Etiqueta: EVANGELIO

  • LA SUBSTANCIA DE LA DOCTRINA

    El cristianismo es racional y moral, decimos; hemos de tener una conducta acorde con el Maestro Jesús. Pero la cultura dejada como huella nos mostró a un hombre de pelo largo, a pesar de que él no hizo ningún voto de nazareo. El nazareato era un sistema de apartamiento para Dios, propio de la cultura hebrea, mediante un voto de cumplir una serie de preceptos en la vida. Los nazareos se abstenían tanto del vino como de cortarse el cabello, al igual que no se acercaban a los muertos. Vemos por las Escrituras que Jesús tomó vino, resucitó a Lázaro, estuvo con leprosos, por lo que no imaginamos cómo es que tuvo el pelo largo.

    Tal vez la confusión viene porque al ser oriundo de Nazaret, el mote de nazareno se asemeja al de nazareo; por otro lado, en el asunto del pelo, recordemos que Jesús se apareció al apóstol Pablo. Si hubiese venido con cabellera larga, de seguro el apóstol no se hubiera atrevido a escribir en una de sus cartas que al hombre le honra el pelo corto, mientras la mujer debe mantener su cabellera larga. De todas maneras, Jesús el Cristo es mucho más que un emblema social representado por un hombre con un tipo de cabello; es más que un conjunto de hábitos de misericordia y cordialidad con la gente necesitada.

    La cristiandad ha de andar de acuerdo con la racionalidad y con la moral que presentan las Escrituras. Jesús nos dejó ejemplo de sus pisadas, si bien no de pecado alguno; en tal sentido, ninguno podrá ser igual que Cristo, pero eso no indica que no podamos conducirnos como él. La esencia o sustancia implica el todo de una cosa, en este caso del que hablamos nos referimos a la naturaleza de la doctrina de Cristo. La naturaleza de Cristo (la ousía – οὐσία), constituye la razón por la cual pudo cumplir todas las prescripciones de la ley divina. No podía ningún hombre contaminado de pecado acatar a plenitud el mandato de obediencia a la ley, así que la maldición que ella trajo seguía como una espada en la cabeza de cada ser humano.

    Pero Jesucristo cargó con todas las sanciones que nos eran contrarias, habiendo clavado en la cruz el acta de los decretos que teníamos en contra. Nosotros, estando justificados en su sangre seremos salvos de la ira de Dios (Romanos 5:9). Fuimos perdonados por un acto judicial divino, no a expensas de la ley sino en virtud de su cumplimiento; no que nosotros la hayamos cumplido, sino quien nos representó en ese madero. Somos plantas sembradas por el Padre en su huerto, así que Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada (Mateo 15:13). Esto nos recuerda aquella escena donde Jesús exponía su doctrina, lo que nos lleva a deducir su esencia. Hablamos de lo que narra el evangelio de Juan, en el capítulo 6, cuando muchos de los que lo seguían se ofendieron por la enseñanza de la soberanía de Dios en materia de redención.

    El evangelio de Jesucristo es sabiduría y misterio, algo que estuvo escondido desde los siglos (Isaías 64:4; 1 Corintios 2:9). Ese evangelio estuvo ordenado antes de que el mundo fuera, como un conjunto de cosas invisibles no oídas. Esto engloba la doctrina de la gracia junto con la buena noticia para el pueblo de Dios, asuntos que Dios no quiso revelar antes para el mundo pagano. Hoy ha sido dado a conocer al mundo en general, pero en ese mundo, nosotros como gentes no judías hemos sido beneficiados. Ese conocimiento es desde siempre, pero la predicación del evangelio nos trajo la sabiduría escondida desde los siglos.

    Esa sabiduría anunciamos ante todos, para que los que sean llamados escuchen la voz eficiente del que puede salvar al pecador. El Padre de Jesucristo, nuestro Señor, nos hizo renacer para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros (los que esperamos en Cristo, los que fuimos ordenados desde antes de la fundación del mundo para ser salvos) -1 Pedro 1:3-4; Efesios 1:11. Por tal razón somos guardados por el poder de Dios, mediante la fe; por lo tanto, soportamos las pruebas que ocurren apenas durante un momento comparado con la eternidad de la gloria venidera.

    El apóstol Pedro se regocijó de que nosotros amemos al Señor sin haberle visto, y eso hacemos al recibir lo que los profetas inquirieron y sobre lo cual escribieron, si bien a ellos no les tocó sino administrar estos asuntos para nuestro beneficio. La era del evangelio tiene gran importancia, debería alegrarnos lo suficiente para que no nos dejemos atrapar por los encantos del mundo. Fue Dios hecho hombre quien vino a exponer la doctrina del Padre, con insistencia y buen orden. Sus apóstoles continuaron con la misión encargada, para que pudiéramos tener lo que fue completado, y junto a otros escritores nos legaron el libro sagrado. Somos beneficiarios de excepción en este mundo hostil, dado que los misterios del evangelio son aclarados ahora y no lo fueron en el tiempo de los antiguos profetas.

    La esencia del consejo de Dios respecto a la salvación, nos llegó como si fuese un dibujo esquemático del plan concebido para beneficio de un pueblo, de un real sacerdocio, de una nación santa, de un linaje escogido, de entre aquello que el mundo ha despreciado y ha tenido como lo que no es. Dios nos escogió para que seamos ricos en fe, así que no nos entretenemos en las veleidades mundanales, sino que aspiramos siempre a algo mejor. Caminamos como extranjeros y peregrinos, pero hacia la patria que está en los cielos, donde Jesucristo fue a preparar un lugar para nosotros.

    El Señor nos trae paz y alegría, junto con la justificación y la santificación. Poco importa que el pecado todavía batalle contra nosotros, porque existe esa ley del pecado que domina a veces nuestros miembros (Romanos 7). Procuramos matar las obras de la carne, eso hacemos a diario con la ayuda del Espíritu; pero estamos sometidos todavía a un mundo contaminado y pesimista, que odia a los que somos de Dios. El mundo no nos ama, y el mundo tiene demasiada gente odiosa, pero Dios nos sigue dando alegría y paz, señalándonos que la perfección absoluta está en los cielos que ahora vemos como por espejo. En ese lugar nuestras almas y cuerpos serán glorificados, frente a una gloriosa compañía: el Padre, el Hijo y el Espíritu, junto a los ángeles guardados de caer y a una multitud de seres humanos santificados.

