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  • AMAR Y CONOCER, ORDO SALUTIS

    Dios ama a quien conoce, pero conoce a quien ama; esto forma parte del orden de la salvación, muy bien especificado en Romanos 8. El verbo amar en hebreo viene de un vocablo llamado YADA, el cual indica también una actividad íntima de la pareja. Por ejemplo, Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. También dice que Adán conoció a su mujer y ella dio a luz a Caín. Pero ese Caín conoció a su mujer y ella dio a luz a Enoc (Génesis 4:17). Por otro lado, Dios dijo que había conocido solamente a un grupo de personas de toda la tierra (Amós 3:2), pero si Él es Omnisciente debería conocer todas las cosas y a todas las personas. He allí el detalle, el verbo conocer en la Biblia refiere a dos sentidos: 1) el acto cognoscitivo propio de tener conciencia y referencia respecto a que algo es y de cómo funciona, lo que sería un acto de SABER; 2) el acto de comunión íntima como el del amor eterno del Padre. En este sentido, en Mateo 1:25 se lee que José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz a su hijo primogénito, llamado Jesús (no la conoció, pero ya la tenía por esposa y la guió en un asno, así que sabía quién era ella).

    Pero no se dice que Dios haya conocido a Esaú por el hecho de haberlo odiado, sino que aún antes de que hiciese bien o mal fue escogido como vaso de ira. Eso implica que Dios sabía quién era Esaú, aunque la Escritura no usa el verbo conocer en ese caso; la razón descansa en que Dios no amó jamás a Esaú, de tal forma que no se habla de conocer para evitar la confusión con la semántica del verbo. Lo que sí se puede afirmar en ese caso es que Dios jamás conoció a Esaú, en el sentido de tener la comunión íntima del amor eterno. El arrepentimiento para perdón de pecados, junto con la fe para salvación vienen como un regalo divino en el mismo paquete de la gracia. El Espíritu lleva a toda verdad al creyente, así que ninguno que crea puede vivir en la ignorancia del amor eterno del Padre.

    Queda excluida toda la jactancia que presupone el asumir que Dios miró en el túnel del tiempo y vio algo bueno en nosotros para escogernos. Quien así piensa no tiene la mente de Cristo y parece que el Espíritu de Dios no lo ha visitado. Una oveja llamada por el buen pastor lo sigue, jamás se irá tras el extraño (Juan 10:1-5). ¿Quién es el extraño? El que predica mentiras, el que anuncia que tenemos de qué gloriarnos (en nuestro interés por Cristo, en nuestra sabia decisión de seguirlo, en la idea de que estuvimos enfermos pero no muertos). Por otro lado, Dios no necesita mirar el futuro para llegar a conocer cognoscitivamente, ya que Él anuncia cosas nuevas antes de que salgan a luz (Isaías 42:9). ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo? (Isaías 44:7). 

    Lo que acontece en el futuro es solamente lo que Dios ha ordenado previamente que suceda. Aún los cabellos de la cabeza están todos contados, Dios se ocupa hasta de que un pájaro caiga a tierra, sus ojos nos miran y asisten al justo, pero al inicuo le aguarda su gran ira. A Jeremías le dijo que antes de que Él lo formara en el vientre de su madre ya lo conocía, es decir, ya lo había escogido como su profeta, como a un ser amado en quien prolongaría la misericordia. Ya lo había dado como profeta a las naciones, así como ha hecho con cada uno de sus elegidos: nos ha señalado el camino por donde hemos de andar. 

    Tal vez algún escéptico sugiera que esto se dice acá porque buscamos una licencia para pecar, por cuanto tenemos el camino al cielo asegurado. Bueno, la realidad es totalmente distinta pues la Biblia anuncia que fuimos predestinados para ser conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29). David fue hecho conforme al corazón de Dios, pero pecó estrepitosamente; Pablo fue predestinado para ser conforme al corazón de Cristo, pero pecaba en aquello que no quería hacer y hacía (Romanos 7). El ser conformes a Cristo no significa que dejemos de pecar, sino que ya no practicamos el pecado. 

    Nuestra naturaleza vieja nos asalta, se somete voluntariamente a la ley del pecado en nuestros miembros, pero damos gracias a Dios por Jesucristo que nos librará de este cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo biológico). Entonces, se concluye que no tenemos licencia para pecar, sino que a pesar de nuestros pecados somos perdonados y el Espíritu nos forja a la medida de Jesucristo. No hay tal cosa como una alegría por el pecado, ya que eso desfigura nuestra imagen que se asemeja a Cristo; lo que sí es cierto es que somos felices porque nuestras transgresiones han sido perdonadas y nuestros pecados cubiertos (Salmo 32). El que nos acusa de querer practicar el pecado y nos dice que esa es la razón por la que hablamos de la seguridad de la salvación, en virtud de que el Padre nos predestinó para ser semejantes a su Hijo, en realidad tiene de qué gloriarse. Esa persona acusadora cree que su virtud en los intentos por no pecar lo hace digno del reino de los cielos, así que colabora con la obra de Cristo que parece no terminada en la cruz.

