Autor: César Paredes

  • JESÚS COMO OFENSA

    Jesús ofende con la asunción de que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere. Con esta referencia se comprende que el requisito fundamental para acudir a Cristo sería el ser enviado por el Padre. La conclusión derivada señala que él lo resucitará en el día postrero, es decir, la persona obtendrá la vida eterna. Ya había dicho unos momentos antes que todo lo que el Padre le daba a él vendría a él, y no lo echaría fuera (Juan 6:37). En síntesis, si todo lo que el Padre le da al Hijo irá a él, para no ser echado fuera sino para ser resucitado en el día final, se entiende que existe una seguridad absoluta en ser enviado a Jesús. De hecho él lo afirmó más adelante diciendo que estaríamos guardados en sus manos y en las del Padre, el cual es mayor (Juan 10: 27-29).

    Además de esta síntesis, se le suma el hecho de la imposibilidad por causa de la naturaleza humana para poder acudir a Jesús por cuenta propia. Los que así lo hacen terminan en apostasía, con interpretaciones privadas de la Escritura, como Simón el mago, intentando hacer negocios con el dios de la prosperidad. Por supuesto, como bien lo señala Juan en su Evangelio, Capítulo 6, los discípulos (o seguidores) que andaban tras Jesús (una muchedumbre que admiraba sus milagros) se ofendieron en grado sumo. ¿Esto os ofende? -les dijo el Señor, sabiendo que murmuraban por sus palabras y afirmaban que nadie podía entender ese discurso duro de oír (Juan 6:60).

    Los que confunden el símbolo con la realidad hacen como hicieron esos discípulos voluntarios que se iban tras las señales y prodigios del Señor. No fueron capaces de discernir lo que Jesús hablaba respecto a comer su carne y beber su sangre; supusieron que se trataba de un acto de canibalismo, por lo cual exclamaron: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Juan 6:52). Jesús no pretendió jamás que se lo comieran, aunque se refería a sí mismo como el maná que descendió del cielo, la verdadera comida para vida eterna. En su última reunión con sus discípulos escogidos (aunque Judas lo iba a entregar y era de los doce, por lo que Jesús se refirió a él diciendo que era diablo), el Señor se refirió a comer su pan y a beber su sangre como una memoria que deberíamos tener siempre.

    El pan y el vino representaban como símbolos el cuerpo y la sangre derramada del Señor por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús había dicho: Haced esto todas las veces que lo hiciereis en memoria de mí (Lucas 22:19). Es una memoria, es un acto simbólico, ya que no podemos matar al Señor de nuevo para comer su carne y beber su sangre; incluso cuando el Señor no había muerto y celebraba con sus discípulos esta costumbre que instauraba, ninguno de ellos mordía su carne ni tragaba su sangre en forma literal. Pero la confusión llega cuando el discernimiento está ausente y se siguen enseñanzas de los hombres bajo interpretación privada de algunos que se han declarado maestros.

    La Cena del Señor no es una reiteración de lo sucedido, sino una conmemoración de lo que él haría e hizo en la cruz. La influencia de la filosofía neoplatónica motivó a suponer que al comer el pan y tomar el vino se comía y bebía literalmente la carne y la sangre de Jesús. Recordemos que Platón fue considerado nominalista, una persona que suponía que los nombres preceden a las cosas. De allí la importancia que los neoplatónicos le dieron a los símbolos como si fuesen la cosa misma (dado que en alguna medida la palabra funge como símbolo o signo de la cosa nombrada). Esta corriente minó los pilares de la iglesia desde el siglo V, hasta que se convirtiera en oficial para la iglesia en el Cuarto Concilio de Letrán, en 1215, y se asumió en consecuencia la teoría de la transubstanciación.

    El beneficio de su sangre y de su carne, viene a ser una bondad espiritual de la gracia del Padre. Pero este asunto no fue comprendido por los que suponían un acto de canibalismo en lugar de una forma simbólica de lo que Jesús haría por su pueblo. Esta sangre se derramó como ese cuerpo se molió por los pecados de todo su pueblo, por los pocos escogidos y no por los muchos llamados. La redención universal forma parte del conjunto herético de los falsos maestros esparcidos por el mundo. No sabemos quiénes son los elegidos que faltan por creer, por eso predicamos el evangelio a todo el mundo, además de que sirve de testimonio a todas las naciones; pero no pensamos que cada persona que oye el mensaje de salvación será llamada eficazmente por el Señor, pues conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19). Esa es la fundación de Dios, que permanece segura, ya que la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe y sin ella es imposible agradar a Dios. En realidad, Cristo es el autor y consumador de esa fe, asunto de firmeza inamovible. En esa cualidad radica nuestra seguridad, como un sello del poder de Dios.

    Este sello jamás será removido, ya que la elección se hizo conforme al amor de Dios (al conocimiento previo, es decir, al especial amor que dura eternamente). Sabemos que la Biblia dice en numerosos textos que el conocimiento del Señor equivale al amor, sin que se trate apenas de algo referido al mundo cognoscitivo o mental. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño (pero ya era su esposo, de manera que la conocía cognoscitivamente); el Señor conoce a los que son suyos pero dirá en el día final a muchos que nunca los conoció (pese a que él es Omnisciente); a vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra (Amós 3:2). Así que cuando la Escritura dice que a los que antes conoció, a estos también predestinó, no está afirmando que conoció lo que iban a decidir y por eso los predestinó. Lo que afirma es que Dios los amó desde la eternidad (como lo dijo a Jeremías: con amor eterno te he amado), sin mirar en el corazón perverso del ser humano. Si todos hemos estado muertos en delitos y pecados, si Dios no vio justo ni aún uno, ni alguien que hiciera el bien ni quien lo buscara, ¿cómo pudo escoger a una persona porque viera que un día iba a querer seguir al Señor? Imposible, si fuese por ese método de ver el futuro Dios se contradiría en su palabra al decirnos que todos hemos estado muertos en delitos y pecados.

    Así que Dios es un Dios justo que justifica al impío, pero ese mismo Dios ha dicho por igual que odió a Esaú (antes de que hubiera hecho bien o mal, antes de ser concebido). Añadió que endurece a quien quiere endurecer, sin mirar en sus obras (Romanos 9). Por supuesto que esta doctrina es odiada por muchos, incluso por gente religiosa que se jacta de tener la membresía cristiana. Cuando uno lee el Antiguo Testamento, puede entender por las historias de las conquistas hechas por Israel que los pueblos conquistados fueron generalmente repudiados por Dios. No había diferencia genético-espiritual entre Israel y sus naciones conquistadas, simplemente fue la voluntad de Dios el haber escogido a Jacob como su pueblo.

    En Isaac sería llamada la descendencia o Simiente, la cual es Cristo. Ese fue el propósito divino desde antes de la fundación del mundo. Ya el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de que Adán fuese creado para manifestarse en el tiempo apostólico como el Hijo de Dios (1 Pedro 1:20). Su propósito sería lavar los pecados de todo su pueblo, en un ofrecimiento como víctima redentora ante el Padre Eterno. Vemos que la diferencia entre la congregación de los justos y el mundo la hace el Señor, no la hacemos nosotros como si tuviésemos estirpe y pureza natural. Antes, lo necio del mundo, lo menospreciado, lo que no es escogió Dios para avergonzar a lo que es.

    Así que no nos toca mirar con altivez a los demás, más bien vemos en la desgracia del prójimo (el que no tuvo gracia) un espejo que pudiera reflejar nuestro destino. Pero el cambio operado en nosotros por la renovación de nuestro entendimiento, gracias a la regeneración realizada por el Espíritu Santo, se establece como el diferencial entre salvación y perdición eterna. De nuevo, anunciamos este evangelio para que el que tenga oídos para oír que oiga; los otros, los que lo rechazan, no podrán alegar desconocimiento alguno a su favor. Incluso tampoco lo alegarán los que jamás hayan escuchado sobre Jesucristo, ya que la ley de sus conciencias los acusa.

    Hay solamente un Dios, un Evangelio, un Libro Santo, una sola vía de salvación. Todos los que están por fuera de esta verdad revelada en la Biblia se tienen como mentira, decepción, dado que siguen la doctrina del enemigo de las almas. Esas falsas doctrinas conducen a la gente al infierno de eterna condenación; declarar esta verdad se ha convertido en una ofensa para la humanidad sin Cristo. No es asunto que ocurra en estos tiempos difíciles, solamente, sino que ya vimos que hace 2000 años muchos se ofendieron con Jesús cuando afirmaba la doctrina del Padre. Cualquier mínima desviación del evangelio de verdad se manifiesta como una mentira que condena. Y si aquellos hombres que rechazaban esta doctrina de Jesús fueron llamados discípulos suyos en el evangelio de Juan, hoy tenemos que decir algo parecido: la mayoría de los religiosos autodenominados cristianos rechazan por igual este mensaje.

