Categoría: ELECCION

  • CORPORACIÓN VS. INDIVIDUALIDAD

    Los que se incomodan con la predestinación individual bíblica, se inclinan por la corporación de Israel. Dicen que Pablo habla de Israel como institución, como un conjunto, pero jamás de los individuos en particular. De ser esto cierto, queda un gazapo enorme cuando el apóstol dice que no todo Israel ha sido salvado sino que in Isaac sería llamada la descendencia. No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes (Romanos 9:6-8).

    Pablo había dicho que desearía ser anatema por amor a sus hermanos, sus parientes según la carne. Ellos son israelitas, de los cuales vino Cristo. Es decir, Pablo sufre porque muchos de sus parientes israelitas fueron dejados de lado o rechazados, tal como Dios le hizo a Esaú o a Faraón. Dios tuvo un plan de predestinación desde antes de la fundación del mundo, tal como lo demuestra Pedro cuando escribe que el Cordero de Dios estuvo destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); por esa razón, Adán tenía que pecar. Un Cordero como Cristo destinado desde antes de que Adán fuera creado anunciaba que Adán tenía que caer en pecado para poderse manifestar.

    Así que la caída humana no fue acto de azar que sorprendiera al Creador, como tampoco Jesucristo fue un as bajo la manga divina por si acaso Adán pecara. Esto demuestra el plan eterno e inmutable del Creador, quien no se inhibe en hablar de predestinación. No como algunos que con argucias adelantan que Dios predestinó el medio para creer pero no a los individuos; a esto se llama el mecanismo de corporación, diciéndonos que cada individuo conserva su libre voluntad para tomar decisiones.

    Sin embargo, se pasa muy rápido por alto el que Esaú fuera odiado, no en base a las obras sino al Elector. No habían hecho ni bien ni mal, ninguno de los gemelos, cuando ya Dios había amado a Jacob y odiado a Esaú. El verbo griego usado para denotar odiar es MISEO, de donde viene la palabra misoginia (rechazo odioso contra las mujeres). Es más, ni Jacob ni Esaú habían aún nacido, cuando Dios ya amaba a uno y odiaba al otro, pues nunca ha dependido del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia o no la tiene.

    Esa ha sido la razón por la cual fue levantado el Faraón, para mostrar en él el poder divino y para que el nombre de Dios sea anunciado en toda la tierra (Romanos 9:17). Ciertamente, la Biblia dice que Dios endurece a quien quiere endurecer. También dice la Escritura que los enemigos del Creador se preguntan cómo sabe Dios y cómo tendrá Dios conocimiento de las cosas.

    Esos enemigos divinos odian por igual la predestinación, ya que temen quedar por fuera si Dios no mira en sus obras de buena voluntad, como la decisión que tomaron por Cristo, su aceptación del sacrificio universal, y su petición de apuntamiento en el libro de la vida. Pablo, sin embargo, condena tal práctica. El argumento esgrimido sobre la razón por la cual se inculpa al pobre de Esaú que no puede resistirse a la voluntad del odio de Dios, nos da a entender que ese es el centro del capítulo 9 de Romanos. De inmediato, el apóstol esgrime la potestad del alfarero para hace vasos diferentes: unos para honra y otros para deshonra.

    La palabra de Dios anuncia la entrada de la plenitud de los gentiles, habla del número de consiervos que será completado (Romanos 11:21; Apocalipsis 6:11). Es decir, hay un número determinado de personas que oirán con la fe que Dios les da y serán convertidos al Señor. Al mismo tiempo, la Escritura revela que Dios declara desde el principio lo que habrá de venir, antes de que sucedan las cosas. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir. Yo digo: Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo. Del oriente llamo al ave de rapiña; de tierra distante, al hombre que cumplirá mi propósito. Lo que he dicho, haré que se cumpla; lo que he planeado, lo realizaré (Isaías 46:10-11).

    Esa capacidad de predecir equivale a la de predestinar. No obstante, eso no quiere decir que Dios averigüe el futuro en una bola de cristal, en los corredores del tiempo ni en los corazones humanos. Si Él anuncia el futuro es porque lo crea. Tampoco sería justo aseverar que Dios desconoce el futuro y va creando nuevos pasos a medida de que sucedan ciertos eventos. En Él no hay azar ni sombra de variación, todo en Él es un Sí y un Amén. Por otro lado, si Dios hubiera tenido que averiguar el futuro para declararlo a sus profetas, significaría que no lo sabía en algún momento. Un Dios que desconoce no puede llamarse Omnisciente. Un Dios que dependa de lo que descubra en el corazón humano para poder predecir, sería un Dios con demasiada suerte como para que se cumpla todo aquello que averiguó en los volubles corazones de las gentes.

    Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; Jesucristo también soportó a Judas -que era diablo- para que lo entregara y todo el plan ocurriera conforme a como estuvo escrito. Pero ese mismo Dios ha hecho notorias las riquezas de su gloria, habiéndonos llamado (a todas sus ovejas) y habiéndonos preparado como vasos de honra -sea de en medio de los judíos o de los gentiles.

    La idea de que se nos quita la responsabilidad de creer por el hecho de que estamos predestinados es falaz. Nosotros los seres humanos seguimos siendo responsables de nuestros actos ante el Creador; hay mandatos generales, para todos los individuos, los cuales debemos obedecer. Poco importa que la ley sea conocida por todos o ignorada por algunos, cada quien responde ante ella. La ignorancia de la ley no excusa de su cumplimiento. Y para eso fue lanzada la ley divina, para que aumente el pecado y cada ser humano reconozca que es insuficiente para cumplirla. Aunque la gente quiera referirse solamente a la ley escrita (la de Moisés), no puede negar que en nuestros corazones está la conciencia que testifica, junto a la creación misma, de ese Dios a quien hemos de rendir cuenta. Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos (Romanos 2:14-15).

    Ah, pero nadie puede decir que fue salvado por esa ley (escrita en papel o piedra o en los corazones). Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20); Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Así que los seres humanos tenemos por delante un juicio de rendición de cuentas, mientras Dios no responde ante ningún ser humano ni angélico, porque Él es soberano y hace como quiere y no existe quien detenga su mano y le diga: Epa, ¿qué haces?

    Sí, Dios escogió a Israel como una corporación, para demostrar en la historia humana su mano, su amor y su castigo en los que ha escogido. Pero no por ello escogió para salvación a cada individuo de ese pueblo. Lo mismo hizo con los gentiles, a quienes en otro tiempo los mantuvo lejos de la ciudadanía de Israel, si bien pasó por alto los tiempos de su ignorancia y ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan.

    Fijémonos en que ese llamado al arrepentimiento se hace por medio de las Escrituras, pero no siempre ellas llegaron a cada individuo de la tierra. La predicación del evangelio se ha hecho lentamente al principio, aunque con esmero; mucha gente moría sin conocer nada de esta salvación tan grande. El problema se agrava con aquellos que habiendo oído de estas buenas nuevas oscurecen su vista para que la conciencia no los acuse en demasía. Pero ellos ya tienen desde siempre el testimonio de sus conciencias, solo que se alejan voluntariamente de ese Dios a quien no pueden soportar.

    Y si Dios no nos hubiera dejado remanente (por medio de la elección en Jesucristo) seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra. Ni Jacob tuvo méritos ni Esaú tampoco; simplemente el mérito lo tuvo Cristo para convertirse en la justicia de Dios. No se nos manda a averiguar si estamos escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, sino a creer en esa justicia de Dios. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ELECCIÓN (1 TESALONICENSES 1:4)

    Pablo les escribe a los miembros de la iglesia de Tesalónica, pero por igual abarca el mensaje para toda la cristiandad. En su carta expone el tema de la elección divina respecto a los que serán creyentes. No es la única vez que el apóstol para los gentiles toca el tema con vehemencia, ya que basta con acercarse a sus cartas para saturarse de esa bondad que pertenece a la soberanía de Dios. No se trata de ser elegidos para un oficio en particular, lo cual pudiera entenderse como válido ya que lo que somos se debe a Él.

    Jehová es su nombre y no dará a otro su gloria; por lo tanto, si en él vivimos, nos movemos y somos, entendemos que todas las circunstancias que nos mueven en esta vida son provistas o facilitadas por medio de su soberanía absoluta. El Faraón de Egipto tuvo que gobernar su nación, pero para ello debió cumplir una serie de requisitos particulares propios de su oficio. En tal sentido, si Dios se glorificó en la necedad de ese Faraón lo hizo para alabanza de la gloria de su poder y de su ira contra el pecado. Esa gloria se proclama en toda la tierra. Asimismo, comprendemos que fue Él quien preparó toda la providencia necesaria para que ese personaje cumpliera con los requisitos para ejercer el cargo, así como para cumplir el rol asignado como réprobo en cuanto a fe.

