Categoría: CULPA

  • DEUDA CANCELADA

    Jesús anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (Colosenses 2:14). Tal vez parece uno de los giros poéticos más sobresalientes de Pablo, una metáfora del trabajo eficaz de Jesucristo en favor de su pueblo. Porque ese nosotros del que habla el apóstol tiene que ver con la iglesia de Cristo. No obstante, el apóstol había dicho un poco antes que se hacía necesario tener cuidado con los engañadores expertos en filosofías y huecas sutilezas. Están los que hablan de un Jesús extraño -desde uno que no fue consubstancial con el Padre, hasta uno que debió ser gay. ¿Qué se pretende con esas huecas sutilezas? Simplemente devolvernos el acta de los decretos que nos era contraria, para que siga la espada sobre nuestra cabeza.

    La escritura de una deuda impagable fue quitada de en medio gracias a una anulación judicial. Como si los deudores tuviésemos anotados en un libro cada transgresión cometida contra la ley de Dios, fijémonos en que la ley divina no fue anulada sino solamente el libro de los deudores. Pero no de todos los deudores, porque no fue esa la intención del Padre cuando le dio un pueblo a su Hijo. No fue esa la intención del Hijo cuando rogó por los que el Padre le había entregado y le entregaría, ya que no rogó por el mundo (Juan 17:9). Su ruego fue en exclusiva como lo asegura Juan 17:20, por los que el Padre le envía.

    De esta manera, lo que estaba anotado (pecados pasados, presentes y futuros), en virtud de la eternidad de Dios, fue anulado por decisión del Juez de toda la tierra. La justicia de Cristo alcanzada en la cruz, en tanto su persona cumplió la ley y se entregó como Cordero sin pecado propio, se nos imputó a cada uno de los que se le anuló el acta de los decretos en contra. Al anular el acta de los decretos que nos era contraria se nos imputa una justicia a nuestro favor; Dios no actúa en forma injusta, así que tenía que aparecer alguna manera para eliminar el castigo que se nos vendría por causa de nuestras transgresiones.

    Eso quiso decir Isaías cuando habló del Hijo de Dios que cargaría con nuestras transgresiones y sufriría por nuestros pecados; ese siervo justo que conviene conocer para ser justificados los que somos de su fe. Recordemos siempre que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), de forma que no tenemos nada de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie, así que si nos gloriamos será solamente en la cruz de Cristo. No se nos podrá probar ninguna deuda ante Dios, pues al haberse anulado esa acta Pablo pudo escribir lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Esos escogidos de Dios son un número seleccionado de personas, a las que Dios amó de tal manera que les envió a su Hijo. Estos fueron escogidos en virtud de su soberana voluntad y por su justo placer, desde antes de la fundación del mundo, para que la elección no descansara en las obras humanas sino en el Elector. No existe otra forma de amor más grande, ni otra forma de suerte más extraordinaria. Desde nuestra perspectiva tuvimos suerte, si bien ahora los textos traducidos prefieren la palabra herencia. Pero el término escogido en griego puede significar ambos sentidos, κληρόω (Cleroo), el vocablo usado por Pablo en Efesios 1:11. La herencia era echada por suertes, en la cultura judía y en otras partes del mundo en tiempos antiguos. Incluso el clero del Antiguo Testamento tenía sus turnos (suertes) para cubrir las 24 horas del día en sus oficios propios. Así que nuestra es la herencia de la vida eterna y nuestra es la suerte que tuvimos. Incluso la versión Reina Valera Antigua se permite la traducción de suerte en ese texto, lo cual significa un gran impacto desde nuestra óptica como elegidos. En Mateo 27:35 se narra lo que aconteció con las ropas de Jesús, sobre las cuales se echaron suertes. Es el vocablo ligado al verbo mencionado en griego.

    Jesucristo exhibió en forma pública el despojo de los principados y potestades sobre los cuales había triunfado en la cruz (Colosenses 2:15). Por esa razón se pudo haber escrito en la Biblia que nuestros pecados fueron echados en lo profundo del mar (Miqueas 7:19), que Dios borra nuestras rebeliones por amor de Sí mismo y no se acordará más de ellos (Isaías 43:25).

