Autor: César Paredes

  • LA APOSTASÍA Y LA TRIBULACIÓN

    La Gran Tribulación, para probar a los moradores de la tierra, genera una inquietud por saber si la Iglesia pasará por este juicio divino, la llamada ira de Dios, ya que es parte de nuestro vivir el ser atribulados con diversas pruebas. Al examinar los pro y los contra de una y otra postura, creo que -más allá del deseo de no estar en medio de semejante fuego cruzado por parte de Dios y de Satanás- conviene hacer un examen minucioso en la lectura del Apocalipsis, el libro que mejor anuncia los eventos del fin.
    Cuando comenzamos a leer el capítulo 1 del mencionado libro, el verso 4 ya anuncia el destinatario inmediato: Juan, a las siete iglesias que están en Asia. Más adelante el autor describe el sitio donde se encontraba, la isla de Patmos, por causa del testimonio de Jesucristo (la historia nos habla del destierro a esa isla, en donde se supone que muere entrado en años). En esa isla, en el día del Señor –suponemos que era un día domingo- Juan estaba en el Espíritu y comenzó a oír una voz que le ordenó escribir en un libro lo que él estaba viendo, para enviarlo más tarde a las siete iglesias que están en Asia. Estas siete iglesias tienen una particularidad geográfica, todas se encuentran en Asia, pero además todas ellas, vistas desde las alturas distantes, configuran algo parecido a un círculo. El círculo en la simbología universal señala la idea del continuo, de lo que no acaba, de aquello que empieza y termina con él mismo, de algo que visto a cierta distancia pareciera que pudiera comenzar y terminar en cualquier sitio. Las iglesias son enumeradas, y hay una primera seguida de una segunda, hasta llegar a la séptima que cierra el círculo. Esta aclaratoria es de importancia por cuanto en Asia existían más de siete iglesias; fuera de Asia también existían muchas más. Esto nos llevaría a las interrogantes de ¿por qué siete y no ocho o dieciséis, o por qué no nombrarlas a todas?
    Recordemos la simbología del número siete que es número de perfección. En el séptimo día descansó Dios de hacer su obra de la creación; el séptimo día es el del reposo, el que se dedica al Señor. Si el seis es número de hombre, y el tres denota trinidad en la Biblia, el triple 6 ó 666 es el hombre tres veces divinizado, tres veces rebelado contra Dios. Es por lo tanto la encarnación de la Bestia que se opone a Dios. Los números en la Biblia también tienen su significado y su razón de estar nombrados en determinados momentos y circunstancias.
    Siete iglesias distribuidas como un círculo debe llevarnos a la idea de la plenitud de las iglesias, a la totalidad de las iglesias. De allí que el mensaje de Juan no sea un mensaje local, restringido a un momento histórico pasado, a un grupo mínimo de comunidades eclesiásticas, marginando a la mayoría de las iglesias existentes en ese momento y mucho menos marginando a las iglesias que existen a lo largo de la historia del cristianismo. Es por lo tanto un símbolo de la totalidad de las iglesias, por lo cual conviene denominarse como el mensaje para la Iglesia en general.
    A medida que se menciona cada iglesia se le subrayan sus características y el Señor les anuncia a todas que Él conoce sus obras. Llama la atención que cerrando el conjunto aparecen las dos últimas iglesias: Filadelfia y Laodicea. A Filadelfia se le dice que tiene una puerta abierta que nadie puede cerrar, pues aunque es una iglesia de poca fuerza esa iglesia tiene el mérito de haber guardado la palabra de Cristo (yo diría la doctrina de Cristo) y se ha atrevido a no negar su nombre en medio de un mundo que quiere apagar el nombre de Cristo. Una gran promesa le es anunciada a este período que ella representa: Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra (Ap.3:10).
    En cambio, la iglesia que cierra el grupo, la del último período, cuyo nombre significa algo como la justicia del pueblo o el pueblo que gobierna, por el compuesto étimo de Laos –pueblo- y Diké –justicia, que puede ser también metafórico de gobernanza, da a entender que es la iglesia democrática, que toma sus propias decisiones, que se gobierna a sí misma, ha dejado al Señor mismo fuera de la iglesia. El Señor le dijo que estaba a la puerta llamando, para enfatizar que no está dentro de esa iglesia. Existen muchas razones para estar fuera: una iglesia que apesta pues le produce náuseas y vómito al Señor; se trata de una iglesia engreída, cargada de soberbia, de poder humano: tiene de todo, es rica y no necesita ni de Jesucristo, pues posee seminarios, doctrinas (en plural), intérpretes, profetas, libros exegéticos, diversas traducciones de la Escritura, nuevas interpretaciones actualizadas al momento histórico en que vive, se adapta al cambio sociocultural de las masas, posee muchos militantes, en otros términos, no tiene necesidad de nada. A esta iglesia no le promete ni la puerta abierta ni la liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero. Puede muy bien ser la iglesia apóstata que habrá de pasar por la Gran Tribulación, que ya no es iglesia por cuanto ha sido vomitada de la boca del Señor, al ser indigerible como asamblea de creyentes. Tan sólo queda en ella un conjunto de seres individualizados, que todavía tienen el chance de oír aisladamente la voz del Maestro que los invita a cenar (a la comunión íntima). Una vez que Juan oye la voz que le anuncia el mensaje a las siete iglesias, miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz que le decía: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas. Distingamos que la expresión después de esto viene precedida de la conclusión del mensaje a las siete iglesias. Además, la posición geográfica-casi circular de las siete iglesias, connota lo que empieza y lo que acaba como una totalidad absoluta. ¿Qué significa después de esto?Simplemente después de recibir el mensaje para las siete iglesias, después de haber hablado de lo que habrá de suceder a la iglesia en general.

    Juan miró una puerta abierta en el cielo y escuchó una voz diciéndole que subiera allá, pues le mostrarían las cosas que sucederían después de lo antes dicho. Hay un orden establecido en la visión de Juan: primero recibe el mensaje para la iglesia, después es llamado al cielo donde se le muestra lo que sucederá después de lo profetizado para la iglesia. Con el señalamiento de te mostraré las cosas que sucederán después de estas, usted puede buscarlas en el libro de Apocalipsis a partir del capítulo 4, pero tenga en cuenta que van a suceder después de que sucedan las otras cosas anteriores, referidas al período de la iglesia. Lo que va de primero es el mensaje a las siete iglesias.
    Se habla a partir de allí de la adoración celestial, del rollo y del Cordero que fue el único digno de abrirlo, de los sellos y de algo muy importante, una multitud de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, delante del trono y en la presencia del Cordero, y se le dijo a Juan que esos habían salido de la gran tribulación, y habían lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Podría muy bien tratarse del remanente dejado de Laodicea que se arrepiente en medio de la lucha que supone vivir bajo la gran tribulación, que oyó la voz del Señor, desde fuera de la iglesia, a la puerta, invitándoles a cenar con Él. Sigue el séptimo sello, con siete trompetas que fueron tocadas una a una, y cada una de ellas traía castigo a la tierra. A Juan parece habérsele revelado el tiempo del fin, pues se le prohibió escribir (cap.10 verso 4) lo que había oído y lo que seguía a continuación, que el tiempo no sería más (verso 6).
    Después de eso tuvo que seguir escribiendo lo que tendría que profetizar acerca de muchas naciones, pueblos, lenguas y reyes. Entre otros eventos aparecen la mujer y el dragón, dragón que es Satanás persiguiendo a la mujer, la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, el que fue arrebatado para Dios y para su trono. Esa mujer no es otra que Israel, la de la promesa del Génesis 3:15, cuando se habla de la enemistad entre la simiente de Eva y la simiente de la serpiente, y esa simiente de Eva no es otra que la prometida a Abraham cuando se dice En Isaac te será llamada descendencia, cuya descendencia refiere a la simiente que es Cristo, el único con capacidad para herir a la simiente de la serpiente (el Anticristo). Por ello, cuando el dragón persigue a la madre del niño que regirá con vara de hierro a las naciones, no persigue sino al pueblo de Israel quien representa a la madre de ese niño, pues por la vía de Isaac y su descendencia nació Cristo. Nosotros nos preguntamos a estas alturas de la lectura del Apocalipsis, ¿por qué razón el dragón no persigue a la Iglesia de Cristo? ¿No es su enemiga esencial? La única razón lógica textual que encontramos es que esa iglesia enemiga de Satanás no estaría en la tierra cuando estas cosas estén sucediendo.
    Siguen los eventos de las dos bestias del abismo, las copas de la ira de Dios, la condenación de la gran ramera, la caída de Babilonia, el misterio religioso pagano y político. Podemos referirnos al Anticristo como la bestia cuyo imperio todavía no ha venido. Si miramos en Apocalipsis 17:8-11, verificamos que Juan hablaba de un bestia que era, no es y está para subir del abismo. Es decir, era del imperio de Roma, no es por cuanto todavía no había llegado, pero vendrá al subir del abismo. Nos indica que el hombre de pecado, el hijo de perdición, la abominación desoladora, entre otros calificativos bíblicos para este engendro satánico, debe proceder de lo que era ese imperio romano. Si miramos las profecías de Daniel observaremos a un príncipe que ha de venir; no sabemos sino que hará un pacto con muchos y en referencia con la nación judía.

    A Daniel se le habló de 70 semanas relacionadas con su pueblo (judío) y su santa ciudad (Jerusalén; Daniel 9:24). En el desglose que hace el ángel respecto a los particulares de la división de esas semanas, siete más sesenta y dos semanas, el verso 26 arranca con una interrupción de las 70 semanas, un paréntesis si se quiere, bajo la expresión siguiente: Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías … y el pueblo de un príncipe que habrá de venir destruirá la ciudad y el santuario (hecho ocurrido en el año 70 d.C.). El verso 27 agrega: Y por otra semana (la setenta) confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda. El estilo narrativo de Daniel se da en forma cronológica, un evento primero y después el otro.

