Autor: César Paredes

  • LA JUSTIFICACIÓN DEL CREYENTE

    Fuimos reconciliados en el cuerpo de la carne de Cristo, a través de la muerte, para ser presentados santos y sin mancha e irreprensibles ante Él; si en verdad permanecemos fundados y firmes en la fe, y sin movernos de la esperanza del evangelio que hemos creído, del cual Pablo fue hecho ministro (Colosenses 1:21-23). Permanecer fundados y firmes en la fe tiene su garantía en si esa fe nos fue dada por el Señor (fe como don de Dios, de acuerdo a Efesios 2: 8). La fe que nosotros construimos con pensamiento positivo, con visualizaciones y en base al subconsciente no es la misma fe de Cristo para creer.

    Hay gente que le pone fe a las cosas, pero eso no tiene relación con la fe de Cristo. En Hechos 13:48 leemos que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, no se habla de gente que quiso creer por cuenta propia, o que combinó la gracia con obras ni que asumió parte de la verdad del evangelio. Esos que creyeron fueron predestinados por Dios para recibir la salvación, al escuchar el mensaje del evangelio. El que tengamos parte en la historia no implica que saquemos al Dios sobrenatural del guión de salvación.

    Una cosa es la predicación de la palabra incorruptible (Juan 17:20), y otra cosa es que solamente los ordenados para vida eterna creerán ese evangelio. El esfuerzo de muchos predicadores religiosos, atormentados en sus almas, por llamar al arrepentimiento, no ha salvado una sola alma. Es cierto que aunque las piedras hablen ellas no son salvas, es decir, muchos al leer las Escrituras abren la perspectiva del evangelio para aquellos que están ordenados para ser salvos. Ese hecho no garantiza que el pregonador de la palabra tenga que ser creyente de verdad.

    Hagan lo que ellos dicen, no lo que ellos hacen, dijo Jesús en torno a una realidad parecida referida a la vida y palabra de los fariseos. Hoy podríamos añadir que debemos tener mucho cuidado no solo de lo que hacen sino de lo que los predicadores dicen. Muchos falsos profetas y falsos Cristos aparecen por los medios de comunicación masiva, cada cual da su historia para atraer seguidores. Por eso la Escritura ha dicho que muchos se amontonarán par buscar maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír (2 Timoteo 4:3). Esta gente da la espalda a la verdad y se vuelcan a toda clase de cuentos religiosos, místicos y de sus congregaciones.

    Existe una enemistad natural entre Dios y el hombre caído, ya que también de nosotros como creyentes regenerados se ha dicho que anteriormente estuvimos como extraños y enemigos en nuestra mente, haciendo malas obras (Colosenses 1:21). Asimismo se ha afirmado que nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Pese a ello, ahora somos justificados por la fe de Jesucristo, por medio de su sangre, como pueblo santo y sin mancha. ¿Cómo es eso posible, si todavía seguimos pecando?

    Pablo llegó a decir que debíamos ser imitadores de él, así como él lo fue de Cristo; ese apóstol que se erigió como modelo de discípulo también escribió en Romanos 7 que se sentía miserable por hacer el mal que no quería y por no hacer el bien que anhelaba. Descubrió una ley en sus miembros, que se rebelaba contra la ley de su mente, la cual lo llevaba cautivo a la ley del pecado en sus miembros. Sin embargo, el apóstol no se quedó en ese sufrimiento sino que dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de ese cuerpo de muerte y siguió sirviendo a Jesucristo con su mente.

    El Salmo 32:2 dice algo pertinente para los creyentes regenerados: Bendito el hombre a quien Jehová no imputa de pecado, en cuyo espíritu no hay engaño. Veamos bien la relación de la gracia con las obras, para que entendamos la verdad completamente. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; pero al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:4-5). No es la única vez que el apóstol deja por fuera a las obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, sino que en muchos otros momentos se ha referido a lo mismo.

    Claro está, aún nuestras buenas obras han sido preparadas de antemano para andar en ellas (Efesios 2:10). Las obras vienen como consecuencia de la redención, pero en el impío lo que hace le es contado como iniquidad. La salvación o la justificación ante Dios no se obtiene por méritos propios, sino por la gracia divina a través de la fe en Jesucristo. ¿Qué hemos de creer de Jesucristo? No solamente lo que se nos ha revelado de su Persona sino también lo que aparece en las Escritura sobre su obra. Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).

    En vista de la legalidad de Dios, cuando Adán pecó traspasó su culpa a toda su heredad. Nosotros cargamos con las consecuencias de ese primer pecado, por lo cual seguimos sumando culpa por el incremento de nuestras desviaciones. El pecado es una violación de la ley de Dios, así que nuestra restauración vendrá por la vía legal igualmente. En este momento entra la doctrina de la justificación, la apelación a la justicia perfecta de Jesucristo, la cual ha sido imputada a todos los miembros de su pueblo, por el cual murió.

    Recordemos que la noche precia a su crucifixión el Señor oraba con gran pasión; dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) sino por los que el Padre le había dado. Añadió, de acuerdo al versículo 20 que rogaba igualmente por los que habían de creer en él por la palabra de esos primeros discípulos. Esos discípulos transmitieron la palabra incorruptible, de la cual Pedro también refirió. No es la palabra corrompida del falso evangelio la que hace creer, sino la palabra incorruptible: siendo renacidos, no de simiente incorruptible sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Esa palabra de Dios también es incorruptible, como la semilla que nos hizo renacer.

    Jesucristo sufrió la justa ira de Dios, ya que todos los pecados de su pueblo le fueron imputados. El Justo pagó por los injustos, pero no por todos los injustos del mundo sino por los que el Padre le dio. Por eso creyeron los que estaban ordenados para vida eterna, por esa razón Judas Iscariote no fue regenerado porque era un hijo de perdición. De nada le valió la religión, ni la cercanía a las palabras de Jesús, ni el hacer milagros, ni el participar en la cena, ya que era del maligno, lo mismo que Caín o el Faraón o Esaú.

    Como dijo Isaías, por su conocimiento justificará mi Siervo Justo a muchos (Isaías 53:11). Una vez que la justicia de Jesucristo nos ha sido imputada en nuestra cuenta, nuestros pecados no atraerán de nuevo la ira de Dios. Solamente que Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Por esa razón no debemos vivir aún en el pecado, sino que debemos soportar con paciencia la disciplina del Señor. La justificación no es un cambio interno en nuestra alma, como si ahora dejásemos de pecar (recordemos Romanos 7 y a Pablo considerándose miserable). Lo que ha ocurrido ha sido una sentencia legal a nuestro favor, en virtud de la imputación que Dios nos ha otorgado respecto a la justicia de Cristo. Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios. Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    César Paredes

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  • EL CORAZÓN DEL HOMBRE (JEREMÍAS 17:9-10)

    Engañoso más que todas las cosas, y perverso. Esa es la declaratoria bíblica, lo que ha dicho el Juez de toda la tierra. En otro momento ha declarado que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios (al verdadero). Todos se han descarriado y cada uno por su lugar, de manera que la humanidad entera murió en Adán y en sus propios delitos y pecados. Ese corazón descrito por el profeta Jeremías se refiere al del hombre natural, el que está todavía irredento.

    En tal sentido, otro profeta, Ezequiel, ha anunciado de parte de Jehová que en un momento determinado Él quitaría ese corazón endurecido y de piedra para colocar uno de carne. En adición, nos daría un espíritu recto y nuevo que nos induzca a amar los estatutos del Omnipotente Dios. Este corazón es el de la persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios. No puede un hombre muerto en delitos y pecados auto regenerarse, por mucho que los anunciadores del momento nos hablen sus palabrerías sobre el hombre interior.

    Resulta prudente recordar que el corazón del hombre caído no solo resiste a Dios sino que está muerto, insensible como una dura piedra. Los predicadores y anunciadores del evangelio intentamos razonar con esos corazones, presentando argumentos persuasivos como si fuésemos ángeles elocuentes, pero no podemos removerlos. La Biblia ha dicho que el hombre natural no percibe ni recibe las cosas del Espíritu, ya que las tiene como locura. Pablo afirmaba que los griegos pedían sabiduría (reconociendo la inteligencia de sus grandes pensadores), en tanto los judíos demandaban señales especiales, como las que les dio Moisés en el Mar Rojo, o las de Josué al pasar el Jordán; estos recordaban las hazañas milagrosas del profeta Elías y de Eliseo. Sin embargo, Pablo les dijo a ambos grupos (gentiles y judíos) que lo que él anunciaba era a Cristo crucificado, para los gentiles una vergüenza y para los judíos un tropezadero.

