosiego de las masas. Como dice la Escritura: Se volverán a las fábulas.

    A Pablo también lo acusaron injustamente, con el argumento de que predicaba hacer males (pecar) para que vinieran bienes (la gracia). Si miramos la doctrina de Cristo nos daremos cuenta de que su oración modelo nos enseña a pedir al Padre que no nos meta en tentación. Ya sabemos que Dios no tienta a nadie, pero sí que nos puede meter en la tentación (para eso tiene agentes que le sirven). Dirás que esto no tiene sentido, como tampoco tiene sentido que después inculpe de pecado a quien no puede resistirse a la voluntad de Dios.

    La Escritura resolvió esa inquietud y enfatizó en que la criatura no es más que barro en manos del alfarero, de manera que no conviene altercar con Dios. Indudable resulta que la vida inmoral habla mal del que pasa como cristiano, así que somos llamados a la mayor pureza posible. El camino de la santidad tenemos que recorrer, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Si caminamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado. Esas palabras de Juan en su Primera Carta (1:7) sirven de motivación para cada creyente. Pero hay quienes aseguran que andan en la luz (porque no cometen pecados públicos muy costosos socialmente), aunque odian a sus hermanos. Esos no andan en luz sino en tinieblas, por más que digan lo contrario (1 Juan 2:9). Surge la necesidad de conocer quién es mi hermano, porque muchos falsos profetas, maestros de mentiras, cizañas en medio del trigo, aparecen a diario entre nosotros. Los que no viven en la doctrina de Cristo andan en la transgresión y no pueden ser considerados hermanos (2 Juan 1:9-11). Todos transgredimos la ley de Dios a diario, en la medida en que continuamos pecando. Acá Juan lo aclara de seguida, habla de la transgresión pero también de no vivir en la doctrina de Cristo. Dios tiene un estándar para que vivamos y ese nivel no se refiere solamente a la ética sino al fundamento de nuestra fe que es Cristo. Pero Cristo no viene solo como Dios-hombre, sino que trajo un cuerpo de enseñanzas que el Padre le dio. Así lo expresó en Juan 7:16, por lo que el apóstol Juan escribió en una de sus cartas que este es un rasero para juzgar.

    Si alguien abraza esa doctrina de Cristo y la profesa, pero después se aparta, se convierte en un transgresor. ¿Es que la salvación se ha perdido? De acuerdo a lo que Jesús dijo en Juan 10:1-5, que también forma parte de su doctrina, el que lo sigue no se vuelve jamás tras el extraño. Se deduce que quien lo sigue y se vuelve atrás nunca ha sido enviado por Dios Padre hacia el Hijo (Juan 6:45), por lo tanto fue un aventurero que degustó los bienes de la gloria venidera pero no mostró raíz profunda. No ha perdido la salvación porque nunca la ha tenido.

    Los argumentos de los falsos maestros no convencerán a los que viven en la doctrina de Cristo. Tampoco los hará desviar la persecución, las trampas del enemigo, ni sus propios pecados (porque siete veces caerá el justo y siete veces Jehová lo levantará). Aquellos que desprecian la doctrina del Señor, al adulterarla para volverla más suave de tragar, los que siempre argumentan con preguntas constantes acerca de tal o cual texto que les parece que enseña algo contra la doctrina del Señor, no son dignos de decirles bienvenidos en nuestras casas (2 Juan 1:10).

    Decirles bienvenidos implica atraer una trampa por medio de la conversación, así que más vale que no tengamos que cruzar palabra con nadie para tener más tiempo para con el Señor. Se entiende que acá Juan habla de los que profesan ser creyentes y no lo son, de los que dicen ser cristianos porque confiesan un credo de memoria, cantan himnos agradables, leen la Biblia y memorizan sus textos, por lo cual confunden. Pero el mismo Juan nos recomendó también a probar los espíritus para ver si son de Dios. Jesús lo dijo: de la abundancia del corazón habla la boca, como signo de prueba del árbol bueno y del árbol malo. Esas personas que se dicen creyentes tienen un veneno debajo de su blanda lengua, no se pueden contener de picar como el alacrán sobre la rana.

    De esa manera los conocemos, de su abundante corazón que se pone de manifiesto a través de la palabra que profieren (sea oral, escrita o mímica). Pablo colocó un alto umbral, algo que no soportan los oídos de los réprobos: A Esaú odió Dios antes de que hiciera bien o mal, como para acabar de una vez con el tema de las obras sumadas a la gracia. Los objetores de la palabra de Dios de inmediato comienzan a citar textos de la Escritura que supuestamente están en contradicción con lo antes mencionado, demandando explicación de cada uno de ellos. Pero son oidores olvidadizos y a veces tenemos que hacer como el Señor ante Pilato: callar.

    La Biblia nos conmina a no hacer pacto con los habitantes (moradores) de la tierra (en aquel caso fue la prometida), de acuerdo a Éxodo 34:15. Nos dice que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos, ya que la justicia no tiene compañerismo con la injusticia. Tampoco la luz con las tinieblas tiene alguna relación, ni Cristo con Belial. Entonces, ¿qué parte tendrá el creyente con un incrédulo? Somos templos de Dios, así que cuidemos ese habitáculo del Señor para que more siempre en un atrio limpio. De esa manera podemos servir abierta y confiadamente a nuestro Señor, para testimonio ante todos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • GENTILES Y JUDÍOS

    Los que no eran pueblo suyo son ahora llamados su pueblo, asegura la Escritura. El pueblo más ínfimo de la tierra, lo más insignificante, escogió Dios de acuerdo al Antiguo Testamento, para llevar su estandarte a toda la tierra. La antítesis colocada puede ser Egipto, el gran imperio antiguo frente a un naciente pueblo esclavo. Pablo habla de los que una vez estuvimos alienados de la nación de Israel, los que ahora no debemos sentirnos extraños y ajenos sino que compartimos ciudadanía. Fuimos ajenos a los pactos y a las promesas, en tanto gentiles, pero ahora compartimos tales promesas.

    Pero a Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, para que nosotros los gentiles pudiésemos entrar en el conglomerado del Israel de Dios. Jesucristo funge como base, como piedra angular, el que también se presenta como el verdadero Dios de Israel, de forma tal que los santos del Antiguo Testamento están en unión con los del Nuevo en una misma ciudadanía y bajo una misma cabeza. Recordemos que los gentiles anduvimos dispersos y desasociados de las promesas y de la relación con Dios.Tal vez lo irónico podría verse al mirar al Israel como nación de hoy día que vive alienada del Israel espiritual de antaño. Por supuesto, innumerables gentiles de hoy continúan como los gentiles del período del Antiguo Testamento.

