Categoría: ARREPENTIMIENTO

  • ARREPENTIRSE DEL FALSO EVANGELIO

    La palabra griega metanoia (μετάνοια) significa cambiar de mentalidad, darle un giro a lo que uno ha estado pensando. Jesús usa el imperativo Μετανοεῖτε en Mateo 4:17, un llamado al arrepentimiento porque el reino de los cielos se ha acercado. Dado que el vocablo induce a cambiar de mentalidad (el νοῦς – la mente), se entiende que debiéramos perseguir o requerir a la mente un determinado asunto. En el contexto en que Jesús habla ha de comprenderse que se impone un sentido teológico. Hemos de cambiar la noción que se nos ha dado por medio de la cultura del mundo, respecto a lo que es Dios, al mismo tiempo que respecto a lo que el ser humano dice ser.

    Hemos sido habituados a percibir a Dios como un ser democrático, que intenta ayudar pero solamente a quien se deja. Por otra parte, concebimos a una potestad humana altamente exagerada, atribuyéndonos un libre albedrío que no es sino una fábula religiosa. ¿Cuál libertad tuvo Esaú para contrariar su designio eterno? Esto lo comprendieron muy bien los griegos, a quienes se les atribuye sabiduría -al decir de Pablo. Ellos se inventaron una Moira o Destino que estaba por encima de sus dioses, una implacable fuerza que se ve reflejada en sus tragedias (por ejemplo, Edipo Rey; Antígona, entre tantas).

    El mundo auto llamado Cristiano salta esa parte de la razón para atribuirse una libertad que coloca a Dios como quien ruega por salvar un alma. Los predicadores hacen llamados persuasivos para que alguien levante la mano, dé un paso al frente o haga una oración de fe. Luego ruegan al cielo para que Dios anote en el libro de la Vida a ese nuevo prospecto alcanzado. Nada más pertinente para ese público que el llamado a arrepentirse del falso evangelio (véase Apocalipsis 17:8 para que se entienda cuándo fueron escritos los nombres en el libro de la Vida).

    Cualquiera que muera creyendo en un falso evangelio estará separado eternamente de Dios, habitará el infierno de fuego. Las obras buenas que hagamos deben ser tenidas como una consecuencia de nuestra fe, jamás como una causa de ella. La salvación del alma no depende del esfuerzo humano sino de Dios. Desde la eternidad Él ha preparado a un pueblo para llamarlo oportunamente a través del evangelio, dándole fe y arrepentimiento para perdón de pecados.

    Dios predestinó a Herodes y a Poncio Pilatos, así como a las naciones y las gentes de Israel, para que juntos estuvieran contra el Señor, para que hicieran cuanto Dios había antes determinado (predestinado dice el griego) que sucediera (Hechos 4:27-28). Acá estamos viendo una predestinación divina para la maldad, así como anteriormente hubo levantado al Faraón de Egipto para endurecerlo. Vemos por igual que Moisés fue rescatado por Dios para dirigir al pueblo de Israel desde la esclavitud hacia una tierra prometida. Si alguno se pregunta acerca de los israelitas que nunca creyeron, tenemos que responder con el apóstol Pablo: No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia (Romanos 9: 6-28). Isaías también señaló que si el número de los hijos de Israel fueren como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo (Isaías 10:22). En Romanos 8:29-30 leemos que aquellos que Dios conoció de antemano también los predestinó. Esto nos conduce a otro debate para tratar de dar luz a quienes se confunden con el acto del conocimiento previo divino.

    Dios pre-conoce, conoce desde antes, lo cual supone que Él tiene la Omnisciencia como atributo. Resulta indudable que el Dios de las Escrituras todo lo conoce, pero para nosotros resulta una confusión por los que tratan de ajustar la palabra divina a su teología equivocada. Muchos afirman que como Él supo desde siempre quiénes iban a aceptar su proposición de redención, entonces los escogió. Es decir, Dios vería la causa de la salvación en el corazón de sus criaturas y por eso los escogió o predestinó. Este tipo de razonamiento conduce a un laberinto sin salida, a un desgaste del entendimiento.

    Si Dios ya había mirado en los corazones humanos para averiguar quiénes creerían su mensaje, entonces no tenía por qué predestinarlos, ya que ellos mismos se habrían destinado por su cuenta para salvación. Además, Dios habría mentido al declarar que no había justo ni aún uno, que nadie lo buscaba, que nadie hacía lo bueno. Sabemos que tener la intención de amar a Dios es algo bueno e implica justicia, por lo tanto, aquellos que Dios vio que creerían ya lo amaban, por lo cual señalan el equívoco divino en su declaración.

    Hay más errores en esta aseveración. El acto de mirar en los corazones humanos, o en el túnel del tiempo, presupone que Dios no sabía antes de esa mirada quiénes habrían de ser los redimidos; por lo tanto no era un Ser Omnisciente puesto que no sabía algo que tuvo que averiguar después. Urge señalar que el verbo conocer en la Biblia tiene también otra acepción, de manera que no siempre señala la acción cognoscitiva de llegar a saber algo. Implica comunión, relación íntima, así como la Escritura declara que José no conoció a María, su mujer, hasta que dio a luz el niño (Mateo 1:24-25). Pese a no conocerla ya era su esposa y estuvo con ella para cuidarla cuando buscaba posada para el nacimiento.

    Jesús dijo que muchos le dirían en el día final que habían profetizado y hecho milagros en su nombre, pero que él les respondería que nunca los había conocido (Mateo 7:23). ¿Cómo es que nunca los había conocido si él es un Dios Omnisciente? En Juan 1:10 leemos que Jesús estaba en el mundo pero el mundo no le conoció (es decir, no lo amó, no lo recibió).

    El Ángel Gabriel fue enviado a María para anunciarle su bienaventuranza a quien todavía siendo virgen había sido desposada con un varón que se llamaba José. Después que el ángel le hubo dicho que concebiría un hijo al que llamaría Jesús, María le preguntó: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón (Lucas 1:34). ¿Cómo es que un Dios Omnisciente haya dicho a través del profeta Amós que solamente había conocido a los israelitas de todas las familias de la tierra? (Amós 3:2). Estos son algunos ejemplos en las Escrituras, pero pudiéramos buscar más; sin embargo, baste con ellos para que se pueda entender que ese conocimiento previo del Señor significa que los amó previamente, como también le fue dicho a Jeremías: Con amor eterno te he amado.

    Esos conocidos (amados de antemano) fueron igualmente predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Esos predestinados fueron y serán llamados eficazmente en su debido tiempo; estos llamados fueron y serán justificados, para que finalmente hayamos sido glorificados. Por lo tanto, el apóstol Pablo concluye con una exaltación de seguridad: ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). Por esta razón el apóstol había señalado previamente que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8: 28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LOS CIELOS DECLARAN (SALMO 19)

    El salmo 19 le canta al Creador, en forma directa, una alabanza por lo que se conoce desde siempre: la obra de las manos de Dios. En tanto la creación habla a gritos de aquel que hizo todas las cosas, el mundo tiene su contra parte y anuncia a voces que no hay Dios. La Biblia ha respondido a esa contrariedad, diciéndonos que quienes así hablan son necios. Ese Dios no solamente es creador sino un salvador; de hecho, en el principio estaba el Verbo para que por él y para él fuesen hechas todas las cosas.

