Categoría: GLORIA DE DIOS

  • LA OBRA DE DIOS

    Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Basta con mirar unos instantes la prodigiosa naturaleza, con sus animales cargados de conocimiento para sobrevivir en sus ambientes, para inferir una sabiduría en su creación. Cada uno fue hecho por alguna razón, pero cada criatura demuestra el reflejo del artista, de ese conocimiento eterno que todo lo llena. Como corona de la creación surgió el hombre, colocado para dar gloria al Creador. Adán vino al Edén donde también accedió la serpiente antigua, no por intromisión propia sino por decreto divino. Ya el Cordero sin mancha estaba ordenado para su aparición en el tiempo apostólico, así que el hombre tenía que gustar el pecado para contaminar toda la tierra.

    No se trata de un Dios sorprendido o acosado por el mal, sino de un Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). En el caos también se ve su orden, una sintaxis que lo señala como el artífice de todo cuanto existe. Mejor amistarse con Él para que nos venga bien, porque tiene el poder de echar el alma y el cuerpo en el infierno. Guardemos nuestra lengua del mal y no hagamos que nuestros labios hablen engaño. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo (Salmos 19:7).

    Aunque todos callen, la creación grita a voces la gloria del Altísimo, para silenciar al necio que dice en su corazón que no hay Dios. La fe viene por el oír esa voz del Evangelio, la cual fue pregonada por los apóstoles, y mucho antes por los profetas de antaño; algunos la oyen externamente, pero otros de manera interna y para mejor provecho. La palabra de Dios es perfecta para convertir el alma, la ley y el testimonio que deben hablar lo hacen oportunamente. Si el evangelio no hablara no habría amanecido Cristo, porque la Escritura inspirada surte provecho para la doctrina redentora, para reprobar y corregir, como útil instrucción para el hombre recto (justificado).

    La ley de Moisés condenaba el alma pero la ley de Dios la convierte, por medio del Evangelio que anuncia el sacrificio del Hijo como Redentor de su pueblo. Aquella ley sirvió para instruirnos y hacernos temer, ya que trajo maldición a todo el que la quebrantaba. Ella nos condujo a Cristo, en alguna medida, para caer de rodillas ante su piedad inalterada. El alimento del alma con el cual se nutre y se hidrata, está compuesto de sólido y líquido. La palabra de Cristo que señala a su doctrina como alimento de fe, más el agua que brota como manantial eterno para no tener sed jamás, vienen a ser el conjunto alimenticio que habrá de procurar todo aquel que estima su alma y aprecia el evangelio.

    La complejidad del cuerpo humano demuestra al de espíritu sencillo que existe un Creador de todo lo que vemos, pero el hombre altivo no logra entender ese designio divino. No por azar existe el ser humano junto al caballo, ni por casualidad los árboles dan su sombra protectora junto a sus frutos. Si pudiéramos examinar el alma veríamos también un diseñador complejo, pero muchos prefieren ni siquiera pensarlo. El esquema de salvación que se planteó desde hace siglos, bajo el marco de la pedagogía divina, con maestros y profetas inspirados por Dios para que el pueblo elegido encontrara el camino, anuncia por igual la perfección.

    Vemos que la muerte se introdujo por el pecado del primer hombre, pero el segundo Adán (Cristo) trajo la vida para aquellos que el Padre eligió. El Espíritu vivifica a cada uno de ellos, de acuerdo a la palabra predicada. Sin evangelio no existe redención, sin Espíritu no puede haber renacimiento, sin el Redentor no habría esperanza alguna. La salvación es también obra de Dios, que se obtiene por medio de la fe que da Jesucristo. No puede el evangelio de los falsos maestros redimir un alma, no pudo la ley tampoco salvar a una persona. Incluso Pablo, enseñado a los pies de Gamaliel, tuvo aquel tiempo como basura por causa de la excelencia de Cristo. Nadie puede andar en el camino de los falsos maestros y pretender tener esos tiempos como ganancia. El mandato del Señor es a salir y huir de Babilonia.

    Babilonia viene como metáfora de la guarida de espíritus demoníacos, con doctrinas del averno; ella inspira a las sinagogas de Satanás, a sus hermanos en la fe espuria. Conviene alejarse lo más que se pueda de esos espacios, así como hemos de resistir al diablo; la Biblia no nos pide que convirtamos a Satanás como tampoco que nos quedemos en Babilonia.

