Autor: César Paredes

  • DIOS ES Y PROMETE

    El que se acerca a Dios necesita saber que Él es, al mismo tiempo sabrá que promete una gran recompensa. Con ese principio bíblico veamos quiénes pueden yacer cerca del Altísimo, sin que medie temor o vergüenza, bajo el manto de su gracia. La doctrina del evangelio contiene en su esencia la idea del Dios que es (Jehová, Yo soy el que soy), aquel que hace todas las cosas posibles. Una de sus propias definiciones desafía a la humanidad con la siguiente interrogante: ¿Habrá algo que sea difícil para mí?

    Los antiguos griegos erigieron un monumento al Dios no conocido, porque para ellos tan sumergidos en su politeísmo les era natural que hubiese alguna otra divinidad que no conocieran. Pablo aprovecha esa coyuntura histórica en su visita a Atenas, cuando en el Areópago expuso a ese Dios no conocido. Ilustró su mensaje con citas de algunos poetas griegos: En Él vivimos, nos movemos y somos; linaje suyo somos. Pero ese Dios no conocido continúa escondido si no se procura conocerlo por medio de dos manifestaciones particulares: 1) por la creación misma (la obra de Dios ha manifestado a Dios); 2) por la revelación escrita (en un primer momento el Antiguo Testamento, hoy día también por el Nuevo Testamento).

    Muchos han leído las Escrituras y manifiestan creer en el Dios que allí se menciona. Pero saber de su existencia es una cosa y entender sobre sus promesas es otra. Por medio de la promesa primordial el ser humano puede comprender que el evangelio se ha convertido en una muy buena noticia. El Dios capaz de realizar lo que prometió tiene que ser un ser Todopoderoso. Queda por fuera aquella divinidad que dependa de la voluntad humana para poder alcanzar sus objetivos. La Biblia lo deja en claro: Maldito el hombre que confía en el hombre, así que mal puede Jehová confiar en el ser humano cuando éste ha manifestado siempre una voluntad voluble, una enemistad manifiesta contra el Creador, un descarrío supremo por causa de sus delitos y pecados.

    Urge una transformación del ser humano, pero éste no muestra capacidad natural. De esa manera queda en total dependencia no solo de la energía divina para transformar su corazón, sino también de la voluntad divina para que haga el milagro. Ese Dios ha declarado que ese asunto del nuevo nacimiento no depende de hombre, ni de voluntad de varón, ni del que quiera ni del que corra. Ha dicho que depende solamente de Él el tener misericordia de quien quiera tenerla.

    Dios se define como fiel, el que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos. Pero esos que le aman lo hacen porque primero fueron amados por Él (1 Juan 4:9-10). Si guardamos sus mandamientos lo hacemos porque Dios ha declarado que en el día de su poder nosotros lo haríamos de buena voluntad (Salmo 110:3). El amor de Dios antecede al amor que su pueblo le tiene a Él, pero mientras el creyente fue un incrédulo caminaba como cualquier otro inicuo, como un enemigo del Creador en su mente. En ese espacio figurado no puede caber el amor, no puede haber posibilidad alguna para que el individuo ame a quien considera su peor enemigo (Dios). Una vez que Dios lo ha visitado, en virtud del amor que Él le haya manifestado, el individuo comienza a amar a Dios, al Dios que comprende y conoce. Ese amor se manifiesta en el hecho de que el Padre envió al Hijo como propiciación (ofrenda) por el pecado, para darnos vida eterna y felicidad perpetua. Cristo satisfizo la justicia de Dios, removió por ello nuestros pecados que fueron castigados en su cuerpo y alma. De esa manera quitó el obstáculo que había entre Dios y el hombre caído.

    Pero vemos que no todos creen, como tampoco creyó Judas Iscariote. Bueno, hay una razón por la cual Judas no creyó: era hijo de perdición, para cumplir de esa manera la Escritura.

    Esaú tampoco creyó (porque fue odiado por Dios desde antes de su concepción); tampoco lo hizo el Faraón de Egipto, por cuanto Dios lo endureció para glorificarse en él en toda la tierra. Ningún réprobo en cuanto a fe podrá creer, porque todos ellos han sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo; de igual manera se demuestra que todos aquellos que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida (desde la fundación del mundo) no podrán creer (Apocalipsis 13:8;17:8).

    Los que trastabillan con la roca del evangelio, o contra Cristo, fueron ordenados para ese tropiezo (1 Pedro 2:8). Existe una desobediencia e infidelidad natural que conduce al hombre a perdición total; pero en eso también se manifiesta el orden divino, la ordenanza para eterna perdición. De repente alguien se levanta y dice: ¿Pero por qué razón Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? Esa interrogante se hizo antaño y Pablo respondió diciéndonos que Dios es soberano y hace como quiere. Él es el Alfarero y hace con su barro como prefiera: crea unos vasos para honra y vida eterna y otros vasos para deshonra, ira y destrucción perpetua.

    La promesa de salvación que trae el evangelio, en tanto buena noticia, se ha hecho para el pueblo escogido de Dios. Se predica a todo el mundo, pero lo aceptan y asumen los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). ¿Cómo creyeron esos reseñados en el libro de los Hecho de los Apóstoles? Creyeron una vez que unos apóstoles les predicaron la palabra con denuedo, en tanto ellos habían sido puestos por luz hasta lo último de la tierra. Ese evangelio anunciamos por igual, de manera que los que el Espíritu conduce a nacer de nuevo serán convertidos en forma absoluta.

    Dios muestra a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, por lo cual interpuso juramento, con lo cual es imposible que Dios mienta. Esto nos trae un fortísimo consuelo, los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros, la segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios posee la capacidad para cumplir con lo que se propuso desde los siglos, conduce a cada persona por el camino en que tiene previsto que ande, de manera que todos sus planes se realicen en la forma más natural posible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • EL CORAZÓN DEL REY (PROVERBIOS 21:1)

    El corazón del rey pasa a ser una metáfora por analogía de lo que le acontece a cada ser humano. El argumento de mayor a menor está en juego: el que puede lo más puede lo menos. Dios puede con el corazón del rey al punto de tenerlo en sus manos, para moverlo a todo lo que Él quiere. Sigue que si Dios pudo lo más, ahora también puede lo menos: con las multitudes que no son reyes, con cada criatura humana que Él ha creado. De esta manera queda sentado el principio de soberanía divina, de acuerdo a las Escrituras. Por ese sendero se llega a reconocer que el Señor se muestra capaz para cumplir con todas sus promesas.

    Toda la profecía se cumple sin fallo alguno, por cuanto existe la capacidad en el que creó el designio. El Dios de toda carne se pregunta: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27). No hay nada oculto ante Jehová, solamente que los que se comportan como sus enemigos lo hacen porque su destino también les ha sido trazado. Dios continúa fiel con los que le aman, pero da el pago en persona al que le aborrece (Deuteronomio 7:8-10).

    La enseñanza de la soberanía de Dios nos conduce a la seguridad como creyentes, ya que la salvación toda pertenece al Señor: desde el principio hasta el final. No nos salvamos por perfecta obediencia a su ley, sino en virtud de su capacidad para cumplir sus promesas. La naturaleza humana prefiere un dios débil, que permita al hombre ser el centro del universo. El hombre así será la medida de todas las cosas, pasando a decidir su futuro en base a sus buenas obras. La gracia aparecería en esta doctrina extraña como una ayuda general que conviene aceptarla. El soberano Dios se convierte por fuerza en un sujeto pasivo, alguien que hace un favor general pero que aguarda la buena intención de los zombies producidos en delito y en pecado.

    La Biblia sigue con el testimonio de un Dios que escoge y atrae hacia Sí a quien quiere. Amó a Jacob, sin que mediara obra alguna, aún antes de ser concebido. Feliz aquella persona a quien Jehová no culpa de iniquidad, cantaba el salmista. La razón de esa felicidad se encuentra en el trabajo de Jesucristo al morir por los pecados de su pueblo. Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9), así como el Padre odió a Esaú sin que mediara obra alguna, antes de ser concebido (Romanos 9:11). La Escritura enfatiza en la soberanía de Dios en todos los renglones de la vida humana, por lo cual declara que Jesucristo vino como una Roca para que los que son ordenados para destrucción tropiecen con ella. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9: 16).

