Categoría: GRACIA

  • GRACIA E IRA DE DIOS

    El Dios de la Biblia muestra su ira contra la maldad y contra los malvados; por igual demuestra su misericordia por aquellos a quienes quiso salvar a expensas del trabajo de su Hijo. Esta realidad se describe en las páginas de las Escrituras, más allá de que a la gente le parezca justo o injusto lo que Dios hace. De hecho, Pablo nos relata en el Capítulo 9 de su Carta a los Romanos que él tiene mucho pesar, profundo dolor en su corazón, atestiguando su conciencia junto al Espíritu Santo, por que quisiera él mismo ser anatema a causa de sus parientes según la carne. Estos parientes muy bien pudieran ser su familia sanguínea, si bien muchos señalan que se refiere a sus hermanos de raza.

    No obstante, el apóstol continúa diciendo que esos parientes son israelitas, lo cual da a entender que cuando hablaba de ellos pareciera más identificarlos como la familia consanguínea. Resultaría muy redundante el que hubiese dicho que tenía gran dolor por sus hermanos de raza, los cuales son israelitas. Era obvio que esos hermanos raciales eran israelitas, como lo era el apóstol, de la tribu de Benjamín. Pero más allá de la referencia apostólica, importa mucho el contenido de ese capítulo que Pablo escribe. El apóstol agrega que la palabra de Dios no ha fallado (verso 6), sino que no son israelitas los que descienden de Israel. Hace un llamado a la promesa hecha a Abraham: En Isaac te será llamada descendencia (verso 7).

    Si hacemos una referencia cruzada nos encontraremos con un texto muy propicio para lo que Pablo está escribiendo a la iglesia de Roma. En Gálatas 3:16 leemos: Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su descendencia. No dice: Y a los descendientes, como si hablara de muchos, sino como de uno: Y a tu descendencia, la cual es Cristo. Entonces, nosotros los creyentes escogidos por Dios somos esa descendencia referida por Pablo, somos los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Isaías 8:18 y Hebreos 2:13). Esta potestad de ser hechos hijos de Dios viene por la gracia divina, no por voluntad humana alguna. De otra manera, la gracia no sería gracia sino un salario debido. Somos salvos por gracia, por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8).

    La gracia está en Cristo Jesús, pero fuera de él no hay gracia alguna que sea posible. El Dios que es santo, recto y justo, no puede sino mostrar ira contra todo lo que sea la transgresión a su ley. Ningún pecador puede exigir gracia de parte del Todopoderoso, ya que precisamente ella es un favor inmerecido. Descartada la posibilidad de merecer la gracia, la misma es otorgada por el Creador a quien Él quiere darla. Por esa razón también se escribió que la salvación es por gracia y no por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe de su obra. El verso 11 de Romanos 9 lo coloca de esta manera: para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama.

    Al saber que la gracia es un regalo de Dios entendemos que Dios no anda por el mundo en forma agraciada, despilfarrando su favor a diestra ni a siniestra. Hay muchas personas que Él también endurece: De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 18). Ahora bien, esa gracia divina no es barata, sino que ha costado la sangre del Hijo de Dios. El precio que tuvo que pagar Jesucristo fue alto como alto era el favor inmerecido que recibimos. El pago lo hizo Jesucristo, el favor inmerecido lo recibimos los salvados, la justicia por ese favor fue exigida por el Padre Eterno. Habiendo Jesús pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9) se convirtió en nuestra justicia. Por eso fue escrito: Cristo, nuestra pascua (1 Corintios 5:7).

    En la primera Pascua Moisés hizo que el pueblo de Israel sacrificara un cordero, como se atestigua en Éxodo 12:21; su sangre se esparciría en las entradas de sus casas en Egipto (Éxodo 12: 7). Ya acá se establece el gran símbolo, el de la protección que nos da la sangre del Cordero de Dios respecto a la ira divina contra el pecado y toda transgresión de su ley.

    Si Jesucristo es nuestra pascua, entonces somos verdaderamente agraciados. Egipto representa en la Biblia al mundo, las más de las veces; la sangre de los corderos venía como sombra de la sangre del Hijo de Dios que murió en un madero, para aplacar la ira divina en los que son del verdadero Israel de Dios. Al pueblo histórico de Dios, salvos y no salvos, le fue dicho: Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13). En plena escena de escape del yugo enemigo, no vemos por ningún lado la gracia de Dios sobre Egipto, de acuerdo al relato bíblico.

    De esta manera tenemos por cierto que el trabajo del Hijo de Dios se hizo en favor de los escogidos del Padre, desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 11). No tenemos encima la ira de Dios, sino su reprensión cuando fuere necesario, de otra manera no seríamos contados como hijos (Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? -Hebreos 12:7). Comprendamos que el trabajo de Jesucristo, al representarnos substitutivamente en la cruz, pagó la pena que merecía cada una de las transgresiones de todo su pueblo. La justicia del Hijo es perfecta, y no menos que perfección judicial nos fue concedida; por esta razón Dios nos ve con la justicia perfecta que nos fue dada a cambio de nuestras transgresiones. He allí el amor del Padre, para que podamos ser llamados hijos de Dios. Recordemos que el Padre Eterno quedó satisfecho con la justicia del Hijo, por lo tanto no podemos ni debemos intentar jamás añadir a esa justicia la nuestra.

    Quien no comprenda el sentido de esa justicia aplicará la suya propia, como bien lo asentó Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 10, versos 1-4. María no tenía nada que temer porque había hallado gracia delante de Dios (Lucas 1:30). De la misma manera el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría, porque la gracia de Dios era sobre él (Lucas 2:40). Pedro nos escribe diciéndonos que fuimos elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas (1 Pedro 1:2). Esa presciencia debe ser estudiada para evitar imaginaciones impertinentes en cuanto a que Dios pudo ver alguna buena cualidad en nosotros para escogernos.

    Primero debemos entender que Dios no necesita llegar a saber algo, así que no tiene que averiguar nada para conocer lo que conoce. En segundo lugar, en muchas ocasiones la Biblia coloca como similitud el acto de conocer y el de tener comunión. Adán conoció a Eva su mujer, y tuvieron otro hijo; y José no conoció a María hasta que dio a luz al niño; a vosotros solamente he conocido yo en la tierra; y les dirá: nunca os conocí… En tercer lugar, sepamos que Dios conoce al impío que es réprobo en cuanto a fe pero no por eso lo ha elegido, aunque lo haya conocido. Más bien, el amor eterno y perdurable del Padre hizo que se fijara en un grupo de personas a quienes escogió desde antes de la fundación del mundo para ser su pueblo.

    Ya Dios ha declarado que mirando a la tierra no vio a ni un solo justo, ni a ninguna persona que le buscara; afirmó que toda la humanidad había muerto en sus delitos y pecados. Entonces, bajo esa afirmación veraz tenemos que comprender que nada bueno hubo en los elegidos para ser objetos de su amor eterno. No busquemos cualidad en la masa de barro, que es la misma masa para vasos de honra y de deshonra (Romanos 9). El Salmo 1:6 hace una síntesis sobre ese conocimiento divino: Porque el Señor conoce el camino de los justos: pero la senda de los impíos perecerá. Es decir, no serán conocidos los impíos, en el sentido de que no serán ni han sido amados por Dios (como es el caso de Esaú desvelado en Romanos 9:11-13).

    Precisamente, en esos gemelos de Rebeca e Isaac se ve el amor y el odio de Dios, con la declaración de Pablo, quien entiende que es un asunto duro que tenía que decir. Gracias a esa dureza sabemos que el elegido de Dios puede contrastar la abundante gracia que ha tenido, frente a la desgracia de los vasos de deshonra que Dios como Alfarero ha hecho. Todavía alguien puede preguntarse si en esta teología hay injusticia en Dios. La respuesta sigue siendo la misma, de acuerdo a la Biblia: En ninguna manera (Romanos 9:14). ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La respuesta sigue desarrollándose en los versos 22 y 23.

    No callamos esta teología, ni nos la reservamos en secreto; simplemente la declaramos como parte de todo el consejo de Dios. Así lo ha anunciado Él en las Escrituras, ¿cómo nos atreveríamos a guardar silencio frente a semejante verdad? Que nuestra conciencia nos dé el testimonio en el Espíritu Santo por la comprensión de esta doctrina del Señor Jesucristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • GRACIA SOBRE GRACIA

    La Biblia expone abiertamente lo que fue desde el principio de todo lo que nos concierne: En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Génesis 1:1). Aunque este primer libro de la Biblia no pretende ser un estudio de ciencias naturales, nos aclara como creyentes que lo que nos concierne tiene que ver con la soberanía de Dios. Es el Creador el que hizo todo cuanto existe, para que a partir de ese punto podamos comprender hacia dónde apunta la naturaleza.

    Estos principios generales han permitido el nacimiento y desarrollo de la ciencia, ya que poseemos la seguridad de que nuestra vida tiene un sentido en el mundo de relaciones que nos ocupa.