    En la profecía de Juan, el ángel le aclaró al apóstol que esta bestia (el Anticristo) será uno de los reyes anunciados, pero que será igualmente no solo el siete sino el ocho. Probablemente se deba a que este personaje sufrirá una herida como de muerte, lo verán sin vida y se levantará cuando esa herida sane (Apocalipsis 13:3). Juan, en Apocalipsis 17, menciona una bestia con siete cabezas que son siete montes y siete reyes. Referente a los reyes asegura que cinco de ellos han caído (antes de la época del apóstol Juan), uno es y el otro no ha venido. Es decir, se debe ser cuidadoso con la interpretación de lo que la letra anuncia, ya que si se habla de reyes, de los cuales cinco ya habían caído hasta la época en que Juan escribe, no puede referirse al papado que no existía para ese entonces. Lo más seguro, de acuerdo a los estudiosos de la materia, es que se refiera a los cinco imperios caídos hasta ese momento: Egipto, Asiria, Babilonia, Medo-Persa y Grecia. Juan escribía mientras vivía bajo el imperio de Roma.

    Ese último imperio (el séptimo) durará breve tiempo, los siete años de la semana que falta por cumplir, lo que concuerda con el período denominado la tribulación y la gran tribulación. Es entonces que se manifestará la abominación desoladora de la cual habló el profeta Daniel, de acuerdo a las palabras de Jesucristo en Mateo 24.

    Continuando con el esquema de Apocalipsis, vemos que inmediatamente después se oyen alabanzas en el cielo, un ¡ALELUYA! por los juicios verdaderos y justos, porque se ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra. Y más gritos de ¡Aleluya! porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado (Ap.19: 7-8). Y el ángel le dijo a Juan que escribiera que Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Después de las Bodas del Cordero, es decir, del matrimonio entre Cristo con su Iglesia, Iglesia que está en el cielo en ese momento de las bodas, Juan ve el cielo abierto y al caballo blanco y a Jesucristo montándolo, viniendo a la tierra para hacer justicia y tomar venganza en sus manos, y fue apresada la bestia y el falso profeta, y lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Siguió mirando Juan y vio lo de los mil años, el juicio ante el gran trono blanco, el cielo nuevo y tierra nueva, así como la nueva Jerusalén.
    Entonces queda claro por el texto que existen varios hechos relatados por Juan en un orden cronológico y lógico-textual. Ello permite afirmar sin temor a equívocos que la iglesia de Cristo que está en el cielo casándose con Cristo no puede pasar por la Gran Tribulación, sino que habiendo sido librada de la ira de Dios y del azote de Satanás en el período de siete años anunciado por Daniel en su famosa semana setenta, estará presente en sus bodas celestiales Pasará, sí, la iglesia apóstata, la iglesia tibia, la que Jesús vomita. Se arrepentirán los que Él tenga señalados para tal fin. Estos eventos relatados por Juan los vamos a resumir una vez más, para recordarlos más fácilmente:
    1-Que a Juan se le reveló acerca del destino de las siete iglesias, que conforman un círcuito geográfico, simulando con ello la idea de un período completo de existencia;
    2-Que se escogieron siete iglesias en lugar de las decenas de iglesias existentes en ese entonces, queriendo configurar con ello una significación especial, pues siete es el número de la perfección divina connotada innumerables veces en las Escrituras;
    3-Que la manera como está escrito el mensaje para cada iglesia da a entender un período in crescendo, es decir, un período progresivo en la historia, finalizando con las dos últimas iglesias, una a quien se le promete liberación de la hora de la prueba que ha de venir sobre los moradores de la tierra, y otra a quien no se le promete nada, sino que es vomitada por su tibieza y apostasía;
    4-Que finalizado el mensaje a las iglesias, el Señor mismo le indica a Juan que suba al cielo –ya no va a estar en la tierra como miembro de la iglesia- para que vea lo que va a suceder después de lo que acontecerá con ellas. Recordemos que una de las cosas que acontecerá a la iglesia es su oferta de liberación de la hora de la prueba (Ap.3:10). No dice el texto que los librará EN la hora de la prueba, sino DE (EX) esa hora. Su liberación de la hora de la prueba, da a entender que ella estará fuera de ese momento de tribulación, ya que la preposición griega ek se traduce como ex, fuera de;
    5- Después de estas cosas, es decir, después de lo sucedido a la iglesia acontecerán unos eventos pormenorizados de juicio e ira divinas. Y el Señor no nos ha puesto para ira, como señalan otros textos de la Escritura. Altamente significativo resulta mirar el texto de Tesalonicenses donde Pablo ordena los eventos a ocurrir antes de la Segunda Venida de Cristo. La venida del Señor viene después de que ocurran dos eventos: 1) la apostasía; 2) la manifestación del hombre de pecado (Anticristo).

    La gran mayoría de cristianos nos hemos dejado llevar (las más de las veces) por los diccionarios religiosos; el término apostasía significa el estado en que caminan los que se apartan de los principios del Evangelio. Eso es cierto, pero no es el único sentido del término. Ese sentido viene contaminado por la literatura religiosa cristiana de siglos atrás, si tenemos en cuenta que los vocablos se semantizan y desemantizan. Sí, ellos toman nuevos significados y se despojan de otros. En el contexto en que Pablo escribe conviene mejor buscar un diccionario etimológico griego que refiera a la época en que el apóstol escribió, para determinar lo que quiso decirnos.

    Cerca de once versículos existen en el Nuevo Testamento con el término apostasía tal como lo vemos, o bajo la forma verbal: apostatar. Por ejemplo, en el libro de los Hechos cuando el ángel le libera de las cadenas de prisión a Pedro, le ordena atarse las sandalias e ir a la casa donde lo esperaban. Inmediatamente después, el texto griego dice que el ángel apostató de Pedro. Es decir, el ángel se apartó del apóstol. Otros textos nos dan a entender que puede significar divorcio, despedida, separación, un sentido muy distinto del que vemos hoy día: apartarse de la fe, como si fuere una regla. La lengua griega usa preposiciones para anteponerlas a los verbos, de manera que cobren otro significado. APO significa hacia arriba, desde, sobre, encima, etc. El verbo ISTEMI significa ponerse de pie, levantarse, etc. De manera que la combinación de la preposición con el verbo bien puede referirse, cuando se sustantiva, a la levantada hacia arriba, la partida, la despedida de este mundo, la separación de este mundo, al divorcio de este mundo, etc. No es forzoso que tenga el sentido religioso que se ha incorporado después de que Pablo escribiera la carta, de acuerdo a las interpretaciones hechas por siglos.

    Pablo pudo resumirle a los hermanos que no se angustiaran por lo que le habían dicho con una carta fraudulenta, que el Señor ya había venido y los había dejado atrás. Pablo pudo aclararles precisando esos dos hechos, que la venida del Señor no ocurrirá sin que antes sucedan esos dos eventos: 1) la partida (apostasía en griego) y 2) la manifestación del hombre de pecado (la abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel). Aclaro que el hecho de apartarse de la fe ocurre como profecía de Pablo, pero dada en otra carta, cuando dijo que el Espíritu le decía claramente que en los postreros tiempos muchos apostatarán de la fe (1 Timoteo 4:1). Resulta por demás importante mirar el complemento determinativo (genitivo) que acompaña al verbo apostatar. Si el verbo apostatar significara por fuerza apartarse de la fe, el apóstol no habría colocado tal aposición en forma redundante. El ángel tampoco hubiera apostatado de Pedro en la prisión, no se habría hablado del divorcio entre las parejas matrimoniales si eso significara apartarse de la fe, etc. Incluso Pablo y Bernabé disputaban y se apartaron el uno del otro, cita bíblica en la que también se usa apostatar (pero ellos no se apostataron de la fe el uno al otro, sino se separaron uno del otro para evitar las disputas);

    6-Que después de mencionar la cadena de eventos terroríficos para los moradores de la tierra, Juan oyó las voces de gozo por la celebración de las Bodas del Cordero, el matrimonio de Cristo con su Iglesia. Eso sucede en el capítulo 19 versos 7 y 8 de Apocalipsis, poco antes de que el Señor, mencionado en el capítulo 19 versos 11 en adelante, monte su corcel blanco y sea visto como quien viene a combatir en la tierra con sus ejércitos celestiales, para apresar a la bestia y al falso profeta, Por lo cual, mal pudiera el Señor desposarse con su Iglesia si ésta se encontrase en la tierra. Y las bodas se celebran precisamente en el cielo, justamente antes de que él venga en su Segunda Venida.

    Los tesalónicos estuvieron preocupados por una falsa carta, donde se les decía que el Señor había venido y los había dejado. El apóstol los consuela y desmiente esa información, diciéndoles que dos eventos deben suceder antes de la venida del Señor: la apostasía y la manifestación del Anticristo. ¿Cómo puede Jesucristo casarse con su iglesia para después venir a la tierra a juzgar a la simiente de la serpiente si antes no se ha llevado a su iglesia para celebrar las bodas?
    Leer el texto nos da la orientación necesaria para entender lo que el texto mismo propone. Razón tenía el Señor cuando dijo: Examinen las Escrituras…Escudriñen las Escrituras, porque allí está la vida eterna, en ellas está descrita la verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA FALSA GRACIA

    La falsa gracia se asemeja a la falsa humildad, a la apariencia de piedad que no aprovecha. Ya lo decía Jeremías: hablan de paz cuando no la hay (Jeremías 6:4). Algunos reformados demuestran su experiencia en el derrotero que conduce a la muerte, encantados con sus sofismas dejan ver el desvarío de su camino al hablar de la feliz inconsistencia de alguna herejía. Feliz porque suponen que ella no conduce a perdición, dándonos a entender que se puede militar en la falsa doctrina pero como se cree que se está en la verdadera Cristo los comprende. Esto es panteísmo disfrazado, bajo el alegato de alabar al mismo Dios aunque para ellos resulte un ídolo el Jesús que no conocen.

    Pablo lo advirtió en Romanos 10:1-4, al hablar de los judíos de entonces, los que teniendo celo de Dios no actuaban conforme a ciencia (a la razón, al conocimiento). Sí, hay quienes prefieren tener a los sabios de este mundo en sus templos, al filósofo Séneca, como si éstos hubiesen conocido a Dios por la puerta de atrás. Para estos pretenciosos cristianos las palabras de Jesús sobran: Nadie viene al Padre sino por mí. Lo mismo les da que la Escritura afirme que no hay otro mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ya que suponen que el hombre natural puede conocer a Dios por medio de sus vanos razonamientos.