    Habiendo sido liberados de la ley que nos acusaba, de las transgresiones que nos condenaban, de las potestades que nos tuvieron esclavos, el apóstol Pablo nos advierte para que no seamos de nuevo cautivos por aquellos que hablan sutilezas y vanas palabrerías o incluso filosofías. Esa cautividad pudiera venir por secuestro de nuestra mente, por el encanto de palabras con apariencia de sabiduría pero que nos van alejando de esta creencia de fe en que hemos sido sembrados. Como si el lobo pudiera penetrar el corral para raptar a una oveja, así que en nombre del buen pastor el apóstol nos advierte que tengamos cuidado. Algo tenemos que hacer, estar vigilantes como también lo indicó Jesucristo: Velad y orad…

    Pienso en aquellas personas que llamándose cristianos se la pasan mirando cuanto video aparece en los medios sociales. En sus mentes subsumen herejía tras herejía, al oír a los predicadores del otro evangelio. Eso abunda hoy en día, por lo que la advertencia de Pablo cobra vigencia. En vez de invertir su tiempo en el estudio de las Sagradas Escrituras se van por el lado fácil, con la diligencia facilitada por su pereza mental, para comer en medio de pantanos y beber de aguas turbias. Después, intoxicados, intentan contaminar a otros buscando respuesta por las dudas incrustadas en sus espíritus.

    La filosofía siempre es una construcción humana, una manera de ver el mundo bajo los parámetros del análisis especulativo. No que ella toda sea vana, sino que por no ser cristocéntrica busca la medida de todas las cosas fuera del Dios de la Biblia. Y si seguimos su norte nos alejaremos del camino señalado por Jesucristo. No nos alimentemos de lo que parece contrario a lo que dice la Biblia, ya que de esa manera no podemos regir nuestros pensamientos por el canon de las Escrituras. No debemos añadir a la obra de Jesús en la cruz, no hemos de sumar a su trabajo consumado. La doctrina del Padre fue lo que vino a enseñar Jesús y por ello dio gracias.

    Fijémonos en esa doctrina enseñada por los apóstoles, ocupémonos de ella. Su beneficio tiene consecuencias eternas, pero si descuidamos las enseñanzas (el cuerpo doctrinal del Señor) iremos a cautividad por las sutilezas y filosofías del mundo.

    César Paredes

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  • UNIVERSALIDAD DEL PECADO

    Solamente cuando uno pasa a creer el Evangelio de Cristo puede comprender la dimensión del pecado. David decía de su horrendo pecado que estaba siempre delante de él, pero agregó que él había sido concebido en pecado. La naturaleza del hombre desde Adán está caída y la maldad en estos tiempos del fin está aumentada, de manera que vivimos a las puertas de Sodoma y como en los días de Noé. La tierra en ese entonces estuvo cargada de violencia, el mal hacía afligir el alma del justo, particularidades de los tiempos de esos dos personajes bíblicos: Lot y Noé. Como denominador común, en Sodoma había saciedad de pan, soberbia y falta de amor por el prójimo. El estado de corrupción moral llegó a tal grado que sus habitantes fueron entregados al pecado castigo: la deshonra de sus propios cuerpos.

    Los hombres se volcaron a la lascivia con otros hombres, mientras sus mujeres abandonaron el uso natural de sus cuerpos e hicieron lo mismo con otras mujeres. Otro denominador común de esa cultura del paganismo exacerbado fue el no tener en cuenta a Dios. Los religiosos de esa época se dieron a la libre interpretación teológica de lo que de Dios se conocía, haciendo ídolos de cualquier cosa para llamarlo Dios del cielo y de la tierra. Hasta los animales fueron el modelo de lo que concebían como Dios, aún sus materiales inanimados, por lo que se convirtieron también en panteístas y llegaron por esa vía al célebre politeísmo.

