Etiqueta: FALSEDAD

  • LA LEY DEL TALIÓN

    Hammurabi fue un rey babilónico que reinó desde 1795 hasta 1750 a. C. Se le recuerda por promover y hacer cumplir un código organizado de leyes en la mayor parte de Mesopotamia. La referencia cobra importancia por considerarse el primer código legal escrito completo de la historia, si bien no fue el primero porque han aparecido fragmentos de otros anteriores. El Código se divide en 12 secciones y consta de 282 leyes, unas pocas de ellas son ilegibles. Desde el punto de vista técnico, se considera un derecho consuetudinario para asuntos administrativos, civiles y criminales.

    En la Biblia tenemos el Decálogo junto con otras normas enunciadas por Moisés, 300 años después de Hammurabí. Esta es una ley para el Israel de entonces, pero algunos de esos mandatos se han hecho vigentes para el mundo cristiano. Hay quienes piensan que posiblemente hubo una copia, ya que Moisés fue posterior a Hammurabí. Si eso fuere cierto pondría en jaque el acto inspirativo de las Escrituras.

    Algunas similitudes se dan en relación a algunos tópicos: la pena de muerte en casos de adulterio y secuestro (Levítico 20:10; Éxodo 21:16, que pueden ser comparados con los estatutos 129 y 14 del Código). El hecho de la retaliación llama poderosamente la atención, ya que en la Biblia encontramos la referencia al ojo por ojo (Levítico 24:19-20, lo que se compara con el estatuto 196). Tanto en el Código como en la Biblia aparecen normas relacionadas con la retribución pecuniaria (pagar los gastos) cuando en una riña surgen heridos.

    La respuesta que se ha dado a la crítica por la similitud se basa en el hecho de que existen situaciones comunes a todas las culturas, lo que sugiere consecuencias lógicas del derecho para muchas de ellas. Por ejemplo: en toda sociedad aparece el robo, el asesinato, el adulterio y el secuestro, por lo cual resulta lógico que la sociedad estipule castigos fuertes para esos crímenes. Ese paralelismo cultural mostrado en la pena por los crímenes no prueba per se el plagio.

    No podríamos suponer que un país no debe procesar un delito porque sus vecinos tienen normas para tales crímenes, como si se considerase el derecho propiedad exclusiva del primero que construyó la norma jurídica. También podríamos enfatizar en las diferencias del Código respecto a la Ley Mosaica. Bajo la ley de Moisés se pretendía adorar a un solo Dios (Deuteronomio 6:4-5), cuyos principios morales implicaban que se trataba de un Dios justo. Esa Divinidad exigía que sus criaturas (los seres a quienes les había dado vida) vivieran de una manera justa, dado que el ser humano fue creado a la imagen y semejanza divina. Podemos considerar que la ley de Moisés es mucho más que un código de normas, ya que instituye la concepción del pecado y de la responsabilidad ante Dios (no solo ante la norma escrita). En cambio, en muchas legislaciones antiguas -incluida la de Babilonia- no se trata ni del pecado ni de la responsabilidad ante la divinidad.

    Existen críticos serios que señalan la crueldad de la ley del Talión (el Código de Hammurabí) al proponer castigos severos para los infractores, lo cual establece la relación entre Hammurabí y su cruel dios Draco. El concepto de la ley del Talión se ejemplifica en este posterior aforismo latino: Quale scelus, talis poena (De tal villanía tal pena). Asimismo, se apunta el hecho de que en la ley de Moisés se buscaba no solamente subsanar el problema delictivo sino también incluir normas para el mejoramiento espiritual, que apuntaran a la santidad del individuo y de la nación. En la ley de Moisés se puede observar un tono compasivo junto a la severidad de la norma, lo cual le daba una colorativa más espiritual.

    En la ley de Moisés se muestra el pecado como la causa de que una nación caiga. Este concepto está ausente por completo en el Código de Hammurabí. Si quisiéramos subsumir en un texto la esencia de la ley de Moisés, podríamos citar al Levítico 11:45: Seréis santos, porque Yo soy santo. Las coordenadas son distintas, mientras en Babilonia se buscaba solucionar el problema horizontal -hombre frente al hombre-, en la ley de Moisés el eje se muestra vertical: lo más importante sería nuestra relación con Dios; y este punto de partida garantizará la relación horizontal. Quizás sea un enfoque único en el mundo de entonces (como lo es hoy en día), el fenómeno de que las leyes dadas por Moisés no busquen solamente sancionar el hecho jurídico, sino que esas normas se dan para que el ser humano aprenda a llevarse mejor con el Creador.

    Suponemos que las leyes babilónicas probablemente eran bien conocidas por los hebreos en la época de Moisés, además de que sabemos que Moisés vivió junto al Faraón de Egipto. Dios se comunica con el hombre utilizando un lenguaje familiar, de manera que la ley divina vino envuelta con un léxico jurídico conocido de la época. A esto se le ha llamado en teología el antropomorfismo divino, el Dios que usa asuntos humanos para comunicarse con el hombre.

    Por ello podemos encontrar expresiones como Dios se arrepintió; aún más, existen metáforas de animales que se emplean de parte de ese Dios revelado: Como la gallina junta a sus polluelos, así quise juntar a tus hijos (Mateo 23:37). Podemos traer a colación el relato del diluvio universal, por igual descrito en muchas culturas antiguas. El hecho de que alguien haya hecho un relato sobre el asunto no implica que lo haya copiado de otros escritos. Asimismo, Moisés lo introduce como un evento trascendente para la humanidad, dictaminado por el Dios que lo llamó para formar parte de una nación santa.

    Recordemos que la formación de la Biblia es posterior a muchas leyendas y mitos que existían en la tierra. Los creyentes debemos recordar que Satanás se esfuerza en ser “como el Altísimo” (Isaías 14:14), por lo que inspira la introducción de distorsiones en la historia. Esto está claramente señalado en el Génesis 3:1: ¿Conque Dios os ha dicho? De esta forma la humanidad caída en pecado se da a granel hacia la idolatría, en una clara violación de uno de los Diez Mandamientos: No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos… (Éxodo 20:4-5).

    Ese texto fue arrancado por la Iglesia Católica en sus nuevas versiones de la Biblia, después de la Reforma Protestante. Pero no pudieron obviar el hecho de que la Biblia que ellos tuvieron durante siglos es la Vulgata de Jerónimo, la cual contenía dicho verso. Como en la Reforma se acusó de la violación de ese mandamiento por parte de la Iglesia Católica, la Iglesia de Roma prefirió editar el texto excluyendo este versículo, para que la gran masa de seguidores del magisterio continuaran engañadas en la adoración a los ídolos. Así que el dios de este siglo persiste en cegar el entendimiento de los que no tienen amor por la verdad, para perdición.

    En resumen, en la ley de Moisés el castigo por la transgresión se da en forma uniforme, sin miramientos a clases sociales. Este hecho no aparece en el Código de Hammurabí, que sí disponía de mayor consideración para los hechos punibles cometidos por los de una clase social superior. Hoy día hay muchos escépticos que intentan cuestionar la inspiración divina de las Escrituras, con el argumento de que las leyes del Antiguo Testamento se escribieron de acuerdo a los códigos sumerios y babilónicos ya existentes.