    La Escritura viene a ser un aliciente para el confort del creyente, de aquella persona que haya sido llevada por el Padre a Cristo. No nos cansamos de oír semejante gracia, la que nos preserva de la caída fatal. Estamos en las manos del Hijo y en las del Padre, jamás nos saldremos de allí, pese a que tengamos todavía la ley del pecado que habita nuestros miembros (Romanos 7). El que ha creído el evangelio de salvación que se basa en la expiación de Jesucristo, el que ha sido cubierto con la sangre derramada en la cruz, agradecerá por siempre a Dios el favor tan inmerecido. Nada nos distingue de los que continuarán muertos en delitos y pecados, simplemente la mano de Dios.

    Desde la regeneración hasta la gloria final, todo se basa en el trabajo exclusivo de Jesucristo. Ninguna de nuestras buenas obras ayuda a la preservación del alma en la gracia divina, sino solamente el trabajo de Cristo al cumplir toda la ley. Él se presentó como Cordero sin mancha para apaciguar la ira del Padre en los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:4-5).

    Nadie puede deshacer aquello que Cristo ha hecho, ni siguiera Satanás; él tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos. Ese texto está en futuro de subjuntivo lo cual presupone una imposibilidad absoluta. A todos los que Dios predestinó ha llamado, a los que llamó también los justificó, y aún a los justificados también los ha glorificado. De esta forma podemos decir con Pablo que si Dios está por nosotros, ¿quién puede prevalecer contra nosotros? (Romanos 8:30-31).

    El redimido sabe que su culpa y condenación han sido removidas, para recibir a cambio una justicia perfecta. Los mandatos de obediencia presentados por la Escritura se fundamentan en la gloria final del trabajo de Cristo: obedecemos porque su gracia nos motiva, pero la gracia no se nos otorga porque le obedezcamos. Este pacto de gracia divino no es condicional en ninguna medida, simplemente es inmerecido. Por lo tanto, todo lo que el Padre le da al Hijo irá al Hijo, para ser resucitado en el día postrero. En cambio, nadie puede ir al Hijo si no es enviado por el Padre (Juan 6: 37 y 44).

    Jesús habló en parábolas en parte para que los que oyeran no entendieran, así que solamente a los hijos del reino les ha sido dado entender lo que dijo. Hay cosas que se muestran muy evidentes, pero el incrédulo no las puede discernir. Es necesario nacer de nuevo, ser regenerado por el Espíritu, pero esto no se logra por causa de voluntad humana sino de Dios. Nuestras buenas obras, por lo tanto, se dan en virtud de un acto de gratitud hacia el que nos redimió, nunca como una causa de redención.

    Han venido y seguirán viniendo falsos profetas y falsos Cristos, pero no les será posible engañar a uno solo de los escogidos / ya redimidos. Los elegidos que ya hayan oído la voz del Señor no serán engañados, no se irán jamás tras los extraños (Juan 10:1-5), no blasfemarán del Santo Espíritu, no dirán que no existe Dios. Como ya dijimos, estamos guardados en las manos del Hijo y en las del Padre (Juan 10:27-29), ni siquiera nosotros mismos podemos huir de ese entorno; y es que como criaturas creadas no podemos nosotros separarnos de ese amor de Dios (Romanos 8:39).

    A los que no creen a la verdad sino que se complacen en la injusticia, Dios les envía un poder engañoso, un espíritu de estupor, para que crean la mentira (2 Tesalonicenses 2: 11-12). Por supuesto, esas personas no fueron escogidas para salvación desde el principio, por medio de la santificación del Espíritu y la fe en la verdad; los que hemos creído sí que fuimos elegidos desde la eternidad (verso 13), para ser llamados mediante el evangelio (verso 14). La verdad se presenta pero hay quienes no pueden soportarla, escandalizándose por la dureza de palabras en la que viene envuelta. ¿Quién puede oír esas palabras? Los que tienen oído para oírlas; los demás se alejarán tras la mentira creyéndola. Esta mentira viene en una gran variedad de formas, luce atractiva, se amolda a la percepción de cada uno que la sigue y puede disfrutarse al escarnecer a los del verdadero evangelio.

    Recordemos esta premisa bíblica: nuestra justicia es como trapo de inmundicia (Isaías 64:6-9). Esto indica que aquella persona que supone que Dios lo escogió porque vio en ella una posibilidad de aceptarlo, un deseo de seguirlo, está en realidad pensando injustamente. Esa persona cree que la justicia de Dios se equipara a la justicia humana, considera que ella tiene un aporte atractivo para seducir a Dios. Este tipo de persona se justifica ante sí misma, pero Dios conoce cada corazón: lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación (Lucas 16:15).

    Hay autodenominados creyentes que sufren de urticaria cuando leen Romanos 9, o cuando se enfrentan a Juan 6; lo mismo les sucede con otros textos similares. Comienzan a reinterpretar privadamente, en el intento de hacer decir otra cosa porque ellos no lo conciben como justo. En realidad piensan que Dios es injusto por haber odiado a Esaú antes de ser concebido, por haberlo condenado sin mirar en sus malas obras. En este punto se prueba que tal persona presupone su criterio de justicia como el que debe regir al Dios supremo.

    La Biblia enfatiza que la ley (de Moisés o de Dios) no salvó a nadie, antes más bien condenó a todos. Sin embargo, a través del mandato (la ley) se nos ayudó a buscar a Cristo. No obstante, nadie puede exigir liberación mirando a sus propios méritos; el único que pudo cumplir la ley en todos sus puntos fue Jesucristo, lo cual lo facultó para ser la ofrenda adecuada para amistarnos con Dios. Jesús fue el nombre del niño que nacería de María, de acuerdo a lo dicho por el ángel a José en una manifestación. El nombre JESÚS en arameo significa Jehová salva, y la razón de ese apelativo es que él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Es en ese sentido de conjunto que Juan el Bautista exclamó respecto al Cristo como de aquel que quitaría el pecado del mundo. En realidad esto es cierto en grado sumo: cuando tengamos cielos y tierra nueva el pecado ya no será más en este mundo.

    Juan en una de sus cartas les afirma a los miembros de su iglesia (compuesta fundamentalmente por judíos conversos) que Jesús es la propiciación por sus pecados y no solamente por los pecados de ellos sino por los de todo el mundo. ¿Cuál mundo es el referido por Juan? Ese mundo no incluye a Judas Iscariote, ni al Faraón de Egipto, ni a los muchos que se pierden en la eternidad. Ese mundo se refiere a la suma de los gentiles que llegamos a creer. Los judíos siempre hablaron de ellos como un conjunto aparte, mientras que el resto de las gentes eran llamados gentiles o mundo. Entonces Juan habla de ese mundo por quien Cristo también es la propiciación.

    Ya lo dijo el Señor, en un testimonio recogido igualmente por Juan en su Evangelio: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26). La condición de oveja precede al creer. Los que hemos sido regenerados por el Espíritu no podemos jamás confesar un falso evangelio. Si alguien hace tal cosa está confirmando que no había sido redimido, pese a sus actos religiosos. Los que se dan a la idolatría en cualquiera de sus formas (incluso en la abstracción mental, sirviendo a Cristos que se inventan y se ajustan a sus propios criterios), están orando y alabando a un dios que no puede salvar. El profeta Isaías también lo advirtió: …No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva … Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más (Isaías 45: 20 y 22).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA ÚNICA GRACIA

    Gracia hay una sola, la que emana del corazón de Dios. Dios ama a unos pero odia a otros; lo que no hace es amar y odiar a la misma persona. Por lo tanto, Dios no es esquizofrénico, no es dubitativo, simplemente hace como quiere. Todo lo que quiso ha hecho, dice el Salmo 135:6, sea en los cielos o en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Por la gracia de Dios somos salvos, no por obras para que nadie se gloríe. Así que fue la misericordia divina la que se manifestó en todos cuantos hemos sido llamados de manera eficaz, lo cual demuestra el concepto de la gracia.

    La providencia de Dios es otro asunto; se trata de la provisión para su creación de manera de que se logren todos los fines previstos. Dios le dio vida al Faraón de Egipto, junto con el poder político y riquezas económicas. Lo dotó de la capacidad suficiente para ejercer en su imperio, pero por igual lo cargó de soberbia endureciéndolo el corazón (por eso decimos que lo odió, así como odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal – Romanos 9). Dios proveyó a Judas Iscariote de vida suficiente para que llegara a la edad adulta, le dio todas las circunstancias sociales para que conociera al Mesías enviado. Lo hizo su discípulo para que pudiera traicionarlo. De hecho, Jesús lo escogió sabiendo que era diablo (Juan 6: 70-71).

    Jesús dijo que el Hijo del Hombre iba como estaba escrito de él, pero dio un ay de lamento por aquel que traicionaría al Hijo de Dios. Mejor le hubiera sido no haber nacido (Marcos 14:21). Vemos que Jesús no impidió el nacimiento de Judas, sino que proveyó para todo lo previsto desde la eternidad. Estas cosas están escritas en la Biblia, entre otras cosas, para que los hijos de Dios valoremos el significado de la gracia.