    ¿Qué diremos de la responsabilidad humana? ¿Acaso queda disminuida porque el hombre carece de habilidad para cumplir el mandato divino? En ninguna manera, la criatura continúa bajo el régimen de responsabilidad por cuanto su impotencia le impide la independencia del Creador. Los que pecaron sin ley perecen sin ley, los que pecaron con la ley, con la ley también perecerán (Romanos 2:12). Existe la obligación moral de obedecer el mandato del Creador, ya que esa ley de Dios fue escrita en los corazones de los hombres (Romanos 2:15: Romanos 1:19:21).

    Mientras más soberano sea Dios, más obligado queda el ser humano ante Él. Dado que la soberanía divina resulta absoluta, el ser humano debe en forma absoluta un juicio de rendición de cuentas. He allí la causa por la que la teología del falso evangelio se esmera en disminuir la soberanía de Dios, dejándola al arbitrio humano. Menos soberano el Dios de las Escrituras, mayor libertad para la criatura humana. De esa manera el hombre pretende escabullirse de la presencia del Todopoderoso, como si pudiera huir de esa realidad del Dios envolvente. El corazón del rey sigue en las manos de Jehová, inclinado a todo lo que Dios ha ordenado. Un ejemplo claro de lo dicho se encuentra en Apocalipsis 17:17.

    ¿Quién puede ir hacia Cristo? Todos los que Dios educa y envía, de acuerdo a las Escrituras (Juan 6:44-45). Predicamos a Cristo crucificado, para que se cumpla el testimonio encomendado, pero las ovejas oirán al buen pastor y le seguirán. El Espíritu Santo no lo puede resistir el prospecto que habrá de creer, ya que los los dones y el llamamiento de Dios son irrenunciables como irresistibles. La gente puede resistir al Espíritu Santo en cuanto recusa la palabra general propuesta en la Biblia, por causa de su enemistad contra Dios. No que Dios batalle contra el hombre y salga frustrado, porque como ya sabemos el corazón del rey sigue en las manos de Jehová.

    Se resiste al Espíritu Santo en el mandato general de arrepentirse y creer en el evangelio, pero los escogidos actuarán de voluntad en el día del poder de Dios. El viento de donde quiere sopla, así todo aquel que es nacido de nuevo ha sido atraído por el poder del Espíritu para que quede patente la voluntad de Dios respecto a los que están ordenados para vida eterna.

    El Dios soberano sigue haciendo como quiere y no tiene consejero. En Él vivimos, nos movemos y somos; Él produce en nosotros -sus hijos- tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Somos considerados más que vencedores ya que nadie nos podrá acusar, habiendo Dios justificado a todos los que su Hijo representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9). La prevalencia del poder de Dios, de su voluntad respecto a sus escogidos, nos brinda la confianza para continuar en el reposo del Señor.

    Si el corazón del rey está en las manos del Señor, nuestros temores se desvanecen. Las malas acciones de los hombres cumplen el propósito divino para que sus profecías se realicen (Dios ha creado al malo para el día malo), el Señor ha colocado en los corazones de los que moran en la tierra el dar el poder y gobierno a la bestia, para ejecutar lo que Él se propuso desde el principio. No nos confabulamos con la mentira, la denunciamos y nos enfrentamos a la indolencia del mundo frente a la necesidad del simple; pero no llevamos nuestras almas a la desesperación por cuanto sabemos que el Señor inclina cada corazón hacia lo que desea que haga.

    En ese sentido descansamos seguros de que todas las cosas nos ayudan a bien, sea para los asuntos temporales como para las cosas espirituales o eternas. Desde el pecado original con la caída de Adán, junto con los agravantes del pecado en general, todo conspira para bien de los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios. Jehová sostuvo el corazón del Faraón para que fuese endurecido y no dejara ir a su pueblo al primer mandato; así lo profetizó a Moisés, su enviado. El resultado fue la Pascua que todavía conmemoramos en función de Jesucristo. Es más, Jesucristo pasó a ser nuestra pascua, como lo atestigua Pablo.

    En aquel momento histórico no se podía entender en forma clara la manera en que aquellas terribles cosas que sucedían en Egipto operarían para nuestro bien. Hoy día sucede algo parecido con el mundo donde estamos de paso, no comprendemos sus eventos trágicos y lo suponemos fuera de control. Sin embargo, al mirar aquellas cosas escritas por causa de nosotros comprendemos que nos ayudará a bien el conjunto de cosas que acontecen. Y los que nos insultan y conspiran contra nosotros, serán señalados por el Altísimo para que sus rostros avergonzados ya no estén más cuanto volteemos a mirarlos. Si el corazón del rey está en las manos de Jehová, somos más que vencedores.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • OBRAS MUERTAS

    La obra muerta más célebre ha de ser ignorar el evangelio. Una persona puede parecer religiosa si vive metida en una iglesia, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia y bajo el oficio de alguna actividad eclesiástica. Pero cuántos de ellos no hay que ignoran el evangelio de Cristo, a los que el Señor dirá en el día final: Nunca os conocí. La obra muerta apesta por su degradación natural, semeja al sepulcro blanqueado con lo que se comparaba a los viejos fariseos. Fruto para muerte da todo árbol malo, cuya naturaleza continúa todavía en enemistad contra Dios.

    Para que la obra se convierta en un buen fruto el corazón debe transformarse por medio de la regeneración del Espíritu de Dios. Lo primero que acontece en una persona que ha de creer es la regeneración de su mente (corazón), una operación que compete en exclusiva al Espíritu Santo. Ezequiel lo llama el trasplante de corazón, la sustitución del corazón de piedra por el de carne, con un espíritu sensible que ame el andar en los estatutos del Señor. El Deuteronomio lo señala como la circuncisión del corazón, concepto que el gran maestro de la ley Nicodemo desconocía cuando Jesús hablaba con él.

    Hablamos del nuevo nacimiento, la manifestación de la gracia divina sobre el pecador perdido, un acto de resurrección espiritual. El muerto en el espíritu pasa a vivir en espíritu, como si fuese una nueva creación. Ya no será más una persona depravada en forma total, sino que deja la esclavitud al pecado para servir a Dios. El Espíritu Santo resulta irresistible para la persona en quien opera la regeneración, sin que medie condiciones humanas de ningún tipo.

    Pablo describe esta nueva forma de vivir como el nuevo régimen del Espíritu, en contraposición con el viejo régimen de la letra (de la ley) (Romanos 7:6). Cuando la Biblia nos dice que hemos sido salvos por gracia, añade que no por obras, para que nadie se gloríe. Este punto resulta crucial para la identificación del creyente, ya que aquella persona que supone la posibilidad de añadir su propia obra al trabajo de Cristo resulta tan perdida como lo atestigua su obra muerta de la confesión incorrecta del evangelio. Si la persona posee un nuevo corazón, lo tiene para que conozca a Dios (Jeremías 24:7).

    Conocer a Dios implica saber lo que su Hijo hizo en la cruz, su trabajo terminado en forma absoluta. El Espíritu nos fue dado como garantía de la redención final, para llevarnos a toda verdad. El evangelio da gloria a Dios, así que mal puede el Espíritu conducir a una persona a creer y confesar un falso evangelio, ya que eso no glorifica a Dios. La obra muerta no la realiza el Espíritu sino el hombre caído y muerto en delitos y pecados. Pero el hombre religioso se llena de Biblia y versículos sueltos, para concatenar una teología humanista que le brinde esperanzas y lo presente ante el mundo como algo atractivo para las masas.