    La violencia en los días de Noé llevó al Creador a tomar la decisión de destruir la tierra con el diluvio, para salvar a ocho personas apenas. Dicen los expertos que había una población de mil millones de personas en aquella época, pero eso no fue impedimento para frenar la ira divina. Hoy día el tráfico de menores de edad se acrecienta en la medida en que la gente está dispuesta a convertirlo en el negocio más rentable, incluso que el tráfico de armas. ¿Qué está pasando en esta tierra que el ser humano está entretenido con sus juguetes electrónicos, y sacrifica hasta su vista en pro de sus adicciones a las redes sociales?

    La figura legendaria del sabio Diógenes en la antigua Grecia tiene su paralelo hoy día. Ese filósofo salió en pleno día con una lámpara para buscar a un verdadero hombre. Hoy podríamos salir los creyentes para buscar a un verdadero creyente, libre de las doctrinas de demonios y de la influencia del tele-evangelismo; solo que en nuestro caso usaríamos un reflector por la imposibilidad que tendríamos con una simple lámpara. La Biblia nos hablaba del aumento de la maldad, pero no imaginamos nunca que nos invadiría los hogares. Pensábamos que cada casa de creyentes estaría protegida bajo la custodia del liderazgo de los padres sobre los hijos, pero ahora es el Estado el promotor de una serie de leyes que animan al libertinaje en nombre de los Derechos Humanos. Los monumentos simbólicos de una civilización cristianizada vienen demoliéndose con el aval oficial de muchos gobiernos, pero en su lugar se levantan otros edificios en tributo a Lucifer. Dicen que se trata de una contracultura, pero en el fondo sabemos que existe un culto a la impiedad y se usa al diablo como su bandera.

    El pecado ha sido condenado en la Escritura, pero muchos creyentes caen de repente en ellos. El Señor nos advirtió acerca de arrebatar el reino de los cielos por parte de los valientes. Se necesita mucho valor para imponerse en medio de la Sodoma en que se ha convertido el mundo, con ciudades vecinas como Gomorra. Babilonia se ha tragado al mundo y a nosotros nos parece que vivimos a sus puertas, en el lamento por lo que vemos que acontece. Se nos ordena a andar en amor, como también Cristo nos amó. Se nos dice que no nombremos ni a la fornicación ni a ninguna inmundicia entre nosotros, que evitemos la avaricia, que los santos no hemos de andar ni siquiera nombrando esos asuntos.

    Se nos agrega que cuidemos nuestras bocas y labios, para no pronunciar ninguna palabra deshonesta, así como ninguna necedad. Pero uno va a un café y escucha lo que en alta voz la gente pronuncia sin tener el pudor que regía décadas atrás a los habitantes de una ciudad. Los juegos de doble sentido son el plato común en la jocosidad de una conversación, la invitación a la lascivia llega por forma natural de la conversación. La Biblia insiste en que ningún fornicario, ningún inmundo, o avaro, que es idolatría al dinero, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios (Efesios 5:3-5).

    La palabra inmundo es utilizada en este texto bajo la idea de estar imbuido de mundanalidad. La ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, para corregirnos en el día a día en que fallamos en estas recomendaciones. Lot supo de todo esto y afligía su alma a las puertas de Sodoma. Él había sucumbido yéndose a vivir en esas tierras que consideraba fértiles, así que el engaño de las riquezas lo condujo a esos lugares cuando se apartó de su pariente Abraham. La misericordia de Dios lo rescató en una emergencia, pero no le sucedió igual gracia a su mujer que miraba hacia atrás como si deseara volver adonde tenía su corazón.

    El creyente que peca tiene un último consuelo, la palabra de Dios que le dice que siete veces caerá el justo pero Jehová sostiene su mano. Así que volverá a levantarse; sin embargo, esa alegría viene acompañada del dolor de la caída. El Espíritu se contrista en nosotros los creyentes, cuando hacemos algún mal, por lo que estando ligado a nuestro espíritu la tristeza nos embarga por igual. Como Elías podríamos gritar al Señor para que nos quite la vida, diciéndole que ya no podemos continuar de esta manera. Sabemos cuál fue la respuesta de Dios a Elías, así que hemos de tomar fuerzas y seguir adelante en nuestra tarea encomendada.