    Sin Cristo no hay Israel, sin ese fundamento no existe la hermandad espiritual (Efesios 2:12, 19; 3:6). Se ha cumplido la promesa dada a Abraham, el padre de los judíos y de la fe: en él serían benditas todas las naciones de la tierra. El Evangelio también fue predicado a Abraham, para que los de la fe seamos bendecidos con el creyente Abraham. Tengamos en cuenta que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, pero lo que le creyó consistió en dar por cierta la promesa del hijo que vendría. Ese hijo (Isaac) contendría la Simiente que es Cristo: En ti y en tu simiente serán bendecidas todas las familias de la tierra (Génesis 28:14). A Abraham fueron hechas las promesas y a su simiente. No dice: y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno. Y a tu simiente, la cual es Cristo (Gálatas 3:16).

    El Evangelio fue predicado en el Antiguo Testamento a los israelitas, por medio de Abraham y por lo dicho a Moisés y demás profetas (ejemplo amplio en Isaías); los que confiaron en Cristo como si los holocaustos fuesen su sombra fueron redimidos por gracia. Porque la ley a nadie salvó sino que trajo maldición por el pecado, mas la confianza en la promesa abundó para salvación. De esta forma queda claro que nosotros los gentiles fuimos injertados en el olivo original, pero por igual la planta lleva fruto en virtud de ambos olivos.

    A la nación de Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, como también la Escritura lo anuncia. Se nos conmina a no jactarnos contra ellos, sino a orar para salvación como hiciera Pablo de acuerdo a Romanos 10:1-4. Muchos llamados creyentes continúan apoyando hoy día a Israel como nación, dándole dinero para la reconstrucción del Templo, donde oficiaría el Anticristo. ¿Somos llamados a esa ignominia? Jesucristo ya respondió a eso anticipadamente cuando dijo: Ustedes investiguen en las Escrituras porque entiendo que les parece que en ellas tienen la vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39).

    Sin el testimonio de Cristo no puede haber vida eterna, así que el endurecimiento de Israel como nación los aleja del Israel de Dios. ¿Cómo puede un creyente apoyar la reconstrucción de un Templo donde se oficiará de acuerdo a los ritos de la ley que ya no tienen sentido? Habiendo venido el Mesías se rasgó el velo y cesó todo sacrificio y ofrendas por el pecado, que antes se hacían como sombra de lo que había de venir y ya vino. Y aunque Dios haya ordenado la abominación desoladora (de la cual habló el profeta Daniel) no nos toca a nosotros apoyar su gobierno mundial, por el solo hecho de que Dios traiga al mundo su plan eterno. Dios hizo al malo para el día malo, pero nosotros tenemos el deber de reprender las obras infructuosas de las tinieblas. Ya Jesucristo es nuestra paz y de ambos pueblos hizo uno, habiendo derribado la pared intermedia de separación (Efesios 2:14).

    Tanto los que estábamos lejos como los que estaban cerca fuimos advertidos de las buenas nuevas de paz, para que ambos grupos tengamos entrada por un mismo Espíritu al Padre (Efesios 2:18). Seguimos anunciando este evangelio en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones. Sabemos que habrán de creer todos los ordenados para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. Pero eso nos estimula a seguir adelante, sabiendo que veremos fruto; no nos abandonamos desanimados porque de todas maneras creerán aquellos que Dios quiere que crean, ya que aún aquellos no podrán invocar a aquel a quien no conocen. Sin el Evangelio no puede haber conocimiento del Salvador, aparte de que el hecho de ser anunciadores de la buena nueva nos regocija y constituye un honor de alta estima.

    Somos portadores de la buena nueva para todos los que serán benditos en Abraham. Tenemos que advertir por igual contra los que se jactan de pertenecer a sectas de mezclas entre judaísmo y cristianismo, como si con ello se potenciara el Evangelio. Para nada, el Evangelio sigue siendo el mismo siempre, no nos avergonzamos de ese poder de Dios para salvación. Tengamos cuidado con volver a los rudimentos de la ley, como si una combinatoria entre ley y gracia hiciera más fuerte el nudo de salvación. Al contrario, la mezcla del vino con algo extraño lo daña; el que ha sido llamado por el buen pastor lo sigue y jamás se volverá tras el extraño (Juan 10:1-5).

    El espíritu de estupor que Dios ha enviado al mundo opera en aquellos que no aman la verdad. Hay muchos que han escuchado el Evangelio, incluso lo han gustado y saboreado, pero no han conocido al siervo justo e ignoran su doctrina. En ese estatus desconocen la justicia de Dios, la que sabemos es Jesucristo. ¿Cómo ignoran tal justicia, si siempre dicen invocar al Señor? Simplemente no han comprendido que el Hijo de Dios vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no a salvar a cada habitante del planeta tierra. Cuando la justicia de Dios no se comprende no se puede creer: ¿Cómo creer aquello que no se entiende? Gracias a Dios que el Evangelio la declara en forma simple, para que los beneficiados con arrepentimiento para perdón de pecados, y fe para creer en el Hijo como la justicia de Dios, lleguemos a conocer al siervo justo que justifica a muchos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL DON DE LA FE

    Algunos reciben el don de la fe de parte de Dios, pero otros no lo reciben; esto procede del decreto eterno de Dios: Conocidas son para Dios todas sus obras desde el principio del mundo (Hechos 15:18), obras que realiza de acuerdo al propósito de su voluntad (Efesios 1:11). Los réprobos en cuanto a fe también fueron creados por Dios de esa manera, para que continuaran en el oprobio de su maldad. Por supuesto, Dios endurece a quien quiere endurecer para lo cual ejerce su poder soberano como lo demuestra el caso del Faraón de Egipto frente a Moisés y su pueblo.

    Respecto a la elección hemos de señalar que de acuerdo a las Escrituras ésta resulta incambiable. Desde el inicio del mundo los nombres de los escogidos para salvación fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero (Apocalipsis 13:8;17:8), de acuerdo a la gracia conferida en Cristo Jesús y al placer soberano del Dios Trino. De esa manera, algunos de los caídos en Adán con la destrucción del pecado fueron objetos de esa fe salvadora de pura gracia. Esto no se debe a que hayamos sido mejores que los demás, simplemente a que mejor resultó la gracia que la condena por lo cual adoramos al Señor.

    Nuestra comunión con la palabra de Dios y con el Espíritu Santo obedece al efecto de la fe, ya que el Espíritu nos recuerda las palabras del Señor. Ese Espíritu mora en nosotros los creyentes, aquellos que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Estamos poderosamente reservados en la comunión con el Hijo, en sus manos y en las del Padre, pero habitados por el Espíritu Santo que nos fue dado como garantía de la redención final.

    El Padre nos escogió en el Hijo, desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:4-6). Habiendo sido predestinados fuimos por igual llamados, justificados y glorificados (Romanos 8:30).