    La religión impropia hace que la Biblia diga lo contrario a su doctrina. Vemos a un Jesús sufriente, que clama por las almas del mundo para que levanten una mano y lo acepten. Se predica a un Jesús que hizo una expiación universal, donde su sangre no vale nada si la persona no acepta el sacrifico hecho en forma potencial por cada criatura humana. En ese falso evangelio la criatura tiene la última palabra, la sangre de Cristo no sirve en absoluto para aquellos por la que supuestamente fue derramada para salvación porque ahora yacen bajo condena. Ese evangelio intenta excusar a Dios del odio contra Esaú y contra cualquier réprobo en cuanto a fe, ya que Dios pasa a amar menos a unos que a otros, mientras Esaú se condenó por sus actos. En otras palabras, forzar la Escritura se hace para perdición de los que en esa obra muerta trabajan. La Biblia ha sido clara y simple cuando expresa que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, sin mediación de obras buenas o malas, antes de su concepción (Romanos 9:11).

    La regeneración precede a la conversión. Resulta natural este orden, ya que la criatura muerta en delitos y pecados, enemistada con Dios, incapaz de discernir las cosas del Espíritu de Dios, no puede poseer cualidad alguna (ni siquiera su voluntad muerta) para nacer de nuevo. La conversión, por lo tanto, sigue como primer fruto de la regeneración, porque por haber nacido de nuevo el individuo se arrepiente de sus obras muertas. El regenerado recibe el conocimiento por el Espíritu para que entienda el evangelio de Jesucristo, condicionado en forma exclusiva a su obra en el cruz. Ese creer conlleva a una primera obra viva del creyente: la confesión con su boca de lo que posee en su corazón, como buen árbol que produce siempre el buen fruto.

    Por lo antes dicho, se entiende que los que confiesan un falso evangelio no han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Ellos son reformados por sus iglesias, por sus costumbres religiosas, por su austeridad en materia bíblica, pero son de los que aparentan ir a Jesucristo sin haber sido enseñados por Dios y sin haber aprendido de Él (Juan 6:45). Creer en un falso evangelio pasa por síntoma inequívoco de no haber sido regenerado por el Espíritu de Dios. Estos son los que por mediación de ateísmo o de su religiosidad producen obras muertas como fruto para muerte.

    Dios no tiene consejero, pero Él es nuestro Consejero: a través de la Escritura y por medio del Espíritu Santo que habita a cada creyente (los regenerados). A lo largo de nuestra existencia como creyentes, el Espíritu Santo nos conduce por la vida de Cristo, nos ayuda aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Al ser el Espíritu una de las Tres Personas se entiende su racionalidad. El Logos resulta una marca para el Trino Dios, porque toda doctrina de la Escritura pasa por la razón. Existe la falsamente llamada ciencia, la que nos acusa de irracionales por creer en Dios; pero Dios dijo que había trastocado la ciencia humana (al deshacer lo que es). En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por lo que agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Lo insensato de Dios es más sabio que lo sabio de los hombres. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte. Asimismo hizo con lo vil del mundo y lo menospreciado, lo que no es, para deshacer lo que es (1 Corintios 1:25-29).

    Y Dios hizo así las cosas a fin de que nadie se jacte en su presencia. Por igual, daremos fruto de obra viva, mientras llegamos a ser más y más como Jesús. Fuimos adoptados como sus hijos, por medio de Jesucristo, por el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado. Tenemos en consecuencia: redención por su sangre, el perdón de pecados y las riquezas generales de toda su gracia (como coherederos). Ahora conocemos el misterio de su voluntad, de reunir todas las cosas en Cristo, habiéndonos predestinado de acuerdo a su beneplácito y voluntad suprema. Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa, como una garantía de nuestra redención final.

    La Biblia abunda en textos que recurren al concepto de la soberanía de Dios. El Dios que hizo todas las cosas sin consultar al hombre, el Dios que hizo al malo para el día malo. Ese mismo Dios preparó a su Hijo como Cordero, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20) para beneficio de sus elegidos. Los que se resisten a esta doctrina, los que se avergüenzan de un Dios que odia al réprobo en cuanto a fe preparado para ira y vergüenza, caminan por el sendero del otro evangelio. Ese es el evangelio maldito que produce obra de muerte para muerte. El que ha nacido de nuevo, no puede confesar otro evangelio. Al creyente le ha sido mostrado para que sepa que Jehová es Dios, y no hay otro fuera de él (Deuteronomio 4:35).

    César Paredes

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  • LECHE ESPIRITUAL, ROCA DE TROPIEZO

    Jesús puede ser nuestro alimento, como la leche espiritual semejante que bebe el recién nacido de los senos de su madre. Muchos religiosos se intoxican con una leche adulterada, para lo cual Jesucristo vino a ser la roca de tropiezo. A veces, los que edifican iglesias olvidan la piedra del ángulo, ignorando el debido cuidado a la fundación. De la misma manera el religioso no quiere ocuparse de la doctrina de Cristo, sino del Cristo que se ama con el corazón, como si existiera divorcio entre el intelecto y el mensaje del Señor. Al ignorar la justicia de Dios, muchos colocan la suya propia: yo hice, yo decidí, yo decreto y un etcétera de disparates que demuestran que no han nacido de nuevo.

    El árbol bueno no dará jamás un fruto malo, sino que el fruto bueno será su señal. Asimismo todo aquel que ha nacido del Espíritu hablará la doctrina que posee en su corazón, como la buena savia del árbol bueno. La Biblia nos ha señalado como buen olor de Dios por causa de Cristo, en aquellos que han sido rescatados de las tinieblas a la luz, así como en los perdidos. Pero en los que se salvan somos olor de vida para vida, mas en los que se pierden olor de muerte para muerte. Sin embargo, la Escritura señala que en ambos casos somos buen olor.

    Piedra de tropiezo y roca de caída viene a ser el Señor para la casa de Israel, para el mundo en general. Una trampa donde caen muchos, por su hábito religioso al que se aferran divorciándose de su doctrina (Isaías 8:13-18). Cuando Simeón recibió al niño en sus brazos lo declaró su Maestro, declaró que había visto la Salvación preparada para las gentes. Esa era la luz dada como revelación para las naciones, la gloria del pueblo de Israel. Dijo también que ese niño había venido al mundo para la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y por una señal en contra, una espada con la cual se herirían las almas hasta escrutar sus corazones y pensamientos (Lucas 2:25-35).

    La preciosa piedra fundacional ha sido colocada para que los que creamos en él no seamos jamás avergonzados. Pero los desobedientes que rechazan esa piedra de fundación la tendrán como roca de tropiezo, de ofensa, y continuarán en desobediencia a la palabra, para la cual fueron ordenados (1 Pedro 2:8). Los que se ufanan de su religión pero desprecian la doctrina del Señor tienen una espada sobre sus cabezas, si no les es dado arrepentimiento para perdón de pecados serán consumidos en su espíritu.

    El mundo todo está bajo el maligno, pero la iglesia es de Cristo. Somos la luz en medio de un universo de tinieblas, sal de la tierra, pero si nuestra doctrina se desvanece desaparece la salinidad y la lumbrera. Ocupaos de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo, porque haciendo eso ayudaría a salvar a muchos. La doctrina de Cristo está en las Escrituras, pero muchos la desprecian porque asumirla implicaría deambular como Elías en la soledad del arroyo. La gente canta que no le importa de dónde viene el otro si está tan solo detrás del Calvario, pero eso es una expresión genérica que no salva. Maldito será aquel que trae una doctrina diferente a la enseñada por los apóstoles, sin que importe que diga que está detrás del Calvario.

    Jesús no puede ser una palabra vacía que cada quien llene a su antojo. Hay gente que se apega a ese nombre pero detesta el Antiguo Testamento, como si no fuese un anuncio de lo que vendría como Nuevo. Otros se dan al novedoso estilo mesiánico, como si pronunciar palabras en hebreo les diese más cercanía con el Todopoderoso. Se olvidan de que la lengua hebrea viene de los semitas, es lengua pagana como todas las lenguas del mundo. Dios usó a Abraham y lo llamó de la idolatría, no lo buscó porque viera en él una línea de pureza espiritual. Abraham fue llamado junto con su lengua, del foso del pecado, del mundo en que habitaba: su tierra y su parentela. A partir de allí Dios se manifestó públicamente a través de una nación nacida de los lomos del patriarca. Esa nación fue conocida como el pueblo del libro, al igual que nosotros los que leemos las Escrituras.