    Jesús les dijo a esa gente y les dice a la de hoy día la misma frase: ¿Esto os ofende? …Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:61 y 65). Esos viejos discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él; de igual manera acontece hoy día, quienes se ofenden por la doctrina de Jesús no andan con él (2 Juan 1:9).

    César Paredes

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  • LIBERTAD HUMANA

    El célebre libre albedrío que surge en teología, pasa a ser el emblema de todos aquellos que desean ver a un Dios dualista, un Ser Supremo no muy soberano. El hombre rebelde no desea que lo vean como a una criatura, sino como a un hijo de la libertad, de la Madre Tierra, de aquello que lo instale como ser independiente. Para que sea estimado de esa forma, ha forjado todos los argumentos que le ofrece el concepto jurídico bajo la premisa de que sin libertad la responsabilidad no puede ser asumida.

    Esto equivale al silogismo clásico que intenta enredar el atributo de omnipotencia divina en un disparate silogístico. ¿Podrá Dios hacer una piedra tan pesada que Él mismo no la pueda levantar? Lo que respondamos a primera vista hará que el Ser Supremo pierda su Omnipotencia; con ello, la bandera contra Dios se enarbola una vez más para que la astucia humana reine sobre el Creador de todas las cosas. Por igual está el problema del mal, ya que si Dios es bueno ¿cómo pudo crear lo malo? Algunos astutos teólogos aseguran que Él no ha creado el mal, sino que solamente lo permite. Con Agustín de Hipona hacen fila para argumentar que el mal (o el pecado) es el acto de alejarse de Dios.

    En resumen, por donde se mire el alegato humano, siempre aparece un hito de prepotencia que subraya la capacidad de libertad y dignidad humana. Se esgrime incluso el caso de Adán, el cual estaba sin pecado alguno cuando fue creado, cuyo libre albedrío lo condujo a la separación e independencia de Dios. Pero si miramos lo que la Biblia habla en conjunto, tenemos que coincidir con Pedro en lo que dijo: que el Cordero de Dios estaba ya ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Pensemos por un momento en el hecho de que Cristo estuvo destinado para manifestarse como Cordero; sigamos el argumento de Pedro el cual nos dice que eso aconteció antes de que el mundo fuese creado, es decir, antes de que Adán fuese formado del barro. Entonces tenemos que deducir que si Cristo como Cordero formaba parte del plan del Creador, Adán no tuvo en ningún momento la libertad de no caer en la tentación. De ser así, si Adán no hubiese pecado (con las posibilidades de 50 a 50), Jesús el Cristo no se habría manifestado a favor de su pueblo escogido. Visto de esta forma, Dios se hubiera equivocado al destinar a su Hijo para el sacrificio de un pueblo que no lo habría necesitado. Al contrario, todos estaríamos felices con nuestro padre Adán y su gloria de haber vencido la tentación.

    De esta manera, por donde quiera que se miren los argumentos humanos en favor del libero arbitrio aparecerá de alguna manera la incapacidad de Dios para crear algo perfecto. El hombre saldría triunfante en su estándar de autonomía frente al Todopoderoso Creador. De acuerdo a la Escritura, el ser humano no posee ningún libre albedrío en su relación con Dios. El que podamos escoger qué par de medias vestiremos no nos catapulta para presumir la libertad de elegir en materia espiritual. Incluso, en el plano histórico también vemos a un Dios que cambia las edades, que no permite que un pájaro caiga a tierra sin su voluntad. El corazón de los mandatarios (reyes de la tierra) está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina.

    Los denominados cristianos que se molestan con la absoluta soberanía de Dios adoran lo que no saben. Como la mujer samaritana caminan equivocados en una religión de engaño. Y es que Dios no le da permiso a Satanás para actuar de una u otra manera, sino que tiene un propósito con él y lo ha levantado para hacer exactamente lo que le es ordenado. No vivimos bajo un dualismo religioso, como si Dios luchara contra las fuerzas de Satanás y necesitara de nuestra ayuda para inclinar la balanza a su favor. Si leemos el libro de Job comprenderemos la más absoluta soberanía del Dios de la Biblia, el cual hace como quiere y aún Satanás le está sujeto.

    La Biblia habla con claridad en textos que no quiere la gente examinar; veamos algunos de ellos para que los tengamos siempre en cuenta. 1) Deuteronomio 2:30 dice: Mas Sehón rey de Hesbón no quiso que pasásemos por el territorio suyo; porque Jehová tu Dios había endurecido su espíritu, y obstinado su corazón para entregarlo en su mano, como hasta hoy. Al parecer, Jehová hizo lo mismo con el Faraón de Egipto, de acuerdo a lo dicho a Moisés. Si vemos el texto de Deuteronomio, podría alegarse que para el rey de Hesbón era lo justo oponerse a que extranjeros pasaran por su tierra, ya que su potestad así se lo exigía. Eso podría valorarse como una libertad de criterio del rey, como una respuesta libre producto de un examen intelectual de la política de su gobierno. Sin embargo, la Biblia nos dice que Jehová inclinó su corazón para que le pareciera todo lógico, todo coherente con su visión del momento, de manera que el rey se sintió libre de actuar en consecuencia.

    Ah, pero de acuerdo a las Escrituras, Jehová ya había decidido entregarlo en la mano de su pueblo y por eso le obstinó su corazón. Ese Dios soberano de la Biblia hace como quiere, y en muchas ocasiones la gente tiene una respuesta con aparente coherencia pero ignorando que Dios ya ha decidido por ellos. Alguno se preguntará por qué Dios inculpa, pero ya la respuesta la encontramos en Romanos 9. 2) Josué 11:19-20 dice algo del mismo temple: No hubo ciudad que hiciese paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que moraban en Gabaón; todo lo tomaron en guerra. Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos; … ¿Qué más natural que resistir en una guerra contra el enemigo, pero aún eso que supone libre albedrío ya había sido decidido por Jehová para que los israelitas los destruyesen y los desarraigaran como lo había mandado a Moisés.

    3) En 2 Crónicas 36:22-23 leemos sobre lo que escribió por boca de Jeremías respecto a Ciro rey de los persas. Ese hombre que no conocía a Jehová había sido despertado por Dios para edificarle casa en Jerusalén, que está en Judá. Dijo Ciro: Quien haya entre vosotros de todo su pueblo, sea Jehová su Dios con él , y suba. 4) Cuando David cometió su famoso pecado, arrebatándole la mujer a Urías, hiriéndolo también a espada por interposita persona, Jehová aseveró lo siguiente: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol. Por que tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol (2 Samuel 12:11-12).

    Con etos claros ejemplos nos damos cuenta del Dios activo de la Biblia, un Dios que endurece, que castiga, aunque para ello la gente tenga que cometer pecados. Esto no nos excusa de responsabilidad, sino que por el contrario nos alienta a ser responsables. Dura cosa de roer estos argumentos bíblicos, pero no por ello menos veraz. La libertad humana está sujeta a la voluntad divina; no porque Dios ordene una conducta al hombre éste podrá alcanzar su cumplimiento. Sería una falacia el suponer que existe capacidad en el ser humano para cumplir las ordenanzas del Todopoderoso. La pregunta retórica surgirá por siempre: ¿Por qué, pues, Dios ordena algo que no puede cumplir? Antes, oh hombre, ¿quién eres tú para objetar a Dios? La respuesta posible sigue siendo la misma, pero damos gracias a Dios por Jesucristo quien nos libra de nuestro cuerpo de muerte (de pecado).

    La ley fue dada por medio de Moisés pero traía la maldición con ella, para el que incumpliera alguno de sus preceptos. Nadie pudo cumplirla a cabalidad, nadie pudo salvarse por medio de ella (no solo hablo de la ley escrita en las tablas, sino también de la ley escrita en las conciencias humanas). Entonces la ley sirvió para que descubriera y aumentara el pecado, para que el hombre sintiera la culpa; la gracia, en cambio, viene en sobreabundancia por medio de Jesucristo que pudo cumplir esa ley y que sufrió el castigo de maldición en la cruz del Calvario. Jesús el Cristo fue el Cordero sin mancha que pudo redimir con su sangre a todo su pueblo (conforme a las Escrituras: Mateo 1:21, por ejemplo). Por medio de ese sacrificio fuimos declarados justos por parte del Dios justo que justifica al impío. Ese acto de redención constituye la fuente de nuestra libertad, por lo cual Jesús también dijo: Si el Hijo os liberare, seréis verdaderamente libres (Juan 8:36).