    Ha habido dos creaciones: la del Génesis que nos muestra el barro convertido en hombre, y la siguiente creación que se anuncia inmediatamente después del pecado humano. Génesis 3:15 nos relata acerca de la promesa de la simiente que es Cristo. A través de él -el segundo Adán, según lo llama Pablo- hemos sido formados como hombres nuevos. La regeneración que es por medio del Espíritu Santo se aplica o acontece en los escogidos del Padre, desde la eternidad, cuando fuimos atados con cuerdas de amor, como declara hermosamente el profeta Oseas.

    Esta segunda creación humana no perece jamás, ya que se nos ha prolongado la misericordia divina. El sol como estrella gigante se pasea por la tierra, dando luz que la energiza y permite la fotosíntesis junto con los movimientos atmosféricos; el salmista nos permite esa metáfora para que en otro contexto Jesucristo sea llamado el sol de justicia. Esa luz que alumbra en las tinieblas suministra cuidado en las necesidades de cada uno de sus hijos o descendientes. Somos llamados linaje escogido, nación santa, los elegidos del Padre para convertirnos en herederos de esa promesa que aguardamos por fe. En Malaquías 4:2-3 leemos: Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos. Ese sol de justicia es el Logos creador, la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne. Él no solo nos da su salvación sino que nos alienta para educarnos en la virtud que exhibió en la tierra cuando nos dio su ejemplo.

    Las virtudes del hombre nuevo son recibidas por gracia pero han de ser ejercitadas: la paciencia se hace presente no por infusión espiritual sino por su ejercicio en medio de una tempestad calamitosa, como lo demostró el justo Job. La oscuridad del mundo va siendo disipada en la medida en que nosotros seamos luz derivada de ese sol de justicia.

    Tenemos que ser diligentes -cultivados y entrenados para toda buena obra-, hasta añadir a nuestra fe virtud. Esta es la capacidad que tiene una cosa o persona para producir un determinado efecto positivo: la virtud medicinal de una planta, o la virtud espiritual de un buen consejero. Hemos de habituarnos a hacer siempre el bien, poseyendo esa cualidad moral que rige nuestro fuero interno. Pero esa virtud debe ser llena de conocimiento seguido del dominio propio. La templanza, el justo punto adecuado entre los extremos, ejercita nuestra paciencia. Así que estas cualidades que se nos ofrecen como hombres nuevos no se ingieren por ósmosis sino bajo el ejercicio y la práctica de los actos del diarios vivir.

    Cuando nos convertimos en seres de paciencia es porque ha llegado el momento de añadirle piedad (amor del mismo signo que el que viene de Dios). Todo ello nos conduce al afecto fraternal (la amistad que existe entre hermanos espirituales), ya que no existe matrimonio posible entre Cristo y Belial, entre la luz y las tinieblas, entre aquellos de yugo desigual. Así que estas virtudes o cualidades que se dan por imitar al sol de justicia nos permiten llevar fruto a granel. Pero ese fruto tiene su primicia en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1: 8).

    Volvemos a la teología, al acto de conocer quién es Dios. La verdadera metanoia (arrepentimiento) consiste en el conocimiento: A) Conocer la grandeza y soberanía absoluta del Creador; B) conocer la pequeñez nuestra, junto a la impotencia que nos acompaña para siquiera desearle. Si no es porque Dios nos amó primero no le amaríamos en consecuencia. El arrepentimiento nos enseña que no merecemos el rayo de luz del Sol de justicia, pero ahora que se nos ha dado arrepentimiento para perdón de pecados somos conscientes de nuestras debilidades. Nuestra responsabilidad para con Dios surge del hecho de que no somos independientes de Él, sino que estamos bajo su gobierno absoluto.

    Ah, pero no solo nosotros estamos bajo ese gobierno divino, también lo están Satanás y todos los que lo siguen, todos los mortales que yacen bajo su principado: en realidad están bajo la ira de Dios, hasta que sean llamados si Dios quiere llamarlos. De eso trata la Biblia, de la enseñanza sobre la soberanía absoluta del Creador, quien ha hecho todo cuanto ha querido, quien ordena y nadie puede decirle qué haces. Es el Despotes del Nuevo Testamento, el que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Esos humildes lo son porque Dios ha operado en esos corazones, de lo contrario seguirían como el príncipe de este mundo, cargados de soberbia y orgullo en su repudio natural contra el Creador. En 2 Pedro 2:2 se menciona a Cristo como el Despotes que compró a sus siervos, asimismo en Job 5:8 leemos que Dios es el Despotes de todos (en ambos caso en lengua griega). Es decir, el amo, el soberano, el señor, el príncipe, el que hace como quiere.

    El mundo declara que debemos tener ansiedad, que la paz no resulta posible sino la que de él proviene, con sus ofertas y ejercicios en las prácticas de la incredulidad. Jesús dijo que su paz no era comparable con la que el mundo daba; vemos una imitación continuada de las virtudes divinas en un esfuerzo del mundo (terreno del principado de Satanás) por hacer saber que su desorden natural es suficiente. Empero, sabemos que hemos de prevalecer en el ejercicio de nuestras funciones espirituales, por medio del estudio de la palabra revelada (el verdadero Logos) y confrontando las costumbres que forman la ética del mundo.

    La ética satánica es relajada, relativa y permisiva; bajo su mandato los prosélitos alzan la bandera del orgullo por el pecado practicado. Esa altivez se acompaña de la burla a todo aquel que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Pero los que somos llamados de las tinieblas a la luz conocemos cuál es la verdad a la que fuimos invitados. Por eso se escribieron las palabras de Jesucristo referentes a que el enemigo tratará de engañar a los escogidos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible. De allí que la apostasía que vemos a diario se realiza porque esas personas engañadas no han demostrado que hayan sido elegidas. Al parecer, ellos mismos se invitaron, ellos acudieron por las razones propias que la carne expone, aunque se disfrace la carne como razón espiritual.

    Somos poseedores de una paciencia triunfante, la que nos garantiza sobrellevar cualquier circunstancia adversa, una fortaleza que nunca será saqueada, como un puerto seguro y calmo. El creyente ha renunciado a lo oculto y vergonzoso, se mantiene sin adulterar la palabra de Dios. Sin embargo, nuestro evangelio permanece encubierto entre aquellos que se pierden. La razón de esa oscuridad se debe al príncipe de este mundo, el que cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4).

    Nuestra salvación y el conjunto de virtudes que la acompañan yacen en una vasija de barro, muy endeble aparentemente. La razón estriba en que la excelencia del poder sea de Dios y no dependa de nosotros. El poder del Señor se perfecciona en nuestras debilidades; allí donde nosotros no podemos llega la providencia divina, de forma que siempre reconozcamos el acto inicial de nuestro arrepentimiento (metanoia): que Dios es soberano absoluto, que para Él no existe nada imposible, que Él dirige nuestros pasos así como también el de los faraones del mundo. Quien llegue a comprender esa realidad revelada en las Escrituras debe considerarse muy feliz, porque parece que allí está la salvación declarada.

