Gracias a la humillación y trabajo de Jesucristo nuestra redención fue procurada en forma absoluta. Escapados de la maldición de la ley, de la esclavitud del pecado y del control de Satanás, conocemos que estamos en el mundo sin ser de él. La muerte y el infierno no nos preocupan, por causa del título de gracia y gloria que nos acompaña por la eternidad. Ha habido un cambio de estatus espiritual, en virtud de nuestra unión con Cristo, de su justificación por medio de su sangre, por haber sido adoptados como miembros importantes de la familia de Dios. Estamos regenerados, santificados, consolados, sin que nadie pueda acusarnos o condenarnos (Romanos 8:32-35).
Hemos renacido para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, la cual nos está reservada en los cielos (1 Pedro 1:3-4). Las promesas del Evangelio representan la dádiva de Dios para con nosotros, un banquete de manjares suculentos, de vinos refinados; destruirá la muerte para siempre, y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros de su pueblo (Isaías 25:6-7).
Recordemos que el Espíritu Santo es quien aplica nuestra redención, por quien tanto el Padre como el Hijo trabajan en nosotros. Es el Consolador enviado, el Parakletos, el que nos conduce a toda verdad y nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene. El Espíritu entra en nuestros corazones para hacernos desear las palabras del libro de Dios. Poseemos la gracia del Padre junto a su bondad, sin que nosotros tengamos mérito alguno, nos colocó en Cristo para la elección de gracia, para ser preservados y benditos. Eso se manifiesta en nosotros desde el momento en que fuimos regenerados y hechos nuevas criaturas, por afecto de la voluntad del Creador y no de voluntad humana.
Cristo nos ha sido hecho sabiduría de Dios para nosotros, por cuanto hemos dejado a un lado la locura y la necedad de quien no conoce a Dios, así que reconocemos que antes estimábamos como falta de cordura las cosas del Espíritu de Dios. Cristo nos ha dado a entender por su sabiduría todo lo relacionado con su reino, como consecuencia hemos tomado conciencia de que poseemos su mente. Él es la cabeza donde yace toda sabiduría y conocimiento, nuestro abogado y consejero, el que nos da la palabra para avergonzar a nuestros adversarios.
Cristo también es la justicia de Dios en nosotros, habiendo satisfecho las exigencias del Padre en materia judicial -la ley y su cumplimiento cabal. El Señor hizo de esa ley divina algo honorable y con magnificencia, nos dio a entender que la ley era buena y que ella era la que nos conducía a él como Hijo de Dios. Su obediencia, sufrimiento y muerte, nos hace ver que cargó con todos los pecados de cada uno de los que componemos su pueblo. Eso significa haber muerto conforme a las Escrituras, porque no rogó Jesús por el mundo la noche antes de su crucifixión, sino que lo hizo por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. En resumen, Cristo rogó y murió por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 3:16; Juan 17:20), no por el resto del mundo (Juan 17:9).
Se nos otorgó membresía en la familia celestial, donde Jesús tiene la cabeza y nosotros aprendemos de él. Una unión de gracia, con un legado que solo el ser humano puede disfrutar: los ángeles que fueron preservados de la caída no conoce la redención, puesto que nunca han estado perdidos. Los otros jamás serán redimidos, de forma que solo el hombre conoce y distingue la prisión y su liberación. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Juan 5:12). Por Jesucristo hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina, una vez que hemos huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia (2 Pedro 1:4).
Esas formas corruptas y viciosas que prevalecen en el mundo, ya no nos ocupan la mente. Porque hemos huido de la sodomía, del adulterio, del incesto, y de muchas otras formas semejantes de polución, si bien todavía estamos bajo la ley del pecado (Romanos 7). No tenemos la piedad por negocio, al estilo de Simón el mago, sino que nos ha caído la sombra protectora del Evangelio junto a la gracia, con su influencia de pureza para mantener un corazón sobrio y una boca entregada a las buenas conversaciones. Todo esto nos llega por influencia del Evangelio una vez que hemos nacido de nuevo; por eso nos agrada abstenernos de las formas y vicios que en otro tiempo constituían el pan cotidiano del alma esclava del mundo.
El Faraón de Egipto nos sirve de ejemplo del tirano que humilla al pueblo de Dios; muchas formas de actuación tiene el oprobioso ser para exponer su maltrato sobre los que pertenecemos a la piedad. Sea el Papa de Roma, sea el conglomerado de rameras derivadas de la madre de todas las rameras de la tierra, doquier se extienda el falso evangelio allí también aparecerá la huella del anticristo. Empero, la liberación hecha por Moisés bajo el mandato divino: Saca a mi pueblo de allí, se refleja en lo que logra el Evangelio cuando germina su semilla en nuestros corazones.
Como tierra abonada por el Padre Celestial, respondemos ante el grano de trigo que cae en nuestro lugar. Damos fruto por doquier, porque no pueden silenciar el Espíritu que habla en nosotros, el que nos lleva a toda verdad. No conduce el Espíritu a sus hijos de mentira en mentira, de impiedad en impiedad, sino que nos recuerda las palabras de Cristo para que andemos en luz. Los que confiesan un falso evangelio no tienen el Espíritu Santo, por lo tanto no tienen ni al Padre ni al Hijo. Al que no vive en las enseñanzas (la doctrina) de Cristo, se le reconoce como un falsario religioso que deambula de engaño en engaño.
Estos falsos piadosos desvarían con la doctrina del Señor, ellos anuncian otro evangelio, muy parecido al verdadero (porque como Satanás son capaces de disfrazarse de mensajeros de la luz). Les molesta concebir al Dios de la Biblia de acuerdo a lo que la Escritura enseña, por lo tanto se escandalizan y levantan su puño al cielo para señalar a Dios de injusto, por tener absoluta soberanía sobre los vasos de barro formados por Él. Reclaman una libertad que nunca les fue conferida, ni siquiera en el Edén donde se comprueba que el primer hombre debía responsabilidad absoluta en tanto criatura dependiente de su Creador.
Otra de las consecuencias de vivir en la doctrina de Cristo viene a ser la soledad que sentimos por andar separados del mundo. Como Elías le decimos al Señor si solamente nosotros hemos quedado; como Isaías preguntamos quién ha creído a nuestro anuncio. Al igual que Juan el Bautista sabemos que somos una voz que clama en el desierto. Confiamos por igual en que la palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada. Continuamos adelante con todos los beneficios obtenidos en Cristo, el autor y consumador de la fe.
César Paredes