    Cuidémonos de nuestra concupiscencia, para que no seamos seducidos y atraídos por ella (Santiago 1:14). No debemos dar la misma autoridad a otras fuentes extrañas, ya que consideramos como asunto de fe que la Biblia es la Palabra de Dios. Isaías nos anima al respecto: Lo que pasó, ya antes lo dije, y de mi boca salió; lo publiqué, lo hice pronto, y fue realidad. Por cuanto conozco que eres duro, y barra de hierro tu cerviz, y tu frente de bronce, te lo dije ya hace tiempo; antes que sucediera te lo advertí, para que no dijeras: Mi ídolo lo hizo, mis imágenes de escultura y de fundición mandaron estas cosas. Lo oíste, y lo viste todo; ¿y no lo anunciaréis vosotros? Ahora, pues, te he hecho oír cosas nuevas y ocultas que tú no sabías. Ahora han sido creadas, no en días pasados, ni antes de este día las habías oído, para que no digas: He aquí que yo lo sabía. Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído; porque sabía que siendo desleal habías de desobedecer, por tanto te llamé rebelde desde el vientre. Por amor de mi nombre diferiré mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte. He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción. Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro (Isaías 48:3-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NOTAS DE APOSTASÍA

    Si la oveja que sigue al buen pastor no se va jamás tras el extraño, en razón de que desconoce la voz de los extraños, ¿cómo puede un creyente apostatar de la fe? Jesús afirmó que nadie podía arrebatar a una de sus ovejas de sus manos, ni de las manos de su Padre; entonces, ¿será que la oveja se escapa por su cuenta? Esto les encanta a los de la expiación universal, acostumbrados a apostar por su propia firmeza, a mirar en sus buenas obras de perseverancia, muy a pesar de que no conozcan lo que significa la justicia de Dios. Para ellos, la justicia de Dios es simplemente pasar juicio contra los enemigos, pero ellos mismos se tienen en ocasiones como enemistados con Dios.

    Jesús es veraz, la palabra de Dios no miente; Dios no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. Si Él dijo algo, lo hará; si habló, ejecutará aquello que afirmó. Por lo tanto, la apostasía tiene que ver con los que profesan ser cristianos y no lo son; así lo afirmó el apóstol Juan: Salieron de nosotros pero no eran de nosotros. La cultura cristiana se ha extendido a lo largo de la tierra, por lo cual resulta lógico mirar las noticias de múltiples apóstatas en distintos sitios del planeta. Pertenecen a una ideología religiosa (cultura cristiana, en este caso), pero nunca han nacido de nuevo. El que ha sido regenerado por el Espíritu Santo no puede apostatar de la fe, por cuanto el Espíritu vive en él y lo guarda hasta la redención final.

    En resumen, estamos en las manos del Hijo, en las del Padre y custodiados y habitados por el Espíritu Santo. La oveja no desea apartarse del redil donde está el buen pastor; puede ser que el pecado aceche para sorprender al que no tiene cautela, pero de acuerdo a lo relatado en Romanos 7 sabemos que Jesucristo dará la victoria. Hay gente de la cultura cristiana que es asesinada por causa de su religión, pero eso no los hace mártires del Señor, simplemente han sido víctimas por partida doble: de sus asesinos y de sus maestros de mentiras.

    Jesús lo aseguró, diciéndonos que los fariseos recorrían la tierra en busca de un prosélito (alguien a quien convencían y lo convertían en discípulo de sus normas y creencias). Por más que aprendían la ley de Moisés y guardaban muchos de sus mandamientos eran hechos doblemente merecedores del infierno de fuego. ¿Por qué doblemente? Porque primero que nada estaban perdidos fuera de los mandatos de la ley de Moisés, pero en segundo lugar porque cuando conocían la ley de Moisés lo hacían a través de los falsos maestros que habían abandonado el espíritu de la ley y se aferraban a la letra. Si sus maestros eran unos apóstatas de la ley de Moisés, cuánto más sus discípulos debían de ser culpables por haber aprendido a honrar la mentira como doctrina.

    Pablo expuso claramente en su Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, el error de los que manifestaban un gran celo por el Dios de la Biblia, pero que no tenían conocimiento alguno acerca del significado de la justicia de Dios. Les dijo que estaban perdidos, no les doró la píldora como para que no se ofendieran y se retiraran de su influencia; simplemente les llamó ignorantes en forma abierta. Isaías nos lo advirtió mucho antes: Por el conocimiento del siervo justo (Jesucristo) éste justificará a muchos (Isaías 53:11). Jesús vino para convertirse en la justicia del Padre, en relación a todo su pueblo, al cual liberaría de sus pecados (Mateo 1:21). Ezequiel advierte contra los habladores de vanidad, los que engañan al pueblo y dicen paz cuando no la hay. Por lo tanto, Dios enviará destrucción para que desbaraten sus argumentos (Ezequiel 13:10-14).

    Todo aquel que busca la salvación como un fruto propio de sus obras lleva fruto de muerte (Romanos 7:5). Sin embargo, el que cree en Jesucristo -sin buscar añadir su propia justicia- tiene vida eterna, ya que por medio del Señor se anuncia el perdón de pecados. Por medio de la ley de Moisés nadie pudo ser justificado, pero a través de Jesucristo como justicia de Dios alcanzamos su misericordia y perdón. Aquellas personas del Antiguo Testamento que aguardaban la manifestación del Cordero de Dios anunciado, los que ofrecían sacrificio como un tipo de lo que vendría, adoraban con rectitud al Todopoderoso.

    No descansamos en nuestro propio poder, ya que no lo tenemos; sin embargo, lo que resulta imposible para los hombres es posible para Dios. Dios fue quien mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (2 Corintios 4:6). Para nosotros el evangelio no está escondido, ni Satanás pudo mantener sus tinieblas sobre nuestro entendimiento. La tierra sería una masa oscura si el sol no estuviera como su luminaria; de la misma manera, Dios ha hecho que en su pueblo alumbre el evangelio de Cristo, para que veamos la tenebrosidad del pecado, para que valoremos el tesoro de las palabras del Señor.

    Gracias a la luz del evangelio de Cristo podemos disipar las tinieblas de los que argumentan con falacias. Son estos los que se ufanan en decir que ellos constituyen la prueba de que se puede militar en una falsa doctrina y ser salvo al mismo tiempo. No logran discernir la frontera entre andar extraviado de la verdad y estar en la verdad; para ellos el tiempo que pasaron en la mentira debe computarse como tiempo invertido en la verdad. Están en una falacia de petición de principio, alegando que su conversión constituye la prueba de sus argumentos.

    Pero no se han convertido hacia la verdad sino que apenas han participado de un simulacro de la verdad. Sostienen que el tiempo perdido no lo fue del todo por cuanto supuestamente ahora han llegado a la verdad. El apóstol Pablo estimó como pérdida todo su tiempo alejado de Cristo, pero estos incrédulos de hoy aseguran que como ahora dicen creer el tiempo de su incredulidad debe tenerse como la prueba de que Dios ama al que esté en la incredulidad.

    Ese argumento tautológico desdice de su validez, pero los que se hechizan por lo rimbombante de sus palabras demuestran que son ciegos que siguen ciegos. Nadie podrá alegar estar en la verdad por el hecho de que Dios lo haya usado para beneficio de la verdad. Ejemplo tenemos en el Faraón de Egipto, quien estando en la mentira ha sido ampliamente usado por Dios para anunciar su nombre por toda la tierra. Lo mismo se puede decir de Judas, quien siendo hijo de perdición fue usado por Dios para cumplir a cabalidad su plan con el sacrificio de su Hijo. De esta forma el error doctrinal puede ser usado para la gloria de Dios, al condenarse el argumento erróneo, al resaltar por contraste la verdad, pero nunca se podrá exonerar de culpa a quien trabaja con la mentira o con el engaño doctrinal. El Anticristo será puesto por Dios, pero eso no implica que el creyente deba adorarlo o aupar su nombre.

