La Biblia habla con claridad, pero la mente abstrusa de los seres humanos la vuelve incomprensible. Una síntesis se presenta en la Escritura en forma de entimema, un silogismo inconcluso, para que la razón humana lo complete. En esa actividad la mente busca la solución o completa el silogismo y fija el concepto, expresado en lo que consideramos la palabra de Dios. El texto síntesis dice de la siguiente manera: Y ustedes, estando muertos en en sus pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, han sido resucitados y perdonados en vuestros pecados (Colosenses 2:13). Eso se dice en referencia a los redimidos.
Estos redimidos han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo, sin mirar en sus obras buenas o malas. Sin embargo, como un producto de la elección, ellos han tenido que realizar dos actividades: arrepentirse y creer en el evangelio. El nuevo nacimiento que opera el Espíritu de Dios conduce al arrepentimiento y a la fe. De otra manera, el hombre ciego no vería jamás la medicina, por causa de la corrupción de su corazón. La maldad de los hombres ha llegado a mostrarse en forma muy elevada en la tierra, tan alta que Dios definió el corazón humano como continuamente con pensamientos de maldad (Génesis 6:5).
Desde la juventud la imaginación del corazón del hombre se muestra mala, el mal se hace debajo del sol y el corazón humano se llena de él. La insensatez se vuelve su estandarte durante toda su vida, para después entregarse a la muerte (Eclesiastés 9:3). Acá aparece una consonancia con el corazón descrito por Jeremías, cuando habla del hombre caído: El corazón engañoso, más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo puede conocer? (Jeremías 17:9). Claro está, esa descripción refiere al hombre impío que jamás ha sido reconciliado con Dios, porque Ezequiel nos plantea el transplante de corazón que hace Dios en el hombre que regenera, para que pueda pensar con agrado en sus estatutos (Ezequiel 36: 26-28).
Todavía existen los que separan el corazón de la mente, diciendo que aman a Cristo con todo su corazón pero que no entienden su doctrina, la cual es una tarea intelectual confusa. Se olvidan que Jesús dijo que del corazón de los hombres proceden sus malos pensamientos, sus adulterios y fornicaciones, así como sus asesinatos, hurtos, codicias, maldades, engaños, lascivias, ojos malignos, blasfemias, engaños y locuras o insensateces. Todas esas cosas provienen de adentro del hombre y lo contaminan (Mateo 7:21-23).
En ese contexto de tanta maldad humana, viene la condenación. La luz vino a este mundo pero los hombres amaron más las tinieblas por causa de sus malas obras. El que hace el mal odia la luz, detesta la palabra de Dios que lo señala, la transforma o tuerce para su propia perdición. El que opera el mal tropieza con la Roca que es Cristo, se muestra ordenado para ese tropiezo, por lo cual detesta la verdad doctrinal y ama la mentira; en consecuencia, recibe el espíritu de estupor (insensibilidad, letargo, indiferencia, engaño) enviado de parte de Dios para que se termine de perder (2 Tesalonicenses 2:11-13).
De lo dicho se demuestra que existe de parte de la mente carnal una enemistad manifiesta contra Dios, mente que no se puede sujetar a Dios. La gente camina en la vanidad de su intelecto, con el entendimiento entenebrecido, alienado de la vida de Dios gracias a la ignorancia que hay en ellos y en virtud de la ceguera de su corazón. Parece ser que una característica muy nombrada que distingue a esta gente caída es la lascivia. La lujuria exacerbada pasa a ser el tema de conversación permanente entre ricos y pobres, cultos e ignorantes, hombres y mujeres. La mente carnal agradece y recibe la lascivia como un ungüento que la aceita y le acelera sus pensamientos para que se exciten sus sentidos con las pasiones vergonzosas.
La lascivia viene a ser un lugar común del hombre caído, del cual el creyente no queda excepto si se reúne con los que odian a Dios. Existe una contaminación inmediata cuando se oye una expresión de lujuria, sea en juego o en referencia directa a una actividad carnal que alguien esté contando. Hemos de huir de la pasión desenfrenada, así como tenemos que reprender esas obras tenebrosas del alma humana contaminada por los delitos y penados.