    Al anunciar el evangelio le decimos a la gente que cada hombre ha muerto en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno ni quien busque a Dios. Le decimos por igual que Dios manda a los hombres que se arrepientan y crean el evangelio (la buena nueva de salvación). Esta redención es gratuita, sin costo alguno de parte nuestra, sin que dependa de buenas obras (Deuteronomio 30:6). El arrepentimiento implica la comprensión de la dimensión de Dios frente a la pequeñez del ser humano.

    Si el Espíritu Santo, que es quien da el nuevo nacimiento (Juan 1 y 3), cuando levanta al muerto y le da vida decimos que una oveja fue rescatada. Si el Espíritu no actúa, la persona sigue muerta, incapacitada de ver la medicina que puede curar su alma. Uno predica pero no sabe quién habrá de ser levantado por el Espíritu; también sucede que esa redención no ocurra en el instante en que hablemos, sino que puede acontecer en un futuro. Para eso Dios es el único suficiente.

    En la predicación del evangelio distinguimos dos grupos de destinatarios esenciales: 1) las ovejas que un día serán llamadas eficazmente; 2) los réprobos en cuanto a fe, vasos de ira destinados para destrucción final. Aunque nosotros no sepamos quién es quién en el momento de anunciar el evangelio, la Biblia nos asegura que cuando el réprobo en cuanto a fe escucha y rechaza lo hace porque fue programado para destrucción. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente? (2 Corintios 2:15-16).

    No nos puede parecer absurdo llamar a los réprobos al arrepentimiento, ya que la predicación es un medio para que Dios los endurezca más, aparte de que el predicador desconoce quién es un réprobo o quién es una oveja perdida que el Señor vino a rescatar. Jesús sí que sabía quién es quién y por eso dijo la siguiente declaración: Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho (Juan 10:26); asimismo había afirmado antes: Y no queréis venir a mí para que tengáis vida (Juan 5:40). Isaías 65:2 nos muestra lo siguiente: Extendí mis manos todo el día a un pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos.

    Predicamos y dejamos ante el Espíritu Santo la aplicación de la palabra expresada. Él sabe a quién dará vida, de acuerdo a la elección eterna del Padre, conociendo de igual manera por quién murió Jesús (Mateo 1:21). Con Job nos preguntamos y respondemos: ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). ¿Quién podrá decir: Yo he limpiado mi corazón, limpio estoy de mi pecado? (Proverbios 20:9).

    Los creyentes estamos anclados en la salvación eterna dada por la fe de Cristo. Sin Jesucristo no tendríamos ninguna esperanza sólida, siendo él llamado el Justo que murió por los injustos, para que Dios sea también el Dios justo que justifica al impío. Se moverán los montes pero jamás se apartará la misericordia de Jehová, con el pacto de su paz, para todos aquellos de quienes Él ha tenido misericordia (Isaías 54:10).

    Las ovejas llamadas por Cristo oyen su voz y le siguen, porque él las conoce. Asimismo, Jesús les da vida eterna y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de su mano (Juan 10: 27-29). Las riquezas de Dios son profundas en cuanto a conocimiento, así como sus pensamientos, su sabiduría y sus juicios son inescrutables. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos (Romanos 11:33-36).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA GRACIA DIVINA

    Mucha gente no cree en la gracia divina, como tampoco en el castigo eterno. El evangelio se anuncia para testimonio a todas las naciones, pero solamente lo creen unos pocos. Sabemos por las Escrituras que Dios ha elegido de entre los muchos a los que han de creer, señalándoles el tiempo en que recibirán el arrepentimiento para perdón de pecados. El infierno resulta un concepto de espanto, casi ridículo, pero no vamos a subestimarlo. Incluso en el Antiguo Testamento se hace alusión a ello: Porque fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las profundidades del Sheol; devorará la tierra y sus frutos, y abrasará los fundamentos de los montes (Deuteronomio 32:22). En la versión Reina Valera Antigua (1909), el vocablo Sheol se traduce como infierno en unas once oportunidades.

    Por si fuera poco, en Mateo leemos las palabras de Jesús: No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (Mateo 10:28). De las 12 veces en que aparece la palabra infierno en la Biblia, 11 de ellas las refiere Jesucristo. Así que si alguien dice creer en el Hijo de Dios debe aceptar también su doctrina en forma total. Asimismo, recordemos estas oportunas palabras del Señor: ¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo y se destruye o se pierde a sí mismo? (Lucas 9:25).

    A pesar de la información abundante, la gente prefiere hacer caso omiso a esa advertencia. Algunas falsas enseñanzas hablan de un Dios de amor que no torturaría al alma humana en esa forma; otros hablan de la desarticulación del alma, como si se extinguiera. Pero entendemos que las palabras del Señor no van en ese sentido. La Escritura nos habla de la depravación total, dándonos a entender que el ser humano no tiene la habilidad suficiente para huir del pecado y de la culpa. Por ello, ella anuncia que existe una elección sin condición (sin que se tenga en cuenta quién ha hecho bien o mal, como asegura Romanos 9:11), para lo cual se hizo una expiación delimitada a los escogidos.

    De hecho, Jesús en el huerto de Getsemaní oraba al Padre la noche previa a su martirio en la cruz. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le seguiría dando (Juan 17: 9 y 20). En tal sentido, se sostiene implícitamente que la gracia de Dios no se puede resistir (el llamamiento eficaz), aunque el ser humano se resista al Espíritu Santo. Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios (Romanos 11:29). Lo que Dios decreta que sucederá habrá de acontecer,

    Esta doctrina de la gracia irresistible señala que la Biblia describe al ser humano como muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1, 5 y 13). Así como Lázaro estuvo muerto y escuchó la voz del Señor cuando le dijo que viniera fuera de la tumba, de la misma manera los muertos espirituales deben escuchar la palabra de Dios llamándolos en forma eficaz. De otra forma no habrá vida eterna. Urge nacer de nuevo -como le dijo Jesús a Nicodemo- pero ese acto corresponde al Espíritu Santo. Ese acto es parte de la soberanía de Dios.

    Dirán algunos: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién resiste a su voluntad? (Romanos 9); así que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ese atributo de soberanía pertenece exclusivamente al Creador de todo cuanto existe, por lo cual sus hijos alaban su nombre por la virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Ciertamente, la salvación es de Jehová (Salmos 3:8). Ahora vivimos en el reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13), por el puro afecto de su voluntad.

    Esta gracia irresistible es dada en exclusiva a los que el Padre eligió desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Existe un llamado general al arrepentimiento, a creer el evangelio, pero muchos oyen y desprecian la exhortación. Solamente aquellos señalados para creer la palabra divina la reciben como gracia: Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mateo 22:14). En Juan 6 podemos encontrar el énfasis que Jesús colocó en esta doctrina, una enseñanza que ofende a la gente, que provoca murmuración y descontento. Cuando oyeron la palabra del Señor, muchos de sus discípulos se retiraron porque no podían oír esa palabra. La síntesis del Señor fue muy simple: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65). En el verso 37 de Juan 6 el Señor lanzó una premisa general válida: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Más tarde, en el verso 44 lanza otra premisa exclusiva: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.

    El resultado de esa doctrina de Jesús (que es la misma del Padre) permite valorar dos posiciones antagónicas. El amor y el odio hacia Dios; unos que son amados por el Padre en consecuencia lo aman (lo amamos a él porque él nos amó primero, dice 1 Juan 4:19). Los que son odiados, como Esaú, definitivamente tienen que retribuir odio a Dios. La mayoría del mundo desprecia las enseñanzas de Jesucristo, adora imágenes que se hacen de él pero no lo conoce. El amor de Dios nos ha guardado por su gracia de la condenación venidera, he allí la razón por la cual podemos amar a Dios. En ese amor no hay castigo, por lo cual no existe temor (1 Juan 4:18). El perfecto amor echa fuera el temor.

    Existe un amor general que los seres humanos se prometen, pero allí puede haber temor. En cambio, la relación con Dios disipa la duda y la obsesión, dándonos una seguridad absoluta de que Él tiene cuidado de los suyos. El bien y la misericordia nos siguen, o nos persiguen, para morar en la casa de Jehová para siempre. Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    El que ha escuchado la palabra puede dar fe de su reacción frente a ella; cada quien sabe cómo se siente ante la doctrina de Cristo. Los que persisten en la resistencia, en la duda, en el encono contra la soberanía de Dios, saben que están dando coces contra el aguijón. Eso es dura cosa, como se le dijo a Saulo de Tarso. Resulta poco discreto resistirse a una fuerza superior, ya que eso implica que quien se opone saldrá perjudicado.

    El anuncio del evangelio se hace porque se nos encomendó de parte de Jesús, como afirman las Escrituras. La meta apunta a que la gente que ha de creer pueda abrir sus ojos y convertirse de las tinieblas a la luz, de la potestad de Satanás a Dios. De esa manera recibirán la fe y el perdón de pecados, junto a la herencia de los santificados. El amor a Dios se resume en la obediencia que le prodigamos, en lo cual Él se agrada. Si horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, maravillosa ocupación y hermoso asunto resulta la comunión íntima con el Señor.