    Pero ¿qué puede despertar a un corazón dormido y embrutecido para las cosas celestiales? Ni la compasión que mostremos ni la lógica que desarrollemos con nuestros argumentos, ni siquiera la exposición del terror que supone el infierno de eterna condenación. Por supuesto que eso hacemos, amar al prójimo y señalarle el camino que es Cristo, pero si Dios con su Omnipotente gracia (irresistible) no actúa de acuerdo a su predestinación, nadie podría ser salvado.

    Existe una exposición de la palabra de Dios, del mandato general, pero a esto el hombre natural puede resistirse. No se trata de que se pueda vencer al gran Dios cerrando la puerta de su gracia, sino de ese Dios endureciendo a quien quiere endurecer y por el tiempo (poco o mucho, parcial o eterno) que Él haya decidido. La respuesta a este planteamiento bíblico (Romanos 9) no se hace esperar, contra el razonamiento epicúreo. Se dice que Dios puede ser Omnipotente pero no Benevolente, porque permite u ordena el mal. Si quiere quitar el mal, entonces no puede; si puede y no lo hace es porque no lo quiere, por lo cual Dios sería malvado.

    Pablo expone en el Capítulo 9 de Romanos su argumento contra los epicúreos, aunque no los menciona como tales. Él dice que Dios es el que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien desea endurecer. Que Dios no es injusto, pese a que lo afirmaban los seguidores de Epicuro desde más de dos siglos antes. Pablo argumentó en sus palabras que no existe tal contradicción entre la omnipotencia y la bondad de Dios por causa de la existencia del mal. Simplemente, el Dios de la Biblia es absolutamente soberano y hace como quiere, incluso ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    Los predicadores comúnmente hacen recaer la carga de la condenación a la dureza del corazón humano, y ciertamente tienen parte de la razón; esa sería la causalidad histórica en un mundo embebido en las tinieblas y controlado por su príncipe. Pero decir que el ser humano es quien decide en base a su inclinación tiene sentido si tomamos en cuenta estos dos corazones antes mencionados. El que tenga el corazón de piedra hará conforme a su inclinación mortal, pero el que tiene el corazón de carne buscará el buen fruto del Espíritu.

    Sabemos que Dios es quien da uno u otro corazón; conocemos que en principio toda la humanidad ha tenido un corazón de piedra, pero los que poseemos el corazón de carne se lo debemos a la regeneración que ha hecho el Espíritu Santo. ¿Por qué razón no todos tienen el corazón de carne? En esta respuesta yerran muchos, incluso versados teólogos, por cuanto hacen recaer en la capacidad humana el asunto de la elección. No podemos atribuir ni un ápice de nuestra redención a una intención previa en nosotros, porque Dios no ha visto nada bueno en ninguna de sus criaturas humanas.

    La diferencia entre cielo e infierno no recae en nosotros, pues tendríamos de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie. El propósito de la elección permanece, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11). Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Frente a semejante Dios la criatura debe caer arrodillada y espantada, reconociendo su pequeñez (como nada y menos que nada) frente a la inmensa omnipotencia divina. Lo que acá decimos no es una especulación sino el núcleo del evangelio. Nuestra suficiencia viene de Dios, del poder de su Espíritu, de la potencia de su palabra y lo que hace en nosotros.

    El corazón endurecido implica que el pecador no siente siquiera el peso de su pecado. Teme el castigo de la ley frente a sus fechorías, pero no al castigo eterno por parte del Creador. En tal sentido la gente que continúa muerta en delitos y pecados subestima la declaración bíblica, argumenta que un Dios bueno no puede crear semejante castigo eterno. En síntesis, divaga todavía en el argumento de Epicuro.

    El Espíritu de Dios, como lo describe Ezequiel, da aliento a los huesos secos para que la vida entre en ellos. Aquella palabra de la Escritura que un día se oyó sin sentido para el incrédulo, de repente despedaza el corazón y los tuétanos del cuerpo. El alma traspasada por la palabra puede llegar a ser redimida, siempre y cuando la voluntad de Dios lo decrete. No es con fuerza humana ni bajo los poderes de los predicadores, sino con y por el Espíritu de Dios. En ese cambio, que denominamos nuevo nacimiento y conversión, lo que antes odiábamos deviene en lo más amado, en lo que nos deleita.

    Esta es la alegría del creyente, nuestro confort. Por la gracia de Dios nuestro corazón ha sido cambiado, sin importar si era demasiado duro y si estaba muerto; ahora tenemos uno sensible, de carne, junto a un espíritu nuevo que nos inclina a preferir, amar y gozar de las cosas de Dios. Así de simple es el evangelio, el que depende de la voluntad del Creador.

    César Paredes

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  • BENEFICIOS DE LA REDENCIÓN

    Se habla de un orden de la salvación, lo que se conoce desde la Reforma como el ORDO SALUTIS. Esta es una forma de enumerar y describir todo lo que recibimos cuando somos unidos a Cristo en la salvación. Con el término orden urge tener en cuenta que se trata más bien de uno lógico antes que cronológico. Eso es como el sol que irradia luz, calor y se considera un centro de fuego; nosotros percibimos la luz como algo que va primero, después sentimos su calor y finalmente suponemos que es una masa incandescente. Lo que sintamos como primero lo vemos como un orden cronológico, pero en realidad el sol y sus efectos no necesariamente se dan separadamente en ese orden del tiempo, sino que lógicamente imaginamos que una cosa viene después de la otra.

    Así sucede con la Trinidad, imaginamos que cronológicamente el Padre viene primero, después el Hijo y finalmente el Espíritu enviado por el Padre y el Hijo. Pero sabemos que también el Padre y el Espíritu enviaron al Hijo (Isaías 48:16). Así que aunque lógicamente uno venga después del otro en realidad esa cronología no se da como lo imaginamos. En la Escritura, bajo el carácter de Dios y la naturaleza de la gracia, se nos revelan los pasos de la salvación. Sabemos que a Dios no le afecta el tiempo, sino que en Él todo está presente en un sí y un amén.

    La legalidad de los pueblos establece una lógica en sus concepciones. Ante un juez uno va redimido, para decirle que uno ya se apartó de las maldades o que uno no las ha cometido. En cambio, ante el Todopoderoso nadie puede mantenerse de pie y como dice la Biblia nadie puede pagar por el pecado de otro, tampoco por los suyos propios. Ante el Juez de toda la tierra acudimos para decirle que hemos pecado en demasía, que nos perdone y nos salve de esas maldades y de sus efectos. Como dijo Jesucristo: los que están sanos no necesitan de médico, sino solamente los enfermos (Marcos 2:17).

    En la teología del ORDO SALUTIS la fe parece preceder al arrepentimiento. Por medio de la fe recibimos el regalo de la justificación, somos salvos por medio de la fe en Jesucristo. Al acudir a Cristo deseamos ser liberados del pecado, y a esto se le llama arrepentimiento. Se trata del reconocimiento de nuestra bajeza frente a la grandeza del Dios Creador de todo cuanto existe; para ello opera en nosotros un cambio de mentalidad que permite valorar nuestra dimensión frente a la del Todopoderoso. En ese arrepentimiento no cabe la autosuficiencia sino que nos abarca el sentido pleno de humildad e impotencia personal para que Dios nos limpie de toda maldad.

    Para eso nadie es suficiente, como le dijo Jesús a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo (Juan 3: 3-8). Este nuevo nacimiento no depende de voluntad de varón sino de Dios. De nuevo, inclinamos nuestra cabeza por causa de nuestra impotencia, para reconocer que el hecho de acudir con fe ante Jesucristo ha sido producto de la regeneración operada en nuestra vida. En esa operación no hicimos nada, ni siquiera acudir a Dios, ni siquiera aportar la fe que nos empuja ante el Señor. Si leemos las Escrituras comprenderemos que la redención es un acto operativo del Todopoderoso en sus elegidos. En Efesios 2:8 se dice claramente lo siguiente: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. Es decir, aún la fe para recibir la gracia nos vino como regalo (lo cual indica que nosotros no podemos producir fe por cuenta nuestra, sino ejercitarla una vez que nos ha sido concedida). La Biblia añade que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).

    Pablo así lo reconoce, diciéndonos que Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, en tanto seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el mismo espíritu que opera en los hijos de desobediencia. Agrega que nosotros los creyentes éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2: 1-3). Esto nos demuestra que para que un pecador pueda creer debe ser vuelto a la vida (regenerado) por el Espíritu. A partir de ese momento el creyente pasa a ser justificado en Cristo.