    Pero Pablo habla de los elegidos para vida eterna, algo mucho más glorificante para la vida de cada creyente. Nunca se pretende decir que Dios nos escogió porque hubiera cualidad diferente en nosotros. Al contrario, en Romanos 9 el apóstol menciona el hecho de que todos somos formados de la misma masa. Dios como Alfarero forma vasos para honra y gloria y otros para deshonra e ira y destrucción.

    Esta doctrina proviene del Padre, pero también fue enseñada por el Hijo. Jesucristo afirmó que él enseñaba la doctrina del Padre; en Juan 6 leemos sobre el evento del milagro de los panes y los peces. Muchas personas se maravillaron de ese acto y comenzaron a seguir a Jesús. Estaban por igual fascinados con sus palabras. Lo buscaban por tierra y por mar, iban de un poblado a otro. En esa labor lo encontraron en Capernaum, pero el Señor les advirtió que ellos le buscaban por causa de la comida que los había saciado. De inmediato comenzó la arenga de Jesús diciéndoles que debían trabajar no por el pan que perece sino por el que a vida eterna permanece.

    Esa gente se motivó y quiso saber lo que debían hacer para poner en práctica las obras de Dios. La obra de Dios era muy simple: creer en el que Él había enviado (en Jesús, con todo lo que ello implica). Jesús se identifica como el pan que descendió del cielo, el verdadero maná, el que no deja con hambre a los que lo comen. Ellos no creían, como bien lo dijo el Hijo de Dios (Juan 6:36).

    De inmediato el Señor lanzó la sentencia de su doctrina de la elección: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37). Unos momentos más tarde o casi de inmediato comenzaron a murmurar porque Jesús había dicho que él era el pan del cielo. Ante esa murmuración Jesús les dijo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:44). Después se espantaron porque no entendían el símbolo de comer su carne, pensando que era en forma literal.

    Habiendo dicho esas cosas en la sinagoga de Capernaum, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Como muchos de entre la multitud no creían de verdad (no asumieron su doctrina), el Señor les resaltó el tema central de ella: la elección o predestinación. Dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65).

    Sin duda que el tema central en este capítulo del evangelio de Juan gira en torno a la potestad absoluta del Padre de enviar prosélitos hacia Jesús. Ellos lo habían seguido por su cuenta, por interés de algún tipo, pero no porque hubiesen sido enseñados por el Padre para que una vez aprendido lo que hubiere de aprenderse fuesen enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). Volviendo al tema de Tesalonicenses, agregamos que los que fueron electos también fueron llamados eficazmente. Como lo apunta el libro de los Hechos, en Capítulo 13, verso 48: Y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Esto significa que aquellos que estaban predestinados por Dios para recibir la vida eterna, creyeron y asumieron la doctrina del Señor. En síntesis, la fe, la salvación y la gracia son un don de Dios (Efesios 2:8).

    La escogencia que hace Dios no viene por causa de méritos humanos, como si hubiese algo bueno que mirar dentro de los elegidos. Esto proviene de la libre gracia y el buen propósito de Dios, lo cual se subraya como el inmutable e irreversible propósito divino. Los tesalónicos de la carta tenían ese conocimiento de la gracia, lo que demostraba la eficacia del llamamiento. Porque todo el paquete de la fe viene junto con la salvación y la gracia, como un regalo del cielo. Conviene, pues, tener ese conocimiento para que no suceda como les aconteció a otros destinatarios de otra carta; en Romanos 10:1-4 se lee que mucha gente que teniendo celo de Dios no lo han tenido conforme a ciencia. Ellos ignoraban la justicia de Dios (Jesucristo), en tanto procuraban colocar la suya.

    Ese malestar sucede cuando la persona dice creer (como aquellos discípulos reseñados en Juan 6) pero rechazan la doctrina de la elección. Comienzan a murmurar diciendo que esa enseñanza es difícil y muy dura, que trae confusión. Así que se distancian de la doctrina de Cristo y les acontece como a los expuestos en la 2 Carta de Juan, Capítulo 2, versos 9-11: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo…el que no trae tal doctrina no debe ser recibido ni se le debe decir bienvenido.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ELECCIÓN PRECISA

    Jesús dejó por fuera el mundo de las cabras, por lo tanto no quiso rogar por ellas la noche previa a su crucifixión. En Juan 17:9 podemos leer al respecto; de igual manera, a lo largo de su oración se refiere en varias oportunidades al mundo como concepto. En el verso 6 afirma que esas personas que el Padre le dio fueron tomadas del mundo, mientras en el verso 2 había asegurado que el Padre le dio toda potestad sobre toda carne (sobre toda persona), pero el objetivo consistía en darle vida eterna a todos los que el Padre le había dado. En síntesis temprana, debemos asegurar que Jesús no estuvo interesado en salvar a ninguna persona que el Padre no le hubiera dado para tal fin.

    En el verso 12 de Juan 17 Jesucristo aseveró que ninguno de los que el Padre le había dado se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. Hablaba de Judas el que lo habría de traicionar, el que también había sido elegido junto con los doce sabiendo el Señor que era diablo (Juan 6: 70). Los elegidos de Dios, una vez que hemos sido llamados eficazmente, somos santificados (separados) en la la palabra verdadera. Tenemos un grupo de características comunes: 1) no pertenecemos al mundo (Jesucristo tampoco perteneció a este mundo -Juan 17:16); 2) el mundo nos aborrece (verso 14), lo que implica que el príncipe que gobierna el mundo nos tiene por enemigos (Siempre somos marcados como ovejas para el matadero, siempre se nos desafía porque ven en nosotros una señal que perturba al mundo);

    3) Conocemos a Dios, aunque el mundo no conoce al Padre justo, (Juan 17:26).

    En Juan 15 leemos lo que Jesús había hablado antes a sus discípulos, refiriendo del odio del mundo hacia ellos. Si ustedes fueran del mundo, la gente del mundo los amaría, como ama a los suyos. Pero yo los escogí a ustedes entre los que son del mundo, y por eso el mundo los odia, porque ya no son del mundo (Juan 15: 19). Y los que odian a Jesús odian por igual a su Padre, ¿qué podemos esperar nosotros sino un trato semejante?

    Hay gente que milita en el argumento de cantidad, razonando falazmente la idea de que la mayoría tiene la razón. Hay gente que muerde los números, que recorre el mundo en busca de un prosélito (seguidor) pero que lo hace doblemente merecedor del infierno de fuego. Doblemente por cuanto si ya estaban perdidos ahora siguen la doctrina de otros que también andan perdidos. Se hace necesario cuidarse de los pastores que aman la adulación, ya que la iglesia que busca la aprobación del mundo debe llamarse sinagoga de Satanás (Apocalipsis 2:9 y 3:9).

    Pero si Cristo nos redimió de la culpa y del pecado, si nos compró con su sangre, si dio su vida por los pecados de todo su pueblo, entonces estamos convencidos de que nadie nos podrá separar del amor de Dios. Y amamos a Dios porque Él nos amó primero, como lógico resulta que el mundo no amado por Dios lo odie por siempre. Debemos purgar de nuestra mente los errores interpretativos de lo que nos acontece, como si hubiese elementos que anuncian nuestra separación del Señor. Él permanece fiel, dice la Escritura.

    No estamos puestos para la ira de Dios, más allá de las correcciones que el Padre haga en cada vida de cada uno de sus hijos. Si Dios una vez nos abrazó en su amor eterno, debemos esperar su perpetua misericordia, como lo escribió Jeremías el profeta (Jeremías 31:3). Participamos en una carrera hacia el Padre, llegaremos cansados pero vamos seguros de llegar. La razón resulta simple: no depende de nosotros sino del que nos ha llamado. Dios no nos deja correr esta carrera en nuestras propias fuerzas, dado que su voluntad ha sido que Jesucristo no pierda nada de lo que Él le ha dado (Juan 6:39).

    Si el creyente ha sido justificado por la gracia divina a través de la redención en Cristo Jesús (Romanos 3:24), si sabemos que ningún hombre puede ser justificado por sus obras de ley, sino solamente por la fe de Jesús el Cristo (Gálatas 2:16), entendemos que la justificación tiene un contenido legal. Si la paga del pecado es la muerte eterna, el regalo (la justificación) de Dios es vida eterna. Ante un infinito pecado (la ofensa de la gloria divina por medio de la transgresión) se impone una infinita justicia para mediar ante la ira de Dios. Es Dios un Dios Justo que justifica al impío, sí, pero a cualquier impío que haya sido objeto de la muerte de Cristo (Mateo 1:21).

    Habiendo Cristo padecido por todos los pecados de todo su pueblo, la ira de Dios se consumó en él y pasó por alto el castigo que merecíamos. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Si alguno reposa en sus obras humanas, porque las considera buenas, debe entender que a los ojos de Dios son como trapos d mujer menstruosa (Isaías 64:6). Todos pecaron y todos están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23), de manera que solamente los que reposamos en la justicia perfecta de Jesucristo sabemos de la certeza del perdón (Salmos 32:1-2).

