Categoría: SOBERANIA

  • AMAR Y CONOCER, ORDO SALUTIS

    Dios ama a quien conoce, pero conoce a quien ama; esto forma parte del orden de la salvación, muy bien especificado en Romanos 8. El verbo amar en hebreo viene de un vocablo llamado YADA, el cual indica también una actividad íntima de la pareja. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. También dice que Adán conoció a su mujer y ella dio a luz a Caín. Pero ese Caín conoció a su mujer y ella dio a luz a Enoc (Génesis 4:17). Por otro lado, Dios dijo que había conocido solamente a un grupo de personas de toda la tierra (Amós 3:2), pero si Él es Omnisciente debería conocer todas las cosas y a todas las personas. He allí el detalle, el verbo conocer en la Biblia refiere a dos sentidos: 1) el acto cognoscitivo propio de tener conciencia y referencia respecto a que algo es y de cómo funciona, lo que sería un acto de SABER; 2) el acto de comunión íntima como el del amor eterno del Padre. En este sentido, en Mateo 1:25 se lee que José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz a su hijo primogénito, llamado Jesús (no la conoció, pero ya la tenía por esposa y la guió en un asno, así que sabía quién era ella).

    Pero no se dice que Dios haya conocido a Esaú por el hecho de haberlo odiado, sino que aún antes de que hiciese bien o mal fue escogido como vaso de ira. Eso implica que Dios sabía quién era Esaú, aunque la Escritura no usa el verbo conocer en ese caso; la razón descansa en que Dios no amó jamás a Esaú, de tal forma que no se habla de conocer para evitar la confusión con la semántica del verbo. Lo que sí se puede afirmar en ese caso es que Dios jamás conoció a Esaú, en el sentido de tener la comunión íntima del amor eterno. El arrepentimiento para perdón de pecados, junto con la fe para salvación vienen como un regalo divino en el mismo paquete de la gracia. El Espíritu lleva a toda verdad al creyente, así que ninguno que crea puede vivir en la ignorancia del amor eterno del Padre.

    Queda excluida toda la jactancia que presupone el asumir que Dios miró en el túnel del tiempo y vio algo bueno en nosotros para escogernos. Quien así piensa no tiene la mente de Cristo y parece que el Espíritu de Dios no lo ha visitado. Una oveja llamada por el buen pastor lo sigue, jamás se irá tras el extraño (Juan 10:1-5). ¿Quién es el extraño? El que predica mentiras, el que anuncia que tenemos de qué gloriarnos (en nuestro interés por Cristo, en nuestra sabia decisión de seguirlo, en la idea de que estuvimos enfermos pero no muertos). Por otro lado, Dios no necesita mirar el futuro para llegar a conocer cognoscitivamente, ya que Él anuncia cosas nuevas antes de que salgan a luz (Isaías 42:9). ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo? (Isaías 44:7). 

    Lo que acontece en el futuro es solamente lo que Dios ha ordenado previamente que suceda. Aún los cabellos de la cabeza están todos contados, Dios se ocupa hasta de que un pájaro caiga a tierra, sus ojos nos miran y asisten al justo, pero al inicuo le aguarda su gran ira. A Jeremías le dijo que antes de que Él lo formara en el vientre de su madre ya lo conocía, es decir, ya lo había escogido como su profeta, como a un ser amado en quien prolongaría la misericordia. Ya lo había dado como profeta a las naciones, así como ha hecho con cada uno de sus elegidos: nos ha señalado el camino por donde hemos de andar. 

    Tal vez algún escéptico sugiera que esto se dice acá porque buscamos una licencia para pecar, por cuanto tenemos el camino al cielo asegurado. Bueno, la realidad es totalmente distinta pues la Biblia anuncia que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). David fue hecho conforme al corazón de Dios, pero pecó estrepitosamente; Pablo fue predestinado para ser conforme al corazón de Cristo, pero pecaba en aquello que no quería hacer y hacía (Romanos 7). El ser conformes a Cristo no significa que dejemos de pecar, sino que ya no practicamos el pecado. 

    Nuestra naturaleza vieja nos asalta, se somete voluntariamente a la ley del pecado en nuestros miembros, pero damos gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de este cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo biológico). Entonces, se concluye que no tenemos licencia para pecar, sino que a pesar de nuestros pecados somos perdonados y el Espíritu nos forja a la medida de Jesucristo. No hay tal cosa como una alegría por el pecado, ya que eso desfigura nuestra imagen que se asemeja a Cristo; lo que sí es cierto es que somos felices porque nuestras transgresiones han sido perdonadas y nuestros pecados cubiertos (Salmo 32). El que nos acusa de querer practicar el pecado y nos dice que esa es la razón por la que hablamos de la seguridad de la salvación, en virtud de que el Padre nos predestinó para ser semejantes a su Hijo, en realidad tiene de qué gloriarse. Esa persona acusadora cree que su virtud en los intentos por no pecar lo hace digno del reino de los cielos, así que colabora con la obra de Cristo que parece no terminada en la cruz.

    Esa persona acusadora muy probablemente estará en aquel grupo a quien Jesús le dirá en el día final que nunca los conoció (Mateo 7:23). Sí, a pesar de que Jesús sabe todas las cosas dirá que no conoció a esos hacedores de maldad, jactanciosos que nos señalan de promover el mal para que abunde la gracia. Con Pablo hicieron lo mismo: hagamos males para que vengan bienes, decían que sugería el apóstol (Romanos 3:8). Jesús sabe de cada una de sus calumnias, de sus pecados de omisión, de comisión, de su incredulidad de corazón, de su fariseísmo religioso con apariencia de piedad; sabe de su jactancia al presumir que su decisión personal y libre fue lo que hizo la diferencia entre cielo e infierno. Sabe también que ese impío considera injusto a Dios por odiar a Esaú sin mirar en sus malas obras, sabe que se escandaliza porque Dios no debería endurecer a quien quisiera endurecer sino tener misericordia de todos.

