Categoría: PERDÓN

  • EL ACTO DEL PERDÓN

    El perdón nos libera y nos induce al avance, al dejar la carga emocional que impone el daño recibido. Si dejamos el resentimiento, por igual abandonamos la actividad de rumiar el dolor del agravio ocurrido que nos llevó al rencor. Implica un proceso de consciencia con la intención de la liberación de los actos negativos, para deslastrarnos de la ira y el deseo de venganza. Al conocer que la Biblia asegura que la venganza pertenece a Dios, que ella nos conmina a no vengarnos nosotros mismos, presenciamos el favor de la descarga de un peso muerto. El acto consumado contra nosotros, aquel por el cual nos sentimos conmovidos por su desastre ocasionado, se registró por igual en los anales históricos que el Altísimo posee para su acto de venganza.

    Dios no sufre dolor por el castigo que infringe contra nuestros adversarios. Lo mejor consiste en confiar en ese reposo para nuestras almas, de manera que el perdón trae sosiego al corazón fatigado. Eso sí, el perdón no minimiza el daño ocasionado por el agravio sufrido, ya que no se trata de una negación de lo ocurrido. Mi enemigo me estafó, me despojó de mis ahorros, conspiró para la difamación de mi nombre; también participó en la jauría de los escarnecedores, de aquellos que se burlan por nuestros tropiezos. No pide el Señor que vayamos a participar en sus mesas, que comamos junto a ellos, o que nos tomemos un café como signo de armonía junto a sus mieles amargas.

    Al contrario, cuando tengamos que acudir porque se nos pida un favor hemos de tener en cuenta que eso que hagamos colocará ascuas de fuego sobre las cabezas de los que nos provocaron a ira. Por igual, esos actos de buena voluntad que hagamos nos libera del resentimiento que pudiera surgir por causa del pensar continuo en el daño sufrido. Pensemos que si hemos de amar aún a nuestros enemigos, cuánto más no habríamos de amarnos a nosotros mismos. En la medida en que me amo también me perdono de todo aquello de lo cual me acuso en forma constante.

    El perfeccionismo suele presentarse como el disfraz que usamos por el odio contra nosotros, por la vergüenza de lo que nos hayamos hecho. Una conducta recriminada en forma continua nos paraliza para salir adelante, lo cual demuestra que no nos amamos como Dios manda. Ama a tu prójimo como a ti mismo; si no nos amamos lo suficiente no nos perdonamos por nuestras viejas faltas, las que nos devuelven a la neurosis del fracaso. Por lo tanto, si no nos perdonamos tampoco perdonaremos a los que nos han ofendido, ya que hemos sido incapaces del amor propio. Un círculo de interés para el alma compungida, para que busquemos la ruptura de esas ligaduras de la esclavitud.

    En ocasiones el pecado (las faltas) nos alcanza y corremos con las consecuencias del error. Esa situación nos suele conducir al acto de rumiar en el problema, en el si condicional: si no hubiese hecho tal o cual cosa, si hubiese hecho lo correcto. Pablo nos dejó un mensaje de reflexión sobre lo que le sucedía como creyente: el bien que quería hacer no hacía, empero el mal que no deseaba sí que lo había hecho (Romanos 7). El resolvió su conflicto al desentrañar la ley del pecado que lo sometía, dando gracias a Dios por Jesucristo. El Señor es quien resuelve el asunto del pecado, lo cual incluye las ofensas que hayamos cometido y las que nos han hecho otras personas.

    Mientras más rápidamente nos movamos hacia el otro nivel mejor nos sentiremos. Un grito de libertad nos embarga cuando entramos al Santuario de Dios y comprendemos el fin de los que nos hacen daño. El Salmo 73 de Asaf nos alecciona en relación a esos sentimientos encontrados que se producen en la mente, cuando contemplamos la prosperidad de los arrogantes, de los que nos hacen daño. Al parecer creemos que ellos no tienen congojas por su muerte, pero el Señor se reirá de ellos porque ve que viene su día. Los ha puesto en desfiladeros, menospreciará su apariencia cuando caigan por los despeñaderos.