    Por esto que la Biblia ha dicho, resulta falso y engañoso anunciar que la muerte de Cristo no tuvo un objeto definido, sino que fue un operativo potencial. No murió Cristo por un conglomerado de personas en abstracto, como si la potencialidad se perfeccionara en la actualidad de la aceptación. La Biblia habla de los hijos que Dios le dio al Hijo, como el fruto de su aflicción, de los amigos por quienes puso su vida, de sus hermanos y de su iglesia. Agrega que esa obra de la elección personal fue hecha por el Padre mucho antes de que existiésemos. Además, se suma el hecho de que la humanidad entera murió en delitos y pecados, así que no podría ninguno de esos potenciales redimidos levantarse de la tumba para dar señal de aceptación del sacrificio del Señor por las almas puras. Dios no miró en el túnel del tiempo para ver si había alguien a quien salvar, ya que ninguno le quería, no había ni siquiera un justo ni quien lo buscara.

    La sabiduría del Padre no debe ser pisoteada, ni los méritos del Hijo, como para contrariar al Espíritu Santo. El Hijo mismo dijo que ponía su vida por las ovejas (Juan 10:15,27). Jehová lo quebrantó, sujetándolo a padecimiento. Una vez que puso su vida en expiación por el pecado, vería linaje…el fruto de la aflicción de su alma, y quedaría satisfecho. Por su conocimiento justificaría el siervo justo de Jehová a muchos, y llevaría las iniquidades de ellos (Isaías 53:10-11).

    La satisfacción de Jesucristo por su trabajo implica que no quedó en mala posición. No le apuntó a todos para conseguir una parte, lo cual no sería digno de la Divinidad que le habita desde siempre. Su muerte y sangre serían pisoteadas si hubiese pretendido redimir a toda la humanidad, pero un gran número de ella iría al infierno. Eso implicaría pregonar a voz alta que hubo sangre inútil en el Hijo, pero por igual que hubo mérito en alguna medida en el pecador arrepentido que sí supo aprovechar la oferta de la redención. Porque en realidad no hubo nunca tal oferta genérica, simplemente hubo (y todavía existe) una promesa de redención a su pueblo (Mateo 1:21).

    De Isaías se resalta la frase acerca del conocimiento del siervo justo (Jesucristo). Ese conocimiento justificaría a muchos, pero su carencia condenaría a otros. Lo vemos en Romanos 10:1-4, cuando Pablo refiere a un grupo de personas por quienes ora para salvación (porque estaban sin ella) ya que ignoran la justicia de Dios. Fijémonos en que la ignorancia de esa justicia mata el alma del impío en forma definitiva; por supuesto, cuando Dios da el conocimiento se supone que está dando por igual el nuevo nacimiento. Ese conocimiento viene como revelación del Espíritu de Dios en el acto de la regeneración. Se supone que el hombre natural no discierne las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son locura. Así que tiene que nacer de nuevo para que pueda discernirlas sin que le parezcan el acto de un loco.

    Esto nos lleva a otro sendero: los que se dicen creyentes pero desconocen esa justicia de Dios se equiparan al hombre natural que no discierne la justicia de Dios. ¿Cómo puede alguien decir que cree en el Señor y al mismo tiempo ignora dicha justicia? El tal sigue todavía al extraño y por lo tanto no sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cuando Isaías habla del siervo justo que justificará a muchos se refiere al conocimiento de lo que implica la muerte de Jesús en la cruz. Él vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. La condición de oveja precede a la salvación por la muerte del Señor, como lo afirma bien Juan 10:26. Además, la Biblia lo dijo por otro lado cuando afirma que Jesús vino a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel (y nosotros somos el Israel de Dios, como también lo afirma la Escritura).

    No existe ninguna redención por gracia y por obras al mismo tiempo. Esto quiere decir que si Dios miró en la bola de cristal quién se habría de salvar en virtud de su deseo y voluntad y por eso lo incluyó en su plan de redención, ese acto del individuo (su deseo y voluntad) contaría como obra. Sería como establecer una diferencia entre los seres humanos, en sus cualidades, como si Dios viera méritos en unos y en otros no. La diferencia entre cielo e infierno descansaría en ese caso en el ser humano, pese a su corrupción y muerte por virtud de sus delitos y pecados.

    Dios no desea ni necesita una obediencia humana fundamentada en un mito religioso como el libre albedrío. Si así fuera, nadie obedecería el Evangelio porque primero que nada el pecado quebranta la voluntad humana y, por otra parte, lo que no existe no puede ser tenido como garantía. Para la obediencia que agrada a Dios a la persona regenerada se le ha dado un corazón de carne, junto con un espíritu nuevo para que ame el andar en los estatutos del Señor. Ese es el día del poder de Dios, cuando su pueblo le manifiesta su buena voluntad. Pero ni aún en esas nuevas condiciones puede hablarse de libre albedrío, como si la criatura humana pudiera caminar con independencia del Creador.

    Recordemos siempre que Él nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha ante sus ojos (Efesios 1:4). Esto lo hizo por el puro placer, por la gracia de la elección, lo cual deja por fuera cualquier cualidad humana, sea de esencia o de obras, como si la elección fuese condicionada. Más bien, de la misma masa contaminada por el pecado Dios hizo vasos de ira y vasos de misericordia, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por esa razón siempre creerán aquellos fueron anotados para vida eterna (Hechos 13:48). La fe, entonces, es un don de Dios (Efesios 2:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN DIOS QUE INCULPA

    El Dios de la Biblia inculpa de pecado, exonera a aquellos por los que el Hijo murió, pero anuncia a todos que existe el deber de arrepentirse y creer en el evangelio. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa interrogante se hace desde siempre, ya que al comprender la soberanía divina vemos que en todos lados Dios está. Estuvo con Adán cuando lo creó y lo formó de la tierra, cuando le ordenó no probar del árbol del conocimiento del bien y del mal. Estuvo por igual cuando Adán cayó y se escondió por temor a que se viera su desnudez. La Biblia también nos asegura que el Cordero de Dios fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de haber sido creado Adán) para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Vemos con claridad que si el Hijo fue ordenado como Cordero antes de que Adán fuese formado, el pecado tenía que entrar en el mundo. Dios no actúa por contingencias, como si tuviese ases debajo de la manga; Él hace todo cierto y su palabra viene como cierta. Adán, en consecuencia, tenía que pecar; esto parece contrariar a muchos teólogos que suponen que el primer hombre sobre la tierra tenía igual de posibilidades para no pecar. Sin embargo, pese a que Adán no tenía opción su responsabilidad lo acompañó siempre y no fue exonerado del castigo. El punto fue que desobedeció, sin que cuente en su alegato el que no pudo abstenerse de pecar.