    Por supuesto, Jesucristo justificó a todo su pueblo con su muerte al derramar su sangre por los elegidos del Padre. A nosotros en el plano histórico se nos aplica esa justificación en el momento en que llegamos a creer (por medio del nuevo nacimiento). Ahora bien, ¿qué viene primero en este orden de salvación? ¿Será la muerte de Cristo expiando nuestros pecados? ¿Será la elección del Padre desde la eternidad, como asegura la Escritura? (Efesios 1:4-5; Romanos 9:11; Juan 17:9, 20; Juan 10:26, etc.). Nosotros suponemos una cronología y así la valoramos, pero en la mente de Dios todo ya ha acontecido.

    Ciertamente, estamos sometidos al espacio-tiempo, nos debemos a una sintaxis, al hecho de que exista un orden en todo cuanto valoramos y hacemos. Se nos ha encomendado a predicar el evangelio y a llamar a los hombres al arrepentimiento para perdón de pecados. Exponemos textos de la Biblia que mueven la fibra interna de las almas, pero sabemos que el Espíritu actúa de acuerdo a los planes que la Divinidad como tal ha convenido. Al leer las Escrituras llegamos a saber la maravilla de la elección, a valorarla en grado sumo, ya que sin esa elección no hubiésemos podido creer. Esaú no pudo llegar a creer, como se demuestra por la declaración bíblica.

    Pese a lo señalado por las Escrituras, todavía muchos supuestos creyentes claman a alta voz contra el Altísimo, para decirle que Él es un Dios injusto porque inculpa de pecado a quien no puede resistir su voluntad (Romanos 9). Esa gente desconoce que nuestra justificación es un acto legal, una declaración hecha por Dios acerca de que un pecador determinado ha sido justificado. Esa justificación se hace en virtud de la fe en Cristo, sin que haya habido antes de eso obediencia, arrepentimiento o conversión (cambio de vida). Esto nos recuerda la declaración del amor de Dios por Jacob, aun antes de que hubiese sido concebido, sin miramiento a sus obras buenas o malas (Romanos 9:11-15).

    Nuestro arrepentimiento aparece como el fruto de nuestra unión con Cristo (en virtud del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo). Si pudiéramos señalar un orden apuntado por las Escrituras, diríamos que ante todo viene la regeneración (el nacer de nuevo como voluntad y actividad exclusiva de Dios), luego se nos da la fe para nuestra unión con Cristo, recibimos la justificación que produce arrepentimiento y que nos conduce a la santificación (que es la separación del mundo). Pero todo esto que decimos ha sido decretado desde la eternidad por el Dios de la elección.

    Nos resta repetir la gran exclamación de Pablo: ¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

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  • ADÁN COMO CABEZA

    El carácter federal de Adán como primer hombre hace que debamos pensar en las implicaciones de los primeros mandatos recibidos. Se comprende que cuando el Creador le habló se daba por entendido que tenía lenguaje, todo como parte de la misma creación. Dios lo hizo dándole por igual los datos necesarios que suelen considerarse previos para poder entender de lo que se habla. De esta manera, Adán supo lo que era la norma con sus consecuencias. Podía comer de todos los frutos del huerto, menos de aquel del conocimiento del bien y del mal.

    La consecuencia mortal no se hizo esperar. Una vez desobedecido el mandato le sobrevino un estupor, suficiente para sentirse desnudo y sentir vergüenza. Ante los ojos de Dios todos estamos sin ropaje que cubra nuestros actos malévolos. Incluso el pensamiento no puede evadirse o hacerse irreconocible. Como dice la Escritura, antes de que nuestra palabra esté en la boca ya el Señor la conoce. La creación contiene la caída como parte del propósito eterno e inmutable del Creador.

    Pedro así nos lo informa, cuando escribe que el Cordero estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1Pedro 1:20). El texto de Pedro nos exige asumir que Adán tenía que pecar, ya que Dios no podría en virtud de su Omnisciencia y Omnipotencia, de su voluntad inquebrantable, quedar sin que se cumpliera su propósito. Ya Dios tenía el plan de la Redención, por medio de Jesucristo como Cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:19). Su sangre preciosa sería derramada para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Resultaba inevitable la falta de resistencia de Adán; por esta razón comprendemos que la voluntad divina se ejecuta no solo en los pecadores sino también en los incorruptos.

    La Biblia habla de dos adanes. El primero viene como carnal, pero el segundo Adán se manifestó como Salvador de su pueblo. En el primer Adán todos mueren, pero en el segundo todos viven. ¿Quiénes son estos todos que mueren y viven? Simplemente toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, pero en Cristo todas sus ovejas pasan a vida eterna. Esta es la gracia divina, la que nos es dada por medio de la fe en el Hijo de Dios, una fe que también se define como regalo divino, ya que no es de todos la fe y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Efesios 2:8; 2 Tesalonicenses 3:2; Hebreos 11:6).

    Como síntesis anticipada aseguramos que Adán no tuvo ninguna otra posibilidad, sino pecar. Podría aparecer la objeción de costumbre: ¿por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esto ya fue escrito por Pablo, en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. Adán no podía torcer el plan divino, como si Jesucristo se hubiese quedado sin su actuación en lo que concierne a su preparación como Cordero sin mancha. El cordero devino en un símbolo del sacrificio pascual, una representación de lo que haría el Cristo en el tiempo de su manifestación como enviado del Padre.

    Dios ordenó la caída para que su Hijo se manifestara como el Redentor de todos los que componen su pueblo. Dios no permitió, en el sentido de dar permiso, como si ese evento pudiera o no darse con exactitud, como si alguien lo estuviera pidiendo. Claro, todavía quedan sofistas teológicos quienes en su desaguisada teología argumentan que Dios decretó permitir. Están por igual los que aseguran que Dios vio venir la tentación pero no la evitó, aún sabiendo que Adán caería en ella. De esta manera se las han ingeniado para hacer creer que el Creador no tiene injerencia directa en estos asuntos del pecado, sino que es un actor de piedra que mira porque inevitablemente todo lo sabe.

    Deberíamos preguntarnos si Adán tuvo realmente la posibilidad de quitarle la gloria de Redentor a Jesucristo. Por supuesto que no la tuvo nunca, como bien lo afirma el texto de Pedro referente al rol del Cordero de Dios. Ciertamente, uno de los Diez Mandamientos dice que no dará Jehová por inocente a quien tomare su nombre en vano; es decir, Adán entendió tanto el mandamiento de comer del árbol prohibido como de sus consecuencias. La ofrenda de Caín no fue grata a los ojos de Dios, pero la de Abel sí que fue de su agrado. Por ese motivo Caín se ensañó contra su hermano Abel por cuya razón Dios le argumentó: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta (Génesis 4:6-7). Esto forma parte de los episodios que siguieron como herencia de Adán, sin que importara que aún no había llegado la ley escrita por vía de Moisés. Adán sabía que estaba obligado a adorar a su Creador y a obedecerlo; Caín sabía que haría mal si continuaba con el plan de asesinar a su hermano. La vida humana, el obedecer al Creador, eran ya imperativos en el corazón de las criaturas humanas, todo lo cual serviría como elemento forjador de las futuras normas contempladas en los Diez Mandamientos.

    La Biblia nos va mostrando de principio a fin que la voluntad de Dios se impone siempre. De esta manera leemos en Proverbios 16:4 que aún al malo hizo Dios para el día malo. No se trata de que Dios aproveche la ocasión de lo que sucedió en el Edén, como si hubiese sido algo imprevisto o algo permitido a pesar de su voluntad. En otro lado, las Escrituras afirman que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero al que quiere endurecer, endurece. El hombre no es nada para altercar con su Creador, sino apenas una olla de barro que no puede reclamar la razón por la cual ha sido formado de esa manera. El alfarero tiene la potestad sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso de honra y otro para deshonra. Además, añade la Biblia que Dios quiso mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportando con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9: 18-23).

    Ha sido escrito que Dios nos bendijo en Cristo (a sus escogidos) con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, habiéndonos escogido en el Señor desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1:3-4). En realidad, el Dios destacado en las Escrituras es absolutamente soberano, sin que exista una sola persona que logre torcer sus propósitos. El conocimiento de la grandeza y control soberano del Altísimo es demasiado maravilloso para mí, como dijo el salmista David, alto es, no lo puedo comprender (Salmos 139:6).

    Los hombres malos aguzan sus lenguas como lo hacen las serpientes cuando debajo de sus labios tienen veneno. Por eso exclama: No concedas, oh Jehová, al impío sus deseos; no saques adelante sus pensamientos, para que no se ensoberbezca (Salmos 140:8). La fe auténtica, proporcionada por el segundo Adán, prevalece hasta el final. Esto no se da porque seamos fuertes o persistentes, sino porque la perseverancia viene como una bendición de seguridad para cada elegido del Padre. Cristo puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:25).