    Sigamos confiados, porque el único que tiene derecho a odiar es Dios y Él está airado contra el impío todos los días: Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días. Si no se arrepiente, él afilará su espada…Asimismo ha preparado armas de muerte, y ha labrado saetas ardientes. He aquí, el impío concibió maldad, se preñó de iniquidad, dio a luz el engaño. Pozo ha cavado, y lo ha ahondado, y en el hoyo que hizo caerá (Salmos 7:11-15).

    Por lo tanto, no busquemos nuestra propia venganza porque ella no sacia la justicia de Dios. El hombre de maldad anda pecando a diario, por lo cual Dios le tiene aversión en forma continua. Aunque no siempre vemos a Dios manifestando su ira contra el pecado, siempre veremos que en cualquier momento la derramará desde los cielos contra toda impiedad humana. Aún en su silencio, nuestro Dios continúa airado contra la impiedad humana, así como contra cada ser humano que milita en la impiedad. Preparado está el Señor con su arco de venganza, como un guerrero o como el Señor de los ejércitos. La impenitencia del impío le traerá la zozobra al recibir el castigo que no tarda, de manera que no tenemos que pensar en nuestra venganza.

    Los malos tienden el arco, disponen sus saetas sobre la cuerda, para asaetear en oculto a los rectos de corazón (Salmos 11:2). Pero los ojos de Jehová lo ven todo, con sus párpados examina a los hijos de los hombres, para aborrecer al que ama la violencia y la maldad. Sobre esos malos hará llover calamidades. Jacob le dijo a Labán, su suegro, que él lo había afligido por 20 años, mientras él le servía en su casa. 14 años por sus dos hijas y 6 años por el rebaño, en tanto Labán le había cargado su peso injustamente. De inmediato, Jacob reconoció al Dios de su padre, el Dios de Abraham, el cual había estado con él durante ese tiempo de aflicción, por lo cual de seguro había visto su desdicha para rechazar la impiedad del corazón de Labán (Génesis 31:41-42).

    Dios tiene un propósito elevado cuando conduce a su pueblo por el camino de los impíos, para que recibamos un poco de aflicción, de manera que lo reconozcamos a Él y lo anhelemos con vehemencia. El inicuo no ve la perfección de Jehová, más bien lo tiene como inexistente o como un dios débil. Piensa que no será castigado porque logra con creces los antojos de su corazón, su formación en maldad le ha proporcionado ganancia en el mundo de aflicción. El dios de este siglo le viene como inspiración, por lo cual su alma está presta a la burla del hombre justo. Pero en la sintaxis divina esto tiene que ocurrir para que el final del cuadro narrativo se manifieste la espada que destrozará el plan de la impiedad, junto a la caída mortal del hombre de iniquidad.

    Entonces, no nos venguemos nosotros mismos sino demos lugar a la justicia de Dios. Oremos en todo tiempo, pidamos la justicia del cielo sobre la impiedad derramada en la tierra. Perdonemos a los que nos ofenden pero recordémosle a Dios que de Él es la venganza, que no tenga por inocente al que maltrata al justo. Apartémonos del convite de la mesa en que nuestros enemigos se hallan, no participemos en sus obras infructuosas rodeadas de tinieblas. Liberémonos del odio que podamos sentir y dejemos que sea Dios quien odie, solamente, que a Él no le afecta lo que ha decidido desde los siglos. Matará al malo la maldad, al impío que Dios ha hecho para sí mismo (Salmos 34:21 y Proverbios 16:4).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL CORDERO INMOLADO

    El Cordero inmolado desde el principio del mundo tiene un libro de la vida. Allí están anotados todos los nombres de aquellos que fueron elegidos por el Padre desde la eternidad, para ser llamados eficazmente en el día del poder de Dios. En Apocalipsis 13:8 encontramos esa noticia, refrendada más adelante en Apocalipsis 17:8, que dice: La bestia que has visto, era, y no es; y está para subir del abismo e ir a perdición; y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se asombrarán viendo la bestia que era y no es, y será.

    El apóstol Juan continúa escribiendo en su Revelación que Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el ejecutar lo que Él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Vemos que tanto la bestia como quienes la adoran son llevados por Dios a ejecutar su plan. No por eso dejan de ser responsables de lo que hacen, como por igual Judas siguió siendo responsable de sus actos, pese a su destino prefijado. Él iba conforme a las Escrituras, pero Jesús dio un ¡ay! por él. El Faraón de Egipto fue absolutamente responsable de su maldad contra el pueblo de Israel, pero Dios endureció de antemano su corazón para glorificarse en esa maldad contra su nación elegida.