    Si el hombre sin la palabra revelada pudo servir a Dios en pureza de corazón, entonces en vano murió Cristo. Pareciera que poco o nada conocieran del Dios soberano, el que hizo incluso al malo para el día malo. Dios no da por hecho que el paganismo rescate una sola alma del pecado, sino más bien envió a su Hijo en semejanza de carne y sangre para que diera su vida en rescate por muchos. Ese rescate no fue potencial sino actual, no se hizo en apelación a la buena voluntad humana, como si la hubiera. Nuestra voluntad fue contada como la de los muertos en delitos y pecados, para quienes se hace imperativo nacer de nuevo.

    Como para que no tengamos duda se escribió que ese nuevo nacimiento no ocurre por voluntad humana sino de Dios. Es decir, incluso la fe que nos permite asir el evangelio se nos ha dado como un regalo de Dios (Efesios 2:8). Todo el paquete de la salvación viene de Dios: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8). También se escribió que Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Esa fe nos viene, cuando Dios nos la da, por medio del oír la palabra de Cristo (Romanos 10:17). En resumen, la redención que Dios ha hecho tiene su sintaxis en la historia del hombre: el hombre cae en el pecado, muere espiritualmente, es revivido por el Espíritu Santo quien le otorga la fe que se produce cuando oyendo el evangelio es renovado para arrepentimiento. Así que la predicación del evangelio no se niega sino más bien se alienta: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    El que ignora al Dios viviente da fe de que no lo ha encontrado. Poco importa que tenga una vida de piedad aparente, que sea una persona de religión, que se llene de buenas acciones para con el prójimo. De nada le sirve el esfuerzo individual si desconoce la magnitud del pecado impagable y lo que significa el trabajo de Jesucristo. Por otro lado, ¿de qué le sirve al hombre su religión si ignora al Dios soberano? Ese Dios soberano no tuvo en cuenta que Esaú fuera el primogénito de Isaac, de quien vendría la promesa. A ese Dios soberano no le interesó que Esaú fuese nieto de Abraham, el padre de la fe. Simplemente lo odió antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para manifestar en él su odio por el pecado. En cambio, el amor divino se posó sobre Jacob, sin importar su maldad, simplemente Dios lo amó antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. Todo esto se escribió para demostrarnos que el propósito de Dios permanece conforme a la elección y no por las obras (Romanos 9:11). Pese a la declaratoria bíblica, millones de seres humanos llamados cristianos ignoran el acto soberano de la elección divina y subvierten el orden de Dios: dicen que si hubo elección fue porque Dios supo de antemano quién habría de aceptar la oferta generosa del Calvario.

    Eso no es más que colocar la carreta delante del caballo, es suponer que el hombre no murió en delitos y pecados, que está sano parcialmente y que posee voluntad para decidir entre cielo e infierno. Por otro lado, esa forma extraña de creer sin conocimiento supone que Dios se mostraría más justo si da iguales oportunidades a los seres humanos. Por esa falsa doctrina los templos se han llenado de cabras que adoran a un dios que no conocen, dándose cabezazos unos a otros, en la ignorancia de la palabra divina. Ese es el dios de Arminio, el cabeza de playa de Roma en las filas del protestantismo.

    Dios ha pasado por alto los tiempos de esta ignorancia (según dijo Pablo en el Areópago). Hablaba de la ignorancia de la idolatría propia del paganismo, brindando una apertura para el mundo gentil, en la cual nos encontramos hoy día. Pero ese pasar por alto tal ignorancia viene con una exhortación hecha a todos los hombres en todo lugar: que se arrepientan, ya que un día vendrá el juicio divino, con toda justicia, por mano de aquel varón levantado de entre los muertos (Hechos 17:30-31). Pablo les dijo que ese Dios del cual hablaba no debía ser tenido como alguien semejante a oro, plata o piedra, a ninguna escultura o arte, todo proveniente de la imaginación de los hombres (Romanos 17:29).

    Ciertamente, la gente va tras una gracia barata combinada con obras. Yo levanté la mano, aseguran unos, yo di un paso al frente, dicen otros. Todos concuerdan en que ayudaron a Dios en su proceso de salvación. En realidad no existe doctrina más odiada que la de la soberanía absoluta de Dios, el cual salva a quien ha querido salvar, sin importar su pecaminosidad, pero condena a todos aquellos ordenados para que sea exaltada la gloria de su justicia contra el pecado. Así que Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece el corazón de quienes quiere endurecer.

    Ante esta realidad bíblica, ocultada con ingenio desde los púlpitos, muchos levantan sus puños contra el Dios de las Escrituras, haciendo fila con el objetor reseñado en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otras palabras, ¿por qué Dios condenó al pobre de Esaú, quien no pudo hacer nada contrario a lo que implicara el odio divino contra él, aún antes de ser concebido? El que sigue empeñado en esta pelea demuestra que no ha nacido de nuevo, ya que Dios no es un Dios de confusión.

    Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y su pecado ha sido cubierto. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Por eso orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás. No seas como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia (Salmos 32).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CON MUCHA CONFIANZA

    El camino del creyente tiene pausas obligadas, desvíos alternativos para evitar los mayores peligros de la travesía. La soledad viene a ser el componente fundamental del alma que conversa con Cristo, ya que a falta de audibilidad debe ejercitar el sentido de comprensión por medio de la fe. Se hace necesario para acercarse a Dios creer que le hay; claro está, sería mucho más sencillo si cuando uno hablara viera a la otra persona. Pero no estará allí visiblemente, dado que siendo Espíritu Dios no tiene la obligación de materializarse.

    El Espíritu de Dios conversa con nuestro espíritu y nos testifica de que somos sus hijos. De nuevo, en esa certificación hemos de seguir creyendo que Dios está allí. En este esfuerzo que nos permite la oración cotidiana, el alma desarrolla su estructura en forma sólida. Así que ningún creyente puede ayudar a otro para que su alma tome cuerpo, ya que como si fuere una actividad biológica cada quien tiene que respirar los asuntos espirituales en forma individual.

    Cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que Él existe y que recompensa a quienes lo buscan (Hebreos 11:6). El elegido de Dios ha sido amado con amor eterno, antes de haber creído; sin embargo, también ha estado bajo la ira divina, lo mismo que los demás. ¿Cómo puede eso ser cierto en ambos sentidos? Jesucristo nos lo demuestra en la cruz, cuando el Padre se alejó por completo para derramar su ira por el pecado que cargaba (de hecho, se hizo pecado), pero jamás lo dejó de amar. El creyente nunca ha sido odiado por Dios, solamente ha percibido su ira cuando estuvo muerto en delitos y pecados; una vez que ha creído puede relacionar todos aquellos eventos acaecidos donde vivió circunstancias duras, pero siempre anunciará que aún en ellas estuvo cuidado por el Señor.

    Acudir a Dios (acercarse a Él) ante su trono, por su gracia, para orar junto a Él, para implorarle perdón y misericordia, ayuda en todo tipo de circunstancia, presupone creer en Él. Se debe creer que es un Dios en tres personas, que constituye una Unidad: el Padre de Jesucristo, el Hijo como Redentor, y el Espíritu como Consolador y quien nos habita hasta la redención final. Acudimos a Él bajo la conciencia de que es perfecto, de que su omnipotencia demostrará que tiene el control de cada asunto que nos acontece.

    La inmutabilidad del consejo de Dios hace que nos sintamos seguros de sus promesas, porque siendo el Dios de la naturaleza también es el del pacto que ha hecho con nosotros a través del Hijo. Existe una recompensa para los que lo buscamos con diligencia, los que nos refugiamos en Cristo el Mediador entre Dios y los hombres. Alguien sugirió que acudamos a Dios pero que no le digamos cómo debe actuar, que no dejemos que nuestra impaciencia dicte los pasos a seguir.

    Dios nos premia cuando le buscamos (Hebreos 11:6), con sus cuidados y con la certeza de que responderá en el tiempo oportuno. Por ahora nos basta su gracia, pero al final de todo el camino recibiremos la glorificación absoluta. Dado que sin fe es imposible agradar a Dios, debemos persuadirnos de buscarlo creyendo verdaderamente en Él. Creamos a sus obras que ha hecho en la naturaleza, en nuestros viejos caminos, en muchas personas que testifican de ello. Por nada hemos de afanarnos, sino que hemos de acudir a la presencia del Señor con toda oración y súplica. La paz de Él vendrá a nuestras vidas para guardarnos de todas nuestras preocupaciones.

    El Dios soberano viene a ser glorificado en nuestras pequeñeces, en nuestras pruebas; su sapiencia, su poder absoluto, el control de todo cuanto acontece, por cuanto lo que sucede en el mundo es su perfecta voluntad, nos da a entender que está en medio de la tormenta. Como Jesús lo demostró estando con sus discípulos en la barca, él dormía apaciblemente pero se despertó para reprender el mar y hubo grande bonanza. Ese es el Dios que maravilla, el que siempre tendremos de nuestra parte, ya que si nos amó cuando estábamos muertos en delitos y pecados nos ayudará estando ahora vivos por Cristo.

    Vivimos por la fe, en tanto fuimos justificados. Le creemos a Dios aunque nuestra ansiedad nos hace ver que pareciera lento en su actuar. Aunque la fe no elimina los problemas, por ella confiamos en el que habrá de actuar a nuestro favor. Bienaventurados los que no vieron y creyeron, le dijo el Señor a Tomás; nosotros le amamos a él sin haberlo visto, asegura Pedro (1 Pedro 1:8).

    Somos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza (fe) del principio (Hebreos 3:14). De gran importancia es el asunto de la fe, ya que sin ella resulta imposible agradar a Dios. Sabemos que no es de todos la fe sino que ella es un don de Dios (Hebreos 11:6; 2 Tesalonicenses 3:2; Efesios 2:8). Nuestra fe no proviene de nosotros, sino que ha sido un regalo de Dios. Los inicuos (hombres malos) no tienen fe, al menos esta fe dada una vez a los santos. Esta fe es dada solamente a los elegidos de Dios, pero viene por operación del Espíritu Santo: cuando somos regenerados recibimos el paquete de la redención que incluye la fe, para poder asir con confianza el don otorgado.

    Teniendo esa fe podemos agradar a Dios; por medio de ella creemos recibir las cosas que hemos pedido, las sostenemos en la confianza de quien hace y consume esa fe: Jesucristo. Por esa razón, el incrédulo niega nuestra fe, no comprende nuestra confianza y supone que se puede tener fe en una piedra y las cosas ayudarán a bien. Otros incrédulos argumentan que lo que ha de suceder sucederá, de manera que no procuran con diligencia suplicar a Dios puesto que no lo conocen.