    Recordemos esta recomendación bíblica, para ver si nos animamos a alejarnos a las caídas recurrentes: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros anduvisteis en otro tiempo cuando vivías en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno…Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad y mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:5-13).

    César Paredes

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  • UN DIOS QUE INCULPA

    El Dios de la Biblia inculpa de pecado, exonera a aquellos por los que el Hijo murió, pero anuncia a todos que existe el deber de arrepentirse y creer en el evangelio. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Esa interrogante se hace desde siempre, ya que al comprender la soberanía divina vemos que en todos lados Dios está. Estuvo con Adán cuando lo creó y lo formó de la tierra, cuando le ordenó no probar del árbol del conocimiento del bien y del mal. Estuvo por igual cuando Adán cayó y se escondió por temor a que se viera su desnudez. La Biblia también nos asegura que el Cordero de Dios fue ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de haber sido creado Adán) para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Vemos con claridad que si el Hijo fue ordenado como Cordero antes de que Adán fuese formado, el pecado tenía que entrar en el mundo. Dios no actúa por contingencias, como si tuviese ases debajo de la manga; Él hace todo cierto y su palabra viene como cierta. Adán, en consecuencia, tenía que pecar; esto parece contrariar a muchos teólogos que suponen que el primer hombre sobre la tierra tenía igual de posibilidades para no pecar. Sin embargo, pese a que Adán no tenía opción su responsabilidad lo acompañó siempre y no fue exonerado del castigo. El punto fue que desobedeció, sin que cuente en su alegato el que no pudo abstenerse de pecar.

    Lo mismo puede decirse de Esaú, un hombre odiado por el Creador desde antes de nacer o de cometer alguna maldad. Dice la Biblia que antes de ser concebido o de hacer bien o mal ya había sido destinado como vaso de ira. Esto se asemeja a lo que le aconteció a Judas Iscariote, llamado diablo e hijo de perdición. Por estos casos y otros más como el del Faraón de Egipto, los objetores de Dios reclaman injusticia en su Hacedor, hasta el punto de negar al mismo Dios porque no sería digno de llamarse como tal. Esa injusticia divina fue tratada por el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, pero bajo preguntas retóricas. Aunque una de ellas fue respondida por el mismo apóstol: En ninguna manera, dijo. Dios no es injusto sino soberano, con el derecho de alfarero sobre el barro que le pertenece, para hacer vasos de honra y vasos de deshonra.

    Esa respuesta no parece saciar el alma impía que se levanta contra el Creador, así que vano resulta dar respuesta para el alma inquisitiva e irredenta. Basta solo lo que la Escritura apunta: Dios no puede tenerse como injusto, sino que ¿el juez de toda la tierra no ha de ser justo? Una de las consecuencias de esta teología bíblica coloca al mal como problema. Dios hace lo malo, por lo tanto es un Dios malo. Como si Dios por hacer la vaca fuese tenido por vaca; a esto habrá que responder como el apóstol: En ninguna manera. Dios hizo al malo para el día malo, es llamado bueno por Jesucristo, sus hijos lo reconocemos como misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad. Sus enemigos no piensan lo mismo y denigran de su carácter, lo que significa que detestan su soberanía.

    Una metáfora ha planteado el profeta Isaías en su libro, capítulo diez. Allí dice el escritor que el rey de Asiria se había vanagloriado por haber cortado naciones no pocas. Ese rey no sabía que Dios lo estaba usando para hacer su obra (verso 12), para después castigarlo por su soberbia, por la altivez de sus ojos. Ese rey suponía que había logrado su triunfo por el poder de sus manos, con su sabiduría y con sus estratagemas, por causa de su prudencia. En realidad había sido un imprudente con Jehová al achacarse la obra encomendada. Dios habla a través del profeta y compara al rey de Asiria con un hacha de trabajo, pero un hacha que se jacta contra el que con ella corta. Por supuesto, la manera de expresarlo fue a través de una pregunta retórica, esas preguntas que no merecen ser respondidas pero que cada lector debe responderse a sí mismo.