    La Biblia dice que el pueblo de Dios lo será de buena voluntad en el día de su poder. Por lo tanto tenemos buena voluntad para la doctrina de Cristo, ya que fuimos alcanzados en el día del poder de Dios. Fue por el poder de Dios que llegamos a creer, cuando habiendo sido enseñados por Dios logramos aprender para ser enviados a Cristo (Juan 6:45). Nadie podrá alegar su propio error doctrinal para señalar que a pesar de vivir en la mentira del otro evangelio, del evangelio de maldición, ha llegado a ser salvo. Cuando Dios nos saca del falso evangelio no nos deja ir tras sus falsos maestros (Juan 10: 1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL TRONO DE SATANÁS (APOCALIPSIS 2:13)

    La iglesia de Pérgamo moraba donde estaba el trono de Satanás, de acuerdo al mensaje que Jesús el Cristo le diera a Juan. Una ciudad dada a la idolatría en forma ejemplar, totalmente pagana, bajo la protección de una divinidad llamada Cabirios, adoptada por los romanos. Allí también había un templo a Esculapio, el dios para las enfermedades y la salud. Tal era la creencia, que tiempo atrás incluso Sócrates, ante su inminente ejecución, pagó para que sacrificaran un gallo a Esculapio. Roma poco a poco se convertiría en el asiento de la iglesia oficial, por lo que ese trono de Satanás seguiría fortalecido con la mezcla entre paganismo y cristianismo.

    Pérgamo se había convertido en la capital helenística por excelencia, ya 30 años antes de Cristo. Había templos con esfigies del emperador romano, de muchos dioses griegos y egipcios, lo que se unía a la fama en ese lugar de la tradición de curación por medio de Aesculapio. Llegó a ser conocido por poseer un enorme altar de Zeus, de manera que ese ambiente hacía de esa región el perfecto lugar del trono de Satanás. Recordemos que el símbolo de la medicina practicada allí en honor a Aesculapio-Esculapio era una serpiente enrollada en una vara, lo cual emparentaba con la serpiente antigua, llamada diablo y Satanás. De manera que una combinación idolátrica muy particular hervía en ese centro de interés mundial: imágenes de Atenea, Dionisio, Deméter, junto a Isis y a Serapis. Las basílicas construidas a estas últimas divinidades pasaron después a formar parte de las iglesias romanizadas, cuando el cristianismo fue convertido por voluntad imperial en la religión oficial de Roma.

    El culto al cuerpo era patrocinado por el Gimnasio, una actividad que se hacía al desnudo total. Esta ciudad, Pérgamo, se ubicaba en lo que hoy se conoce como Turquía. Fue célebre también por su grande biblioteca, superada en grandeza solamente por la de Alejandría. De esa manera tenemos el portento presentado bajo la autoridad intelectual de la herencia griega y egipcia, todo subsumido y patrocinado una vez más por Roma, cuyas costumbres se infiltraron en la cultura del cristianismo oficial.

    Recordemos que la revelación recibida por Juan refiere tanto a lo que había visto, como a lo que era en ese momento y lo que sería después. En el futuro asiento del Anticristo, como lo manifiesta Apocalipsis 13:8, se hará que la bestia sea adorada por todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero, que fue inmolado desde el principio del mundo.

    La Gran Ramera en su frente posee el siguiente escrito: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA (Apocalipsis 17:5). Esa mujer está ebria de la sangre de los mártires de Jesús. Ella estaba vestida de púrpura y escarlata, adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, teniendo en su mano un cáliz de oro lleno de las abominaciones y de la inmundicia de su fornicación (Apocalipsis 17:4). Ella cabalga una bestia, la cual hará asombrar y maravillar a los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo (Apocalipsis 17:8).

    Ese trono de Satanás estuvo situado en Pérgamo, pero no pensemos que se ha quedado allí para siempre. Se muda de acuerdo a lo que el mundo va manifestando en su trajinar hacia su propia destrucción. Hoy día debemos de mirar a todo lo que fortalece el trono de Satanás, en especial a la doctrina torcida que intentan sacar de las Escrituras. Existimos creyentes que no toleramos la cercanía con el trono de Satanás, ni tenemos la doctrina de las cosas profundas de Satanás (Apocalipsis 2:24). Esas profundidades, como se le dijo a la iglesia de Tiatira, son las especulaciones que se dan por la interpretación privada de las Escrituras.

    Existe un fino reborde entre la manera en que el Dios de las Escrituras se ha manifestado y lo que muchos desean que fuese ese Dios. Es allí donde comienza el sendero hacia las profundidades de Satanás, para indagar en los misterios de la denominada religión sagrada. Nos damos cuenta de las doctrinas de demonios en torno a la expiación, haciéndola general cuando es particular; de la idea de la transubstanciación, cuando es un mero símbolo de lo que fue el sufrimiento de Cristo. De igual manera, se delata la conspiración por las apariciones sobrenaturales que se le atribuyen a supuestos santos, como si con ello se trajese nuevas revelaciones; aquellos que se dan a la tarea de ordenar, decretar para que sucedan cosas, merodean en esas profundidades que son variadas y multicolores.

    Al igual que Jezabel y sus seguidores, los que incitaban a comer carne sacrificada a los ídolos, los que suponen poseer gran conocimiento teórico de la Biblia, pero que en realidad colocan tradiciones humanas por mandatos divinos, todos ellos se ahondan en las profundidades que se alcanzan desde el trono de Satanás. Llamar hermanos a los que abandonan la doctrina de Cristo genera muchas plagas (2 Juan 1:9-11); por esa vía se hacen distinciones entre lo que se comprende con la mente y lo que se comprende con el corazón. Hay quienes sostienen que ellos aman a Cristo con el corazón, si bien no disciernen en sus mentes sus doctrinas. Ese disparate argumentan porque no tienen la mente de Cristo, no poseen el Espíritu que jamás estará en contradicción con las enseñanzas de Jesucristo.

    Nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16); renovaos en el espíritu de vuestra mente (Efesios 4:23); haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús (Filipenses 2:1-11). Nuestra instrucción espiritual no proviene de la naturaleza pecaminosa que contenemos, sino de la naturaleza del Señor. Por consiguiente estamos en capacidad de comprender los profundos consejos del corazón de Jesucristo, su esquema de salvación enseñado, lo que es la doctrina del Padre (Juan 6). Las doctrinas de la gracia han sido reveladas en forma especial bajo el Evangelio, por lo cual comprendemos lo dicho por Isaías: ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? (Isaías 40:13). El hombre natural, que desconoce las cosas del Espíritu del Señor, no puede ser instructor de los asuntos de Cristo. Por esta razón resulta un desastre el maestro bíblico que ha sido entrenado en didáctica bíblica, como si esa técnica pudiera sustituir la mente del Señor.

    Un cascarón vacío es el predicador que alumbra con palabras copiosas una tradición humana, tomándola por mandato del Señor. El falso maestro es llamado maestro de mentiras, porque se apropia de conceptos ideológicos, fuera del texto bíblico, para llevarlos a una audiencia que estupefacta se maravilla de las fábulas artificiosas que escucha. Su comezón de oír resulta en ganancia para esos maestros que exponen las profundidades de Satanás, ante aquellos que no poseen la mente del Señor. Siempre andan erráticos, consultando aquí y allá, pero trastabillan cuando le dicen bienvenido al que no milita en la doctrina de Cristo. Es allí donde más claramente se exponen a ellos mismos como ignorantes de la justicia de Cristo (Romanos 10:1-4).

    Si tenemos el Espíritu Santo con nosotros, ese es el espíritu de nuestra mente con el cual podemos ser renovados. Él es el que nos reaviva, el que nos soporta y quien culminará la carrera final hasta la salvación final. Por contrapartida, el espíritu humano siempre resulta con tendencia al mal, dominado por la ley del pecado. Gracias a Dios que fuimos salvados no por obras de justicia que hayamos hecho, sino por su misericordia (la del Señor), por el lavado de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5). El bautismo no renueva ni salva a nadie, simplemente es un símbolo de muerte y vida, algo que se hace en honor a la obediencia que le debemos a Cristo. La Escritura abunda en textos que relacionan el lavado del agua con lo que produce la palabra de Dios en nosotros (de manera que la persona tiene primero que ser regenerada para después ser bautizada), pero no hay regeneración por el Espíritu si no existe el Evangelio. Simón el Mago fue bautizado pero no regenerado, como un ejemplo de lo que acá decimos; por igual, el ladrón en la cruz fue regenerado pero no tuvo tiempo de bautizarse. Así que la Biblia habla del lavamiento que es por la palabra de Dios. Cristo amó a la iglesia, entregándose a ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:25-26).