    Así predican, anunciando la persona de Jesucristo pero cambiando ligeramente su obra en la cruz; de una expiación hecha por su pueblo la hacen extensiva a todos, sin excepción. Por esta vía blasfeman de la sangre del Hijo, la pisotean como dice el autor de Hebreos, teniéndola por poca cosa, ya que aquellos por los que murió Jesús irán al infierno de fuego. Claro que irán, dicen ellos, porque no aceptaron el sacrificio hecho por el Señor en favor de todo el mundo, sin excepción. El Faraón de Egipto se endureció a sí mismo solo, sin que mediara voluntad de Dios, porque Dios no quiere la muerte del impío sino que todos los hombres sean salvos. Pero con los textos fuera de contexto niegan las Escrituras que dicen que Jehová está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Ellos niegan a un Dios tranquilo y lo colocan sufriente, frustrado porque quiso la salvación del impío y no pudo con ciertas voluntades humanas.

    El Señor conoce a los que son suyos, las ovejas del buen pastor lo conocen a él (Juan 10:14). Por esas ovejas el buen pastor puso su vida, no por los cabritos; entonces, ¿no era cierto que Jesús había muerto por todos, sin excepción? Una gran mentira de los que lo afirman, pero sería igual mentira si los que aseguran que murió solo por su pueblo consideran que ese pueblo se formó solo. Es decir, que la voluntad humana contribuyó de buena gana, gracias al mítico libre albedrío del hombre muerto en delitos y pecados, para que Dios lo eligiera como parte de su pueblo. Tal Dios que promueven los extraños es un plagiario, alguien que mira el futuro en los corazones humanos y después de copiado el guion se lo dicta a sus profetas para que digan que Jehová hizo todo eso. 

    Por cierto, los que piensan tan torcidamente pueden afirmar por las mismas razones que Dios vio que un grupo de personas iban a crucificar a Cristo, de forma que aprovechó esas circunstancias públicas y envió a su Hijo para que sucediera aquello que la gente había previsto. No que Dios lo previera, sino el entronizado hombre, ya que a Dios solo se le permite mirar en el futuro para ver lo que acontece y de allí deriva su accionar en su universo. Deberían mirar lo que dijo Juan que Cristo afirmaba respecto a los que no creían en él: vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas (Juan 10:26). Si hubiesen sido ovejas, lo habrían oído y lo habrían seguido porque él las conocía (Juan 10:27).

    Dios nos escogió a pesar de lo que éramos y de cómo estábamos nosotros (bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás), pese a odiar a Dios, cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Sin embargo, por haber sido predestinados para salvación, para ser semejantes a Cristo, resulta irrevocable e inalterable el hecho de que creamos en aquel que nos llamó de las tinieblas a las luz. El Acusador de los hermanos tendrá su parte en el lago de fuego, al igual que sus ministros que se disfrazan de ángeles de luz. Ellos visten el atuendo de los predicadores, sonríen como los evangelistas, dan la mano como los falsos profetas que son, aplauden la teología desviada, giran o tuercen de a poco la palabra de Dios para que no se vea demasiada desviación. Algunos de ellos se hacen llamar reverendos (un nombre dado a Dios), otros se dicen apóstoles (cuando ya ellos se extinguieron, como bien lo asegura Pablo al decir de él mismo que era el último de ellos: 1 Corintios 15:5-8). Debe ser que estos nuevos apóstoles han visto a Jesús y él les ha declarado nuevas profecías. 

    Aquellas personas que no comprenden la proposición sencilla del evangelio, buscarán con desespero el apoyo del misticismo, de las nuevas lenguas, de los nuevos profetas que inventan fábulas, de los intérpretes novedosos de las Escrituras, de los que decretan para que suceda algo que el Señor no mandó. Ellos no tienen la mente de Cristo por cuanto no poseen el Espíritu de Dios, por lo tanto no son de Cristo. En realidad no les ha amanecido el Señor a quien dicen seguir en su culto extraño. Buscan señales para autenticar la fe espuria en el dios inventado que se les presenta como otro ídolo.

    César Paredes

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  • UNA CRUZ PARA EL ORGULLO HUMANO

    El Evangelio sencillo se expone en la Biblia, pero los predicadores complican su enunciado. Simple y plano aparece lo que Jesucristo dijo, al igual que lo que sus discípulos expusieron en torno al mensaje de salvación. No dijo el Señor que moría por todo el mundo, sin excepción, sino que se atuvo a lo que decían las Escrituras. El nombre del niño sería Jesús, por la razón ya conocida: Jehová salva, de acuerdo a su étimo, porque esa criatura salvaría a su pueblo de sus pecados. Aparte de la claridad del ángel que hablaba con José en una visión, el niño cuando creció se hizo un Maestro. Pero era también un profeta, el Ungido de Jehová, el enviado a esta tierra de acuerdo al decreto que data desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Ese Jesús tuvo muchos discípulos, pero un gran número lo abandonó porque sus palabras eran duras de oír. Duro es el mensaje del Dios soberano para algunos, como el Faraón, Caín o Esaú; agradable y tersa le resulta esa palabra al elegido para salvación, ya que no habría otra forma de redimirse del pecado y sus efectos. ¿Qué espantó a aquellos discípulos que se retiraron murmurando contra Jesús? ¿Por qué resultaron ofendidos, según nos cuenta Juan en el Capítulo 6 de su Evangelio? La razón fundamental fue la lógica de las proposiciones del Señor: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera. Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre.