    ¿Se gloriará el hacha contra el que con ella corta? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el báculo levantase al que lo levanta; como si levantase la vara al que no es leño! (Isaías 10:15). En Génesis 20: 3-6 leemos que Dios restringió la mano de Abimelec sobre la mujer de Abraham (lo detuvo de pecar), pero eso lo hizo Dios mismo y no fue Abimelec quien restringió su propia mano. De la misma manera hemos de comprender el texto de Isaías, porque no fue el rey de Asiria el que ideó todo lo que realizó con éxito. No en vano Jesucristo nos enseñó en el Padrenuestro a pedirle a Dios que no nos metiera en tentación.

    Pero Dios inculpa lo que el hombre peca con soltura. Los actos oprobiosos acaecidos en torno a la crucifixión de Jesucristo fueron todos pecaminosos. Sin embargo, el planificador de esos hechos fue el mismo Creador, Dios del cielo y de la tierra. Esos hechos fueron profetizados y narrados en las Escrituras mucho antes de que se cumpliesen, así que no porque el Padre lo haya planeado de esa manera los pecadores fueron exonerados. Pilato se lavó sus manos, pero no con la sangre de Cristo sino con agua. Judas entregó con un beso al Hijo del Hombre, pero su castigo resultó eterno (aunque iba para que la Escritura se cumpliese). ¿Qué, pues, diremos? ¿Haremos culpable a Dios de nuestros vicios y errores? ¿Diremos que hagamos males para que vengan bienes?

    Jacob y Esaú estuvieron bajo la misma condición y situación, formados con los mismos genes (de la misma masa), pero uno fue amado y el otro fue odiado. Uno fue escogido y el otro rechazado, sin que el uno hubiese realizado una buena acción y el otro una mala actividad. Jacob no fue amado (escogido) por alguna buena obra que haría, ni Esaú fue odiado (rechazado) por alguna mala acción que fuese a cometer. En realidad, con este último, el plato de lentejas por el cual tasó su primogenitura fue consecuencia de no haber sido amado sino odiado. La doctrina de la predestinación se basa en el que hace la elección, sin importar su masa elegida: toda corrompida.

    Jacob no tuvo méritos propios para salir favorecido con la elección para vida eterna, pero Esaú no realizó mérito alguno para que se pensara otra cosa respecto de él. No podía actuar de otra manera porque su corrupción no le dejaba otro camino; pero la Biblia nos asegura que Dios tomó la decisión de formarlo como vaso de ira para mostrar su poder y enojo contra el pecado. Las obras buenas o malas no son el móvil de Dios para predestinar para salvación o para reprobar para condenación. Por eso surge la pregunta: ¿Habrá injusticia en Dios? La libertad la tiene el Creador, no la criatura, de manera que el propósito divino en relación con la elección pueda permanecer. No por obras, dice la Escritura (ya que nada puede ser más variable que la obra humana -como asegura Pablo cuando se describe en Romanos 7). Sí, el bien que el apóstol quería hacer no hacía, empero el mal que odiaba esto hacía.

    Pablo agradece a Dios por Jesucristo que lo puede librar de ese cuerpo de muerte que lo tiene azotado con el pecado (Romanos 7), lo cual corrobora que por gracia se es salvo. Solamente por medio de aquel que llama con llamamiento eficaz, el incambiable Jehová. ¿Qué haríamos si el Señor cambiara de parecer cada vez que mira nuestra iniquidad? Nos ve a través del Hijo, mira el acta de los decretos que nos era contraria clavada en la cruz y pasa por alto el castigo en nosotros. Pero eso no lo hace a expensas de su justicia, por cuanto es un Dios justo, sino en virtud de la justicia alcanzada por el Hijo. De allí que se haya escrito que Jesucristo es nuestra pascua, nuestra justicia, la justicia de Dios.

    Nosotros descansamos en que los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento (Romanos 11:29). ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió…¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?…Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que no amó (Romanos 8:33-37). Ante ese Dios que inculpa de pecado, podemos decir con el salmista David lo siguiente: Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:1-2).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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