    Nosotros como seres malos damos buenos regalos a nuestros hijos, a los seres de nuestro afecto, pero Dios que es bueno cuánto más no nos dará. Nos ha dado ya su Santo Espíritu que mora en nosotros hasta la redención final, para guiarnos a toda verdad porque no nos deja en la ignorancia respecto a la verdad del evangelio. Gracias a ese Espíritu, y por medio de la palabra inspirada a los santos hombres de Dios, podemos distinguir el evangelio de la verdad del evangelio de los falsos maestros. El gran Dios nos ha preparado grandes cosas a cada una de las personas que somos de su afecto; Cristo nos ha llamado sus amigos, dado que el Padre tiene un considerable afecto por sus hijos adoptados, entregados al Hijo como linaje prometido.

    Jugosos y pesados racimos de uvas se encontraron en Canaán, la tierra prometida, como una brevísima muestra de la grandeza de una promesa divina; por igual, Pedro y Juan fueron testigos por un momento de la transfiguración en la montaña con Jesús, mirando de soslayo la gloria de Cristo en la transformación. Pablo fue transportado al tercer cielo y vio cosas que no pudo narrar por no encontrar las palabras adecuadas, una escena que nos evoca lo que nos aguarda a cada creyente. Los cuantiosos milagros del Señor cuando estuvo con sus discípulos, al reprender la tempestad para hacer una gran bonanza, al multiplicar los panes y los peces, al convertir el agua en vino, al levantar a Lázaro de entre los muertos, al sanar cuerpos enfermos, nos da a entender no solo de su poder sino de su misericordia. Verlo a él será el atractivo especial, al mirar sus manos y sus pies, su costado traspasado por causa de nuestros pecados como pago por nuestra salvación.

    Esa es la esencia o substancia de la doctrina que vino a enseñar Jesús entre nosotros. Vino a decirnos que el Padre tiene todo el poder que puede concebirse en Dios, pero que por su amor escogió a unos cuantos para mostrarles las riquezas de su gloria. Nos sacó del mundo, no porque valiéramos algo más que los que dejó en ese mundo, sino porque nos quiso amar por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no amarlo en consecuencia? ¿Para qué pecar, si soy salvo? ¿Cómo vivir aún en el pecado? ¿Perseveraremos en el mal para que la gracia abunde? En ninguna manera, sino que el pecado siendo la causa de la ira de Dios vino a ser una ocasión para que Dios mostrara su gracia perdonándonos en Jesucristo.

    El evangelio refleja la substancia de la doctrina de Cristo, muestra su pago por el pecado de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17-9; Juan 3:16). Si miramos esas tres citas bíblicas entenderemos el sentido de su muerte y resurrección, porque fue a su pueblo que vino a salvar, no al mundo por el cual no rogó, por lo cual cumplió el designio del Padre en cuanto a su mundo amado. Pero si supiésemos esa verdad de puro razonamiento nuestro, sin el Espíritu de Cristo que devela la mente de Dios para nosotros, seríamos solamente conocedores del intelecto. Sin embargo, podemos decir en virtud del nuevo nacimiento que nos dio ese Espíritu de Dios que Él me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gálatas 2:20). En ese plano completamos la esencia de su doctrina, su entrega por sus amigos, su amor con el cual nos hizo amarlo en consecuencia.

    César Paredes

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  • CAMINAR EN EL ESPÍRITU (ROMANOS 8:8-9)

    ¿Qué no se puede decir que sea el caminar en el Espíritu? Representa una categoría muy amplia, especial y apartada para los que hemos nacido de nuevo. Estar en Cristo implica haber huido de la condenación venidera, pero no podemos caminar en el Espíritu si antes no hemos nacido de él. Solamente existen dos estados posibles, el de salvación y el de condenación, un estado del pecado y otro de la justicia y rectitud. Los seres humanos caminamos en esos dos estados pero de manera excluyente, ya que si alguno está en Cristo nueva criatura es (las cosas viejas pasaron, incluyendo el estado de pecado).

    El que hayamos salido del estado de condenación no significa que el cristiano no peca a diario; hay pecados de comisión y de omisión, ya que no solo se hace lo malo sino que se deja de hacer lo bueno. Si nos miramos hacia el alma terminamos diciendo con Pablo que somos unos miserables por hacer lo que no queremos hacer (Romanos 7), pero de seguro que si lo decimos será porque andamos en el Espíritu. Saulo de Tarso caminaba en la carne y no tuvo remordimiento alguno por el asesinato de Esteban, ni por encerrar a los creyentes en la cárcel. Solamente convertido en Pablo pudo conocer el pavor del pecado, percibir por igual el disgusto de la suciedad del hecho inicuo.

    Caminar conforme al Espíritu nos da una señal grandiosa: estamos en Cristo Jesús y ninguna condenación nos amenaza (Romanos 8:1). Los esclavos de la carne continúan bajo el mandato de su príncipe, entenebrecidos en su entendimiento al grado en que no pueden discernir las cosas del Espíritu de Dios. Cosa terrible, porque su mucha inteligencia para las ciencias o para las humanidades no les ayuda en el área espiritual. Más bien les entorpece y les cuentan como locura los asuntos de Dios; algunos han llegado a decir que no hay Dios, que ellos surgieron del azar, de una ameba que evolucionó hasta lo que hoy somos todos. No solo andan en tinieblas sino que son tinieblas, de acuerdo a Efesios 5:8, en tanto continúan como hijos de ira en virtud de su ceguera, ignorancia y oscuridad espiritual. 

    No existe un camino medio, donde el individuo no sea luz o tinieblas, sino más bien un claroscuro. No, en asuntos del espíritu la Escritura en forma clara nos advierte que o somos hijos de la luz o lo somos de las tinieblas, y el que anda en la luz no puede andar al mismo tiempo en la oscuridad. Eso equivale a la confesión del evangelio, ya que no se pueden confesar los dos evangelios que existen: el de Jesucristo y el del anticristo. O se es un árbol bueno que da su fruto bueno, o se es un árbol malo que da su fruto malo; sabemos que de la abundancia del corazón habla la boca. Ese sistema binario lo ha creado el mismo Dios, ya que su santidad deja por fuera la iniquidad. 