    El fruto inmediato de la regeneración es creer que Jesús es el Cristo. El falso Jesús no es predicado en la Biblia, así que no vale creer en Cristo por aproximación. Esto es, la doctrina del Hijo -que es la misma doctrina del Padre- debe ser asumida en su totalidad. El que se aparta de tal doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9). No podemos decirle bienvenido a ninguna persona que no traiga la doctrina de Cristo, no podemos darle un abrazo de hermano, ya que esa persona nos haría participar en sus malas obras (2 Juan 1:10-11).

    El Señor sigue teniendo palabras de vida eterna, pero hay quienes murmuran ante esas palabras claras del Evangelio. Esa voz parece dura de oír, por lo cual la gente se retira opinando que nadie puede oírla. Jesús sigue diciendo: Pero hay algunos de vosotros que no creen. Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 64-65). Solamente los nacidos de nuevo no se ofenden por las palabras de Jesús acerca de la elección incondicional, de la redención particular que hizo en la cruz en favor exclusivo de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ELECCIÓN Y SALVACIÓN

    Un ligamen estrecho existe entre salvación y elección; todos los elegidos alcanzarán salvación, pero sin elección no habrá redención. Esta presunción de causalidad no tolera que el elegido ande abandonado en el pecado, sino que garantiza los medios para el fin propuesto. La Biblia asegura que no existe otro camino para llegar a Dios, sino Jesucristo; al mismo tiempo, el Evangelio resulta imperativo para poder llegar a creer en quien hay que invocar. No podemos invocar a quien no conocemos, ni lo conoceremos si no se nos predicado de él. Un círculo aparece en esta cadena de causas y efectos, los medios para un fin.

    La persona religiosa supone mal cuando cree que la predestinación tolera el pecado. La elección no muestra injusticia en Dios, sino que lo coloca como soberano absoluto de todo cuanto ha creado. Dentro de la economía de la salvación, el desperdicio de la sangre de Cristo no se tolera. Un Dios perfecto ha creado incluso al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y permanece airado todos los días contra el impío (Salmos 7:11). El hombre impío peca a diario, vive en la carne y odia a Dios (al verdadero Dios); mientras tanto Dios sigue siendo justo en su naturaleza y su aversión al pecado resulta una constante. Pese a su ira no siempre la manifiesta, ya que soporta con paciencia los vasos de iniquidad preparados para ira y destrucción perpetua (Romanos 9:22), debe tomarse como cierta la afirmación de que su ira se evidencia contra toda injusticia entre los hombres. El silencio de Dios no anula su odio contra la impiedad y contra los impíos irredentos que se muestran separados de su justicia.

    Hemos sido predestinados de acuerdo al propósito de Dios, el que opera todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). Nos aguarda una herencia incorruptible, porque el propósito o designio divino no puede ser frustrado en lo más mínimo, ya que su soberanía permite el control absoluto de todas las circunstancias que nos circundan, todo lo cual ha sido ordenado de acuerdo a su voluntad. El más pequeño átomo del universo no actúa en forma azarosa, sino que permanece dominado bajo la voluntad divina.

    Los seres humanos hablamos de azar, un eufemismo para designar las variables que desconocemos. Pero Dios no solamente conoce todo sino que ha ordenado cada evento según el designio de su voluntad. Esa idea del Dios absoluto nos suena extraña en un mundo obligado a tomar decisiones a diario, con personas que se arrogan una libertad que no existe. Sin libre albedrío, dicen los de la religión, no puede existir responsabilidad. La Biblia afirma lo contrario: frente a un Dios Todopoderoso la criatura debe sujeción a su Creador. ¿Dónde estabas tú cuando Dios creaba el Universo? ¿Te consultó en alguna manera para traerte a este mundo?

    El fin de la predestinación consiste en que seamos para alabanza de la gloria divina (Efesios 1:12), en su gracia y bondad, de manera que se nos adopte como sus hijos, perdonados en Cristo, justificados por medio de la fe dada a nosotros (Efesios 2:8), el nuevo nacimiento y la salvación final y eterna. Todo de gracia, nada por obras, no vaya a ser que nos gloriemos en nosotros mismos. Por esa razón el creyente realiza todas sus actividades con el fin de darle gloria al Señor, bajo el conocimiento de su Evangelio.

    Resulta imposible que el verdadero creyente desconozca el Evangelio de Jesucristo. En el nuevo nacimiento el Espíritu viene a morar en nosotros, como una garantía de la redención final. Esa Persona nos conduce a toda verdad, no nos deja huérfanos ni en la ignorancia de la buena noticia. Por lo tanto, se deduce que el verdadero creyente no confesará jamás un falso evangelio ni seguirá al extraño (Juan 10:1-5). En ese sentido, cobra vigencia la palabra de Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11). ¿Cómo puede alguien ser justificado si ignora a ese siervo justo?

    Resulta lógico entender que el incrédulo no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios, porque le parecen una locura. Pero el creyente tiene ese Espíritu y puede discernir todo lo concerniente al Altísimo, de manera que la confesión de un falso evangelio lo delataría como un falso creyente. Así que resulta imposible seguir al extraño, como imposible el que el hombre de pecado engañe a los escogidos. En cambio, los que se profesan creyentes en forma externa no aman la verdad, por lo cual Dios les envía un espíritu de estupor o engaño para que crean a la mentira y terminen de perderse.

    Quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación, pero en esa locura está el contenido de la elección o predestinación. A algunos esto les parece injusto, incluso han tratado a Dios de diablo o de tirano; otros aseguran que la predestinación no es otra cosa sino el descubrir de Dios al mirar en el tiempo, viendo quiénes eran los que iban a recibir a su Hijo. Esto contradice la Escritura, pues ella asegura que Dios miró entre los hombres para ver si había algún entendido que lo buscara y encontró que ninguno lo buscaba, que no había justo ni siquiera uno solo, ni quien hiciera lo bueno; todos estaban muertos en sus delitos y pecados, excepto aquellos a quienes Él ha otorgado nueva vida en Cristo.

    Los que primero esperaron en Cristo fueron los miembros del pueblo de Israel, a quienes se les había anunciado en el mundo antiguo que vendría el Mesías. Cuando Cristo vino a ellos algunos lo recibieron con alegría y esperanza, los cuales también son llamados elegidos o predestinados. Pero muchos lo rechazaron y en esa caída vino la apertura para el mundo gentil o pagano. A aquellos judíos de antes fue predicado el Evangelio, para beneficio de los que creyeron. Esto quiere decir que no confiaron más en su propia justicia sino en la de Cristo, que comprendieron que la ley no pudo salvar a nadie sino que ella llegó a ser el Ayo que lleva a Cristo. Por medio de la ley se comprende el pecado, de forma que el hombre entenderá que no puede cumplirla en todos sus mandatos. La maldición que de ella deriva cae como una roca que sepulta el alma, a no ser que el individuo comprenda la enseñanza del Padre: que Jesucristo es la roca sobre la cual hay que caer, para que ella no nos caiga encima y nos aplaste.

    Cristo es la justicia de Dios que justifica al impío, pero los maestros de mentiras enseñan a un Cristo universal que está deseoso por salvar a cada criatura humana, sin excepción. De esa manera exhiben a un Mesías frustrado porque la criatura humana no lo recibe, por lo cual muestran ignorancia de las Escrituras que dicen que el Señor no rogó por el mundo sino solo por su pueblo: los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (Juan 17).

    Nosotros, judíos y gentiles, hemos llegado a creer y confiar en esa justicia llamada Jesucristo. La promesa del Evangelio corresponde a todos los que el Señor llame en forma eficaz, para que seamos participantes de una misma salvación. Nadie podrá jactarse en la presencia del Señor, como si acertó mejor que su vecino, como si Dios lo hubiese llamado por mirar en cualidades positivas que poseyese. Desde la perspectiva humana hemos tenido suerte (Efesios 1:11, versión antigua de la Biblia). Ahora se habla de herencia, lo cual no está mal si tomamos en cuenta que los términos suerte y herencia refieren a los turnos del sacerdocio antiguo. Una palabra que porta dos significados, pero cuyo étimo nace del nombre de una piedra pequeña que se usaba para lanzar la suerte de esos turnos. Por lo tanto, nosotros tuvimos la suerte de que Dios nos hubiera predestinado para salvación en Cristo. No decimos que Dios echó suertes, sino que desde nuestra óptica esa gracia y herencia dadas son una verdadera suerte que nos ha tocado.

    De nuevo insistimos, el que hizo el fin dio también los medios. Una persona predestinada para salvación lo está por igual para que oiga el verdadero Evangelio. No puede el falso evangelio redimir a una sola alma, así que los que se ufanan de haber militado en el evangelio del extraño (una teología contraria a la enseñada por Jesús) y de haber sido salvados desde entonces, nada han entendido de la relación de la causa con el fin. La palabra de la salvación es la que enseñaron los apóstoles junto a su Maestro, no la que tuercen aquellos para su propia perdición.