    Pero sabido es que no bastaba con leer la Torá, como tampoco basta con leer toda la Biblia. Hay que comprenderla y ponerla por obra, sin que seamos oidores olvidadizos. Por la soberbia de corazón vino la caída de Israel, a quien le ha acontecido endurecimiento en parte. Nosotros fuimos injertados en ese Israel que dio paso a los gentiles (al resto del mundo) pero siempre seremos salvos por gracia, como todos los salvados, incluidos los del Antiguo Testamento. Ellos daban al sacerdote la ofrenda para el sacrificio, pero como sombra de lo que habría de venir. Si el Mesías Cordero no estaba presente en la intención del oferente, al ofrendar en memoria de su futura labor, el oficio sacerdotal hubiese sido en vano.

    El llamado general del evangelio dice que hemos de reconciliarnos con Dios, hemos de creer la buena noticia y de arrepentirnos: cambiar nuestra mentalidad (metanoia). Sabemos que Dios es Todopoderoso y soberano, que la criatura debe un juicio de rendición de cuentas y ha de humillarse porque por sí misma no puede encontrar gracia. El arrepentimiento para perdón de pecados nos permite la debida humildad ante el Hacedor de todo. Cristo derramó su sangre por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando (Juan 17:20), pero no murió por los cabritos (Mateo 25:33) ni por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    En realidad, Jesús murió como el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La condición de ser oveja la da el Padre desde la eternidad (Juan 10:26), por esa razón predicamos el evangelio para que las ovejas puedan seguir a Jesús como pastor. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero…Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:37, 44, 65).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • EL TODOPODEROSO (παντοκράτωρ)

    Jehová, El Shaddai, el que gobierna con mano dura, el que destruye y aflige. Por igual puede entenderse que puede hacer cualquier cosa, como el Jehová que hace todo posible. Un relato en el libro de Rut nos prueba lo dicho acá, donde se dice que Noemí no quiso que la llamaran por su nombre, que significa dulce, sino que ahora le dijeran Mara, lo cual posee el significado de amargo. La razón que dio fue la siguiente: Porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso (Shaddai) (Rut 1:20). Es el mismo Dios del Nuevo Testamento, el que en lengua griega se nombra como el Pantokrátor (παντοκράτωρ).

    Por igual el Todopoderoso bendice y nos fructifica, nos hace felices cuando nos corrige y castiga. Grande en justicia y poder, el que proyecta su sombra desde sus espacios secretos para que descansemos en su protección (Salmo 91:1). Ese Todopoderoso Dios funge como nuestro Padre y nosotros somos para Él hijos e hijas (2 Corintios 6:18). Se denomina a Sí mismo como el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas.

    Si declaró que hizo el universo en seis días, hemos de creerlo porque no miente. Su poder le permite hacer como quiera, desde elegir a alguien para redimirlo hasta reprobar a Esaú sin mirar en sus obras. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Si dijo algo de seguro lo hará. Ah, pero nada falta a los que le temen, no tendremos falta de ningún bien. Si habló del infierno de eterna condenación, hemos de creerle porque cumple lo que dice. De nada le vale al hombre ganar el mundo y perder su alma, mejor sería entrar renco en el reino de los cielos que con dos pies rectos ser lanzado al lago de fuego.

    Su infinito poder nos conduce a entender que aún los pensamientos de las personas malvadas son controlados por el Todopoderoso. Si ustedes miran Deuteronomio 2:30 se darán cuenta de lo que aconteció en la vida de un poderoso rey de Hesbón, a quien Jehová le endureció su espíritu, haciendo obstinado su corazón, de manera que fuese entregado en manos de los israelitas para ajusticiarlo. La Biblia quiere enseñarnos no solamente que Dios todo lo puede, sino que aún los eventos en los que vemos adversidades son planificados por Él. Siempre habrá dos perspectivas, la de nuestros enemigos como actores voluntarios para buscar causarnos pesar y la del Señor que todo lo puede, el cual envía la calamidad para fortalecernos y glorificarse.

    El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). La capacidad de acción del Todopoderoso hace posible cumplir todas sus promesas. Si Él estuviera limitado en algunos aspectos de su existir, podría fallar en lo que se haya propuesto. Pero aún al malo creó Dios para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual sugiere que debemos reconocer que Jehová todo lo cubre. En Él vivimos, nos movemos y somos, con la fortuna de haber sido declarados sus hijos, por lo tanto herederos de su trono. La soberanía del Señor conviene examinarla, para comprender que no tiene límite alguno, para poder refugiarnos en sus parámetros (todas las cosas nos ayudan a bien…Romanos 8:28).

    Esa capacidad de hacer cuanto quiere le ha permitido declarar el final desde el principio (Isaías 46:10). De allí que haya dicho que su consejo permanecerá y hará lo que quiere. Dios sometió el mundo a vanidad, pero nos dio esperanza en Cristo a los que conformamos su pueblo elegido. No quiso hacerlo con cada uno de los seres humanos, pero escogió lo necio del mundo, lo que no es para deshacer a lo que es (o que cree serlo). A Pablo le dijo que su poder se perfeccionaba en la debilidad del apóstol, lo que nos enseña a conocer nuestros límites que Él también impuso para maravillarnos de su majestuoso poder.

    La ceremonia de la Pascua instaurada en el pueblo de Israel, conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto. Faraón fue endurecido por Jehová, como se lo prometió a Moisés. Faraón no pudo liberar a Israel antes de tiempo, antes de Jehová manifestar su gloria por medio de las plagas enviadas. Si el Faraón hubiese actuado de buena fe, de seguro Israel no hubiese mirado a Jehová como el Todopoderoso que se impuso sobre aquel tirano. Todo tiene su tiempo porque Dios busca su gloria, para que no desesperemos cuando nos parece tarde su llegada.

    Esa pascua señalaba a Jesucristo porque por medio de su sangre derramada en la cruz se limpiaron todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por esa razón Jesucristo ha sido declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), porque Dios pasó por alto en virtud de su sacrificio todos los pecados de aquellos por quienes rogó la noche antes de morir (Juan 17). El soberano Señor, que hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay, es el mismo que ordenó que se reunieran jefes de la tierra y mucha gente contra su Hijo Jesús, para hacer cuando su mano y consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4:27-28).

    Aún Judas Iscariote, el traidor, había sido ordenado como el hijo de perdición sobre quien Jesús lanzó un ay. Dios ha formado vasos de ira (los réprobos en cuanto a fe) y vasos de misericordia (los elegidos para vida eterna).

    Fijémonos por un momento en unos textos de Apocalipsis. En el capítulo 17 verso 17 podemos constatar que existe gente a quienes Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Entregarle el reino a la bestia (anticristo) debe ser algo terrible, pero Dios hace que la gente se ponga de acuerdo (en forma natural) y cumpla todo el propósito planeado desde antes de la fundación del mundo. Esa gente forma parte de los vasos de ira preparados para ira y destrucción eterna, para ir al lago de fuego que no se apaga y donde el gusano de ellos no muere. Allí será el lloro y el crujir de dientes. Eso lo ha hecho Dios en su soberanía y voluntad inquebrantable.

    En Apocalipsis 13:8 se describe la adoración a la bestia por parte de aquellos moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde el principio del mundo. Es decir, Dios no escribió sus nombres en el libro de la vida sino en el de la muerte eterna. Asimismo hizo con Esaú, a quien odió desde antes de ser concebido, antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11). Si quiere otro texto acá va Apocalipsis 17:8, referido a la misma idea: Habla de la bestia que está para subir del abismo e ir a perdición, ante la que los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida, se asombrarán viendo a la bestia que era y no es, y será.