    César Paredes

    rertor7@yahoo.com

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  • LLAMADO AL ARREPENTIMIENTO

    Nuestra predicación va dirigida al mundo, a aquellas personas que padecen el castigo natural del príncipe que gobierna en las potestades de las tinieblas. Tal vez muchos piensen que esto obedece a un mito medieval, como si la figura del diablo se hubiese inventado en la Edad Media; otros opinarán que el cuento de la fe surge por causa de los ignorantes. Bien, proseguimos con el anuncio de la promesa divina, de salvar a todas las ovejas que el Padre le dio al Hijo. En un mundo donde la proporción entre cabras y ovejas no parece equitativa, el aviso parece perderse en medio de una multitud ciega y sorda.

    No obstante, la palabra de Dios cumple aquello para lo que ha sido enviada. En unos opera el arrepentimiento para perdón de pecados, pero en otros genera endurecimiento mayor para perdición eterna. En ambos casos Cristo es glorificado, sea en el olor de muerte para muerte o en el olor de vida para vida. Nosotros cumplimos con la gran comisión, la de salir por todo el mundo para predicar este evangelio, con el propósito de dar testimonio a todas las naciones.

    Cuando Dios salva a un pecador, ocurren cambios maravillosos y sorprendentes en esa persona transformada por el Espíritu Santo y la palabra de Dios. Pablo dejó de ser Saulo de Tarso, el perseguidor de los creyentes; Zaqueo quiso resarcir el daño causado con su abuso usurero (Lucas 19:8); Isaías era un joven cuando dijo: Heme aquí, Señor, envíame a mi. Samuel era un jovencito (quizás de 12 años) cuando oyó la voz de Dios que lo llamaba, por lo cual dijo: Habla, Señor, que tu siervo oye (1 Samuel 3:10). El que ha sido perdonado por el Señor se coloca a su disposición, para servicio perenne.

    El cambio en el pecador redimido obedece al inevitable fruto de justicia que le ha sido concedido. Esto se puede llamar conversión, una vez que se ha recibido el don de la fe. Dice la Escritura que la salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8). El cambio de mentalidad del pecador arrepentido y convertido lo lleva a reconocer que Dios es soberano en forma absoluta, que él no es más que una criatura impotente a quien se le concedió gracia. Imposible que crea ya en un falso evangelio, dado que el mismo Señor lo ha afirmado de esa manera: Que sus ovejas oyen su voz y le siguen, pero no se irán más tras el extraño porque no conocen la voz de esos extraños (Juan 10: 1-5).

    Resulta imposible para un convertido por el poder del Señor y de su evangelio que crea un evangelio diferente. Pablo lo dijo, quien tal hace es por naturaleza un anatema (maldito); por lo tanto, lo que de Dios nace permanece para siempre. No podrá el nuevo creyente decir que su conversión se debe a la gracia divina y a su astucia y voluntad en recibirla, ya que eso significaría un trabajo conjunto entre Dios y el pecador. Dios ha descrito a toda la humanidad caída como muerta en delitos y pecados, incapaz de buscarlo y de desear lo bueno. Al mismo tiempo se guarda su gloria para Él mismo, sin compartirla, sin darla a otro, de manera que el convertido no podrá atribuirse ni un ápice de su nuevo estatus a su propia disposición.

    Es Dios quien ama y odia, pero nunca a la misma persona sino a personas diferentes. A Jacob amó, pero a Esaú odió; esto no sucedió por causa de las obras de uno u otro sino por causa de la decisión de quien elige. Sabemos que esta doctrina causa pánico en algunos que más o menos la comprenden, si bien en otros genera una repulsión natural e instantánea. Dios es injusto, dicen muchos, pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? Pablo también respondió a a esa interrogante y dijo que Dios no es injusto en ninguna manera, sino que el ser humano no es nada delante del Creador. Somos polvo, barro en manos del alfarero que hace vasos de honra y de deshonra de la misma masa.

    ¿Cómo podremos discutir con Dios? ¿Quién puede alegar algo para contrariarlo? El que habla palabras contra el Altísimo se une al mandatario que hablará en contra de Dios, para quebrantar a los santos del Señor (Daniel 7:25). Hoy día observamos mucha gente unida para preparar el camino de su señor, en el intento de confirmar un pacto que vendrá muy pronto: es el pacto del desolador, el que viene con la muchedumbre de sus abominaciones (Daniel 9:27). Los falsos evangelios, las interpretaciones privadas de la palabra de Dios, procuran desvirtuar el conocimiento de la Persona y del Trabajo de Cristo. Jesucristo es el Hijo de Dios, Dios eterno quien también ha creado todo cuanto existe (Juan 1: 1-3), pero también dio su vida en rescate por muchos (Isaías 53.11), habiendo muerto por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), sino solamente por aquellos que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de sus discípulos. Es decir, se subraya el hecho de que la palabra corrompida del evangelio espurio no redime ni un alma. Cuando Dios va a salvar a un pecador lo hace por medio de la predicación de su evangelio, atándolo con cuerdas de amor como dice Oseas 11:4. Las buenas nuevas de salvación están condicionadas únicamente a la sangre derramada en la cruz por Jesucristo, así como a su justicia que se nos imputa. El pecador redimido cree el verdadero evangelio de salvación porque la redención es un acto consumado en la cruz pero aplicado al creyente desde su conversión. No existe salvación progresiva ni potencial, sino actual e inmediata.

    El pecador convertido no solo renuncia a su vida de pecado sino que tiene como pecado el haber creído en un dios diferente al de las Escrituras. Toda aquella idolatría que se forjó en cuanto imaginó lo que debería ser Dios es dejada de lado, para pasar a creer en el Todopoderoso y absoluto soberano Dios de la Biblia. El apóstol Pablo nos lo ha confirmado con su ejemplo, diciéndonos que tuvo como pérdida toda esa forma previa de religión que cultivó mientras andaba en otras creencias. Lo que para él era ganancia lo estimó como pérdida por amor de Cristo. La excelencia del conocimiento de Cristo lo condujo a perder todo, y a tener su grandeza de fariseo y doctrina errática como basura, con el fin de ganar a Cristo. Desechó su propia justicia (que siempre es por ley) para abrazar la justicia que es por la fe de Cristo (Filipenses 3: 7-9).

    Fijémonos en el significado de justicia que creyó antes de su conversión, una justicia derivada de la ley de Dios, del hacer y no hacer, del procurar méritos para alcanzar un visto bueno del Señor. Después de su conversión esa visión de justicia propia fue declarada basura, para poder disfrutar de la justicia de Dios que es por la fe de Cristo. ¿Cuál es esa justicia? Que todos los que Cristo representó en la cruz fuimos declarados justificados por Aquél que es Dios Justo que justifica al impío. Esta justicia no la recibirá el mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su expiación (Juan 17:9).

    Creer un falso evangelio que le dice que Cristo murió por todos, sin excepción, porque Dios es equitativo e inclusivo, implica asumir un evangelio abominable. El falso evangelio solo atestigua de sus seguidores como todavía muertos en delitos y pecados, por más teoría religiosa que se pretenda aprender. Las obras muertas conducen a mayor muerte. La moral, las obras religiosas, el celo por Dios, todo ello puede ser signo de muerte si no se tiene la justicia de Dios que es Cristo (Romanos 10:1-4).