    Nuestro deber ante el mundo consiste en predicarles el evangelio, para que aquellos que hayan de creer sean movidos por el oír la palabra de Cristo. Por igual, algunos acarrearán mayor condenación, siendo endurecidos por la palabra que anunciamos. La Biblia dice que somos grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A los que se pierden somos olor de muerte para muerte, a los que se salvan somos olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Prosigamos por el camino que es Cristo, afianzados en el conocimiento que él nos ha dado por medio de su palabra. La meta está cerca, el fin de todas las cosas se nos viene encima; nuestros días están contados y no podemos añadir a nuestra estatura un codo. No nos afanemos, deleitémonos en Jehová y Él nos concederá los deseos de nuestro corazón. Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, en palabras ciertas de quien no miente, Jesús el Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA LEY Y LA GRACIA

    En Juan 1:17 leemos: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. En este texto pudiera resumirse toda la teología de las Escrituras, ya que la ley fue dada para que abundase el pecado. La ley nos declara incapacitados por cuanto la maldición se yergue sobre todo aquel que no la cumple plenamente. Si tan solo un punto de ella es quebrantado, la consecuencia viene a ser la muerte espiritual. Ese pesado libro acusatorio vino por medio de Moisés, para demostrar que todo aquel que intente cumplir sus mandatos se tropieza al infringir alguno de sus puntos.

    Sin la ley no habría conciencia del pecado, pero sabemos que esa ley escrita vino a un pueblo específico. Existe otra ley, escrita en nuestros miembros, de manera que ninguno puede considerarse excusado de ese conocimiento. La conciencia humana nos demuestra el bien y el mal, para que nadie se sienta libre e independiente del Todopoderoso Creador. Dos formas de esa ley hemos conocido, pero en ambas el hombre se muestra sin acierto pleno. Nadie ha sido justificado por las obras de la ley (Romanos 3:20), ni la de Moisés ni la de la conciencia.

    Pero allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Gracia y verdad vinieron por medio de Jesucristo, habiendo él muerto por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Esa buena noticia tenemos por medio del anuncio del Evangelio, que Jesucristo cumplió la ley a cabalidad para satisfacer la demanda de un Dios Santo, que exige pago por el más mínimo pecado. La épica de Dios se nos narra en los libros de la Biblia, su gesta libertaria en medio de un mundo desordenado y entregado al mal. El principado de Satanás gobierna los corazones de los inicuos, pero la gracia del Señor levanta al caído y hace que de las tinieblas resplandezca su luz (2 Corintios 4:6).

    Los judíos son llamados el pueblo escogido, pero lo fueron para exhibir los escritos de Dios. Sin embargo, muchos de ellos no comprendieron el misterio de la elección, sino que se entregaron a la falacia de asumir que la escogencia se debía a valores intrínsecos en ellos. Como si Dios hubiese descubierto una estirpe humana con valores suficientes para proseguir el bien, los judíos se envanecieron y ensancharon su pensamiento con presunciones farisaicas. La plegaria del fariseo demostraba la arrogancia de pretender ser mejor que el publicano, agradeciendo por la diferencia basada en la suposición de su nobleza.

    Aparte de los judíos, hoy día existe un conglomerado de religiosos que sigue el mismo norte, bajo el alegato de haber sido escogido por virtud propia. Dios vio en ellos el deseo de seguirlo, por lo tanto los apartó desde antes de la fundación del mundo. Estos hombres de religión aseguran que la diferencia entre cielo e infierno subyace en su buena voluntad, en la libre aceptación que mostraron ante la predicación del evangelio.

    Jesús demostró por sus enseñanzas que no todo el que le diga Señor entrará en el reino de los cielos. Además, aseguró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trae. Insistió en que todo lo que el Padre le da a él vendrá a él, de manera que deja entendido que aquellos que nunca vienen a él jamás han sido enviados por el Padre. La doctrina del amor divino ha hecho posible la escogencia para vida eterna, pero el odio de Dios por Esaú nos demuestra que no todos son escogidos para salvación (Romanos 9).

    La gracia nos libera de la maldición de la ley, pero siempre en base a un acto de justicia. Dios no perdona a nadie en detrimento de su cualidad de Justo, sino que libera al oprimido basado en el trabajo de Jesucristo. De allí que el Señor sea considerado nuestra Pascua, nuestra Justicia, para que Dios pueda ser llamado Justo y quien justifica al impío. Desde Adán la ley moral fue quebrantada, con la consecuencia de lo heredado por la humanidad: la culpa y su consiguiente castigo. Con Moisés existe una nueva edición legal, en la directriz dual de nuestra relación con Dios y con los demás hombres. La culpa y el castigo por el pecado son enseñadas en el aspecto ceremonial de la ley mosaica. En esa pedagogía se educó al ser humano escogido para tal aprendizaje, en la liberación que se obtendría con Cristo. Por eso se habla de que aquellos ritos fueron sombra de lo que habría de venir: la expiación propiciada por Jesucristo.

    Venido el Evangelio recibimos la gracia y la verdad, como una muestra del amor de Dios para con la humanidad. Esto es gracia libre de parte del Señor, pero también verdad en cuanto a la promesa promulgada en Génesis 3:15. Cristo es el autor del Evangelio y el fin de toda promesa, el cumplidor de todo lo prometido. Jesús se nos mostró como el Libertador anunciado por Moisés, el que vendría después para cumplir con el propósito de la redención. En la ecuación divina de la salvación los elegidos son los que reciben al Justo. Conocemos que la ley se introdujo para que el pecado abundase, hablo tanto de la ley moral como de la ley mosaica, esta última vista como una demostración pedagógica del plan divino. Sin embargo, cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que la gracia reine por la justicia para vida eterna.

    Hoy día se anuncia esta gracia, pero muchos no la reciben. Por supuesto, tenemos que atenernos al plan de Dios, que Él conoce, ya que el Señor vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. Anunciamos este Evangelio a todo el mundo, porque no se nos dijo que buscáramos una lista de elegidos para proclamar la verdad de las Escrituras. Simplemente se nos ordenó predicar a toda criatura, para que el que creyere sea salvo. Sabemos por las Escrituras que creerán todos y cada uno de los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Por esta Escritura estamos ciertos de que la fe no es la causa sino el medio o condición dispuesto por Dios para alcanzar la vida eterna. Los gentiles no tenían una mejor disposición para las cosas de Dios que los judíos, simplemente estaban tan muertos como todos los que habían pecado. No obstante, tantos como fueron ordenados para vida eterna demostraron que lo habían sido en tanto creyeron por medio de la fe que Dios les dio: la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).

    Los pecados del pueblo de Jesucristo le fueron imputados a él, quien sufrió en el lugar de todo su pueblo. Esta expiación fue completa (Tetélestai, dijo Jesús en la cruz), con una total remisión de todos los pecados del pueblo que representó en el madero. Dios remitió nuestros pecados, es decir, los perdonó, los sacó de nosotros; en la sangre de Cristo se purgaron todas nuestras faltas, porque fue una cancelación absoluta de todas nuestras deudas con el Creador. En tal sentido, se cumplió lo que dijo Juan el Bautista: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Jesús apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3:5).

    Jesús lo dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:28). El vino rojo de su copa fue un símbolo o emblema y representación de su sangre en la cruz, en una anunciación del pacto de gracia. Tenemos paz, perdón, justicia, vida eterna y un número mayor de otros beneficios que emanan de ese esfuerzo del Señor en pro de todo su pueblo. El primer pacto (Antiguo Testamento) fue anunciado por Moisés ante el pueblo: Exodo 24:8: Moisés tomó la sangre y la espació sobre el pueblo y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros. Esto era sangre de bueyes, pero ahora la sangre del Hijo fue derramada voluntariamente para beneficio perpetuo de todo su pueblo. La sangre del Nuevo Pacto (Nuevo Testamento) ha sido derramada por muchos, para remisión de pecados.

    ¿Qué, pues, diremos? Entre la ley y la gracia vemos la pedagogía de Dios en relación con su santidad y su relación con el pecado de su pueblo. La ley, ciertamente severa, acusándonos hasta la maldición por causa de nuestra impotencia, pero la gracia derramada libremente de su beneplácito para con la multitud de personas que Él escogió, de acuerdo al propósito de su voluntad. Felices los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • HIJOS DE DIOS (ROMANOS 8:14)

    De toda la población mundial, a lo largo de los siglos, solamente las ovejas llegan a ser hijos de Dios. Las cabras no pueden mutar su esencia, así como la oveja jamás se convertirá en cabra; ya lo dijo el Señor: el árbol bueno no puede dar fruto malo y el árbol malo no dará nunca fruto bueno. Pero existen ovejas descarriadas que conviene buscar, para que entren al redil. Esa tarea del Señor nos fue encargada en la comisión de la predicación del evangelio. Somos partícipes de ese anuncio, de la buena noticia del Señor: él vino a salvar a cada uno de los que el Padre le asignó.

    En consecuencia, cuando hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, una vez que hemos sido habitados por el Espíritu como garantía de nuestra redención final, sabemos que hemos recibido el Espíritu de adopción, para poder clamar Abba, Padre. No recibimos un espíritu de esclavitud que nos sumerge en el temor, como bien lo atestigua el Espíritu Santo ante nuestro espíritu, diciéndonos que somos hijos de Dios. Sufrimos juntos con Cristo para ser glorificados todos también.

    Las lujurias de la carne son la patente del espíritu de esclavitud, lo cual indica que el individuo en su estado natural es un convicto, dado a la muerte eterna, sujeto al juicio y a la ira venidera. Esa persona debe vivir en la cobardía, sometida a las presiones del mundo dirigido por su príncipe de la oscuridad. Los judíos de la época bíblica son un claro ejemplo de la esclavitud de la ley, sujetos a ceremonias, a la forma de las normas, dedicados a la observación de los días y a continuos sacrificios. Obligados a cumplir la totalidad de las leyes morales, vivieron bajo el espíritu de temor y esclavitud. Así es todo aquel que sigue normas espirituales que supuestamente le permitirán alcanzar la vida eterna.