    Tal vez alguno todavía ose pensar que Dios previó mirando en los corazones de los hombres y de allí eligió a los más sensatos (o menos insensatos). Eso lo haría un Dios que no fuese omnisciente y que tenga que averiguar el futuro en los corazones humanos. Tal divinidad sería un Dios impreciso porque la volubilidad humana de seguro haría fracasar su esfuerzo profético. Pero la Biblia todavía apunta al respecto, para dejar en claro la voluntad del Creador: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien haga lo bueno. Todos se desviaron, cada cual se apartó por su camino, han muerto en sus delitos y pecados. ¿Cómo puede Dios encontrar sanidad en un espíritu muero y en un corazón acostumbrado a hacer el mal? De seguro no encontró quien lo siguiera, como para que nadie se jactara y pensara que fue su obra la que lo hizo ser más astuto que el que se condena.

    Dios hizo la salvación de pura gracia, no por obras para que nadie se gloríe. La salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8), de manera que la gloria que el Padre le da al Hijo dependa de Él y no de nosotros. Esa es la doctrina de Jesucristo, la misma que el Padre le dio, por lo cual aseguró que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere para resucitarlo en el día final, y para no echarlo fuera. Citó el Señor una profecía antigua: Serán enseñados por Dios y, habiendo aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Los que enseñan otro evangelio son declarados malditos, fuera de la bendición del Altísimo. Ese otro evangelio resulta más atractivo par los oídos de la muchedumbre, por cuya razón se predica continuamente desde múltiples púlpitos eclesiásticos. Esa doctrina espuria no pertenece a Jesucristo, sino a la serpiente antigua, la que también fue preparada para destrucción de muchos.

    Salid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

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    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • LA VANA JACTANCIA

    Dios odia a todos los que operan la iniquidad porque el pecado y cualquier injusticia aparece contrario a la naturaleza divina. El pecado pasa por abominación contra la santidad de Dios, pese a que Dios lo ordenó para la glorificación suprema de su Hijo Jesucristo. El pecado entró por causa de un hombre, Adán nuestro padre, pero dado que por su efecto viene la muerte el regalo de Dios fue la vida eterna en su Hijo. En su soberanía absoluta Dios se propuso glorificar al Cristo con el título de Salvador, dándole hijos escogidos desde antes de la fundación del mundo. Aparte de esta razón (la gloria de Jesucristo) está la gloria de su justicia contra el pecado, por lo cual podemos asegurar que no se deleita jamás en la maldad.

    El Espíritu de Dios viene a este mundo con muchas finalidades, una de las cuales nos advierte acerca de la regeneración y conversión que hace en algunos pecadores. El hombre malvado continúa en sus pecados y muere en ellos, pero en vida sigue manteniéndose como enemigo y como quien odia a Dios. Los que tienen los sentidos perdidos en la maldad, aparecen como los desprovistos de cordura. Así los describe el Señor a partir de lo escrito por el salmista (Salmo 5:5). Estos son los glorificadores de oficio, los que se dan gloria a sí mismos, alabándose de muchas maneras.

    Poco importa que el hombre inicuo se convierta en religioso, o que se haga llamar creyente cristiano, ya que su injusticia descubre la realidad de su alma. Existe mucha gente en el mundo que dedica su vida como operador de la iniquidad. La maldad aparece como su negocio, en todo momento su lascivia se muestra como la del caballo frente a las yeguas. Los hombres ahora relinchan por la mujer ajena, su falta de entendimiento amerita que los aten con cabestro como al mulo. Estos son de los que en el día final se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor (Mateo 7:22), pese a sus maravillosas obras humanas hechas en el nombre de Jesús.

    Resulta indudable que la Biblia habla de los religiosos que se creen a sí mismos justos. Ellos se glorían en sus obras de caridad, en haber alcanzado por sus propios méritos la redención de sus almas. Ciertamente, dirán que fue Jesucristo quien los salvó, hablarán por doquier de su gracia y misericordia, intentarán adaptarse a un modelo de vida más probo que el que tenían cuando desconocían del todo las Escrituras. Pero su jactancia resultará en vanidad y su justicia se plasmará como engaño, por lo que el Señor les dirá: Apartaos de mí, hacedores de iniquidad.

    Coincidimos con John Gill cuando comenta que el amor de Dios por su pueblo precedió al pecado, habiéndonos colocado en Cristo, por quien siempre somos el placer del Padre. Pese a que hayamos sido hijos de la ira, lo mismo que los demás, en Adán, y aunque actualmente continuamos transgrediendo la ley divina, el amor eterno con que nos amó nos salvó de su ira desviándola hacia el Hijo que nos representó en la cruz.

    En Romanos 9:13 se lee: Cómo está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. En el verso 11 nos habla Pablo sobre cuándo apareció ese amor por Jacob y ese odio por Esaú: no habían aún nacido (concebidos -de acuerdo a la lengua griega), ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino el que llama. Muchos autodenominados cristianos consideran una blasfemia presentar estos textos de la Escritura, ellos quisieran que el texto dijera algo diferente. De hecho, algunos de sus filólogos han procurado dar un sentido distinto al texto griego original, por lo que se habla de Dios amando menos a Esaú. En otras palabras, suprimen el odio en Dios y lo mutan hacia un amor disminuido.

    La Biblia nos conduce a la aseveración de que Dios odia a los réprobos en cuanto a fe, a los operadores de iniquidad que no se apartan jamás de su maldad. Ellos no se pueden devolver de sus pecados porque su naturaleza caída se los impide, por lo cual continúan con el puño levantado contra el cielo y vistiéndose con ropaje religioso, en el alegato de una moralidad superior a la divina. Acusan a Dios de injusto por no amar a Esaú, pero sostienen que está bien que ame a Jacob. Pablo responde a estos religiosos o no religiosos pero impíos siempre que en ninguna manera existe injusticia en Dios. Él ha hecho de la misma masa pecaminosa vasos para honra y vasos para deshonra, unos para misericordia y otros para ira.

    Ante la elección de Dios que no toma en cuenta la obra humana, el hombre caído (aunque sea religioso) se molesta por la soberanía absoluta de Dios. Dice que no hay virtud alguna en amar a Dios a la fuerza, que para que resulte justo el castigo tiene que haber oportunidades de escape. Por ejemplo, aducen que ellos aceptaron de buena voluntad a Cristo como su Salvador y Señor, pero que existe gente endurecida que niega al Señor. En otras palabras, ellos están jactándose de ellos mismos, de su sabia decisión, de su buen corazón que aceptó la dádiva de Dios. De esa manera, el Jesús en el que han creído suena más justo que el bíblico, porque murió por todos, sin excepción.

    Por esta vía, estos falsos creyentes militan en la idea de que ellos establecieron la diferencia entre cielo e infierno. Sí, fue su decisión oportuna por Cristo lo que los salvó. Nada dicen del Dios que amó a unos desde siempre pero odió a otros desde siempre. Eso los espanta y no entra en su doctrina. La razón obvia de actuar de esa manera se debe a que siguen siendo operadores de iniquidad. Estos insensatos reseñados en el Salmo 5:5 son los que se jactan de ellos mismos, de acuerdo al vocablo hebreo que aparece designándolos. Se tradujo como locos o insensatos, pero el origen de su locura se basa en la jactancia. De allí que Pablo sabiamente nos haya legado sus palabras: Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo (Gálatas 6:14).

    Dios odia en especial varias cosas: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19). Antes de la caída viene la altivez, así que no podemos jactarnos en nuestra pericia de hombres rectos, como si pudiéramos por nosotros mismos estar de pie. Fue Dios en su soberanía quien nos amó de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, para que fuésemos semejantes a su Hijo. Nos dio herencia en Cristo, para ser adoptados como sus hijos, para obtener la vida eterna y sus riquezas celestiales.

    No nos hicimos nosotros a nosotros mismos, ni siquiera a nivel espiritual. Jehová tiene misericordia de los que quiere tener misericordia pero endurece al que desea endurecer. De esa manera tuvo misericordia de Moisés, pero endureció al Faraón de Egipto. Todos los profetas del Antiguo Testamento dan fe de que eran hombres comunes e inicuos pero Jehová los limpió para que fuesen sus servidores. Pensemos, finalmente, en el testimonio que nos dejó Isaías: Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí (Isaías 6: 6-8).