    César Paredes

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  • ESTATUS DE LIBERTAD

    Cristo intercede por nosotros, en tanto el Espíritu también lo hace con gemidos indecibles; ese Espíritu ruega por los santos (Romanos 8:27). Las personas por las cuales el Espíritu intercede son llamadas santos, por cuanto hemos sido santificados por el Espíritu de Dios. Esto implica que caminamos con Él, en tanto hemos sido llamados con eficacia, porque somos objetos de las delicias de Dios. Se nos llama escogidos, preservados en Cristo, habiendo recibido la justicia imputada de Cristo como Salvador. A este grupo el Señor ha dado a conocer su evangelio, dándole su gracia y la herencia eterna.

    En consecuencia tenemos bendiciones espirituales, favores divinos, todo aquello que pertenece a Dios. Cuando oramos somos dirigidos por el mismo Espíritu para pedir como conviene; esto hacemos al clamar en secreto ante nuestro Padre, por lo que obtendremos lo pedido en público. Esto resulta llamativo, ya que en esta publicidad de la recepción de lo pedido se constata que fuimos oídos cuando clamábamos secretamente. Hay oraciones públicas, que también son respondidas; hay oraciones comunitarias en la iglesia, las cuales el Señor también oye. Pero la oración secreta en nuestra cámara implica que nadie más la conoce, así que cuando se nos concede lo pedido no miramos a los lados como buscando méritos de un tercero por causa de la respuesta.

    En ese instante de la respuesta a la oración secreta saltamos de emoción porque estamos ciertos de que el Señor nos oye. Ese es el Dios real, el que se ocupa de responder a veces en forma literal todo cuanto hemos rogado en su presencia. Como dijera una vez Moisés: Si tu presencia no va con nosotros, no nos hagas partir de aquí (Éxodo 33:15). La presencia de Dios en nosotros se da en virtud de nuestro estatus de libertad. Una vez fuimos convictos -como los demás-, estuvimos muertos en delitos y pecados, pero ahora que fuimos llamados de las tinieblas a la luz nadie nos puede separar del amor de Dios (Romanos 8:33). Cristo murió, resucitó y está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34).

    Se nos ha dado una fe que no falla y que no puede morir; Cristo es el autor y consumador de la fe.

    Jesucristo aseguró que todo lo que el Padre le daba vendría a él, y él no le echaría fuera. Aseveró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere. De esta forma sabemos que todo aquel que va a Cristo ha sido enviado por el Padre, y enseñado por Él (Juan 6:45). Claro está, habrá mucha gente que será rechazada pese a que pretendieron ir a Cristo, pero ellos no fueron enviados por el Padre. Estos son los que escucharán en el día final la terrible frase que los envía hacia el tormento eterno: Apartaos de mí, hacedores de maldad; nunca os conocí (Mateo 7:23). Este grupo de personas jamás aprendió del Padre, sino que acudieron por curiosidad a Cristo.

    Tal vez fueron atraídos por los predicadores persuasivos, esos que desprecian la doctrina de Cristo. Aquellos que enseñan sobre la muerte universal del Señor, del llamado universal como garantía de eficacia. Una cosa resulta el deber ser humano ante Dios, su responsabilidad a la que es llamado, pero otro asunto viene a ser el llamado eficaz. Cristo murió en exclusiva por su pueblo, al que salvaría de sus pecados (Mateo 1:21). El mismo Señor lo afirmó, que no todos serían llamados sino muchos, y que de esos muchos unos pocos serían los escogidos.

    Simón el Mago fue un gran ejemplo de la antítesis de un seguidor de Cristo. Su interés estuvo centrado en la carne, en su ego, en la posibilidad de hacer riquezas con los asuntos de la fe. Muchos arrancan ministerios religiosos con la bandera de recoger algunas ganancias, lo cual está reñido con el evangelio. Es verdad que el obrero es digno de su salario, que no hemos de poner bozal al buey que trilla, pero eso viene referido a los salarios propios de quienes se dedican de vida entera a esos trabajos. Jamás hemos de mirar el dinero como el móvil que gira en los asuntos de la fe. Al buscar el camino de Cristo el Espíritu nos ayuda a pedir como conviene. En consecuencia somos guiados a toda verdad, incluso llegamos a estar entristecidos junto con él cuando Él se contrista por nuestros pecados.

    En esta libertad a la que fuimos llamados aprendemos que existe el mandato general de Dios a toda la humanidad, y también existe un mandato particular a cada una de sus ovejas. Los Diez Mandamientos pueden ser considerados como un mandato universal, algo que nos enseña el deber ser nuestro: lo que debemos y no debemos hacer. La ley dada por Dios a través de Moisés demostraba la presencia del pecado en el corazón humano, de manera que declaraba inexcusable al hombre. Estos mandatos no probaban la libertad humana (el libre albedrío) sino la esclavitud al pecado. En ningún momento esos mandamientos giraron en torno a lo que el hombre podía hacer libremente: ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Lo que deberíamos hacer no somos capaces de hacerlo; he allí la importancia de Cristo, que sí pudo cumplir la ley a cabalidad sin fracturarla en ningún punto. Como Cordero sin mancha fue aceptado por el Padre en sacrificio santo por todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Entonces, él es quien tiene la capacidad de llamar a cada una de sus ovejas por sus nombres, ya que conoce el Señor a los que son suyos. Como también dice la Escritura: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). El mismo principio humano que aparece en la legislación de incontables países nos enseña que la ley castiga con independencia de la capacidad: La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento (si se ignora no se puede alegar la ignorancia; de acuerdo a la Biblia, si eres incapaz de cumplir la ordenanza divina no puedes alegar tal incapacidad).

    El amor de Dios se obtiene por su gracia, no importa si antes uno fue un blasfemo, un perseguidor de la iglesia o un injuriador; simplemente recibimos misericordia y gracia abundante de parte de nuestro Señor, para tener también la fe y el amor en Cristo Jesús. Nosotros no dependemos de nuestra habilidad natural, Dios tampoco descansa en que será amado en virtud de que tengamos habilidad natural para amarlo. De hecho, le amamos a Él porque Él nos amó primero. Pero no sucedió así con Judas Iscariote, hijo de perdición; tampoco le aconteció de igual forma al Faraón de Egipto, levantado para mostrar la gloria del poder de Dios contra el pecado y el pecador. La Biblia nos enseña que Dios endurece a quien quiere endurecer, pero tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. Por causa de lo dicho en sus páginas, muchos se levantan contra el Hacedor de todo y le reclaman por sus juicios. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? La respuesta vino de inmediato: ¿Quién eres, tú, oh hombre, para discutir con Dios? No eres más que barro en manos del alfarero.

    El verdadero arrepentimiento nos conduce a cambiar la mentalidad respecto al menos de dos cosas trascendentes: 1) Comprender que Dios es absolutamente soberano, el Despotes de Pedro; 2) que el hombre es absolutamente insignificante, impotente ante la voluntad divina, por lo cual le debe a Dios un juicio de rendición de cuentas. Cuando hayamos comprendido esa realidad andaremos mirando la verdad que Dios ha querido mostrarnos. El Espíritu de Dios nos conduce a esa verdad porque nos ha regenerado de acuerdo a los designios del Dios eterno, según nos amara en Cristo a quien envió para sacrificarse por todos los pecados de su pueblo. Este es nuestro estatus de libertad.

    César Paredes

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  • LA IDOLATRÍA (ENTRE LOS QUERUBINES Y LA SERPIENTE)

    El hecho de que Dios ordenara hacer unos querubines para el arca de la alianza, no supone el permiso para la idolatría. En Exodo 25:18-20 leemos sobre la orden de Jehová de hacer dos querubines de oro para colocarlos sobre el arca. Ellos representaban en alguna medida la gloria de Dios (Ezequiel 10:18; Hebreos 9:5), pero bajo ningún respecto autorizan la veneración de imágenes religiosas de ningún tipo. Esos querubines no estaban para venerarse, sino para simbolizar lo santísimo de la gloria divina. Además, Dios no se contradice ya que le había ordenado al pueblo, a través de Moisés, no hacerse imágenes de ninguna semejanza, a no inclinarse ante ellas, con la prohibición expresa de no adorarlas (Éxodo 20).

    Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que Jehová habló con vosotros de en medio del fuego; para que no os corrompáis y hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra, figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele por el aire, figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez alguno que haya en el agua debajo de la tierra… no sea que seas impulsado, y te inclines a ellos y les sirvas (Deuteronomio 4:15-19).