Los creyentes somos luz en el mundo, por lo cual hemos de caminar como hijos de luz. Caminar en oscuridad implica decir malas palabras, vulgaridades, hablar banalidades, expresarse con maledicencias, tener conversaciones que giran en torno al pesimismo (pensamiento negativo), a la falta de fe en el Señor que nos hace más que vencedores. Cada vez que alguien comete pecado se convierte en un esclavo del pecado, así que como creyentes nos vemos en esa lucha contra la carne. Pablo descubrió una ley en sus miembros que lo llevaba cautivo al pecado. Esto habla de cada persona que ha nacido de nuevo, que aunque ya no posee el corazón descrito por Jeremías (totalmente perverso), y aunque tenga el corazón nuevo y de carne descrito por Ezequiel, continúa sometido al cuerpo de muerte que lo lleva cautivo al pecado. Esto hace miserable al creyente, el que ahora tiene conciencia del mal, el que odia el pecado pero sigue pecando, al hacer el mal que odia hacer y al dejar de hacer lo bueno que desea hacer (Romanos 7).
Hay gente que sin duda es hija del diablo, que tiene anhelo de cumplir sus deseos. Son hijos del que ha sido homicida desde el principio, el que jamás ha vivido en la verdad. Ese diablo habla mentiras de sí mismo, se ha definido como un homicida de las almas de los seres humanos (Juan 8:44). Recordemos que nosotros éramos, en otro tiempo, insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, vivíamos en malicia y envidia, éramos aborrecibles y nos aborrecíamos unos a otros (Tito 3:3). Pero en nosotros se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, quien nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.
El Señor operó en nosotros la regeneración, el lavamiento de esa regeneración, por medio de la renovación en el Espíritu Santo, derramado en nosotros en forma abundante. Ahora estamos justificados por su gracia, para heredar con esperanza la vida eterna. Los que creemos en Dios debemos ocuparnos de las buenas obras (Tito 3:6), cosas buenas y útiles para los seres humanos. Fuimos escogidos y no solamente llamados (Mateo 22:14), no conforme a nuestras obras sino por el que llama, a fin de que nadie se jacte en su presencia.
Quiso Dios Jehová quebrantar a su Hijo, sujetándolo a padecimiento. Ese Cordero puso su vida por el pecado de su pueblo, para ver su linaje escogido, para que prosperara la voluntad de Jehová en sus manos. Ese Señor ha quedado satisfecho al ver el fruto de la aflicción de su alma, por lo que por su conocimiento él (el siervo justo) justificará a muchos, por llevar las iniquidades de ese pueblo que Dios le dio. Su nombre es Jesús, que en arameo significa Jehová salva, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).
La Biblia sigue siendo muy explícita, pero el ser humano continúa a tientas y en oscuras. El hombre ha sido cegado por la serpiente antigua, sus ojos tienen escarchas y no puede ver el camino que es Cristo. Sin embargo, aquellas ovejas señaladas como tales seguirán al buen pastor, una vez que él las llame con llamamiento eficaz, para no irse más nunca tras el extraño (Juan 10:1-5, 26).
Jesús es el pan de vida, el que de él come no tendrá jamás hambre, el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero muchos que lo veían, pese a que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces, no creían en él, a pesar de ser sus discípulos. La razón de lo expuesto en las Escrituras (en Juan capítulo 6) se debe a que el Padre es quien envía hacia el Hijo todos aquellos que salvará definitivamente, de acuerdo a esa voluntad inquebrantable de Dios. La iglesia del Señor fue comprada con sangre, por eso el mundo nos odia porque el mundo no fue comprado.
El mundo entero está bajo el maligno, como lo estuvo Caín que era del maligno. Caín mata a su hermano sin que mediara ninguna condición sociológica propia del crimen, sino solamente por una razón teológica. Entendió Caín que Abel había sido el mirado con gracia de parte del Señor, sintió rechazo ante esa dádiva divina para su hermano por lo cual se convirtió en el primer asesino de la historia. El odio espiritual se exhibe como ceguera, una razón para que los hijos de Dios velemos y oremos para buscar la protección del Señor contra esas personas inicuas que por naturaleza buscan hacernos daño.
César Paredes
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