Etiqueta: GRACIA

  • EL CASO DE CORINTO

    Pablo reprende a un hermano en la iglesia de los Corintios, pero al entregarlo a Satanás lo hace bajo la esperanza de que su espíritu se salve en el día postrero. Un caso de fornicación muy sonado en esa iglesia que el apóstol trata en forma peculiar: El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Una advertencia sigue a la terapia aplicada, que tengan cuidado pues un poco de levadura se leuda toda la masa. El problema sociológico del pecado en esa iglesia podía cundir a los otros miembros, habituándose de esa manera a hacer el mal.

    En la Segunda Carta a esa iglesia, Pablo dice que le basta a esa persona la reprensión hecha por muchos; que ellos debían perdonarle y consolarle, para que no fuese consumido en demasiada tristeza. Además, Satanás no debía ganar ventaja alguna sobre los creyentes, como buen maquinador que es (2 Corintios 2: 5-11). La entrega a Satanás pudo ser posible como parte de los dones especiales del Espíritu Santo recibidos por los apóstoles. En otra carta, Pablo le comenta a Timoteo que había entregado a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendieran a no blasfemar (1 Timoteo 1:20).

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, como le aconteció al rey Saúl, a quien Jehová le envió un espíritu maligno para que lo atormentara (1 Samuel 16:14-23). En el caso de Corinto, el cuerpo o la carne de ese hermano debía sufrir la aflicción y tortura por parte de Satanás, para que por ese medio entendiera el sentido del pecado. De esa forma sería conducido al arrepentimiento de su mala obra en la iglesia. El objetivo final no era la condenación eterna sino el que su espíritu fuese renovado y restaurado para la salvación de su alma. Recordemos que Pablo no entregó esa alma a Satanás sino el cuerpo (carne en este caso) para ser molestada e incomodada en muchos sentidos, de forma que recapacitara y ordenara sus pasos.

    Dios al que ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. Esto es cierto, así que los que predicamos el Evangelio de la Gracia no apoyamos el libertinaje del pecado, no enseñamos a pecar (como también Pablo fue acusado); advertimos a la iglesia del peligro del pecado, más allá de que seamos permanentemente salvos. Estamos bajo un Pacto de Gracia que no puede quebrantarse para el elegido de Dios, como afirmó el mismo Jehová a Jeremías: Haré con ellos un pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí (Jeremías 32:40).

    Pablo también nos dijo que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo; sin embargo, en otra oportunidad escribió que se sentía miserable por causa de sus pecados: lo que debía hacer no hacía, empero lo malo que no quería esto hacía (Romanos 7). Dio finalmente gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado). De todas formas deducimos por las Escrituras que, aunque la salvación es completamente de pura gracia, ese pacto incluye ciertas obligaciones por consecuencia. Nosotros debemos confiar (tener fe, ejercitarla) a pesar de que la fe nos haya sido dada igualmente (Efesios 2:8); debemos arrepentirnos, como consecuencia de la operación ejercida en nosotros por el Espíritu Santo en el momento de la regeneración o nuevo nacimiento; debemos obedecer al Señor (si me amáis, guardáis también mis mandamientos). Estas cosas hacemos como nuestro deber, pero igualmente las consideramos como frutos de la gracia y jamás como una condición para alcanzarla.

    Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor (Juan 15:10). Las promesas que fueron hechas a Abraham y a su simiente permanecen, sabiendo que esa simiente no es otra que Jesucristo (Gálatas 3:16). El sufrimiento de Cristo permitió que pudiera llevar muchos hijos a la gloria, al haber cumplido lo exigido por el Padre (Hebreos 2:10). El Señor no se avergüenza de llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11-13).

    Nosotros los creyentes somos los hijos que Dios le dio a Cristo, como el fruto de la Redención. Fuimos elegidos para tal acto de misericordia desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:3-5). Jesús sufrió por traer esos hijos que Dios el Padre le dio, para llevarnos a la gloria, así que Jesús murió por cada uno de los que conformamos su pueblo (Mateo 1:21). Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá al Hijo; sabiendo que él no lo echa fuera (Juan 6:37).

    Dios no socorrió a los ángeles sino a la descendencia de Abraham (Hebreos 2:16). Esta descendencia no es la misma que la de Adán, pues en Adán todos mueren pero en Cristo todos vivimos. Esta simiente de Abraham, lo que fue una promesa, llegó a ser señalada como Cristo mismo y por ende sus herederos y hermanos. Dios no puede ser tenido como arbitrario, ya que tuvo un propósito en toda su creación y con toda su elección. Dios obra todas las cosas de acuerdo al consejo de Su voluntad (Efesios 1:11). Los decretos divinos provienen de la voluntad de alguien que es infinito en sabiduría y poder, así como en justicia, rectitud y bondad.