    César Paredes

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  • CAPACIDAD HUMANA COMO PRERREQUISITO

    La gran mayoría de los que se llaman cristianos sostienen que debe existir una capacidad para creer en Jesucristo. Sin esa capacidad, aseguran, no habría responsabilidad en el pecador para ser juzgado. En realidad, ellos trasladan los preceptos de autoridad del Derecho humano al terreno divino, haciendo falaz su razonar por el argumento de falsa autoridad. Lo que sirve como autoridad humana no puede funcionar por fuerza en el ámbito de la autoridad divina. De esa manera defienden a Esaú o inculpan a Dios, ya que aquel personaje bíblico de Romanos 9 no tuvo ninguna opción de resistir a Dios. ¿Por qué, pues, Dios lo inculpa?

    Por esta vía marchan los que se aferran a su fantasía religiosa del libre albedrío, bajo la superstición de su existencia: Si no hay libertad, no habrá culpabilidad en las acciones humanas. De igual manera, un extremo de esta corriente asegura que solamente aquellos que son capaces de arrepentimiento pueden llegar a creer, por lo que cuando alguien le dice a una persona que ella tiene el deber de arrepentirse y creer el evangelio, en realidad esa persona posee aquella capacidad.

    Surge por este razonar de elucubraciones la habilidad como supuesto para el deber y la culpa. Sería traducido en el ejemplo siguiente: Si se nos encomendó predicar el evangelio a todo el mundo, debe entenderse que todo el mundo tiene potencialmente la habilidad para el deber de creer. Por esta vía se llega a una conclusión igualmente falaz: Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción. Creada la circunstancia del supuesto de la posibilidad de creer en todo el mundo, la distracción racional da el paso para una muerte universal del Hijo de Dios.

    Lo que la Biblia enseña es que se nos ha ordenado ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura, para que el que sea creyente tenga vida eterna. Bien, veamos de cerca ese mandato: Desde que se ordenó esa gran comisión no todos los creyentes salieron por el mundo conocido de entonces a predicar ese evangelio; tampoco se dice nada de lo que sucedió hacia atrás, antes del momento de que esa orden fuese generada. Miles y millones de personas quedaron sin ninguna información al respecto, en relación a la supuesta muerte de Jesús por todo el mundo sin excepción.

    La salida a este problema no puede pasar por el absurdo del abandono de la predicación del evangelio. No podríamos decir tampoco que como el hombre natural perdió la habilidad para creer debería ser excluido del grupo de los predicables. Un niño nace en un territorio con deuda pública (externa e interna) imposible de cancelar, pero esa imposibilidad no excluye que ese individuo que acaba de nacer tenga que asumir la responsabilidad de la deuda. Eso es un ejemplo del mundo secular, de la vida cotidiana, que pudiera ser útil para nuestro razonar por analogía válida. El deber ser no se anula por el hecho de la imposibilidad de cumplirse.

    La ley que Dios le dio a Moisés fue muy dura, tanto que nadie pudo cumplirla y ella no pudo salvar a nadie. Así lo enseñan las Escrituras, pero esa ley resumida en los Diez Mandamientos no fue anulada, simplemente fue cumplida a cabalidad por Jesucristo. De esa manera él llegó a ser nuestra justicia, o la justicia de Dios para convertirse en nuestra pascua. Todos los que fuimos justificados en la representación que Jesús hizo en el madero, somos igualmente llamados los elegidos de Dios. Jesús vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Jesús no rogó por el mundo que quedó por fuera de su trabajo hecho al día siguiente de esa oración recogida en el Getsemaní (Juan 17:9).

    El mandato divino fue absoluto: Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra (Deuteronomio 5:32). Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra (Josué 23:6). Veamos lo que nos dijo Jesucristo: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). Pese a ese mandato de guardar toda la ley, la Biblia aclara: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Así que quien guarde la ley, pero la quebrante en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado, sino por la fe de Jesucristo, de acuerdo a Gálatas 2:16, lo cual nos lleva a deducir con el resto de las Escrituras que aquella ley ordenada apuntaba a Jesucristo como su verdadero cumplidor. Él vino a ser el Cordero sin mancha, la Simiente prometida para acabar con el pecado y para herir en la cabeza a la serpiente antigua, llamada diablo o Satanás.

    Podemos llegar a una temprana conclusión respecto a nuestro deber ser: lo que ha ordenado Dios no presupone capacidad de cumplimiento por parte de su criatura. Al contrario, la ley escrita en los corazones humanos, o en las tablas dadas a Moisés, cumple la función de señalarnos nuestro deber. Asimismo, ella nos educa en cuanto a nuestra incapacidad por cuanto el hombre natural cayó muerto en delitos y pecados. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). De esta manera se ha cumplido la condena sobre el pecado, cuya consecuencia no es otra que la muerte.

    Sin embargo, frente a esta situación del hombre desesperado por andar atrapado en su maldad, recordamos que el regalo de Dios vino a mostrarse como la vida eterna que tenemos en Cristo Jesús, nuestro Señor. Para esto nadie resulta suficiente, pero lo que nos viene como imposible resulta posible para Dios. No envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado, pero que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

    Aquella persona que llega a creer, descubrirá después de creer que ha sido ordenado para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. No puede saberlo antes, porque el Espíritu de Dios no lo dirige todavía para que comprenda el mensaje del evangelio, ni le recuerda las palabras de Jesús. Pero una vez que ha nacido de nuevo (por operación del Espíritu) es llevado a toda verdad y ésta lo hará libre. De igual manera confesará siempre el verdadero evangelio, por cuanto como oveja sigue al buen pastor y no a los extraños. De la abundancia del corazón hablará su boca y como buen árbol llevará un buen fruto. Descubrirá que Jesús lo representó en aquella cruz y sufrió por todos sus pecados, de manera que el Padre ya no lo condenará por culpa de sus pecados.

    Mientras el hombre continúe en su incredulidad, no podrá discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las tiene como locura. El incrédulo tiene el entendimiento entenebrecido, pero en los que se pierden jamás les resplandecerá la luz del evangelio de Jesucristo. Predicamos a los hombres incapaces de creer, porque no existe ningún prerrequisito de capacidad para llegar a ser creyente. La Biblia dice que seremos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iremos hacia el Hijo. Nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo lleva, pero el que es llevado por el Padre será resucitado en el día postrero y el Hijo no lo echará fuera.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

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  • EL TEMOR DE JEHOVÁ (PROVERBIOS 1:7)

    Initium sapientiae timor domini dice un escudo de una universidad. El principio de la sabiduría es el temor del Señor, de acuerdo a las palabras de Salomón; pero el proverbio continúa con su parte final: sapientam atque doctrina stulti despiciunt (los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza). Vemos dos tipos de personas en este escrito bíblico: 1) los que se benefician del temor al Señor; 2) los que desprecian la enseñanza o doctrina de Jehová. A ambos los hizo Dios, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), precisamente escrito en la Biblia para que sepamos que nadie escapa a la presencia del Creador.

    Los que desprecian la doctrina de la gracia soberana, o la enseñanza de la absoluta soberanía de Dios, no pueden escapar de su destino marcado para que actúen de acuerdo al plan divino. Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, para que ellas se cumplieran en todo cuanto había señalado que ocurriría. Sin embargo, ir conforme a las Escrituras puede resultar irónico, ya que su lamento por el pecado no le sirvió de nada bueno a Judas. Jesucristo dictó un ay por lo que Judas haría, pero no le impidió hacer el daño planificado. Mientras que a Pedro le vaticinó su mal que estaba por hacer, pero le indicó que él había orado al Padre para que su fe no faltara. El resultado lo conocemos: después de la traición enjundiosa del apóstol al Señor, éste lo miró y el pescador lloró amargamente para perdón de pecados.