    ¿Quién no puede entender tales proposiciones? Resultan bastante simples, lo que conduce a extraer una síntesis de ellas: los que no vienen a Jesús no lo hacen porque el Padre no los ha enviado. Lo demás es cortar y pegar, un conglomerado de supuestos necesarios. Dios inculpa de pecado al hombre que está bajo la responsabilidad moral de su ley, sin importar si tiene o no la capacidad de hacer el bien. Incluso destina a los réprobos en cuanto a fe sin mirar en sus actos buenos o malos, simplemente porque así lo tuvo a bien el Juez justo de toda la tierra. Estas aseveraciones pueden cotejarse en las Escrituras, en especial si se lee con atención el Capítulo 9 de Romanos.

    Pero se edifica una cruz para el orgullo humano, predicándosele un evangelio complicado para que el auditorio no se dé cuenta de lo que la Escritura dice en forma simple. Incluso ha habido casos de personas, con una gran cantidad de años en alguna iglesia, a las cuales se les ha dicho lo de Esaú y Jacob, pero muestran perplejidad preguntándose si eso en realidad está en la Biblia. Tal vez, si se predicara en forma simple lo que la Escritura anuncia, muchos huirían despavoridos por las palabras duras de Jesús. Eso traería consecuencias graves para la congregación habituada a sus terapias semanales, a la simulación de la piedad en la que no creen.

    Si creyeran pedirían la palabra, anunciarían a Cristo, tal como lo dicta la Escritura. En cambio, se afianzan en el otro evangelio, ese que les da verbo blando y atractivo para los que se espantan con la soberanía de Dios. De esa manera se comienza a tejer el evangelio complejo, con la cruz que satisface el orgullo humano. Un poco de buenas obras acá, otro poco por allá, y pasado cierto tiempo el alma se habitúa a creer la mentira anunciada: Que Jesucristo murió por todos y derramó su sangre por cada individuo, sin excepción; esto llevaría a una conclusión también necesaria: que los que no se salvan se salvarían si hicieran un poco de esfuerzo.

    Bueno, así están las cosas en la mayoría de las congregaciones que se denominan cristianas. Se espantan cuando escuchan sobre la soberanía absoluta de Dios, se refugian bajo el argumento de cantidad, repitiéndose la falacia acerca de que no todos pueden estar equivocados. Tal vez les resulta cierto lo de que la mayoría tiene la razón. El asunto pasa porque se presume que ese evangelio amplio y ancho da más posibilidades a las masas para redimirse del pecado, aunque con ello se destruya la teología de Dios.

    Los creyentes de verdad siempre desean la leche purificada, no adulterada, la palabra racional del Evangelio. Se crece en la gracia y en el conocimiento de Cristo, pero siempre bajo la guía de la razón junto al Espíritu. El error de cálculo conlleva a un resultado equivocado, pero el que nos guía a toda verdad no nos paseará jamás por la mentira. Pedro nos lo dice en forma sencilla: Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:2). Esa leche espiritual no adulterada es el Evangelio, el de suave digestión. En otros términos, el evangelio adulterado resulta indigesto, pero el hábito por la comida chatarra se ha extendido hasta el ámbito del espíritu.

    Isaías nos lo decía también: el que tenga sed venga a las aguas, y el que no tenga dinero, que venga y compre, y coma; sí, compre vino y leche sin dinero y sin precio alguno (Isaías 55:1). Estamos obligados a un culto racional (Romanos 12:1), no a un culto ilógico. Dios es soberano absoluto, hace con su barro lo que quiera; a algunos los convierte en vasos de honra, mientras a otros los construye como vasos de deshonra. ¿Tachará alguien a Dios de injusto? ¿Por qué, pues, inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad?

    Los que construyen un edificio no pueden subestimar el fundamento, la roca sólida cabeza del ángulo. Si el Cristo de la Biblia no es el fundamento, la roca les caerá encima y los aplastará. El olor del conocimiento del Señor se manifiesta por medio de los creyentes, siendo nosotros un grato olor de Cristo para Dios, en los que se salvan y en los que se pierden. En estos últimos un olor de muerte para muerte, y en aquellos que se salvan olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Nos duele ver a los que se pierden, como a Pablo le dolía el Israel endurecido, el que tenía celo por Dios pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4). Nuestra oración va por aquellos que andan perdidos, para ver si Dios los quiere ver fuera de peligro. Familiares, amigos, gente cercana y conocida, muchos de ellos mejores en calidad humana que nosotros mismos; pero si el Padre no los enseña hasta que aprendan, no podrán acudir al Señor Jesucristo. Para esto, ¿quién es suficiente?

    Una vez le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban, a lo que él respondió: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. En eso descansamos, pero continuamos con este mensaje por todo el mundo, con la esperanza de que esta palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada.

    César Paredes

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  • INCONMENSURABLE DIOS

    La tierra contiene personas y otros tipos de seres vivos. Su armonía en la naturaleza nos hace contemplar con gratitud la obra del Hacedor de todo. Con el telescopio, la astronomía ha develado ciertas incógnitas de nuestro universo, pero nos ha dejado perplejos por mostrarnos la cantidad de estrellas y planetas que giran en una inmensidad espacial que maravilla. Ese Dios del que habla la Biblia hizo todas esas cosas con el puro mandato de su palabra. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Podríamos preguntarnos acerca del tiempo y su relación con la eternidad, porque no en el tiempo sino con tiempo hizo Dios los cielos y la tierra.