    El primer Adán no nos pudo asegurar nada como herencia, excepto la muerte espiritual y su consiguiente muerte física a toda la raza. Sin embargo, el segundo Adán vino para salvar a todo su pueblo de sus pecados. Por esa razón dijo que él los preserva en sus manos (así como estamos en las manos del Padre); él nos disciplina como a hijos, nunca nos retirará de su presencia (Juan 6:37).

    El primer Adán no perseveró, aún en su estado de inocencia, porque tenía que pecar de acuerdo al plan del Creador (recordemos que el Cordero sin mancha estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo). El segundo Adán perseveró inmaculado desde siempre y para siempre, haciéndonos salvos permanentemente. Quien niega nuestra perseverancia niega la esencia del evangelio, el cual es por gracia y no por obra nuestra. La salvación final no depende del hombre sino de Jesucristo.

    Los que permanecen en el primer Adán están en la carne y no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). La descendencia de Adán posee una inhabilidad moral propia del hombre caído; pero los regenerados por el segundo Adán hemos sido levantados por el Espíritu Santo. Todos los no regenerados están sujetos al juicio divino de acuerdo a sus obras y a su naturaleza. Estar en la carne se refiere al estado espiritual de devastación, por lo cual quien así anda suprime la verdad y se inclina a la mentira, es entregado por Dios a pasiones vergonzosas, su mente está en hostilidad contra el Creador, no se puede someter a la ley de Dios, no agrada a su Creador, no es considerado recto sino que anda sometido al pecado. Al no entender las cosas celestiales no busca al verdadero Dios, cumpliéndose la sentencia divina: Por la desobediencia de un hombre los demás fueron hechos pecadores (Romanos 5:19).

    Para salir de la esclavitud del pecado y abandonar el fruto de la muerte, urge nacer de nuevo. Para esto nadie es suficiente, pero existe el mandato bíblico de acercarnos a Dios, de buscarlo mientras puede ser hallado, en tanto que está cercano. Además, existe el llamado a creer el evangelio y a arrepentirse de estas obras de muerte. Busquemos al segundo Adán, para poder escapar de la maldición venida por el primero.

    César Paredes

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  • LA FUERZA DE LAS TINIEBLAS

    El vocablo griego para autoridad significa también fuerza o poder, como lo afirma el diccionario. La ἐξουσία (exousía) se ha traducido como autoridad, lo cual es correcto, pero hemos de comprender que la autoridad proviene de la fuerza (cualquier tipo de fuerza o poder). Hablamos del poder de las tinieblas, el peso que recae en cada individuo natural por el hecho de haber heredado de Adán la calamidad del pecado. Esa postura bíblica nos habla de dos Adanes, el primero (caído en el Edén) y el segundo (el Redentor, que es Jesucristo). Este último tiene autoridad propia, de manera que el poder de la oscuridad no lo cubre.

    Se ha escrito que en ocasiones la ley tiene la autoridad para hacer algo, es decir, tiene el permiso para actuar, la libertad para conseguir su fin. Esto también engloba el término licencia, como cuando escuchamos la expresión común: si Dios me da licencia, es decir, el permiso con su autoridad o poder. También escuchamos sobre el abuso de la autoridad o de la fuerza, lo cual conduce a la arrogancia (la ὕβρις griega) – hubris.

    En el plano teológico la Biblia nos asegura que el Padre nos ha librado de la potestad de las tinieblas, habiéndonos trasladado al reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13). Ese texto nos brinda la idea de dos reinos o dos autoridades opuestas; un gobierno dañoso, oscuro y rebelde frente a un reino de luz, de salvación y del amor de Cristo. En consecuencia, ya no estamos bajo la autoridad de las tinieblas sino bajo la autoridad, poder o fuerza de Jesucristo. En nosotros opera otra potestad, muy diferente a la que nos regía antes de haber sido trasladados a este nuevo reino. Por lo tanto, hemos de entender que lo que antes nos estaba permitido, en virtud de la otra autoridad, ahora nos resulta impedido por gracia del nuevo dominio.

    La Biblia nos habla de la huella que nos dejó el pecado de Adán, una marca operadora como si fuese una ley. De hecho, Pablo lo define de esa manera, cuando se refiere a la época anterior a nuestra conversión, en la que actuábamos en la carne, bajo las pasiones pecaminosas que obraban fruto para muerte. Ahora estamos, dice el apóstol, bajo el régimen nuevo del Espíritu (Romanos 7:6). Sin embargo, pese a esa realidad del estatus espiritual, hemos sido vendidos al pecado (una metáfora que usa Pablo para indicar lo profundo de la caída de nuestro padre federal Adán). Aunque la ley de Cristo sea espiritual, seguimos siendo carnales, sin que en esa carne more el bien; no obstante, el querer el bien lo tenemos aunque no lo hacemos. En otras palabras, Pablo se debate en lo que los creyentes sentimos, que no hacemos el bien que queremos sino el mal que aborrecemos.

    Concluye el apóstol la reflexión diciéndonos que el pecado que mora en nosotros nos conduce a hacer lo que no queremos hacer. Según el hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios, pero la ley de nuestros miembros pecaminosos nos conduce cautivos a la ley (autoridad) del pecado que yace en esos miembros. Esa situación legal nos hace sentir miserables, si bien como creyentes debemos dar gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de ese cuerpo de muerte (Romanos 7: 22-25).

    El que sirvamos con nuestra mente a la ley de Dios dice mucho de nosotros, ya que existe la disposición y el querer seguir bajo la autoridad del reino de la luz; el que sirvamos todavía con la carne a la antigua autoridad de las tinieblas se debe a la ley del pecado (con las consecuencias del castigo del Génesis). Esto no es excusa sino una descripción interpretativa del apóstol para comprender lo que nos sucede. Distinto resulta el caso del hombre natural, ya que no tiene el poder de escapar de la autoridad de las tinieblas. Podríamos decir que pese a las molestias propias de la consecuencia del pecado, el hombre caído tampoco tiene el deseo de habitar en el reino del amado Hijo de Dios.

    Lo que decimos tiene otra prueba bíblica muy evidente, la que se narra en Efesios 2. Allí se dice que los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando seguíamos la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad (autoridad) del aire, el mismo espíritu que ahora continúa operando en los hijos de desobediencia. Asegura Pablo que nosotros vivimos en otro tiempo en los perversos deseos de nuestra carne, siendo por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:2). Es decir, que los no creyentes continúan bajo la ira de Dios, bajo la autoridad del príncipe de las tinieblas y sin desear interiormente ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    Todo ser humano nace bajo esa condición natural, el estado de pecaminosidad y depravación (la carga genética del pecado de Adán). El camino de los impíos es como la oscuridad, hecha para tropezar. La culpa de Adán les ha sido imputada, transmitiéndose de generación en generación sin que ocurra ninguna alteración a esa condición. Con la caída de los primeros dos seres humanos creados, les fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron su desnudez (física y espiritual). Por esa razón trataron de cubrirse y se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto (Génesis 3:7-8).

    Con el desarrollo de la humanidad, al transcurrir de los siglos, en otra metáfora la Biblia nos relata que Dios miró hacia la tierra y comprobó que no había justo ni aún uno, ni quien entendiera; no existía ni una persona que buscara al verdadero Dios, todos se habían descarriado por sus caminos, sin hacer el bien. La garganta humana se asemeja a una tumba abierta, con engaños en sus lenguas para inyectar veneno de áspides con sus labios. La boca de los seres humanos caídos se carga de maldiciones y amarguras, los pies de la humanidad entera corren a derramar sangre, confundiéndose con la ruina y miseria en sus caminos. Sin conocer la paz, no aparece el temor de Dios en sus ojos (Romanos 3: 10-18).

    Con esto dicho comprobamos que de acuerdo con la Biblia la mente carnal está en enemistad contra Dios, sin que desee siquiera sujetarse a su ley porque no puede hacer nada al respecto. En tal sentido, ningún ser humano caído posee la capacidad de agradar a Dios (Romanos 8:8). Se deduce que por naturaleza los seres humanos se volvieron esclavos del pecado, hijos del príncipe de las tinieblas, bajo su poder y fuerza, influenciados en sus pensamientos. Solamente se puede escapar de esa atadura por medio de la regeneración. Pero el nacer de nuevo no proviene de la voluntad de varón alguno sino de Dios. Solo así podemos ser trasladados al reino del amado Hijo de Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • BALANZA INCLINADA

    En ciertas ocasiones, al exponer la teología de la soberanía de Dios, inclinamos la balanza hacia lo que la Divinidad puede hacer, pero descuidamos el deber ser del creyente. Mucho énfasis en un lado puede desviarnos del equilibrio sostenible entre la soberanía y la responsabilidad humana. Se nos envía a predicar el evangelio a toda criatura, para decirle que se arrepienta y crea en el verdadero Dios. Nunca se nos ha dado una lista de personas de las que sepamos que sus nombres están escritos en el libro de la vida. La actitud nuestra ha de ser siempre la de alguien que anuncia algo que ha encontrado o que le ha sido dado, la gracia que nos alcanza por medio de la palabra revelada.