    Conocer el verdadero Evangelio viene como fruto necesario de la regeneración que da el Espíritu de verdad: no puede ese Espíritu de verdad dar un fruto de una doctrina de mentira. Por lo tanto, el Señor manda a arrepentirse de las obras muertas, exigiendo la permanencia en su doctrina para evitar el extravío. El que se va tras el extraño no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11; Juan 10:1-5). Esa claridad con la cual habla la Biblia conviene tenerla presente para poder juzgar los espíritus y ver si son de Dios. El que no muestra este fruto del árbol bueno, no ha nacido de nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

  • NUESTRA ELECCIÓN

    Pablo confesó que estaba limpio de la sangre de todos aquellos a quienes había predicado, porque no había rehuido el anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:26-27). En otros términos, no solamente predicó a Cristo como el enviado de Dios para salvar lo que se había perdido, sino al Señor Dios soberano, el que hace como quiere, el que odió a Esaú pero amó a Jacob aún antes de que hiciesen bien o mal. Por más que sintió profundo dolor en su corazón por ese mensaje que debía entregar, lo hizo para que se aclarara ese consejo de Dios tan ocultado por escribas y fariseos, pero que sigue escondido bajo los púlpitos modernos porque alejan a las cabras que tienen en sus aposentos.

    Jesucristo predicaba la doctrina de su Padre, de manera que hace falta no solo conocer su persona sino también su trabajo. Él vino en exclusiva a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. El que no es oveja no puede venir a él (Juan 10:26), el que no es enseñado por el Padre y no ha aprendido de Él, no podrá venir a él (Juan 6:45). Ninguna persona puede venir a Cristo por cuenta propia, a no ser que el Padre lo traiga (lo arrastre, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO), en tanto todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá al Hijo, y no será jamás echado fuera (Juan 6:37 y 44). Y el Señor acortará los días finales por causa de los elegidos (Marcos 13:22). También se levantarán falsos Cristos y engañosos profetas, maestros de mentiras, haciendo señales y prodigios maravillosos, para seducir -si le fuere posible- aún a los elegidos (Marcos 13:27).

    Fijémonos en el futuro de subjuntivo que usó Jesús en esa frase. Eso indica una absoluta imposibilidad, de manera que los elegidos no seremos seducidos por esos falsos maestros que anuncian un Cristo de maravilla, ajustado a la talla de cada quien. Como un traje hecho por un sastre, así resulta el ídolo que cada quien se forja conforme a la medida de su mente, dando soltura a su imaginación respecto a lo que debería ser Dios. Ya en el final de todo, Dios enviará sus ángeles para reunir a sus elegidos, desde los cuatro vientos de la tierra (Marcos 13:27). El Señor vengará a sus elegidos, los que clamamos a él día y noche, no se tardará en responderles (Lucas 18:7).

    Vemos que la Biblia habla cantidad de veces acerca de los elegidos, de los escogidos, de los predestinados, de los ordenados para vida eterna. Esos son los mismos que el Padre conoció o amó. Recordemos que la Biblia dice que Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. También Jesús afirmó que al fin de los tiempos dirá a un grupo de personas, que hacían milagros en su nombre y echaban fuera demonios, que nunca los conoció. ¿Cómo puede el Dios Omnisciente -que conoce todas las cosas- afirmar que va a decir que no conoció a ese grupo de personas? ¿Cómo pudo decir, igualmente, a una nación o entidad territorial o grupo de gentes que a ellos solo conoció de entre todas las demás personas de la tierra? Sencillamente porque en la Biblia el verbo conocer no solo significa una actividad cognitiva, sino que también implica una comunión especial.

    El contexto de los textos define el término usado, de manera que así como el vocablo LOGOS en griego tiene más de diez sentidos distintos, desde escardilla hasta Verbo, estudio, entendimiento, lógica, etc., también muchos otros vocablos poseen sentidos diversos. ¿Cómo se hace para saber qué sentido empleó el escritor bíblico? Sencillamente el contexto ordena la rectitud interpretativa. Cuando Pablo en Romanos 8:29-30 habla de los que Dios antes conoció, dice de inmediato predestinó, llamó, justificó y glorificó. Se entiende que una persona predestinada lo fue porque alguien con capacidad soberana para actuar lo hizo. No vio Dios nada bueno en el hombre, cada cual se apartó por su camino, todos se desviaron, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos están muertos en delitos y pecados. Entonces, dado todo ese contexto bíblico, ¿cómo pudo Dios escoger a alguien porque vio algo bueno en esa persona?

    Si Dios vio algo bueno en esa persona a escoger entonces esa persona escogida tendrá de qué gloriarse, dirá que su salvación depende del trabajo de Cristo en la cruz y de sí mismo, gracias a su voluntad y a ese algo bueno que hizo que Dios lo escogiera. Por esas razones, el texto de Romanos 8 ha de entenderse como el que hace referencia a aquellas personas que el Padre amó (conoció íntimamente, con amor eterno, de acuerdo al puro afecto de su voluntad). No podrá entenderse tampoco como que Dios miró en el túnel del tiempo y vio que alguien iba a amarlo a Él. Si tal cosa hizo, entonces Dios no es Omnisciente, no sabe todas las cosas, sino que tiene que averiguarlas para después actuar en consecuencia. Tal cosa creen los del teísmo abierto, los que suponen que Dios no sabe el futuro sino que lo va averiguando según las múltiples posibilidades que tiene la persona para actuar de una u otra manera.

    Pero el Dios de las Escrituras anuncia que Él declara el final desde el principio, porque Él hace el futuro, no lo descubre ni adivina. Si lo adivinara al mirar en los corazones humanos, sería un Dios que plagia las ideas humanas y las aprovecha para actuar en consecuencia, además de que dicta a sus profetas las cosas no propias sino las ideas que se robó en las mentes de los seres humanos. Así y aún más continúa la blasfemia de los que anuncian la herejía de la expiación universal.

    Haber sido elegido por Dios significa haber sido escogido para creer en Jesucristo, para ser semejante al Hijo de Dios, para heredar la vida eterna, para vivir en santidad y aguardar la glorificación final. La Biblia también habla de los ángeles elegidos (1 Timoteo 5:21), de los elegidos de acuerdo al conocimiento (amor) previo de Dios (1 Pedro 1:2). Por cierto, en esta carta de Pedro se ve claramente el destinatario de la misiva, así que cuando el apóstol menciona que Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan a arrepentimiento, ya usted deberá saber -por ese contexto introductorio- de quiénes está hablando.

    ¿Qué tipo de personas escogió Dios para salvación? Muchos tipos de personas (como le dijo Pablo a Timoteo: 1 Timoteo 2:4); pero Dios salvará a quien Él quiere salvar, ya que no depende de voluntad de varón sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Por igual se ha escrito que Dios endurece a quien Él quiere endurecer, así que no depende de nosotros. El contexto en que Pablo le escribe a Timoteo sobre la voluntad de Dios en salvar a todos, nos habla de categorías de personas: en el verso 1 se nos dice que se exhorta a hacer ruegos (oraciones), intercesiones y acciones de gracias por todos los tipos de personas, los que están en autoridad (reyes, presidentes, magistrados, etc.), para que vivamos quieta y reposadamente. Entonces, tanto por amos como por esclavos, por ricos y pobres, por los que están en eminencia, por los asalariados, por los pobres de la tierra. En fin, ese conglomerado de personas que el Dios mismo escogió desde antes de la fundación del mundo para ser objetos de su gracia y amor continuo.

    En 1 Corintios 1:26-29, la Biblia compendia el conjunto de los redimidos: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Incluso este texto no está indicando que todos los necios de la tierra fueron escogidos para salvación, ni todos los débiles del mundo, ni todos los viles y menospreciados, sino que de entre ellos escogió Dios a algunos.

    Pablo añade que los injustos no heredarán el reino de Dios, ni los fornicación, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11).

    Entonces, nuestra elección es perpetua, cae dentro del renglón de la profundidad de la sabiduría de Dios, dentro de lo inescrutable de sus juicios y caminos. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? El ladrón en la cruz nació de nuevo casi en el último instante de su vida, pero Juan el Bautista nació de nuevo desde el vientre de su madre. Dios hace como quiere, salvó a ese ladrón a su lado pero dejó que el otro descendiera al infierno. Redimió a Pedro, a pesar de haberlo negado varias veces, pero condenó a Judas que se amargó por su pecado. El Dios soberano no respeta los derechos supuestos de las personas, simplemente cada individuo le debe a Él un juicio de rendición de cuentas.

    César Paredes

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  • LA DESGRACIA DEL FARAÓN

    La vida eterna se define como el conocer al Padre en tanto único Dios verdadero, y a Jesucristo el enviado del Padre. De esa manera lo describió Jesús en su oración la noche previa a su crucifixión (Juan 17:3). Nuestra comisión se centra en la actividad de conocer a Dios, por la mejor vía que se nos ha presentado: la revelación de las Escrituras. Por supuesto, no podemos negar que la creación misma nos habla de Él, de su poder y sabiduría con la que ha hecho todas las cosas. Por las Escrituras sabemos que al conocer la verdad de Dios llegaremos a la libertad plena (Juan 8:32).