    Esa idea precedente es de Agustín de Hipona, al responder a la interrogante de si Dios envejecía. Dios como Ser eterno no se afecta por el tiempo, por lo que viene a nuestra mente otra interrogante: ¿Qué hacía Dios antes de crear este universo que habitamos? Bueno, qué ha hecho en la eternidad pasada (si la metáfora se permite), sería una pregunta demasiado curiosa. Sin embargo, frente al inconmensurable Dios nosotros como criaturas somos demasiado insignificantes. La Biblia asegura que somos barro en manos del alfarero, pero que pese a ello Dios tuvo misericordia de un pueblo que escogió para Sí mismo.

    Esa es la buena noticia del evangelio, la promesa de redención para todo el pueblo de Dios. Alegrémonos de que nuestras transgresiones hayan sido perdonadas y cubiertos nuestros pecados, porque ante ese Dios de semejantes dimensiones nadie puede estar de pie. Su inmenso poder demostrado en la creación guarda una proporción con su santidad. Todos sus atributos son proporcionales a su majestad y grandeza, por lo que es digno de reverencia y adoración.

    En sus planes eternos quiso hacernos a su imagen y semejanza, nos coronó de gloria en su creación pero sometió al hombre a una prueba en la cual fallaría. Él ha dicho que hizo al malo para el día malo, por lo tanto Adán tenía que pecar para que el Cordero preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo se manifestase. Esa puede ser considerada su obra épica majestuosa, la aparición de su Hijo como Redentor de todo su pueblo. Nos redimió de la muerte, nuestro gran enemigo que tenía su aguijón llamado pecado. Pero venció el pecado y por lo tanto le quitó el aguijón a la muerte y despojó al sepulcro de su victoria.

    Cristo nos liberó de las tinieblas del error, de la trampa de Lucifer convertido en Satanás, venciéndolo en la cruz y convirtiéndose en la justicia de Dios para beneficio de todo su pueblo. Aquellas cosas del Espíritu de Dios que antes nos parecían locura, ahora suenan como grata cordura al corazón; las cuerdas del Señor están hechas de amor por lo cual se prolonga su misericordia cada mañana. El hombre fue formado un poco menor que los ángeles, en cambio Satanás manifiesta un poder descomunal y una astucia infernal que le permite dominar en su principado. No obstante, los hijos de Dios caminamos como extranjeros en este mundo pero seguros detrás de nuestro buen pastor (Juan 10:1-5).

    El pueblo de Dios no debe olvidar jamás que la gracia eficaz hace la diferencia entre la redención y la condenación. Dos personas son llamadas en igual forma por el deber ser de la palabra divina, pero solo uno da respuesta positiva. No pensemos ni por un instante que esa respuesta se debe a nuestra cualidad de inteligencia, de mansedumbre o humildad, sino que más bien viene como el producto de la misericordia de Dios. Ya que ambas personas en principio subyacen muertas en delitos y pecados, por lo tanto ninguna tiene la cualidad para la reacción.

    Precisamente por ser criaturas dependientes debemos responsabilidad ante el Creador. Pero Dios no redime a nadie en desmedro de su justicia sino que lo hace porque es un Dios justo que justifica al impío. Sí, el Dios de la Biblia justifica lo injustificable, como se demuestra por aquel ladrón en la cruz, un sedicioso que no hizo ninguna obra buena en el mundo, que ahora está con el Señor en las moradas eternas. Pablo perseguía a los cristianos, buscaba a unos para encerrarlos en la cárcel y a otros los amenazaba de muerte. Con Esteban estuvo para martirizarlo, hasta sostuvo sus vestiduras mientras lo apedreaban. Pablo no había hecho ninguna obra buena, pero el Señor se le apareció y lo tumbó del caballo. De esa forma alcanzó misericordia, por un acto absolutamente compasivo y soberano del Dios de la creación.

    Pablo caminaba en sentido contrario a la verdad, persiguiendo al mismo Jesús para acabar con sus ideas. Pero Pablo no sabía entonces que su nombre estaba escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo, que había sido predestinado para andar con Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4, 11). Los métodos de Dios para alcanzar sus objetivos son variados, como se demuestra en la narración de las Escrituras. Dado que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios, el Creador nos imputa esa justicia porque el Señor murió para expiar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). De esa forma la justicia de Dios no sufre alteración alguna, no se rebaja, sino que sigue su rasero natural condenando al que no es de la justicia de Cristo y redimiendo al que sí es de esa justicia.

    Aunque los hombres sean juzgados de acuerdo a sus obras, ninguno de los redimidos puede alegar obra alguna como causa de su redención. Los que hemos sido justificados somos llamados justos, por una aplicación de la legalidad del Juez de toda la tierra. Los no justificados en Cristo serán condenados porque fallaron ante la ley de Dios y no fueron justificados en Cristo. Dentro del plano de lo inconmensurable de Dios, su obra máxima trata de la redención del hombre.

    La salvación del hombre trae al centro de interés al Redentor, el Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo. Al pueblo de Dios se le da la fe, porque no es de todos la fe sino que ella viene como don de Dios. Además, sin fe no agradamos a Dios, así que Jesucristo es el autor y el consumador de ella. Es un círculo lo que rodea la fe, ya que el ser humano no puede producirla por cuenta propia. Hemos sido salvados por gracia, por medio de la fe, todo como un regalo divino. De esta manera sabemos que nuestra salvación no depende de buenas obras, como si el ser humano tuviera de qué gloriarse.

    Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; ¿dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Nosotros como pequeñas criaturas, hechas del polvo de la tierra, hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, de pura gracia. Esa situación demuestra también lo inconmensurable de la misericordia divina, del amor eterno que nos ha tenido por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no vivir agradecidos y cómo no ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor?

    César Paredes

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  • LA JUSTIFICACIÓN COMO REGALO

    Jesús fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación, de manera que nuestra fe en el Señor nos es contada por justicia. Pero la justificación opera como regalo de Dios para su pueblo escogido, el cual será llamado eficazmente en el día de su poder. Desde entonces demostramos la buena voluntad de nuestro corazón de carne, no ya más el corazón de piedra endurecido por el pecado no perdonado. Por más ferviente que usted sea en sus plegarias, aunque se dirija al Dios del cielo, al Cristo que ha aprendido leyendo la Biblia, aunque sea un celoso de Dios, si no ha sido justificado, su alabanza se dirige a un ídolo.

    Puede ser que la idea de lo que usted tenga de Dios haya sido una concepción ajena a lo que la Escritura enseña, ya que si no le ha amanecido Cristo su fe es vana. La salvación pertenece a Jehová, el Señor solo vino a salvar a los suyos, a los hijos que Dios le dio, a aquellos que el Padre enseña para que habiendo aprendido sean enviados hacia el Hijo. No vino Jesús a morir por el mundo no amado por el Padre, sino por los que Dios amó con amor eterno (Juan 17:9; 20; Juan 3:16).

    De manera que los ganadores de almas adoctrinan a sus vasallos, como pupilos fanáticos para que alaben siembre a su mentor. Los viejos fariseos nos enseñaron sus malos modales teológicos; se jactaron de tener las Escrituras, de saberlas leer e interpretar. Se hicieron doctos en la ley de Moisés, se apegaron a su letra olvidando su espíritu; ellos aprendieron el nombre del Señor, lo llamaron de muchas maneras: Elohim, El Shaddai, Jehová, Adonai, etc., pero bajo esos nombres construyeron un ídolo al cual servían. No toleraron la palabra incorruptible, porque si lo hubiesen hecho no habrían asesinado al Dios que los visitó en Jerusalén.

    Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Los fariseos y sus acólitos amaban el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres (Mateo 6:5), mostraban celos por las buenas obras: diezmaban la menta y el eneldo y el comino, pero dejaban la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23: 23). Fijémonos que su fe la dejaron porque en realidad no tuvieron la verdadera, de lo contrario hubiesen creído en el Señor. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. De manera que al que no se le ha regalado la fe no puede llegar a creer, todo lo que hace es imitación, una imagen aparente de lo que verdaderamente es real.

    Los fariseos tenían prosélitos, muchos seguidores, pero ambos fueron llamados por Jesús hijos del infierno. Los evangelistas del otro evangelio se parecen en gran medida a los viejos fariseos, recorren el mundo en busca de un seguidor, pero una vez alcanzado lo hacen doblemente merecedor del infierno: dos veces más hijo del infierno que ellos (Mateo 23:15). ¿Cómo es eso que el prosélito es doblemente merecedor del infierno que el fariseo o evangelista del otro evangelio? Porque si ya estaba perdido (merecía el infierno) ahora no solo está perdido sino que sigue a otro que anda igual que él. En realidad nunca ha complacido a Dios, sino que su carne se complace en las obras que la sociedad considera de bondad y piensan que por ello añaden su propia justicia a la de Cristo. A lo mejor Dios vio algo bueno en ellos y por eso los predestinó, aseguran en su desvarío.

    El Dios de toda la creación envía un poder engañoso, para que estos falsos creyentes crean la mentira (que ya habían asumido como cierta). La razón viene por partida doble: 1) a fin de que sean condenados todos ellos; 2) porque no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se la pasan leyendo las Escrituras y hasta la saben de memoria, cantan alabanzas a lo que ellos consideran ser Dios, dan ofrendas y aún los viejos diezmos de la ley, visitan a los enfermos y a los presos de la cárcel, anuncian al Cristo que suponen hizo una salvación posible para todo el que la quiere aceptar. Esos son indicativos de que no aman la verdad doctrinal de Jesucristo, de que se espantan con el Dios que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal; aborrecen al Dios que les parece un tirano o peor que un diablo, porque predestinó sin mirar en las acciones de los hombres.

    De esa manera se desvían tras la mentira, hacia la obra de sus manos: han confeccionado un ídolo, pero esta vez no de madera ni de metal, más bien un constructo intelectual de lo que debería ser Dios. Un Dios más democrático, que respeta como Caballero la voluntad humana, que no se entromete en el corazón libre de los hombres porque espera de ellos que libremente acepten una oferta general de salvación. Es el evangelio para las multitudes, el que parece bien recibido, el que se congracia con la gente, con lo que llaman pueblo, para que de esa manera participen del ministerio de la religión universal. Así les opera el espíritu de estupor, de mentira o engaño enviado por el Dios de la creación para aquellos que se complacen en la mentira teológica.