    La Biblia nos demuestra la naturaleza de autoridad y de prohibición de los mandamientos de Dios. La orden divina a Moisés de hacer los querubines junto a otros objetos del tabernáculo, se refería a las figuras de las cosas celestiales que formarían parte del Nuevo Pacto después del sacrificio de Cristo como Cordero Pascual. ¿Hemos de desobedecer a Dios y le vamos a ofrecer a Él una adoración a través de los querubines que no mandó? (Levítico 10:1-2). No existe ningún mandamiento que autorice la iconografía religiosa.

    La orden de la construcción del arca y sus querubines fue dada a Moisés para que el pueblo de Israel viera la gloria de Dios en ello. Nunca se les dijo que debían adorar a los querubines de oro, o que debían hacer esculturas semejantes para venerarlas. Por otro lado, la metodología de adoración de los cristianos no siguen el patrón del Antiguo Testamento, si bien entendemos que aquello era sombra y figura de lo que ya vino. Por igual, el pueblo de Israel no fue llevado a la idolatría por causa de los querubines en el arca, no existe tal registro.

    Hubo un caso en que el pueblo se pervirtió por causa de una escultura. La serpiente de bronce en el desierto, una medicina contra la picadura de víboras, una prefiguración del Cristo que vendría. Cuando Moisés oró por el pueblo, Dios le ordenó que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera en un palo para que el pueblo pudiera ser sanado (Números 21:5-7). Eso formó parte de la pedagogía de la fe que Dios usara ante su pueblo (Juan 3:14).

    El pueblo fue sanado al mirar la serpiente, por lo que su imagen se guardó por muchos años. Sin embargo, la serpiente se convirtió en objeto de adoración (2 Reyes 18:4), lo que demostró la facilidad para torcer las cosas divinas. Fue bajo el reinado del rey Ezequías que se quitó ese monumento convertido en objeto de idolatría. Nos demuestra este caso la tendencia humana para forjar ídolos: puede ser aún hacerse la construcción mental de un Cristo a la medida de cada quien. Hay personas que sostienen que la palabra o la doctrina de Cristo les parece dura de oír, lo cual los lleva a rechazarla y a fijarse en un Cristo que no hubiera dicho eso, o a torcer las Escrituras para que diga algo más agradable a los oídos humanos.

    Destacamos que ni la serpiente de bronce ni los querubines del arca fueron colocados para adoración. No había que reverenciarlos ni tampoco había que adorarlos; simplemente cumplieron un objetivo ilustrativo del poder de Dios, de su pureza, de su veracidad. Uno de ellos fue objeto de culto, por lo cual fue demolido. Esos símbolos ordenados directamente por Dios para un momento específico, jamás dan derecho a que nosotros creemos símbolos divinos por nuestra propia cuenta. Mucho menos despiertan el derecho a la idolatría, en ninguna de sus formas.

    Isaías hace una relevante declaración contra la idolatría, por lo cual conviene mirar con detenimiento su texto en Isaías 40:18-25. Asimismo hemos de mirar a Jeremías: Todo hombre se ha infatuado, y no tiene ciencia; se avergüenza todo artífice de su escultura, porque mentira es su ídolo, no tiene espíritu (Jeremías 51:17). Hemos de recordar que ni los querubines de oro ni la serpiente de bronce fueron hechos para que funcionaran como mediadores entre Dios y los hombres. No hubo un mandato de adoración a esas figuras, por lo tanto ellas no autorizan a que el ser humano adore estatuas o dibujos que supuestamente representan a la divinidad.

    En Exodo 20:4-5 está el mandato expreso de Dios a Moisés, de no hacerse ninguna imagen de lo que está en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas, ni debajo de la tierra. No hay que inclinarse ante ellas ni honrarlas. Pero ese mandato fue sacado de la Biblia católica contemporánea, negando incluso lo que la Vulgata Latina de Jerónimo sí colocó, y sí apareció durante siglos de catolicismo. No fue sino hasta poco después de la Reforma Protestante que la iglesia católica comenzó a traducir la Biblia a lenguas vernáculas, como lo hizo el movimiento de la Reforma; pero lo lamentable fue que trucaron los Diez Mandamientos para que ese en específico no los denunciase por la imaginería con que han vivido por siglos.

    Compare usted la Vulgata Latina con la traducción católica de la mayoría de sus Biblias, se dará cuenta de lo que acá denunciamos. Pero los católicos romanos tratan de defenderse del cargo de idolatría, diciendo que ellos no confunden la imagen con la persona que representa. En resumen, que ellos no adoran la imagen sino lo que ella representa. Como si la imagen los hiciera concentrarse en María, en un santo o en el mismo Cristo. Gordon H. Clark, un estudioso teólogo contemporáneo, nos dice que si la idolatría existe solamente cuando el adorador confunde la imagen con el dios, entonces habría que maravillarse por lo que los Efesios hicieron con sus estatuas de Diana. ¿Acaso diremos que los efesios no eran idólatras al adorar a Diana? ¿Acaso ellos confundían la estatuilla con la diosa? Agrega Clark que los católicos romanos defienden a los Efesios de idolatría al tratar de defenderse a ellos mismos de lo que hacen con sus ídolos (Gordon H. Clark, What Do Presbyterians Believe?, pp. 195-196).

    Es tan serio esto de la idolatría que Pablo tuvo que escribir lo siguiente: ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios (1 Corintios 10:19-20). Juan en su Apocalipsis describe la terquedad humana, a pesar de los castigos del cielo, diciéndonos que los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a sus imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar (Apocalipsis 9:20).

    En síntesis, las personas que adoran ídolos (de cualquier tipo) rinden adoración a los demonios. Lo dice Pablo y lo reitera Juan. Dios ha prohibido tal cosa para su pueblo, así que si algo parecido acontece sepamos que el castigo de Dios está pronto y lo mejor es arrepentirse para huir de ese pecado.

    César Paredes

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  • LA ESPERANZA DEL PECADOR

    La universalidad del pecado, por causa de Adán como cabeza federal de la humanidad, ha perneado todos los rincones del mundo con el castigo subsecuente. Ningún ser humano podrá estar de pie frente al Todopoderoso, como si tuviese méritos propios o esfuerzo moral válido. Nuestras mejores obras son suciedad, nuestras justicias parecen trapos de inmundicia. Caídos todos los hombres, como hojas al viento, nuestras maldades se muestran en todos nuestros pasos (Isaías 64: 6). ¿Qué esperanza le queda al pecador?

    La única esperanza es la gracia divina. A través de la fe en Jesucristo, cada creyente es unido a él, protegido por la justicia perfecta que le ha sido imputada. Sí, la Escritura nos lo garantiza: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Hubo un intercambio en el Calvario, cuando Jesús tomó nuestros pecados (los pecados de todo su pueblo) y pagó por ellos con sumo dolor; habiendo recibido el castigo que merecíamos, fuimos exentos de éste recibiendo a cambio la justicia del Señor.

    Por esta razón entendemos que la salvación es un trabajo completo de la gracia del Señor. En este caso, no se deja espacio alguno para que opere la obra de los hombres (Efesios 2:8-9), ya que la fe necesaria para alcanzar dicha gracia nos ha sido dada igualmente de gratis. Solamente que la fe viene por el oír la palabra de Cristo, siendo enseñados por Dios para que acudamos al Hijo una vez que hayamos aprendido (Juan 6:45).

    El evangelio es predicado a todo el mundo, en la medida en que esta comisión se va cumpliendo. Ha habido gente que quedó sin ninguna información de esta esperanza, pero Dios quiso dejar a muchos en la vanidad de sus mentes. Lo dijo Pablo en el Areópago, cuando predicaba delante de filósofos estoicos y epicúreos: Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos (Hechos 17: 30-31).

    Todavía vemos gente que jamás ha oído de este evangelio, pero hay quienes oyendo todavía disputan creyendo que este anuncio es solamente palabreo. El propósito divino es que el hombre busque a Dios, si en alguna manera puede hallarlo. La obra de Él habla por sí sola, pero la humanidad se ha extraviado y ha buscado adorar a un dios en forma de animales o de materia inanimada, imágenes de piedra, de madera, de metales preciosos. De allí el llamado al arrepentimiento, para que cada quien valore en la medida justa quién es el Dios soberano, y vea su propia pequeñez al lado del Creador. De nuevo la Escritura habla: Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres (Hechos 17: 29).