    Cuando uno de los elegidos de Dios ha sido regenerado por el Espíritu de Dios, sale de Babilonia gustoso de no participar más de sus hechicerías. La visión espiritual que le es dada con el nuevo nacimiento le permite conocer la gloria de la redención obtenida. Aparece en su corazón el resplandor de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, lo cual hace que no sea posible que aparezca el rostro del falso maestro (a no ser que la conversión haya sido falsa y el evangelio sea el falso) -2 Corintios 4:6. No son pocos los que se introducen con una pseudo conversión, bajo la batuta de la pseudo piedad, cuyos corazones todavía son regidos por la reina del cielo, por el rey de Babilonia y por la doctrina demoníaca de los falsos maestros.

    A los que casi se convierten a la fe cristiana, pero no les alcanza el olvido de sus vanas doctrinas, les parece bien la congregación mixta entre ovejas y cabras. A gusto se sienten para atormentar a las ovejas del Señor, pero Dios ha ordenado a sus ovejas salir de Babilonia. Uno nota que los verdaderos creyentes son marginados en esos templos mixtos, y son acusados de sectarios y divisionistas, como si no tuvieran amor y pasión por el nombre de Jesús. En realidad, las cabras se dan al canto de sus pasiones, de sus idolatrías, bajo la inspiración de la doctrina de la expiación universal. Aman el ser inclusivos, ya que se amparan en el mito del Dios que ama a todos por igual, en el libre albedrío humano para decidir lo que conviene a sus almas.

    Pareciera que esa gente conforma el conjunto de los hijos de esclavitud, representados por Agar, la esclava que le dio un hijo a Abraham. Los ministros de Satanás tienen como locura la cruz de Cristo, por lo que se dan a la tarea del eclecticismo, de un justo medio doctrinal, para que la doctrina no supere el supuesto amor que hay en sus corazones. Lo de ellos siempre será opcional, como un menú de mesonero a la carta, para que cada quien elija los puntos doctrinales que más satisfacen. Entonces uno puede observar que muchas de sus asambleas contienen apóstoles, profetas, habladores de falsas lenguas, evangelistas y pastores que claman a voces por las fiestas del Israel del Antiguo Testamento. Se gozan en pronunciar palabras en hebreo bíblico, como si sus sonidos trajeran la presencia del Señor con solemnidad.

    Es en realidad un sistema de fe prostituido, una emulación de la Gran Ramera apocalíptica, a quien visten con cierto recato para presentarla como mujer redimida. Surge el arduo celo por la falsa cruz de los no escogidos, cuando muestran sus dientes filosos para devorar a todo aquel que se les oponga en sus asambleas. Siempre están preguntando por sus versos que saben de memoria, los que fuera de contexto les brindan razones para la teología espuria. Domingo a domingo caminan hipnotizados hacia los templos de Baal-Jesús, como lo hacían los antiguos paganos ante los recintos de sus dioses. Como sus ojos son débiles, sus cuerpos y almas están en tinieblas, al igual que su pastor de pastores tiene un ojo tapado. ¡Ay del pastor inútil que abandona el ganado! Hiera la espada su brazo, y su ojo derecho; del todo se secará su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido (Zacarías 11:17).

    La Gran Ramera será odiada, sus ropas rasgadas para mostrar su desnudez, su carne será comida y ella terminará quemada en el fuego (Apocalipsis 17:16). Eso espera por igual a todos los que veneran a la Gran Ramera, a la Babilonia misteriosa, la cual se ha embriagado con la sangre de los santos. Ella sigue viva todavía, porque no le ha llegado su hora, pero los que se gozan con sus falsas doctrinas del averno serán lanzados al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. No saldrán gratuitamente de sus fangos, sino que el espíritu de estupor enviado por Jehová los conducirá hacia ese espantoso destino final.

    Es ahora el tiempo de salvación, es ahora el día aceptable; a la ley y al testimonio, a buscar la doctrina del Padre para que habiéndola aprendido se pueda ser conducido hacia Cristo. La voluntad de Dios es que prediquemos su evangelio, su promesa de redención para su pueblo escogido. En los réprobos este evangelio cae como un fardo y los hunde más en el lodo, pero en los que oyen la voz del Señor viene a ser un bálsamo para sus heridas y unas alas para el despegue. La palabra de la cruz es el poder de Dios para salvación, la cual viene por la locura de la predicación. Lo necio del mundo, lo que no es, lo descartado en general, escogió Dios para avergonzar a lo sabio, a lo que se dice que es. A ellos, a los pobres de este mundo, es predicado este evangelio, para que creyendo seáis instrumento de alabanza viva para el Creador de todo cuanto existe. A éstos dice Dios: Venid a las aguas, bebéis de gratis, agua para vida eterna.