    Ese conocimiento en el creyente testifica de su estado de gracia; para Faraón su ignorancia dio prueba de su profunda desgracia. Él dijo: ¿Quién es Jehová para que los deje ir? Esa pregunta lo desnudó como un ser carente del conocimiento del siervo justo que justifica a muchos, por lo tanto hasta el día de su muerte permaneció a oscuras y su tragedia en esta vida fue similar a la de cualquiera que ignore al Salvador del mundo.

    Pero Jesús no vino a salvar a cada uno en particular, sino a su pueblo, a sus amigos, a sus hermanos, a los hijos que Dios le dio. En resumen, Jesús redime a su iglesia de sus pecados, conforme a las Escrituras. Aquellas personas que tuercen sus palabras (las de la Escritura) escucharán la sentencia fatal en el día final: Nunca os conocí. Muchos pasan su existencia en este mundo embebidos en sus afanes, en sus lujurias, en el acto de agradar a sus ojos. De esa manera jamás intentan examinar las Escrituras porque ni siquiera les parece que allí encontrarán la vida eterna.

    Otros, rigen su vida por la búsqueda de esa vida que jamás encuentran. Su preconcepción religiosa les impide ver la realidad descrita en las páginas de la Biblia. Al parecer odian la verdad porque no la aman, de manera que los rodea el espíritu de estupor que los impulsa hacia el aprecio de la mentira. Dios ordena que de las tinieblas brille la luz en nuestros corazones, la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Contrariamente, el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4).

    Vemos dos rostros en la presentación del Evangelio: el del Faraón y el de Moisés. Un rostro cuyos ojos cegados por el príncipe de este mundo, a quienes muchos veneran, desconocen la justicia de Dios. Otro rostro cuya serenidad refleja la presencia del Dios que iba con él para darle descanso. Se han encontrado en un mismo sitio la desgracia y la misericordia, dos efectos naturales del plan o decreto divino respecto al destino de los hombres. El corazón humano parece un globo a oscuras, que gira en densas tinieblas sin poder distinguir el sendero. La luz divina alumbra las tinieblas y muestra el pecado humano, con la finalidad de destacar su extraviada condición.

    La soberbia humana continúa preguntando quién es Dios, pero desea la respuesta de filósofos y teólogos entrenados en los argumentos de mentiras. Ellos buscan quien les hable de acuerdo a sus fábulas mentales, bajo los dictámenes del extravío de sus corazones. No toleran la palabra bíblica de los labios de Jesús, ya que su dureza los ofende. Prefieren hacer fila con el objetor para señalar la insuficiencia de justicia que perciben del Dios bíblico, compensada con el equilibrio que les ofrecen sus ídolos.

    Hay gente que a pesar de leer la Biblia con celo de Dios continúa con el viejo velo que tuvieron los de Israel en el Antiguo Testamento. Aquellos tuvieron el entendimiento embotado, pero los de hoy día continúan con escamas en sus ojos y con oídos que no oyen. Parece haberles arropado el espíritu de estupor, un poder engañoso para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron con la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Ese espíritu de engaño lo vivió el Faraón frente a Moisés, cuando sus magos hicieron algunos prodigios para mantenerlo en la ilusión de su propia verdad. Lo vivieron los judíos frente al Hijo de Dios, cuando se jactaron de ser hijos de Abraham y de tener la ley de Moisés, por lo cual no necesitaban del hijo del carpintero. Lo siguen poseyendo todos aquellos que no se deleitan en la verdad, porque les parece dura de oír y prefieren la suavidad de voz de un dios hecho a su medida. Han confeccionado a un ídolo que ama a todos por igual, que no juzga sino en base a las buenas o malas obras, que envió a su hijo a morir por todos sin excepción, equitativo, que odió a Esaú en base a sus malas decisiones, que dice palabras blandas para que la gente no huya de las asambleas. Por igual aman al dios que permite que sucedan cosas aunque esa divinidad no quiere que esas cosas sucedan; estiman en grande al ídolo que respeta el libre albedrío que su imaginación ha creado a través de los siglos.

    En su ruta del pecado deambulan como si fuese de noche, en toda suerte de tropiezos. Todavía permanecen esclavos del pecado y continúan como siervos de la injusticia. Muchos de ellos llegarán al mismo destino del Faraón, como personas ordenadas para tropezar en Cristo como la roca. Otros huirán de Babilonia cuando oigan la voz del buen pastor, para seguirlo por siempre. El evangelio se anuncia a todos con la finalidad de servir de testimonio, pero endurece a muchos para aumentarles la condena, mientras a otros salva por gracia. La desgracia del Faraón fue su predestinación para servir como objeto de la gloria de Dios en su justicia y castigo por el pecado. Asimismo, muchos han sido colocados en el mismo sendero, si bien Dios tiene que soportarlos con paciencia hasta el día del juicio final.

    Así que Dios nos enseña un gran contraste entre la gracia y la desgracia, entre los réprobos en cuanto a fe, cuya condenación no se tarda, y los rescatados de las tinieblas a la luz. Los réprobos no creen ni creerán jamás el Evangelio, pero los que hemos nacido de nuevo sí que lo creemos. Asumimos la doctrina del Evangelio, que es la misma doctrina de Cristo -dada por el Padre. Creemos con Juan que quien no vive en esa doctrina del Señor no tiene ni al Padre ni al Hijo; sabemos que mientras estuvimos muertos en delitos y pecados fuimos miserables como los demás, por lo cual no podíamos tolerar ni mucho menos creer las cosas propias del Espíritu de Dios. Nos parecía una locura todo aquello, ya que no podíamos discernirlas.

    Ahora que fuimos regenerados hemos creído en la verdad del Evangelio: la buena nueva de salvación para el pueblo de Dios (Mateo 1:21), sabemos que pertenecemos al grupo por el cual Cristo rogó la noche previa a su crucifixión. Entendemos que los réprobos en cuanto a fe conforman el grupo de personas del mundo por el cual Jesucristo no rogó esa misma noche (Juan 17:9). De esa manera se confirma lo dicho por Isaías respecto al siervo justo que justificaría a muchos, no a todos. El conocimiento del siervo justo nos justifica, pero ese conocimiento no pudo llegar antes de nosotros haber sido regenerados. Sin embargo, este evangelio viene a ser el inicio para que todos los llamados de las tinieblas a la luz acudan hacia el buen pastor, una vez que su llamamiento eficaz los alcance.

    La salvación pertenece al Señor: ninguna decisión personal hace la diferencia entre cielo e infierno, como tampoco ningún conocimiento especial que poseamos. Nuestra voluntad (decisión) y nuestro conocimiento teológico vienen como consecuencia de nuestra regeneración. La palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará lo que le fue ordenada. En Faraón esa palabra no regresó sin nada, sino que le dio la gloria a Jehová sobre la altivez del arrogante mandatario egipcio, mientras rescataba por igual al pueblo esclavo objeto de la promesa hecha a Abraham.

    César Paredes

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  • EL VENERABLE ESAÚ

    Odié a Esaú, y convertí sus montes en desolación, abandoné su heredad para los chacales del desierto. Si Edom dijere: volveremos a edificar lo arruinado, Jehová dice: ellos edificarán y yo destruiré, y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre (Malaquías 1:3-4). Esa promesa de Jehová en su acentuado odio contra Esaú no depende de circunstancias que Dios aprovecha. Por cierto, su aborrecimiento (miseo en griego) ocurrió sin mirar circunstancia alguna: antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido (Romanos 9: 11-13).

    Venerable Esaú por cuanto tiene multitud de defensores, desde que Pablo levantara un objetor para demostrar retóricamente la oposición natural del hombre caído frente a su Hacedor (Romanos 9:19). Los negacionistas de la soberanía absoluta de Dios se abrazan a la serpiente del molinismo, pretendiendo recordar la escultura de bronce levantada en el desierto para sanar de heridas de reptiles. Para estos objetores Dios supo lo que haría Esaú con su primogenitura y por eso lo aborreció, pero no era para tanto. David pecó horriblemente tomando una mujer ajena y asesinando a su marido, con todo fue considerado un hombre conforme al corazón de Dios. Siguió escribiendo salmos, aparte del 51 (el de su arrepentimiento), y por si fuera poco de él vino la línea del Mesías.

    El molinismo es una teoría filosófica-teológica que intenta reconciliar la providencia divina con el inexistente libre albedrío humano. Para esta corriente Dios no causa ni el arrepentimiento ni la credulidad, sino que los pecadores cooperan libremente con el Altísimo. Esa reconciliación pasa por un conocimiento medio que Dios tendría de los eventos, como si supiera los posibles futuros que la criatura escogería dadas unas determinadas circunstancias. Dios no elegiría nuestros caminos sino que se confina a garantizar que las condiciones se den para que hagamos aquello que nos propusimos.