    Acá el orden de los factores importa mucho, porque estamos pisando un terreno lógico. Esaú puede ser un modelo para lo que decimos. Él fue odiado por Dios mucho antes de que fuese concebido, antes de hacer bien o mal alguno, de manera que el propósito de Dios permaneciese por su voluntad y no por las obras humanas (Romanos 9:11-13). El antecedente de lo que hizo Esaú fue el odio de Dios, de manera que la venta de su primogenitura vino como consecuencia. Spurgeon dice todo lo contrario, colocando la carreta delante del caballo, por lo que incurre en la falacia que afirma el consecuente. El hecho de que encontremos un huevo roto no implica que alguien lo haya lanzado; pudo romperse por muchas razones distintas.

    De la misma manera, el que Esaú haya vendido su primogenitura no tiene que deberse a un acto de su libre arbitrio, sino a muchas otras razones. La Biblia nos lo dice claramente, y si tenemos por cierto que ella es la palabra de Dios deberíamos creer lo que afirma. Aseguran las Escrituras que la razón por la cual Dios lo odió no fue por haber vendido la primogenitura, sino por su propia voluntad y propósito eterno. Incluso se da una razón de inmediato, en contraste con el amor que ese mismo Dios le propició a Jacob. La razón dada fue que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    Esta aseveración bíblica trae un problema moral para la vasta gama de religiosos que conocen sus líneas. Ellos suponen que al afirmar el consecuente el antecedente aparece por fuerza, pero yerran en ese orden lógico alterado. El antecedente es Dios, como Pablo lo ha señalado muy claramente en Romanos 9 (y en otras cartas, al igual que los múltiples escritores bíblicos lo han dicho de diversas maneras). La prueba inmediata del texto bíblico se expone en forma evidente, por cuanto el apóstol introduce de inmediato la hipotética objeción enunciada. ¿Hay injusticia en Dios? (Romanos 9:14). Tal parece que ese objetor retórico levantado por Pablo comprendió con suficiencia intelectual la elocución del apóstol. Su pregunta demuestra que la comprensión lo espanta.

    Más adelante, ese objetor hipotético y retórico levantado por el apóstol continúa con su disquisición: ¿Por qué, pues, inculpa? Porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9: 19). La pregunta lógica del objetor pone de manifiesto la claridad del argumento levantado por Pablo; no existe duda alguna de lo que el apóstol quiso decir. Tan claro resulta su enunciado que al levantar al objetor valida su argumento. Ese argumento es del Espíritu, el cual ya respondió en el verso 14: En ninguna manera. El Espíritu niega la injusticia en Dios, pero aclara la pequeñez humana en los versos 20 al 24. El hombre es apenas un pedazo de barro, un vaso que el alfarero moldea como ha deseado, de manera que la misericordia de Dios se manifiesta solamente sobre los que Él quiere manifestarla.

    Por igual, el Espíritu es prístino y aclara la parte contraria: el endurecimiento del hombre viene de parte de Jehová, pues al que quiere endurecer endurece. Este argumento bíblico no es original de Pablo, ya que toda la Escritura relata la soberanía absoluta de Dios. En Job encontramos la pregunta: ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia (Job 38:4). Jesús también reveló la doctrina de su Padre, de acuerdo al Evangelio de Juan, en especial el Capítulo 6. Allí le dijo a un grupo de seguidores (discípulos) que no podían venir tras él si el Padre no los enviaba; que solamente aquellos que el Padre enseña y que han aprendido podrán venir a él. Ninguno puede venir a Jesús si no le fuere dado del Padre; todo lo que el Padre me da, viene a mí. Estos argumentos fueron demasiado duros de oír por aquella manada de alumnos, los que se habían maravillado por sus palabras y por el milagro de los panes y los peces. Por esa razón se apartaron del Señor y se retiraron murmurando.