    Conviene distanciarnos del trono de Satanás, alejarnos de sus profundidades interpretativas. Aunque estemos en el mundo, su principado, recordemos que no pertenecemos a él, sino que el mundo nos odia porque odia también a Jesús. Ese distintivo portamos todos los que hemos sido llamados de manera eficaz de las tinieblas a la luz. Pérgamo en sus colinas ya quedó arruinada, pero el trono del diablo todavía existe y se muda, dondequiera que encuentre seguidores. Mucha suerte hemos tenido los que fuimos reconciliados con Cristo, predestinados desde antes de la fundación del mundo para ser semejantes a él (Efesios 1:11, versión Reina Valera Antigua).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • RELIGIONES FALSAS (Deuteronomio 12:1-32)

    Derribaréis estatuas e imágenes de falsos dioses, sus esculturas, no haréis así a Jehová vuestro Dios. Esto haréis en los sitios donde heredaréis de Dios la tierra para vivir, cuando pasareis el Jordán, para habitar la tierra que Jehová vuestro Dios os hace heredar (Resumen de Deuteronomio 12:1-3). Esta es una norma de conducta para el pueblo de Dios, en especial para vivir en sus hogares con el reposo del Señor. No quiere Dios que demos alabanza a esculturas, ni que vayamos en pos del mundo, en el intento de vivir como los que sirven a dioses ajenos, porque Jehová aborrece toda cosa abominable (Deuteronomio 12: 29-32).

    No vamos a ir de casa en casa para destruir las imágenes idolátricas que la gente tiene, simplemente la Biblia nos habla sobre aquello que hemos recibido de Dios. Nuestros espacios deben estar libres de simbología satánica, de objetos de culto a los demonios, pues lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Dios sigue aborreciendo los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6: 16-19).

    El malo y el insensato no estarán delante de los ojos de Jehová, ya que el Señor aborrece (odia) a todos los que hacen iniquidad y destruirá a todos los que hablan mentira. Dios abomina al sanguinario y al engañador (Salmos 5:1-6). El pueblo de Dios no debe unirse en matrimonio con la gente del mundo, porque no existe comunión entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial. No tenemos nada que ver con la religión falsa porque Dios detesta la religión pagana, así como a cada persona que tolera esos oficios. Casarse con alguien que crea una religión falsa implica sostener una falsa paz y llamar bueno a lo que es malo; establecer sociedades con impíos genera impiedad.

    ¿Acaso Dios tolera las imágenes de las deidades? ¿No las compara con la adoración a los demonios? No será tolerante con los que profesan su nombre y se dan a la tarea de servir a los ídolos, ni siquiera que carguen sus collares como adornos, anillos alusivos, o que coloquen pinturas artísticas que reflejan la demonología. Dios destruyó a muchas naciones paganas porque odiaba a su gente, pero ahora su paciencia aguarda para la destrucción de los vasos de ira preparados para la gloria de su poder y justicia. Él llama a un ídolo una abominación, y a toda la cultura detrás de ellos señala como cultura de demonios.

    El Salmo que habla de nuestro Dios que está en los cielos, que dice que todo cuanto quiso ha hecho, dice igualmente que los idólatras son semejantes a sus ídolos (Salmos 115:8). Así que ¡ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! (Isaías 5:20). No tenemos que aprender la cultura religiosa de los paganos, de los que fueron dejados en su ignorancia espiritual. ¿Cómo vamos a adorar al Señor con los métodos de los idólatras? Alejémonos de los magos, de los síquicos, de los que leen las manos, de los que escriben horóscopos, de los adivinos y hechiceros, de los juegos de la Ouija, de los que creen en fantasmas o invocan a los duendes. Son muy variadas las prácticas esotéricas que ahora se reconocen como estudio antropológico y cultura ancestral. Dios envía juicio a los que pretenden la mezcla de la adoración a su nombre con las prácticas abominables (Amós 5: 24-27).

    Mucha verdad esencial con un poco de agregado de mentira pervierte lo que es verdadero, y viene como abominación al Señor. Jesucristo no toleró ni un uno por ciento la ofensa de aquellos discípulos que tuvieron por dura su palabra y no pudieron oírla. Al contrario, ratificó el cien por ciento de lo que estaba exponiendo, diciéndoles: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:65). Si el Señor hubiese abaratado su evangelio habría sido una abominación para la doctrina del Padre, pero nos dio ejemplo de lo que debemos hacer y de cómo hemos de comportarnos en materia doctrinal: cero tolerancia para la mezcla.

    Las aproximaciones eclécticas conllevan a una universalidad adulterada y abominable para Dios. Un poco por acá, un poco por allá, hasta llegar a una religión personalizada, a la carta, a una adoración que enoja a Jehová como aconteció con el fuego extraño ofrendado por los hijos de Aarón. ¿Le hace falta a usted una cruz para adorar a Dios? ¿Cree usted que ese es un símbolo cristiano ordenado por Dios para identificar a su pueblo? ¿Continúa usted con la práctica pagana del árbol de navidad, pensando que ya es parte de nuestra cultura? ¿Qué hay del tan soñado San Nicolás, tan entrometido en la cultura navideña? Nuestra lucha es dura contra el mundo y su paganismo que se filtra por doquier, dejemos que el mundo continúe bajo su principado pero nosotros no pertenecemos al mundo.

    Lo mismo acontece con las doctrinas cercanas aunque sean antagónicas. Creemos en una expiación hecha para el pueblo de Dios, no hecha para el mundo no amado (Juan 17:9), pero otros asumen que Dios amó a todo el mundo, sin excepción, por lo cual proclaman una expiación universal o generalizada. ¿Servimos al mismo Dios? El hecho de que ellos tengan el nombre de Dios en vano no los hace nuestros hermanos. Ellos pueden muy bien servir a un Baal-Jesús, por lo que confundir la expiación de Jesucristo presupone una gran ignorancia respecto a la justicia de Dios.

    La Biblia no nos pide que le celebremos el cumpleaños a Jesucristo, eso es una costumbre pagana para sus dioses incorporada a la cultura del cristianismo. Los paganos han celebrado el nacimiento de su dios-Sol, con sus festivales de la Saturnalia, en los que incorporaron los árboles siempre verdes (los pinos) y los regalos como dones de su dios. También la celebración a Saturno (por eso la Saturnalia) incluía la colocación de una estrella en la cúspide de su ídolo. Por supuesto, toda esa cultura odiosa del paganismo se filtró a la iglesia que hoy parece más una sinagoga de Satanás.