    A la pregunta que alguien le hizo al Señor, de si eran pocos los que se salvaban, respondió: Esforzaos a entrar por la puerta angosta, porque os digo que muchos procurarán entrar y no podrán (Lucas 13:23-24). En otra oportunidad, habiendo oído al Señor le dijeron: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Él les dijo: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18: 26-27). Entendemos por la respuesta de Jesús que la salvación resulta imposible para los hombres, de manera que nadie podrá añadir a su estatura un codo, nadie podrá redimir el alma de su hermano ni la suya propia. Así que todo depende de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece al que quiere endurecer.

    Resulta placentero no adulterar la palabra de Dios, sino manifestar la verdad. Aún así, cuando predicamos el evangelio y no se entiende o no se soporta, comprendemos que ese evangelio está encubierto entre los que se pierden. El dios de ese siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4: 3-4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EMPEZAR DE NUEVO

    David pregunta quién subirá al monte de Jehová, para estar en su lugar santo; la respuesta la da de inmediato: el limpio de manos y puro de corazón, el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño (Salmos 24: 3-4). Si prestamos atención a lo que dijo, sabemos que todos fallamos al respecto algunas o muchas veces en esta vida. Siempre hemos de empezar de nuevo, intentarlo una y otra vez, sin importar que nuestro saldo quede en rojo al final del día, del mes, del año. El hombre parece una máquina de hacer pecado, acostumbrado y dominado por la ley de sus miembros (Romanos 7). Pese a esa constante nos toca batallar a diario contra la carne, sin la angustia por causa de la derrota sufrida en muchas ocasiones.

    Pablo sufrió algo parecido, como nos lo cuenta en Romanos; así se sintió: un miserable que hacía lo que no quería, pero que no hacía aquello que debía hacer. Al final de su discurso dio gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría finalmente de su cuerpo de muerte (ese cuerpo que participa del pecado). Somos seres carnales, vendidos al pecado (Romanos 7:14), con el pecado que nos domina (Romanos 7: 17). Pablo comprendió lo que nos sucede como creyentes, bajo la ley del pecado, pero no se conformó con el hecho de pecar sino que desmenuzó sus intríngulis. Existe una ley en nuestros miembros que se rebela contra la ley de nuestra mente, para llevarnos cautivos ante la ley del pecado que reposa en nuestros miembros.

    Esa saturación pecaminosa de la que estamos untados se asemeja a lo dicho por David en su célebre Salmo 51. Decía que su pecado estaba siempre delante de él, que había sido formado en maldad y concebido por su madre en pecado (Salmos 51:5). La súplica del rey se inicia con un clamor a la misericordia del Señor, seguida de la petición de la renovación de un espíritu recto dentro de él (Salmos 51: 1 y 10). Nos quedamos petrificados por la acción del pecar, así que tenemos que pedirle a Dios que abra nuestros labios de nuevo, para publicar la alabanza que de ellos emana (verso 15).  

    Como creyentes sabemos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero fuimos llevados a la vida por la gracia de Dios. Si Él no nos hubiese llamado con eficacia, estaríamos como los que son del mundo. Ahora que vivimos sabemos lo horrendo del pecado, de su molestia y de su fuerza. Por eso hemos de empezar de nuevo la caminata, sabiendo que tenemos un Dios al cual clamar como lo atestiguan Pablo y David, entre tantos otros escritores bíblicos. La justicia de Dios la vemos a través del trabajo de Jesucristo cumplido en la cruz. En ese lugar le fueron imputados al Hijo de Dios todos nuestros pecados, habiendo él sido castigado por nuestras culpas para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Por estar en Cristo nos convertimos en nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), estando conminados a ser compasivos, a amarnos fraternalmente unos a otros, siendo misericordiosos y amigables (1 Pedro 3:8). Nuestra lengua debe ser refrenada de hablar el mal, para poder ver días buenos (1 Pedro 3:10). De igual forma, al estar en Cristo sabemos que el Señor padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (verso 18). Dios castigó a un hombre completamente inocente, su Cordero preparado para la expiación desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para imputarnos después su justicia a nosotros. Esto lo hizo en los elegidos, pese a que seamos pecaminosos en carácter y conducta. En este punto hubo un encuentro entre la justicia de Dios (la cual es Jesucristo) y nuestra inmundicia (la cual fe quitada por su sangre). De esta forma lo leemos en el Salmo 85:10: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron.

    Sabemos lo cierto que resulta el contenido de la palabra de Dios; por ello nos afianzamos en estas palabras: Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira (Romanos 5:9). Habiéndonos dado vida el Hijo, perdonándonos todos nuestros pecados (Colosenses 2:13), sabemos que podemos comenzar de nuevo. La misma Escritura nos lo recuerda una y otra vez: ¿Quién es el que condenará a los que aman a Dios? Cristo es el que murió y resucitó, el que intercede por nosotros a la diestra de Dios Padre (Romanos 8: 33-34). Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (verso 37).

    Dios, hablando del Hijo, nos confirmó por medio de su profeta Isaías: Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores, verá el fruto de su aflicción y quedará satisfecho. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53: 11-12). Recordemos que Jesucristo al encarnarse se sometió plenamente a la ley de Dios, cumpliendo todos sus preceptos. Esto demandaba la ley divina dada los hombres, pero nadie la pudo cumplir a plenitud sino solamente el Hijo de Dios. Por eso se le llamó siempre como el Cordero sin mancha (el que no cometió pecado), como bien lo prefiguró David en otro de sus Salmos: El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón (Salmos 40: 8). De igual forma encontramos referencia en Isaías 50:5: Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás.

    Comenzamos de nuevo porque tenemos la confianza de la palabra de Dios; cada creyente conoce que si peca tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sabemos que el pecado es una infracción a la ley de Dios, pero Jesucristo apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3: 4-5). El pecado puede convertirse en una mala costumbre, generándonos inmenso dolor. No solo porque acarreamos sus consecuencias naturales, sino porque el Espíritu se contrista dentro de nosotros (Efesios 4:30). En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos la luz del Señor y como hijos de luz debemos andar (Efesios 5:8).

    Empezar de nuevo también se entiende como un privilegio que tenemos todos los que hemos sido redimidos por el Señor, una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Se nos garantiza la providencia del Omnipotente, con la motivación de quien nos ama con amor eterno. Esa es una razón de sobra para no participar más en las obras infructuosas de las tinieblas. Hemos de despertarnos y levantarnos de los muertos, para que Cristo nos alumbre de verdad. Por esta razón hemos de mirar con diligencia nuestra manera de andar, que no seamos guiados por la necedad sino por la sabiduría que viene de lo alto.

    Pablo nos recomienda que seamos entendidos en cuanto a conocer cuál es la voluntad del Señor para nosotros: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5: 18-20). Este camino tenemos como señal para andar por él, de manera que crezcamos en la gracia y en el conocimiento del Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ME ARREPIENTO EN POLVO Y CENIZA (JOB 42:6)

    En las conversaciones entre Job y Jehová, el sufrido hombre se reconoce como el loco que ha escondido el consejo sin entendimiento, el que hablaba lo que no entendía. Eran cosas demasiado maravillosas para él, que no comprendía. Dios posee tesoros escondidos, como sus secretos de corazón, de los cuales la gente no debe hablar sin saber. Por eso Job abjura no solo de sus pecados sino de sí mismo, como un deudor a la ley. Podemos traer a la memoria a otros personajes bíblicos, los que suponían que agradaban a Dios pero en realidad intentaban golpear la lámpara con los ojos cegados.