    Un pastor un día le dice a un feligrés que predicaba sobre la soberanía absoluta de Dios que se calle ese mensaje, que lo crea para él solo pero que no lo anuncie. Otro día anuncia que Cristo no perdona pecados sino solo el Padre, en otra oportunidad asegura que Dios nos da conforme a nuestras riquezas en gloria. Esos errores, uno a uno sumados, anuncian el extravío por causa del amor a la mentira y odio a la verdad. Porque quien ama la mentira tiene que odiar la verdad, o quien no ama la verdad tiene que amar la mentira. Ambas son excluyentes, aunque el mentiroso use parte de la verdad para encubrir su engaño. El que ha sido redimido ama la verdad, porque conoce que sin ella estuviese perdido; pero el que no ha sido justificado tiene por fuerza que seguir el rastro de la mentira, para que se adentre en su tragedia de vida: el apartarse de Dios por siempre, cuando escuche el nunca os conocí que les dirá Jesucristo.

    Pero la mentira que predican la asumen como verdad; piensan que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, pero que finalmente lo amó porque Dios es amor. Siguen falacia a falacia, para alcanzar rápidamente el camino de la perdición final. Interpretan que el texto que anuncia el odio de Dios por Esaú se refiere a dos naciones, pero no a personas particulares. Al final se consuelan con el vientre, con ver gente aglomerada en sus sinagogas, con la alegría de las ofrendas recibidas. La ofrenda no solo puede ser económica, también es el cúmulo de personas que lideran, que le siguen como a los viejos fariseos: los prosélitos que se le suman.

    El Espíritu Santo no deja en la mentira a ninguna persona que ha hecho nacer de nuevo. El es el Espíritu de verdad, nos guía a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor. ¿Cómo va a sugerir que callemos el tema de la soberanía absoluta de Dios, aún en materia de salvación? ¿A qué espíritu oyen y siguen cuando se atreven a silenciar este discurso? No lo soportan, por lo cual o lo condenan o lo transmutan, para que el eclecticismo triunfe como sabiduría humana. Pero Dios debe odiarlos tanto que les ha enviado el espíritu de estupor para que crean la mentira que pregonan y sean condenados prontamente, o tal vez todavía no los ha llamado de las tinieblas a la luz.

    Estos operadores religiosos odian la verdad, no se trata de que malinterpretaron el evangelio. Ellos se han rebelado contra ese Dios de las Escrituras porque no toleran que solo Noé junto a su familia hallara gracia ante los ojos del Señor; ellos no aceptan que Jesucristo haya venido a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo; no desean que se les diga que Cristo no murió por los que el Padre no le dio; no toleran escuchar siquiera que Dios eligió desde la eternidad quiénes habrían de ser salvos, para añadirlos a la iglesia; jamás aceptarán que Dios no haya mirado en los corredores del tiempo para escoger a los que salvaría, porque eso implicaría negar que hay algo bueno en la criatura a salvar. Por esa razón todavía se preguntan: ¿qué será lo que Dios vio en mí para que me predestinara? En realidad no terminan de comprender que parecen ser ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No podemos tener comunión con los que no tienen la justificación como regalo, ya que al parecer son miembros de la iglesia apóstata, de la gran ramera. Si todavía existe pueblo de Dios en ella la voz del Señor les anuncia que salgan de allí (Apocalipsis 18:4). Si participamos con ellos en materia espiritual, participaremos de sus plagas. El que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…el que no trae esa doctrina no debe ser bienvenido (2 Juan 1:9-10). No de balde nos advirtió el Señor que él no vino a traer la paz sino la espada, a dividir a familias, para que demostremos que le amamos a él por sobre todas las cosas y personas.

    Hablemos la verdad en amor, como lo recomienda Pablo (Efesios 4:15), pero no nos engañemos a nosotros mismos participando en comunión con los que no viven en esta doctrina de Cristo. La Biblia lo dice muy claramente, por el amor al prójimo debemos hablar verdad siempre para que vean el error en el cual andan. Si no creen, nos retiramos y que nuestra paz nos siga, pero a ellos les será tomado en cuenta en mayor forma su pecado de rechazar la verdad y de preferir la mentira. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).

    César Paredes

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  • DIOS PROMETE Y CUMPLE

    Dios promete cosas y luego las da, Él posee la capacidad de hacer aquello que ha dicho que hará. Su poder sin límites no está sujeto a permiso humano, de manera que todo cuanto quiere hace. Esto conduce a muchas mentes a pensar que aunque puede cortar el mal de la tierra no desea hacerlo; pero es verdad que gobierna aún en medio de la impiedad humana. Hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Él ha dicho que ante Él se doblará toda rodilla (Isaías 45:23).

    Hay muchas personas que doblarán la rodilla en el día del juicio final, pero se manifiestan duras en este tiempo para inclinarse ante el Todopoderoso. Su rebeldía les asegura que Dios no existe, de lo contrario los castigaría en este momento. Pero no se han puesto a pensar que si Dios hizo al malo en realidad ellos han podido haber sido hechos para el día malo. Dios coloca en la mente de las personas el adorar a la bestia, para darle su loor y gobierno, de manera que se cumplan sus palabras (Apocalipsis 17:17). Sus profecías y promesas no tendrían sentido si no tuviese el poder y la oportunidad de cumplir lo que ha dicho.

    A esa capacidad divina de cumplir sus promesas se ha denominado soberanía. Dios controla todas las cosas, todas las circunstancias, todas las personas, todos los ángeles buenos y malos. El hombre sigue siendo responsable de sus actos, más allá de que no sea libre soberanamente. ¿Quién desea altercar con el Creador de todo cuanto existe? Aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). Los que creen el evangelio de Cristo deben asumir que Dios es soberano absoluto, de lo contrario quedaría en suspenso cualquier cosa que haya prometido al respecto.