    No podemos decir que todo está bien, que hay paz de Dios, cuando en realidad lo que existe es confusión en los que son arrastrados por cualquier viento de doctrina. Aferrarse a la palabra de Dios se hace una necesidad, pero tiene que hacerse con la guía del Espíritu Santo, el compañero que nos fue dado para habitar en nosotros hasta la redención final. Los que se van tras los falsos maestros y sus demoníacas doctrinas, demuestran que jamás han recibido al Espíritu porque nunca han nacido de nuevo. Ellos son o cabras monteses, o cizaña sembrada por Satanás; tal vez sean ovejas descarriadas que nunca han seguido al buen pastor; eso sucede a menudo cuando se intenta ganar a toda costa a la gente para Cristo. ¿Cuál Cristo? ¿Acaso Jesús sacrificó su doctrina por aquellos discípulos que lo seguían por mar y tierra, después del milagro de los panes y los peces? En ninguna manera, siempre se mantuvo firme en lo que enseñaba y no disminuyó la fuerza de sus creencias. Nos cuesta la soledad como pago, por el hecho de decir la verdad teológica a los seres a quienes guardamos afecto, pero eso nos viene como complemento de lo advertido por el Señor: vino a traer la espada, a poner a padre y madre contra los hijos, a la nuera contra su suegra, y así en ese sentido por causa de la palabra de Dios. La soledad fue el precio de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del mismo Señor. No pensemos que a nosotros nos tocará más fácil. La religión falsa es simplemente cualquier religión contraria a la verdad de Cristo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EXAMINAOS PARA VER SI ESTÁIS EN LA FE

    Que cada uno se examine a sí mismo, de la manera como fue dicho que hemos de probar los espíritus para ver si son de Dios. Nosotros también hemos de evaluar nuestra fe, para ver si Cristo está en nosotros o si estamos reprobados (2 Corintios 13:5). ¿Cómo puede un falso creyente saber si está reprobado? De la manera que un impío cualquiera puede reconocer que Cristo está en nosotros, como aconteció en la relación de Caín y Abel. Uno de ellos entendió que el otro fue tenido en cualidad de hijo de Dios, por cuya causa lo asesinó. Caín, que era del maligno, supo que existía algo diferente en Abel. Los hermanos de José supieron por igual que había algo diferente en el hermano soñador, al que Jehová visitaba.

    ¡Cuánto más nosotros que decimos conocer la palabra también hemos de calificarnos para ver si estamos reprobados o si estamos firmes en la fe! El examen recomendado por Juan para detectar al que anda extraviado de la fe de Cristo, sirve para cada quien. La comparación no se hace en un plano místico, sino con el objetivo instrumento del evangelio. La referencia inmediata de la prueba descansa en la doctrina enseñada por Cristo. Así de simple; el que no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Poco importa que venga en el nombre de la iglesia, de Dios, de algún creyente; basta con probar si su fe descansa en los parámetros de las enseñanzas de Jesús.

    Hemos de andar arraigados y sobreedificados en Cristo, de la manera como hemos sido enseñados (Colosenses 2:7). El texto que sigue advierte contra la filosofía engañosa y las huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo. De manera que ese examen que nos hemos de hacer tiene las respuestas dadas en esa plantilla que se llama la Escritura, para cotejar cuáles son nuestros aciertos o desaciertos. Todas las respuestas tienen que ver con la doctrina de Cristo, no con los elementos superficiales de la historia de Jesús. Me explico, el conocer que Jesús nació en un pesebre, que hizo milagros, que dio grandes discursos de esperanza, que murió por los pecados de su pueblo y resucitó al tercer día, que está a la diestra del Padre y que vendrá a la tierra para juicio, constituye una información relevante en cuanto a historia. Pero no todo ese conocimiento se incluye en el examen, ya que la Biblia refiere el tema del test en forma exclusiva al asunto doctrinal (2 Juan 1:9-11).

    Por lo tanto, hemos de evaluar quién fue Jesús como persona enviada por el Padre, su función como Cordero sin mancha. Asimismo, nos hemos de enfocar en la calidad de su trabajo que vino a hacer el cual declaró consumado. ¿Qué significa la expiación? ¿Qué quiere decir la pascua? ¿Por qué Pablo dice que Jesucristo es nuestra pascua? ¿Fue la muerte de Jesús un trabajo hecho a favor del mundo por el cual no rogó la noche antes de morir? (Juan 17:9). De igual forma, otras preguntas aparecen en relación a sus enseñanzas, como el concepto de justicia de Dios. El Señor se hizo pecado por causa de su pueblo, para impartirnos su justicia a cambio de tomar nuestras iniquidades y pagar con su sacrificio al recibir un castigo que nos correspondía.

    La herejía tiene que ver con la opinión propia en materia de fe y doctrina bíblica. Pedro informa que algunas personas se dan a la tarea de torcer las Escrituras, como si quisieran tener una interpretación privada. Es decir, lo que Jesús dijo puede resultar ofensivo, confuso para muchos por la dureza de sus palabras; pero dedicarse a suavizar lo que por naturaleza parece rígido se considera una interpretación privada (herejía), lo cual se hace para propia perdición de quien se adhiera a esa suposición. El ángel le indicó a José en una visión que el nombre del niño por nacer sería Jesús (Jehová salva) porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Hubo una restricción en materia de salvación, una referencia exclusiva al pueblo de Dios. No se incluyó al mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9; Mateo 1:21).

    Tenemos una referencia en el Antiguo Testamento, la cual nos da a entender que esa nueva Pascua sería similar a la primera pascua del pueblo de Israel. Aquella anterior se hizo en favor de todos los que se aferraron a la marca de la sangre del cordero colocada en sus dinteles, lo cual hace inferir que los que no tenían tal marca serían sometidos al juicio del ángel de la muerte. Jesús aseguró que pondría su vida por las ovejas, no lo hizo por los cabritos; a unas personas les dijo en forma directa que ellas no formaban parte de sus ovejas, por lo cual no creían y no venían a él. En otra ocasión dijo que ninguna persona podía venir por su cuenta a él, sino solamente aquellas enviadas por el Padre. Agregó que todo lo que el Padre le daba vendría a él y nunca sería echado fuera.

    Esta doctrina de la gracia, que incluye la predestinación y la soberanía absoluta de Dios, ofendió a muchos. Esa es la doctrina que debemos tener y en ella hemos de permanecer, de manera que quien no la traiga a casa no debe habitar como hermano entre nosotros. No debe ser bienvenido aquel que venga con una doctrina diferente. Por eso hemos de tener cuidado con los que andan enredados en filosofías y huecas tradiciones, como si la costumbre de una doctrina equivocada la hiciera aceptable. No puede el argumento falaz de cantidad validar la doctrina que la mayoría sigue, por el solo hecho de que la mayoría debe tener la razón. Somos llamados la manada pequeña, se nos habla de la soledad de Elías, de Isaías, de Juan el Bautista, del Señor que fue abandonado; se nos incita a entrar por la puerta angosta, a caminar por el camino estrecho, a huir del mundo y sus atractivos. Se nos dice por igual que en el mundo tendremos aflicción porque no pertenecemos al mundo donde tenemos que seguir por cierto tiempo.

    Cuando Pablo escribió a los de la iglesia de Roma, les habló de un grupo de personas que tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Por ellos oraba, una demostración doble de su amor: 1) no les dijo paz, paz, cuando no la había, es decir, no los engañó para que continuaran en la mentira doctrinal; 2) oraba para su salvación, por si Dios los tenía en su lista. En otros términos, cuando uno ora por una persona demuestra amor hacia ella, ya que al estar en nuestros pensamientos lo conducimos en oración al Padre para ver si aquel también alcanzará misericordia como nosotros.

    Lo que hizo el apóstol Pablo por esos israelitas referidos en su carta a los romanos nos demuestra varios puntos interesantes. Hay gente en las congregaciones eclesiásticas que suponen amar a Dios, que manifiestan gran celo por su palabra, pero que desviados de la doctrina esencial del evangelio (la justicia de Dios que es Jesucristo) hacen inútil tal celo y trabajo. Ellos han demostrado por su errónea doctrina que están extraviados, que siguen reprobados. No se les habrá de engañar diciéndoles que no pasa nada, que por su buena conducta serán exonerados por Dios. No será así porque la salvación no es por obra, no vaya a ser que alguien se gloríe.