    La gracia no puede ser tenida como arbitraria, de otra manera no sería gracia sino capricho. Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, sin que dependa de voluntad humana alguna. Dios no está rogando para que vengan a Cristo, no hizo una expiación universal a la espera de que se adhieran a ese favor voluntariamente. Él ha dicho que en el día de su poder nuestra voluntad estará ligada a sus mandatos (Salmos 110:3).

    Como el ser humano no puede adquirir la gracia por sus propios esfuerzos, tiende a confundirla con arbitrariedad. La voluntad de Dios es suficiente rasero para evidenciar la justicia divina; por esta razón vemos a Cristo agradeciendo al Padre porque hacía como le había agradado (Mateo 11:26). Y si Dios obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, sabemos que el hermano de la iglesia de Corinto fue amonestado correctamente. Pero no solo la amonestación es para tener en cuenta, sino la inclusión a la iglesia después de haber recapacitado.

    El caso de Corinto nos ilustra sobre la gracia y viene como una advertencia contra el pecado; pero también nos enseña que esa gracia debe ser tenida en cuenta por la iglesia como organización. El perdón va inherente a la gracia que se nos exige para con nuestros hermanos. El problema se presenta cuando los que definen el castigo jamás han sido perdonados, sino que parecen cabras metidas en el rebaño de las ovejas. Solo saben dar cabezazos a los que están sufriendo la dura pena de pecar contra el autor de la gracia incondicional.

    La gracia soberana es nuestra esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PORQUE ÉL NOS AMÓ PRIMERO (1 Juan 4:19)

    La premisa de Juan nos indica algo importante respecto a nuestra naturaleza caída. El hombre natural no puede amar a Dios; si pudiera, no hubiese hecho falta que Cristo viniera a la tierra. Juan nos educa al respecto: si amamos al Señor es únicamente porque él nos amó primero. El hombre natural continúa sosteniendo que para que el amor sea real es necesario tener la posibilidad de rechazar tal amor. Es decir, Dios desea que le amemos libremente, por lo tanto no existe compulsión hacia nosotros para amarlo a Él. Si no hubiese habido el cambio de corazón (el de carne en lugar del de piedra, como lo afirma Ezequiel), nuestro odio al Dios de la Biblia continuaría manifestándose.

    Como dice Pedro: la puerca lavada vuelve al lodo, y el perro a su vómito. La inmundicia que caracteriza a la naturaleza humana rechaza la pureza divina. Nuestra tendencia natural, de acuerdo a la ley del pecado que nos habita (Romanos 7), nos vuelca a cosas muy distintas a las cosas celestiales. La gracia de Jesucristo fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús (1 Timoteo 1:14). Dios el Padre abunda en gracia y bondad, en tanto Él es rico en misericordia. Su pueblo escogido goza de la plenitud de su amor. Como está escrito, la ley vino para que abundara el pecado (para que lo mostrara y nos instara a la desobediencia, pues donde se dice no codiciarás se aumenta la codicia), pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Romanos 5:20).

    Ningún ser humano posee por naturaleza la fe de Cristo, sino solo su pueblo (Efesios 2:8). El creyente (el elegido que ha sido llamado eficazmente) posee la fe por gracia, al igual que toda bendición celestial, para dar a Cristo toda la gloria por eso que posee como redimido. Recordemos que antes de que la gracia nos visitara no teníamos ni la más remota posibilidad de amar a Dios (al Dios de las Escrituras). Dada la gracia, poseemos la capacidad irrenunciable de amar al Señor.

    Muchos se confunden con la filosofía jurídica que presupone un estado de libertad previo a la culpa. Esto no funciona a nivel teológico o espiritual: el hombre no posee ninguna libertad sino que tiene una disposición natural hacia el mal. Urge nacer de nuevo, pero esto no depende de voluntad humana sino solamente del Espíritu de Dios. En las Escrituras nos encontramos con variados relatos respecto a gente que conociendo a Jehová, que aún recibiendo ciertos favores divinos (en la providencia de Dios), se vuelcan contra el Señor.

    Por ejemplo, en 1 Reyes 13 leemos sobre un profeta de Judá que amonesta a Jeroboam. Como castigo de Jehová la mano extendida del malvado rey Jeroboam se secó, pero el rey suplicándole al profeta le pide que ruegue a Dios para que le devuelva su mano restaurada. Así acontece, una vez que el varón de Dios hubo orado para que se le restaurara la mano del rey. No obstante, dice el verso 33 del Capítulo 13 de 1 Reyes que, con todo esto, no se apartó Jeroboam de su mal camino, sino que volvió a continuar con sus abominaciones.