    Hoy día acontece algo parecido en las llamadas iglesias o asambleas humanas, las que se reúnen para adorar al Dios de la Biblia. La gente no quiere oír tales expresiones sino que desea sentir que ellos tienen el control de sus destinos. Hablan de un libre albedrío sin el cual el Padre no podría ser amado en forma espontánea; hablan de la justicia de Dios que tiene que dar iguales oportunidades a todas las criaturas humanas para poder juzgarlas con equidad. Incluso hay quienes yendo bien lejos abjuran de tal Dios (como lo hizo Spurgeon, en su exposición del sermón titulado Jacob y Esaú). Están los que siguen a John Wesley y dicen que ese Dios es alguien peor que un diablo, un tirano cualquiera (puede cotejar esta afirmación en las Obras de John Wesley).

    Si uno presume lo que debe ser Dios, indudablemente que puede que no acierte con lo que la Biblia habla de Él. Pedro usa una palabra en griego que deja espantado a cualquiera: Dios es el Despotes. Es el amo, el dueño absoluto de todo, el que no tiene que rendir cuentas ante nadie. De esta manera no nos queda otra forma de relacionarnos con Él sino la sumisión, el bajar la cabeza, pero bajo la protección del Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre. Ese Jesús recomendó examinar las Escrituras, ya que ellas testificaban del Cristo que vendría y vino, nos estimuló a buscar la vida eterna en ellas. Vale la pena intentarlo, para extraer piedras preciosas que forman parte de nuestras riquezas en gloria.

    El Dios que desea orden y no caos para todos aquellos que ha llamado, continúa llamando a sus ovejas esparcidas en el mundo. Dice que tiene pueblo en Babilonia y lo conmina a salir de allí; a ellos les extiende su invitación de gracia por medio del Evangelio incorruptible. Nos incita a recoger su donación de perdón por nuestras iniquidades, estimulándonos a recibir, por medio de la fe que él mismo nos ha dado en Jesucristo, su don eterno. El que oiga su voz que lo escuche y acuda presuroso ante su presencia, para que obtenga el beneficio de la bienaventuranza por sus iniquidades perdonadas, y por sus pecados cubiertos (Salmos 32:1-2). Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos; como dijo David: Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado (Salmos 32: 5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA JUSTICIA DE JESUCRISTO

    La buena noticia que tenemos los que pertenecemos al pueblo de Dios es que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios. Su trabajo en la cruz hizo posible la redención eterna para cada uno de los que él representó. Si alguien no tiene esa doctrina de la expiación, no ha recibido todavía la buena noticia; decir que se cree en Cristo como alguien que nació, murió y resucitó resulta en una verdad, pero ¿cuál es la esencia del evangelio? Dios amó a Jacob desde la eternidad, antes de que fuera concebido, antes de que hiciera bien o mal; para él el evangelio es de verdad una buena noticia, en cambio, para Esaú no existió jamás la buena nueva.

    Tampoco hubo una promesa de salvación para Judas Iscariote, sino todo lo contrario: era un diablo y debía hacer aquello que se le había ordenado. Su castigo vendría como consecuencia de su maldad, pero el daño que debía hacer estuvo profetizado. El mismo Cristo le dijo: lo que has de hacer, hazlo pronto. Señaló que él lo había escogido pero que era un diablo, así que de esa manera la Escritura se cumplía. Quizás alguien piense que Judas es una excepción, pero la Biblia dice todo lo contrario. Ella habla de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    La gente de religión no aprecia esta doctrina bíblica, más bien la condena por considerarla una palabra dura de oír. Pero el amor de Jehová nuestro Dios se ha manifestado por medio de su misericordia, en que siendo nosotros pecadores Cristo murió por nuestra causa. Ahora bien, nadie puede decir verdad si afirma que Cristo murió por Judas. Tampoco murió por los que fueron ordenados para tropezar con Jesucristo, ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe. ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? En absoluto, como lo asegura Apocalipsis 13:8 y 17:17. No murió por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de morir (Juan 17:9).