    El Espíritu de Dios testifica a nuestro espíritu, no en forma audible sino en el corazón. En lo interno del alma Dios nos habla, lo cual se traduce en un testimonio de que somos sus hijos. Hemos sido renovados para redención, hemos nacido de nuevo por causa del Espíritu de Dios, sin que medie obra humana alguna. Por supuesto, se nos ha predicado el evangelio, pero eso ha sido un instrumento usado por la providencia divina para sacarnos de las tinieblas de Satanás. El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu, no por medio de personas humanas sino a través de Él mismo.

    Dice la Escritura que el Espíritu se contrista en nosotros por causa de nuestros pecados, pero al mismo tiempo nos ayuda a pedir como conviene, nos guía a toda verdad, permanece en nosotros como una garantía de nuestra redención final. Es, en realidad, el Consolador enviado por el Padre y por el Hijo para nuestra compañía. El que podamos llamar a Dios como el Padre querido presupone una instancia de concesión de gracia a nuestra alma.

    El camino de la fe muestra sus vías heroicas: por la fe Moisés fue escondido al nacer por tres meses, porque sus padres le vieron hermoso y no temieron el decreto del rey. Por esa misma fe Moisés ya grande rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón. Escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayor riqueza el vituperio de Cristo antes que los tesoros de los egipcios. La razón de ello es que tenía puesta la mirada en el galardón (Hebreos 11: 24-26). Así nosotros miramos el día de nuestra glorificación final, para soportar con paciencia los pasos que debemos dar en medio de un mundo compuesto de trampas y asedios.

    La cruz ofende al hombre natural, al que no ha sido regenerado, pese a que haya podido recibir el cristianismo como una profesión externa. A partir de su asunción teológica construirá una argumentación que neutralice tal ofensa. Para ello no hay como la generalidad, la universalidad de la intención de Dios en salvar a cada miembro de la raza humana. Esa teoría hace a Dios más justo y vuelve al hombre más pecador, ya que rechaza la gracia que se le está dando. De esa manera le tira arena al mal olor que le causan textos como Romanos 9, cuando el apóstol menciona el odio de Dios por Esaú. Esta gente cargada de religión insiste en hacer más agradable la cruz de Cristo, para que todos los que siguen sin regeneración se acerquen a su falso evangelio.

    En 1 Corintios 15:3 leemos que Cristo murió por nuestros pecados, de acuerdo a las Escrituras. En Mateo 1:21 leemos que Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. En Juan 6:44 Jesús dice: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere. La Escritura añade que aquellos que no creen este evangelio siguen sin regeneración. Sabemos que cualquier atribución al ser humano para recibir la vida eterna nace de un evangelio espurio. Es Dios solamente el que hace la diferencia entre cielo e infierno, es su designio eterno e inmutable el que ha creado todo cuanto existe. Poner la mira en las cosas de abajo (aún en materia de salvación) es vanidad y locura para el alma humana.

    Cristo fue herido por nuestra transgresiones (en palabras de Isaías), no por las transgresiones de los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda. El castigo de nuestra paz fue sobre él, no el castigo de la paz de todo el mundo, sin excepción (Isaías 53:5). Cuando la palabra mundo y la palabra todo aparecen en las Escrituras, su sentido tiene que ser definido por el contexto. En una ocasión ciertos fariseos dijeron: Mirad, el mundo entero se va tras él. Eso decían referente a Jesús, admirados y sorprendidos por la cantidad de gente que lo seguía. Sin embargo, esa expresión de el mundo entero es hiperbólica, una exageración con la cual se declara el impacto de una observación determinada. Así que cuando Juan escribe que Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está hablando con una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos. Eso implica que les advierte a ellos que la muerte de Jesús no iba solo por los judíos sino también por los gentiles, que eran llamados el resto del mundo.

    Privilegio y responsabilidad el ser hijos de Dios. No hubiésemos podido alcanzar tal estatus, a no ser que de pura gracia nos hubiesen dado esa mención. Pero no hemos de sostener semejante valor con descuido y desentendimiento. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, nuestro Dios es fuego consumidor. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Son muy variadas las advertencias en las páginas de las Escrituras, como para que ignoremos la admonición del Señor. Sabemos que en el camino escabroso nos toca andar muchas de las veces, pero a lo largo está quien nos guía a toda verdad.

    El Señor prometió antes de partir no dejarnos huérfanos. Esa palabra ha cumplido desde la venida especial del Espíritu Santo a la iglesia. Sabemos por su palabra que Jesucristo sustituyó en la cruz a todo aquel que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo para ser salvo. Los pecados de todo su pueblo fueron imputados en el Hijo mediante la expiación. Condenemos el falso evangelio de la expiación universal, porque hace inútil el trabajo del Señor. Si Cristo murió por todos, todos son salvos. La sangre de Cristo no puede ser pisoteada y tenida por incapaz, como si Dios castigara dos veces por la misma culpa.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA TRINIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

    Ciertamente, la teología revelada por Dios ha sido progresiva, vista en el tiempo indicado. Los israelitas no supieron el nombre de su Mesías por venir, ni comprendieron plenamente de cuál liberación se trataba. En general, ellos esperaban un libertador (al estilo de Moisés) que los libraría de yugos terrenales, de los sátrapas políticos. Pero les llegó uno que dijo que su reino no era de este mundo, por lo cual lo crucificaron y lo desecharon. Sin embargo, en retrospectiva, ese Mesías que vino sí que estuvo anunciado por los profetas, descrito con sus cualidades de Salvador Admirable. Bastaría con releer Isaías 53. Veamos un fragmento de ese capítulo: Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

    El Nuevo Testamento se compagina con el Antiguo en cuanto a que da respuesta de aquello que parecía oculto. De la manera como el sol se alza lentamente, de igual forma nuestro entendimiento comprende progresivamente, en tanto miramos a Jesús, el sol de justicia. La persona magnífica del Mesías no fue revelada de un solo golpe, sino que fue necesario que los que vivieron con él lo conocieran en todas sus dimensiones. Pero era el Mesías descrito en las Escrituras, aunque no existió la comprensión plena de lo que ellas decían.

    La doctrina de la Trinidad aparece ligada a la redención, de acuerdo al Nuevo Testamento. El redimido jamás negará al Espíritu como una Persona del Dios Trino. No puede, por cuanto es habitado por Él, es conducido a toda verdad, es quien nos ayuda a interceder como conviene. Un ser humano no puede blasfemar contra una fuerza, no puede poner triste al poder que proviene de alguien. Jesucristo advirtió que serían perdonadas las blasfemias contra el Padre y contra el Hijo, pero no las que van contra el Espíritu Santo. Si el Espíritu Santo fuese una energía que proviene del Padre o del Hijo, ¿qué sentido tendría el castigo a recibir por hablar mal de una fuerza u objeto?

    El Antiguo Testamento subraya la unidad de Dios. Así lo vemos en nuestras traducciones del hebreo bíblico. Sin embargo, urge conocer la distinción entre dos vocablos muy parecidos que maliciosamente algunos han torcido para su propia perdición. La unidad de Dios es un concepto previo enseñado a Israel, para que no se pervirtieran con la noción del Dios en tres personas, como si de politeísmo se tratase. El mundo por doquier servía a dioses múltiples, así que la teología del Antiguo Testamento arranca con la didáctica acerca del Dios que es una unidad. De esta manera se hace una separación total entre la visión teológica del paganismo y la de la revelación bíblica.

    Ni triteismo, ni modalismo ni unitarios. En el primer capítulo del Génesis, así como en otros libros bíblicos, encontramos formas gramaticales extrañas para muchas lenguas. Una de ellas es la posibilidad de tener el sujeto en plural con un verbo en singular. De esa forma Elohim y Adonai aparecen como el plural de Dios, a los cuales se unen adjetivos. Hagamos al hombre a nuestra imagen (Génesis 1:26-27). ¿Con quién hablaba Dios, qué significa nuestra imagen? La Biblia dice en Deuteronomio 6:4, a partir del hebreo literal, lo siguiente: Jehová nuestro Elohim, Jehová es uno. En realidad, existe un término hebreo que significa uno y otro que significa unidad. Son muy parecidos, por eso conviene tener en cuenta cuándo aparece uno y cuándo el otro.

    Por supuesto, hemos de ayudarnos con diccionarios bilingües (hebreo y una segunda lengua) para poder comprender el sentido derrumbado con las traducciones. Me refiero a ACHID, frente a YACHID. En algunos contextos de la Escritura se usa ACHID que quiere decir UNA UNIDAD. Cuando en el Génesis se lee que fue la tarde y la mañana un día, se está empleando el vocablo ACHID (una unidad de dos objetos separados). Pero cuando en Génesis 22 leemos que Dios ordenó a Abraham tomar a su único hijo para el sacrificio encontramos YACHID. Ya podemos ir mirando la diferencia entre uno y otro término, pero también su similitud fonética y gráfica.

    Al decir que Dios es uno estamos en lo correcto en algún sentido, pero preferible la inspiración del Espíritu cuando se escribió ACHID para indicarnos que Dios es una UNIDAD. Es lo mismo que un Dios en tres personas, una unidad en sustancia y esencia pero constituida de tres personas. Muchos continúan con la ceguera, pese a la evidencia bíblica con cuantiosos textos que nos hablan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Son tres personas distintas pero que están en una unidad sustancial o esencial. Jeremías había alertado sobre la perversión de las palabras del Dios vivo, del Dios de los ejércitos (Jeremías 23:36).

    Cuando se habla de la unión del hombre con la mujer para que sean una sola carne (Génesis 2:24), se está usando el vocablo ACHID. Es decir, que el hombre y la mujer siguen siendo hombre y mujer pero en el matrimonio serán una UNIDAD. Ya nos referimos a Abraham (Génesis 22:2), quien fue ordenado para tomar a su hijo, su únicoYACHID, para ofrecerlo en holocausto. Si los judíos entendieron mal esta señal lingüística lo hicieron por el desvarío que debían sufrir de acuerdo a la profecía. No obstante, a nosotros los creyentes nos toca la tarea de juntar las partes, de estudiar los textos y de encontrar el desliz de las traducciones que ofrecen negligencia o mala intención.

    Algunos estudiosos refieren que ese descuido en la traducción de esos dos términos se originó con Maimónides. En sus artículos de fe correspondientes a su liturgia (judía), estaba la confesión: Yo creo con una fe perfecta que el Creador es Uno (YACHID). Más allá de estos dos términos, existe gran cantidad de pasajes bíblicos que nos hablan de las tres personas divinas. Resulta impactante leer Isaías 6, cuando Dios pregunta en singular y de inmediato pasa a un plural: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Vemos dos sujetos en esa interrogante múltiple (Isaías 6:8).