    Echar el cuento de lo que nos sucedió para ver si el otro que nos oye se motiva a la curiosidad. No hemos de aterrarnos por que se nos conciba como locos, como si fuésemos los más estultos de una clase, como a veces nos señalan por el solo hecho de anunciar a Cristo como el único camino hacia el Padre. A Pablo le dijeron que las muchas letras lo habían vuelto casi loco, si bien en otra oportunidad el apóstol se excusaba para que le permitieran un poco de locura. Hemos de tener en cuenta la presencia de dos sistemas antagónicos, el mundo y el Creador. El sistema mundo ama lo suyo pero odia a Cristo y a su descendencia, por cuanto no pertenecemos a ese entramado de conjeturas y suposiciones que ama el indagar antes que aprehender la verdad propuesta.

    La marca de la bestia es antes que nada un marcaje del sistema mundo; se da progresivamente y por seducción a las almas inconstantes. También la obtiene quien voluntariamente acepta con simpatía el atractivo hacia lo que contradiga al Dios de las Escrituras. Por supuesto que habrá de ser una señal como lo expresa el Apocalipsis, pero antes de que llegue ese momento podemos ver el desfile de las almas en las pasarelas del sistema del príncipe de este mundo. Nos toca como creyentes seguir anunciando a toda criatura, ya que ese ha sido el camino señalado para que las ovejas escuchen la voz del buen pastor.

    La forma en que Dios atrae a su pueblo se describe en la Biblia con metáforas; una de ellas está en Oseas 11:4, y dice: Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida. Esta expresión poética describe que Dios con amor y ternura se dirige a su pueblo, seduciéndolo con cuidados en este mundo hostil. Isaías asegura que hemos de buscar a Dios mientras puede ser hallado, que lo llamemos en tanto que está cercano. Jeremías nos advierte a no lamentarnos en nuestro camino sino solamente por el pecado que cometemos.

    Así que ese Dios soberano hace cuanto quiere y nada acontece sin que Él lo haya enviado (sea lo bueno o lo malo), por cuya razón debemos agradecer y aprovechar la ocasión en que notemos su reposo. Es mejor buscarlo en su misericordia que en medio de su ira, he allí el consejo de los profetas antiguos. La Biblia nos enseña que Adán y Eva cayeron de su estado original de inocencia hacia un estatus de muerte y depravación. De esta forma la culpa de Adán ha sido transmitida en forma federal, hacia toda su posteridad.

    Tuvo que venir Cristo como segundo Adán, para que en él todos vivan. Si bien en el primer Adán todos mueren, en Cristo todos los que son su pueblo habrán de vivir por siempre. Recordemos que Cristo es la cabeza de la iglesia, de manera que vino a morir por todos los pecados de su pueblo para que su pueblo pueda vivir eternamente (Mateo 1:21). La iglesia apóstata enseña que los creyentes no pueden estar seguros de su salvación, a menos de que se les haya dado certeza por especial revelación. En Hebreos 11:1 se nos declara lo que es la fe, así que conformémonos con esa definición inspirada por el Espíritu Santo.

    Estamos convencidos, como creyentes, de que nuestros pecados fueron perdonados bajo el sacrificio de Jesucristo, quien pagó por todos los errores de todo su pueblo. Las Escrituras son muy claras al respecto, al haberse enunciado en el evangelio de Juan que Jesús no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Si Jesús no rogó por el mundo, se entiende que Jesús no vino a salvar a ese mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión; en cambio, agradeció por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros creyentes (Juan 17:20).

    El que deposita su confianza en sus propias obras tiene la incertidumbre que acompaña a la salvación por méritos propios. La seguridad proviene del sacrificio de Cristo quien fue considerado como la justicia de Dios. De esa manera fue llamado también nuestra pascua, teniendo en cuenta por contraste que él no fue el descanso de Judas Iscariote. Más bien lo había escogido como un diablo, como el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Si la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, conviene esperar en el Salvador de todo su pueblo.

    Si Jehová no nos hubiera escogido como remanente, seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Donde no hay seguridad no hay fe, si no existe fe no hay seguridad. Recordemos que la fe es un regalo de Dios, que no es de todos la fe y que sin ella es imposible agradarlo a Él. Dios nos salvó y nos llamó a una vida de santidad. Esto lo hizo no porque viera en nosotros potencialidad o cualidades particulares de provecho; simplemente estuvimos muertos, lo mismo que los demás, pero obviando nuestras obras la única obra prevista en nuestro llamamiento fue la del Señor Jesús en la cruz del Calvario. La elección nunca se fundamentó en nuestras acciones, sino en la gracia divina que nos fue dada en Cristo Jesús desde antes del inicio de los tiempos.

    Examinando el sentido de esa gracia, su tamaño, su imposibilidad de conseguirla por insistencia nuestra, deberíamos volcarnos hacia esa separación del mundo que tanto bien nos hace. Como dice el salmista: Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque Él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón (Salmos 95: 6-8).

    Imponga Dios en nosotros la renuncia a lo oculto y vergonzoso, para no andar con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino caminando por la manifestación de la verdad. El amor por la verdad revelada en las Escrituras debe ser nuestro norte, si es que tenemos el evangelio de verdad. En algunos (y de seguro muchos) ese evangelio está encubierto porque el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:3-4).

    Más allá del acto religioso que supone una manifestación pública del cambio que se opera en nuestro ser al conocer al Señor, Dios ha hecho que de nuestras tinieblas salga la luz que brille en nuestros corazones, dándonos el brillo del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo. Esto es un tesoro guardado en vasos de barro, para que se demuestre una vez más la excelencia del poder de Dios, no vaya a ser que alguien se crea como vasija especial hecha con materiales especiales.

    Son notorios los cambios del pecador cuando Dios lo salva, se dan como frutos inevitables de la regeneración o nuevo nacimiento. Dios le entrega al pecador el don de la fe, de tal forma que aunque creyera en un falso dios y en un falso evangelio, ahora pasa a creer en el verdadero Cristo y en su evangelio de verdad. En esa conversión se recibe el conocimiento específico de lo que es la santidad, la gracia y la justicia de Cristo, así como la misericordia que obtenemos gracias a la persona y obra del Señor. Nuestra salvación se ha operado bajo la condición exclusiva del trabajo de Jesucristo, de manera que ya no creemos más en el falso evangelio condicionado en nuestras obras. No se trata de que Dios haya hecho su parte y ahora nos toca a nosotros hacer la nuestra, sino de que todo es de Él.

    En esa comprensión encontramos seguridad, la demostración de nuestra fe en virtud de la justicia divina que es Cristo mismo. Jesucristo pasa a ser nuestra pascua, por lo cual estamos seguros de que Dios pasó por alto nuestras faltas, todas ellas castigadas en el Hijo que se entregara en lugar de nosotros, para recibir la ira por nuestro pecado. Esto no es difícil de entender, pero sí que es imposible de aceptar si seguimos en la vieja naturaleza. Muchos predicadores todavía andan desviados de la fe, anunciando que si no hacemos esto o aquello no seremos salvos.

    El cambio de conducta viene como consecuencia de la comprensión del evangelio recibido, no como un hábito religioso que genera culpa, complejos y nerviosismos. Dios ha perdonado todos nuestros pecados en Jesucristo, sin que pudiéramos siquiera limpiarnos por cuenta propia del menor de ellos. Esa es la gracia de Dios, inconmensurable regalo del Creador, quien ha tenido misericordia de quien ha querido tenerla.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA PIEDRA DEL ÁNGULO

    La piedra fundamental de la construcción fue desechada por miles de edificadores, de manera que su edificación sobre la arena confeccionó una estructura débil ante los embates naturales. La teología bíblica gira en torno a la expiación de Cristo, lo que él hizo en su vida y con su muerte, la exhibición de su sacrificio en ofrenda por el pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21). Ni uno más ni uno menos, solamente los escogidos de Dios fueron llamados como pueblo suyo, el objeto del trabajo en la cruz hecho por Jesucristo. Esto se muestra como parcialidad divina, aunque el ser humano no tiene facultades para juzgar a Dios.