    Cada creyente camina en un estado de vida, como oveja que sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cada incrédulo camina en un estado de muerte, alejado de la gloria de Dios. Poco importa que se haya acercado al evangelio, como también lo hizo Judas, ya que el participar de los frutos de la vida venidera no hace crédula a la persona. Existe una simulación, bien sea con la intención de engañar a otro o bien sea con el autoengaño, como producto de una imaginación de fe. Lo cierto es que el que no ha nacido de nuevo no ve el reino de Dios. 

    La naturaleza humana no puede elevar al hombre a un lugar celestial, sino que lo enclava en el mundo junto a su príncipe, para ser abatido por cada circunstancia de angustia y ansiedad que conforma el sustrato espiritual de vivir bajo las maquinaciones del maligno. El diablo le prometió mucho a Eva, que seríamos como Dios (o como dioses, porque involucraba a Adán), pero le dio muy poco: solamente el pecado para que por la desobediencia conociéramos el bien junto al mal. Pero finalmente quita todo del hombre, ya que su alma la lleva cautiva hasta una eternidad de oscuridad y dolor. El rescate del Creador se manifiesta a través del Redentor, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). 

    La humanidad entera heredó la deuda de Adán, pero la incrementó con sus intereses y por comisiones de pecados tras pecados. La dádiva de Dios se denomina vida eterna en Cristo Jesús, porque en Cristo todos los que son de Cristo viven. La gracia sobreabundó allí donde abundó el pecado, pero en el plan inmutable del Dios de la creación existe un pueblo elegido para conocer las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a la luz. De acuerdo al beneplácito de Dios, Jesús murió por todos los pecados de ese pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo no amado (Juan 17:9) sino que murió por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). 

    La justicia de Cristo se nos impartió a todos los que hemos creído, se impartirá por igual a los que lleguen a creer, pero nadie puede llegar a creer si el Padre no lo envía hacia el Hijo. Solamente aquellos que el Padre envía irán definitivamente hacia el Hijo, para nunca ser rechazados ni echados fuera. Esta palabra del Evangelio suena muy dura de oír para muchas personas que tienen simpatía por el evangelio, que se han acercado en forma voluntaria o curiosa a la palabra de vida eterna. La dureza de esas palabras de Jesús produce murmuración y contienda en algunos, de forma que pasan a creer un evangelio diferente que contiene palabras más blandas. Pero como dice el viejo adagio latino: la palabra blanda trae su veneno (Blanda oratio habet venenum suum).

    La Biblia nos habla de la corrupción que produce el pecado, aún desde el vientre de la madre: Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron (Salmo 58:3). Por la caída de Adán toda la humanidad quedó sumergida en nociones equivocadas acerca de quién es Dios y quién es el ser humano. El estado natural humano se encuentra tejido en corrupción, por lo cual el individuo va tras la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 2:2). La materia prima de ese tejido del alma humana no es otra que concupiscencia y pecado, lo que hace imposible que el hombre cumpla la ley de Dios, pero que hace inevitable que provoque una voluntad contraria a la naturaleza de Dios.

    Estar en Cristo y caminar con Cristo presuponen el cambio de corazón realizado en nosotros por el Señor. Somos nuevas criaturas, con un espíritu nuevo, con la mente de Cristo, con el Espíritu Santo que nos habita; por igual caminamos y vivimos en la doctrina de Jesucristo, para que se muestre que tenemos al Padre y al Hijo. Jesucristo cargó la condenación de nuestros pecados, nos justificó de todos ellos, sean los pecados pasados, presentes o futuros, por lo cual podemos decir que tenemos una unión con el Señor que se muestra indisoluble. ¿Quién nos condenará, o quién nos acusará? Cristo nos libró de la condenación venidera aboliendo toda nuestra culpa por las iniquidades, cuando murió en la cruz y derramó su sangre en ofrenda por nuestros pecados (por todo el pecado de su pueblo). 

    Estamos en Cristo no como cristianos que profesan externamente un credo, sino en la unión indisoluble que impone el Espíritu de Dios en nosotros, por medio del nuevo nacimiento, como poseedores del mismo linaje de Dios. Hemos sido llamados hijos adoptivos del Creador, estamos unidos a Cristo como un cuerpo a su cabeza, en un pacto de gracia, preservados en sus manos y en las de su Padre. Ese pacto de gracia rompió el ligamen de la carne caída en Adán, por la cual moriríamos eternamente como paga por el pecado; ya que Dios, que es rico en misericordia, nos amó con amor eterno y procuró este nuevo pacto eterno que nos convenía. Este es el caminar en el Espíritu.

    César Paredes

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  • EL EVANGELIO PURO Y SIMPLE

    Entender el evangelio de Jesucristo no lleva mucho tiempo, pasa por comprender una proposición del Creador en relación a Él mismo y a su Hijo, por medio del Espíritu Santo. En el principio Dios creó los cielos y la tierra, anuncia el Génesis; en el principio era el Verbo, escribió Juan. Ese principio presupone un comienzo desde la perspectiva humana, pero no indica que Dios haya tenido un comienzo. La eternidad de la Divinidad pasa como algo incomprensible en el plano de la limitación humana, pero tenemos el tiempo como medida y podemos valorar por éste la inmensidad del término eterno.

    La Biblia pone de manifiesto la pequeñez del hombre frente al universo, cuánto más frente al Hacedor de todo. La más mínima partícula que imaginemos, hemos de concebirla como controlada y ordenada por Dios, para que se cumpla de esa manera todo cuanto ha querido. La voluntad divina se nos muestra suprema, dominante, persuasiva, frente a la voluntad humana quebrantada, dirigida, dominada, pero que se exhibe como queriendo existir por cuenta propia.

    Dios ha querido que la humanidad sienta la libertad que no tiene por causa de ser una criatura, aunque exige responsabilidad a cada uno de nosotros. El hombre, corona de la creación, debe un juicio de rendición de cuentas ante su Hacedor. La Escritura afirma que se ha establecido para los hombres que mueran una sola vez, después de eso viene el juicio. La justicia divina tiene un parangón de elevación muy alta. Por medio de la ley vino el conocimiento del pecado, pero la ley se dio en dos formas: 1) en el corazón, la conciencia o la mente humana; 2) a través de las tablas de Moisés, en forma escrita y precisa.

    La ley no pudo salvar a nadie, se entiende que en ninguna de sus formas (ni en la conciencia ni en la forma de mandatos escritos). Donde abundó la ley abundó el pecado, pero la gracia de Dios creció y se manifestó a la humanidad por medio de Jesucristo. Claro está, dentro del plano de la soberanía divina, esa gracia se manifiesta a los que Dios ha querido manifestarla. Esto lo rechaza la mente humana, siempre irascible contra Dios. El hombre odia a Dios, declara en forma explícita la Escritura; existen los que odian a Dios, dado que la naturaleza humana corrompida continúa en enemistad contra el Creador.