    La imaginación humana se ve prolífica cuando se trata de recrear lo que debería ser Dios. Se le dan atributos que nos parecen que debe tener, se le ha convertido en la semejanza de lo que concebimos debería ser Dios. Pero eso es idolatría, de manera que lo que la gente sacrifica a sus ídolos a los demonios sacrifica, independientemente de si está pensando que sacrifica a Dios (1 Corintios 10:20: Lo que digo es que cuando los paganos ofrecen algo en sacrificio, se lo ofrecen a los demonios, y no a Dios, y yo no quiero que ustedes tengan nada en común con los demonios).

    Muchos se entretienen pensando en aquellos que jamás oyeron del evangelio, en la suposición de que Dios parece injusto. Sin embargo, la gran pregunta debe girar en torno a nosotros mismos: ¿qué haremos con la información recibida? No podemos excusarnos en que no fuimos informados, ahora nos toca responder ante el llamado al arrepentimiento y a creer el evangelio. Vivimos en un mundo hostil, que está regido por el príncipe de las potestades del aire, en las tinieblas plenas que cubren el mal. En este mundo no tendremos seguidores, ni personas que se alegren por la palabra anunciada, ya que esa palabra condena la maldad de la naturaleza humana.

    Israel es una minúscula nación, está rodeada de 22 naciones árabes y a su alrededor existen 52 naciones musulmanas que gritan con rigor su odio. Sin embargo, Israel subsiste en una batalla continua, ya que esta manera de vivir forma parte de las consecuencias de aquello que la Biblia señala como lo que le ha acontecido a Israel: un endurecimiento. Pero el símil nos sirve para ilustrar la vida del creyente cuando es circundado por tanta gente que le rinde culto a los demonios antes que a Dios. Sirve para demostrarnos la ferocidad de la enemistad del mundo, el cual no nos ama porque no somos del mundo. Si el mundo odia a Cristo, ¿por qué no nos habrá de odiar a nosotros los creyentes?

    Pablo nos lo advirtió, diciéndonos que nuestras armas no pueden ser carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos (imaginaciones) y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10: 4-5). Estas armas se usan para combatir contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas (Efesios 6:12).

    Cuando nos miramos en el espejo de la ley de Dios nos encontramos con demasiados lamentos por nuestras vidas. Perdemos la confianza que un día tuvimos, al descubrir que existe una ley en nuestros miembros que nos lleva cautivos al pecado (Romanos 7). Por lo tanto, descubrimos que la autojusticia no garantiza nuestra paz. Siempre terminaremos como la puerca lavada que vuelve a revolcarse en el cieno, o como el perro que vuelve a su vómito. Sin embargo, descubrimos que con la mente queremos servir al Señor.

    Esto pasa con cada creyente, pero antes de creer estuvimos ciegos, en la ignorancia y decepción de nosotros mismos. Estuvimos perdidos en asuntos de moral, ajenos a la ciudadanía del reino de los cielos. Todos tenemos que clamar al cielo para que seamos librados de los errores que nos son ocultos (Salmos 19:12). Sin embargo, como dijera Jesucristo: Si las cosas terrenales no las comprendemos, ¿cómo entenderemos las celestiales? (Juan 3:12). Somos duros como una mula para pensar, como el caballo sin entendimiento, por lo que debemos ser sujetados con cabestro.

    Jeremías tenía razón: Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos (Lamentaciones 3:22). Isaías también tiene razón en lo que aconsejó: Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano (Isaías 55.6). Job también estaba en lo cierto: Amístate ahora con Él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien (Job 22:21). La esperanza del pecador continúa en Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • INHABILIDAD HUMANA PARA LA FE

    Lo que Dios demanda al hombre no presupone habilidad humana para cumplir. La naturaleza caída de Adán demuestra la impotencia del alma para desear siquiera hacer el bien. No hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien entienda. Todos los seres humanos se han descarriado, cada cual se apartó por su camino. No en vano se afirma que el Hijo del Hombre sería sin hermosura, para que no le deseemos. Es decir, Jesús no provoca que nuestra naturaleza lo añore, simplemente es alguien del que nos cuentan grandes cosas y no por eso nos atreveríamos a seguirlo.

    Pero existe algo que permite el acercamiento entre Dios y los hombres. No es el hecho de que Jesús haya muerto en la cruz, como si ese acto rompiera nuestras ataduras al mundo. Más bien debemos mirar el objeto de su crucifixión, conforme a las Escrituras. Ellas dicen que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Por igual anuncian que vino a dar su vida por las ovejas (Juan 10:1-5), pero aquellos que no forman parte de esas ovejas no podrán ir a él jamás (Juan 10:26). Esas Escrituras recogen palabras directas del Señor, como también la oración de Jesús en el Getsemaní: No te ruego por el mundo (Juan 17:9).

    El ser humano se levanta con el puño hacia el cielo, preguntándose por qué, pues, Dios inculpa. ¿Quién ha resistido a su voluntad? La defensa hecha a Esaú resultó una batalla inútil (Romanos 9), pero valió la pena por la pedagogía que nos muestra. Dios resultó ser soberano absoluto; la criatura, en cambio, solo barro que el alfarero moldea a su antojo. Nuestra vida transcurre entre el deber ser bíblico -al considerar la Escritura como palabra de Dios- y el condicionamiento individual para hacer aquello que podemos o queremos realizar.

    La tensión está presente en todo tiempo, un mandato exigente que el ser humano no puede cumplir (a pesar de todos sus hipotéticos). La culpa se yergue en consecuencia para las mentes cuya conciencia no haya sido del todo cauterizada. Jesús vino a quitar esa culpa perniciosa en aquellas personas, las cuales le han recibido y mantienen la comunión con su Espíritu. Pero una vez más la Escritura nos aclara que para nacer de nuevo hace falta la voluntad de ese Espíritu, sin mediación humana alguna (Juan 1 y 3).

    El nuevo nacimiento equivale a la circuncisión del corazón; el corazón engreído y suspicaz, perverso más que todas las cosas, lo posee cada ser humano por naturaleza. Sin embargo, existe otro corazón que viene por trasplante; la Biblia habla de un corazón de carne que reemplaza el corazón de piedra. Por lo tanto, los que hemos sido operados ya no poseemos más ese corazón perverso del que hablara el profeta Jeremías. Ahora tenemos el corazón de carne, con un espíritu nuevo que ama el andar en los estatutos de Dios; ese es el corazón del cual hablara el profeta Ezequiel.

    Todo proviene del Padre, así que todos aquellos que el Padre envía al Hijo creerán en el Hijo. Esta conducción del Padre no se basa en méritos humanos sino en la gracia soberana de Dios. Los que el Padre lleva a Cristo creerán y serán resucitados en el día último. Esta enseñanza dada por Jesús, recogida por Juan en su Evangelio, Capítulo 6, nos muestra tanto la incapacidad humana como la soberanía absoluta de Dios. Estando el hombre muerto en delitos y pecados no puede levantar la mirada hacia el sanador de su alma.

    Claro que Jesús dijo que quien a él viene nunca tendrá hambre, que quien en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Pero habiéndolo dicho no creían en él, a pesar de haberse contemplado sus milagros. Por esa razón, Jesús continuó con su pedagogía dándonos el resumen de la razón por la cual no creían: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37).

    La inhabilidad humana resalta en Juan 6:44, cuando el Señor afirma: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. El Padre arrastra a la persona a Cristo, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO; este verbo lo utilizan los marineros para referirse al trabajo que hace un barco cuando arrastra a otro barco varado en el mar. Esta doctrina era enseñada por los apóstoles, creída por los creyentes sin dejar lugar a dudas. En el libro de los Hechos se lee al respecto: … y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    La declaratoria en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que la fe no es una condición para ser ordenados para vida eterna. No se trata de que Dios haya visto en el túnel del tiempo quién habría de tener fe y quién no; se trata de un regalo que Dios da a quienes Él ha querido darlo. Su soberanía impera por siempre, sin que Él deba consultar con nadie. Estos gentiles paganos descritos en Hechos no tenían ninguna disposición para la fe de Cristo. No estuvieron jamás habituados a ello, como si fuere un requisito para llegar a creer. Al contrario, los gentiles son marcados por su alejamiento del pueblo del libro (Israel), por su ignorancia respecto a las cosas de la vida eterna. Además, los gentiles fueron llamados paganos, servidores de la idolatría y de los demonios, lo cual los indisponía por su naturaleza para ser considerados como candidatos al reino de los cielos.