    Vendido al pecado, cualquier individuo en estado natural se muestra imposibilitado para siquiera desear la medicina que cure su alma. La muerte en delitos y pecados es la descripción de lo que sucedió en el Edén. La caída de Adán fue federal, de manera que cada ser humano hereda de su padre el pecado de la desobediencia, para hacerle caso a Satanás, para inferir que puede ser más astuto que el Creador.

    Hay muchos Cristos, pero uno solo es el verdadero; muchos evangelios, si bien existe uno solo. De esta forma no todos los que exclaman que siguen a Cristo en realidad están siguiendo al Señor de las Escrituras. Debemos tener en cuenta el centro del evangelio, la expiación de Jesús. El hecho de ser inclusivos no nos permite juzgar con justo juicio, por lo cual muchos pasan por alto lo que dice la Biblia. Cristo no vio corrupción, como lo dice uno de los Salmos; su carácter santo hace que Jesús anuncie perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés no puede nadie ser justificado (Hechos 13:29), pero por medio de Jesucristo es justificado todo aquel que cree. ¿Y quién es el que cree o qué es lo que se ha de creer?

    LOS QUE CREEN: Después de que Pablo y Bernabé hubieron anunciado en medio de los judíos el evangelio, se dirigieron a los gentiles para que se cumpliera la Escritura. Estos gentiles que los oyeron glorificaban la palabra del Señor, de forma que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Este hecho tiene un vínculo absoluto con la propiciación, con el trabajo de Jesucristo; Jesús había muerto para limpiar los pecados de su pueblo. ¿Cómo lo sabemos? El texto de Lucas lo enseña: creyeron solamente aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Tal vez Lucas no fue muy inclusivo, como sí que ha sido inclusiva la congregación eclesiástica a lo largo de los siglos. En favor de Lucas habla Jesús mismo, cuando Juan recoge sus palabras en el Capítulo 6 de su Evangelio. Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:37, 44). Se deduce que Jesucristo no murió en favor de los que el Padre no le enviará nunca, sino que solamente se sacrificó por los que el Padre le dio y le daría (Juan 17: 9, 20). Si alguno predica otro evangelio ha de ser considerado anatema, esto es, maldito. Estas últimas palabras fueron escritas por el apóstol Pablo.

    LO QUE SE HA DE CREER: ¿Cuál es ese otro evangelio? En resumen, aunque haya una gran cantidad de mensajes supuestos de parte de Dios, estos se evidencian por la inclusión inferida de la supuesta expiación universal de Jesús. Como si el Señor hubiese hablado en vano, como si el Espíritu hubiese inspirado a Lucas equívocamente, el evangelio de la expiación universal hace Jesús como si hubiese derramado su sangre por los que se pierden. Esa asunción devela una blasfemia contra el sentido de las Escrituras.

    El propósito de Jesús no fue salvar a Judas Iscariote, ni a los que mueren sin perdón de pecados. Jesús murió por los que fueron ordenados a vida eterna, como lo fue Jacob, pero no murió en favor de Esaú o del Faraón. Si esta teología parece muy intrincada será por la abstrusa manera de pensar del incrédulo. ¿Vamos a decir que Dios es injusto? El objetor que Pablo levanta en Romanos 9 asegura que hay injusticia en Dios porque Esaú no pudo resistir la voluntad del Todopoderoso. De esa manera la objeción se vuelca sobre el tema de la libertad, ya que no habría pecado que culpar si la persona no es libre de no pecar.

    Pablo reconoció su naturaleza humana (Romanos 7) pero no por eso encontró a la ley como algo malo, sino que al contrario la encontró muy buena. Simplemente comprendió que gracias a Jesucristo sería un día liberado del cuerpo de muerte del pecado. Dios ha dicho que de las tinieblas resplandecerá la luz, de la manera como ha resplandecido en el corazón de cada creyente. Este resplandor ocurre para alumbrar nuestro entendimiento, para el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6).

    Ese resplandor divino debe ser suficiente para que entendamos el propósito de la redención de Jesucristo, el alcance de su trabajo en la cruz, la revelación del concepto de la justicia de Dios. Los que cavilan dando tumbos en el área de la expiación, de seguro están posados en otro fundamento distinto del que sobreedificaron los apóstoles. Jesucristo vino a ser la piedra de tropiezo que hace tropezar a muchos, la roca que los hace caer. Tropiezan porque no obedecen a la palabra, para lo cual también han sido destinados (1 Pedro 2:8).

    Fue Pedro quien nos dijo que Jesús estaba ya destinado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestados en esta era de la iglesia (1 Pedro 1:20). Este texto nos conduce inequívocamente a entender que Adán tenía que pecar para que se cumpliera el destino divino acerca de Jesús como Hijo del Eterno. Por otro lado, el mismo apóstol nos dice casi de inmediato que muchas personas ya fueron destinadas para desobedecer a la palabra, que no es otra cosa que la doctrina de Jesucristo, el Verbo de Dios. Estas dos citas mencionadas (1 Pedro 1:20 y 2 Pedro 2:8) sirven para estudiar en conjunción con lo dicho por Juan en su Capítulo 6 de su evangelio. Asimismo, recordamos a Lucas con sus Hechos de los Apóstoles, cuando señaló que creyeron aquellos que habían sido ordenados para vida eterna.

    Finalmente, agregamos 2 citas a tener en cuenta en esta reflexión: Apocalipsis 13:8 y 17:8, fáciles de recordar. De esta manera, como el viejo adagio dice, al buen entendedor pocas palabras, lo que nos lleva a comprender que los que siguen a la bestia lo hacen por la misma razón por la cual existió un tipo como Esaú: sus nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Por supuesto que la expiación de Jesús fue prevista y oficiada en favor de todo su pueblo, como lo afirma el evangelio de Mateo (1:21). Lo que se le añada o se le quite a la palabra revelada, forma parte de la tarea realizada por los practicantes del otro evangelio.

    César Paredes

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  • LA NATURALEZA HUMANA NO ES UN OBJETO

    Muchos piensan que la naturaleza humana es algo que poseemos, pero en realidad es lo que somos. Así que no se trata de tener un objeto que no deseamos poseer, sino de ser lo que somos. Si razonamos correctamente no tendremos excusas por lo que somos, ya que no se trata de un objeto que hayamos adquirido y de lo cual podamos despojarnos. Somos totalmente responsables de aquello que hacemos por causa de nuestra manera de ser o de nuestra forma natural de actuar y de sentir.

    No vivimos en un estado neutral sino que participamos de lo que somos. En ese sentido seguimos siendo responsables de nuestros actos; de acuerdo a lo que la Biblia enseña, la ley del pecado nos tiene cautivos y hace que hagamos aquello que no deseamos hacer, así como que no hagamos lo que queremos hacer. Esto lo afirma Pablo en Romanos 7, en su conocimiento de que a pesar de su apostolado seguía con su naturaleza pecaminosa. Sin embargo, el apóstol sabía que él tenía un nuevo corazón, el de carne, con un espíritu nuevo, todo lo cual se trataba del nuevo nacimiento como lo enseñaba Ezequiel.

    En resumen, Pablo nos atestiguó de esas dos naturalezas que luchan dentro de nosotros, pero nunca nos negó la responsabilidad sobre las acciones que hagamos. El pecador no redimido continúa con una sola naturaleza, la pecaminosa, dominado por su tendencia al pecado. Así le tocó la vida a Esaú, pero Dios no lo excusó por sus pecados. Esa es la razón por la cual se levanta el objetor en Romanos 9 en defensa de Esaú, diciéndole a Dios que no puede inculpar a quien no tiene la potestad de resistirse a lo que Dios ha querido (su voluntad). Ese objetor acusa de injusticia a Dios, presumiendo que él es más justo que el Juez de toda la tierra.

    En otras palabras, si no existe el libre albedrío no habrá responsabilidad humana. Esa premisa está errada, ya que presupone una idea de neutralidad en el corazón humano. El hombre no posee una moral como posee un objeto, sino que la moral deviene una condición de su personalidad. El ser humano es moral o inmoral, no habita un estado neutro donde pueda tomar decisiones dignas de ser juzgadas. Es la condición humana del individuo lo que determina sus actos. En Romanos 7:14-16 leemos las palabras de Pablo: Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, ni hago lo que quiero; antes bien, lo que aborrezco, eso hago. Y si hago lo que no quiero, apruebo que la ley es buena.

    Pablo no dice que él es inocente de sus pecados, sino que comprende la bondad de la ley de Dios que le señala su culpa. No dice el apóstol que si no hay libre albedrío él no es responsable de sus pecados; al contrario, señala que él es un miserable por hacer el mal que no aprueba hacer. Con toda su situación, da gracias a Dios por Jesucristo quien lo librará de ese cuerpo de muerte que es el pecado. El problema del pecador no redimido consiste en que no aprueba la bondad de la ley de Dios sino que condena al dador de la ley que lo señala culpable del delito.