    Pablo les hizo ver su torcedura de pensamiento, les dijo que su creer resultaba anticientífico, contra la naturaleza de la fe de Cristo. Porque creemos en el Señor pero no en abstracto, como si fuera solo una figura histórica; si creemos en él es porque le conocemos (¿cómo se invocará a aquel de quien no se conoce?). Si creemos en él es porque conocemos sus enseñanzas, en especial la que se centra en el núcleo del Evangelio. La expiación que el Señor realizó en la cruz originó nuestra justicia, pero no porque fue una oferta libre para que cada quien la aceptara o la rechazara, sino que nos vino como la promesa de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados. Esa promesa ya está descrita en el Génesis y fue anunciada reiterativamente en muchos lugares de la Biblia.

    Se puede estar en la fe de las tradiciones humanas, en la fe subjetiva de lo que hemos mirado como Dios. Muchas veces la gente de religión se apega a un ídolo, una concepción de lo que debería ser Dios. Tal vez Dios debería haber amado a Esaú, o tal vez debería haberlo odiado en base a sus maldades (la venta de la primogenitura, por ejemplo). Tal vez resulte injusto la condena del Faraón, a quien Jehová levantó para gloriarse en toda la tierra. Jehová le había dicho a Moisés que endurecería el corazón del Faraón, para no dejar ir a su pueblo. De manera que eso nos puede parecer injusto.

    De esta manera, con el criterio de lo que debería ser justo que Dios haga vamos armando el ídolo, equipándolo con nuestra ideología. Pero al cotejar nuestros resultados con las Escrituras encontramos mucha disparidad. Por esa razón buscamos a los expertos en torcer la palabra divina para que ese Dios no aparezca tan ofensivo ante los demás. Allí ha surgido otro ídolo y a ese ídolo muchas personas que se llaman cristianas adoran. Como si adorasen a un Baal-Jesús. Pero ¿quién se engaña con esto? Solamente los que fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo.

    No obstante, en esa gigantesca Babilonia que domina el mundo, todavía hay gente de Dios que se encuentra atrapada. Algunos ni siquiera lo saben, pero el llamado del Señor sigue siendo el mismo: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados (Apocalipsis 18:4). Examinarse a sí mismo para ver si se está en la fe, probar a los espíritus (personas) para ver si son de Dios, estar atento a los falsos maestros para denunciarlos y para alejarnos de ellos como mensajeros del evangelio extraño, son algunas de las tareas que competen a los creyentes de la fe de Cristo. Esta tarea forma parte de la carrera de la fe, de la batalla que hemos de pelear en el día a día, para que velando podamos orar con conciencia por asuntos específicos que conciernen a nuestra peregrinación en la tierra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PERECER EN LA IGNORANCIA

    La gran tragedia humana le viene como destino al hombre, un peso de pecado con el que fue concebido, una carga que no puede botar por cuenta propia. Muchos ignoran el significado de la justicia de Dios, así que pretenden colocar la suya propia para justificar sus acciones. El Ser Supremo, absolutamente Santo, condena la iniquidad con paga eterna por la razón de que no se puede saldar la deuda cometida contra un Ser eterno. La paga del pecado es la muerte, todos los que pecan quedan destituidos de la gloria de Dios. Dos axiomas que generan la consecuencia nefasta de la tragedia de la humanidad.

    Mientras la vida sigue, el hombre se entrega al pecado: cualquier licencia para alejarse de su Creador; los más religiosos, los que se leyeron por fuera la tapa de un libro, suponen que sus rituales les brindan cierta protección, que el Dios del cielo por ser definido como Amor no los enviará a un juicio de condenación perpetua. Pero lo que de Dios se conoce queda manifiesto por medio de la obra de la creación que testifica ante nosotros, aunque existe una revelación escrita que también manifiesta el plan de Dios para los seres humanos.

    En la Biblia, conocida como la palabra del Dios viviente, se anuncia el arrepentimiento para perdón de pecados, el creer el evangelio para vida eterna, pero se condiciona ese creer y ese arrepentirse al trabajo que hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Si se ignora esa justicia de Dios, se tiende a establecer la justicia propia de cada quien, lo cual presupone una ignorancia mortal, la cual hace perecer el alma humana. ¿Cuál es ese conocimiento crucial que la gente ha ignorado?

    El sentido de la justicia de Dios es ese conocimiento descuidado; la Escritura nos dice que esa justicia de Dios es el mismo Jesucristo (Jeremías 23:6; 1 Corintios 1:30). Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21). Fijémonos en el destinatario de esa justicia de Dios: Pablo habla a los hermanos en Corinto, así que usa el nosotros como un colectivo que engloba a los creyentes en Cristo. No dice que Dios hizo pecado a su Hijo para beneficio de todo el mundo, sin excepción, pues si así dijera todo el mundo hubiese sido salvo, sin excepción.

    Acá vemos el núcleo del asunto. La justicia de Dios justifica y redime al impío, de tal forma que ninguno de los redimidos tiene algo de qué gloriarse, sino en la cruz de Cristo. Si Dios hubiese declarado su justicia en alguna persona porque vio que esa persona tenía unas cualidades especiales de humildad y mansedumbre, de inteligencia y prontitud, entonces la obra de esa persona haría gloriar al ser humano.

    El evangelio no nos avergüenza ya que es el poder de Dios para salvación del creyente, en ese evangelio se muestra o revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Esto pertenece al ámbito de las declaraciones forenses o judiciales, sin que se fundamente en ningún acto del pecador. Dios es justo y justifica al impío que pertenece a la fe de Jesús, así que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley (Romanos 3:21-28). Alguno dirá que es la fe la que lo justifica, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. Entonces la fe no es la que justifica sino un medio por el cual el individuo recibe la gracia divina. Así que tanto la gracia, como la salvación y la fe son todas obra de Dios, un regalo del Señor (Efesios 2:8).

    ¿Qué hizo que Dios se fijara en mí, siendo yo tan pecador? Somos todos formados de la misma masa, dijo Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9. No tenemos de qué gloriarnos. Tenemos un ejemplo de la ejemplar soberanía de Dios en materia de salvación que debe dejar claro el asunto. A Jacob amé y a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13). Desde la eternidad Dios escogió a quién salvar y a quién condenar, para que sea por la elección y no por las obras.

    ¿Parece eso injusto? En ninguna manera, sino que Dios en su soberanía hace como quiere. Este peso trágico tuvo Judas Iscariote en su existir, lo mismo que sufrió Caín o el Faraón de Egipto. De igual forma lo poseen todos aquellos destinados para tropezar en la roca que es Cristo, que forman parte del conglomerado de réprobos en cuanto a fe, en los cuales Dios demostrará su poder y su ira, y hará notorio su poder. A éstos, Dios los soporta con mucha paciencia en tanto vasos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22).

    Por contraste, Dios quiso en su soberanía mostrar notoriamente las riquezas de su gloria, para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, llamando pueblo suyo al que no era su pueblo. Pues solamente el remanente será salvo por gracia, por medio de la fe, como un don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.

    Así que es la cruz del Señor la que establece la diferencia entre el réprobo y el elegido para salvación. Pero para eso hubo un ordenamiento eterno (1 Pedro 1:20), una elección antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), una predestinación para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). No hubo nada bueno en nosotros sino solamente la elección descansó en el puro afecto de la voluntad de Dios, para alabanza de la gloria de su gracia. El que no logra entender, esto le indica que no ha creído todavía el evangelio de Jesucristo. Esa persona anda perdida, en la suposición de su vanagloria, descansando en sus buenas obras, teniendo su propia justicia como baluarte de vanidad.

    No se trata de entender primero para ser salvo después, porque también sería una obra intelectual como mecanismo de salvación, lo cual no es bíblico. Se trata de que una vez que hemos sido nacidos de nuevo, por medio del Espíritu Santo, la verdad nace en nosotros. Tenemos la mente de Cristo, por lo tanto su conocimiento no nos resulta ajeno. En cambio, la doctrina que viene del pozo del abismo pulula en aquellas personas que dicen creer en la gracia de Dios, pero suponen que pueden vivir en la ignorancia de ese conocimiento una vez que supuestamente han nacido de nuevo.