    Saulo de Tarso pretendió seguir al Dios de Israel, había estudiado a los pies de Gamaliel, conocía la ley en su letra y se mantenía como un fariseo digno de imitar. Sin embargo, cuando sus ojos fueron abiertos comprendió su miseria y tuvo todo ese tiempo como pérdida, por causa de la excelencia de Cristo. Moisés no fue nadie sino un hombre afortunado por vivir en el palacio del Faraón, por ser uno de sus príncipes; pero no fue sino cuando Dios se le apareció en aquella zarza que pudo ser tenido por digno de servir al Altísimo. Pedro era un humilde pescador, un hombre común de su tierra, hasta que un día Jesucristo lo llamó a seguirlo. Así, cada uno de los que hemos creído eficazmente damos por nada nuestra antigua vida, por causa de la luz de Cristo.

    Los ocultos orgullos que ensalzan nuestra imagen pueden arruinar el camino para ir al Padre. La vieja naturaleza caída desde Adán nos persigue, nos acompaña y no podemos deshacernos de ella sino solamente controlarla a ratos. Tenemos que hacer morir lo terrenal en nosotros, matar las obras de la carne, pero encontramos oposición natural mientras vivamos en el cuerpo de muerte (del pecado, de acuerdo a Romanos 7). El rey Saúl no quiso matar a Amalec, sino darle un rato de rey a rey, pero Jehová vio que no había cumplido su orden. Cuando fue confrontado por Samuel, Saúl argumentó que las bestias rescatadas del botín el pueblo las tenía para sacrificarlas a Jehová. Una desobediencia lleva a la astucia de la mentira, como cuando alguien compra un boleto de lotería y le ofrece al Señor un porcentaje de su hipotética ganancia.

    Hay culpas morales, como las que tiene un convicto de ley. Él se arrepiente por causa del castigo sobrevenido, o tal vez por la vergüenza social que se le vino encima, pero sigue creyendo que él posee un corazón bondadoso. Cuando Job se confrontó con el Señor no tuvo otro camino que arrepentirse en polvo y ceniza, y aborrecerse a sí mismo. Una cosa es oír de Dios y otra es oírlo a Él, cuando supo Job que no era sabiduría contender contra el Omnipotente. La gran pregunta de Jehová debe llamarnos la atención en estos momentos de la historia del cristianismo y de las desviadas doctrinas sobre la expiación: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8).

    Esas preguntas de Jehová tienen que ver con las de Pablo, hechas para el objetor: ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? (Romanos 9: 14). Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Estas preguntas encontradas en Job y en la Carta a los Romanos reflejan el corazón de las personas que suponen que tienen algo de buenas, a pesar de sus pecados. Esas personas aceptan que hay pecado en el hombre, que Dios es el único que puede salvar al pecador, pero agregan que ellos tienen el poder de decisión. En realidad, el antiguo Job que oía de Dios y el objetor de Romanos, se parecen mucho: suponen que algo bueno había en ellos.

    No fue sino hasta que Dios confrontó a Job que el piadoso hombre pudo comprender que había oído de oídas anteriormente, pero que ahora que veía la verdad su corazón se arrepentía en polvo y ceniza. Esa verdad que Job oyó y vio se supo por las preguntas que Dios le hizo: ¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? (Job 40:2). Jehová le dijo que había guardado a los impíos para derramarles su ira, para encerrar sus rostros en la oscuridad. Jehová le hablaba de dos grandes fieras: el behemot y el leviatán, las que Él controla sin problema alguno; el leviatán es tomado como el rey de los soberbios. ¿Será que la soberbia de Job seguiría su rumbo después que el Omnipotente lo confronta? No, en absoluto; fue después de estas palabras que Job se humilla en polvo y ceniza.

    De esta manera la Biblia ilustra cuál debería ser nuestra conducta cuando nos confrontamos con la doctrina de la soberanía de Dios, del Dios que no tiene consejero, del que no da cuentas a nadie de lo que hace; del Dios que amó a Jacob pero que odió a Esaú, sin mirar en sus buenas o malas obras, aún antes de que fueren concebidos. Si eso es motivo de enardecimiento, si eso mueve a las personas a hacer filas junto al objetor, entonces tienen que comprender que parecieran ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Son de los soberbios que serán encerrados en la oscuridad, de los vasos de ira preparados para el día de la ira del Señor.

    No podemos invalidar el juicio del Señor, recordemos de nuevo el libro de Job: ¿Invalidarás tú también mi juicio? ¿Me condenarás a mí, para justificarte tú? (Job 40: 8). Eso hacen los hombres por su pecado, condenar a Dios por odiar a Esaú, por escoger a Jacob sin mirar en sus obras buenas o malas. La gente se inventa el túnel del tiempo para decir que Dios miró en esos corredores para ver si había algún sabio o entendido, para ver si había alguien que lo buscara, hasta que al final encontró a Jacob, a Moisés, a Elías, a todos los demás creyentes. Pero ese razonar no lo apoya la Escritura por ningún lado, sino que de la misma masa de barro dañada Dios hizo vasos de misericordia y vasos de ira. Fue Dios quien hizo todo eso, para su propia gloria; Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    El hombre se empeña en invalidar el juicio divino, desea condenar a Dios de injusto para justificarse a sí mismo. Pero Jesucristo lo dijo enfáticamente: Toda planta que no plantó mi Padre, será desarraigada (Mateo 15:13). Los decretos de Dios en relación con sus tratos con los hombres, con sus aflicciones, están cargados de sabiduría y racionalidad. Él sabe lo que hace, de acuerdo a su más estricta justicia; jamás serán frustrados sus decretos, lo que debe cumplirse por necesidad. El Cordero de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), por lo cual Adán tenía que pecar para que Jesucristo viniera en rescate de muchos, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Así que antes de invalidar la justicia de Dios, digamos que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.

    Nuestro pecado es malo y abominable, pero el impío no teme el no poseer la gracia salvadora. Piensa que tal vez si existe ese Dios de la Biblia de seguro verá sus buenas acciones. Como dijo un salmista, el impío no tiene congojas por su muerte, al ver todavía entero su vigor. Por esa razón Caín mató a su hermano Abel, porque le tuvo envidia y no consideró su propia muerte como un desafío. Vio su vigor entero y supuso que eliminar a su hermano no le traería ningún inconveniente mayor, pero no le resultó como lo pensó. Dios lo maldijo y Caín tuvo que reconocer que su castigo era muy grande para ser soportado. El impío llora cuando ve venir la calamidad, pero no se aflige por su alma. Tal vez llore cuando sea demasiado tarde, por lo cual dirá como todos sus semejantes: en vano he ganado el mundo, ya que perdí mi alma.

    César Paredes

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  • DIOS SE ARREPIENTE

    La Biblia nos asegura que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Sin embargo, uno también lee que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Génesis 6:6). Por igual leemos que Dios se arrepintió de haber nombrado rey a Saúl, porque él le había dado la espalda a Jehová (1 Samuel 15:11). Y lo más curioso es que en el mismo libro de Samuel y mismo capítulo se muestran los dos textos como si uno desdijera del otro; de hecho, en 1 de Samuel 15:29 está la referencia del Dios que no miente ni se arrepiente.