    Si leemos Juan 12:38 nos encontraremos con la referencia de Isaías. Dice el evangelista: para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? En Isaías es el Padre quien habla y hace la pregunta (en singular y plural), pero en Juan es Cristo también llamado Señor. En Hechos 28:25, Pablo habla del profeta Isaías diciendo que a través de él había hablado el Espíritu Santo. En síntesis, de acuerdo al libro de Isaías era el Padre hablando, pero según dijo Juan en su evangelio se refería al Hijo. Ahora, con Pablo ante muchos incrédulos, fue el Espíritu Santo el que habló por medio del profeta Isaías. No hay confusión, simplemente un Dios en unidad.

    Según el Génesis 18, Dios se revela a Abraham. Dice la Escritura que Jehová se apareció a Abraham y que él miró y vio a tres personas de pie sobre él. De esa forma Abraham se arrodilló para adorar con las palabras mi Señor (no mis señores). A lo largo del relato ellos hablan con él como si ellos fueran una unidad (no se dice que el varón uno dijo algo, el varón dos otra cosa y así el varón tres). Ellos hablan como Jehová recordándole a Abraham, y a nosotros, que para Dios no hay nada que sea difícil (Génesis 18:14). Los visitantes aparecieron como tres varones pero Abraham se dirigía a ellos en singular (mi Señor).

    Isaías 63: 7-11 menciona a Jehová, el Dios de Israel, al ángel de su presencia quien los salvó (su Salvador), pese a que el pueblo fue rebelde e hizo enojar su Santo Espíritu. Vemos que sí hubo mención suficiente de estas tres personas, pero fue una revelación progresiva que estuvo como un misterio, hasta que Jesucristo habló ampliamente acerca del Parakletos que enviaría para nosotros. Pese al misterio, en el bautizo de Jesús lo contemplamos a él como al Hijo amado, en quien el Padre tiene complacencia, de acuerdo a la voz que se oyó del cielo. De inmediato vino el Espíritu en forma de una paloma y se posó sobre él (Juan 1:33; Mateo 3:13-17).

    Otro texto imperante en el Antiguo Testamento dice lo siguiente: Acercaos a mí, oíd esto: Desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su espíritu (Isaías 48:16). Jesús es quien habla, diciéndonos que estaba desde el principio (como lo revela Juan 1:1-3); fue enviado por Jehová el Señor (el Padre), y por su Espíritu (Espíritu Santo). Bien dice la Escritura, que no seamos incrédulos sino creyentes. Existe un libro que recomiendo al respecto: The Trinity, de Loraine Boettner, en monergism.com totalmente gratis.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SOBERANIA DEL DIOS NO CONOCIDO

    Pablo una vez predicó en el Areópago griego y se refirió al monumento que tenían los helenos al Dios no conocido. Por si acaso hubiera otro dios, los griegos no querían dejar de venerarlo, por lo cual le construyeron su recordatorio. De ese Dios iría a hablarles el apóstol, pero la multitud quedó sorprendida cuando se refirió a la resurrección. Dice la Escritura que apenas unos pocos llegaron a creer. Bien, hoy día no parece diferente, muchos oyen del Dios de la Biblia pero siguen desconociéndolo, ya que lo tienen por impotente o por reverente de la soberana voluntad humana.

    La Biblia, sin embargo, asegura que nuestro Dios está en los cielos y ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3; 135:6). El autor de los Proverbios nos refiere a los planes que el hombre hace en su corazón, los que no pueden detener la prevalencia del consejo divino (Proverbios 19:21). El profeta Isaías habla por Dios: Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado…Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder? (Isaías 14: 24-27). Esta afirmación del profeta coloca de relieve que no existe nada por casualidad, que todo cuanto acontece sucede porque Dios lo ha diseñado de esa manera.

    Sabemos que la crucifixión de su Hijo fue planificada por el Padre, que todo cuanto hizo Poncio Pilatos, junto a los gentiles y el pueblo de Israel, fue determinado de antemano para que fuese hecho. En cuanto a los hijos de Dios, la Biblia menciona en muchos lados que fuimos escogidos por Dios desde el principio para salvación, por el Espíritu y por el creer en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13). Hemos sido llamados mediante el evangelio de verdad, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

    Sepamos que el Señor nos llamó con llamamiento santo, no de acuerdo a nuestras obras, sino de acuerdo al propósito suyo y a su gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús desde el principio del tiempo. ¿Qué sucede, entonces, con aquellos que no recibieron el amor de la verdad para ser salvos? Ellos no fueron llamados eficazmente, ni se les dio la fe de la que siempre carecen (2 Tesalonicenses 2:10-14; 2 Timoteo 1:9). Pese a ser portadores del pecado de Adán, de la corrupción original, de nuestras actuales transgresiones, al recibir el llamado del Señor hemos sido colocados en las manos del Padre y del Hijo para nunca perecer. Esto fue decretado desde la eternidad, ya que la salvación fue ordenada para el pueblo de Dios desde antes del llamamiento.

    Este llamamiento se basa en el trabajo de Jesucristo, no en nuestras obras. No llama Dios a todo el mundo por igual, sino que a unos ordena para muerte eterna (como a Esaú) y a otros para redención perpetua (como a Jacob). Por supuesto, los ordenados para vida eterna hemos de oír el evangelio de verdad y de recibir al Señor, pero ese trabajo lo realiza el Espíritu Santo quien nos hace nacer de nuevo. Nuestras obras buenas o malas no son el motivo del llamamiento del Señor, ni de la condenación del Señor (Romanos 9:11-18). No ayudamos en lo más mínimo en el trabajo de Cristo, ni antes ni después de su llamado. Antes porque estábamos muertos en delitos y pecados, con obras muertas en forma permanente; después, porque nuestras obras son fruto de su gracia que nos ha llamado y nunca su causa.

    La gente de la religión llamada cristianismo desconoce en gran medida que hemos sido llamados de acuerdo al propósito y a la gracia del Señor. Ese desconocimiento los denuncia como personas que todavía no han conocido el verdadero evangelio, ya que el Señor no salva a una oveja dejándola en la ignorancia. La Biblia asegura que el Espíritu nos conduce a toda verdad, ayudándonos aún en nuestras oraciones a pedir lo que conviene. Muchos pasan por alto lo que el Señor dijo a una multitud de discípulos que lo seguían por mar y tierra. En Juan 6:44 comprobamos que ninguno puede ir a Jesús si el Padre no lo envía, para que sea resucitado en el día postrero (en la primera resurrección).

    Los que niegan la doctrina de Cristo no lo aman (Juan 8:42-44). Ellos no entienden el lenguaje de Jesucristo, ya que son de su padre el diablo. Siguen al padre de la mentira para hacer su voluntad, para torcer las Escrituras que no soportan oír. Estas personas no tienen ni al Padre ni al Hijo, aunque se proclamen creyentes en Cristo, aunque se vistan con la verdad. Tienen el alma turbada y quieren que el Señor les diga que está de acuerdo con sus pensamientos, pero él ya ha hablado y le ha dicho a todo este tipo de personas que ellos no pueden creer porque no forman parte de sus ovejas (Juan 10:26). Ese es el Dios no conocido por muchos.

    Saulo respiraba aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, pero en ese camino de persecución de la iglesia de Cristo fue rodeado repentinamente por un resplandor de luz del cielo. Ese es el mismo resplandor que nos llega cuando somos llamados en forma eficaz, cuando el Señor nos habla por medio de su evangelio. Saulo perseguía a Jesús persiguiendo a los creyentes, dando coces contra el aguijón. Cuando el Señor habla caemos de nuestra altura y nos disponemos a hacer su voluntad (¿Qué quieres que yo haga?: Hechos 9:1-6).

    Resulta que para los que creemos Jesús resulta precioso, ya que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Es por esta razón que anunciamos las virtudes de Jesucristo, el que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Pero para los que no creen (ni jamás creerán), Jesús es la piedra desechada por los edificadores, la cabeza del ángulo de la construcción que no fue tenida en cuenta. Esa piedra deviene en tropiezo, una roca que hace caer, al tropezar en la palabra, por causa de la desobediencia, para lo cual fueron destinados (1 Pedro 2:7-9).

    El Dios no conocido está descrito en Efesios 1:3-11, cuando habla del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el que nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (no cuando llegamos a creer, no basado en obras que no teníamos). Es el Dios que nos predestinó para ser adoptados hijos suyos, según el puro afecto de su voluntad (no según nuestra obras de aceptar o rechazar). Nos hizo aceptos en el Amado para alabanza de la gloria de su gracia (no para alabar nuestra voluntad o albedrío). En Cristo hemos tenido herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. ¿Conoces a este Dios?

    César Paredes

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  • LA EXISTENCIA EN EL MUNDO

    Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Esta premisa bíblica nos ayuda a entender las circunstancias que atrapan nuestros sentidos; en ocasiones nos sumergimos en el pesimismo proveniente de las noticias propias del día a día. No olvidemos que la naturaleza humana se presenta caída, sumergida en eso que la Biblia dio por llamar estado mundano. Hemos de ir hacia el sentido griego del vocablo Cosmos, el orden de las cosas; el conjunto ordenado, la perfección frente al Caos, que nos da a entender la confrontación entre estos dos antagónicos. La idea del Antiguo Testamento relatada en el Génesis nos anuncia el Orden frente al Caos. En el principio creó Dios los cielos y la tierra; y la tierra estaba desordenada y vacía. Entonces, el Dios Creador ordenó el Caos creado.

    La cultura romana toma del griego el sentido del Kósmos (κόσμος) como perfección. Lo traduce como Mundus, dándonos a entender el conjunto ordenado, lo limpio, el orden frente al caos. La palabra inmundo implica estar sin mundo, sin orden, sin limpieza. Lo más putrefacto en el Antiguo Testamento para el mundo judío consistía en tocar un cadáver (Levítico 11 y Deuteronomio 14); la muerte es sin duda el caos frente a la vida. Jesús describe el espíritu inmundo que sale del hombre, que anda por lugares secos, buscando reposo; no hallándolo, intenta volver a la casa de donde salió. Al llegar, la encuentra barrida y adornada (Lucas 11:24-36). Jesús continúa su relato diciéndonos que ese espíritu inmundo toma otros siete espíritus peores que él y al entrar en aquel hombre todo lo destruye: el postrer estado llega a ser peor que el primero.