    ¿Cómo puede un Dios justo justificar al impío? Ciertamente no por medio de un indulto sino a través de la aplicación de la justicia. En otros términos, el Hijo de Dios vino para cumplir toda la ley sin quebrantarla en ningún punto. De esa forma se convirtió en la justicia de Dios y en nuestra justificación. Gracias al trabajo de Cristo en la cruz, así como por su vida sin pecado, el Padre nos mira justificados por mediación de la fe en su Hijo. La Biblia asegura que ninguna persona puede venir a Jesucristo si el Padre no lo trae, pero añade que todo lo que el Padre le da al Hijo éste lo resucitará en el día postrero y no será echado fuera jamás.

    También podemos leer en las Escrituras que los creyentes estamos guardados en las manos del HIjo y en las del Padre, el cual es mayor que todos. Ni la muerte, ni la vida, ni lo ancho, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús. En tal sentido se nos declara más que vencedores, poseedores de la mente de Cristo, templo del Espíritu Santo, herederos de la vida eterna. Se nos ha otorgado la promesa de concedernos todo lo que pidamos al Padre en el nombre del Hijo, para nuestra alegría y para la gloria del Señor.

    Hay gente que adora a Dios pero no tiene idea de quién es Él, sino que desconoce su justicia. Ese gran celo mostrado de nada le sirve (Romanos 10:1-4). Una vendedora de púrpura adoraba a Dios, cuando oía a Pablo no fue sino hasta que Dios abrió su corazón que pudo bautizarse (Hechos 16:14). Lázaro salió de la tumba cuando escuchó la orden del Señor, como cualquier ser humano muerto en delitos y pecados que oye la misma voz llamándolo a creer en Jesucristo como el Hijo de Dios, el que se convirtió en nuestra justicia.

    Existe un trabajo interno de conversión del corazón, pero esa actividad compete a Dios mientras sus objetos de cambio permanecemos pasivos. No depende de nosotros, ni de nuestro querer y hacer, sino de la buena voluntad de Dios en quienes Él quiere. Éramos como ovejas descarriadas, pero ahora hemos vuelto al Pastor y Obispo de nuestras almas (1 Pedro 2:25). Me azotaste, y fui castigado como novillo indómito, conviérteme, y seré convertido, porque tú eres Jehová mi Dios (Jeremías 31:18). Pero le sigue a este acto de conversión una actividad externa en la cual nos involucramos activamente: Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíamos en ellas (Colosenses 3:5-7).

    Dios puso enemistad entre la serpiente y la mujer (Eva), y entre la semilla del diablo y la de la mujer (Jesucristo); Él la heriría en la cabeza, pero la serpiente lo heriría en el talón (Génesis 3:15). Desde entonces vivimos en medio de un escenario de batalla espiritual con efectos en la historia humana, con la desolación del pecado heredado por la vía de Adán (porque en Adán todos mueren). En Cristo, en cambio, todos vivimos. Ese todos vivimos va referido a todos aquellos que el Padre amó desde la eternidad para dárselos a su Hijo como herencia.

    El Evangelio procede de una semilla incorruptible, fue dado como promesa a Abraham, por lo cual la Escritura afirma: En Isaac te será llamada la Semilla (la cual es Cristo: Gálatas 3:16). He allí el evangelio puro y simple que se nos ordenó anunciar al mundo. A partir de ese anuncio, todas las ovejas que sean llamadas eficazmente creerán y seguirán al buen pastor; habrá ovejas que todavía no serán llamadas sino más tarde, en cualquier momento de sus vidas, de acuerdo al plan de Dios. Las cabras no escucharán con gozo este mensaje, sino que se incorporarán al rebaño para molestar a las ovejas.

    Esas cabras traen los falsos anuncios de salvación, enturbian la fuente de agua limpia, tuercen la Escritura para su propia perdición. De ese sitio provienen los falsos maestros, los que enseñan mentiras como doctrinas de demonios, los que convierten la gracia en salvación por obras. Esas cabras suponen que fueron regeneradas por sus propios esfuerzos en combinación con la gracia de Dios, pero esa mezcla evidencia una palabra corrompida. En cambio, nosotros hemos sido regenerados, no de la corruptible semilla sino de la incorruptible, de la Palabra de Vida de Dios, la que permanece para siempre (1 Pedro 2:23).

    La semilla corruptible viene bajo maldición (Gálatas 1:8-9), por lo cual conviene tener en cuenta que no puede haber transición alguna entre lo corruptible y lo incorruptible. Los que hemos creído el evangelio puro y simple lo hemos hecho gracias a la incorruptible semilla que nos fue dada (Juan 17:20). Esa palabra de aquellos primeros apóstoles vino sin contaminación alguna, de forma que tenemos la seguridad de que jamás nos iremos tras el extraño (Juan 10:1-5).

    Los de la palabra corruptible o anatema irán siempre tras el extraño, con una doctrina diferente, llamarán Jesús a su falso Cristo, que no es el mismo de las Escrituras. Por esa razón confunden un poco a primera vista, pero cuanto probamos sus espíritus sabemos que no son de Dios. Satanás mismo junto a sus ministros se disfrazan de ángeles de luz. Los de la semilla incorruptible crecemos en gracia y conocimiento (2 Pedro 3:18); de cierto que este crecimiento viene como consecuencia de haber sido llamados de las tinieblas a la luz admirable (1 Pedro 2:9). El Espíritu de Cristo no llama a nadie de las tinieblas a las tinieblas, empero el espíritu del Anticristo sí que lo hace: su interés consiste en que sus esclavos continúen en la oscuridad doctrinal.

    En vista de lo acá dicho, llamamos a todos aquellos que han oído y seguido el evangelio de la gracia para que continúen con la verdad siempre. No puede ser de otra manera, la palabra dura de oír de Jesucristo espantó a muchos de sus discípulos (Juan 6), ya que cuando no se ha recibido el llamamiento eficaz la gente imita el seguir a Cristo, vive en una ilusión que los adormece más, hasta terminar definitivamente con el espíritu de estupor para perderse tras la mentira. La razón de ello, entre otras cosas, se debe a que no aman la verdad. En realidad ellos continúan siendo enemigos de Dios, dando el mal fruto de un mal árbol, el cabezazo de las cabras, aunque se cuelen a la fuerza en el rebaño de las ovejas.