    Si Dios garantiza la libertad humana, cabe suponer que la criatura puede elegir entre varias posibilidades (de eso se trata la libertad de elección). Supongamos que Dios vio en el túnel del tiempo que unos judíos aguardaban un Mesías. Se propuso enviar a su Hijo bajo la garantía de lo que escogería la gente en la tierra, que no era sino solo posibilidades. Los judíos pudieron aplaudir sin crucificar al Mesías, en el combo de libertades que se supone tener bajo el libre albedrío. Dios no pudo estar seguro de que el Mesías sería crucificado, pero a fin de cuentas se arriesgó y corrió con suerte: aquello que previó se cumplió porque las circunstancias conspiraron a favor de su propósito. Por supuesto que el Sanedrín pudo escoger no juzgar a Jesús, que Pilato pudo liberarlo (ya que gozaba de poder suficiente para hacerlo). Sin embargo, más allá de la suerte divina veríamos a un Dios atado de manos y necesitado de aprobación humana para ligar que su plan (no originario, por cierto, sino copiado de la humanidad) se realizara sin obstáculo.

    En ese circuito azaroso todo pudo suceder, incluso el Hijo pudo pecar como una posibilidad abierta. Toda esta teología se haría en virtud del venerable Esaú, para defender su animosidad contra el mandato divino. Esaú se perdió de la misma forma que el Faraón, por testarudo e indisciplinado en materia divina. El propósito de Dios, su plan originario, no contaría porque estaría supeditado a la también venerable libertad humana. Sin libertad no habría culpabilidad, por lo tanto el juicio de Dios sería injusto. Eso fue lo que dijo el objetor de Romanos 9, que habría injusticia en Dios, que Él no debería inculpar al pobre de Esaú porque no se puede resistir a la voluntad de Dios.

    Con esa declaratoria bíblica se deja de lado la conjetura del libre albedrío. Pablo levanta ese objetor con el propósito de validar en forma fehaciente su argumento sobre la soberanía de Dios en materia de condenación. Lo que mueve la objeción surge como bandera de una larga fila de teólogos y filósofos bíblicos que rechazan el texto de la Biblia. Yo no creo en ese texto, decía Wollebius, teólogo protestante de los siglos XVI y XVII, mientras señalaba el verso de Romanos 9:18: al que quiere endurecer, endurece. Bien, al objetar la Escritura no solo se irrumpe contra un texto solamente sino contra una cadena semiótica de versos que anidan la teología del evangelio (Mateo 10:29-30; Génesis 50:20; Hechos 4:27-28; Efesios 1:11; Isaías 14:24-27; Job 42:1-2; Proverbios 19:21, etc.).

    Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, esto es: a los que conforme al propósito divino son llamados (Romanos 8:28). La palabra divina salida de la boca del Señor hará todo aquello para lo que fue enviado, no volverá a Él vacía, sino que cumplirá el propósito del Señor (Isaías 55:10-11). ¿Será qué hay algo que no pueda suceder porque el ser humano sirve de obstáculo para que ni Dios pueda conseguir su propósito? Porque si el libre albedrío existiese, dado que a Dios se tiene por Omnipotente pudiera ser que destronara la voluntad humana. Pero no, parece ser que Dios tiene un freno de mano que se activa al solo imaginar la libertad del ser humano.

    Claro, ese freno lo hace a Él un Caballero, como dicen algunos en los púlpitos. El freno de la libertad detiene al Todopoderoso, a la espera de una mano levantada que le permita entrar al corazón del hombre. Pero la Escritura dice que su pueblo será de buena voluntad en el día del poder de Dios; ese día llega primero y después viene la buena voluntad. Somos barro en manos del alfarero, de acuerdo a la imagen del apóstol Pablo, cuando hablaba de Esaú como objeto de la ira de Dios. Nos recuerda el apóstol que no tenemos la potestad de altercar con el Creador, pero esto nos lleva a comprender que aquellos que altercan con Dios han sido colocados para hacer tal actividad nefasta.

    Pedro también se refiere a aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Mientras tanto, sigue el sonido de la voz de Dios que dijo que no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, ni quien busque al verdadero Dios; cada cual se apartó por su camino. Por esta razón Dios no puede ver a ningún alma capacitada para recibirlo cuando supuestamente mira por el túnel del tiempo; ¿cómo, pues, va a estar pidiendo permiso para resucitar a un muerto en delitos y pecados? Tal vez sean palabras duras de oír, pero el Señor no calla jamás. No temió que lo dejara solo aquella multitud de los panes y los peces, siguió diciéndoles que no podían venir a él si no le fuere dado del Padre. Hablaba de su soberanía en materia de elección y condenación.

    ¿Por qué tenía la Escritura que cumplirse respecto a Judas? ¿Acaso Judas sabía lo que haría y lo que le acontecería? Si Judas no supo lo que le esperaba mal pudo Dios averiguarlo en el túnel del tiempo, para después decírselo a sus profetas. El Dios del plagio puede ser por igual el Dios del molinismo. La veneración a Esaú ha generado teologías del oprobio, apartadas de la Escritura, con suficiente encanto para engañar a todos aquellos que no aman la verdad pero que están dispuestos a recibir el espíritu de estupor. He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en él, no será avergonzado (Romanos 9: 33).

    César Paredes

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  • PREMISA ERRÓNEA

    Si la premisa de la cual se parte subyace en el error, su derivación resulta errónea. Poco importa que se invente un conocimiento medio en el intento de reconciliar con nuestro a priori lo que nos incomoda. Dios ha ordenado todo cuanto acontece, a menos que Dios tome en cuenta todos los parámetros de la voluntad humana para predecir el futuro. Son dos posiciones antagónicas, si bien la segunda se muestra más noble con el alma humana. A esta última se ha denominado el conocimiento medio, quizás en un préstamo del concepto del justo medio de Aristóteles.

    Incluso el Derecho recomienda en su doctrina el justo medio en el reparto: si alguien debe entregar un ganado a un acreedor, podría escoger lo mediado (ni las vacas más gordas ni las vacas más flacas). A partir de la Reforma Protestante salió a la palestra teológica lo que la Biblia dice respecto a la forma en que Dios gobierna el mundo. Con la Biblia represada en los púlpitos (literalmente encadenada), sujeta a interpretación de la denominada iglesia, la teología había permanecido escondida y mutilada. Con la Reforma surgen interpretaciones diversas de las Escrituras, en el intento de dilucidar lo que sus páginas dicen. Como parte de la Contrarreforma aparece la tesis jesuita de Luis de Molina, reconocida luego como Molinismo. Desde esa perspectiva se señala el punto medio, de manera que se tenga en cuenta no solo la voluntad divina sino también las acciones libres de los seres humanos.

    El concepto de predestinación manejado en las Escrituras salió a la luz pero Roma se enfadó. Su doctrina contraria (la teología de las obras) tenía que ser defendida, a como diera lugar. La teología romana penetró las filas del protestantismo con Jacobo Arminio, un protestante que defendía el molinismo. Dios no causaba que alguien se arrepintiera y creyera, sino que el pecador cooperaba con Dios para lograr la proposición graciosa de la salvación. La gracia de Dios pasa ahora a ser una promesa resistible, ya que Dios como Caballero no obliga a nadie a salvarse. Más bien, para el Molinismo, el Dios de las Escrituras se despoja por un momento de su soberanía absoluta y permite que la criatura en forma libre decida su destino final.

    Sabemos que esto agrada a los oídos de las iglesias, que esta teología molinista o arminiana se hace fácil de oír. Es el encuentro de dos trabajos, el divino y el humano (sinergia). Por esa razón también se entiende que Dios dirige los eventos del mundo a través de un conocimiento medio, una evaluación entre los actos de la criatura libre que escogerá de acuerdo a las circunstancias un destino determinado. Dios pasa a ver el futuro en una súper bola de cristal que le indica las acciones a tomar, muchas posibilidades de acuerdo a los muchos futuros abiertos. A esto se le conoce como teísmo abierto, corriente teológica que agrada al oído de muchos feligreses.

    No se estaría frente al Dios invasor de las Escrituras (Juan 6), sino ante un Dios reinterpretado por la tradición eclesiástica y sazonado con la filosofía griega (Aristóteles). Dado que ese Dios molinista-arminiano no causa que los seres humanos tomen decisiones, dicha divinidad se dedica a aprovechar las circunstancias por medio de su conocimiento medio de las cosas. Han llegado a decir que Dios preordena todas las cosas, incluso las libres escogencias de sus criaturas. La Biblia nos habla del Dios que hizo al malo para el día malo, que escogió a Judas como diablo, que odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal. Algo no cuadra entre la Biblia y la visión molinista-arminiana, lo cual nos lleva a pensar que en esa visión se han separado de múltiples textos de la Escritura y del sentido general de ella, cuando la Escritura nos habla del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (es decir, Jehová no mira las circunstancias libres del rey, sino que actúa sobre su voluntad sin tomar en cuenta aquello que no existe: la libertad del rey).