    Esa afirmación del Dios que permanece en su voluntad se había escrito en Números 23:19, de manera que el escritor bíblico tiene su base para reafirmarlo posteriormente. Si miramos el verbo arrepentir tenemos que pensar en un cambio interno de actitud respecto a un hecho, una conducta, una decisión. Por ejemplo, si un pecador se arrepiente Dios puede perdonarlo. De esta manera, el arrepentimiento para perdón de pecados implica ese cambio de actitud que provoca la transformación de mentalidad en el pecador.

    Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11), lo que nos hace suponer que Dios no se arrepiente de tener esa actitud contra la impiedad y los que no han sido redimidos, ya que Él es santo. Sin embargo, cuando uno de sus elegidos se arrepiente Dios cambia también en su pago justiciero. En cuanto a sus hijos, la Biblia afirma que Dios al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Resulta obvio que cuando el hijo se arrepiente Dios puede interrumpir la disciplina, lo cual se traduce en un arrepentimiento divino de lo que estaba realizando. Así que no se ve contradictorio el hecho de que Dios se arrepienta de algo, puesto que lo que anuncia es un cambio interno por la conducta externa de alguien.

    Muy fácil, arrepentirse no siempre implica un lamento por haber hecho algo, como quien se lamenta por sus pecados. A veces, arrepentirse tiene otro sentid. Resulta lógico que si el hombre está en una relación dinámica con Dios como Creador, esa relación de diálogo se da también por medio de estímulos y respuestas.

    En la pedagogía del pecado y la ley se puede observar tal dinamismo. Ante un hecho punible la ley castiga de acuerdo a lo estipulado, pero ante un arrepentimiento oportuno la ley concede ciertos privilegios. Dios habla con su profeta y le dice que no quiere la muerte del impío, sino que se arrepienta y viva. Anuncia que cada quien pagará por sus pecados, para que abandonen la queja de que fue por culpa de los padres o antecesores que los hijos tienen dentera (Ezequiel 18).

    Aunque Dios es grande en misericordia, su justicia no se sacrifica. La Biblia también dice que Dios ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), y que el afecto de su voluntad impera (Efesios 1:5). No podemos imaginar a un Dios contradictorio, alguien que lamenta aplicar su justicia. En el caso de Ezequiel se debe observar que no hay una referencia absoluta sino circunstancial a un caso específico, cuando Dios responde sobre el refrán en Israel, el que dice que los padres comieron las uvas agrias, y los hijos tienen la dentera. Dios tiene placer también cuando aplica su ley para castigar, ya que de esa manera cumple su palabra siempre respetable. Dios honra su palabra que es verdad.

    En Pedro y Judas vemos la ilustración de lo expuesto por Ezequiel; Pedro fue un hombre justo (justificado por la fe), pero pecó al negar al Señor. En ese momento actuó como impío, pero Dios no quiso su muerte sino que le dio arrepentimiento para perdón de pecados (Jesús había orado por Pedro para que su fe no faltara). Judas, por su parte, aparentaba ser un hombre justo, pero se apartó del camino de la justicia. Por lo tanto, cometió iniquidad, de acuerdo a las abominaciones del hombre inicuo. Por supuesto que no vivirá, por lo tanto otro tomó su oficio y sus hijos quedaron huérfanos como dijera el Salmo que habla de su maldición. Estos son los casos de los justos en su propia opinión, con apariencia de piedad que niegan su eficacia.

    En ningún momento ese texto expone que Dios desea algo que no puede alcanzar, que anhela que el impío en general se vuelva de su camino, pero que queda frustrado si no lo hace. Eso no sería congruente con el Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, hemos de ver que Dios no quiere que los malos preparados como vasos de ira para destrucción se vuelvan atrás. De seguro Dios hablaba con su profeta en relación con sus impíos, aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. No obstante, esa muerte puede presumirse física, porque en ocasiones la ley castigaba con esa pena capital a algunos malhechores. Así que Jehová le dice a Ezequiel que no desea que el impío muera en su pecado pero que si continúa con la impiedad de seguro morirá.

    A Judas Iscariote lo dejó en su maldad, como había sido predeterminado, para que se cumpliera la palabra profetizada. En cuanto a Judas no se dice que Dios no quiso su muerte impía, sino más bien se le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer. Por lo visto, no conviene sacar los textos de sus contextos, para trasladarlos al lugar en que apoyen una teología que la Biblia no respalda. Juan el apóstol nos habla de los hermanos que cometen un pecado de muerte, por los cuales él no desea que se pida. Si los llama hermanos debe ser que morirán físicamente, como un castigo del Padre, pero que no morirán espiritualmente. Lo mismo acontecía en Corinto, cuando Pablo le escribía a la iglesia sobre la dignidad en la comunión de la Cena del Señor. Refirió que algunos andaban enfermos por la mala actitud, mientras otros dormían (habían muerto).

    La teología del mandato y del decreto puede resolver la duda que tuviera alguien si leyera en forma superficial esos textos. Otro ejemplo lo tenemos en Jeremías 18, cuando Dios usa la metáfora del Alfarero que trabaja con el barro. Habla del Dios que puede destruir una vasija de barro rompiéndola, para hacer otra nueva. Ese Israel fue amonestado con el modelo de los pueblos que Dios destruía por sus fechorías, de manera que el pueblo de Dios comprendiera que también podrían aquellas naciones hostiles llegar a arrepentirse de hacer sus maldades. En ese caso, Dios cambiaría el castigo destructivo para hacerles el bien a esos pueblos. Visto así, la Biblia habla del arrepentimiento de esas naciones paganas que llevarían al arrepentimiento (cambio de efecto) de parte de Dios.

    El hecho de arrepentirse el Dios Soberano no presupone un lamento y congoja por lo que haga o no haga Jehová, sino que indica un intercambio para con los pecadores. Los que estaban ligados al castigo que podía ser eliminado, podrían recibir el obsequio del perdón por parte del Señor. Y de nuevo, si aquellos impíos se volvieren al mal, Dios se arrepentirá (se apartará de hacerles el bien) para volver a hacerles el mal (darles un castigo). Se trata de un dar y recibir a cambio, de una prestación y contraprestación, en vías de fomentar la pedagogía divina para que Israel entendiera que no debía volverse arrogante. Cuando el escritor bíblico dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, no lo veamos como un lamento por alguna frustración, simplemente entendámoslo como un anuncio de cambio en cuanto a que no los dejaría vivir en esa violencia que colmaba la tierra. Asimismo, el texto de Ezequiel deja ver cierta ironía en relación a los justos israelitas que acusaban a Dios de no ser equitativo, por lo cual manifestaron la queja de que eran castigados por los pecados de sus padres. Ellos se presumían sin pecado, mientras señalaban a Dios como injusto. Por eso Dios les responde de esa manera, como si hubiese gran justicia en medio de su pueblo acostumbrado a hacer el mal.

    Volviendo a la teología del mandato y del decreto, diremos que Dios ordena una ley para que la gente actúe en consecuencia. Por supuesto, al igual que Adán quebrantó el mandato impuesto, los demás seres humanos delinquen a diario. Vemos que la ley se cumple y se quebranta, pero en cuanto al decreto divino no podemos decir lo mismo. Los decretos de Dios tienen que cumplirse (todo lo que ha ordenado desde el principio). El Padre había ordenado al Cordero (su Hijo) a quien preparó para la inmolación, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). En virtud de ese decreto uno tiene que comprender que Adán debía quebrantar el mandato y comer del árbol prohibido, para que el Cordero pudiera actuar como Redentor y llevar la gloria que tiene en tanto él es la justicia de Dios, así como nuestro Mediador y Salvador.