    Se deduce de la enseñanza de Jesús, recogida por Juan, que la salvación es particular. No vino Jesús al mundo a redimir a todo el mundo, sino a los que el Padre le dio. Por esa razón, en forma coherente, Jesús no rogó al Padre por el mundo, sino por los que le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de esos primeros apóstoles. Esta es la razón del gozo del apóstol para los gentiles, cuando se refirió a esa cadena de oro de la salvación (Romanos 8:30): los que hemos sido predestinados, llamados, justificados y glorificados, por causa del amor (o el conocimiento previo de Dios).

    Ya hemos dicho en otros escritos que el conocer en la Biblia presupone algo más que un acto cognoscitivo, también se refiere al acto de tener comunión íntima. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; José no conoció a María hasta que dio a luz al niño. Nunca os conocí, dirá el Cristo a muchos que afirman ser de él; a vosotros solamente he conocido de entre toda la tierra (Amós 3:2). Los ejemplos abundan para ilustrar que ese conocimiento previo del Señor se refiere, de acuerdo al contexto en que aparecen esas expresiones, al acto íntimo de comunión de Dios con los suyos.

    Según nos escogió en él, antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5). Cuando el apóstol Pablo escribió su carta a los romanos, enfatizó en el hecho de que ningún ser humano será justificado por las obras de la ley divina, ya que la ley tenía el propósito de la didáctica del pecado (Romanos 3:20). La ley no fue dada para verificar si el libre albedrío humano conducía hacia Dios, sino más bien llegó para demostrar nuestra incapacidad en cuanto a la libertad de volición. La Escritura no nos enseña nunca que el ser humano posee la capacidad de obedecer el mandato divino.

    La humanidad en su estado caído sufre de plena incapacidad para ir hacia Dios (Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios -Romanos 8:8). La salvación depende enteramente de la gracia de Dios; si por gracia, entonces ya no es por obras, no sea que la gente se gloríe. Esta gran verdad bíblica debería llevarnos al reconocimiento de nuestro estado de necesidad, al punto en que nos dispongamos a suplicar al Omnipotente por su piedad. Pero para eso, ¿quién es suficiente? Si el Espíritu de Dios no otorga el nuevo nacimiento, la gente seguirá en su estado de depravación total (alejados de la ciudadanía de los cielos, morando solamente en la tierra bajo el príncipe de las potestades de las tinieblas).

    Mucha gente vive todavía sin que Dios le haya otorgado hasta el presente un corazón que entienda, ojos que vean y oídos para oír su palabra. Espiritualmente esa gente sigue en la ceguera; por lo tanto urge que Dios circuncide el corazón para que el ser humano pueda amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma (véase Deuteronomio 29:4 y 30:6). Finalmente nos toca decir lo que ya la Biblia afirmó: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

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  • FALSOS TESTIGOS DE JEHOVÁ

    Los Testigos de Jehová se conocen por su marcado proselitismo, semejantes a los viejos fariseos que recorrían el mundo en la búsqueda de un seguidor. Se hacen llamar testigos, pero en realidad son de falso testimonio. Su doctrina va contra las Escrituras, con el énfasis en ciertas palabras del griego que ellos interpretan literalmente, fuera de su contexto y muchas veces con grave desconocimiento del sentido gramatical.

    En cuanto a la Divinidad de Cristo, aseguran que Jesús fue creado, diciendo que es inferior al Padre, para lo cual utilizan un texto sin contexto: Colosenses 1:15. Este versículo dice así: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Jesús no es la primera criatura que Dios haya hecho, sino que en él fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16; Juan 1:1-3). La palabra primogénito significa el primero de una familia, pero por igual tiene el sentido del mayor de todos o de ser el principal. Asimismo, primogénito quiere decir la causa de todo cuanto se ha hecho, alguien que tiene la preeminencia. Fijémonos en Romanos 8:29, que nos asegura que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

    En este último texto vemos una forma subjuntiva (para que él sea), lo cual presupone que existe una condición previa: que hayamos sido predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Es decir, una vez que fuimos predestinados Jesucristo llegó a ser el primogénito entre muchos hermanos. Sin predestinación Jesús no hubiese sido el primogénito, sino solamente el unigénito. Sin embargo, de acuerdo al texto que citamos de Juan 1, Jesús es el Creador de todo cuanto existe. Nadie podría seguir el disparate de que Jesús es su propio Creador, ya que Dios existe desde siempre.

    El texto de Colosenses 1:16-17 asegura que en Cristo fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, dominios, sean principados o potestades, todo fue creado por medio de él y para él. Y él (Jesucristo) es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.

    Jacob fue el segundo, después de Esaú; sin embargo, se puede decir igualmente que Jacob fue el primogénito (porque arrastró con él los derechos de la primogenitura, la bendición especial de Isaac su padre). Los testigos falsos de Jehová no podrían entender esa primogenitura de Jacob porque se adhieren a la letra y olvidan el espíritu (es decir, el contexto).

    Jesús, sin ser creado, como Creador, tiene la preeminencia (primogenitura) sobre toda la creación. La Escritura lo afirma por doquier, llamándolo a él Emmanuel, que significa: Con nosotros Dios (Mateo 1:23; Isaías 43:11). Jesucristo es Jehová el que salva. Existe un texto en Hebreos 12:23 que refiere al concepto de la primogenitura. El autor señala que los creyentes nos hemos acercado a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos. A la iglesia de Dios se le compara con la asamblea de primogénitos, todos igualados en amor. No se refiere solamente a los apóstoles como los primeros frutos del Evangelio, sino a cada creyente igualado en el amor divino, ya que el mismo trabajo hizo Cristo en la cruz por una oveja como por otra. Por esa primogenitura tenemos derecho a la misma herencia, sin discriminación; he allí el sentido de ser el primogénito.

    En síntesis, la Biblia nos relata sobre la primogenitura del Hijo de Dios, no porque él haya sido creado sino porque tiene la primacía en todos sus hermanos. Esos primogénitos señalados en el libro de Hebreos están inscritos en los cielos, no en la tierra. Jeremías 17:13 nos habla de los que se olvidan de Jehová que serán inscritos en la tierra. Vea usted la diferencia de la inscripción: los que rechazan a Jehová tienen sus nombres inscritos en la tierra, donde yace su morada; los que nos acercamos por cuanto fuimos atados con cuerdas de amor tenemos el nombre inscrito en los cielos.

    Otro punto grave de los falsos testigos de Jehová toca el tema de su rechazo a la Trinidad. Ellos la señalan como una doctrina pagana, diciéndonos que solamente Jehová es Dios, en tanto Jesús es un ser creado y el Espíritu Santo una fuerza. La enseñanza sobre la Trinidad está manifestada a lo largo de la Escritura, no solamente en el Nuevo Testamento, con el célebre relato del bautismo de Jesús, o con las admoniciones a no contristar al Espíritu Santo (de Dios), o al hecho de que Él (el Espíritu Santo) nos guía a toda verdad. Sabemos que una fuerza no tiene tal capacidad racional ni mucho menos una relación personal con alguien.

    El Espíritu Santo es llamado nuestro Consolador (el Parakletos) prometido por Jesús. En el Génesis 1:26 se habla de una pluralidad divina regida por un verbo en singular (en lengua hebrea). Cuando se dice Oye, oh, Israel, Jehová el Señor uno es, en realidad se está usando un término hebreo que significa unidad. Isaías dice este verso esclarecedor, para aquellos que son llevados hacia la vereda de la certeza: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu.

    En este texto citado de Isaías vemos a tres personas: 1) el que habla (que no es Isaías, ya que él no estuvo desde el principio); 2) Jehová el Señor quien lo envía; 3) el Espíritu quien también lo envía. Es decir, tanto Jehová el Señor como el Espíritu envían a Jesús el Cristo, enseñándonos provechosamente, encaminándonos por donde debemos seguir.

    Uno de los textos preferidos por los que niegan la Trinidad como concepto de las Escrituras se encuentra en Deuteronomio. Veamos la explicación filológica del texto en cuestión para clarificar aún más lo que la Biblia nos enseña. La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo traducido, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferimos la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida por tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    César Paredes

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  • RENACIDOS POR LA PALABRA DE DIOS; NO POR PENSAMIENTO POSITIVO (1 Pedro 1:23)

    Pedro nos asegura que hemos sido renacidos de la simiente incorruptible, por la palabra de Dios. Ese Dios vive para siempre, da vida a quien quiere darla y endurece a quien desea endurecer. Su palabra viva y eficaz nos hace nacer de nuevo, ya que la fe viene por el oír la palabra del Señor. Predicamos el evangelio y esta buena noticia hace que la gente crea, pero solo creerán aquellos que han sido enseñados por Dios: Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6: 45; Isaías 54:13, que habla de los hijos de Israel, el Israel de Dios).