    En Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel (Isaías 45:25); ¿cuál descendencia? Todo el Israel de Dios, todo el remanente, como bien se ha dicho: si fueren los israelitas como la arena del mar, solo el remanente será salvo. No todo Israel (todo israelita nacional) será salvo, sino que en Isaac sería llamada la descendencia, la cual es Cristo. Pero el remanente es el conjunto de personas que Jehová ha escogido para brindarle su cobijo y amor. El mundo desprecia ese amor, porque nunca lo ha percibido. Puede darse cuenta de la providencia divina, pero jamás del amor que no le ha sido conferido.

    Se ha escrito que será feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz será aquel a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Vemos que aquella persona que no tiene engaño en su espíritu es todo aquel que ha recibido la doctrina de Cristo. Los que no permanecen en la doctrina de Cristo tienen el engaño del enemigo, del falso maestro, de la errónea enseñanza. Por supuesto que esa doctrina sigue siendo dura de oír para los que no tienen los oídos prestos para el evangelio. Lo mismo les aconteció a un grupo de discípulos que siguieron a Jesús por mar y tierra, emocionados por el milagro de los panes y los peces. Ellos murmuraron cuando comprendieron lo que Jesús les decía: que ninguno podía ir a él si el Padre no lo enviaba.

    El evangelio de Juan, Capítulo 6, debe ser leído por aquellos que se interesan en la doctrina de Jesucristo. Allí podrán enterarse de lo que Jesús enseñó respecto a la absoluta soberanía de Dios. Dijo el Señor que seríamos enseñados por Dios para poder ir a él (Juan 6:45), que todo lo que el Padre le daba vendría a él, para jamás ser echado fuera (Juan 6:37). Pero nadie puede venir al Señor por medio del evangelio anatema, ya que esa palabra está corrompida. Es por la palabra de aquellos primeros discípulos que el Señor recibe a los suyos (Juan 17:20). Aquella palabra de Dios que vive y permanece para siempre, pertenece a la simiente incorruptible, como hablara Pedro: 1 Pedro 1:23-25.

    Jesucristo fue declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), ya que recibió el castigo de nuestros pecados; pero como ya dijimos, no llevó el Señor el castigo de ningún réprobo en cuanto a fe. Se deduce que hubo predestinación, no basada en una previsión divina, como si Dios tuviera que mirar en el corredor del futuro. Dios se propuso desde siempre reservarse un pueblo para Sí mismo, para tenerlo en adopción y entregárselo a su Hijo (se cumple la palabra: los hijos que Dios me dio -Hebreos 2:13), como también refirió Isaías: Verá el fruto de su aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11).

    Hace falta un conocimiento, el cual da el Padre (Isaías 53:11 y Juan 6:45). Sin ese conocimiento no existe evangelio, sino una simple religión estéril. Esa religión vacía se observa domingo a domingo en la celebración de las multitudes que se han aferrado al ídolo Baal-Jesús. Ellos adoran lo que no saben, desconocen lo que hizo el siervo justo, por lo cual su celo por Dios carece de ciencia o de conocimiento (Romanos 10:1-4). Anunciamos este evangelio para que los que tienen oído puedan oír, pero los que están sordos no escuchan y si oyen no comprenden. Ellos tienen esta palabra por indiscernible, aunque siempre están aprendiendo pero no pueden sostenerse del Espíritu de Dios. Les da lo mismo creer lo que la Biblia dice y al mismo tiempo participar con los modernos apóstoles, profetas, habladores de nuevas lenguas (o de extrañas lenguas), con intérpretes que inventan sus palabrerías; asimismo, proclaman la universalidad de la expiación de Jesucristo. Afirman que Jesús murió potencialmente en la cruz, haciendo posible la salvación para cada ser humano, lo cual hace que la diferencia final se sostenga en el libre albedrío humano.

    Por eso no les decimos bienvenidos a los que traen la falsa doctrina de la expiación, ya no queremos hacernos partícipes de sus males. Sabemos que todos aquellos a quienes el Señor les ha dado su Espíritu, los que han nacido de nuevo, son llevados a toda verdad. No deja el Señor en la ignorancia de su evangelio a ninguna de sus ovejas; la conversión y el apartarse de la errónea manera de pensar y vivir sigue al nuevo nacimiento como un inevitable fruto inmediato. No salva Dios a ninguna oveja por cuotas, ya que el pago fue efectivo y de un solo momento. De una vez y para siempre, como dice el autor de Hebreos, lo cual nos convenía.