    La persona que se gloría en su entendimiento, en sus obras de cualquier tipo, en su pequeñísima justicia, queda excluida de la gloria de Dios. La diferencia entre cielo e infierno yace en la cruz de Cristo, en su trabajo en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21), un trabajo que no hizo por el mundo no amado por el Padre (Compárese Juan 3:16 con Juan 17:9). La perversa doctrina de la expiación universal, la cual pregonan el catolicismo, el arminianismo evangélico y otros grupos, conlleva a una autoexaltación. Se supone que Cristo hizo lo mismo por todo el mundo, sin excepción, pero el que va al cielo hizo su pequeña parte de voluntad propia, con su mítico libre albedrío. En cambio, el que va al infierno no supo aprovechar la oportunidad otorgada. Allí hay mérito propio, algo de qué gloriarse y por lo tanto se comparte su gloria con la de Dios, mezcla su propia justicia con la de Cristo.

    Si el trabajo de Cristo se hizo en forma idéntica por los salvados como por los condenados, resulta evidente que el esfuerzo del pecador constituyó el factor decisorio entre cielo e infierno. Esto no es más que un falso evangelio pregonado por los profetas de mentiras, por los que dicen paz cuando no la hay, por los que se escandalizan de la absoluta soberanía de Dios. Estos son los mismo que denuncian a Dios como alguien peor que un diablo o como un tirano (John Wesley, por ejemplo). Estos son de los que dicen que Dios condenó a Esaú por vender la primogenitura, nunca a priori a sus malas obras (Spurgeon, por ejemplo, en su célebre sermón Jacob y Esaú).

    El falso evangelio que se fundamenta en el pecador, en sus obras muertas, en sus delitos y pecados, no ha salvado ni una sola alma. Muchos dirán en el día final: Señor, en tu nombre hicimos milagros, echamos fuera demonios; en tu nombre evangelizamos (como los viejos fariseos), recorrimos la tierra en busca de un prosélito. En tu nombre fuimos domingo a domingo a la iglesia, cantamos y dimos ofrendas, oramos, suplicamos y ayunamos. Pero ya el Señor lo ha declarado: el que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo; nosotros preguntamos: ¿cómo puede tener al Espíritu Santo? En realidad a quien tienen es al espíritu del anticristo. Por esa razón el Señor les dirá en aquel día: Nunca os conocí.

    Nos queda por decir que el dios de la expiación universal envía al infierno a aquellos que supuestamente les fueron perdonados sus pecados en la cruz; porque muchos no creen y por lo tanto perecen en sus pecados. ¿Cómo pueden haber sido borrados sus pecados en la cruz y después de haber sido castigados esos pecados en Jesucristo tienen que ir al infierno de fuego? Eso no sería propio de un Dios justo que justifica al impío, sino de un ídolo que llaman Jesús o Jehová, pero que no es sino una elaboración imaginada al calco de la carne humana. La ignorancia hace perecer el alma, conocer al siervo justo viene como signo de la justificación (Isaías 53:11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • FALSIFICAR LA PALABRA DE DIOS

    Los herejes tuercen para su propia perdición la palabra de Dios, pero los que se dicen cristianos -sin realmente serlos- los llaman sus hermanos. Algunos que tienen por cierta la doctrina de Cristo consideran que los otros que no la tienen pertenecen a una categoría inferior. Como si ellos hubiesen alcanzado por mérito propio el barniz cultural teológico que los encumbra sobre aquellos. Todos siguen tan perdidos como el más acérrimo ateo.

    Pablo agradece a Dios porque lo lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, ya que el conocimiento divino se manifiesta por medio de él, como también por medio de cada creyente verdadero. Afirma el apóstol que para Dios somos grato olor de Cristo, como cartas abiertas escritas con sangre que la gente puede leer. En realidad, nos llega a la memoria el relato del Señor respecto al árbol bueno y al árbol malo. Dice Jesús que no puede el árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo jamás podrá dar un fruto bueno. Así que nosotros, como árboles buenos, expelemos ese olor grato ante Dios.

    Pero están los que prosperan al falsificar la palabra de Dios, los que con mentiras engañan a las masas que siguen al maestro de mentiras. Los falsos apóstoles y engañosos maestros son muchos (1 Juan 2:18), ellos corrompen la palabra de Dios. Al corromper nos dejan la tarea de restaurar, de componer aquello que han deteriorado. Los enredos intelectuales se muestran variados, así que nos dejan la tarea de la investigación para oponernos a sus argumentos.

    La palabra de Dios, viva y eficaz, lleva gloria a su Autor, pero también trae beneficio a los creyentes. La mezcla de enseñanzas humanas con doctrinas bíblicas ocasiona malestar en los elegidos de Dios, pero sirven para terminar de condenar a los que se gozan en la mentira. En realidad, la herejía misma forma parte del arsenal de armas que posee el falso maestro, de acuerdo al espíritu de estupor enviado por Dios para que los que no aman la verdad se pierdan perennemente.

    Una de las formas preferidas de trabajar los falsos maestros consiste en hablar de gracia común o gracia general. Les encanta alegar que la muerte de Cristo se hizo en favor de todo el mundo sin excepción, por lo que la gracia sale de la cruz como un río hacia las diferentes tierras del planeta. Otros, más austeros con la doctrina, se ciñen a parte de la verdad: que Cristo murió por su pueblo, pero que del Calvario brota la gracia en favor de todos, sin excepción. ¿Y cómo es ese galimatías? Sencillamente afirman que la muerte del Señor fue suficiente para limpiar los pecados de todo el mundo, pero que fue eficaz solamente en los escogidos.

    La suficiencia y eficacia se convierten ahora en términos sutiles para decirle a los condenados que de alguna manera Cristo murió por ellos. Se esconde una blasfemia contra el Señor, al pisotear su sangre y abaratar el evangelio. La Biblia enseña que Jesús moriría por su pueblo (Mateo 1:21), que solamente los que el Padre envía al Hijo serán salvos (Juan 6:44). De esta manera deja claro que no existe ninguna gracia común o general que beneficie a toda la humanidad, sin excepción. Saquemos algunas cuentas: ¿En qué benefició a Judas Iscariote el andar con el Señor poco más de tres años? ¿Cuál fue la gracia mostrada al Faraón de Egipto a través del enviado Moisés? ¿O de qué gracia puede hablarse con respecto a los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo? ¿Será que aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, se les otorgó la gracia de Dios? (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    Vemos que esa pedagogía resulta monstruosa, pero que se utiliza por los que se avergüenzan del evangelio. Sí, tienen vergüenza de presentar al Dios de las Escrituras tal como ellas lo anuncian. El Dios que hace el mal y el bien, el que mata y da vida, el que ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Es el mismo Dios que tuvo preparado y ordenado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Anunciado el diluvio universal Jehová derramó su ira sobre la humanidad creada, pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8). ¿Es que el resto de la humanidad percibió alguna gracia genérica, universal? No, lo que hubo fue un diluvio universal pero no una gracia semejante, simplemente Noé junto a los suyos fueron los rescatados en el arca. Ana también halló gracia ante los ojos del Señor, cuando se le concedió la petición de tener un hijo (Samuel) cuando oraba largamente delante de Jehová. A María se le dijo que había hallado gracia a los ojos de Dios (Lucas 1:30). Cristo Jesús gustó la muerte por todos (todo su pueblo) por la gracia de Dios (Hebreos 2:9). Pablo les desea gracia y paz a los santos y fieles hermanos en Cristo, por haber oído la verdadera palabra del evangelio, desde el día en que oímos y conocimos la gracia de Dios en verdad (Colosenses 1: 2 y 6). Dios nos predestinó para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1: 5-6). No nos puso Dios para ira sino para gracia, así que existe una gran diferencia entre un concepto y el otro. La posición del ser humano en esos dos conceptos es absolutamente excluyente: el árbol malo dará siempre un fruto malo, de la abundancia de su corazón hablará su boca (confesará un evangelio falso); el árbol bueno siempre dará un fruto bueno (de la abundancia de su corazón hablará su boca confesando el evangelio de verdad). Uno ha sido creado para ira, como vaso de deshonra y destrucción perpetua, sumido en la tragedia como Esaú, mientras el otro ha sido creado para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, como vaso de honra y gozo perpetuo.