    Los falsos pastores se llaman asalariados, buscan su propio vientre, huyen frente al lobo y no aman a las ovejas. No pueden amarlas porque no han sido amados por el buen pastor. Pero el Señor tiene todavía pueblo en Babilonia, así que le continúa diciendo que salga de allí, para que no continúe bajo sus plagas. Juan advierte a los creyentes para que no le den la bienvenida a los que no viven en la doctrina de Cristo, porque los que se extravían no tienen ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11).

    César Paredes

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  • NUESTRA ELECCIÓN

    Pablo confesó que estaba limpio de la sangre de todos aquellos a quienes había predicado, porque no había rehuido el anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:26-27). En otros términos, no solamente predicó a Cristo como el enviado de Dios para salvar lo que se había perdido, sino al Señor Dios soberano, el que hace como quiere, el que odió a Esaú pero amó a Jacob aún antes de que hiciesen bien o mal. Por más que sintió profundo dolor en su corazón por ese mensaje que debía entregar, lo hizo para que se aclarara ese consejo de Dios tan ocultado por escribas y fariseos, pero que sigue escondido bajo los púlpitos modernos porque alejan a las cabras que tienen en sus aposentos.

    Jesucristo predicaba la doctrina de su Padre, de manera que hace falta no solo conocer su persona sino también su trabajo. Él vino en exclusiva a poner su vida por las ovejas, no por los cabritos. El que no es oveja no puede venir a él (Juan 10:26), el que no es enseñado por el Padre y no ha aprendido de Él, no podrá venir a él (Juan 6:45). Ninguna persona puede venir a Cristo por cuenta propia, a no ser que el Padre lo traiga (lo arrastre, de acuerdo al verbo griego usado: ELKO), en tanto todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá al Hijo, y no será jamás echado fuera (Juan 6:37 y 44). Y el Señor acortará los días finales por causa de los elegidos (Marcos 13:22). También se levantarán falsos Cristos y engañosos profetas, maestros de mentiras, haciendo señales y prodigios maravillosos, para seducir -si le fuere posible- aún a los elegidos (Marcos 13:27).

    Fijémonos en el futuro de subjuntivo que usó Jesús en esa frase. Eso indica una absoluta imposibilidad, de manera que los elegidos no seremos seducidos por esos falsos maestros que anuncian un Cristo de maravilla, ajustado a la talla de cada quien. Como un traje hecho por un sastre, así resulta el ídolo que cada quien se forja conforme a la medida de su mente, dando soltura a su imaginación respecto a lo que debería ser Dios. Ya en el final de todo, Dios enviará sus ángeles para reunir a sus elegidos, desde los cuatro vientos de la tierra (Marcos 13:27). El Señor vengará a sus elegidos, los que clamamos a él día y noche, no se tardará en responderles (Lucas 18:7).

    Vemos que la Biblia habla cantidad de veces acerca de los elegidos, de los escogidos, de los predestinados, de los ordenados para vida eterna. Esos son los mismos que el Padre conoció o amó. Recordemos que la Biblia dice que Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. También Jesús afirmó que al fin de los tiempos dirá a un grupo de personas, que hacían milagros en su nombre y echaban fuera demonios, que nunca los conoció. ¿Cómo puede el Dios Omnisciente -que conoce todas las cosas- afirmar que va a decir que no conoció a ese grupo de personas? ¿Cómo pudo decir, igualmente, a una nación o entidad territorial o grupo de gentes que a ellos solo conoció de entre todas las demás personas de la tierra? Sencillamente porque en la Biblia el verbo conocer no solo significa una actividad cognitiva, sino que también implica una comunión especial.

    El contexto de los textos define el término usado, de manera que así como el vocablo LOGOS en griego tiene más de diez sentidos distintos, desde escardilla hasta Verbo, estudio, entendimiento, lógica, etc., también muchos otros vocablos poseen sentidos diversos. ¿Cómo se hace para saber qué sentido empleó el escritor bíblico? Sencillamente el contexto ordena la rectitud interpretativa. Cuando Pablo en Romanos 8:29-30 habla de los que Dios antes conoció, dice de inmediato predestinó, llamó, justificó y glorificó. Se entiende que una persona predestinada lo fue porque alguien con capacidad soberana para actuar lo hizo. No vio Dios nada bueno en el hombre, cada cual se apartó por su camino, todos se desviaron, no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, todos están muertos en delitos y pecados. Entonces, dado todo ese contexto bíblico, ¿cómo pudo Dios escoger a alguien porque vio algo bueno en esa persona?

    Si Dios vio algo bueno en esa persona a escoger entonces esa persona escogida tendrá de qué gloriarse, dirá que su salvación depende del trabajo de Cristo en la cruz y de sí mismo, gracias a su voluntad y a ese algo bueno que hizo que Dios lo escogiera. Por esas razones, el texto de Romanos 8 ha de entenderse como el que hace referencia a aquellas personas que el Padre amó (conoció íntimamente, con amor eterno, de acuerdo al puro afecto de su voluntad). No podrá entenderse tampoco como que Dios miró en el túnel del tiempo y vio que alguien iba a amarlo a Él. Si tal cosa hizo, entonces Dios no es Omnisciente, no sabe todas las cosas, sino que tiene que averiguarlas para después actuar en consecuencia. Tal cosa creen los del teísmo abierto, los que suponen que Dios no sabe el futuro sino que lo va averiguando según las múltiples posibilidades que tiene la persona para actuar de una u otra manera.

    Pero el Dios de las Escrituras anuncia que Él declara el final desde el principio, porque Él hace el futuro, no lo descubre ni adivina. Si lo adivinara al mirar en los corazones humanos, sería un Dios que plagia las ideas humanas y las aprovecha para actuar en consecuencia, además de que dicta a sus profetas las cosas no propias sino las ideas que se robó en las mentes de los seres humanos. Así y aún más continúa la blasfemia de los que anuncian la herejía de la expiación universal.