    Esta admonición nos dejó el Señor, para ilustrar el riesgo que corremos los creyentes si miramos hacia lo inmundo. Curioso puede resultar la conjugación entre el orden y lo extremadamente sucio, ¿cómo pasamos de un mundo de orden a un mundo de desorden? Tenemos que entender el concepto de pecado que nos fue enseñado en las Escrituras; el errar en el blanco, el no atinar en lo correcto se define como la equivocación del ser humano. Caída por completo toda la humanidad en Adán, ella está muerta en delitos y pecados. Es decir, el mundo como sede del principado de Satanás dejó de ser un orden para volverse un caos. El pecado contamina lo limpio y lo vuelve sucio, absolutamente inmundo.

    Interesante que en la visión bíblica el mundo dejó de ser el lugar limpio creado por Dios para representar el sitio sucio donde Satanás gobierna. En el mundo tendréis aflicción; el mundo ama lo suyo y odia a Dios; no améis el mundo, ni las cosas que están en el mundo; el mundo pasa y sus deleites, etc. La belleza y armonía que vemos a diario en la naturaleza es simplemente el residuo de aquella hermosa creación incontaminada que un día vivieron nuestros padres Adán y Eva. Pero la Escritura nos habla de un cielo y tierra nuevos, de la destrucción de esta tierra.

    Ya hubo una muestra de ello con el diluvio universal; el Señor es descrito de forma antropomórfica como quien se arrepiente de haber creado al hombre (Génesis 6:6-7). Dios se comunica con nosotros por medio de figuras antropomórficas, por lo cual se usa el término arrepentir para expresar su lamento por el pecado. En Jeremías 18:8 dice el Señor: Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Sin embargo, sabemos que en Él no hay mudanza alguna, ni sombra de variación (Santiago 1:17). Así que esas figuras antropomórficas intentan darnos a conocer el repudio que Dios siente por la contradicción humana frente a sus mandatos.

    Naham es la palabra hebrea traducida como arrepentir en el texto en referencia, pero que en realidad significa lamentar, doler. En otros términos, al Señor le dolió haber hecho al hombre que se entregó por completo a lo inmundo, hasta convertir su orden en un caos moral. Tanto fue este esfuerzo humano en entregarse al error que llegó a transformar lo limpio en lo sucio. El mundo dejó de ser el lugar del orden moral de las cosas, para significar todo lo opuesto: el mundo es inmundo. Después del diluvio la gente siguió incrementando su maldad, hasta encontrarnos nosotros en presencia de un mundo donde la maldad ha crecido desmedidamente.

    Recordar que la gracia nos fue dada sin miramientos a nuestra conducta nos debe brindar alegría. Si por nosotros fuera, nadie sería salvo. Dios nos dio la salvación por medio de la fe, pero todo fue de gracia. No es de todos la fe, dice la Escritura (2 Tesalonicenses 3:2), sino que la fe es un don de Dios (Efesios 2:8). Sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), de manera que Dios se lleva toda la gloria en esta redención tan grande. Nos toca seguir viviendo en este oficio del servicio al Creador, para que la vida resulte placentera y para que el mundo sea vencido en nosotros.

    Jesús le dijo a un grupo de discípulos que lo seguían por mar y tierra, los cuales se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo traía. Es decir, el deseo humano no basta para seguir a Jesús; esa gente se retiró con murmuraciones contra Jesús, y decían: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esta palabra de la absoluta soberanía de Dios es dura para muchas personas, pese a que manifiestan una alegría al darse cuenta de lo sano que resulta el evangelio. Les sucede como a aquellos reseñados en la parábola del sembrador: algunas semillas brotaron pero ciertas circunstancias pusieron de manifiesto que no tenían raíz profunda. Solamente prosperaron aquellas plantas sembradas en el buen terreno preparado (por el Padre).

    Esto lo enfatizó Jesús cuando le dijo a la multitud que lo seguía lo siguiente: Escrito está entre los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45). Estos sí que tienen raíz que resista las vicisitudes del entorno, por lo cual serán llamados bienaventurados. Dios enseña de muchas maneras, pero la forma especial para conducir a la redención eterna viene dada por el evangelio (Juan 17:20). Jesús alabó al Padre por haber escondido las cosas del cielo de los sabios y entendidos, y por haberlas revelado a los niños. De inmediato se dirigió a algunos y les señaló que si estaban trabajados y cansados que fueran a él. Resulta evidente que ese llamado no iba dirigido para aquellos a quienes se les había ocultado las cosas del reino de los cielos (el evangelio) por parte del Padre.

    Somos beneficiarios de excepción los que hemos recibido el llamamiento de gracia, los que hemos aprendido del Padre. Somos felices los que hemos sido perdonados, los que sin siquiera haber buscado a Dios fuimos hallados por Él. Recibimos a Cristo y le amamos porque él nos amó primero. Esaú no fue amado por Dios en ningún momento, por lo cual el objetor señala a Dios como culpable de juicio. La Escritura condena al objetor y le recrimina su osadía de discutir con el Todopoderoso. De inmediato lo compara con una olla de barro hecha por el alfarero, el cual tiene potestad para hacer vasos de honra y de deshonra.

    Todos los que hemos sido redimidos aceptamos esta palabra sin prejuicio, sin insistir en torcerla para hacerla más flexible. Dios es soberano y ha creado todas las cosas como las vemos, Él reclama haber hecho el bien y haber creado la calamidad, como bien lo señalan Isaías, Jeremías, Amós y tantos otros profetas. El día que se comprenda quién tiene el control absoluto de su creación, habrá paz para el que ha creído y estudia la palabra de Dios. Vivir en contradicción con lo que ella enseña implica permanecer en lo inmundo, o en el mundo regido por Satanás.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PACTO ETERNO

    En Jeremías 32 leemos sobre un pacto que haría el Señor con su pueblo; aunque se refiera al Israel escogido, nosotros como creyentes en Cristo formamos parte del Israel de Dios. Ese pacto nos concierne, como bien dijera el apóstol Pablo: No todo Israel sería salvo, sino los escogidos, ya que en Isaac sería llamada la Simiente que es Cristo. Bueno, ese pacto eterno consistiría en colocar en nuestros corazones el temor de Dios para que nunca nos apartemos de Él. Dice el verso 41: Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma.

    Dios es amor (1 Juan 4:8), en relación con sus hijos. A Jacob amé, dice la carta a los romanos, dándonos a entender que es su voluntad lo que lo dispuso a amarlo aún antes de que fuera concebido o de que hiciera bien o mal. Juan continúa escribiéndonos y asegura que amamos al Señor porque él nos amó primero. Esta premisa debemos conservarla en todo momento del recorrido bíblico, ya que sin ese amor no pudiéramos amar a Dios (1 Juan 4:19). Dice el Salmo 25:10: Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.

    Sabemos que el pacto eterno que el Señor ha hecho con nosotros como su pueblo ha consistido en colocar en nuestros corazones el temor necesario para guardar su pacto y sus testimonios. Dios escogió a Israel (lo cual se hace extensivo a los creyentes en Cristo) por causa de su amor, no por nuestras cualidades (Deuteronomio 7:7-8). Allí está la gracia de Dios, la cual implica plena libertad en Él para escoger de acuerdo al propósito de su voluntad. De la misma masa escogió a Esaú y a Jacob, para que no se atribuyera alguna cualidad negativa o positiva en el acto de escoger que tiene como Elector (Romanos 9:11-18).

    Por la gracia de Dios fuimos amados antes de ser llamados, sencillamente porque Él es Dios y no cambia. Y por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, así que si el Señor de los Ejércitos se ha propuesto algo nadie puede anularlo (Isaías 14:27). Sin embargo, esa gracia debe ser bien entendida por nosotros sus hijos; no se trata de que por la elección seremos salvos de cualquier manera, ya que existen los mecanismos exclusivos de su decreto eterno e inmutable.

    Por la palabra del evangelio hemos de oír para tener la fe que recibe la bendición del llamado eficaz. Conocemos que el llamamiento es para santidad, de manera que no podemos vivir en la inmundicia; ciertamente, el pecado nos acompaña a lo largo de nuestra existencia en este mundo y estamos sometidos a nuestro cuerpo de muerte, pero se nos exige batallar para hacer morir las obras de la carne. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Conoce el Señor a los que son suyos; apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Una frase de Santiago en el Concilio de Jerusalén nos recuerda lo que implica la soberanía absoluta de Dios: Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio (Hechos 15:18). Sabemos que Dios conoce porque planifica, porque decreta lo que habrá de acontecer, no porque averigua el futuro. En su decreto o voluntad eterna quiso reservarse para Él a un pueblo que amó eternamente; así dentro de los judíos como dentro de las demás gentes (gentiles). En tal sentido no hay acepción de personas, pero en cuanto a su voluntad sigue existiendo una gracia absoluta para un determinado pueblo escogido.

    De hecho, el Mesías que vendría debía morir para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no para salvar a todo el mundo, como bien se atestigua por otro texto: Juan 17:9. Jesús salvó a todos los que el Padre le dio y a los que le daría después por la palabra de sus apóstoles (Juan 17:20). Dios conoció de antemano a un pueblo, es decir, lo amó. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene también esa acepción de comunión íntima; por lo tanto no se puede decir con veracidad que Dios conoció a alguien porque averiguó sobre esa persona. Dios conoce todo porque es Omnisciente, por lo tanto no necesita llegar a conocer. También la Escritura afirma que cuando Dios miró hacia los hombres no halló ni uno solo justo, ni quien lo buscara, ni quien hiciera el bien. De manera que esa escogencia que hizo no se fundamentó en cualidades morales particulares de sus futuros escogidos.

    Pablo escribe en Romanos 8 que a los que Dios antes conoció (amó) también los llamó de acuerdo a su propósito. Fuimos amados (conocidos) y predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo; a estos mismos llamó eficazmente para justificarlos en Cristo, y asimismo los glorificó. Pablo asegura que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que fuimos llamados conforme a su propósito, los que amamos a Dios, los que como dice Juan lo amamos porque Él nos amó primero. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Nadie nos podrá acusar ni condenar, nadie nos podrá separar del amor de Cristo: Somos más que vencedores en cualquier tribulación que tengamos.