    César Paredes

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  • LOS QUE ESCAPARON DE LAS NACIONES (ISAÍAS 45:20)

    Isaías habla a los que escaparon de las naciones, una expresión que puede referirse a los que ya no están bajo los ídolos de las gentes. Los gentiles son los de las naciones, los no judíos en el sentido espiritual. El paganismo en el mundo en general siempre ha sido notorio, por cuya razón el profeta alerta contra los ídolos. Dios nos ordena para que el estándar de juicio sea el Evangelio, de lo contrario no nos ha amanecido Cristo. Muchos que se confiesan creyentes no han escapado de las naciones, en la figura de Isaías. Ellos continúan de alguna manera escondidos entre sus ídolos.

    Dirá alguien que ya no tiene figurillas, que se deshizo de la simbología pagana (o aún la mal llamada cristiana).  Empero, existe una insistencia de la Biblia contra la idolatría, incluso Juan en una de sus cartas escribe: Hijitos, guardaos de los ídolos. ¿Por qué el apóstol hace esa advertencia? De seguro el Espíritu le indicó que lo escribiera porque necesario era en aquella época, pero cuánto más en la nuestra. Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Ah, pero muchos tienen otros mediadores que también llaman Jesucristo. Tal vez esa sea otra de las razones por las que el apóstol Juan advirtiera a la iglesia de guardarse de los ídolos. 

    Un ídolo puede ser un constructo intelectual que conviene a la carne humana tomarlo como divinidad. El ídolo representa lo que Dios debería ser, de acuerdo al intelecto humano, según ordena la cultura cambiante. Alguien dijo una vez que dada la dinámica de la sociedad actual, la tipología del pecado debería haber cambiado. Es decir, lo que antes fue llamado pecado ahora no amerita esa etiqueta. Bien, eso demuestra que un ídolo puede surgir de la necesidad de tabular lo que es bueno y lo que es malo, como también dijera Isaías: Ay de los que a lo bueno llaman malo, y de los que a lo malo dicen bueno (Isaías 5:20).

    La substancia de lo que decimos está en la Biblia: Dios no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Jehová no dará su alabanza a escultura ni a otro su gloria. Dado que servimos a un Dios celoso, los creyentes que nos debemos amor entre los hermanos en Cristo, no tenemos diálogos de paz con los enemigos de la fe. Con esto se quiere decir que de acuerdo al apóstol Juan no hemos de decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Darle la bienvenida implica llamarlo hermano, compartir espiritualmente con esa persona, participar de sus malas obras (idolatría, por igual). No harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás sus sacrificios (Éxodo 34:15). Aborrecí la reunión de los malignos, y con los impíos nunca me senté (Salmo 26:5). Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos (Romanos 16: 17-18).

    Existen muchos otros textos de la Escritura que refieren a la misma idea, pero baste con los indicados para saber que es mandato del Señor el vigilar la doctrina, el vivir en las enseñanzas que dejó y el no compartir de manera espiritual con los que no viven en esa doctrina. En otros términos, no hablemos paz cuando no la hay. Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18:4). Sabemos que el árbol bueno produce un buen fruto, que el creyente del buen tesoro de su corazón hace hablar a la boca. No dará un fruto malo el creyente, no confesará un falso evangelio, no dirá herejías aprendidas de los falsos maestros, no tolerará que se tuerce la Escritura.

    Nuestro Dios es celoso y no aceptará que los suyos adoren a otro dios. Por supuesto, los paganos reciben el pago de su desafío e ignorancia, pero los que conocen la Escritura y participan de los frutos del mundo venidero, si desafían a Dios no tendrán salida. Dios no tolera los ídolos, pero tampoco acepta los falsos evangelios. En realidad los llama anatemas (malditos); por igual les dice lo mismo a aquellos que proclaman o siguen un evangelio diferente. Fijémonos en que cada evangelio que difiere del verdadero se mueve en torno a una percepción de lo que debería ser Dios. 

    Tal vez alguien cree en la gracia como medio de salvación, pero supone que un Dios justo debería brindarle la oportunidad a cada ser humano, de manera que bajo ese criterio su Hijo tuvo que expiar los pecados de todo el mundo, sin excepción. Es apenas un breve movimiento de interpretación lo que se ejecutó, pero con suficientes blasfemias para que Dios odie a los que participan de ese espíritu de estupor. Si Cristo murió por todos, sin excepción, la diferencia entre cielo e infierno descansa en la persona, la cual tendrá de qué gloriarse. Además, la sangre del Señor se muestra inútil en aquellos que van a la condenación, lo que lo convierte en un fracasado. 