    Pero hay muchos religiosos que recibieron el falso evangelio de la gracia con las obras, los cuales parecieran darse cuenta por momentos de esta teología; sin embargo, al abrazarla no desechan su vana manera de creer que han demostrado desde su vieja conversión de fe, por lo cual no tienen por pérdida todo lo que han aprendido de su vana religión. Vemos que Pablo sí que tuvo por basura todo su tiempo de fariseo, pero éstos se agradan en resaltar que creyeron en tal mes y año, bajo tal o cual predicador, sin importar que la teología aprendida tenga el sello de anatema.

    ¿Cuál es ese conocimiento del siervo justo que justifica a muchos? Su expiación, los términos de la misma, el hecho de venir a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Como podemos observar de lo dicho, no vino Jesús a morir en forma universal por cada pecador, ni para hacer posible la salvación, sino como cumplimiento del propósito eterno que tuvo el Dios Trino en su pacto íntimo, de salvar al remanente que se propuso como objeto de su amor eterno. Ese amor eterno nos extiende su misericordia, para hacerla perpetua, lo cual se convierte en la mejor noticia que las ovejas del Señor podamos escuchar.

    El falso evangelio pretende universalizar la salvación bajo el criterio de una oferta general, que hace que dependa del libre albedrío humano el aceptarla o rechazarla. Eso hace más democrático el acto de la predicación de la mentira, lo cual se traduce en palabra blanda de oír. Fácil es esa palabra, cualquiera la puede oír. Pero es palabra anatema, propia del ídolo Baal-Jesús que no puede salvar, del ídolo que se lleva a cuestas en una procesión, colgado en un crucifijo o en la mente que se baña en las fuentes de la teología espuria. Ese es el chiquero teológico del cual beben a diario las cabras y todos aquellos que caminan junto a ellas, que aunque siendo ovejas todavía no han sido llamados con llamamiento eficaz. Por esa razón el Señor dijo a su pueblo que saliera de Babilonia, el lugar de la confusión.

    En cambio, las ovejas que han oído la voz del buen pastor caminan junto a él y lo siguen, jamás se irán tras el chiquero teológico porque desconocen la voz de los extraños. Ese desconocimiento quiere decir que no tienen comunión con el extraño, con los del evangelio de la falsa doctrina, que no le dicen bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Engañados andan los que siguen al espíritu de estupor enviado por Dios para que sigan creyendo la mentira, ya que no se gozaron en la justicia. ¿En cuál justicia no se gozan? En la de Cristo, en la expiación hecha en exclusiva por su pueblo que vino a redimir.

    Jesucristo murió solamente por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), murió como justo por los injustos (sus ovejas). Al cargar con nuestras culpas nos imputó su justicia para que podamos reconciliarnos con Dios, de esa manera fuimos justificados por su sangre y somos llamados hijos de Dios. Somos los hijos que Dios le dio.

    César Paredes

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  • DAVID SIGUIÓ ESCRIBIENDO SALMOS

    El Rey David fue un gran salmista, reconocido por sus alabanzas al Dios de Israel. Como cualquier ser humano, fue formado en pecado, y desde el vientre de su madre ya conocía el mal. Pero halló gracia en los ojos de Jehová, fue ungido para que el Espíritu de Dios viviese en él y pudiera convertirse en un profeta del Altísimo. Pese a su cercanía con Dios -llamado hombre conforme al corazón de Dios- pecaba a menudo. Conocido por los lectores de la Biblia son sus pecados, los que no le impidieron continuar con sus alabanzas al Dios que le dio la vida y la promesa de la eternidad.

    Continuó David alabando a Jehová, no se quedó en el pasado mirando hacia atrás, como quien rumia sus malos recuerdos y cae en depresión. La vida de David estaba adelante, no en el recuerdo de sus malos momentos. Lloró por su hijo Absalón, prefirió ser él el cuerpo muerto antes que verlo en su mortaja, pero existen cosas que no suceden por más que las deseemos, aunque seamos hijos del verdadero Dios. El Dios de David es quien tiene un perfecto conocimiento de Sí mismo, así como de todas las demás cosas. 