    El trabajo de Jesús en la cruz se consumó, de forma que no quedó nada más que agregar. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Quiénes conforman el conglomerado de su pueblo? Todos los que el Padre le dio y le seguirá dando por medio de la palabra de aquellos apóstoles, todos aquellos que Jehová llamó en el período del Antiguo Testamento. Todas esas personas que son salvas lo son por la gracia divina, no por obra humana. La ley no salvó a nadie, más bien se introdujo para que abundara el pecado. Sin ley no podría haber reconocimiento del pecado, pero Pablo aseguró que la ley de Dios está escrita en los corazones humanos, de manera que la humanidad entera queda inexcusable (Carta a los Romanos).

    Dios le concedió un pueblo a su Hijo, (los hijos que Dios me dio: Hebreos 2:13), habiéndolos escogido desde antes de la fundación del mundo. Dios no escoge a nadie porque le vea méritos propios, ni persistencia ni voluntad; nos escogió desde la eternidad por el puro afecto de su voluntad. Si la predestinación hubiese estado adscrita a la voluntad humana, habría que reescribirla muy a menudo porque el corazón del hombre es cambiante. Dios ordena a unos para salvación (Hechos 13:48) y a otros para reprobación (Romanos 9:11-13). He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a la luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). De la bestia dice la Biblia: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8; véase Apocalipsis 17:8).

    El Dios que promete y cumple viene como Providencia, todas las cosas ha ordenado para el beneficio de sus elegidos. A los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Esta aseveración del Espíritu, por medio del apóstol Pablo, viene como una promesa. Todo nos ayuda a bien, aún aquello que nos parece turbio; nuestra fe da para eso y para mucho más, porque ella viene en suficiente medida de acuerdo a su dador. Los escritos del Antiguo Testamento parecen historias amenas y fantásticas, pero traen teología para el alma del creyente. Unos gemelos que luchaban en el vientre de su madre, mostraban la voluntad eterna de Dios en la elección y reprobación. Abraham envía a uno de sus siervos a encontrar esposa para su hijo Isaac. El criado obedeció cada instrucción por medio de la cual se vio la providencia del Señor (Génesis 23 y 24).

    El poder de Satanás exhibe nuestra debilidad, la descubre, por lo que nos ayuda a bien. De esa manera, conscientes más de que dependemos del Señor, acudimos al que provee con eficacia. No cae a tierra ni un pájaro sin que el Padre Celestial lo ordene, incluso los cabellos de nuestras cabezas están contados. El que cree tiene todo como posible, dentro de la sensatez que el Espíritu nos trae. El Dios de orden hace ordenadamente todas las cosas, como se muestra en la narrativa de la Creación.

    Amar a Dios no se presupone una actividad natural en el hombre caído; en cambio, cuando Dios nos ha amado le amamos a Él en consecuencia. Por esa razón todas las cosas concurren, operan para bien nuestro. Claro está, el que ha sido beneficiado con la gracia divina tiene todo lo demás por añadidura.

    La historia del profeta Elías muestra en forma abundante al Dios que provee. Mientras oraba por lluvia su siervo se asomaba hacia el mar, pero el profeta seguía orando; a la séptima vez el criado exclamó que había visto una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre. Eso fue suficiente para advertirle al rey Acab acerca del aguacero que se avecinaba (1 Reyes 18:42-44). Vemos al Dios de la providencia, el que controla los elementos de la naturaleza que creó. Dios es el Señor de toda carne, nada hay difícil para Él.

    Poder proveer para las necesidades de todos sus hijos implica tener poder absoluto en toda su creación y dominio. El que predestina el fin hace igual con los medios para alcanzar dicho fin. Con esto dicho podemos confiar plenamente en que llegaremos adonde Dios ha marcado que lleguemos. De allí que cada hijo suyo puede orar que se haga la voluntad de Dios, ya que eso es suficiente.

    César Paredes

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  • EL CORAZÓN DEL REY (PROVERBIOS 21:1)

    El corazón del rey pasa a ser una metáfora por analogía de lo que le acontece a cada ser humano. El argumento de mayor a menor está en juego: el que puede lo más puede lo menos. Dios puede con el corazón del rey al punto de tenerlo en sus manos, para moverlo a todo lo que Él quiere. Sigue que si Dios pudo lo más, ahora también puede lo menos: con las multitudes que no son reyes, con cada criatura humana que Él ha creado. De esta manera queda sentado el principio de soberanía divina, de acuerdo a las Escrituras. Por ese sendero se llega a reconocer que el Señor se muestra capaz para cumplir con todas sus promesas.

    Toda la profecía se cumple sin fallo alguno, por cuanto existe la capacidad en el que creó el designio. El Dios de toda carne se pregunta: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27). No hay nada oculto ante Jehová, solamente que los que se comportan como sus enemigos lo hacen porque su destino también les ha sido trazado. Dios continúa fiel con los que le aman, pero da el pago en persona al que le aborrece (Deuteronomio 7:8-10).

    La enseñanza de la soberanía de Dios nos conduce a la seguridad como creyentes, ya que la salvación toda pertenece al Señor: desde el principio hasta el final. No nos salvamos por perfecta obediencia a su ley, sino en virtud de su capacidad para cumplir sus promesas. La naturaleza humana prefiere un dios débil, que permita al hombre ser el centro del universo. El hombre así será la medida de todas las cosas, pasando a decidir su futuro en base a sus buenas obras. La gracia aparecería en esta doctrina extraña como una ayuda general que conviene aceptarla. El soberano Dios se convierte por fuerza en un sujeto pasivo, alguien que hace un favor general pero que aguarda la buena intención de los zombies producidos en delito y en pecado.