    No en todos se produce el nuevo nacimiento, como la Escritura por igual resalta. Muchos de los discípulos de Jesús que lo seguían por mar y tierra dijeron que sus palabras eran duras de oír. Al escucharlas se retiraron murmurando; así que la predicación de las buenas nuevas de salvación endurece a muchos. Lo que resulta por igual una verdad es que no hay forma de salvación si no es por medio de la palabra del evangelio de Cristo. De esa manera somos renacidos por medio de la simiente incorruptible, como también expresó Jesucristo: por la palabra de ellos (los apóstoles), cuando oraba aquella noche aciaga en el Getemaní (Juan 17).

    Hoy día aparece un nuevo peligro con la influencia de la doctrina de la Nueva Era. Ya lleva tiempo entre nosotros, pero se acentúa cada vez más. La gente habla del pensamiento positivo, como si pudiésemos cambiar la realidad que nos circunda. De allí que cobre fuerza lo expresado por el apóstol Pedro, que tenemos que adherirnos a la palabra de la simiente incorruptible. En esa palabra hayamos la descripción de la fe de Cristo, en lo que cada creyente debe crecer a diario. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, no es de todos la fe sino que ella viene como un don del Señor.

    No existe poder sobrenatural en el pensamiento positivo; tal vez nuestra mente se sienta en confort si pensamos positivamente pero la realidad no cambia nada. La Biblia nos educa al respecto, que hombres soberbios se han levantado en la humanidad (hombres que suponen tienen el poder sobre los demás seres humanos y que se han proclamado dios de ellos). Nabucodonosor es un buen ejemplo de pensador positivo; pensó tanto en sí mismo que ordenó construir una estatua de él para que todos la adorasen. La lección la encontramos descrita para nuestro provecho, habiendo sido humillado como una bestia del monte, tuvo que soportar unos largos años de castigo para que aprendiera quién es el soberano en la tierra y en el universo.

    Ciertamente, la Escritura nos ordena pensar en todo lo justo y en todo lo amable, en aquello que tenga algo digno de alabarse. Nos exhorta a no andar en procacidades, en no pronunciar aquello que corrompe a los oyentes. Recordemos que aún en nuestra soledad nosotros nos escuchamos a nosotros mismos, así que si tenemos el Espíritu de Dios tampoco debemos contristarlo en nosotros. La Biblia también nos habla de la confianza que debemos de depositar en el Todopoderoso que nos cuida a diario, en sus benevolencias para con sus hijos. Nos dice que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que hemos sido llamados conforme a su propósito.

    Pero la Biblia no puede ser considerada como un libro de pensamientos positivos, como un argumento de autoridad para que militemos en esos pensamientos y transformemos las cosas. De todas formas, hay textos que nos advierten por igual acerca de lo que debemos pensar. Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él (Proverbios 23:7); pero de acuerdo al contexto sabemos que Salomón se refiere al hombre avaro. Esa persona dice: Come y bebe, pero su corazón no está contigo. También nos advierte Salomón que no debemos hablar a oídos del necio, porque menospreciará la prudencia de nuestras razones. Hay muchas cosas que conviene aprender de las Escrituras: Aplica tu corazón a la enseñanza, y tus oídos a las palabras de sabiduría (Proverbios 23:12).

    Vivimos una época de teologías diluidas, sin apego a la doctrina de Cristo. Las falsas doctrinas toman partes aisladas de la Biblia para hacer ver como contenido divino aquello que pervierte el alma. La Biblia dice que todo lo podemos en Cristo que nos fortalece, pero ello no implica que podamos cambiar los resultados o los eventos futuros si los pensamos con una visión positiva. La Biblia nos habla de tener fe en Dios, de confiar en su palabra; pero no nos dice nunca que confiemos en nosotros mismos. Al contrario, dice así la Escritura: Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia (Proverbios 3:5-8). No debemos ser sabios en nuestra propia opinión, sino temer a Jehová el Señor. Asimismo, la Biblia es tajante contra aquellos que confían en sus propios pensamientos como si fuesen un baluarte de protección. Maldito el hombre que confía en el hombre, que se apoya en fuerzas humanas y parta su corazón del Señor; será como una zarza en el desierto: no se dará cuenta cuando llegue el bien (Jeremías 17:5-6).

    La Biblia habla de la bendición de aquella persona que pone su confianza en Jehová, porque será como un árbol plantado junto a las aguas, que junto a las corrientes echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde. Agrega que Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9). Pero nosotros los creyentes debemos tener en cuenta que ya hemos recibido un corazón no engañoso para amar el andar en los estatutos del Señor (Ezequiel 36:26-27). Ese corazón de piedra (engañoso) nos fue quitado para recibir el de carne.

    El mundo sigue con el corazón engañoso y perverso, por eso recibimos maldición cuando confiamos en las personas no regeneradas por Dios. De igual forma, nuestra confianza debe ir dirigida siempre al Señor, ya que de esa manera recibiremos la bendición (Jeremías 17:7). Nosotros no tenemos fuerza magnética que arrastre cosas buenas, ni podemos crear nuestra propia realidad con fantasías. Los estoicos desarrollaron un pensamiento interior que les permitía huir de la realidad externa, pero no por ello la cambiaron o la modificaron.

    Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros cambia nuestra forma de pensar. Pero no creamos que esa nueva forma de pensar modificará las cosas externas o internas de alguien. Simplemente reconoceremos que toda buena dádiva viene de arriba, de Dios mismo (Santiago 1:7). Para mejorar nuestra vida no podemos sustentarnos en algo tan etéreo como el pensamiento positivo, como si pensando en ello resultare una magia extraña. Cuidado con esos juegos que bordean lo esotérico; nuestra verdadera espiritualidad se fundamenta en la relación con Cristo.

    Eva pensó positivamente en el Edén, cuando la serpiente le mostró que con la desobediencia podía alcanzar el conocimiento del bien y del mal. El resultado fue espantoso; la obediencia a Dios, en cambio, nos muestra el camino para recibir su bendición especial. Tenemos la mente de Cristo, así que estamos capacitados para ser instruidos y alcanzar calidad en aquello que hagamos de acuerdo a la instrucción recibida (1 Corintios 2:16). Dios nos enseña a cada uno de los que ha sido ordenado para vida eterna; aquellos que Dios ha dado y dará al Hijo, llamados también los escogidos del Señor, son oportunamente enseñados por el Padre para que aprendan a ir hacia su Hijo (Juan 6:45).

    Esa es una enseñanza especial que da Dios a cada uno de sus escogidos, para que por medio de la palabra comprendan que Jesús es el pan de vida, la fuente de agua para vida eterna, el Cordero de Dios que quitó todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Como dijo Juan en una de sus cartas: Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo, dando a entender con ello que no lo fue solamente de un grupo de judíos sino también de un gran grupo de gentiles. En realidad, esto cumple la profecía que advertía a la estéril que mayor serían sus hijos que de la que tiene marido (Gálatas 4:27).

    César Paredes

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  • ELECCIÓN PRECISA

    Jesús dejó por fuera el mundo de las cabras, por lo tanto no quiso rogar por ellas la noche previa a su crucifixión. En Juan 17:9 podemos leer al respecto; de igual manera, a lo largo de su oración se refiere en varias oportunidades al mundo como concepto. En el verso 6 afirma que esas personas que el Padre le dio fueron tomadas del mundo, mientras en el verso 2 había asegurado que el Padre le dio toda potestad sobre toda carne (sobre toda persona), pero el objetivo consistía en darle vida eterna a todos los que el Padre le había dado. En síntesis temprana, debemos asegurar que Jesús no estuvo interesado en salvar a ninguna persona que el Padre no le hubiera dado para tal fin.

    En el verso 12 de Juan 17 Jesucristo aseveró que ninguno de los que el Padre le había dado se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Hablaba de Judas el que lo habría de traicionar, el que también había sido elegido junto con los doce sabiendo el Señor que era diablo (Juan 6: 70). Los elegidos de Dios, una vez que hemos sido llamados eficazmente, somos santificados (separados) en la la palabra verdadera. Tenemos un grupo de características comunes: 1) no pertenecemos al mundo (Jesucristo tampoco perteneció a este mundo -Juan 17:16); 2) el mundo nos aborrece (verso 14), lo que implica que el príncipe que gobierna el mundo nos tiene por enemigos (Siempre somos marcados como ovejas para el matadero, siempre se nos desafía porque ven en nosotros una señal que perturba al mundo);

    3) Conocemos a Dios, aunque el mundo no conoce al Padre justo, (Juan 17:26).