    Lo mismo puede decirse de Esaú, un hombre odiado por el Creador desde antes de nacer o de cometer alguna maldad. Dice la Biblia que antes de ser concebido o de hacer bien o mal ya había sido destinado como vaso de ira. Esto se asemeja a lo que le aconteció a Judas Iscariote, llamado diablo e hijo de perdición. Por estos casos y otros más como el del Faraón de Egipto, los objetores de Dios reclaman injusticia en su Hacedor, hasta el punto de negar al mismo Dios porque no sería digno de llamarse como tal. Esa injusticia divina fue tratada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, pero bajo preguntas retóricas. Aunque una de ellas fue respondida por el mismo apóstol: En ninguna manera, dijo. Dios no es injusto sino soberano, con el derecho de alfarero sobre el barro que le pertenece, para hacer vasos de honra y vasos de deshonra.

    Esa respuesta no parece saciar el alma impía que se levanta contra el Creador, así que vano resulta dar respuesta para el alma inquisitiva e irredenta. Basta solo lo que la Escritura apunta: Dios no puede tenerse como injusto, sino que ¿el juez de toda la tierra no ha de ser justo? Una de las consecuencias de esta teología bíblica coloca al mal como problema. Dios hace lo malo, por lo tanto es un Dios malo. Como si Dios por hacer la vaca fuese tenido por vaca; a esto habrá que responder como el apóstol: En ninguna manera. Dios hizo al malo para el día malo, es llamado bueno por Jesucristo, sus hijos lo reconocemos como misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sus enemigos no piensan lo mismo y denigran de su carácter, lo que significa que detestan su soberanía.

    Una metáfora ha planteado el profeta Isaías en su libro, capítulo diez. Allí dice el escritor que el rey de Asiria se había vanagloriado por haber cortado naciones no pocas. Ese rey no sabía que Dios lo estaba usando para hacer su obra (verso 12), para después castigarlo por su soberbia, por la altivez de sus ojos. Ese rey suponía que había logrado su triunfo por el poder de sus manos, con su sabiduría y con sus estratagemas, por causa de su prudencia. En realidad había sido un imprudente con Jehová al achacarse la obra encomendada. Dios habla a través del profeta y compara al rey de Asiria con un hacha de trabajo, pero un hacha que se jacta contra el que con ella corta. Por supuesto, la manera de expresarlo fue a través de una pregunta retórica, esas preguntas que no merecen ser respondidas pero que cada lector debe responderse a sí mismo.

    ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). En Génesis 20: 3-6 leemos que Dios restringió la mano de Abimelec sobre la mujer de Abraham (lo detuvo de pecar), pero eso lo hizo Dios mismo y no fue Abimelec quien restringió su propia mano. De la misma manera hemos de comprender el texto de Isaías, porque no fue el rey de Asiria el que ideó todo lo que realizó con éxito. No en vano Jesucristo nos enseñó en el Padrenuestro a pedirle a Dios que no nos metiera en tentación.

    Pero Dios inculpa lo que el hombre peca con soltura. Los actos oprobiosos acaecidos en torno a la crucifixión de Jesucristo fueron todos pecaminosos. Sin embargo, el planificador de esos hechos fue el mismo Creador, Dios del cielo y de la tierra. Esos hechos fueron profetizados y narrados en las Escrituras mucho antes de que se cumpliesen, así que no porque el Padre lo haya planeado de esa manera los pecadores fueron exonerados. Pilato se lavó sus manos, pero no con la sangre de Cristo sino con agua. Judas entregó con un beso al Hijo del Hombre, pero su castigo resultó eterno (aunque iba para que la Escritura se cumpliese). ¿Qué, pues, diremos? ¿Haremos culpable a Dios de nuestros vicios y errores? ¿Diremos que hagamos males para que vengan bienes?

    Jacob y Esaú estuvieron bajo la misma condición y situación, formados con los mismos genes (de la misma masa), pero uno fue amado y el otro fue odiado. Uno fue escogido y el otro rechazado, sin que el uno hubiese realizado una buena acción y el otro una mala actividad. Jacob no fue amado (escogido) por alguna buena obra que haría, ni Esaú fue odiado (rechazado) por alguna mala acción que fuese a cometer. En realidad, con este último, el plato de lentejas por el cual tasó su primogenitura fue consecuencia de no haber sido amado sino odiado. La doctrina de la predestinación se basa en el que hace la elección, sin importar su masa elegida: toda corrompida.

    Jacob no tuvo méritos propios para salir favorecido con la elección para vida eterna, pero Esaú no realizó mérito alguno para que se pensara otra cosa respecto de él. No podía actuar de otra manera porque su corrupción no le dejaba otro camino; pero la Biblia nos asegura que Dios tomó la decisión de formarlo como vaso de ira para mostrar su poder y enojo contra el pecado. Las obras buenas o malas no son el móvil de Dios para predestinar para salvación o para reprobar para condenación. Por eso surge la pregunta: ¿Habrá injusticia en Dios? La libertad la tiene el Creador, no la criatura, de manera que el propósito divino en relación con la elección pueda permanecer. No por obras, dice la Escritura (ya que nada puede ser más variable que la obra humana -como asegura Pablo cuando se describe en Romanos 7). Sí, el bien que el apóstol quería hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía.

    Pablo agradece a Dios por Jesucristo que lo puede librar de ese cuerpo de muerte que lo tiene azotado con el pecado (Romanos 7), lo cual corrobora que por gracia se es salvo. Solamente por medio de aquel que llama con llamamiento eficaz, el incambiable Jehová. ¿Qué haríamos si el Señor cambiara de parecer cada vez que mira nuestra iniquidad? Nos ve a través del Hijo, mira el acta de los decretos que nos era contraria clavada en la cruz y pasa por alto el castigo en nosotros. Pero eso no lo hace a expensas de su justicia, por cuanto es un Dios justo, sino en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo. De allí que se haya escrito que Jesucristo es nuestra pascua, nuestra justicia, la justicia de Dios.

    Nosotros descansamos en que los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos 11:29). ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió…¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37). Ante ese Dios que inculpa de pecado, podemos decir con el salmista David lo siguiente: Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • SUFICIENCIA DE LA ESCRITURA

    Suficiente para vivir bajo el conocimiento de Dios, abundante para la piedad, pero jamás para la interpretación privada sino pública. La publicidad de la Escritura acaba con el mito del subjetivismo, como si a unos hablara algo y a otros lo contrario. Puede ser que ella no produzca los mismos frutos en todos los que la leen o escuchan, porque a unos los llevará a Cristo pero en otros producirá mayor condenación. Sin embargo, toda la Escritura viene por inspiración divina, lo cual implica que no necesita suplemento que añada, ni censurador que le quite.