    ¿Qué podemos decir del destino de Esaú? Aún antes de que hiciera bien o mal, para que no mediara obra alguna, el Señor lo destinó como hijo de perdición. No fue que miró en su corazón y descubrió que era malévolo, porque de haberlo hecho de esa manera Pablo no habría escrito esta aclaratoria: sin que hubieran aún nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    El texto citado no tiene manera de evadirse, pero los que buscan su propia perdición lo tuercen, haciéndolo decir lo que no dice. No obstante, para eso también parecen haber sido destinados, ya que en la paciencia de Dios han sido soportados para el día de la destrucción. El destino humano fue decidido desde la eternidad, sin que se pueda acusar a Dios de injusto. El derecho divino sobre la masa de barro creada le otorga al Creador la potestad de hacer lo que desea con su obra. No solo creó vasos de ira (Faraón, Esaú, Caín, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), sino que hizo vasos de misericordia (Moisés, Jacob, Abel, todos los demás elegidos por el Padre para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo).

    El ser humano vuelve al mismo punto de discusión por los siglos: Dios sería injusto si no respeta el libre albedrío humano. El problema es que eso no existe como tal, porque el sentido de libertad que tenemos no implica su existencia absoluta. Si cada persona nace con un destino, las consecuencias de sus actos forman parte de ese destino. La criatura no puede compararse con el Creador, ya que mientras ella continúa sometida Dios aparece soberano y libre en forma absoluta. La Biblia es tajante respecto al remanente: aunque Israel sea como la arena del mar, solamente el remanente será salvo (Romanos 9:27).

    Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9:29). Dentro del gobierno divino hemos descubierto normas generales y decretos absolutos. Una norma puede ser un mandato general para que la gente actúe de acuerdo a sus postulados. Estas pueden quebrantarse en ese juego humano de resistencia normativa. Sin embargo, un decreto eterno aparece inmutable y nadie puede desviar el curso de su historia. El deber ser de Judas Iscariote se construyó bajo las normas de la ley de Moisés, donde no encontramos jamás un mandato para traicionar al Señor. Al contrario, esas normas promovían la equidad, el buen juicio y la obediencia debida a la ética divina. Pero el decreto manifiesto por medio de los profetas señalaba por igual lo que debía acontecer con el Mesías que vendría a la tierra para ser sacrificado como Cordero. Uno de sus compañeros con quien Jesús compartía el pan habría de traicionarlo. Contra ese decreto inmutable Judas no pudo resistirse.

    Los teólogos defienden a Judas, ahora lo han perdonado en el nombre del Señor a quienes dicen servir, pero la maldición no se apartó de ese apóstol señalado como hijo de perdición. Esos teólogos son los mismos que abanderan la inocencia de Esaú, los que dirigen palabras de maldición al Señor cuando lo declaran injusto por exigirle a alguien lo que no puede cumplir. En realidad, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta de la Escritura de inmediato aparece: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? No eres más que una olla de barro formada con el material que le pertenece al alfarero. Precisamente, por ser una criatura frente al Todopoderoso le debe rendición de cuentas; no al contrario, Dios no le debe a nadie y todos compareceremos ante su trono de justicia.

    La doctrina de la predestinación no acobija la injusticia humana, no aplaude el cobijo que la impiedad pueda buscar como víctima del destino. Si alguien se cree predestinado para cometer un delito, sepa que habrá otro (tal vez un juez) que también le estará aguardando para condenarlo (en virtud de la predestinación, dicho como ironía). Pablo fue uno de los apóstoles que más expuso esta doctrina, pero cuando escribió Romanos 7 no se refugió en el destino marcado por Dios sino que comprendió lo que le sucedía a cada creyente en relación con el pecado. Daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte, pero jamás se refugió en la doctrina de la gracia para justificar el mal que hacía sin querer hacerlo.

    Hubo un rey en Jerusalén llamado Amasías. Este fue a la guerra contra los edomitas y obtuvo una gran victoria, pero su sensatez se trastabilló cuando trajo los dioses de los hijos de Seir para adorarlos y quemarles incienso. Por esta razón vemos que la ira de Jehová se encendió contra Amasías, a quien le envió un profeta para advertirle. Pero el rey le refutó al enviado señalándole que él no era ninguno de sus consejeros para que le interrogara al respecto. Su soberbia imperó y su caída vino de inmediato, pues el profeta le dijo que Dios había decretado destruirlo, por causa de sus palabras (su respuesta) y por su desobediencia ante las proféticas palabras (2 Crónicas 24:14-16).

    El principio de la sabiduría es el temor del Señor, una frase para colgársela en el cuello, para guardarla en el registro de la memoria. El insensato Amasías despreció la sabiduría y la enseñanza del profeta que venía de parte de Jehová. El conocimiento viaja por un camino en el que podemos transitar, para aprenderlo y mejorar nuestras técnicas y conceptos. Sin embargo, la sabiduría no siempre marcha de su lado, sino que hemos de inquirirla para asirla cuanto podamos. Dios hace sabio al sencillo, pero el soberbio se distancia de su Creador con facilidad. Lo mismo le sucedió al Faraón ante Moisés: ¿Y quién es Jehová para que yo deje ir a su pueblo? Bueno, los que demandan pruebas de la existencia de Dios las tendrán de muchas maneras: puede ser por la vía fácil, la obra de sus manos que resulta evidencia suficiente para el alma humilde, pero puede ser también por las pruebas que Dios envía airadamente contra la insensatez humana.

    César Paredes

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  • EL FALSO EVANGELIO

    Dios no se complace en la maldad, aborrece (odia)a todos los que hacen iniquidad, destruirá a todos los que hablan mentira (Salmo 5:4-6). Dado que Dios se ama a sí mismo, en tanto es amor, se desprende que odia a todo lo malvado porque le es ajeno. Estos hacedores del mal son personas a quienes Dios odia, de acuerdo al verbo griego MISEO. Así que olvidémonos desde ya de la famosa mentira teológica que dice que Dios odia el pecado pero ama al pecador; acá vemos claramente que Dios odia también al pecador.

    De verdad Dios nos amó con amor eterno, pero estuvimos bajo su ira -lo mismo que los demás- cuando anduvimos sin su evangelio. Otra mentira teológica ha sido enseñada en forma continua, la que dice que existen herejías pero no necesariamente éstas tienen herejes. Es decir, pareciera que una herejía aparece pero a quien la promulga o a quien la sigue por escucharla no se le tilda como hereje. Dentro de esa gran mentira, se trataría de personas engañadas, confundidas, que de igual forma aman al Señor y son amadas por Él. Nada más alejado de la verdad bíblica, porque la Escritura nos advierte contra la ignorancia y nos alienta a conocer al Siervo Justo que justificará a muchos.

    Si el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, si él habita en nosotros como garantía de nuestra salvación final, él también nos recuerda las palabras del Señor. Una de sus misiones consiste en llevarnos a toda verdad, así que no puede haber un árbol bueno que dé un fruto malo. Una persona que haya creído el evangelio de Cristo no puede confesar otro evangelio, ya que estaría dando fe de que nunca creyó como una oveja lo hace: la que huye del extraño y sigue al buen pastor.

    Una de las mentiras más propagadas desde hace siglos ha sido la del objeto de la muerte de Cristo. Se nos ha dicho repetidamente que el Señor vino a poner su vida por todo el mundo, sin excepción. De esta manera murió tanto por Judas Iscariote como por Esaú, por el Faraón de Egipto, por todos los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Se niega con tal afirmación lo que dijo Jesucristo: que no rogaría por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio (Juan 17).

    Esa gran mentira enseñada desde los púlpitos de las mal llamadas iglesias han convencido a multitudes, pero ellas no parecen ovejas sino cabras seguidoras del extraño (Juan 10:1-5). A estos engañados les parece bien gloriarse en su propia justicia, en sus haceres y no haceres. Por un lado aseguran que los salvó la gracia divina, pero por otro se atreven a asegurar que ellos creyeron porque su libre albedrío los condujo a esa realidad. Ellos aceptaron la oferta universal de Cristo como expiación y por ende fueron salvos. En realidad, ellos tienen de qué gloriarse, aparte de la cruz de Cristo. Ellos se glorían en su propia y personal decisión, como si su estado de pecadores no los hubiera afectado en forma absoluta, como si Dios cuando miró desde los cielos para ver si había algún sensato que lo siguiera los vio con sus corazones dispuestos.