    En Juan 15 leemos lo que Jesús había hablado antes a sus discípulos, refiriendo del odio del mundo hacia ellos. Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo (Juan 15: 19). Y los que odian a Jesús odian por igual a su Padre, ¿qué podemos esperar nosotros sino un trato semejante?

    Hay gente que milita en el argumento de cantidad, razonando falazmente la idea de que la mayoría tiene la razón. Hay gente que muerde los números, que recorre el mundo en busca de un prosélito (seguidor) pero que lo hace doblemente merecedor del infierno de fuego. Doblemente por cuanto si ya estaban perdidos ahora siguen la doctrina de otros que también andan perdidos. Se hace necesario cuidarse de los pastores que aman la adulación, ya que la iglesia que busca la aprobación del mundo debe llamarse sinagoga de Satanás (Apocalipsis 2:9 y 3:9).

    Pero si Cristo nos redimió de la culpa y del pecado, si nos compró con su sangre, si dio su vida por los pecados de todo su pueblo, entonces estamos convencidos de que nadie nos podrá separar del amor de Dios. Y amamos a Dios porque Él nos amó primero, como lógico resulta que el mundo no amado por Dios lo odie por siempre. Debemos purgar de nuestra mente los errores interpretativos de lo que nos acontece, como si hubiese elementos que anuncian nuestra separación del Señor. Él permanece fiel, dice la Escritura.

    No estamos puestos para la ira de Dios, más allá de las correcciones que el Padre haga en cada vida de cada uno de sus hijos. Si Dios una vez nos abrazó en su amor eterno, debemos esperar su perpetua misericordia, como lo escribió Jeremías el profeta (Jeremías 31:3). Participamos en una carrera hacia el Padre, llegaremos cansados pero vamos seguros de llegar. La razón resulta simple: no depende de nosotros sino del que nos ha llamado. Dios no nos deja correr esta carrera en nuestras propias fuerzas, dado que su voluntad ha sido que Jesucristo no pierda nada de lo que Él le ha dado (Juan 6:39).

    Si el creyente ha sido justificado por la gracia divina a través de la redención en Cristo Jesús (Romanos 3:24), si sabemos que ningún hombre puede ser justificado por sus obras de ley, sino solamente por la fe de Jesús el Cristo (Gálatas 2:16), entendemos que la justificación tiene un contenido legal. Si la paga del pecado es la muerte eterna, el regalo (la justificación) de Dios es vida eterna. Ante un infinito pecado (la ofensa de la gloria divina por medio de la transgresión) se impone una infinita justicia para mediar ante la ira de Dios. Es Dios un Dios Justo que justifica al impío, sí, pero a cualquier impío que haya sido objeto de la muerte de Cristo (Mateo 1:21).

    Habiendo Cristo padecido por todos los pecados de todo su pueblo, la ira de Dios se consumó en él y pasó por alto el castigo que merecíamos. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Si alguno reposa en sus obras humanas, porque las considera buenas, debe entender que a los ojos de Dios son como trapos d mujer menstruosa (Isaías 64:6). Todos pecaron y todos están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23), de manera que solamente los que reposamos en la justicia perfecta de Jesucristo sabemos de la certeza del perdón (Salmos 32:1-2).

    El fruto inmediato de la regeneración es creer que Jesús es el Cristo. El falso Jesús no es predicado en la Biblia, así que no vale creer en Cristo por aproximación. Esto es, la doctrina del Hijo -que es la misma doctrina del Padre- debe ser asumida en su totalidad. El que se aparta de tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). No podemos decirle bienvenido a ninguna persona que no traiga la doctrina de Cristo, no podemos darle un abrazo de hermano, ya que esa persona nos haría participar en sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

    El Señor sigue teniendo palabras de vida eterna, pero hay quienes murmuran ante esas palabras claras del Evangelio. Esa voz parece dura de oír, por lo cual la gente se retira opinando que nadie puede oírla. Jesús sigue diciendo: Pero hay algunos de vosotros que no creen. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 64-65). Solamente los nacidos de nuevo no se ofenden por las palabras de Jesús acerca de la elección incondicional, de la redención particular que hizo en la cruz en favor exclusivo de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA ÚNICA GRACIA

    Gracia hay una sola, la que emana del corazón de Dios. Dios ama a unos pero odia a otros; lo que no hace es amar y odiar a la misma persona. Por lo tanto, Dios no es esquizofrénico, no es dubitativo, simplemente hace como quiere. Todo lo que quiso ha hecho, dice el Salmo 135:6, sea en los cielos o en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Por la gracia de Dios somos salvos, no por obras para que nadie se gloríe. Así que fue la misericordia divina la que se manifestó en todos cuantos hemos sido llamados de manera eficaz, lo cual demuestra el concepto de la gracia.

    La providencia de Dios es otro asunto; se trata de la provisión para su creación de manera de que se logren todos los fines previstos. Dios le dio vida al Faraón de Egipto, junto con el poder político y riquezas económicas. Lo dotó de la capacidad suficiente para ejercer en su imperio, pero por igual lo cargó de soberbia endureciéndolo el corazón (por eso decimos que lo odió, así como odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal – Romanos 9). Dios proveyó a Judas Iscariote de vida suficiente para que llegara a la edad adulta, le dio todas las circunstancias sociales para que conociera al Mesías enviado. Lo hizo su discípulo para que pudiera traicionarlo. De hecho, Jesús lo escogió sabiendo que era diablo (Juan 6: 70-71).

    Jesús dijo que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero dio un ay de lamento por aquel que traicionaría al Hijo de Dios. Mejor le hubiera sido no haber nacido (Marcos 14:21). Vemos que Jesús no impidió el nacimiento de Judas, sino que proveyó para todo lo previsto desde la eternidad. Estas cosas están escritas en la Biblia, entre otras cosas, para que los hijos de Dios valoremos el significado de la gracia.

    Al anunciar el evangelio le decimos a la gente que cada hombre ha muerto en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios. Le decimos por igual que Dios manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio (la buena nueva de salvación). Esta redención es gratuita, sin costo alguno de parte nuestra, sin que dependa de buenas obras (Deuteronomio 30:6). El arrepentimiento implica la comprensión de la dimensión de Dios frente a la pequeñez del ser humano.

    Si el Espíritu Santo, que es quien da el nuevo nacimiento (Juan 1 y 3), cuando levanta al muerto y le da vida decimos que una oveja fue rescatada. Si el Espíritu no actúa, la persona sigue muerta, incapacitada de ver la medicina que puede curar su alma. Uno predica pero no sabe quién habrá de ser levantado por el Espíritu; también sucede que esa redención no ocurra en el instante en que hablemos, sino que puede acontecer en un futuro. Para eso Dios es el único suficiente.

    En la predicación del evangelio distinguimos dos grupos de destinatarios esenciales: 1) las ovejas que un día serán llamadas eficazmente; 2) los réprobos en cuanto a fe, vasos de ira destinados para destrucción final. Aunque nosotros no sepamos quién es quién en el momento de anunciar el evangelio, la Biblia nos asegura que cuando el réprobo en cuanto a fe escucha y rechaza lo hace porque fue programado para destrucción. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2:15-16).

    No nos puede parecer absurdo llamar a los réprobos al arrepentimiento, ya que la predicación es un medio para que Dios los endurezca más, aparte de que el predicador desconoce quién es un réprobo o quién es una oveja perdida que el Señor vino a rescatar. Jesús sí que sabía quién es quién y por eso dijo la siguiente declaración: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26); asimismo había afirmado antes: Y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Juan 5:40). Isaías 65:2 nos muestra lo siguiente: Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.

    Predicamos y dejamos ante el Espíritu Santo la aplicación de la palabra expresada. Él sabe a quién dará vida, de acuerdo a la elección eterna del Padre, conociendo de igual manera por quién murió Jesús (Mateo 1:21). Con Job nos preguntamos y respondemos: ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9).

    Los creyentes estamos anclados en la salvación eterna dada por la fe de Cristo. Sin Jesucristo no tendríamos ninguna esperanza sólida, siendo él llamado el Justo que murió por los injustos, para que Dios sea también el Dios justo que justifica al impío. Se moverán los montes pero jamás se apartará la misericordia de Jehová, con el pacto de su paz, para todos aquellos de quienes Él ha tenido misericordia (Isaías 54:10).

    Las ovejas llamadas por Cristo oyen su voz y le siguen, porque él las conoce. Asimismo, Jesús les da vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de su mano (Juan 10: 27-29). Las riquezas de Dios son profundas en cuanto a conocimiento, así como sus pensamientos, su sabiduría y sus juicios son inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos (Romanos 11:33-36).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org