    Dios no se lamenta, sino que todo cuanto quiso ha hecho. La Biblia nos dice que si alguno se lamenta, que lo haga por su pecado. Si recibimos el arrepentimiento para perdón de pecados, Él será amplio en perdonar (se arrepentirá, sin lamento alguno, para no condenarnos). Pero el que no cree, ya ha sido condenado (y Dios no se arrepentirá de la condenación reservada para los réprobos en cuanto a fe).

    César Paredes

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  • CREA EN MÍ UN CORAZÓN NUEVO (SALMO 51:10)

    David era un hombre de Dios, pero en su caída estrepitosa y pública tuvo que clamar para que Dios creara en él un corazón nuevo; reconoció su impotencia en su reposición, a pesar de que había sido declarado como un hombre conforme al corazón de Dios. ¿Cuánta mayor impotencia no habrá en el incrédulo? Existe una inhabilidad natural para los asuntos de la fe de Cristo, dado que el ser humano fue declarado muerto en delitos y pecados. No puede la criatura caída disfrutar de la debida percepción de los asuntos de Dios, porque le parecen una locura. 

    La gracia de Dios se hace necesaria para poder relacionarse con el Creador; si por las obras de la ley se pudiera restablecer el contacto, la gracia sobraría. Pero la ley se introdujo para que abundara el pecado, para que el ser humano probara su incompetencia espiritual y pudiera ser guiado por la norma hacia Cristo. Es decir, la falta de poder nos estimula a buscar auxilio, pero el círculo parece muy cerrado: el hombre natural sigue sin discernir las cosas del Espíritu de Dios, de manera que aunque intente el auxilio no sabe adónde ir. 

    La creación del corazón nuevo no puede considerarse como una mejora del anterior, sino como una hechura diferente. La piedra impenetrable se cambia por carne sensible, el espíritu muerto pasa a la resurrección del nuevo nacimiento. Pero David ya había nacido de nuevo, así que su clamor se hizo en función del pecado que lo agobiaba. Mi pecado está siempre delante de mí, dijo el salmista. De nuevo diremos, ¿cuánto más presente no ha de estar el pecado en el corazón incrédulo? Si el hombre natural resulta pasivo para nacer de nuevo, la nueva criatura en Cristo tiene actividad por realizar. Ante la caída debe clamar al Padre, pide perdón, se arrepiente y recuerda su debilidad; como Pablo, también puede reflexionar para asumir que existe la ley del pecado que domina sus miembros (Romanos 7). 

    Ese clamor del apóstol no fue una excusa para seguir pecando, sino un anuncio de la comprensión de aquello que nos suele suceder a los creyentes. Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre; a Jesucristo el justo, dice Juan en una de sus cartas. En otro lugar afirma que Jesús es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:9). En este punto conviene advertir contra una herejía que se impone desde algunos púlpitos, la de negar la capacidad de Cristo para perdonar pecados. Esto se basa en una metáfora usada por el autor de Hebreos, que dice que el Señor vive siempre para interceder por nosotros, pero ese adverbio no presupone que no hará más nada. 

    Una persona puede interceder por alguien y hacer otras cosas, como ocuparse de otros asuntos de interés. ¿Será que en las bodas del Cordero el Señor interrumpe la intercesión? ¿O cuando le dijo a Juan lo del Apocalipsis dejaría de interceder por los suyos? Cuando el Señor está a la puerta de la iglesia llamando para cenar, ¿habrá dejado de interceder? Resulta que si se asume el adverbio siempre quitándole el lado metafórico que implica seguridad, constancia, de cualidad inquebrantable, parece ser que Jesús no cumplió con lo dicho por el autor de Hebreos.  

    Recordemos que el Señor perdonaba pecados en esta tierra, no solo sanaba enfermos. Después de la resurrección se apareció a los discípulos y les anunció que le había sido dada toda potestad, tanto en el cielo como en la tierra; entonces, si cuando no poseía toda la potestad perdonaba pecados, ¿no va a perdonar ahora que tiene toda la potestad? Si así no fuera, Juan escribió algo que resulta incoherente. Fijémonos en el verso 7 de su Primera Carta, en el Capítulo 1; allí se lee: pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Ese él del verso 7 hace referencia al Padre, a Dios, que viene anunciado desde el verso 5 como quien es luz; de inmediato se añade que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. En el verso 9 se concluye que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Desde el punto de vista gramatical, él es un pronombre personal, singular de tercera persona, que hace referencia al personaje inmediato que se mencionó en el contexto (en este caso su Hijo Jesucristo, como refiere el verso 7).

    Bien, el creyente tiene una capacidad implantada para pedir perdón, para buscar la restauración, para suplicar a Jesucristo, a quien agradece como Pablo por la victoria final. El incrédulo carece de tal habilidad, sigue siendo un sujeto pasivo en quien el Padre podrá brindar gracia siempre y cuanto Él lo considere de acuerdo a sus planes eternos. El mandato de creer y arrepentirse funciona como una orden legal, algo general cuyo desconocimiento no excusa de su cumplimiento. En la nueva criatura cobra efecto la credulidad y el arrepentimiento para perdón de pecados, por la gracia provista por medio de la fe que también viene a ser señalada como un regalo de Dios (Efesios 2:8-9).

    Las metáforas funcionan en sus contextos, por lo cual conviene tener cuidado de no extenderlas fuera de lo previsto. Por ejemplo, estar muertos en delitos y pecados debe entenderse como estar incapacitado para buscar la medicina (los muertos no se mueven). Aducir que un incrédulo puede estar bajo fuertes convicciones de pecado, con un profundo sentido de miseria espiritual, por lo que no se debe considerar muerto del todo, es violentar el contexto de la metáfora. La figura de lenguaje en ese caso específico busca señalar el grado de absoluta depravación de la naturaleza humana. Logrado ello, no puede el intérprete seguir otro derrotero que el usado por el enunciador de tal metáfora.

    El que el Espíritu de Dios mueva al pecador a sentir esas convicciones implica que una fuerza externa al incrédulo está actuando; pero si es su pura conciencia, esos lamentos se procuran sin cambio eficaz. La metáfora de la muerte en delitos va de la mano con la metáfora del nuevo nacimiento procurado por el Espíritu de Dios, nunca por voluntad de varón. Cuando Nicodemo se salió del espíritu de la metáfora dicha por Jesús, erró completamente al buscar un contexto impropio de aquel propuesto por Jesucristo. No había necesidad de entrar de nuevo en el vientre de la madre. 

    La muerte espiritual niega el movimiento del espíritu humano por cuenta propia, como si por autonomía pudiera resucitarse a sí mismo. El trabajo de la conversión es una operación de Dios, pero el hombre incrédulo está bajo el mandato legal general de arrepentirse y de creer el evangelio. Alguien dirá todavía: ¿Por qué, pues, Dios inculpa?  Nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será injusto Dios que condena a quien no puede sino seguir el derrotero eterno marcado por la mano divina? Bien, esas preguntas se las hizo el apóstol Pablo, bajo un argumento retórico cuando escribía el capítulo 9 de Romanos. La respuesta dada por el Espíritu de Dios es que Dios en ninguna manera es injusto, sino soberano; Él forma vasos de honra y vasos de deshonra, con la misma masa de barro. Jehová tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. El Faraón viene a escena junto con Esaú, como modelos de vasos de ira que honran a Dios en sus juicios contra el pecado.