    Ese Dios es un Espíritu infinito, por lo cual posee un entendimiento suficientemente extensivo de todas las cosas. En realidad gobierna todo lo que ha creado, hasta la más mínima molécula, sin dejar sin control ninguna situación o evento en este mundo donde nos movemos.  ¿Quién puede suponerlo ignorante de alguna cosa? ¿Quién puede hablar de alguna dificultad que lo incomoda? Lo que para nosotros se ve como contingente -que puede o no puede pasar-, para Él es simple necesidad (lo seguro, porque es un Sí y un Amén). Su exacto conocimiento de todas las cosas hace que no cambie en lo más mínimo, sino que continúe con sus planes eternos.

    David escribió su libro de alabanzas, llamado también himnos para el Señor. Ese libro fue escrito bajo inspiración de Dios, de acuerdo al testimonio de David (2 Samuel 23:2), de Cristo y de sus apóstoles (Mateo 22:43). Su primer canto comienza con una bienaventuranza, lo que nos lleva a las de Cristo en su Sermón del Monte (Mateo 5:3). Allí se canta la felicidad del hombre cuya delicia subyace en la ley del Señor, bondad para el que la medita de día y de noche. He allí el secreto de David, gritado a voces; una felicidad absoluta posee aquella persona que se entrega de lleno a encontrar su dicha en la palabra del Altísimo.

    Acá no se trata de asuntos de religión, porque los viejos fariseos eran capaces de recitar fragmentos del Antiguo Testamento, que incluían los Salmos, pero su interior hedía a osamenta podrida como los sepulcros. El que medita en la palabra inspirada del Señor conoce sus regulaciones providenciales, está en capacidad de valorar el entretejido performativo de lo que Jehová ha querido que acontezca. Nunca podrá ver a un Dios que desea una cosa pero que parece frustrado por no conseguirla, pues su alma deseó e hizo. Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio, pero no por averiguarlas como si antes no las supiese. 

    David canta a la sabiduría de Dios, ejecuta un estilo poético de gran fuerza para comparar nuestra pasión por Cristo como lo hacen los ciervos por las corrientes de las aguas. Como profeta, David sabía del Señor que vendría a reinar: Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). Sabía el salmista que toda la verdad, honestidad y equidad de las criaturas provienen del Altísimo, así que en Él no existe la trampa, el mal ni la liviandad. 

    Pero el hombre conforme al corazón de Jehová cayó en un pecado social muy grave, además de ser un pecado íntimo realmente destructivo. Lo que nos interesa resaltar de la caída de David es que siguió siendo conforme al corazón de Jehová, como el apóstol Pablo que nos decía que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo, muy a pesar de que Pablo cayó en pecado una y otra vez. Sí, el apóstol se sentía miserable por su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo físico), pero daba gracias a Dios por Jesucristo porque él lo libraría de esa situación. 

    En Romanos 7 leemos sobre la condición del apóstol para los gentiles, que no por eso dejó de ser digno de imitación. Lo que hizo fue describir la condición de cualquier creyente, la posibilidad de caer en el error como cualquier otro mortal, simplemente por causa de la ley del pecado que nos tiene cautivos. David se dejó arrastrar por la lujuria, a pesar de tener mujeres del gusto que quisiera. El pecado de su lascivia lo llevó al pecado de la mentira e incluso al asesinato planificado de Urías, el cónyuge de la mujer que había tomado y seducido. El profeta Natán lo confrontó con una parábola y de inmediato reconoció su maldad, hasta caer a tierra postrado por su maldad descubierta. Testimonio de esta situación es el Salmo 51, una declaratoria de su naturaleza pecaminosa.

    Comienza su canto de arrepentimiento con una petición de misericordia a Jehová, en virtud de la gracia mostrada antes hacia él. Lávame más y más de mi iniquidad, decía su alma; límpiame de mi pecado. Ese pecado estaba en su cara, como un recordatorio de su maldad, algo que también Pablo pudo reconocer en él mismo, algo que cada creyente debe mirar de cerca para entender nuestra naturaleza vieja que lucha bajo la ley del pecado. Nosotros sabemos que el Señor perdonó a David, que lo continuó bendiciendo y que él siguió gobernando a su pueblo. Conocemos por los relatos bíblicos de la disciplina del Señor, pero nos agrada la actitud de Israel que comprendió el error de su rey y también lo perdonó.