    En realidad Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como si hubiese pagado por sus pecados inútilmente. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por lo que cuando predicó entre los hombres pudo decir que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo trajere. Agregó que nunca echaría fuera a alguna persona enviada por el Padre, ya que eso corroboraba la profecía que decía que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendríamos a él (Juan 6:44-45).

    Dado que Dios odia a todos los que operan o trabajan la iniquidad, debemos decir que igualmente odia a todos los que pervierten su doctrina. Todos aquellos que aseguran la mentira de la muerte universal de Jesús yacen bajo la ira continua de Dios. Pueden ser muy religiosos, con gran apariencia de piedad, con grandes obras humanas y religiosas, pero a ellos les será dicho Nunca os conocí. Aprendamos de Pablo lo siguiente: Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo (Gálatas 6:14).

    El evangelio es el único mecanismo para juzgarnos todos: Somos salvos por el poder de Dios. Asimismo, la justicia de Dios se pone de manifiesto en el evangelio, por medio de la fe y para fe, ya que el justo vivirá por la fe. El que cree en el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado. Así de simple, por lo cual conviene estar atentos a lo que es el evangelio de Cristo. No se le puede añadir ni quitar, ni una jota ni una tilde, ya que su anuncio no cambia con los siglos y sirve por igual para alcanzar las ovejas perdidas como para añadir mayor condenación a los incrédulos que lo rechazan.

    Recordemos siempre que por el Espíritu Santo el individuo nace de nuevo, pero no puede nacer de nuevo y seguir creyendo las doctrinas falsas que la religión ha pregonado. Eso sería un contrasentido, un testimonio de que sigue muerto en delitos y pecados y de que ha creído un evangelio diferente. Hoy día algunos teólogos de los estantes más vistosos han promulgado una expresión conciliadora en materia teológica; dicha expresión refiere a los que son felizmente inconsistentes.

    Esta feliz inconsistencia hace referencia a aquellos que a pesar de militar en doctrinas extrañas en realidad aman a Jesús como su Señor y Salvador personal. Poco les importa que se digan mentiras doctrinales como si fueran verdades de Jesucristo, lo que les interesa es nombrar a Jesús por encima de otros maestros o dioses. Por ejemplo: ¿Dices que eres salvo por la gracia de Dios, pero te glorías de tu sabia decisión? ¿Hablas por doquier de la soberanía divina, pero te sostienes con tu libre albedrío? Entonces, para esos teólogos de estantes vistosos, estás en un período de infeliz inconsistencia que no acarrea ningún problema. Esa es una gran mentira que debería cada quien refutar en interés de su pureza doctrinal, así como por causa del conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11).

    Los que profesan el falso evangelio tienen todavía el entendimiento entenebrecido. Para ellos el evangelio permanece escondido y no les resplandece la luz del evangelio de la gloria de Cristo. Les resplandece la luz del falso evangelio, del extraño, de los maestros de mentiras, de los falsos profetas de antaño. Contra ellos nos advirtió Juan, para que no nos reunamos con esa gente en quienes no habita la doctrina de Cristo. Ellos no tienen ni al Padre ni al Hijo, son portadores de abundantes plagas y debemos mantenernos alejados de ellos para no sufrir sus castigos (2 Juan 1:9-10).

    Dios desea que el verdadero Jesús de las Escrituras sea el que nos dé el inmediato e inevitable brillo del rostro de Jesucristo, el fruto inequívoco del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo. Jesucristo no está divorciado de su doctrina, como lo dijo: Yo vine a traer la doctrina de mi Padre. Doctrina se define como cuerpo de enseñanzas, así que conviene estudiar las Escrituras para no invocar una palabra vacía, aunque ésta sea ¨Jesús ¨. Lo que importa es conocer al Hijo (al Siervo Justo) para entender si fuimos o no justificados por él.

    César Paredes

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  • UN CORAZÓN COJO

    El corazón de Adán empezó a cojear a partir de su caída. Ya no caminaba como antes, su tropiezo se inició en su mente cuando se sintió desnudo. Observó que algo similar sucedía con Eva, su mujer, así que supuso que de aquel árbol prohibido había consumido el fruto de la desobediencia. La consecuencia general fue un legado de pecado para la muerte del cuerpo físico y del alma inmortal.

    Lo que el Creador hizo de inmediato fue un sacrificio animal para cubrir con pieles la desnudez del ser humano. Un anticipo de lo que vendría una vez cumplido el tiempo, cuando enviaría a su Hijo prometido como la Simiente de la mujer que heriría definitivamente la cabeza de la serpiente antigua. Cristo vino en carne humana, bajo la ley de Moisés, para redimir a todos los que estaban bajo la maldición de la ley. Ciertamente, la ley no pudo salvar a nadie, sino que aumentó el pecado, ya que cuando dice no codiciarás se aumenta la codicia. La prevaricación humana nos agita la mente y vamos rápidos tras sus huellas para consumar el pecado.

    Pablo habló de la ley del pecado que estaba en sus miembros, en confrontación con la ley de su mente. Esa ley de su mente es llamada la ley del Espíritu de Dios, el Consolador, el que en lengua griega se llama Parakletos. Este vocablo implica que estará junto a los creyentes, que intercederá por ellos ante el Padre, que nos ayuda a pedir como conviene. También significa el que habla y persuade, con la razón pura del Logos eterno e inmutable.

    Cristo fue también un Consolador pero vino en la carne y estuvo sometido al espacio tiempo, como lo está toda carne. Más allá de que en ciertos momentos de sus milagros y prodigios demostrara que podía vencer los obstáculos de la física, su propósito fue otro muy distinto. Vino a dar cumplimiento a la tarea del Padre propuesta desde antes de la fundación del mundo. Así lo entiende Pedro en su epístola (1 Pedro 2:20). Si Cristo no se hubiese ido al cielo el Consolador no habría venido, por lo que fue necesario en la sintaxis de Dios que el Señor subiera a la diestra del Padre para que el Espíritu Santo descendiera.

    El mundo está más que cojo. No recuerda ya la imagen primigenia que tuvo Adán con Dios, no tiene en mente la pureza de la inocencia de sus primeros padres antes de la caída, sino que la transformación que hizo el diablo la tiene presente como el modelo humano. Si no existiese el nuevo nacimiento dado por el Espíritu, nosotros no podríamos vislumbrar la dimensión del pecado. Por ejemplo, ¿quién de los incrédulos puede siquiera asomarse a la idea de lo pecaminoso de la incredulidad? El Espíritu de Dios puede hacer posible que el individuo comprenda la vitalidad de la sangre de Cristo como principio de vida espiritual. Ese líquido de la vida viene por fe, única manera ofrecida para todos nosotros: la fe de Cristo.

    Precisamente, por la carencia de habilidades innatas para conseguir esa salvación tan grande, se escribió en la Biblia lo siguiente: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:7-9).

    El creyente tiene una carrera por delante, pero es llamado a no fatigar su ánimo hasta el desmayo. La disciplina del Señor está cerca de todos aquellos a quienes toma como hijos, para que lo cojo no se salga del camino. La misericordia de Dios en la elección continúa como amor eterno, para que no desmayemos bajo el pensamiento de haber perdido la gracia redentora. Somos llamados a cuidar nuestra salvación con temor y temblor, por su precio impagable, por su valor inconmensurable. Esa conciencia del valor adquirido nos mueve a llevar una vida santa, apartada de toda vanidad y de los deseos de los ojos, porque el sitio adonde hemos de llegar no posee parangón alguno, no puede ser descrito por su inefabilidad natural.

    Nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre junto a las del Hijo, nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién nos apartará de su amor? Todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme a su propósito. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, así que el pecado mismo fue creado y no podrá alejarnos de la bondad del Creador en tanto Él nos redimió por medio de su Hijo. Somos pueblo santo, real sacerdocio, linaje escogido; esas son vestiduras que nos otorgaron para que nos sintamos alegres día tras día.

    César Paredes

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