    Las promesas de Dios para los suyos son compromisos sólidos: Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Números 23:19). Ese Dios no dará el pie del hijo creyente al resbaladero, no se dormirá al guardarnos. Que Él sea nuestro guardador, nuestra sombra a la derecha. Ese es un Dios de misericordia eterna, por lo cual no castigará dos veces por el mismo pecado. Habiendo Jesucristo pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no nos queda sino la reprensión de un Padre cuando somos desobedientes. Esa reprensión es para enderezar nuestras veredas, para que no nos salgamos del camino. No será para juicio eterno, ya que Jesucristo pagó por los pecados de su pueblo y esos pecados fueron lanzados al fondo del mar (Miqueas 7:19).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA FALSA GRACIA

    La falsa gracia se asemeja a la falsa humildad, a la apariencia de piedad que no aprovecha. Ya lo decía Jeremías: hablan de paz cuando no la hay (Jeremías 6:4). Algunos reformados demuestran su experiencia en el derrotero que conduce a la muerte, encantados con sus sofismas dejan ver el desvarío de su camino al hablar de la feliz inconsistencia de alguna herejía. Feliz porque suponen que ella no conduce a perdición, dándonos a entender que se puede militar en la falsa doctrina pero como se cree que se está en la verdadera Cristo los comprende. Esto es panteísmo disfrazado, bajo el alegato de alabar al mismo Dios aunque para ellos resulte un ídolo el Jesús que no conocen.

    Pablo lo advirtió en Romanos 10:1-4, al hablar de los judíos de entonces, los que teniendo celo de Dios no actuaban conforme a ciencia (a la razón, al conocimiento). Sí, hay quienes prefieren tener a los sabios de este mundo en sus templos, al filósofo Séneca, como si éstos hubiesen conocido a Dios por la puerta de atrás. Para estos pretenciosos cristianos las palabras de Jesús sobran: Nadie viene al Padre sino por mí. Lo mismo les da que la Escritura afirme que no hay otro mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ya que suponen que el hombre natural puede conocer a Dios por medio de sus vanos razonamientos.

    Si el hombre sin la palabra revelada pudo servir a Dios en pureza de corazón, entonces en vano murió Cristo. Pareciera que poco o nada conocieran del Dios soberano, el que hizo incluso al malo para el día malo. Dios no da por hecho que el paganismo rescate una sola alma del pecado, sino más bien envió a su Hijo en semejanza de carne y sangre para que diera su vida en rescate por muchos. Ese rescate no fue potencial sino actual, no se hizo en apelación a la buena voluntad humana, como si la hubiera. Nuestra voluntad fue contada como la de los muertos en delitos y pecados, para quienes se hace imperativo nacer de nuevo.

    Como para que no tengamos duda se escribió que ese nuevo nacimiento no ocurre por voluntad humana sino de Dios. Es decir, incluso la fe que nos permite asir el evangelio se nos ha dado como un regalo de Dios (Efesios 2:8). Todo el paquete de la salvación viene de Dios: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8). También se escribió que Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Esa fe nos viene, cuando Dios nos la da, por medio del oír la palabra de Cristo (Romanos 10:17). En resumen, la redención que Dios ha hecho tiene su sintaxis en la historia del hombre: el hombre cae en el pecado, muere espiritualmente, es revivido por el Espíritu Santo quien le otorga la fe que se produce cuando oyendo el evangelio es renovado para arrepentimiento. Así que la predicación del evangelio no se niega sino más bien se alienta: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    El que ignora al Dios viviente da fe de que no lo ha encontrado. Poco importa que tenga una vida de piedad aparente, que sea una persona de religión, que se llene de buenas acciones para con el prójimo. De nada le sirve el esfuerzo individual si desconoce la magnitud del pecado impagable y lo que significa el trabajo de Jesucristo. Por otro lado, ¿de qué le sirve al hombre su religión si ignora al Dios soberano? Ese Dios soberano no tuvo en cuenta que Esaú fuera el primogénito de Isaac, de quien vendría la promesa. A ese Dios soberano no le interesó que Esaú fuese nieto de Abraham, el padre de la fe. Simplemente lo odió antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para manifestar en él su odio por el pecado. En cambio, el amor divino se posó sobre Jacob, sin importar su maldad, simplemente Dios lo amó antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. Todo esto se escribió para demostrarnos que el propósito de Dios permanece conforme a la elección y no por las obras (Romanos 9:11). Pese a la declaratoria bíblica, millones de seres humanos llamados cristianos ignoran el acto soberano de la elección divina y subvierten el orden de Dios: dicen que si hubo elección fue porque Dios supo de antemano quién habría de aceptar la oferta generosa del Calvario.

    Eso no es más que colocar la carreta delante del caballo, es suponer que el hombre no murió en delitos y pecados, que está sano parcialmente y que posee voluntad para decidir entre cielo e infierno. Por otro lado, esa forma extraña de creer sin conocimiento supone que Dios se mostraría más justo si da iguales oportunidades a los seres humanos. Por esa falsa doctrina los templos se han llenado de cabras que adoran a un dios que no conocen, dándose cabezazos unos a otros, en la ignorancia de la palabra divina. Ese es el dios de Arminio, el cabeza de playa de Roma en las filas del protestantismo.

    Dios ha pasado por alto los tiempos de esta ignorancia (según dijo Pablo en el Areópago). Hablaba de la ignorancia de la idolatría propia del paganismo, brindando una apertura para el mundo gentil, en la cual nos encontramos hoy día. Pero ese pasar por alto tal ignorancia viene con una exhortación hecha a todos los hombres en todo lugar: que se arrepientan, ya que un día vendrá el juicio divino, con toda justicia, por mano de aquel varón levantado de entre los muertos (Hechos 17:30-31). Pablo les dijo que ese Dios del cual hablaba no debía ser tenido como alguien semejante a oro, plata o piedra, a ninguna escultura o arte, todo proveniente de la imaginación de los hombres (Romanos 17:29).

    Ciertamente, la gente va tras una gracia barata combinada con obras. Yo levanté la mano, aseguran unos, yo di un paso al frente, dicen otros. Todos concuerdan en que ayudaron a Dios en su proceso de salvación. En realidad no existe doctrina más odiada que la de la soberanía absoluta de Dios, el cual salva a quien ha querido salvar, sin importar su pecaminosidad, pero condena a todos aquellos ordenados para que sea exaltada la gloria de su justicia contra el pecado. Así que Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece el corazón de quienes quiere endurecer.

    Ante esta realidad bíblica, ocultada con ingenio desde los púlpitos, muchos levantan sus puños contra el Dios de las Escrituras, haciendo fila con el objetor reseñado en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otras palabras, ¿por qué Dios condenó al pobre de Esaú, quien no pudo hacer nada contrario a lo que implicara el odio divino contra él, aún antes de ser concebido? El que sigue empeñado en esta pelea demuestra que no ha nacido de nuevo, ya que Dios no es un Dios de confusión.

    Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y su pecado ha sido cubierto. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Por eso orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás. No seas como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia (Salmos 32).

    César Paredes

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  • LA LEY Y LA GRACIA

    En Juan 1:17 leemos: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. En este texto pudiera resumirse toda la teología de las Escrituras, ya que la ley fue dada para que abundase el pecado. La ley nos declara incapacitados por cuanto la maldición se yergue sobre todo aquel que no la cumple plenamente. Si tan solo un punto de ella es quebrantado, la consecuencia viene a ser la muerte espiritual. Ese pesado libro acusatorio vino por medio de Moisés, para demostrar que todo aquel que intente cumplir sus mandatos se tropieza al infringir alguno de sus puntos.

    Sin la ley no habría conciencia del pecado, pero sabemos que esa ley escrita vino a un pueblo específico. Existe otra ley, escrita en nuestros miembros, de manera que ninguno puede considerarse excusado de ese conocimiento. La conciencia humana nos demuestra el bien y el mal, para que nadie se sienta libre e independiente del Todopoderoso Creador. Dos formas de esa ley hemos conocido, pero en ambas el hombre se muestra sin acierto pleno. Nadie ha sido justificado por las obras de la ley (Romanos 3:20), ni la de Moisés ni la de la conciencia.

    Pero allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Gracia y verdad vinieron por medio de Jesucristo, habiendo él muerto por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Esa buena noticia tenemos por medio del anuncio del Evangelio, que Jesucristo cumplió la ley a cabalidad para satisfacer la demanda de un Dios Santo, que exige pago por el más mínimo pecado. La épica de Dios se nos narra en los libros de la Biblia, su gesta libertaria en medio de un mundo desordenado y entregado al mal. El principado de Satanás gobierna los corazones de los inicuos, pero la gracia del Señor levanta al caído y hace que de las tinieblas resplandezca su luz (2 Corintios 4:6).