    Esa persona acusadora muy probablemente estará en aquel grupo a quien Jesús le dirá en el día final que nunca los conoció (Mateo 7:23). Sí, a pesar de que Jesús sabe todas las cosas dirá que no conoció a esos hacedores de maldad, jactanciosos que nos señalan de promover el mal para que abunde la gracia. Con Pablo hicieron lo mismo: hagamos males para que vengan bienes, decían que sugería el apóstol (Romanos 3:8). Jesús sabe de cada una de sus calumnias, de sus pecados de omisión, de comisión, de su incredulidad de corazón, de su fariseísmo religioso con apariencia de piedad; sabe de su jactancia al presumir que su decisión personal y libre fue lo que hizo la diferencia entre cielo e infierno. Sabe también que ese impío considera injusto a Dios por odiar a Esaú sin mirar en sus malas obras, sabe que se escandaliza porque Dios no debería endurecer a quien quisiera endurecer sino tener misericordia de todos.

    Así predican, anunciando la persona de Jesucristo pero cambiando ligeramente su obra en la cruz; de una expiación hecha por su pueblo la hacen extensiva a todos, sin excepción. Por esta vía blasfeman de la sangre del Hijo, la pisotean como dice el autor de Hebreos, teniéndola por poca cosa, ya que aquellos por los que murió Jesús irán al infierno de fuego. Claro que irán, dicen ellos, porque no aceptaron el sacrificio hecho por el Señor en favor de todo el mundo, sin excepción. El Faraón de Egipto se endureció a sí mismo solo, sin que mediara voluntad de Dios, porque Dios no quiere la muerte del impío sino que todos los hombres sean salvos. Pero con los textos fuera de contexto niegan las Escrituras que dicen que Jehová está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Ellos niegan a un Dios tranquilo y lo colocan sufriente, frustrado porque quiso la salvación del impío y no pudo con ciertas voluntades humanas.

    El Señor conoce a los que son suyos, las ovejas del buen pastor lo conocen a él (Juan 10:14). Por esas ovejas el buen pastor puso su vida, no por los cabritos; entonces, ¿no era cierto que Jesús había muerto por todos, sin excepción? Una gran mentira de los que lo afirman, pero sería igual mentira si los que aseguran que murió solo por su pueblo consideran que ese pueblo se formó solo. Es decir, que la voluntad humana contribuyó de buena gana, gracias al mítico libre albedrío del hombre muerto en delitos y pecados, para que Dios lo eligiera como parte de su pueblo. Tal Dios que promueven los extraños es un plagiario, alguien que mira el futuro en los corazones humanos y después de copiado el guion se lo dicta a sus profetas para que digan que Jehová hizo todo eso. 

    Por cierto, los que piensan tan torcidamente pueden afirmar por las mismas razones que Dios vio que un grupo de personas iban a crucificar a Cristo, de forma que aprovechó esas circunstancias públicas y envió a su Hijo para que sucediera aquello que la gente había previsto. No que Dios lo previera, sino el entronizado hombre, ya que a Dios solo se le permite mirar en el futuro para ver lo que acontece y de allí deriva su accionar en su universo. Deberían mirar lo que dijo Juan que Cristo afirmaba respecto a los que no creían en él: vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas (Juan 10:26). Si hubiesen sido ovejas, lo habrían oído y lo habrían seguido porque él las conocía (Juan 10:27).

    Dios nos escogió a pesar de lo que éramos y de cómo estábamos nosotros (bajo la ira de Dios, lo mismo que los demás), pese a odiar a Dios, cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Sin embargo, por haber sido predestinados para salvación, para ser semejantes a Cristo, resulta irrevocable e inalterable el hecho de que creamos en aquel que nos llamó de las tinieblas a las luz. El Acusador de los hermanos tendrá su parte en el lago de fuego, al igual que sus ministros que se disfrazan de ángeles de luz. Ellos visten el atuendo de los predicadores, sonríen como los evangelistas, dan la mano como los falsos profetas que son, aplauden la teología desviada, giran o tuercen de a poco la palabra de Dios para que no se vea demasiada desviación. Algunos de ellos se hacen llamar reverendos (un nombre dado a Dios), otros se dicen apóstoles (cuando ya ellos se extinguieron, como bien lo asegura Pablo al decir de él mismo que era el último de ellos: 1 Corintios 15:5-8). Debe ser que estos nuevos apóstoles han visto a Jesús y él les ha declarado nuevas profecías. 

    Aquellas personas que no comprenden la proposición sencilla del evangelio, buscarán con desespero el apoyo del misticismo, de las nuevas lenguas, de los nuevos profetas que inventan fábulas, de los intérpretes novedosos de las Escrituras, de los que decretan para que suceda algo que el Señor no mandó. Ellos no tienen la mente de Cristo por cuanto no poseen el Espíritu de Dios, por lo tanto no son de Cristo. En realidad no les ha amanecido el Señor a quien dicen seguir en su culto extraño. Buscan señales para autenticar la fe espuria en el dios inventado que se les presenta como otro ídolo.

    César Paredes

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