    Ni nuevas revelaciones ni ninguna interpretación del Magisterio alumbrará el alma del creyente, pero sí que servirá al espíritu de estupor para terminar de perder al que no ama la verdad. ¿Le añades a la Escritura? Ella te reprenderá y te encontrará mentiroso (Proverbios 30:6). El que le añada o le quite no tendrá parte en el libro de la vida, sino que recibirá las plagas que relata el libro (Apocalipsis 22:18-19). Algo parecido a lo dicho por Juan en una de sus cartas, cuando se refería a los que le dicen bienvenido (espiritualmente) al que no trae la doctrina de Cristo.

    La Escritura nos ordena probar los espíritus, para ver si don de Dios. La razón que esgrime se basa en que han salido por el mundo muchos falos profetas o maestros de mentiras (1 Juan 4:1; Jeremías 23). El Continuacionismo se conoce como la estructura o concepto que engloba la idea de una revelación continuada. A ellos pertenecen los que agregan nuevas revelaciones, los que utilizan el viejo don de lenguas (uno de los dones especiales que cesaron con la llegada de lo perfecto: la Escritura completa), para dar rienda suelta a sus interpretaciones privadas. Dentro del Continuacionismo subyace el Magisterio romano o la tradición oral (interpretaciones expertas), pero que se extiende por igual a la corriente protestante.

    Pareciera que la Escritura no tuviese suficiencia, por lo que ahora los youtubers tienen trabajo en exceso y videntes a granel, ya que se dan a la tarea de reinterpretar para las masas bajo la unción del sofisma, con el ardid de las lenguas originales de la Biblia que a ellos les agrada pronunciar. El grupo de los judíos mesiánicos tiene experiencia en esa tarea, al igual que los que se vuelven a la ley, los que trabajan con una filología esotérica y dejan perpleja a la feligresía ya perdida en el espíritu de estupor. Ahora se guardan las viejas fiestas religiosas de la ley de Moisés, como si de esa manera se rectificara algo que la iglesia hubiese olvidado por siglos. Pablo les dio una admonición a los Gálatas llamándolos insensatos, porque se volvían a guardar los meses, los años y los días. De seguro el apóstol les hablaba de sus viejas costumbres paganas, bajo supersticiones innecesarias, tal vez la astrología, los rituales extraños propios del paganismo (días festivos de la ciudad o del país). Esa admonición pudiera servir por igual a los que diciéndose cristianos intentan completar con los rituales de los judíos lo que consideran insuficiente de la Escritura.

    Hay personas bajo la cultura cristiana que gustan de colocar al azar el dedo en algún texto bíblico, como para suponer que Dios les habla por ese medio. ¿Usted tiene alguna duda respecto a un acto a realizar? Entonces esa duda la despeja con lo que pudiera considerarse bibliomancia, adivinación por medio de la Escritura. Esa práctica no es apoyada por la Palabra Divina, más bien refutada se encuentra en múltiples pasajes del Antiguo Testamento, cuando Jehová habla de los que profetizan con sueños. También el Nuevo Testamento nos advierte a pedir al Señor para obtener la certeza de lo que pedimos, para descansar de todos nuestros pensamientos en torno a una preocupación. Jamás se nos sugiere la práctica esotérica con la Biblia o la interpretación privada de las Escrituras.

    Los que sugieren que una imagen puede ayudarles a inspirarse o a concentrarse en el Dios de la Biblia, deberían recordar que la Escritura habla en contra de ellas y advierte sobre su peligro. Incluso la antigua imagen de bronce o escultura en forma de serpiente, levantada en el desierto, tuvo que ser derribada por ser objeto de idolatría entre la gente de Israel. Los efesios conversos destruían las imágenes de Diana a quienes antes adoraban, lo cual da un indicio de que la imagen misma era un símbolo peligroso de su idolatría. No era solamente una evocación a la verdadera Diana sino que esa imagen o escultura de la diosa constituía en sí misma un grave peligro. De ello nos habla Pablo cuando advierte contra los ídolos.

    Lo que las gentes sacrifican a sus ídolos (imágenes de lo que creen les ayuda espiritualmente) a los demonios sacrifican (1 Corintios 10:20). Juan nos dice en Apocalipsis 9:20 que muchos no dejan de adorar a los demonios (con las imágenes de oro, plata, bronce, piedra y madera, que no pueden ver, ni oír, ni andar). Juan nos habla contra la idolatría, como un pecado grave ante el Señor. El sacrificio no va solo con el incienso que se les ofrece, también va con la veneración (darles un lugar de importancia), con el recuerdo (traerlos a la memoria para evocar a Dios) o con rendirles preponderancia como si fuesen un amuleto que ayuda a recordar a la divinidad.

    Todo aquello que sustituye a Dios mismo, aunque usted crea que ese objeto le permita acercarse al Dios verdadero, viene como ardid demoníaco y como trampa satánica para tropezar con los demonios. Todavía hay quienes sostienen que las imágenes ayudan a comprender las Escrituras a aquellos iletrados o analfabetas. Pero la Biblia nos recuerda que cuando Jehová le dio la ley a Moisés le ordenó al pueblo escribir los mandatos en sus túnicas y en los dinteles de las puertas. No le importó a Jehová la cantidad de analfabetas del pueblo, más bien aquel mandato fue un incentivo para que aprendieran a leer.

    Hay una tendencia en el hombre caído a cambiar la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles (Romanos 1:23). Nada sustituye a leer y predicar las Escrituras, además de que Dios condena cualquier práctica idolátrica, cualquier estatua de fundición que enseña mentira. El hacedor de imágenes mudas tiene un ¡ay! encima de él (Habacuc 2:19). Nada de lo que refiere al ejercicio idolátrico puede presumir de inocencia, sino que conlleva por sí una pedagogía de la mentira.

    La simplicidad de la Biblia asombra, no solo por su sencillez sino porque no puede ser aceptada por un gran número de personas que se llaman a sí mismas cristianas. Estas gentes necesitan vitrales, cruces, árboles de navidad, escenas de teatro, títeres o marionetas, shows de alabanza, cualquier pretexto para que sus mentes acepten que han creído en algo tangible. Se asemejan a los discípulos descritos en Juan 6, reprendidos por Jesucristo, los que habían acudido a él sin haber sido enseñados por Dios ni enviados por el Padre al Hijo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

  • EL CONOCIMIENTO DEL SEÑOR

    El conocimiento medio reprime el dominio de Dios sobre la supuesta libertad de los actos que ocurrirán. Esto por supuesto incluye al ser humano como objeto de esa libertad; se supone que la voluntad humana estimula el decreto. Visto así, Dios depende de la criatura para poder decretar o disponer algo. Una vez que la criatura esté determinada a acometer una conducta determinada, el ya no tan poderoso Señor puede mirar con certeza y apostar a esa conducta de la criatura voluble llevada por todo viento de doctrina. Supongamos que Dios ve que un fariseo deseaba la muerte de su Hijo lo antes posible, de manera que si viendo esa intención interviene para crear circunstancias disuasivas se demuestra que lo que vio tampoco era una certeza de algo que acontecería. Entonces, ¿para qué averiguar el futuro si lo puede cambiar a su antojo? Y si lo puede cambiar en realidad no vio nada ciertamente eficaz.

