El mal hábito de tomar textos fuera de contexto ha permitido que aparezcan diversos evangelios. Urge mirar de cerca lo que significa creer en el evangelio de Jesús. Comencemos con una definición que se extrae desde el Génesis 3:15, pero que continúa junto a Abraham y la promesa de su simiente unidas a las palabras de Moisés diciendo que Dios traería otro Libertador (Deuteronomio 18:15). Podríamos continuar con cada escritor bíblico, pero detengámonos por ahora en estos espacios emblemáticos vividos por el pueblo de Israel y sus líderes.
La suma de lo dicho en el Génesis, más lo anunciado a Abraham y el vaticinio de Moisés nos indica que el Evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo. ¿Cómo lo salvaría? Por medio de la Simiente de la mujer (Isaac fue de quien vendría esa Simiente) que sufriría los colmillos de la víbora maligna; esa Simiente golpearía en la cabeza con grave herida para vencerla en la cruz del Calvario. Todo esto ocurriría conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).
Jesucristo vino a salvar a su pueblo de sus pecados, no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), habló de los escogidos, señaló a un apóstol como diablo porque era el seleccionado para que lo entregara en la descarada traición. Por su sacrificio en la cruz Jesucristo fue declarado la justicia de Dios (2 Corintios 5:21). Sabemos que en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, pues los justos / justificados habremos de vivir por la fe (Romanos 1:17).
Antes estuvimos perdidos, como los demás; ahora gozamos de una buena posición ante el Todopoderoso, ya que Dios nos hizo justos ante Él a través de la fe en Su Hijo. Jesucristo, sin haber pecado jamás, fue hecho pecado para que sufriera en su carne el castigo por nuestras culpas, de manera que su pueblo pudiera estar en una relación correcta ante el Padre.
Esa posición correcta no le fue concedida a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a Esaú el odiado; tampoco le ha sido conferida a ninguno de los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2 Pedro 2:3-5). Estos últimos son los mismos destinados a tropezar en la Roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).
Conviene aclarar que no poseemos ninguna lista de elegidos del Padre, ni de réprobos para la condenación. Simplemente se nos ha encomendado la predicación del evangelio a toda criatura, de manera que a partir de esa predicación viene la salvación para unos y mayor condenación para otros. Nadie podrá invocar a aquel de quien jamás ha oído, si no hubiere conocimiento no habrá redención alguna. La fe viene por el oír la palabra de Cristo, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. El Espíritu Santo es quien da vida y hace como quiere, sin consejo humano alguno. Pero el Espíritu no salva en abstracto sino por medio del anuncio del evangelio, de esa promesa gloriosa que se define como buena noticia para todos aquellos que son llamados eficazmente. Dios ofreció a Jesús como sacrificio por el pecado, por lo que las personas son declaradas justas ante los ojos de Dios cuando creen en esa justicia mostrada en la cruz. El sacrificio de Jesucristo como Cordero hizo posible y viable la redención de la raza humana, pero eso no implica que cada miembro de esa raza habrá de creer el anuncio.
Cristo así nos lo indicó y por eso no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes (Juan 17:9 y 20). La vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado de Dios (Juan 17:3). Se nos conmina a venir ante Él, a recibir al Señor (a todos los que le recibieron y creen en su nombre les otorgó la potestad de ser hechos hijos de Dios– Juan 1:12).
No se niega que tengamos que movernos hacia Cristo, pero esto solo ocurrirá si hemos sido enseñados por Dios y hemos aprendido – Juan 6:45. Por esa misma razón el Hijo declaró que Nadie viene a él si el Padre no lo trae; que todo lo que el Padre le da vendrá inequívocamente a él (Juan 6:37, 44, 65). Y si Dios prometió salvar a su pueblo de sus pecados sabemos que puede hacerlo en tanto Él es soberano. El controla todas las circunstancias, las hace posibles, las ordena de acuerdo a su voluntad. No sucede algo sin que Dios lo ordene, pero si alguno supone que esto es injusto porque el mal existe entonces no ha conocido a Dios. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas cómo estás hay en él (Job 23:13-14). ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). ¿Se tocará trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).
El Dios soberano ha predestinado todo cuanto acontece, desde el principio lo ha anunciado, de manera que su capacidad resulta absoluta para que todo suceda de acuerdo a sus planes eternos e inmutables. Dios es un Ser infinito, sin comienzo ni fin; la doctrina referida al Dios creador de todo cuanto acontece resulta esencial dentro del evangelio de Cristo. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:26). ¿Y qué fue lo que le agradó al Padre? Justamente en el verso anterior se dice: esconder ciertas cosas ante los sabios y entendidos para darlas a conocer a los niños. A través de su infinita sabiduría Dios se mantiene discreto, determinando quién recibirá la revelación de la verdad y quién no. Él resiste a los soberbios y da gracia a los humildes; pero esos humildes lo son porque Él también los hizo así.
César Paredes