    El Dios de la Biblia no se manifiesta como conocedor de las circunstancias para poder actuar en consecuencia; más bien Dios crea las circunstancias y no toma en cuenta la ficción del libre albedrío. En Juan 6 el Señor le dice a la multitud beneficiaria del milagro de los panes y los peces que ellos no pueden acudir a él si el Padre no los ha traído. Esto enfureció a la masa y esa gente se dio a la murmuración, profiriendo palabras acerca de esa teología: dijeron que las palabras de Jesús eran duras de oír. Nada distinto ocurre 2000 años después, por lo cual los púlpitos acomodan su verbo para que la gente no se les escape.

    El Dios de las Escrituras no necesita el conocimiento medio para poder predecir eventos. Pero los molinistas prefieren un dios que distinga lo posible de lo probable, y se sujete solamente a lo probable (por el resultado del análisis de las circunstancias que llevan al conocimiento medio). La Biblia, por su parte, declara que para Dios no hay nada imposible (sea posible o probable). Dios habló y la luz fue hecha, por su palabra creemos haber sido constituido el universo. Tememos a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno, no a aquel que tiene que pedir permiso a la libertad humana para poder llevarse un alma al cielo.

    Si Dios actuara y conociera solamente de acuerdo a las circunstancias, sería un Dios con mucha suerte. Vio en el túnel del tiempo una serie de condiciones que permitirían enviar al Hijo Salvador para que lo crucificaran; como lo vio lo profetizó y para el beneficio de su reputación como Dios veraz la masa cumplió lo previsto. Pedro y Juan dijeron: Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4: 27-28).

    Para los molinistas y arminianos, Dios determinó que sucediera aquello que Herodes y Poncio Pilato determinaron de antemano hacer. En otros términos, Dios depende del criterio humano para poder profetizar y se puede considerar un Ser con mucha suerte, ya que aquello que descubre en el corazón de la gente se realiza a pesar de lo voluble del alma humana. El conocimiento medio alegra el alma intelectual porque le deja respiro a su voluntad, ya que puede contemplar un Dios no invasivo sino comprensivo.

    La Biblia continúa categórica con el anuncio de un Dios Todopoderoso, cuyos propósitos no pueden ser torcidos (Job 42:1-2), sino que permanecen por siempre (Salmo 19:21). Si el Dios de los ejércitos planifica algo, ¿quién puede anularlo? Si su mano señala al frente, ¿quién la tornará atrás? (Isaías 14:25,27). El Dios infalible de las Escrituras no reposa en la fragilidad de la voluntad humana, sus decretos no se dictaron previendo lo que el ser humano decidiría. Al contrario, Esaú tomó el destino que le fue señalado, al igual que el Faraón de Egipto. Por esa razón se levanta la objeción contra le Hacedor de todo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Esa objeción natural del alma caída abre el camino para que aparezca el molinismo-arminianismo, en el discurrir sobre la libertad del hombre para que Dios sea realmente justo al condenar. Le cuesta al hombre doblar su cerviz ante el Todopoderoso, pero Él ha prometido que toda rodilla se doblará ante su presencia. Lamentable para muchos que lo hagan cuando estén en el juicio final, no habiéndolo hecho antes. De todos modos, ya la Escritura se los dijo: Fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    César Paredes

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  • PACTO DE REDENCIÓN

    Se ha llamado pacto de redención al pacto Inter-trinitario hecho en la eternidad. El Padre dibujó el plan de redención, el que el Hijo prometió llevarlo a cabo en la obra redentora. Por su parte, el Espíritu concuerda en aplicar los resultados de esa salvación en los elegidos. De esta forma, cada persona electa fue representada por Jesucristo en la cruz, mientras el Espíritu aplica esa salvación con el llamado y la santificación, por lo cual habita el corazón de cada redimido.

    Pablo bendice a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por habernos bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, según nos escogió en él desde antes de la fundación del mundo. La razón de esa escogencia apunta a que seamos santos y sin mancha delante de él, si bien la predestinación se hizo en amor, de manera que fuésemos hechos hijos adoptivos del Padre a través de Jesucristo, según el propósito de la voluntad divina (Efesios 1:3-5).

    Si Dios no bendice, nadie podrá hacerlo; así de simple. Nosotros merecíamos a tenor de la ley ser malditos, por el quebrantamiento de al menos uno de sus puntos. Sin embargo, el apóstol para los gentiles señala que el Padre nos bendijo con toda bendición espiritual. Por esa razón ya no hay temor del rechazo o de la maldición, y como dijera David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmo 109:28). El hombre puede maldecir mil veces, pero si Jehová nos bendice lo demás no tiene fuerza ni sentido.

    Dios Padre escogió seres caídos como nosotros, pero lo hizo para considerarnos santos y sin mancha por el lavado que realizó el Hijo en la cruz. Ese conocimiento previo en la Biblia se refiere a la intimidad, como cuando la Escritura dice que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. Evidente resulta que Adán ya conocía a su mujer, pero dice la Escritura que la conoció de nuevo, para señalar la unión renovada que daría un fruto a la vida. Así es el conocimiento previo del Padre, no que Dios conoce de antemano todas las cosas -lo cual pasa por absolutamente cierto- sino que Dios tuvo comunión con nosotros, en lo más íntimo de su voluntad y nos escogió en Cristo.

    El amor de Dios por su pueblo se define como eterno, cuando también Cristo vino a ser la cabeza y representante de todos nosotros. Por esta vía, la Biblia nos da cuenta de que tenemos toda bendición en los cielos. Esta aseveración tiene su fundamento en la naturaleza de la eternidad de los decretos de Dios, siendo un Dios eterno todo lo tiene sin sombra de variación. Y ese sabio Dios no nos escogió porque no hubiésemos pecado, sino para tenernos por santos y sin mancha delante de Él. Asunto posible por el amor que nos tiene, por lo cual nos hace partícipes de la santificación por el Espíritu Santo, la separación del mundo.

    Esa santidad que Dios reclama para nosotros se hizo posible en la justicia de Cristo, por quien fuimos lavados en su sangre, para esperar con ansias la vida que viene sin pecado alguno. Sin mancha y sin arruga, libres del pecado definitivamente, los lugares celestiales nos aguardan. El amor de Dios se deja ver en la elección que hizo de nosotros, para que vivamos eternamente en santidad y felicidad. Dios nos predestinó en amor, lo cual significa que lo hizo para vida eterna; a otros, en cambio, los predestinó en ira, para condenación perpetua. Ejemplo de ello lo da la Escritura cuando refiere a la vida y destino de Jacob y Esaú (Romanos 9:11-13; Malaquías 1:1-5). Jesús oraba en Getsemaní y dejó en forma clara la relación de este pacto de redención: Glorifica a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte a ti, ya que le has dado autoridad sobre toda carne, para darle vida eterna a todos los que tú le has dado a él (Juan 17:1-2). Los otros, los que el Padre no le dio al Hijo, son los Esaú del mundo, los que eligió para condenación perpetua y viven para siempre bajo su ira.

    Jesucristo cumplió con un pacto de obras necesario, para vencer la maldición de la ley. Lo que Adán no pudo cumplir en el Edén, por lo cual tuvo que morir, lo cumplió Jesucristo sin quebrantar la ley, ofreciendo su vida en rescate por muchos. Haz esto y vivirás, decía la ley; Jesús hizo todo lo que la ley mandaba y vivió por ella para nuestro beneficio. Al fracaso de Adán por no cumplir con la obra encomendada (no comer del fruto de un árbol), vino el triunfo del último Adán (Jesucristo: 1 Corintios 15:45). Ese cumplimiento genera gracia para aquellos que el Padre eligió en el Hijo, pues como ya se dijo, habiendo fracasado el primer Adán vino el triunfo del postrer Adán, Jesucristo, como cabeza federal de los redimidos. En el pacto de gracia Dios nos promete un premio de vida eterna, pero esa promesa la hace unilateralmente sin que dependa de nuestro asentimiento. Si por gracia, ya no es por obras, decía Pablo.

    Jesucristo sufrió la maldición por el pecado cuando expiró en la cruz del Calvario, habiendo sido abandonado por el Padre. De esa manera, el justo moría por los injustos, para conseguir la presea mejor a la que ser humano alguno haya podido aspirar. Ese triunfo lo saboreamos por gracia, gratuitamente por su sangre, sin que dependa de nosotros. El Espíritu Santo nos ha sido dado como garantía de la redención final, para que interceda por nosotros con gemidos indecibles, para que opere nuestra santificación (separación del mundo).

    Así como Jehová cubrió la desnudez del primer hombre con pieles de animales, Jesucristo nos ha cubierto con su sangre; de esta manera se ha hecho un pacto eterno con cada elegido del Padre para que vivamos saciados con las riquezas celestiales. Nosotros celebramos la Cena del Señor, conmemorando su muerte y resurrección, el nuevo pacto en su sangre, para traer a la mente la copa derramada por nosotros (copa de sangre que limpia el pecado y copa de gracia que nos lleva al cielo sin méritos nuestros). Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).