    Pero si Dos al ver el futuro puede cambiarlo en alguna manera, ese cambio debió haber sido parte de su decreto eterno e inmutable. Sin embargo, la Escritura no da pie para pensar que el conocimiento previo de Dios se debe a que mira el futuro como algo externo a su voluntad y a su decreto. Dios dice el final desde el principio porque Él hace todo cuanto existe: aún al malo para el día malo. No le dijo Jehová a Moisés que iba a cambiar las circunstancias del Faraón para endurecerlo, sino que lo endureció directamente en medio de cualquier circunstancia. El Señor no previó que a su palabra se crearían los cielos y la tierra, como si eso existiera en alguna medida y con su palabra lo haría manifiesto. Simplemente habló y fue formado el universo.

    Debemos decir que en materia de predestinación la Biblia nos asegura que fue su propósito lo que lo motivó a esa actividad (eudokian en griego), su buen parecer. Pero si Jacob y Esaú no habían aún nacido, ni siquiera habían sido concebidos (de acuerdo al término en griego bíblico) ¿cómo pudo Dios preverlos y cambiar sus circunstancias para que uno resultara salvado (amado) y el otro condenado (odiado). Los que veneran a Esaú cambian el texto y aseguran que Dios vio desde antes que Esaú amaría las lentejas más que la primogenitura, pero el texto no da para ese imaginario. Tampoco permite el escrito cambiar la semántica del verbo MISEO (odiar) como para asegurar que Dios no odió a Esaú sino que lo amó menos.

    En ese acto de predestinación que hiciera el Todopoderoso no medió ningún acto voluntario de los gemelos para labrar sus destinos, no intervino el conocimiento medio divino (como si Dios viera los distintos futuros de ambos y aprovechara algunas circunstancias para definir el futuro de ellos). La Biblia nos asegura que esto se hizo para que el propósito de Dios respecto a la elección descansara no en las obras sino en el que llama. Ese llamado no se hizo por conocimiento medio sino por el propósito eterno y por la buena voluntad de Dios, para ensalzar su justicia y su misericordia. El propósito del decreto de Dios no dependió de la voluntad de Esaú o de Jacob, sino que de su deseo eterno y propósito eterno tomó el Señor tal decisión.

    Si Dios vio distintos futuros como afirman los del Teísmo Abierto, para luego tomar por cierto el último futuro, el que se daría con certeza absoluta, en realidad esos distintos futuros previos serían absoluta vanidad. Una ilusión, una quimera, algo que no sucedería nunca, ya que dominaría el último futuro tomado por cierto y que cobra certeza al acontecer. Veríamos a un Dios mirando vanidad e incertidumbre, analizando situaciones inútiles -o perdiendo su tiempo y energía- en lo que no serviría de nada. Porque esos supuestos futuros son un entretenimiento para el alma humana que planifica y supone hacer tal o cual cosa, pero que estorbarían para el vidente especial que es Dios. En realidad, si así fuera el caso, lo que se intenta afirmar es que Dios no tiene nada que ver en nuestras acciones, simplemente se convierte en un relator de las mismas, al declararlas a sus profetas.

    Ese Dios no estaría en condiciones de prometer nada, dado que nada puede; solamente sería un oráculo como el de los griegos, que predice en base a la ventura (pero con mucha suerte, como se ha dicho en otras partes: el ser humano tan dado al cambio no cambió en ese su último futuro descubierto). Incluso ese último futuro visto pudo ser incierto, ya que múltiples variantes seguirían interviniendo y ni Dios podría detener las circunstancias inherentes al futuro mismo. No podría porque ya no sería tan Poderoso porque se ha limitado a mirar el futuro y no a hacerlo. Hemos llegado adonde ha querido la teología de la veneración a Esaú, a enjuiciar a Dios por injusto porque el pobre de Esaú no tuvo otra opción que vender su primogenitura. ¿Porqué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha podido resistir a su voluntad? Esa declaratoria del objetor levantado por Pablo en Romanos 9 nos coloca el argumento bajo supremo orden. Nadie podrá alegar exabruptos como el que odiar significa amar menos, como que Dios odia solamente el pecado pero ama al pecador, o como el que Dios ama a todo el mundo, sin excepción.

    Hemos de reconocer que esta teología bíblica parece antipática y contiene palabras duras de oír. Pero el Señor no ha cambiado su forma de hablar, antes enfatiza una vez más hasta preguntar si ustedes también se quieren retirar como aquellos discípulos descritos en Juan 6. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere. Y yo lo resucitaré en el día postrero. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí. Escrito está en los profetas: y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí. Por eso os digo: ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre. El Señor enfatizó con repeticiones en esta doctrina del Padre que vino a exponer, lo hizo frente a la multitud que lo seguía por tierra y agua, muchos de los cuales se habían beneficiado de los panes y los peces. El Señor supo que murmuraban descontentos por sus duras palabras de oír.

    Pedro cuando fue preguntado, junto a los demás apóstoles, exclamó con profunda lógica: No tenemos adonde ir porque tú tienes palabras de vida eterna. El Señor no les agradeció porque no se fueran, más bien les recalcó con el colofón de su teología: ¿No los he escogido yo a ustedes doce y uno de ustedes es diablo? (Hablaba de Judas, el que le habría de entregar). El Señor no usa conocimiento medio, no averigua el futuro en el túnel del tiempo, como dicen los jesuitas en su eco católico-romano. El Señor ha creado el mundo y los que en él habitan y no le preguntó a nadie si quería nacer en esta tierra; sigue siendo soberano absoluto (el Despotes del Nuevo Testamento), declara el final desde el principio porque así lo ha ideado (no dice que así lo ha averiguado).

    Semejante Dios tiene demasiado poder como para echar el cuerpo y el alma en el infierno. No en vano dice la Escritura: Amístate ahora con Él y por eso te vendrá paz y bien. Buscad a Dios mientras puede ser hallado, llamadle mientras está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7). La palabra que sale de la boca de Jehová no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él quiere, y será prosperada en aquello para que la envió (Isaías 55:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL VENERABLE ESAÚ

    Odié a Esaú, y convertí sus montes en desolación, abandoné su heredad para los chacales del desierto. Si Edom dijere: volveremos a edificar lo arruinado, Jehová dice: ellos edificarán y yo destruiré, y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre (Malaquías 1:3-4). Esa promesa de Jehová en su acentuado odio contra Esaú no depende de circunstancias que Dios aprovecha. Por cierto, su aborrecimiento (miseo en griego) ocurrió sin mirar circunstancia alguna: antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido (Romanos 9: 11-13).