    Los que se molestan por esas palabras del apóstol, en realidad consideran dura la palabra de Dios; se dan a la murmuración contra el Altísimo y demuestran que Dios no les ha creado un corazón nuevo.

    César Paredes

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  • URGENCIA DEL ARREPENTIMIENTO

    La metanoia griega significa un cambio de mentalidad; en el pecador debe darse al menos en dos sentidos: 1) en relación a quién es el Dios soberano; 2) en relación a nuestra pequeñez. Por un lado, el que se arrepiente cambia su manera de ver a Dios; no se trata de una divinidad que suplica por un alma perdida, ni por un dios que nos acusa del asesinato de su hijo. Ahora, el Espíritu de Dios le enseña que Dios es soberano y hace como quiere, que si Él brinda arrepentimiento para perdón de pecados lo hace en forma absoluta. La claridad que el Espíritu Santo imprime en el alma del redimido (la persona arrepentida para perdón de pecados) le hace ver que jamás hubo un Dios suplicante, que jamás hubo un Dios acusador por la muerte de su Hijo.

    Al contrario, el Espíritu nos enseña conforme a la palabra revelada (La Biblia) que Jesús murió por su pueblo, que no rogó por el mundo la noche antes de su crucifixión. Aprendemos igualmente que nadie puede ir a él si no le fuere dado del Padre, que todo lo que el Padre le da irá a él y no será echado fuera jamás. También se nos educa por medio del Parakletos (el Consolador), para que sepamos que somos concebidos en pecado y formados en maldad. Nada bueno puede haber en el hombre caído como para que Dios se haya fijado en él; así que al comprender nuestra miseria, el hecho de que somos polvo y barro en manos del alfarero, contemplamos nuestra pequeñez absoluta y terminamos humillados.

    Claro está, la consecuencia de esa forma de arrepentimiento impone el hecho del deseo de dejar de pecar. Intentamos por muchos medios, pero ahora el Espíritu nos conforta y batalla dentro de nosotros para apartarnos del error. Esa lucha dura hasta que partamos de esta tierra a la patria celestial (Romanos 7). Cuando nos hemos convertido a Cristo nos agarramos de la gracia divina, gracia que no incluye obras de nuestra parte. Nos siguen las buenas obras como el fruto de esa redención, obras ya preparadas de antemano para andar en ellas. El principal fruto del creyente llega a ser la confesión con su boca de lo que tiene en su corazón. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, como un árbol malo no pueda dar fruto bueno. Esa enseñanza de Jesucristo nos viene muy bien para comprender el fruto natural como personas redimidas.

    Esto dicho nos enseña que una oveja redimida no se irá jamás tras el extraño, porque desconoce su voz (Juan 10:1-5). No será posible confesar dos evangelios, porque se estaría dando el fruto malo del árbol malo. Sabemos que si no se nos hubiera abierto la puerta de escape de aquella trampa en la que el diablo nos tenía prisioneros, hubiésemos seguido esclavos del pecado. Cristo intervino y nos redimió del poder del pecado que era la muerte (el aguijón de la muerte es el pecado); el Señor nos abrió el corazón a su Evangelio, para que pudiéramos ver el engaño en que estábamos metidos. Uno puede preguntarse si los otros no arrepentidos podrán algún día ser salvos, pero la respuesta está también en las Escrituras: Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lucas 18:27).

    Si Dios hizo el milagro de abrirnos los ojos, de rescatarnos de las prisiones de maldad, ¿no se supone que debe hacerlo con toda la humanidad, sin excepción? Esa pregunta proviene de un corazón que no ha comprendido las Escrituras, las que abundan en ejemplos de la soberanía de Dios. Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. A Jacob amó, pero a Esaú odió, sin que mediara en ellos buenas o malas obras, aún antes de ser concebidos. No se trata de que Él averiguó el futuro en el túnel del tiempo y escogió a los que tenían buena disposición. No, porque todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos los caídos en Adán hemos pasado a muerte espiritual, así que un muerto no puede saber ni puede entender dónde está la medicina o el elixir de la vida.

    ¿Será Dios injusto, que hace esas cosas de esa manera? Antes, ¿quién eres tú para altercar con tu Creador? La olla de barro carece de potestad para discutir con su alfarero y no puede decirle por qué la ha hecho así. De nuevo volvemos al arrepentimiento bíblico (la metanoia), el cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros. Hasta que no ocurra ese cambio no habrá perdón de pecados, pero aún eso lo da el Señor de acuerdo a sus planes eternos. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Si nadie ha podido resistirse a su voluntad? Allí llega todo el mundo que alterca con Dios, pero hasta que no se humille la criatura no podrá probar los dones del Espíritu de Dios. Esto quiere decir que sin la humillación el arrepentimiento no se da, pero esa humillación también la otorga el Señor. En resumen, tenemos que decir con el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia?

    El Jesús de la Biblia vivía asociado con recolectores de impuestos, con mujeres de mala vida, con personas que parecían alejadas de Dios. Fue criticado por ello, cuando los fariseos le reclamaban por su asociación con esos pecadores. Los fariseos suponían que ellos tenían una mejor justicia que esos pecadores comunes y socialmente marcados, pero Jesús los llegó a llamar hipócritas, sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre por dentro. El pecado pudre el alma y la hace heder, pero los que se habitúan al mal olor casi no sienten su molestia.

    Fariseos y publicanos necesitaban de la gracia, pero no lo sabían. El ciclo del orgullo y el error, los sumergía en la autosuficiencia para merecer el regalo de Dios. De esa forma nadie puede llegar a ser salvo; no obstante, en la predicación del evangelio se anuncia arrepentimiento para perdón de pecados, se anuncia a Jesucristo como el único Mediador entre Dios y los hombres. Se predica que Jesús murió por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), de manera que aquellos a quienes el Espíritu da vida creerán y se añadirán de inmediato a la iglesia del Señor.

    Cristo es el único que nos puede liberar de la culpa y del poder del pecado. A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da la potestad de ser hechos hijos de Dios. Vale la pena tener el Espíritu de Dios en nuestras vidas, conforta saberse perdonado y cubiertos nuestros pecados. Tres veces feliz será aquel el cual el Señor llamare de las tinieblas a la luz. Nosotros solo anunciamos el evangelio para que sea el testimonio a toda criatura, de manera que el que crea llegue a tener la vida eterna. ¿Para esto quién es suficiente? Gracias a Dios que para él no hay nada imposible. Dice la Escritura que creyeron en él todos los que estaban ordenados para vida eterna, que aquellos que son enseñados por Dios y han aprendido, irán al Hijo (Hechos 13:48; Juan 6:45).

    El que oiga su voz no endurezca su corazón; id a Cristo todos los que están trabajados y cansados del pecado y de las cadenas de oscuridad. La pena del castigo eterno pesa demasiado y agota el alma, por eso Jesucristo invita a acudir a él. ¿Quién irá? Todo aquel que le sea dado del Padre, para no ser echado fuera jamás (Juan 6:37, 44, 65).

    César Paredes

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