    Los judíos son llamados el pueblo escogido, pero lo fueron para exhibir los escritos de Dios. Sin embargo, muchos de ellos no comprendieron el misterio de la elección, sino que se entregaron a la falacia de asumir que la escogencia se debía a valores intrínsecos en ellos. Como si Dios hubiese descubierto una estirpe humana con valores suficientes para proseguir el bien, los judíos se envanecieron y ensancharon su pensamiento con presunciones farisaicas. La plegaria del fariseo demostraba la arrogancia de pretender ser mejor que el publicano, agradeciendo por la diferencia basada en la suposición de su nobleza.

    Aparte de los judíos, hoy día existe un conglomerado de religiosos que sigue el mismo norte, bajo el alegato de haber sido escogido por virtud propia. Dios vio en ellos el deseo de seguirlo, por lo tanto los apartó desde antes de la fundación del mundo. Estos hombres de religión aseguran que la diferencia entre cielo e infierno subyace en su buena voluntad, en la libre aceptación que mostraron ante la predicación del evangelio.

    Jesús demostró por sus enseñanzas que no todo el que le diga Señor entrará en el reino de los cielos. Además, aseguró que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trae. Insistió en que todo lo que el Padre le da a él vendrá a él, de manera que deja entendido que aquellos que nunca vienen a él jamás han sido enviados por el Padre. La doctrina del amor divino ha hecho posible la escogencia para vida eterna, pero el odio de Dios por Esaú nos demuestra que no todos son escogidos para salvación (Romanos 9).

    La gracia nos libera de la maldición de la ley, pero siempre en base a un acto de justicia. Dios no perdona a nadie en detrimento de su cualidad de Justo, sino que libera al oprimido basado en el trabajo de Jesucristo. De allí que el Señor sea considerado nuestra Pascua, nuestra Justicia, para que Dios pueda ser llamado Justo y quien justifica al impío. Desde Adán la ley moral fue quebrantada, con la consecuencia de lo heredado por la humanidad: la culpa y su consiguiente castigo. Con Moisés existe una nueva edición legal, en la directriz dual de nuestra relación con Dios y con los demás hombres. La culpa y el castigo por el pecado son enseñadas en el aspecto ceremonial de la ley mosaica. En esa pedagogía se educó al ser humano escogido para tal aprendizaje, en la liberación que se obtendría con Cristo. Por eso se habla de que aquellos ritos fueron sombra de lo que habría de venir: la expiación propiciada por Jesucristo.

    Venido el Evangelio recibimos la gracia y la verdad, como una muestra del amor de Dios para con la humanidad. Esto es gracia libre de parte del Señor, pero también verdad en cuanto a la promesa promulgada en Génesis 3:15. Cristo es el autor del Evangelio y el fin de toda promesa, el cumplidor de todo lo prometido. Jesús se nos mostró como el Libertador anunciado por Moisés, el que vendría después para cumplir con el propósito de la redención. En la ecuación divina de la salvación los elegidos son los que reciben al Justo. Conocemos que la ley se introdujo para que el pecado abundase, hablo tanto de la ley moral como de la ley mosaica, esta última vista como una demostración pedagógica del plan divino. Sin embargo, cuando abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que la gracia reine por la justicia para vida eterna.

    Hoy día se anuncia esta gracia, pero muchos no la reciben. Por supuesto, tenemos que atenernos al plan de Dios, que Él conoce, ya que el Señor vino a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. Anunciamos este Evangelio a todo el mundo, porque no se nos dijo que buscáramos una lista de elegidos para proclamar la verdad de las Escrituras. Simplemente se nos ordenó predicar a toda criatura, para que el que creyere sea salvo. Sabemos por las Escrituras que creerán todos y cada uno de los que fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48).

    Por esta Escritura estamos ciertos de que la fe no es la causa sino el medio o condición dispuesto por Dios para alcanzar la vida eterna. Los gentiles no tenían una mejor disposición para las cosas de Dios que los judíos, simplemente estaban tan muertos como todos los que habían pecado. No obstante, tantos como fueron ordenados para vida eterna demostraron que lo habían sido en tanto creyeron por medio de la fe que Dios les dio: la fe es un don de Dios (Efesios 2:8).

    Los pecados del pueblo de Jesucristo le fueron imputados a él, quien sufrió en el lugar de todo su pueblo. Esta expiación fue completa (Tetélestai, dijo Jesús en la cruz), con una total remisión de todos los pecados del pueblo que representó en el madero. Dios remitió nuestros pecados, es decir, los perdonó, los sacó de nosotros; en la sangre de Cristo se purgaron todas nuestras faltas, porque fue una cancelación absoluta de todas nuestras deudas con el Creador. En tal sentido, se cumplió lo que dijo Juan el Bautista: El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Jesús apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él (1 Juan 3:5).

    Jesús lo dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:28). El vino rojo de su copa fue un símbolo o emblema y representación de su sangre en la cruz, en una anunciación del pacto de gracia. Tenemos paz, perdón, justicia, vida eterna y un número mayor de otros beneficios que emanan de ese esfuerzo del Señor en pro de todo su pueblo. El primer pacto (Antiguo Testamento) fue anunciado por Moisés ante el pueblo: Exodo 24:8: Moisés tomó la sangre y la espació sobre el pueblo y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros. Esto era sangre de bueyes, pero ahora la sangre del Hijo fue derramada voluntariamente para beneficio perpetuo de todo su pueblo. La sangre del Nuevo Pacto (Nuevo Testamento) ha sido derramada por muchos, para remisión de pecados.

    ¿Qué, pues, diremos? Entre la ley y la gracia vemos la pedagogía de Dios en relación con su santidad y su relación con el pecado de su pueblo. La ley, ciertamente severa, acusándonos hasta la maldición por causa de nuestra impotencia, pero la gracia derramada libremente de su beneplácito para con la multitud de personas que Él escogió, de acuerdo al propósito de su voluntad. Felices los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

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  • GRACIA A LOS HUMILDES (SANTIAGO 4:6)

    Dios miró desde los cielos para ver si había algún entendido, lo que encontró fue lo que ya sabía: no hay justo ni aún uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien busque a Dios. Entonces, ¿dónde está el humilde? ¿Qué quiso decir Santiago con sus palabras? Porque la humildad significa ausencia de soberbia, cosa que en sí misma es una buena condición del alma. ¿Vio Dios algo bueno, como gente humilde que lo deseara? No, no lo podemos afirmar a partir de lo que Él mismo calificó respecto a la naturaleza humana. Sin embargo, el contexto social nos lleva a hacer distinciones entre los hombres.

    Los hay más despreciables, quienes suponen no necesitan a Dios; sus posesiones materiales los encumbra y piensan que la religión es asunto de gente timorata. Tal vez su dinero puede comprar la simpatía de los religiosos y con ello se aseguran, por si hubiere una realidad espiritual que poco les importa. El humilde, por el contrario, reconoce su propia vileza, aunque no pueda hacer nada para cambiarla. Como dice Proverbios 30:8-9: No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios.

    Pensemos por un momento que si Dios da gracia al humilde, a ambos hizo el Señor: al altivo de corazón (Proverbios 16:4) y al quebrantado de espíritu (el humilde). La Biblia no asegura que cada humilde recibirá gracia divina, simplemente afirma que Dios da gracia a los humildes. Santiago está hablando de los creyentes, diciéndoles que el Espíritu Santo nos anhela celosamente, así que esa gracia nos aleja de la soberbia. De no ser por Jehová, no habría ni una sola persona con humildad en el planeta, así que al igual que la fe resulta útil en tanto mecanismo de salvación, también se nos ha dicho que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8).

    Y si es un regalo eso no anula su utilidad, ya que no se nos exige como condición que pudiéramos cumplir, lo cual cambiaría la gracia en obras. Simplemente se habla de un mecanismo cuando se dice que somos salvos por gracia, por medio de la fe. No suponga nadie que puede tener fe (a no ser la espuria, la inventada por la carne humana), solamente se tiene cuando Dios la da. Volvemos al círculo de siempre: Dios da la salvación a quien quiere darla (Romanos 9; Efesios 1, Juan 6, etc.).

    Ciertamente el hombre respira y vive, si no hubiese oxígeno moriría. Pero para poder respirar necesita pulmones, para los pulmones hace falta la sangre, el cuerpo humano, etc. Una cadena de eventos y condiciones parece asomar en cada acto biológico de nuestros cuerpos, pero uno mira de cerca y reconoce que Dios ha hecho eso posible. Nosotros respiramos o morimos, pero Dios da el oxígeno y los demás elementos de la vida. El que respiremos no nos hace independientes del Creador, sino que nos afirma que dependemos de su providencia. Pero nadie lo piensa cuando respira, porque cree que es una actividad biológica mecánica independiente de la voluntad providencial del Señor.