    Venerable Esaú por cuanto tiene multitud de defensores, desde que Pablo levantara un objetor para demostrar retóricamente la oposición natural del hombre caído frente a su Hacedor (Romanos 9:19). Los negacionistas de la soberanía absoluta de Dios se abrazan a la serpiente del molinismo, pretendiendo recordar la escultura de bronce levantada en el desierto para sanar de heridas de reptiles. Para estos objetores Dios supo lo que haría Esaú con su primogenitura y por eso lo aborreció, pero no era para tanto. David pecó horriblemente tomando una mujer ajena y asesinando a su marido, con todo fue considerado un hombre conforme al corazón de Dios. Siguió escribiendo salmos, aparte del 51 (el de su arrepentimiento), y por si fuera poco de él vino la línea del Mesías.

    El molinismo es una teoría filosófica-teológica que intenta reconciliar la providencia divina con el inexistente libre albedrío humano. Para esta corriente Dios no causa ni el arrepentimiento ni la credulidad, sino que los pecadores cooperan libremente con el Altísimo. Esa reconciliación pasa por un conocimiento medio que Dios tendría de los eventos, como si supiera los posibles futuros que la criatura escogería dadas unas determinadas circunstancias. Dios no elegiría nuestros caminos sino que se confina a garantizar que las condiciones se den para que hagamos aquello que nos propusimos.

    Si Dios garantiza la libertad humana, cabe suponer que la criatura puede elegir entre varias posibilidades (de eso se trata la libertad de elección). Supongamos que Dios vio en el túnel del tiempo que unos judíos aguardaban un Mesías. Se propuso enviar a su Hijo bajo la garantía de lo que escogería la gente en la tierra, que no era sino solo posibilidades. Los judíos pudieron aplaudir sin crucificar al Mesías, en el combo de libertades que se supone tener bajo el libre albedrío. Dios no pudo estar seguro de que el Mesías sería crucificado, pero a fin de cuentas se arriesgó y corrió con suerte: aquello que previó se cumplió porque las circunstancias conspiraron a favor de su propósito. Por supuesto que el Sanedrín pudo escoger no juzgar a Jesús, que Pilato pudo liberarlo (ya que gozaba de poder suficiente para hacerlo). Sin embargo, más allá de la suerte divina veríamos a un Dios atado de manos y necesitado de aprobación humana para ligar que su plan (no originario, por cierto, sino copiado de la humanidad) se realizara sin obstáculo.

    En ese circuito azaroso todo pudo suceder, incluso el Hijo pudo pecar como una posibilidad abierta. Toda esta teología se haría en virtud del venerable Esaú, para defender su animosidad contra el mandato divino. Esaú se perdió de la misma forma que el Faraón, por testarudo e indisciplinado en materia divina. El propósito de Dios, su plan originario, no contaría porque estaría supeditado a la también venerable libertad humana. Sin libertad no habría culpabilidad, por lo tanto el juicio de Dios sería injusto. Eso fue lo que dijo el objetor de Romanos 9, que habría injusticia en Dios, que Él no debería inculpar al pobre de Esaú porque no se puede resistir a la voluntad de Dios.

    Con esa declaratoria bíblica se deja de lado la conjetura del libre albedrío. Pablo levanta ese objetor con el propósito de validar en forma fehaciente su argumento sobre la soberanía de Dios en materia de condenación. Lo que mueve la objeción surge como bandera de una larga fila de teólogos y filósofos bíblicos que rechazan el texto de la Biblia. Yo no creo en ese texto, decía Wollebius, teólogo protestante de los siglos XVI y XVII, mientras señalaba el verso de Romanos 9:18: al que quiere endurecer, endurece. Bien, al objetar la Escritura no solo se irrumpe contra un texto solamente sino contra una cadena semiótica de versos que anidan la teología del evangelio (Mateo 10:29-30; Génesis 50:20; Hechos 4:27-28; Efesios 1:11; Isaías 14:24-27; Job 42:1-2; Proverbios 19:21, etc.).

    Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, esto es: a los que conforme al propósito divino son llamados (Romanos 8:28). La palabra divina salida de la boca del Señor hará todo aquello para lo que fue enviado, no volverá a Él vacía, sino que cumplirá el propósito del Señor (Isaías 55:10-11). ¿Será qué hay algo que no pueda suceder porque el ser humano sirve de obstáculo para que ni Dios pueda conseguir su propósito? Porque si el libre albedrío existiese, dado que a Dios se tiene por Omnipotente pudiera ser que destronara la voluntad humana. Pero no, parece ser que Dios tiene un freno de mano que se activa al solo imaginar la libertad del ser humano.

    Claro, ese freno lo hace a Él un Caballero, como dicen algunos en los púlpitos. El freno de la libertad detiene al Todopoderoso, a la espera de una mano levantada que le permita entrar al corazón del hombre. Pero la Escritura dice que su pueblo será de buena voluntad en el día del poder de Dios; ese día llega primero y después viene la buena voluntad. Somos barro en manos del alfarero, de acuerdo a la imagen del apóstol Pablo, cuando hablaba de Esaú como objeto de la ira de Dios. Nos recuerda el apóstol que no tenemos la potestad de altercar con el Creador, pero esto nos lleva a comprender que aquellos que altercan con Dios han sido colocados para hacer tal actividad nefasta.

    Pedro también se refiere a aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Mientras tanto, sigue el sonido de la voz de Dios que dijo que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, ni quien busque al verdadero Dios; cada cual se apartó por su camino. Por esta razón Dios no puede ver a ningún alma capacitada para recibirlo cuando supuestamente mira por el túnel del tiempo; ¿cómo, pues, va a estar pidiendo permiso para resucitar a un muerto en delitos y pecados? Tal vez sean palabras duras de oír, pero el Señor no calla jamás. No temió que lo dejara solo aquella multitud de los panes y los peces, siguió diciéndoles que no podían venir a él si no le fuere dado del Padre. Hablaba de su soberanía en materia de elección y condenación.

    ¿Por qué tenía la Escritura que cumplirse respecto a Judas? ¿Acaso Judas sabía lo que haría y lo que le acontecería? Si Judas no supo lo que le esperaba mal pudo Dios averiguarlo en el túnel del tiempo, para después decírselo a sus profetas. El Dios del plagio puede ser por igual el Dios del molinismo. La veneración a Esaú ha generado teologías del oprobio, apartadas de la Escritura, con suficiente encanto para engañar a todos aquellos que no aman la verdad pero que están dispuestos a recibir el espíritu de estupor. He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado (Romanos 9: 33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PREMISA ERRÓNEA

    Si la premisa de la cual se parte subyace en el error, su derivación resulta errónea. Poco importa que se invente un conocimiento medio en el intento de reconciliar con nuestro a priori lo que nos incomoda. Dios ha ordenado todo cuanto acontece, a menos que Dios tome en cuenta todos los parámetros de la voluntad humana para predecir el futuro. Son dos posiciones antagónicas, si bien la segunda se muestra más noble con el alma humana. A esta última se ha denominado el conocimiento medio, quizás en un préstamo del concepto del justo medio de Aristóteles.