    Muchos medran (prosperan) falsificando la palabra de Dios (2 Corintios 2:17), pero su fin será de muerte eterna. El creyente que no falsifica la palabra de Cristo es un grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A unos, olor de vida para vida, pero a otros olor de muerte para muerte. Esa es la voluntad del Señor (2 Corintios 2: 15-17).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL FALSO EVANGELIO

    Dios no se complace en la maldad, aborrece (odia)a todos los que hacen iniquidad, destruirá a todos los que hablan mentira (Salmo 5:4-6). Dado que Dios se ama a sí mismo, en tanto es amor, se desprende que odia a todo lo malvado porque le es ajeno. Estos hacedores del mal son personas a quienes Dios odia, de acuerdo al verbo griego MISEO. Así que olvidémonos desde ya de la famosa mentira teológica que dice que Dios odia el pecado pero ama al pecador; acá vemos claramente que Dios odia también al pecador.

    De verdad Dios nos amó con amor eterno, pero estuvimos bajo su ira -lo mismo que los demás- cuando anduvimos sin su evangelio. Otra mentira teológica ha sido enseñada en forma continua, la que dice que existen herejías pero no necesariamente éstas tienen herejes. Es decir, pareciera que una herejía aparece pero a quien la promulga o a quien la sigue por escucharla no se le tilda como hereje. Dentro de esa gran mentira, se trataría de personas engañadas, confundidas, que de igual forma aman al Señor y son amadas por Él. Nada más alejado de la verdad bíblica, porque la Escritura nos advierte contra la ignorancia y nos alienta a conocer al Siervo Justo que justificará a muchos.

    Si el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, si él habita en nosotros como garantía de nuestra salvación final, él también nos recuerda las palabras del Señor. Una de sus misiones consiste en llevarnos a toda verdad, así que no puede haber un árbol bueno que dé un fruto malo. Una persona que haya creído el evangelio de Cristo no puede confesar otro evangelio, ya que estaría dando fe de que nunca creyó como una oveja lo hace: la que huye del extraño y sigue al buen pastor.

    Una de las mentiras más propagadas desde hace siglos ha sido la del objeto de la muerte de Cristo. Se nos ha dicho repetidamente que el Señor vino a poner su vida por todo el mundo, sin excepción. De esta manera murió tanto por Judas Iscariote como por Esaú, por el Faraón de Egipto, por todos los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Se niega con tal afirmación lo que dijo Jesucristo: que no rogaría por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio (Juan 17).

    Esa gran mentira enseñada desde los púlpitos de las mal llamadas iglesias han convencido a multitudes, pero ellas no parecen ovejas sino cabras seguidoras del extraño (Juan 10:1-5). A estos engañados les parece bien gloriarse en su propia justicia, en sus haceres y no haceres. Por un lado aseguran que los salvó la gracia divina, pero por otro se atreven a asegurar que ellos creyeron porque su libre albedrío los condujo a esa realidad. Ellos aceptaron la oferta universal de Cristo como expiación y por ende fueron salvos. En realidad, ellos tienen de qué gloriarse, aparte de la cruz de Cristo. Ellos se glorían en su propia y personal decisión, como si su estado de pecadores no los hubiera afectado en forma absoluta, como si Dios cuando miró desde los cielos para ver si había algún sensato que lo siguiera los vio con sus corazones dispuestos.

    En realidad Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como si hubiese pagado por sus pecados inútilmente. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por lo que cuando predicó entre los hombres pudo decir que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo trajere. Agregó que nunca echaría fuera a alguna persona enviada por el Padre, ya que eso corroboraba la profecía que decía que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendríamos a él (Juan 6:44-45).

    Dado que Dios odia a todos los que operan o trabajan la iniquidad, debemos decir que igualmente odia a todos los que pervierten su doctrina. Todos aquellos que aseguran la mentira de la muerte universal de Jesús yacen bajo la ira continua de Dios. Pueden ser muy religiosos, con gran apariencia de piedad, con grandes obras humanas y religiosas, pero a ellos les será dicho Nunca os conocí. Aprendamos de Pablo lo siguiente: Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo (Gálatas 6:14).

    El evangelio es el único mecanismo para juzgarnos todos: Somos salvos por el poder de Dios. Asimismo, la justicia de Dios se pone de manifiesto en el evangelio, por medio de la fe y para fe, ya que el justo vivirá por la fe. El que cree en el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado. Así de simple, por lo cual conviene estar atentos a lo que es el evangelio de Cristo. No se le puede añadir ni quitar, ni una jota ni una tilde, ya que su anuncio no cambia con los siglos y sirve por igual para alcanzar las ovejas perdidas como para añadir mayor condenación a los incrédulos que lo rechazan.

    Recordemos siempre que por el Espíritu Santo el individuo nace de nuevo, pero no puede nacer de nuevo y seguir creyendo las doctrinas falsas que la religión ha pregonado. Eso sería un contrasentido, un testimonio de que sigue muerto en delitos y pecados y de que ha creído un evangelio diferente. Hoy día algunos teólogos de los estantes más vistosos han promulgado una expresión conciliadora en materia teológica; dicha expresión refiere a los que son felizmente inconsistentes.

    Esta feliz inconsistencia hace referencia a aquellos que a pesar de militar en doctrinas extrañas en realidad aman a Jesús como su Señor y Salvador personal. Poco les importa que se digan mentiras doctrinales como si fueran verdades de Jesucristo, lo que les interesa es nombrar a Jesús por encima de otros maestros o dioses. Por ejemplo: ¿Dices que eres salvo por la gracia de Dios, pero te glorías de tu sabia decisión? ¿Hablas por doquier de la soberanía divina, pero te sostienes con tu libre albedrío? Entonces, para esos teólogos de estantes vistosos, estás en un período de infeliz inconsistencia que no acarrea ningún problema. Esa es una gran mentira que debería cada quien refutar en interés de su pureza doctrinal, así como por causa del conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11).

    Los que profesan el falso evangelio tienen todavía el entendimiento entenebrecido. Para ellos el evangelio permanece escondido y no les resplandece la luz del evangelio de la gloria de Cristo. Les resplandece la luz del falso evangelio, del extraño, de los maestros de mentiras, de los falsos profetas de antaño. Contra ellos nos advirtió Juan, para que no nos reunamos con esa gente en quienes no habita la doctrina de Cristo. Ellos no tienen ni al Padre ni al Hijo, son portadores de abundantes plagas y debemos mantenernos alejados de ellos para no sufrir sus castigos (2 Juan 1:9-10).

    Dios desea que el verdadero Jesús de las Escrituras sea el que nos dé el inmediato e inevitable brillo del rostro de Jesucristo, el fruto inequívoco del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo. Jesucristo no está divorciado de su doctrina, como lo dijo: Yo vine a traer la doctrina de mi Padre. Doctrina se define como cuerpo de enseñanzas, así que conviene estudiar las Escrituras para no invocar una palabra vacía, aunque ésta sea ¨Jesús ¨. Lo que importa es conocer al Hijo (al Siervo Justo) para entender si fuimos o no justificados por él.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org