    Pasa algo parecido con la humildad, ya que la persona humilde podría caer en la soberbia si no reconoce que Dios le ha dado esa cualidad. Le sucedió algo terrible al soberbio Nabucodonosor, hasta que aprendió humildad y reconoció que no hay otro Dios sino el Señor. Empero Dios ha hecho al malo para el día malo, y ese malo tiene la aptitud para la soberbia. Lucifer ejerce su función desde el plano de la altivez, creyéndose dios y haciendo blasfemar el nombre del Todopoderoso. Para eso fue creado, porque dentro de los planes del Creador quiso incorporarlo para resaltar la gloria de su Hijo Jesucristo.

    Santiago advierte que la gente codicia y no tiene, mata y arde de envidia. Un poeta ha dicho que la envidia de la virtud ha hecho a Caín criminal, que hoy la gente da gloria a Caín porque el vicio es lo que se envidia más. Luego, da un ay por esa actitud humana. Muchos creyentes combaten y luchan, pero no logran lo que desean, por la simple razón de no pedir a quien puede darlo todo. La amistad con el mundo genera enemistad para con Dios, mas el que se somete a Dios y se acerca, conseguirá que Dios se acerque también.

    Hemos de pedir conforme a la voluntad de Dios, para tener la garantía de recibir lo que pedimos. No nos podemos escapar del centro divino, de su eje, ya que nuestra sumisión a la voluntad de Dios genera todo tipo de bondad en nuestros círculos de vida. Todo sea hecho por el honor de Dios y en interés de agradar a Jesucristo, sin que medie la lujuria y la avaricia, no vaya a ser que esta misma noche vengan a pedir nuestra alma (Lucas 12:19). Como creyentes hemos de sopesar siempre la vanidad de la vida, no nos vaya a pasar lo del rico que vivió a placer y ahora se encuentra en el calor del infierno sin provecho alguno (Lucas 16:19). No podemos servir a dos señores, o nos hacemos amigos del mundo o nos hacemos amigos de Dios, porque uno odia al otro.

    No nos preocupemos qué cosa hemos de comer o beber, o qué habremos de vestir, ya que nuestra existencia es mayor que la comida y el vestido. Las aves del cielo no siembran, ni guardan en graneros, pero Dios las alimenta. Los lirios del campo no hilan, pero se lucen como nadie puede adornarse. Por mucho pensar no podemos añadir a nuestra estatura un centímetro, la mucha preocupación fatiga la carne. Dios hará mucho más por nosotros que lo que hace por las aves y por los lirios del campo, así que alimentemos nuestra fe con la palabra de esperanza dada a los santos (a los escogidos que hemos sido llamados eficazmente).

    Si nos ocupásemos en el Evangelio, en su pureza y su aplicación, prefiriéndolo a cualquier protocolo de vida, por encima de lo que hemos de comer o vestir, meditando en él de día y de noche, entonces sabremos lo que es el reino de Dios. Al comprender lo que significa la justicia de Dios, la cual es Jesucristo, nuestra pascua, comprenderemos de qué infierno hemos sido librados. Sin esa justicia no podremos entrar en el reino de los cielos, pero con ella tendremos, además de esa entrada, todas las cosas necesarias para nuestro diario vivir. La comida, el vestido, la bebida, la habitación, todo lo tendremos porque nuestro Padre sabe de qué cosas tenemos necesidad.

    Nosotros, como cristianos, tenemos una revelación superior de las Escrituras, el conocimiento de Dios y de su providencia. Dios produce en nosotros el querer como el hacer, por su buena voluntad. El mundo sin Cristo carece de este conocimiento, así que sus amigos se confían en lo que acumulan en graneros, en sus cuentas bancarias y negocios, en lo que ellos llaman trabajo. Pero aunque esas cosas puedan contener algo de bueno, su administración muestra el desvarío y desconfianza del impío, que descansa en sus posesiones antes que en la gracia divina que no posee. Nosotros tenemos otro talante, una manera de actuar que ha sido enseñada por Jesucristo y a la cual nos guía el Espíritu que nos fue dado como garantía.

    Santiago nos dice que pidamos para poder tener; pero que le pidamos a Dios. En otros términos, de rodillas ante Dios y no ante los hombres. Evítese cualquier humillación humana, inclínese ante el Señor y descargue en él la ansiedad, de forma que vea el cuidado que tiene de inmediato y la provisión abundante que recibirá. Dice Santiago que lo hagamos con fe, no dudando, para no ser llevado por cualquier viento doctrinal. Hagamos como Abraham, Jacob, Isaías, Pablo, y tantos otros, humillándonos ante el Señor, reconociendo que no podemos hacer nada sin su ayuda y misericordia. Dependemos de su gracia en forma total, para que podamos ser exaltados cuando fuere el tiempo. Él nos saca del lodo cenagoso y pone nuestro pie sobre peña, nos adorna con su gracia.

    Que el Señor nos vista con la vestimenta de justicia de su Hijo, que nos cubra con su abrazo al acudir a su encuentro, que nos coloque el anillo que le fue dado al hijo pródigo al volver a casa. Amplia entrada tendremos en su regazo, porque el Señor ama a sus hijos y los cubre de esperanza. Ninguna vergüenza tendremos en su presencia, revestidos de su justicia. Como dijo David en uno de sus cánticos: Jehová te oiga en el día de conflicto; el nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión ten sostenga (Salmos 20:1-2).

    César Paredes

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  • GRACIA PARTICULAR

    GRACIA PARTICULAR

    Jamás se ha señalado la gracia como una oferta colectiva, siempre ha sido un regalo particular. La misericordia de Dios puede ser derramada sobre todas sus criaturas, como lo asegura el Salmo 145:9, pero su gracia otorga la salvación solo a sus elegidos. Se demuestra en múltiples ejemplos de la Escritura, así que traigamos a la memoria por ahora el caso del saneamiento de los diez leprosos. La misericordia de Jesús se vio en todos los que le pidieron sanidad, pero eso no fue gracia sino piedad misericordiosa. Es decir, de los diez sanados solo uno se regresó a adorar. Si fuese gracia sobre los diez, los diez habrían vuelto con Jesús.

    Ningún mérito nuestro puede exigir gracia, ya que no existe compensación por ella. Al contrario, ella llega a quienes no merecen favor alguno, de manera que los que no la tienen tampoco podrán exigir el regalo. Uno de los ladrones en la cruz halló la salvación en sus últimos momentos, pero esa gracia lo invadió porque había sido elegido por el Padre desde antes de la fundación del mundo. Vemos que los hombres de religión carecen de cualidades para exigir la gracia, porque sus obras no pueden pagar por ella. ¿Cómo puede alguien pretender pagar lo que se da de gratis? En tal caso sería un soborno al que otorga el regalo, pero ante Dios ¿quién puede sobornar o engañar?

    Los desprovistos de la gracia se dan a las buenas obras para conquistar lo que no poseen. Piensan que memorizando textos de la Biblia, interpretándolos fuera de contexto, podrán engañar a Dios como engañan a los ciegos que los siguen. Las buenas obras siguen a los redimidos, las que fueron ya preparadas de antemano. Pero los pecados de David, de Salomón, de Elías (sujeto a pasiones), de Pablo (miserable de acuerdo a Romanos 7), de Aarón (con el becerro de oro), de Manasés, el rey terrible, el de Pedro que negó al Señor y daba de maldiciones, el de aquel hermano de Corinto que se acostaba con la mujer de su padre, etc., no detienen la gracia. Sin procurarlo hemos sido llamados al banquete del Señor, por el puro afecto de su voluntad, seducidos con cuerdas de amor, sorprendidos por el nacimiento de lo alto, habiendo Dios escogido lo necio del mundo, lo que no es, para deshacer a lo que es.

    La gracia tiene la cualidad de ser eterna, porque fue planificada desde antes de que el mundo fuese (2 Timoteo 1:9). Al mismo tiempo, ella es gratuita, ya que hemos sido justificados gratuitamente por la gracia de Dios (Romanos 3:24). La gracia depende de la absoluta soberanía de Dios (Mateo 11: 25-26), con lo cual nadie puede reclamarla ni ofrecerla a todos, ni mucho menos hablar de una gracia genérica o común. Cuando Dios habla de su gracia se entiende que está en su más absoluto derecho de darla a quien Él deseó darla. Pero se muestra interesante descubrir y saber que esa gracia divina no escapa a la justicia de Dios.

    El Dios justo que justifica al impío tiene la potestad de ser amigable por causa de Jesucristo. Habiéndose el Hijo convertido en la justicia de Dios, se entiende que Dios se muestra justo en quienes otorga su gratuidad. A los demás (los que quedan sin su gracia) les cobra sus pecados. ¿Es Dios injusto por haber planificado el mundo de esa forma? En ninguna manera, responde Pablo; no somos más que barro en manos del Alfarero quien forma vasos de honra y vasos de deshonra. ¿Cómo le reclamaremos el porqué nos hizo de una u otra manera? Dios no puede ser obligado a otorgar su regalo sobre ninguna de sus criaturas; además, la gracia no se merece como para alegar alguna buena obra o alguna insistencia de nuestra parte.