    La naturaleza de Dios es santidad pura, por lo tanto Él tampoco es libre de pecar. Es decir, Dios no puede darse a ninguna forma de impureza dada su naturaleza que lo obliga a ser santo por la eternidad. Esa particularidad divina puede ser tomada por los incrédulos amantes de la lógica para alimentar la vieja paradoja acerca de la Omnipotencia divina y su incapacidad para hacer algo. Pero más allá del silogismo paradójico, la verdad señala al hombre natural como esclavo del pecado. Si no ocurre la liberación por causa de Jesucristo, entonces el hombre seguirá inclinado al mal y continuará por siempre sometido al juicio de rendición de cuentas, sin tener quien abogue por él.

    La Biblia nos sigue enseñando elementos sobre el carácter soberano del Creador. Dios hace como quiere y no tiene consejero, no hay quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo cuanto quiso ha hecho. ¿Quién es aquel que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Eterno no sale lo bueno y lo malo? Dios crea la paz y crea la adversidad, quita la vida y levanta del lodo al menesteroso. Endureció el corazón del Faraón para después juzgarlo por sus actos malévolos contra los esclavos israelitas. El salmista Asaf tuvo preocupación por el destino de los impíos que prosperan sin congojas por su muerte, pero al entrar en el Santuario de Dios comprendió el fin de ellos: Dios los ha colocado en deslizaderos y los hará caer en asolamientos. Se consumen de terrores y el Señor menospreciará la apariencia de ellos (Salmos 73:17-20). Bueno, Jehová ha hecho todas las cosas para Su propósito: aún al malo ha creado para el día malo (Proverbios 16:4).

    Lutero, en su libro De Servo Arbitrio (La Voluntad Esclava), responde a Erasmo de Rotterdam su servilismo a la doctrina católica del libre albedrío. Le reclama a Erasmo su pretensión de esconder ciertas verdades para que no fueran reveladas al pueblo. La razón estriba en suponer que esa doctrina de la soberanía absoluta de Dios molesta a la naturaleza de la criatura humana. Hay pastores en las iglesias que sugieren que, si alguien cree la predestinación como lo señala la Biblia, lo mejor sería callar para no incomodar a los otros feligreses. Si alguien está atento a la doctrina de Cristo, al leer Juan 6 puede darse cuenta del impacto causado en muchos discípulos que se ofendieron al escuchar sus palabras.

    Jesús, en Juan 6, hablaba de la predestinación; esa doctrina del Padre señalaba que ninguno podía ir a Cristo si el Padre no lo enviaba. Al mismo tiempo aseguraba que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería echado fuera. La lógica conclusión de esas premisas consiste en reconocer que multitudes de personas no son enviadas por el Padre al Hijo. Esa verdad espanta a muchos, en especial a los que hacen fila con el objetor señalado en Romanos 9, los que consideran que Dios es injusto por no salvar a Esaú.

    Hemos de reconocer nuestra pequeñez ante el Hacedor de todo cuanto existe; ese es el principio del cambio de mentalidad (arrepentimiento), si es que hemos nacido de nuevo. Los que objetan la soberanía absoluta de Dios, los que aún reconociéndola insisten en que Dios vio algo bueno en ellos, continúan rechazando la doctrina que el Padre le dio al Hijo para que nos la enseñara. Pablo examina esa situación y responde que no somos nada para pretender juzgar a Dios; somos apenas barro en manos del Alfarero, el cual hace vasos de honra y vasos de deshonra.

    Ante la pregunta de si Dios es injusto al condenar a alguien que no puede evitar el destino que Dios le ha señalado, el apóstol responde que en ninguna manera Dios es injusto. Esa es la dimensión impactante de la relación entre el Creador y su criatura humana. Si esta doctrina se enseñara en las sinagogas denominadas cristianas, habría menos cabras en sus asientos. Muchos huirían espantados a formar una nueva religión más humanista, más inclusiva -término de moda- para continuar con el engaño. La criatura debe humillarse al punto de entender que está en las manos de Dios, a todo lo que Él quiere la inclina.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL LIBRE ALBEDRÍO – LA GRAN FICCIÓN

    Ya Lutero había escrito sobre el tema, en una respuesta a Erasmo de Rotterdam, calificando al libre albedrío como una voluntad esclava. Las religiones, en general, gustan de aferrarse a este distintivo sin el cual pierde interés el prosélito. Pareciera que si el hombre no goza de libertad absoluta su culpabilidad resulta nula, además de que carecería de sentido cualquier esfuerzo por hacer lo que considere correcto. La Biblia, en cambio, siempre ha dicho lo mismo que ha sido escrito desde hace siglos, que Dios es soberano absoluto y que sus criaturas humanas le deben un juicio de rendición de cuentas.

    Pero ese juicio, argumentan las personas, no podría ser válido si todas las cargas tiene que soportarlas el acusado. ¿Hay injusticia en Dios que culpa a Esaú de terribles crímenes, cuando Esaú fue odiado por el Creador aún antes de hacer bien o mal? Los defensores de Dios, que no son pocos en el terreno teológico, corren desmesurados a decir lo que Dios no les recomendó. Aseguran que Dios, como todo lo sabe, previó lo que haría Esaú, por lo cual lo odió. De este argumento se derivaría una nueva acusación contra el Dios bíblico, ya que si vio que vendría un mal a una de sus criaturas humanas ha podido evitarlo, pero no lo hizo así, sino que dejó que la calamidad continuara. La Biblia muestra con insistencia que Dios hace como quiere y que sus acusadores carecen de poder para hacerle daño.

    La criatura humana desea su independencia del Creador, fiel al consejo del reptil antiguo, llamado por igual diablo o Satanás. Seréis como dioses, fue la promesa sugerida en los inicios del hombre en el Paraíso. De esta manera, el ser humano convertido en un dios pequeño intenta su magia aprendida: que la arcilla moldee al Alfarero. El corazón del impío sigue siendo cruel (Proverbios 12:10); la gloria humana lo envuelve al punto de llegar a creer que con su impiedad puede hacer la diferencia entre cielo e infierno. Los impíos deben gloriarse en ellos mismos, porque han logrado vencer a Dios en el Edén. ¡Vaya calamidad!

    Dios hablaba con Moisés y le decía que debía enfrentarse al Faraón de Egipto, con el argumento de que el Dios de los hebreos había hablado, dando instrucciones para destruirlo. Te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). La soberanía del Creador también rigió a Ciro, rey de Persia, aún antes de que hubiese nacido, como se deriva de una profecía de Isaías. Un rey llamado Ciro permitiría a los exiliados judíos regresar a la tierra prometida (Isaías 40 al 48). En el capítulo 41 Dios declara que Ciro es su ungido, aunque él no conoce a Jehová. Así que ese rey que Jehová levantaría sería una herramienta para conocer la verdad del Dios que rige a las naciones.

    Como dijo el autor del libro de Proverbios: Como las corrientes de las aguas, así está el corazón del rey en las manos de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). Dios usa la figura del Alfarero para representarse a Sí mismo, por lo dicho en Jeremías 18:6. Así que ese Dios de la Biblia inclina a todo aquel que quiere inclinar para uno u otro lado, de manera que su voluntad se cumpla según su providencia. Pero si el fin de cada cosa y de cada persona está previsto según la voluntad del Creador, de igual manera lo están los medios. Ezequiel aseguraba que Dios daría un nuevo corazón a su gente, con un espíritu nuevo, a manera de un nuevo nacimiento (la regeneración). Jehová quitaría el corazón de piedra en sus escogidos, para darle uno de carne, de manera que pudiéramos estar atentos a sus mandatos y promesas (Ezequiel 36:26).

    De acuerdo a lo escrito en el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, solamente aquellas personas enviadas por el Padre hacia el Hijo podrán venir en forma segura. Así que nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo envía; si ha sido enviado, entonces el Señor lo resucitará en el día postrero para vida eterna, y no lo apartará a perdición perpetua (Juan 6:37, 44, 65). Pablo escribe su Carta a los Romanos y en forma un tanto triste lamenta, en el Capítulo 9, el tener que decir lo que debe anunciar: que tiene gran dolor en su corazón, por sus parientes según la carne. De inmediato desarrolla el agudo tema de la soberanía absoluta de Dios en el campo de la redención y condenación humana. Concluye su tesis advirtiendo que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia; presenta el caso del Faraón egipcio, a quien endureció para colocarlo como emblema del juicio divino contra el pecado humano. Pablo dice por igual que Dios a quien quiere endurecer endurece (Romanos 9:18).