    Incluso el Derecho recomienda en su doctrina el justo medio en el reparto: si alguien debe entregar un ganado a un acreedor, podría escoger lo mediado (ni las vacas más gordas ni las vacas más flacas). A partir de la Reforma Protestante salió a la palestra teológica lo que la Biblia dice respecto a la forma en que Dios gobierna el mundo. Con la Biblia represada en los púlpitos (literalmente encadenada), sujeta a interpretación de la denominada iglesia, la teología había permanecido escondida y mutilada. Con la Reforma surgen interpretaciones diversas de las Escrituras, en el intento de dilucidar lo que sus páginas dicen. Como parte de la Contrarreforma aparece la tesis jesuita de Luis de Molina, reconocida luego como Molinismo. Desde esa perspectiva se señala el punto medio, de manera que se tenga en cuenta no solo la voluntad divina sino también las acciones libres de los seres humanos.

    El concepto de predestinación manejado en las Escrituras salió a la luz pero Roma se enfadó. Su doctrina contraria (la teología de las obras) tenía que ser defendida, a como diera lugar. La teología romana penetró las filas del protestantismo con Jacobo Arminio, un protestante que defendía el molinismo. Dios no causaba que alguien se arrepintiera y creyera, sino que el pecador cooperaba con Dios para lograr la proposición graciosa de la salvación. La gracia de Dios pasa ahora a ser una promesa resistible, ya que Dios como Caballero no obliga a nadie a salvarse. Más bien, para el Molinismo, el Dios de las Escrituras se despoja por un momento de su soberanía absoluta y permite que la criatura en forma libre decida su destino final.

    Sabemos que esto agrada a los oídos de las iglesias, que esta teología molinista o arminiana se hace fácil de oír. Es el encuentro de dos trabajos, el divino y el humano (sinergia). Por esa razón también se entiende que Dios dirige los eventos del mundo a través de un conocimiento medio, una evaluación entre los actos de la criatura libre que escogerá de acuerdo a las circunstancias un destino determinado. Dios pasa a ver el futuro en una súper bola de cristal que le indica las acciones a tomar, muchas posibilidades de acuerdo a los muchos futuros abiertos. A esto se le conoce como teísmo abierto, corriente teológica que agrada al oído de muchos feligreses.

    No se estaría frente al Dios invasor de las Escrituras (Juan 6), sino ante un Dios reinterpretado por la tradición eclesiástica y sazonado con la filosofía griega (Aristóteles). Dado que ese Dios molinista-arminiano no causa que los seres humanos tomen decisiones, dicha divinidad se dedica a aprovechar las circunstancias por medio de su conocimiento medio de las cosas. Han llegado a decir que Dios preordena todas las cosas, incluso las libres escogencias de sus criaturas. La Biblia nos habla del Dios que hizo al malo para el día malo, que escogió a Judas como diablo, que odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal. Algo no cuadra entre la Biblia y la visión molinista-arminiana, lo cual nos lleva a pensar que en esa visión se han separado de múltiples textos de la Escritura y del sentido general de ella, cuando la Escritura nos habla del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (es decir, Jehová no mira las circunstancias libres del rey, sino que actúa sobre su voluntad sin tomar en cuenta aquello que no existe: la libertad del rey).

    El Dios de la Biblia no se manifiesta como conocedor de las circunstancias para poder actuar en consecuencia; más bien Dios crea las circunstancias y no toma en cuenta la ficción del libre albedrío. En Juan 6 el Señor le dice a la multitud beneficiaria del milagro de los panes y los peces que ellos no pueden acudir a él si el Padre no los ha traído. Esto enfureció a la masa y esa gente se dio a la murmuración, profiriendo palabras acerca de esa teología: dijeron que las palabras de Jesús eran duras de oír. Nada distinto ocurre 2000 años después, por lo cual los púlpitos acomodan su verbo para que la gente no se les escape.

    El Dios de las Escrituras no necesita el conocimiento medio para poder predecir eventos. Pero los molinistas prefieren un dios que distinga lo posible de lo probable, y se sujete solamente a lo probable (por el resultado del análisis de las circunstancias que llevan al conocimiento medio). La Biblia, por su parte, declara que para Dios no hay nada imposible (sea posible o probable). Dios habló y la luz fue hecha, por su palabra creemos haber sido constituido el universo. Tememos a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno, no a aquel que tiene que pedir permiso a la libertad humana para poder llevarse un alma al cielo.

    Si Dios actuara y conociera solamente de acuerdo a las circunstancias, sería un Dios con mucha suerte. Vio en el túnel del tiempo una serie de condiciones que permitirían enviar al Hijo Salvador para que lo crucificaran; como lo vio lo profetizó y para el beneficio de su reputación como Dios veraz la masa cumplió lo previsto. Pedro y Juan dijeron: Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4: 27-28).

    Para los molinistas y arminianos, Dios determinó que sucediera aquello que Herodes y Poncio Pilato determinaron de antemano hacer. En otros términos, Dios depende del criterio humano para poder profetizar y se puede considerar un Ser con mucha suerte, ya que aquello que descubre en el corazón de la gente se realiza a pesar de lo voluble del alma humana. El conocimiento medio alegra el alma intelectual porque le deja respiro a su voluntad, ya que puede contemplar un Dios no invasivo sino comprensivo.

    La Biblia continúa categórica con el anuncio de un Dios Todopoderoso, cuyos propósitos no pueden ser torcidos (Job 42:1-2), sino que permanecen por siempre (Salmo 19:21). Si el Dios de los ejércitos planifica algo, ¿quién puede anularlo? Si su mano señala al frente, ¿quién la tornará atrás? (Isaías 14:25,27). El Dios infalible de las Escrituras no reposa en la fragilidad de la voluntad humana, sus decretos no se dictaron previendo lo que el ser humano decidiría. Al contrario, Esaú tomó el destino que le fue señalado, al igual que el Faraón de Egipto. Por esa razón se levanta la objeción contra le Hacedor de todo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Esa objeción natural del alma caída abre el camino para que aparezca el molinismo-arminianismo, en el discurrir sobre la libertad del hombre para que Dios sea realmente justo al condenar. Le cuesta al hombre doblar su cerviz ante el Todopoderoso, pero Él ha prometido que toda rodilla se doblará ante su presencia. Lamentable para muchos que lo hagan cuando estén en el juicio final, no habiéndolo hecho antes. De todos modos, ya la Escritura se los dijo: Fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org