    La Biblia sigue con el testimonio de un Dios que escoge y atrae hacia Sí a quien quiere. Amó a Jacob, sin que mediara obra alguna, aún antes de ser concebido. Feliz aquella persona a quien Jehová no culpa de iniquidad, cantaba el salmista. La razón de esa felicidad se encuentra en el trabajo de Jesucristo al morir por los pecados de su pueblo. Cristo no rogó por el mundo (Juan 17:9), así como el Padre odió a Esaú sin que mediara obra alguna, antes de ser concebido (Romanos 9:11). La Escritura enfatiza en la soberanía de Dios en todos los renglones de la vida humana, por lo cual declara que Jesucristo vino como una Roca para que los que son ordenados para destrucción tropiecen con ella. Entonces, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia (Romanos 9: 16).

    ¿Qué diremos de la responsabilidad humana? ¿Acaso queda disminuida porque el hombre carece de habilidad para cumplir el mandato divino? En ninguna manera, la criatura continúa bajo el régimen de responsabilidad por cuanto su impotencia le impide la independencia del Creador. Los que pecaron sin ley perecen sin ley, los que pecaron con la ley, con la ley también perecerán (Romanos 2:12). Existe la obligación moral de obedecer el mandato del Creador, ya que esa ley de Dios fue escrita en los corazones de los hombres (Romanos 2:15: Romanos 1:19:21).

    Mientras más soberano sea Dios, más obligado queda el ser humano ante Él. Dado que la soberanía divina resulta absoluta, el ser humano debe en forma absoluta un juicio de rendición de cuentas. He allí la causa por la que la teología del falso evangelio se esmera en disminuir la soberanía de Dios, dejándola al arbitrio humano. Menos soberano el Dios de las Escrituras, mayor libertad para la criatura humana. De esa manera el hombre pretende escabullirse de la presencia del Todopoderoso, como si pudiera huir de esa realidad del Dios envolvente. El corazón del rey sigue en las manos de Jehová, inclinado a todo lo que Dios ha ordenado. Un ejemplo claro de lo dicho se encuentra en Apocalipsis 17:17.

    ¿Quién puede ir hacia Cristo? Todos los que Dios educa y envía, de acuerdo a las Escrituras (Juan 6:44-45). Predicamos a Cristo crucificado, para que se cumpla el testimonio encomendado, pero las ovejas oirán al buen pastor y le seguirán. El Espíritu Santo no lo puede resistir el prospecto que habrá de creer, ya que los los dones y el llamamiento de Dios son irrenunciables como irresistibles. La gente puede resistir al Espíritu Santo en cuanto recusa la palabra general propuesta en la Biblia, por causa de su enemistad contra Dios. No que Dios batalle contra el hombre y salga frustrado, porque como ya sabemos el corazón del rey sigue en las manos de Jehová.

    Se resiste al Espíritu Santo en el mandato general de arrepentirse y creer en el evangelio, pero los escogidos actuarán de voluntad en el día del poder de Dios. El viento de donde quiere sopla, así todo aquel que es nacido de nuevo ha sido atraído por el poder del Espíritu para que quede patente la voluntad de Dios respecto a los que están ordenados para vida eterna.

    El Dios soberano sigue haciendo como quiere y no tiene consejero. En Él vivimos, nos movemos y somos; Él produce en nosotros -sus hijos- tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Somos considerados más que vencedores ya que nadie nos podrá acusar, habiendo Dios justificado a todos los que su Hijo representó en la cruz (Mateo 1:21; Juan 17:9). La prevalencia del poder de Dios, de su voluntad respecto a sus escogidos, nos brinda la confianza para continuar en el reposo del Señor.

    Si el corazón del rey está en las manos del Señor, nuestros temores se desvanecen. Las malas acciones de los hombres cumplen el propósito divino para que sus profecías se realicen (Dios ha creado al malo para el día malo), el Señor ha colocado en los corazones de los que moran en la tierra el dar el poder y gobierno a la bestia, para ejecutar lo que Él se propuso desde el principio. No nos confabulamos con la mentira, la denunciamos y nos enfrentamos a la indolencia del mundo frente a la necesidad del simple; pero no llevamos nuestras almas a la desesperación por cuanto sabemos que el Señor inclina cada corazón hacia lo que desea que haga.

    En ese sentido descansamos seguros de que todas las cosas nos ayudan a bien, sea para los asuntos temporales como para las cosas espirituales o eternas. Desde el pecado original con la caída de Adán, junto con los agravantes del pecado en general, todo conspira para bien de los que hemos sido llamados conforme al propósito de Dios. Jehová sostuvo el corazón del Faraón para que fuese endurecido y no dejara ir a su pueblo al primer mandato; así lo profetizó a Moisés, su enviado. El resultado fue la Pascua que todavía conmemoramos en función de Jesucristo. Es más, Jesucristo pasó a ser nuestra pascua, como lo atestigua Pablo.

    En aquel momento histórico no se podía entender en forma clara la manera en que aquellas terribles cosas que sucedían en Egipto operarían para nuestro bien. Hoy día sucede algo parecido con el mundo donde estamos de paso, no comprendemos sus eventos trágicos y lo suponemos fuera de control. Sin embargo, al mirar aquellas cosas escritas por causa de nosotros comprendemos que nos ayudará a bien el conjunto de cosas que acontecen. Y los que nos insultan y conspiran contra nosotros, serán señalados por el Altísimo para que sus rostros avergonzados ya no estén más cuanto volteemos a mirarlos. Si el corazón del rey está en las manos de Jehová, somos más que vencedores.

    César Paredes

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