    Haber sido elegido por Dios significa haber sido escogido para creer en Jesucristo, para ser semejante al Hijo de Dios, para heredar la vida eterna, para vivir en santidad y aguardar la glorificación final. La Biblia también habla de los ángeles elegidos (1 Timoteo 5:21), de los elegidos de acuerdo al conocimiento (amor) previo de Dios (1 Pedro 1:2). Por cierto, en esta carta de Pedro se ve claramente el destinatario de la misiva, así que cuando el apóstol menciona que Dios no quiere que nadie se pierda, sino que todos procedan a arrepentimiento, ya usted deberá saber -por ese contexto introductorio- de quiénes está hablando.

    ¿Qué tipo de personas escogió Dios para salvación? Muchos tipos de personas (como le dijo Pablo a Timoteo: 1 Timoteo 2:4); pero Dios salvará a quien Él quiere salvar, ya que no depende de voluntad de varón sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Por igual se ha escrito que Dios endurece a quien Él quiere endurecer, así que no depende de nosotros. El contexto en que Pablo le escribe a Timoteo sobre la voluntad de Dios en salvar a todos, nos habla de categorías de personas: en el verso 1 se nos dice que se exhorta a hacer ruegos (oraciones), intercesiones y acciones de gracias por todos los tipos de personas, los que están en autoridad (reyes, presidentes, magistrados, etc.), para que vivamos quieta y reposadamente. Entonces, tanto por amos como por esclavos, por ricos y pobres, por los que están en eminencia, por los asalariados, por los pobres de la tierra. En fin, ese conglomerado de personas que el Dios mismo escogió desde antes de la fundación del mundo para ser objetos de su gracia y amor continuo.

    En 1 Corintios 1:26-29, la Biblia compendia el conjunto de los redimidos: No sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte, y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Incluso este texto no está indicando que todos los necios de la tierra fueron escogidos para salvación, ni todos los débiles del mundo, ni todos los viles y menospreciados, sino que de entre ellos escogió Dios a algunos.

    Pablo añade que los injustos no heredarán el reino de Dios, ni los fornicación, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11).

    Entonces, nuestra elección es perpetua, cae dentro del renglón de la profundidad de la sabiduría de Dios, dentro de lo inescrutable de sus juicios y caminos. ¿Quién entendió la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? El ladrón en la cruz nació de nuevo casi en el último instante de su vida, pero Juan el Bautista nació de nuevo desde el vientre de su madre. Dios hace como quiere, salvó a ese ladrón a su lado pero dejó que el otro descendiera al infierno. Redimió a Pedro, a pesar de haberlo negado varias veces, pero condenó a Judas que se amargó por su pecado. El Dios soberano no respeta los derechos supuestos de las personas, simplemente cada individuo le debe a Él un juicio de rendición de cuentas.

    César Paredes

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  • DOS EVANGELIOS (GÁLATAS 1:6-9)

    No que haya dos evangelios, sino que algunas personas en su perversión anuncian otro diferente. Esa premisa de Pablo nos conduce a la síntesis de la existencia de un solo Evangelio, el anunciado por Jesucristo y sus apóstoles, el revelado a través de Isaías y de los demás escritores bíblicos. Ya en el Génesis encontramos su aparición cuando Jehová cubre de pieles de animales la desnudez humana, o cuando se le anuncia a Eva la Simiente prometida que vencería a la simiente del dragón, la denominada serpiente antigua. Así que no hay nada nuevo pero sí algo original y propio del Dios de las Escrituras, lo cual hace deducir que desde antes de la fundación del mundo existía el Evangelio en el pacto interpersonal de la Divinidad.

    En la ejecución de la redención las tres personas divinas realizan su operativo particular: el Padre ordenó todo cuanto existe y ha hecho la predestinación y elección eterna, el Hijo vino a morir por todos los pecados de su pueblo, el Espíritu Santo regenera a la criatura que ha sido enseñada por Dios y que ha aprendido para ser enviada a Cristo. Esto tiene apoyo de las Escrituras, en múltiples textos, como ya se ha escrito en otros artículos.

    El anuncio de la buena nueva de salvación nos toca a los creyentes como tarea, sin distinción de personas, para llamar a toda posible criatura humana al arrepentimiento y a creer en el Evangelio. Poco importa si el que escucha el mensaje no posee la capacidad natural para creer, ya que no es de todos la fe y ella viene como un regalo de Dios. Ciertamente, sin fe resulta imposible agradar a Dios. Pero la metanoia (arrepentimiento en griego) implica un cambio de mentalidad respecto a dos cosas, por lo menos: 1) En relación a quién es Dios. Ya no será la misma concepción que como seres naturales acostumbramos a tener, como si fuese un ser minúsculo o un genio de una lámpara, que nos escucha para venir en nuestro auxilio a concedernos deseos o favores. Ahora se trata de verlo en su dimensión bíblica: el Hacedor de todo, el Todopoderoso Jehová que hace como quiere y no tiene consejero, un Dios soberano en forma absoluta que ha elegido el destino de todo cuanto ha creado; 2) En relación a quiénes somos nosotros, ínfimas criaturas que estamos acá en esta tierra por obra divina, que nos infatuamos sin tener con qué, que presuponemos que venimos de la nada o de una ameba a través de un proceso evolutivo. Una vez arrepentidos de esas falsas creencias, pasamos a comprender que nunca podemos vivir en forma independiente de nuestro Creador.

    Ese arrepentimiento de lo que hemos sido nos conduce a ser otros, a creer de otra manera en el Dios que nunca habíamos imaginado porque como criaturas naturales no lo podíamos discernir, por lo tanto nos parecía locura todo lo que oíamos al respecto. El nuevo nacimiento que nos da el Espíritu de Dios nos otorga vida eterna que comenzamos a disfrutar desde ahora mismo, por lo cual nos volvemos voluntarios de Dios en este día de su poder en nosotros. Dios es el que ha elegido, no basado en nuestras obras muertas (delitos y pecados) sino en su buena voluntad y gracia soberana. Tuvo misericordia de los que eligió desde la eternidad, amándonos con amor eterno y prolongándonos su misericordia. Pero en su lado opuesto Él endureció a quien quiso endurecer, para que la redención se muestre por gracia y no por obras, a fin de que nadie se gloríe.

    Para que la gente se evite malas interpretaciones, la Biblia enseña que todos hemos pecado y hemos llegado al estatus de apartamiento de la gloria de Dios. Destituidos de esa gloria, hemos seguido cada cual por nuestros caminos, sin desear al verdadero Dios, sin exhibir siquiera un poco de justicia que satisfaga al Padre Creador de todo lo que existe. Pero para que se levanten objetores y maledicentes, la Biblia por igual enseña que Dios amó a Jacob y odió a Esaú desde antes de ser concebidos, sin mirar en sus obras buenas o malas. En su acto soberano eligió a quién redimiría y a quién condenaría.