    Dios no permitió que la raza humana cayera en pecado, simplemente lo ordenó para mostrar a Su Hijo como Redentor de un pueblo. Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20). La gracia se manifiesta como parte de su plan eterno, así que nadie tiene de qué gloriarse. Pero no se equivoque ninguno, que donde hay gracia no hay obras que la puedan exigir; donde hay gracia, no hay ignorancia de la palabra redentora; donde hay gracia, se manifiesta por igual el reconocimiento del siervo justo que justifica a muchos. Ignorar ese conocimiento de la justicia de Dios descubre por igual una tácita ausencia de gracia manifiesta. Es allí donde las obras cobran fuerza para hacer creer, para aparentar, con falacias del buen hacer, que la salvación nos viene como recompensa de búsqueda. Las cabras siempre intentarán apocar el gozo de los redimidos, con sus cabezazos indiscretos a todo aquel que le anuncie la necesidad de arrepentimiento y de creer el Evangelio.

    El que ha sido enseñado por el Padre, hasta que haya aprendido, será enviado al Hijo y no será echado fuera. Pero el autodidacta irá en vano hacia Jesucristo. Dios no nos escoge porque valoramos la gracia, ni porque hayamos decidido ir en su camino y no en el nuestro. Nos escoge por el puro afecto de su voluntad, de manera que cuando el Espíritu nos da su aliento de vida eterna comenzamos a dejar nuestros caminos y a valorar la gracia en forma plena. Si todos ciegos, todos sordos, todos muertos, ninguno puede desear al Señor, a no ser que la gracia lo invada.

    Muchos se incomodan cuando uno habla de la libre gracia de Dios, libre para Él pero para nosotros una necesidad. El hombre soberbio de inmediato saca su carta escondida, su libero arbitrio, para imponer su teología ante los descuidados de doctrina. Piensan que la gracia de Dios se da en forma general para cada persona, sin excepción, pero que depende de cada quien el aceptarla. Esa falacia no soporta el análisis racional, ya que uno podría preguntar lo que sucede con aquellos a quienes supuestamente se les dio la gracia genérica y no saben nada de ello porque no se les ha anunciado el evangelio. Entonces de inmediato surge una nueva respuesta escondida: Dios los juzgará de otra manera, serán salvos de acuerdo a lo que pensaron que era Dios. Poco importa la revelación en ellos, ya que Dios los juzgará de acuerdo a sus acciones y sin mediación de Jesucristo.

    Algunos, más avezados y osados, argüirán que Jesucristo propició por todo el mundo, sin excepción, para lo cual mostrarán textos sin sus contextos. Entonces, ese perdón de pecados alcanzado en la cruz viene a ser despreciado por suprema ignorancia, de manera que el Salvador queda sin su obra concluida. El Consumado es de la cruz sería un enunciado equivocado, lo cual debería ser sustituido por un Consumado podrá ser. Ya que si todo depende de la criatura para que el Creador reciba su gloria, para que el Redentor consume su trabajo, la bandera del libre albedrío aparece como anillo al dedo. Dios hizo su parte en la cruz, el diablo hace la suya con la tentación, pero usted dará la palabra final. Dos votos consumados, uno a favor y otro en contra; ahora usted decide. Eso sí, no importa que usted haya sido declarado muerto en delitos y pecados, que odie al Dios soberano de la Biblia, que no busque a Dios. Lo que importa es que ahora usted decide.

    Con ese evangelio extraño las multitudes vuelven cada domingo a las Sinagogas de Satanás, donde Cristo no visita. Ellos siempre buscarán la manera de reconciliar la soberanía de Dios con el libre albedrío humano, por lo que pasarán domingo a domingo insistiendo en ese filosofar inútil. Inútil por cuanto el hombre no tiene libertad alguna ante el Creador, ya que si la tuviera no sería responsable ante el Todopoderoso. El que tiene que responder es aquel que no tiene independencia de Dios, como bien dijo el salmista David: ¿Adónde huiré de tu presencia? (Ni al cielo ni al Seol, porque allí está el Señor: Salmo 139: 7-8).

    Pese a los cabezazos de las cabras Dios sigue siendo absolutamente libre y otorga su gracia sin obligación ante nadie. No importa si la arcilla se levanta ante el Alfarero, con sus argumentos contra la justicia divina. Ese es el punto de quiebre de la criatura, el test que no tolera responder ni puede falsificar. Siempre mostrará el sobre roto para dejar ver su contenido. Hay que dejar a un lado a los ciegos guías de ciegos, como dijo Jesús en Juan 15:14 respecto a los fariseos.

    La gracia ha abundado en grandes pecadores, como en el caso del ladrón en la cruz, un sedicioso sin buenas obras y merecedor del castigo impuesto por Roma. Pero esa gracia que nos cae del cielo tiene la particularidad de humillarnos por medio del arrepentimiento (METANOIA), el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y a quiénes somos nosotros. El Señor siempre ha manifestado su gracia a través de los tiempos, como se deduce de ciertos textos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en Éxodo 33:19 se lee: Yo haré pasar mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Noé es otro de los personajes de quienes se dice que halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8).

    Cielo e infierno son inevitables después de esta vida, inmediatamente después de la muerte física. He allí el destino final de la gracia o la desgracia, así la Biblia canta la bondad y la severidad de Dios (Romanos 11:22). Venid, benditos de mi Padre, para heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo; a otros les será dicho: Apartaos de mí, malditos (desgraciados), al lago de fuego eterno (Mateo 25:34 y 41).

    César Paredes

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  • NACIDO DE AGUA Y DEL ESPÍRITU (JUAN 3:5)

    La gracia viene sin que medie trabajo de nuestra parte, mal puede entenderse que el bautizo contribuye a la redención gratuita que nos da el Padre. Jesús dijo que era necesario nacer del Espíritu para entrar en el reino de Dios, pero también se refirió al nacer de agua. ¿Que quiso decir con lo del agua? Realmente no hablaba de la pila bautismal, la cual no tiene propiedad regenerativa. La gracia del Espíritu se compara con el agua que limpia, como lo veremos en algunos textos de la Biblia. Por ejemplo, en Ezequiel 36:25 leemos: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré

    No se trata del agua potable o la de un río que fluye, sino de una metáfora de algo que hace el agua limpia. Porque ciertamente no existe virtud alguna en el preciado líquido para quitar la mancha del pecado, sino en la sangre del Hijo. Jesús le dijo a la mujer samaritana que era necesario beber el agua que el daría, para no tener sed jamás (otra vez una metáfora, la de no tener sed jamás). Acá se trata de esa agua limpia que significaba el Mesías, como bien se desprende de su diálogo con esa mujer, cuando Juan escribe el relato en el capítulo 4, verso 25, de su Evangelio: Yo soy, el que habla contigo. En otros términos, Jesús es esa agua limpia, pero por su sangre derramada nos quita el pecado a todos los que representó en la cruz.

    Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva (Juan 7: 37-38). Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:25-26). Vemos que este texto da claridad al contexto de lo dicho por Jesús a Nicodemo, ya que la purificación que él hizo con la iglesia se realizó por la palabra. Si vamos atrás, al Deuteronomio capítulo 32, verso 2, nos daremos cuenta del vínculo del agua con la palabra de Dios: Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba. Es el Logos el que habla a través de Moisés.

    Juan bautizaba con agua (con agua del Jordán, por ejemplo), pero vendría uno después que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). El corazón debe ser cambiado, nuestra paja debe ser quemada por el fuego, todo por agencia del Espíritu Santo. De esa forma abandonamos nuestro apego por el pecado, comenzamos a aborrecerlo y nos volvemos a Dios. Estas cosas hace el creyente cuando se entrega a una vida de oración y separación del mundo, bajo la doctrina de Cristo, no de los falsos maestros. 

    Dios nuestro Salvador nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:4-5). Claro está, el bautismo con agua es un mandato para obedecer, como un símbolo de nuestra muerte y resurrección, de compromiso con Jesucristo. El ladrón en la cruz no tuvo tiempo de bautizarse, en el sentido cristiano del término, pero creyó a Dios y pidió misericordia obteniéndola. Ese ladrón nació de nuevo por el Espíritu para poder comprender que moría al lado del Redentor.

    Los que no tienen otro bautismo sino el del agua física, necesitan nacer de nuevo por el Espíritu Santo. La religión no nos protege del maligno, no nos defiende de su asalto, no redime una sola alma. Por la palabra de Jesucristo (su doctrina) podemos ser justificados por medio de la fe, como don de Dios. Esto lo da Dios de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, pero nos toca a nosotros pedir, mostrar interés, dar el fruto de árboles buenos. No podemos hacerlo en nuestras fuerzas ni por virtud alguna que supongamos poseer, ya que el Espíritu es quien opera ese nacimiento de lo alto, la regeneración o el cambio del corazón de piedra por uno de carne.