    ¿Cuándo fuimos escogidos por Dios para salvación? Desde el principio. ¿Cuál es ese principio? Antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). Esto ocurrió para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (el Elector) (Romanos 9:11). Así que nadie puede arrogarse un ápice de buena obra, ni siquiera suponer que su decisión de recibir a Cristo nace de su corrupta naturaleza. Simplemente, si Dios nos amó primero podemos amarlo en consecuencia. Pero no aconteció lo mismo con Esaú, como bien señala el texto de Romanos citado; él fue odiado desde siempre, sin mirar en sus malas obras, para que el propósito quedara en las manos del Elector y no de la criatura.

    Ante esta revelación bíblica, Pablo se pregunta retóricamente, en boca de un objetor figurado, si Dios es injusto, el porqué Dios inculpa, ya que nadie (en este caso Esaú) puede resistirse a la voluntad de Dios. Es decir, Esaú vende su primogenitura y desprecia el acercarse a Dios porque Dios no lo amó nunca sino lo odió. Pero Pablo responde de inmediato que no podemos imaginar siquiera en la injusticia divina, sino en el acto del Dios soberano, ese Dios del que casi nadie habla porque el mundo no lo soporta. El mundo puede tolerar a un Dios bonachón, cercano y democrático, que cree en la meritocracia, que celebra el libre albedrío humano, que hace al hombre libre e independiente de Él como Creador. Pero al Dios soberano que ama a unos y odia a otros sempiternamente no lo tolera.

    El mundo está abierto a recibir el otro evangelio, el anatema, antes que al verdadero Dios revelado en su palabra. Nosotros sabemos lo difícil que resulta recibir esta palabra que es la más simple, la más plana, la que siempre ha estado ahí en las páginas de la Biblia. Esta palabra es la más racional, la que da respuesta a todo cuanto acontece, la que el mismo Dios ha hablado por boca de sus profetas: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:38). Yo he creado la luz y la oscuridad, yo hago el bien y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:7). ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    Si no aceptamos todo el consejo de Dios, estamos haciendo interpretación privada de su evangelio. Pese a la dificultad, al llegar a creer el Espíritu Santo continúa guiándonos a toda verdad, para que no seamos indoctos e inconstantes en aquellas cosas abstrusas de entender. Al comprender esta doctrina del Señor, estaremos capacitados para discernir cada detalle de este mundo disparatado que vemos a diario. Sabemos que no existe una lucha entre el bien y el mal, en una suerte de maniqueísmo metafísico, sino que el plan de Dios se cumple al calco de acuerdo a todo lo que han dicho sus profetas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO

    Nuestra predicación va dirigida al mundo, a aquellas personas que padecen el castigo natural del príncipe que gobierna en las potestades de las tinieblas. Tal vez muchos piensen que esto obedece a un mito medieval, como si la figura del diablo se hubiese inventado en la Edad Media; otros opinarán que el cuento de la fe surge por causa de los ignorantes. Bien, proseguimos con el anuncio de la promesa divina, de salvar a todas las ovejas que el Padre le dio al Hijo. En un mundo donde la proporción entre cabras y ovejas no parece equitativa, el aviso parece perderse en medio de una multitud ciega y sorda.

    No obstante, la palabra de Dios cumple aquello para lo que ha sido enviada. En unos opera el arrepentimiento para perdón de pecados, pero en otros genera endurecimiento mayor para perdición eterna. En ambos casos Cristo es glorificado, sea en el olor de muerte para muerte o en el olor de vida para vida. Nosotros cumplimos con la gran comisión, la de salir por todo el mundo para predicar este evangelio, con el propósito de dar testimonio a todas las naciones.

    Cuando Dios salva a un pecador, ocurren cambios maravillosos y sorprendentes en esa persona transformada por el Espíritu Santo y la palabra de Dios. Pablo dejó de ser Saulo de Tarso, el perseguidor de los creyentes; Zaqueo quiso resarcir el daño causado con su abuso usurero (Lucas 19:8); Isaías era un joven cuando dijo: Heme aquí, Señor, envíame a mi. Samuel era un jovencito (quizás de 12 años) cuando oyó la voz de Dios que lo llamaba, por lo cual dijo: Habla, Señor, que tu siervo oye (1 Samuel 3:10). El que ha sido perdonado por el Señor se coloca a su disposición, para servicio perenne.

    El cambio en el pecador redimido obedece al inevitable fruto de justicia que le ha sido concedido. Esto se puede llamar conversión, una vez que se ha recibido el don de la fe. Dice la Escritura que la salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8). El cambio de mentalidad del pecador arrepentido y convertido lo lleva a reconocer que Dios es soberano en forma absoluta, que él no es más que una criatura impotente a quien se le concedió gracia. Imposible que crea ya en un falso evangelio, dado que el mismo Señor lo ha afirmado de esa manera: Que sus ovejas oyen su voz y le siguen, pero no se irán más tras el extraño porque no conocen la voz de esos extraños (Juan 10: 1-5).

    Resulta imposible para un convertido por el poder del Señor y de su evangelio que crea un evangelio diferente. Pablo lo dijo, quien tal hace es por naturaleza un anatema (maldito); por lo tanto, lo que de Dios nace permanece para siempre. No podrá el nuevo creyente decir que su conversión se debe a la gracia divina y a su astucia y voluntad en recibirla, ya que eso significaría un trabajo conjunto entre Dios y el pecador. Dios ha descrito a toda la humanidad caída como muerta en delitos y pecados, incapaz de buscarlo y de desear lo bueno. Al mismo tiempo se guarda su gloria para Él mismo, sin compartirla, sin darla a otro, de manera que el convertido no podrá atribuirse ni un ápice de su nuevo estatus a su propia disposición.

    Es Dios quien ama y odia, pero nunca a la misma persona sino a personas diferentes. A Jacob amó, pero a Esaú odió; esto no sucedió por causa de las obras de uno u otro sino por causa de la decisión de quien elige. Sabemos que esta doctrina causa pánico en algunos que más o menos la comprenden, si bien en otros genera una repulsión natural e instantánea. Dios es injusto, dicen muchos, pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Pablo también respondió a a esa interrogante y dijo que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el ser humano no es nada delante del Creador. Somos polvo, barro en manos del alfarero que hace vasos de honra y de deshonra de la misma masa.

    ¿Cómo podremos discutir con Dios? ¿Quién puede alegar algo para contrariarlo? El que habla palabras contra el Altísimo se une al mandatario que hablará en contra de Dios, para quebrantar a los santos del Señor (Daniel 7:25). Hoy día observamos mucha gente unida para preparar el camino de su señor, en el intento de confirmar un pacto que vendrá muy pronto: es el pacto del desolador, el que viene con la muchedumbre de sus abominaciones (Daniel 9:27). Los falsos evangelios, las interpretaciones privadas de la palabra de Dios, procuran desvirtuar el conocimiento de la Persona y del Trabajo de Cristo. Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios eterno quien también ha creado todo cuanto existe (Juan 1: 1-3), pero también dio su vida en rescate por muchos (Isaías 53.11), habiendo muerto por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), sino solamente por aquellos que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus discípulos. Es decir, se subraya el hecho de que la palabra corrompida del evangelio espurio no redime ni un alma. Cuando Dios va a salvar a un pecador lo hace por medio de la predicación de su evangelio, atándolo con cuerdas de amor como dice Oseas 11:4. Las buenas nuevas de salvación están condicionadas únicamente a la sangre derramada en la cruz por Jesucristo, así como a su justicia que se nos imputa. El pecador redimido cree el verdadero evangelio de salvación porque la redención es un acto consumado en la cruz pero aplicado al creyente desde su conversión. No existe salvación progresiva ni potencial, sino actual e inmediata.

    El pecador convertido no solo renuncia a su vida de pecado sino que tiene como pecado el haber creído en un dios diferente al de las Escrituras. Toda aquella idolatría que se forjó en cuanto imaginó lo que debería ser Dios es dejada de lado, para pasar a creer en el Todopoderoso y absoluto soberano Dios de la Biblia. El apóstol Pablo nos lo ha confirmado con su ejemplo, diciéndonos que tuvo como pérdida toda esa forma previa de religión que cultivó mientras andaba en otras creencias. Lo que para él era ganancia lo estimó como pérdida por amor de Cristo. La excelencia del conocimiento de Cristo lo condujo a perder todo, y a tener su grandeza de fariseo y doctrina errática como basura, con el fin de ganar a Cristo. Desechó su propia justicia (que siempre es por ley) para abrazar la justicia que es por la fe de Cristo (Filipenses 3: 7-9).

    Fijémonos en el significado de justicia que creyó antes de su conversión, una justicia derivada de la ley de Dios, del hacer y no hacer, del procurar méritos para alcanzar un visto bueno del Señor. Después de su conversión esa visión de justicia propia fue declarada basura, para poder disfrutar de la justicia de Dios que es por la fe de Cristo. ¿Cuál es esa justicia? Que todos los que Cristo representó en la cruz fuimos declarados justificados por Aquél que es Dios Justo que justifica al impío. Esta justicia no la recibirá el mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9).

    Creer un falso evangelio que le dice que Cristo murió por todos, sin excepción, porque Dios es equitativo e inclusivo, implica asumir un evangelio abominable. El falso evangelio solo atestigua de sus seguidores como todavía muertos en delitos y pecados, por más teoría religiosa que se pretenda aprender. Las obras muertas conducen a mayor muerte. La moral, las obras religiosas, el celo por Dios, todo ello puede ser signo de muerte si no se tiene la justicia de Dios que es Cristo (Romanos 10:1-4).

    A la pregunta que alguien le hizo al Señor, de si eran pocos los que se salvaban, respondió: Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán (Lucas 13:23-24). En otra oportunidad, habiendo oído al Señor le dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18: 26-27). Entendemos por la respuesta de Jesús que la salvación resulta imposible para los hombres, de manera que nadie podrá añadir a su estatura un codo, nadie podrá redimir el alma de su hermano ni la suya propia. Así que todo depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer.

    Resulta placentero no adulterar la palabra de Dios, sino manifestar la verdad. Aún así, cuando predicamos el evangelio y no se entiende o no se soporta, comprendemos que ese evangelio está encubierto entre los que se pierden. El dios de ese siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4: 3-4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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