    Esa doctrina errática se encuentra muy arraigada en las sinagogas contemporáneas, aunque no es novedosa. Tiene vieja data pero hoy día ha florecido como la mala hierba y se ha propagado por toda la tierra. La elección la han tornado en una selección de los mejores, de los que Dios vio en el tiempo que tendrían una buena disposición hacia Él. Al negar la doctrina de Jesucristo se está promoviendo otro Cristo, uno que es por naturaleza anatema y que no puede salvar. Equivale al ídolo sacado del madero, como lo dijera el profeta Isaías. 

    El Dios de la Biblia demanda toda la gloria de la redención: desde la predestinación hecha desde antes de la fundación del mundo, pasando por la inscripción en el libro de la vida, así como por la expiación de todos los pecados de su pueblo, hasta llegar a la declaratoria de justificación que se nos dio por los méritos de Cristo. Incluso, esa gloria sigue extendida hasta la glorificación final de sus hijos, pero los falsos evangelios intentan opacar ese brillo ineludible del autor de la gracia.

    Los falsos evangelios cuando uno los denuncia pareciera que cobran vida en quienes los creen. Se vuelve tan contenciosa la gente que los promueve que reaccionan como si se estuvieran metiendo con sus ídolos. Les resulta lógico pelear por lo que ellos creen dios, por aquello por lo que sacrifican cada domingo, su vida de obras muertas, sus alabanzas a un dios que no puede salvar. Porque Dios equivale a su doctrina, de manera que la falsa doctrina equivaldrá a los dioses que la motivan. Seguro resulta que quien no acata el mandato de la Escritura al respecto, está demostrando que anda perdido y sin luz en el mundo, como los viejos gentiles descritos en la Biblia. 

    Por supuesto que no han comprendido el Evangelio, porque no lo han creído, por lo cual se conectan con otros evangelios predicados por los falsos maestros, disfrazados de piedad pero que niegan su eficacia. Como la proposición bíblica les resulta insuficiente para su consolación, se inventan pruebas subjetivas de la existencia de sus dioses. Unos hablan de nuevas revelaciones, otros se sugestionan con acciones místicas, mientras están los que practican dones excepcionales que se extinguieron cuando el tiempo de lo completo entró en vigencia. A ellos les urge dar cuenta de su creencia, para mantener a la feligresía contumaz unificada en torno a nuevas expectativas: el evangelista de turno, el que habla en lenguas, el que hace sanidades a medias, el que se llama apóstol (debe ser que se le apareció Jesús), el que tiene nuevas profecías, el que decreta aún sobre la voluntad de Dios. Por supuesto, si el enfermo no sana, si lo decretado no acontece, entonces se achaca el fracaso a la falta de fe del prosélito.

    La expresión los que escaparon de las naciones puede involucrar a los fieles adoradores de Jehová que han salido de la esclavitud del mundo o los que anduvieron en la dispersión, en todo caso el Señor les indica que vuelvan su rostro hacia él y que sean salvos todos los confines de la tierra. A los otros pueblos no judíos, liberados por Ciro, de acuerdo a Isaías, también los llama el Señor para indicarles sobre la necedad de adorar ídolos. No tienen conocimiento aquellos que erigen su ídolo del madero, los que ruegan a un dios que no salva. El Nuevo Testamento asegura que los que siguen las falsas doctrinas no tienen amor por la verdad, por lo cual el Señor les enviará un espíritu de estupor para que terminen de creer la mentira y se pierdan en forma definitiva.

    Ese es el peligro de los que se aferran a un dios que no puede salvar. Poco importa que lo llamen Jesucristo, que lo adoren con himnos hermosos o que le hagan votos de moralidad, ya que siempre se tratará de algo que no existe sino en la imaginación religiosa. Esa divinidad falsa no podrá salvar un alma, por más que ella se parezca al Dios de las Escrituras. Todavía el Señor tiene pueblo que no ha escapado de Babilonia, al que le dice que huya de allí. Sepa que una vez que Dios les envíe el espíritu de estupor ya no habrá marcha atrás y se le cerrará la puerta del arca. Por tanto, el arrepentimiento sigue al entendimiento de lo que el Señor está diciendo.

    César Paredes

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