    Nadie puede ir al Padre sino por medio de Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres; de esa manera conviene la predicación de su palabra, el agua limpia que purifica nuestras almas. Sin Evangelio no hay conocimiento del Altísimo, no se podrá invocar a aquel que puede salvar. En el nacer de nuevo se presentan dos situaciones muy particulares: 1) esa actividad la hace el Espíritu (no por voluntad de varón); 2) nosotros somos sujetos pasivos. De allí que se escribiera que recibimos vida de Cristo cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). 

    El estado de muerte espiritual del hombre caído en Adán impide cualquier movimiento hacia la medicina del alma. ¿Cómo podría Lázaro salir de la tumba por sí mismo? El trabajo de la conversión es un trabajo de Dios, no del hombre; más allá de que se nos diga que nos convirtamos a Dios, no podemos en nuestras fuerzas. Se nos manda a hacerlo como mandato general, para que sepamos nuestro deber ser. El hacer no lo tenemos disponible, pero viene cuando el Espíritu realiza el nuevo nacimiento. Dentro de la metáfora de la muerte en delitos y pecados, se sigue la lógica de que el cuerpo muerto no puede moverse. El hombre natural yace incapacitado para discernir las cosas del Espíritu de Dios, ya que le parecen una locura. 

    Dios es quien dice: Despiértate tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5:14), pero se lo dice a los creyentes que parecen adormecidos. Esa es la exhortación de Pablo en esa carta, cuando promueve que seamos imitadores de Dios como hijos amados. Pero el hombre muerto no puede oír a menos que Dios le abra el corazón, como hizo con Lidia, la vendedora de púrpura (Hechos 16:14). Recordemos que la casa de Israel andaba adormecida también, por lo que el profeta Ezequiel dice de parte del Señor: no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis (Ezequiel 18:32).

    Hemos de saber diferenciar cuándo el Señor habla para su pueblo y le compara con gente dormida, y cuándo el Señor habla de los impíos que están muertos en delitos y pecados. Isaías habla a la casa de Jehová para que le busque, en tanto Él está cercano. En referencia al Mesías que vendría refiere al impío que se habrá de convertir, diciéndole que como impío y hombre inicuo deje su camino y se vuelva a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y será amplio en perdonar (Isaías 55:7). 

    Nosotros los creyentes damos fe de aquellos impíos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero que oímos la voz del Señor que nos exhortaba a volvernos a Jehová. Por esa razón se escribió que nosotros hemos muerto al pecado y no podemos vivir aún en él (Romanos 6:2), también hemos muerto a la ley (Gálatas 2:19) y al mundo (Gálatas 6:14). Existe un mismo poder para regenerar tanto a un judío como a un gentil, una misma gracia en cualquier época. Lo de antes (el Antiguo Testamento) era una sombra de lo que habría de venir (el Nuevo Pacto); lo de ahora es la realización de lo de antes. Por esa razón la gracia sigue siendo la misma, el único camino posible para la redención. Y si de gratis, ya no es por obras para que no tengamos de qué gloriarnos. 

    Aquellas palabras de Jesús fueron duras de oír para Nicodemo; no sabemos lo que le sucedió después a ese maestro de la ley, pero el verbo de Cristo sigue vigente para todos nosotros: nacer del agua y del Espíritu, una labor que hace Dios mismo en los que escogió para ser objetos de su amor como vasos de misericordia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA GRACIA SIEMPRE

    Judíos y gentiles, todos participan de la gracia de Dios siempre y cuando hayan sido elegidos para tal beneficio. En el Antiguo Testamento o viejo pacto, las profecías señalaban a Jesucristo, cada sacrificio realizado por un sacerdote se hacía en la sombra de lo que llegaría a ser un hecho histórico un día. La circuncisión en la carne valía como señal de la del corazón, la Pascua se celebraba recordando lo sucedido en Egipto y en la esperanza de lo que sucedería también en la historia, pero del futuro. Job hablaba de su Redentor que vivía, de que al final se levantaría del polvo. Añadió que después de deshecha su piel (la de Job) habría de ver en su carne a Dios (Job 19:25-27). Ya Job hablaba de la resurrección de su Redentor y de la suya propia, de manera que no hubo ignorancia en esa época, sino que los escogidos de Dios recibían la información por su palabra. Pero ese libro es inspirado, así que he allí una revelación vetusta que habla del conocimiento del Mesías y de su función, ya en esa época. 

    Se cumple en Job lo que se dice en Hebreos, que Dios habló de muchas formas y muchas veces en otro tiempo a los padres por los profetas (Hebreos 1:1). Aunque Job veía al Señor por fe, sabía que un día su propio cuerpo estaría frente a él, para verlo con sus propios ojos. Abraham, el padre de la fe, creyó a Dios y le fue contado por justicia; ese patriarca venía de un pueblo pagano pero Dios lo buscó y lo tomó por uno de los suyos, llamándolo amigo. Los santos del Antiguo Testamento también tuvieron la esperanza que nosotros tenemos, en tanto que somos santos del Nuevo Pacto. Aquel era un pacto de ley pero como la ley no salvó a nadie se entiende que los salvados de aquella época lo fueron por gracia. Es que la obra no puede redimir ni a una sola alma, así que la redención siempre ha sido por gracia. 

    La gracia sostuvo a todos nuestros hermanos del viejo testamento, ya que la ley cumple con el propósito de conducir a Cristo y su finalidad última es también Cristo. Los que dependían de las obras de la ley estaban bajo maldición, como está escrito: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). Por la ley ninguno se justificó ni se justificará para con Dios, solamente vivirán los justos por la fe. La ley era un asunto del hacer, no de la fe, por lo cual Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gálatas 3: 11-13). 

    Los mecanismos del ritual del Antiguo Testamento señalaban al Mesías que vendría, para beneficio de los elegidos de aquella época (Hebreos 8:10). A Abraham se le había dicho que por medio de su simiente todas las naciones de la tierra serían benditas (Génesis 12:1-3). Dado que Dios es Omnipotente pudo cumplir lo prometido, así que la fe fue sembrada en cada uno de los elegidos para que diera el fruto propio de ella: creerle a Dios. También los profetas del viejo pacto hablaron del siervo sufriente, del varón de dolores despreciado y desechado entre los hombres. Esa persona referida por Isaías era la que llevaría nuestras enfermedades y sufriría nuestros dolores; el herido por Dios y abatido, molido por nuestros pecados, el que soportó el castigo de nuestra paz (Isaías 53). 

    El evangelista Mateo señala el cumplimiento de esa parte especial de la profecía de Isaías 53, cuando relata que después de que Jesús sanara a la suegra de Pedro le trajeron a él muchos endemoniados. Jesús echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos: para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias (Mateo 8:14-17). Es importante resaltar el cumplimento específico de esa profecía, para que nadie siga en el supuesto de que esa es una promesa profética para nuestros días. Ciertamente, el Señor puede sanarnos de nuestras enfermedades y dolencias, pero si lo hace lo hará porque esa es su voluntad. No puede invocarse una promesa, como si esa no se cumpliera y Dios fallara o nuestra fe fallara. La razón descansa en que Mateo ya dijo que se había cumplido esa parte de lo dicho por Isaías. Además, si el Señor sanara siempre a cada uno de sus hijos, ninguno de ellos moriría.

    Jeremías también anuncia el nuevo pacto, desde el Antiguo Testamento. En el capítulo 31 de su libro, versos 31 al 34, dice finalmente que Jehová perdonará nuestra maldad y no se acordará de nuestros pecados. Esta promesa fue dada al Israel de Dios, a los elegidos del Señor desde antes de la fundación del mundo. Cuando le sea dado arrepentimiento al Israel histórico de Dios (la nación de Israel) entonces comprenderán que Jesucristo es el único que puede ser su paz.  Como la Escritura nos exige pedir por la paz de Jerusalén, hagámoslo pensando en que la única paz posible para ellos es el Señor. 

    Sabemos que la sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados, pero nosotros somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios…porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Donde hay remisión de los pecados, ya no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 12-18). 

    La ley tenía la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas (Hebreos 10:1). Pablo nos dijo que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20). Si la ley lo que hizo fue alumbrarnos el pecado hasta que abundara, la gracia sí que lo perdonó en forma absoluta. Pero la ley es buena en sí misma, ya que nos demuestra nuestra incapacidad y nos conduce por fuerza a Cristo. Claro está, muchos no alcanzaron este objetivo porque se apegaron a la letra de la ley y a su forma, ignorando el fondo y su fin que es Jesucristo. 

    La prueba de lo que decimos subyace en el Mesías, quien vino a Israel y no fue reconocido sino por Juan el Bautista y su padre Zacarías. Este último lo supo por mediación de un ángel, pero de ahí en adelante fueron muchos los recogidos por el ministerio del Bautista para andar en los caminos hacia el Señor. Los planes de Dios están en la Biblia, al menos los que fueron revelados por Él mismo; se ve que a Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, para que nosotros los gentiles entremos en ese terreno de la gracia. Siempre ha habido gracia para todos aquellos que hemos sido amados con amor eterno. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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