    Cuando alguien piensa mal de nosotros, cuando alguien desea que fracasemos en nuestros nobles propósitos, hemos de entender que Dios está detrás de esa persona maldiciente. Un propósito digno existe tras las bambalinas, ya que en ocasiones la crueldad humana nos conduce a la honra de Dios. Los hermanos de José planificaron algo muy malo para su vida, pero el mismo José les dijo, años después, que ellos habían pensado mal contra él, mas Dios le había dado un significado diferente desde el principio: había encaminado todo ese asunto terrible para bien, en beneficio de mucho pueblo (Génesis 50:20). Dado que las Escrituras se presentaron para beneficio del pueblo de Dios, cuando aparezca el gusanillo del libre albedrío en la boca de sus anunciadores, recordemos lo que ellas anuncian de principio a fin.

    El Dios soberano de las Escrituras fue quien hizo que el rey de Hesbón no dejara pasar por su territorio al pueblo de Israel, endureciéndole su espíritu, obstinando su corazón, para después entregarlo en las manos de la nación escogida (Deuteronomio 2:30). Resulta muy importante reconocer la claridad con la cual hablaban aquellos santos hombres de Dios, el carácter prístino de los escritores bíblicos al tratar el tema del Dios soberano. No había medias tintas, no hubo dubitación alguna, no les gobernaba el silencio o la vergüenza. Al contrario, intentaron con éxito dar notoriedad al talante soberano del Dios de la Biblia, el que hace como quiere y no tiene consejero. Los escritores bíblicos se enfrentaban a sus disputadores, para que se encararan con Jehová, como si el tiesto pudiera hablar con los demás tiestos de la tierra.

    Nuestra relación con Dios pasa por reconocernos como nada, y como menos que nada, delante del Todopoderoso. Al mismo tiempo, habiendo reconocido la magnanimidad de Dios, sabemos que recibimos de Él la gracia que imparte a quien quiere impartirla. Es en esa dimensión en la que estaremos seguros, reconociendo por igual que somos como la niña de sus ojos. Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Pero gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Corintios 15:55-58).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PRESCIENCIA DIVINA

    El conocimiento previo sobre cosas y acontecimientos, personas y decisiones humanas o animales, puede generar controversia filosófica y teológica. La gran pregunta es: ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? (Salmos 73:11). La respuesta la encontramos por igual en las Escrituras, además de hallarla en la definición de lo que es Dios. Él es el que hace posible todas las cosas, el gran Yo Soy, Jehová. Por medio de su palabra fueron hechas todas las cosas. De nuevo, ¿cómo sabe Dios? Sencillamente conoce todo lo que nosotros podamos imaginar, pero no llega a conocer como si fuese un ignorante que necesita aprender.

    Entonces, la cualidad de Omnisciencia en el Omnipotente Dios lo califica para que conozca todo cuanto conoce. Al mismo tiempo lo describe como alguien que no necesita llegar a conocer, ya que no ignora absolutamente nada. Así que cuando la Biblia habla de que Dios en su presciencia (conocimiento previo) eligió a quienes amó desde la eternidad (1 Pedro 1:2), ese conocimiento previo que Dios tenía de sus elegidos no lo tenía en base a lo que averiguó de ellos, como si tuviese que encontrar cualidades particulares para elegirlos. Si así hubiese ocurrido, entonces tendríamos que decir que Dios no sería Omnisciente, ya que tuvo que averiguar algo que no sabía.

    Una cosa son las metáforas bíblicas, que nos acercan a un Dios moviéndose entre nosotros, pero nunca la metáfora dirá algo más allá de lo que se propone. Dios tiene el atributo del conocimiento absoluto de todos los eventos, pasados, presentes y futuros. De nuevo la gente se pregunta: ¿Cómo sabe Dios?

    Ahora bien, ¿controla Dios los actos humanos o simplemente conoce en forma anticipada los resultados de las acciones del hombre? Tenemos que tener en cuenta que en la Biblia aparece en numerosas ocasiones un ligamen particular con el verbo conocer. Este verbo tiene la característica de significar por igual el aspecto cognoscitivo como el amor por las personas. De hecho se ha escrito: Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1). Y conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set (Génesis 4:25).

    Vemos, pues, que en la Biblia el verbo conocer tiene una connotación más profunda que el simple conocimiento intelectual. Implica una relación íntima, un compromiso y en ocasiones una relación sexual. Se usa por igual para describir la relación entre Dios y sus amados. Jesús dijo que las ovejas conocen la voz de su pastor (Mateo 26:31), lo cual implica una relación de confianza y de familiaridad. Y en esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos (1 Juan 2:3). …Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21-23).

    ¿Cómo es posible que el Dios Omnisciente diga que nunca conoció a los hacedores de maldad? ¿Cómo es que los aparta de Él si no sabía quiénes eran? Simplemente sí que sabía quiénes eran, pero no los llegó a conocer nunca (no los llegó a amar, jamás tuvo comunión con ellos). El mismo Señor le dijo a un grupo de personas a quienes ya había tratado antes que en realidad no lo conocían a él: Si me conocierais, también conoceríais a mi Padre; y desde ahora lo conocéis, y lo habéis visto (Juan 14:7). Una frase altamente impactante que resume el otro significado de conocer sería la que aparece en Mateo 1:25: Y José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz al niño. Todos sabemos que ya era su esposa y que la conocía cognoscitivamente, pero la Biblia habla de la relación íntima entre marido y mujer.

    Pablo escribió un texto que resume lo que acá intentamos declarar como una verdad bíblica. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó (Romanos 8:29). No que Dios haya visto cualidades positivas en sus escogidos, sino que de entre todos los muertos en delitos y pecados, de entre todos los injustos de la tierra, de los que nunca pretendíamos buscar al verdadero Dios, escogió a un pueblo, a una nación para santificarla, a unos amigos para hacerlos reyes y sacerdotes, a un conglomerado de personas particulares para hacerlos su iglesia. Los que Dios conoció son los mismos que predestinó, llamó, justificó y glorificó. En síntesis, ese conocer divino en este texto se refiere a su amor: A los que antes conoció (amó).

    ¿Qué pudo ver Dios en sus escogidos para elegirlos? Éramos todos de la misma masa, como Jacob y Esaú, pero el propósito debería permanecer por la elección y no por las obras, para que nadie se gloriase de sí mismo. Suponer que hubo cualidad buena en los elegidos sería atribuirle la redención al ser humano y arrebatar con ello la gloria del Hijo de Dios. Es decir, yo me salvo porque fui más inteligente que los otros, yo decidí por Cristo porque tuve una mejor predisposición hacia sus palabras, etc. Eso no sería más que arrogancia humana, vanagloria espiritual y blasfemia contra la soberanía absoluta de Dios.

    Jacob y Esaú representan un resumen hecho por Pablo para que comprendamos definitivamente la elección divina. A unos escogió Dios para la alabanza de su gloria y misericordia, mientras a otros escogió para alabanza de la ira y poder contra el pecado. Antes de nacer, antes de ser concebidos, sin que mediara obra buena o mala, el propósito de Dios se manifestaría conforme a la elección y no por las obras humanas. Entonces, al saber que Dios conoce sin que tenga que mirar en nuestras obras, surge todavía una interrogante en miles y millones de personas: ¿Hay injusticia en Dios? Pues, Esaú hizo lo malo (vender la primogenitura) porque fue odiado por Dios aún antes de nacer. ¿Por qué, pues, Dios inculpa a Esaú? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Fijémonos bien en que estas interrogantes fueron descritas en Romanos 9 como una objeción natural del hombre que, habiendo comprendido la omnipotencia divina, se resiste al ejercicio divino de ese poder cuando de elección se trata. El objetor sabe y reconoce que nadie puede resistir la voluntad de Dios, así que usa ese argumento para refutar el daño ocasionado a Esaú. No ve injusticia en lo que Dios hizo con Jacob, pero sí en lo que le hizo con Esaú. El texto bíblico expone claramente el derecho de Dios para elegir en forma soberana y eterna, aunque la consecuencia dura para el incrédulo revierta el argumento como acusatoria contra el Dios soberano.

    Vanidad completa es la que tienen los falsos hombres de religión, quienes manejan la creencia de que Él pudo ver en el túnel del tiempo cualidades humanas para elegir en base a ello. Como si Dios hubiese escogido a aquellos que Él vio que querían ser salvados, los que aceptarían su proposición evangélica. Esto en realidad es un absurdo y un atropello contra lo que las Escrituras declaran constantemente: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). La diferencia entre cielo e infierno la establece Dios como soberano absoluto, de acuerdo a sus propósitos eternos; jamás recae sobre los valores humanos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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