    Esa revelación bíblica molesta a muchos; no pocos son los ofendidos y murmuradores, a quienes la Biblia acusa de poseer el entendimiento entenebrecido. Al parecer, dentro de ese lote de personas enojadas por la actitud divina, algunos que caminan perdidos son llamados para salir de las tinieblas a la luz, mientras otros son endurecidos bajo un espíritu de estupor de manera que se pierdan para siempre. Estos últimos no aman la verdad sino que se ofenden por ella, se retuercen de odio contra el Dios de la Biblia, demandan justicia contra el Creador al acusarlo de injusto por condenar a Esaú aún antes de que hiciera malas obras.

    La objeción contra el Creador no puede considerarse como algo nuevo en teología. Tampoco puede remontarse a la época en que se escribió la epístola a los romanos, más bien viene desde que el pecado entró a este mundo y con él la muerte. Dios resulta confinado al banquillo de los acusados, sin derecho a réplica, aunque algunos teólogos procuran su defensa con buena voluntad, pero el acusado rechaza tal defensa no pedida. Él sigue diciendo en muchos textos de las Escrituras que no tiene consejero, que hace como quiere, que todo lo que quiso ha hecho. Reclama que aún al malo hizo para el día malo, que su palabra permanece para siempre y no hay quien pueda detenerla. Es más, le dice a quienes lo odian que ellos han sido colocados en ese rol, como Judas Iscariote fue puesto para que la Escritura se cumpliese.

    El otro evangelio (al que se le suman todas las variantes que siguen apareciendo) se afianza en la redención por obras, mientras el verdadero Evangelio se define como el de la gracia. Muchos teólogos que fungen como maestros de mentiras, asumen la gracia como premisa pero dejan un espacio para la realización del libre albedrío. No pueden despojarse de ese mito religioso, al que han convertido en un ídolo. Hablan de un dios que por gracia habilita al hombre para que libremente decida su futuro, pero arguyéndose que la predestinación se basó en el conocimiento previo de Dios respecto a lo que su criatura haría. De esa manera pretenden exculpar a Dios al menos ante sus conciencias, criterio seguido por miles de personas que propagan una teología equivocada, alejada de la Biblia pero recortada de sus páginas sacadas de contexto.

    La iglesia de Roma, por cierto, maestra de la teología de las obras, tuvo su peón en la época de la Reforma Protestante. Se llamó Jacobo Arminio, el cual enseñó su teología jesuita del justo medio, según la cual Dios soberano se despoja por un momento de su soberanía absoluta para que su criatura pueda decidir con libertad si acepta o no acepta a Jesucristo. Como consecuencia derivada de esa concepción teológica, Jesucristo vino a morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción. En realidad, poco importaría el que su sangre resulte derramada vanamente por aquellos que nunca han oído el evangelio y no se enteran de esa gracia a su favor. Tampoco importa que aquellos que deben decidir su futuro desprecien esa sangre derramada por ellos, así que serían castigados doblemente: en el Hijo, cuando padeció en la cruz para perdonar sus pecados, y en ellos como condenados cuando sean castigados eternamente por sus culpas.

    Ese sistema teológico arminiano tiene gran aceptación porque se ve como más justo, porque intenta resolver la antipatía que causa el Dios que odia de antemano a sus criaturas humanas, pero enturbia por igual la doctrina de Cristo. Jesucristo enseñó que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae; agregó que todo lo que el Padre le da viene a él, lo cual impone una conclusión forzosa: Solamente los que el Padre envía y le da al Hijo serán redimidos. Por lo tanto, Jesucristo no murió para perdonar todos los pecados de todas las personas, sin excepción, sino por todos los pecados de todo su pueblo en forma absoluta. Esa fue su misión como lo confirma la Escritura, desde antes de haber nacido se dijo: se pondría al niño por nacer el nombre Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jesús significa Jehová salva (Mateo 1:21).

    La droga arminiana, como se le ha denominado, crece como hierba mala. Su propagación ha minado los púlpitos reformados o protestantes desde el mismo inicio, para convertirse su doctrina en un monstruo del pecado. Sutil como el silencio, se enreda en las páginas de la Biblia sacada de contexto, para placer y como tarea emprendida por los defensores de esta enseñanza heredada de Pelagio y seguida por su pupilo distante Arminio. Se presenta como elixir, pero en un envase que dice cristianismo, para ocultar el misterio de la iniquidad que pregona. Esta falsa doctrina arminiana convierte la gracia de Dios en vasalla de la libertad humana, como si fuese un logro intelectual para las almas atormentadas por la sola idea de su impotencia ante el Dios soberano de las Escrituras, que ha ordenado desde la eternidad quiénes serían los objetos de su amor y misericordia y quiénes serían los objetos de su odio y endurecimiento.

    ¿Qué antídoto puede haber para el veneno satánico? La regeneración del Espíritu Santo, para que la palabra de Dios se convierta en el placer del alma voluntaria en el día del poder del Altísimo. La regeneración que no proviene por voluntad humana sino de Dios. El no regenerado tiene en poco la palabra de la verdad de las Escrituras, porque le parece una locura y no puede discernirla. El arminiano siempre intentará enderezar lo que está recto, por lo tanto lo tuerce para su propia perdición.

    César Paredes

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  • EL ANUNCIO

    El anuncio del evangelio pasa por un recorrido de personas a través de los siglos. En un primer momento, cuando se comenzó la comunicación acerca de Jesucristo como Hijo de Dios, algunos aseguraron que lo habían visto, aún después de la muerte, por causa de su resurrección. Otros que no lo vieron, fueron objetos de sus milagros, deleitados con la manifestación del Espíritu en los días en que los dones especiales estuvieron vigentes. Después de cerrado el libro de la profecía final (Apocalipsis), después de todos los eventos predichos como profecías por los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento, nos queda la doctrina expuesta como el manjar para el alma y como la ocupación para beneficio de nuestra salvación.