    El pacto de redención nos vino por gracia, el pacto de obras lo pudo cumplir Jesucristo para nuestro beneficio, pero no existe ni un solo redimido en el cielo que no lo haya sido por gracia divina. Gratuitamente, sin merecimiento nuestro, vamos a la patria celestial amparados en la redención otorgada por el Padre, a través del Hijo y por la aplicación y operación del Espíritu Santo. Por esa razón se nos recomienda vivir bajo la santidad de Dios, apartados del mundo y sus tentaciones, procurando tener una conciencia limpia de obras muertas, conociendo el inmenso trabajo que hizo Jesucristo para que fuera posible la recepción de semejante regalo.

    César Paredes

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  • UN HOMBRE CIEGO

    La Biblia habla con claridad, pero la mente abstrusa de los seres humanos la vuelve incomprensible. Una síntesis se presenta en la Escritura en forma de entimema, un silogismo inconcluso, para que la razón humana lo complete. En esa actividad la mente busca la solución o completa el silogismo y fija el concepto, expresado en lo que consideramos la palabra de Dios. El texto síntesis dice de la siguiente manera: Y ustedes, estando muertos en en sus pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, han sido resucitados y perdonados en vuestros pecados (Colosenses 2:13). Eso se dice en referencia a los redimidos.

    Estos redimidos han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo, sin mirar en sus obras buenas o malas. Sin embargo, como un producto de la elección, ellos han tenido que realizar dos actividades: arrepentirse y creer en el evangelio. El nuevo nacimiento que opera el Espíritu de Dios conduce al arrepentimiento y a la fe. De otra manera, el hombre ciego no vería jamás la medicina, por causa de la corrupción de su corazón. La maldad de los hombres ha llegado a mostrarse en forma muy elevada en la tierra, tan alta que Dios definió el corazón humano como continuamente con pensamientos de maldad (Génesis 6:5).

    Desde la juventud la imaginación del corazón del hombre se muestra mala, el mal se hace debajo del sol y el corazón humano se llena de él. La insensatez se vuelve su estandarte durante toda su vida, para después entregarse a la muerte (Eclesiastés 9:3). Acá aparece una consonancia con el corazón descrito por Jeremías, cuando habla del hombre caído: El corazón engañoso, más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo puede conocer? (Jeremías 17:9). Claro está, esa descripción refiere al hombre impío que jamás ha sido reconciliado con Dios, porque Ezequiel nos plantea el transplante de corazón que hace Dios en el hombre que regenera, para que pueda pensar con agrado en sus estatutos (Ezequiel 36: 26-28).

    Todavía existen los que separan el corazón de la mente, diciendo que aman a Cristo con todo su corazón pero que no entienden su doctrina, la cual es una tarea intelectual confusa. Se olvidan que Jesús dijo que del corazón de los hombres proceden sus malos pensamientos, sus adulterios y fornicaciones, así como sus asesinatos, hurtos, codicias, maldades, engaños, lascivias, ojos malignos, blasfemias, engaños y locuras o insensateces. Todas esas cosas provienen de adentro del hombre y lo contaminan (Mateo 7:21-23).

    En ese contexto de tanta maldad humana, viene la condenación. La luz vino a este mundo pero los hombres amaron más las tinieblas por causa de sus malas obras. El que hace el mal odia la luz, detesta la palabra de Dios que lo señala, la transforma o tuerce para su propia perdición. El que opera el mal tropieza con la Roca que es Cristo, se muestra ordenado para ese tropiezo, por lo cual detesta la verdad doctrinal y ama la mentira; en consecuencia, recibe el espíritu de estupor (insensibilidad, letargo, indiferencia, engaño) enviado de parte de Dios para que se termine de perder (2 Tesalonicenses 2:11-13).

    De lo dicho se demuestra que existe de parte de la mente carnal una enemistad manifiesta contra Dios, mente que no se puede sujetar a Dios. La gente camina en la vanidad de su intelecto, con el entendimiento entenebrecido, alienado de la vida de Dios gracias a la ignorancia que hay en ellos y en virtud de la ceguera de su corazón. Parece ser que una característica muy nombrada que distingue a esta gente caída es la lascivia. La lujuria exacerbada pasa a ser el tema de conversación permanente entre ricos y pobres, cultos e ignorantes, hombres y mujeres. La mente carnal agradece y recibe la lascivia como un ungüento que la aceita y le acelera sus pensamientos para que se exciten sus sentidos con las pasiones vergonzosas.

    La lascivia viene a ser un lugar común del hombre caído, del cual el creyente no queda excepto si se reúne con los que odian a Dios. Existe una contaminación inmediata cuando se oye una expresión de lujuria, sea en juego o en referencia directa a una actividad carnal que alguien esté contando. Hemos de huir de la pasión desenfrenada, así como tenemos que reprender esas obras tenebrosas del alma humana contaminada por los delitos y penados.

    Los creyentes somos luz en el mundo, por lo cual hemos de caminar como hijos de luz. Caminar en oscuridad implica decir malas palabras, vulgaridades, hablar banalidades, expresarse con maledicencias, tener conversaciones que giran en torno al pesimismo (pensamiento negativo), a la falta de fe en el Señor que nos hace más que vencedores. Cada vez que alguien comete pecado se convierte en un esclavo del pecado, así que como creyentes nos vemos en esa lucha contra la carne. Pablo descubrió una ley en sus miembros que lo llevaba cautivo al pecado. Esto habla de cada persona que ha nacido de nuevo, que aunque ya no posee el corazón descrito por Jeremías (totalmente perverso), y aunque tenga el corazón nuevo y de carne descrito por Ezequiel, continúa sometido al cuerpo de muerte que lo lleva cautivo al pecado. Esto hace miserable al creyente, el que ahora tiene conciencia del mal, el que odia el pecado pero sigue pecando, al hacer el mal que odia hacer y al dejar de hacer lo bueno que desea hacer (Romanos 7).

    Hay gente que sin duda es hija del diablo, que tiene anhelo de cumplir sus deseos. Son hijos del que ha sido homicida desde el principio, el que jamás ha vivido en la verdad. Ese diablo habla mentiras de sí mismo, se ha definido como un homicida de las almas de los seres humanos (Juan 8:44). Recordemos que nosotros éramos, en otro tiempo, insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, vivíamos en malicia y envidia, éramos aborrecibles y nos aborrecíamos unos a otros (Tito 3:3). Pero en nosotros se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, quien nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.

    El Señor operó en nosotros la regeneración, el lavamiento de esa regeneración, por medio de la renovación en el Espíritu Santo, derramado en nosotros en forma abundante. Ahora estamos justificados por su gracia, para heredar con esperanza la vida eterna. Los que creemos en Dios debemos ocuparnos de las buenas obras (Tito 3:6), cosas buenas y útiles para los seres humanos. Fuimos escogidos y no solamente llamados (Mateo 22:14), no conforme a nuestras obras sino por el que llama, a fin de que nadie se jacte en su presencia.

    Quiso Dios Jehová quebrantar a su Hijo, sujetándolo a padecimiento. Ese Cordero puso su vida por el pecado de su pueblo, para ver su linaje escogido, para que prosperara la voluntad de Jehová en sus manos. Ese Señor ha quedado satisfecho al ver el fruto de la aflicción de su alma, por lo que por su conocimiento él (el siervo justo) justificará a muchos, por llevar las iniquidades de ese pueblo que Dios le dio. Su nombre es Jesús, que en arameo significa Jehová salva, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    La Biblia sigue siendo muy explícita, pero el ser humano continúa a tientas y en oscuras. El hombre ha sido cegado por la serpiente antigua, sus ojos tienen escarchas y no puede ver el camino que es Cristo. Sin embargo, aquellas ovejas señaladas como tales seguirán al buen pastor, una vez que él las llame con llamamiento eficaz, para no irse más nunca tras el extraño (Juan 10:1-5, 26).

    Jesús es el pan de vida, el que de él come no tendrá jamás hambre, el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero muchos que lo veían, pese a que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces, no creían en él, a pesar de ser sus discípulos. La razón de lo expuesto en las Escrituras (en Juan capítulo 6) se debe a que el Padre es quien envía hacia el Hijo todos aquellos que salvará definitivamente, de acuerdo a esa voluntad inquebrantable de Dios. La iglesia del Señor fue comprada con sangre, por eso el mundo nos odia porque el mundo no fue comprado.

    El mundo entero está bajo el maligno, como lo estuvo Caín que era del maligno. Caín mata a su hermano sin que mediara ninguna condición sociológica propia del crimen, sino solamente por una razón teológica. Entendió Caín que Abel había sido el mirado con gracia de parte del Señor, sintió rechazo ante esa dádiva divina para su hermano por lo cual se convirtió en el primer asesino de la historia. El odio espiritual se exhibe como ceguera, una razón para que los hijos de Dios velemos y oremos para buscar la protección del Señor contra esas personas inicuas que por naturaleza buscan hacernos daño.

    César Paredes

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