    Esto es algo que las iglesias deberían imitar, el perdón absoluto de su gente. No es posible vivir como un animal marcado por una falta, bajo el parloteo del chismoso que siempre deambula libre por las congregaciones. El correo del odio parece sustentar a esa gente que siempre recuerda la caída del justo, como si no fuese suficiente la afrenta del individuo ante su Creador. Mi pecado está siempre delante de mí, decía David, como un grito de angustia que reflejaba el castigo de su conciencia. La terapia del perdón viene a nuestro auxilio, pero hay iglesias que no perdonan, aunque quieren que Dios les perdone sus ofensas. ¿Somos deudores a la iglesia por causa de nuestros pecados? Bien, que la iglesia perdone como Cristo la perdonó a ella.

    Por las cosas escritas en la Biblia uno puede concluir que conviene tener cuidado de cómo se usa nuestra mente. Para prevenir el mal moral o incluso su consecuencia penal, hemos de examinar nuestras circunstancias y conductas. El suicidio no puede ser concebido como una salida a la angustia impuesta por el mundo y su principado, ya que constituye un acto criminal. Sea en forma instantánea, o por medio de una muerte prevista por medio del deterioro intencional de nuestro cuerpo, se implica un acto de irreverencia a Dios como el autor de la vida. Saúl como antagonista de David terminó pidiendo ayuda para el suicidio, sobre su propia espada. El se convirtió en un símbolo de quien Jehová le haya quitado su Espíritu, para enviarle a cambio unos demonios que lo atormentaban; siguió su derrotero final con una adivina o bruja, en la consumación de su desobediencia al Altísimo.

    Saúl reprendido por Samuel siempre brindó excusas, hasta llegó a decir que el pueblo se había apropiado del ganado para hacer holocausto a Jehová. David, por el contrario, cayó a tierra arrepentido reconociendo su maldad, cuando el profeta Natán lo confrontó con la verdad. Son dos muestras de los dos primeros reyes de Israel, dos voluntades opuestas. Ambos fueron víctimas de sus pecados, pero uno solo tenía el brillo del amor de Dios que sostenía su mano. Siete veces caerá el justo, y siete veces Jehová sostendrá su mano y lo levantará (Proverbios 24:16; Salmos 73:23).

    En algunas relaciones se consigue alguna mancha de infamia, pero el perdón de Cristo borra toda falta. El ladrón en la cruz fue movido por el Espíritu de Dios para pedir clemencia cuando el Señor volviera, reconoció que él era digno de muerte y que su Señor no había hecho nada malo para estar en una cruz. Sin embargo, pese a su trayectoria inicua, el Señor le prometió que desde ese mismo día lo encontraría en el Paraíso. Por suerte para ese ladrón no pasó por el tormento de una iglesia que perdona pero que no olvida, que siempre le hubiera recordado que debería ocupar la última banca en forma silenciosa. Mientras tanto, los hermanos le darían la mano cada domingo pero ninguno lo invitaría a almorzar, no fuera a ser que se le despertara su instinto criminal.

    David representa, al igual que ese ladrón en la cruz, el prototipo de lo que somos. Solamente la misericordia de Jehová no nos consume, pero refleja por igual la gratitud de haber sido perdonado. Lo mismo sucede con el ladrón en la cruz, al igual que Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, al igual que el apóstol Pablo, considerado por él mismo como un miserable que no hacía el bien que deseaba hacer pero hacía el mal que odiaba hacer. Lo cierto es que Cristo está a la puerta de la iglesia, según un relato de Apocalipsis. Parece ser que no entra, porque también es sometido a juicio por sus palabras duras de oír que mantiene ofendidas a las supuestas ovejas de la congregación. El Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia, que salga de esos sitios donde el perdón no se da en forma completa. 

    David siguió escribiendo salmos, a pesar de su temporal derrota espiritual. Lo importante en él es que no se convirtió en un apóstata, como parece ser que le aconteció a Saúl. David siguió tomado de la mano por el Señor, de manera que sus salmos, antes y después de su oprobiosa conducta, siguen proclamando la grandeza del Dios que perdona y restituye.

    César Paredes

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