    Ese anuncio vino como enseñanza, como la doctrina que el Padre le dio al Hijo. En ese conjunto didáctico encontramos un balance entre ética y teología, al mismo tiempo en que miramos el carácter de Dios a través de su posición soberana sobre su creación. El Señor Jesús se esmeró en anunciar en muchas oportunidades ese carácter del Padre, pero sabemos que hablaba también de sí mismo, porque él y el Padre eran uno. No que eran la misma persona, como se desprende de sus oraciones, de su bautismo y de sus muchas enseñanzas, sino que eran uno porque no disentían el uno del otro, como el Espíritu tampoco contradice la palabra de Cristo ni se contrapone a los designios del Padre.

    ¿Quién ha entendido ese anuncio? Esa pregunta la hizo Isaías, pero él se incluyó junto a Dios como si el anuncio fuera de ambos. Y lo era, como también sigue siendo el nuestro. Estamos comprometidos con la predicación del evangelio, pero debemos definirlo para evitar confusiones con los distintos evangelios predicados. No que haya varios sino que existen distorsiones del verdadero. El evangelio viene a ser la promesa de liberación que hace Dios para con su pueblo. Es el anuncio de que Cristo murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras.

    El evangelio no viene como súplica al hombre muerto en delitos y pecados, enemistado con Dios, indispuesto en su entendimiento para discernir las cosas de su Espíritu. El evangelio viene como testimonio de lo que hace Dios ante las naciones, para endurecer a los réprobos en cuanto a fe y para rescatar a los elegidos del Padre. Las ovejas perdidas son llamadas al redil con el llamamiento eficaz del Señor, para que lo sigan y jamás se vuelvan tras el extraño. Las cabras son como el árbol malo: jamás darán el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio. Siempre estarán en la duda acerca de la soberanía de Dios, sostendrán que existe injusticia en Dios por haber odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal.

    Ha habido teólogos cristianos, como todavía los hay, que dicen explícitamente que no creen en los textos referidos a la condenación divina, en la forma en que se escribió en la Biblia. Los hay quienes un poco menos atrevidos a la negación trastocan el texto para obligarlo a decir algo inesperado: Dios amó menos a Esaú, pero lo amó. Los hay quienes sugieren y pregonan que los amados de Dios lo son porque Él vio en el túnel del tiempo quiénes lo iban a amar y por eso los predestinó.

    El anuncio tal cual está en las Escrituras sigue ignorado por muchos. Esa es la razón por la cual Isaías se preguntaba quién había creído el anuncio dado por él y por el Señor. Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). En ese texto, Pablo habla de la muerte de Cristo en favor de nosotros (los creyentes, la iglesia), no en favor del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). Por esta razón sabemos que una persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios no puede vivir en la ignorancia del Evangelio. No podrá decir que Cristo murió por cada uno en particular, incluso por aquellos que no vino a salvar. Esa posición de error echa por tierra la declaración de Jesucristo recogida en Juan 10:1-5, que dice que sus ovejas que lo siguen no se van más tras el extraño. El extraño es el profeta o maestro de mentiras, como señala Jeremías, el que dice paz cuando no la hay, el que comulga con doctrinas de demonios para suavizar la dura doctrina de Jesucristo.

    El que ignora el evangelio da visos de que anda perdido, de que no ha sido llamado eficazmente. Existe una condición supuesta en el ofrecimiento del evangelio, como si se tratase de un mercadeo. El evangelista ofrece el producto de la salvación condicionada tanto en la gracia de Cristo como en la disposición del prospecto, de manera que se establezca un contrato bilateral. Le dice que Dios hizo ya su parte, que ahora usted tiene que hacer la suya. Una serie de métodos persuasivos caen sobre el auditorio para manipular a los futuros creyentes, de tal forma que sean conducidos a una forma de piedad externa (apariencia de piedad sin eficacia). El evangelista se ve triunfante porque ha rescatado un alma del infierno, pero olvida que ha condicionado en la criatura la salvación que anunciaba por gracia.

    Cristo vino a ser la justicia de su pueblo en tanto el Padre lo hizo pecado por nuestra causa (al Hijo que no conoció pecado), para que lleguemos a ser la justicia de Dios en él (en Cristo). Quiere decir que la justicia de Cristo se nos imputa a cada creyente (2 Corintios 5:21), pero creen solamente los ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que seríamos enseñados por Dios para que habiendo aprendido pudiéramos ir a él. Aseguró que esos enviados del Padre nunca los echaría fuera, sino que los resucitaría en el día postrero. Dijo, además, que estamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor; por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos el Espíritu Santo como una garantía de la redención final.

    El evangelio de Cristo no gustó a muchos de sus discípulos que se fueron dando murmuraciones contra la dura palabra, la que nadie podía oír (Juan 6:60-66). Ellos preferían el falso evangelio que condiciona la salvación bajo la premisa de que tomarían en cuenta su voluntad libre para la decisión. Consideraron dura aquella palabra por cuanto los dejaba por fuera en cuanto a su albedrío, como si el Padre necesitara de su aprobación para poder salvarlos. Además, frente a la duda de no ser electo decidieron precipitarse a su abismo, a las doctrinas de demonios, dando pie a sus cavilaciones sobre la excesiva dureza de la teología de la soberanía absoluta de Dios.

    Queda claro en el Nuevo Testamento que Jesús en ningún momento intentó suavizar la doctrina del Padre, más bien increpó a los doce discípulos (apóstoles) para que se fueran en caso de que así lo desearan. Por otro lado, Pedro le respondió que no tenían a quién ir, que sabían que él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús todavía les añadió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (Judas Iscariote, el que le había de entregar para que la Escritura se cumpliese). Vemos a lo largo de Juan 6 que Jesús no se esconde en palabras para simular una vergüenza en torno a la doctrina del Padre, más bien la avienta de frente y en forma desafiante. Incluso el hijo de perdición había sido destinado para tal fin, de quien fue dicho que mejor le hubiera sido no nacer.

    El Dios soberano de las Escrituras no necesita nuestra compañía, simplemente ha creado este universo y nos colocó acá para despliegue de su gloria. Gloria como Creador de todo cuanto existe, aún de los malos para el día malo, gloria como el que despliega su justicia y su ira contra el pecado, gloria de Salvador para mostrar misericordia en los que quiere mostrarla. Por supuesto, todo este anuncio deja por fuera la voluntad muerta del ser humano caído y perdido en sus delitos y pecados. Nuestra buena voluntad (Salmo 110:3) podrá serla en el día del poder de Dios, el día en que su Espíritu nos vivifica y nos dispone para amar el andar en sus estatutos (Ezequiel 36:26-27).

    César Paredes

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