Los herejes tuercen para su propia perdición la palabra de Dios, pero los que se dicen cristianos -sin realmente serlos- los llaman sus hermanos. Algunos que tienen por cierta la doctrina de Cristo consideran que los otros que no la tienen pertenecen a una categoría inferior. Como si ellos hubiesen alcanzado por mérito propio el barniz cultural teológico que los encumbra sobre aquellos. Todos siguen tan perdidos como el más acérrimo ateo.
Pablo agradece a Dios porque lo lleva de triunfo en triunfo en Cristo Jesús, ya que el conocimiento divino se manifiesta por medio de él, como también por medio de cada creyente verdadero. Afirma el apóstol que para Dios somos grato olor de Cristo, como cartas abiertas escritas con sangre que la gente puede leer. En realidad, nos llega a la memoria el relato del Señor respecto al árbol bueno y al árbol malo. Dice Jesús que no puede el árbol bueno dar un fruto malo, ni el árbol malo jamás podrá dar un fruto bueno. Así que nosotros, como árboles buenos, expelemos ese olor grato ante Dios.
Pero están los que prosperan al falsificar la palabra de Dios, los que con mentiras engañan a las masas que siguen al maestro de mentiras. Los falsos apóstoles y engañosos maestros son muchos (1 Juan 2:18), ellos corrompen la palabra de Dios. Al corromper nos dejan la tarea de restaurar, de componer aquello que han deteriorado. Los enredos intelectuales se muestran variados, así que nos dejan la tarea de la investigación para oponernos a sus argumentos.
La palabra de Dios, viva y eficaz, lleva gloria a su Autor, pero también trae beneficio a los creyentes. La mezcla de enseñanzas humanas con doctrinas bíblicas ocasiona malestar en los elegidos de Dios, pero sirven para terminar de condenar a los que se gozan en la mentira. En realidad, la herejía misma forma parte del arsenal de armas que posee el falso maestro, de acuerdo al espíritu de estupor enviado por Dios para que los que no aman la verdad se pierdan perennemente.
Una de las formas preferidas de trabajar los falsos maestros consiste en hablar de gracia común o gracia general. Les encanta alegar que la muerte de Cristo se hizo en favor de todo el mundo sin excepción, por lo que la gracia sale de la cruz como un río hacia las diferentes tierras del planeta. Otros, más austeros con la doctrina, se ciñen a parte de la verdad: que Cristo murió por su pueblo, pero que del Calvario brota la gracia en favor de todos, sin excepción. ¿Y cómo es ese galimatías? Sencillamente afirman que la muerte del Señor fue suficiente para limpiar los pecados de todo el mundo, pero que fue eficaz solamente en los escogidos.
La suficiencia y eficacia se convierten ahora en términos sutiles para decirle a los condenados que de alguna manera Cristo murió por ellos. Se esconde una blasfemia contra el Señor, al pisotear su sangre y abaratar el evangelio. La Biblia enseña que Jesús moriría por su pueblo (Mateo 1:21), que solamente los que el Padre envía al Hijo serán salvos (Juan 6:44). De esta manera deja claro que no existe ninguna gracia común o general que beneficie a toda la humanidad, sin excepción. Saquemos algunas cuentas: ¿En qué benefició a Judas Iscariote el andar con el Señor poco más de tres años? ¿Cuál fue la gracia mostrada al Faraón de Egipto a través del enviado Moisés? ¿O de qué gracia puede hablarse con respecto a los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo? ¿Será que aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, se les otorgó la gracia de Dios? (Apocalipsis 13:8; 17:8).
Vemos que esa pedagogía resulta monstruosa, pero que se utiliza por los que se avergüenzan del evangelio. Sí, tienen vergüenza de presentar al Dios de las Escrituras tal como ellas lo anuncian. El Dios que hace el mal y el bien, el que mata y da vida, el que ha hecho todas las cosas para Sí mismo, aún al malo para el día malo. Es el mismo Dios que tuvo preparado y ordenado al Cordero desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).
Anunciado el diluvio universal Jehová derramó su ira sobre la humanidad creada, pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová (Génesis 6:8). ¿Es que el resto de la humanidad percibió alguna gracia genérica, universal? No, lo que hubo fue un diluvio universal pero no una gracia semejante, simplemente Noé junto a los suyos fueron los rescatados en el arca. Ana también halló gracia ante los ojos del Señor, cuando se le concedió la petición de tener un hijo (Samuel) cuando oraba largamente delante de Jehová. A María se le dijo que había hallado gracia a los ojos de Dios (Lucas 1:30). Cristo Jesús gustó la muerte por todos (todo su pueblo) por la gracia de Dios (Hebreos 2:9). Pablo les desea gracia y paz a los santos y fieles hermanos en Cristo, por haber oído la verdadera palabra del evangelio, desde el día en que oímos y conocimos la gracia de Dios en verdad (Colosenses 1: 2 y 6). Dios nos predestinó para alabanza de la gloria de su gracia (Efesios 1: 5-6). No nos puso Dios para ira sino para gracia, así que existe una gran diferencia entre un concepto y el otro. La posición del ser humano en esos dos conceptos es absolutamente excluyente: el árbol malo dará siempre un fruto malo, de la abundancia de su corazón hablará su boca (confesará un evangelio falso); el árbol bueno siempre dará un fruto bueno (de la abundancia de su corazón hablará su boca confesando el evangelio de verdad). Uno ha sido creado para ira, como vaso de deshonra y destrucción perpetua, sumido en la tragedia como Esaú, mientras el otro ha sido creado para alabanza de la gloria de la gracia de Dios, como vaso de honra y gozo perpetuo.
Muchos medran (prosperan) falsificando la palabra de Dios (2 Corintios 2:17), pero su fin será de muerte eterna. El creyente que no falsifica la palabra de Cristo es un grato olor de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. A unos, olor de vida para vida, pero a otros olor de muerte para muerte. Esa es la voluntad del Señor (2 Corintios 2: 15-17).
César Paredes
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