    ¿Qué nos ilustra ese relato sobre Jeroboam? Que poco importa que a la gente se le haga el bien social, ya que con ello no seguirán a Cristo. Lo mismo aconteció cuando el Señor estuvo en medio de los judíos, de acuerdo al relato de Juan 6. Una multitud le seguía y había presenciado el milagro de los panes y los peces, pero días más tarde lo dejaron solo porque no resistían su doctrina. Ellos dijeron: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6: 60). Muchas organizaciones autodenominadas cristianas tienen servicios públicos para ayudar a personas que han sido dominadas por ciertos males terribles. Les ayudan así como les enseñan partes de la Biblia y los persuaden a que sigan a Cristo. Lo hacen y se mantienen a ratos, pero su naturaleza no ha sido cambiada y terminan molestos con la doctrina del Señor (no con el falso evangelio aprendido).

    Ayudar a restaurar a otros complace mucho, pero no pretendamos que por ese mecanismo ellos vendrán a Dios. Ninguno puede ir a Cristo si el Padre no lo envía (Juan 6: 44). Los Diez Mandamientos que Dios legó a la humanidad por medio de Moisés ponen de manifiesto lo que la humanidad debe hacer, no necesariamente lo que puede hacer. Si alguno osara argumentar que ha cumplido con la ley divina, entonces debe entender que la Escritura dice igualmente: … por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El hombre no es justificado por medio de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16). Empero, no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un regalo de Dios (Efesios 2:8). Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11: 6); Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2).

    Jesucristo es el líder de nuestra fe, el artífice, el Príncipe de ella; al mismo tiempo es el que la completa. Si perdemos de vista a Jesús ¿cómo llegaremos a donde queremos llegar? No nos parece irracional el propósito de Dios al formular la definición de la fe (Hebreos 11), tampoco el brindarnos su ley junto a su severidad. La comprensión de esta realidad implica que nada podemos hacer para satisfacer la justicia divina. El pecado de Adán pasó como herencia federal a toda la humanidad. Jesucristo es llamado el Segundo Adán, para que por medio de él la nueva humanidad sea justificada.

    Esa nueva humanidad engloba a todos los creyentes que por haber recibido la abundancia de la gracia y el don de la justicia fuimos justificados (Romanos 5: 17). Ese postrer Adán es el espíritu vivificante (1 Corintios 15:45). Primero viene lo animal y después lo espiritual, el primer hombre es de la tierra pero el segundo hombre es del cielo. De allí que la sangre y la carne no heredan el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Con estas palabras de Pablo entendemos sobre la importancia de conocer al postrer o segundo Adán, a Jesucristo el justo.

    Le hicieron una pregunta al Señor, estando acá en la tierra; le inquirieron si eran pocos los que se salvaban. El Señor respondió que lo que es imposible para los hombres para Dios es posible. Esto implica que no podemos salvarnos a nosotros mismos, ni con mucho esfuerzo de conducta, ni con muchas obras benéficas. Si no tuviéremos la justicia de Dios (Jesucristo) por medio de la gracia, nadie sería salvo.

    El amor de Dios hacia nosotros es primero que el nuestro hacia Él. Y Él ama a su pueblo como ama a Su Hijo, lo cual revela la dimensión de ese amor. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Juan 3:1). El mundo persigue a los hijos de Dios, por cuanto no nos ama; Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9) sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros discípulos (Juan 17:20).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • PACTO ETERNO

    En Jeremías 32 leemos sobre un pacto que haría el Señor con su pueblo; aunque se refiera al Israel escogido, nosotros como creyentes en Cristo formamos parte del Israel de Dios. Ese pacto nos concierne, como bien dijera el apóstol Pablo: No todo Israel sería salvo, sino los escogidos, ya que en Isaac sería llamada la Simiente que es Cristo. Bueno, ese pacto eterno consistiría en colocar en nuestros corazones el temor de Dios para que nunca nos apartemos de Él. Dice el verso 41: Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma.

    Dios es amor (1 Juan 4:8), en relación con sus hijos. A Jacob amé, dice la carta a los romanos, dándonos a entender que es su voluntad lo que lo dispuso a amarlo aún antes de que fuera concebido o de que hiciera bien o mal. Juan continúa escribiéndonos y asegura que amamos al Señor porque él nos amó primero. Esta premisa debemos conservarla en todo momento del recorrido bíblico, ya que sin ese amor no pudiéramos amar a Dios (1 Juan 4:19). Dice el Salmo 25:10: Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus testimonios.

    Sabemos que el pacto eterno que el Señor ha hecho con nosotros como su pueblo ha consistido en colocar en nuestros corazones el temor necesario para guardar su pacto y sus testimonios. Dios escogió a Israel (lo cual se hace extensivo a los creyentes en Cristo) por causa de su amor, no por nuestras cualidades (Deuteronomio 7:7-8). Allí está la gracia de Dios, la cual implica plena libertad en Él para escoger de acuerdo al propósito de su voluntad. De la misma masa escogió a Esaú y a Jacob, para que no se atribuyera alguna cualidad negativa o positiva en el acto de escoger que tiene como Elector (Romanos 9:11-18).

    Por la gracia de Dios fuimos amados antes de ser llamados, sencillamente porque Él es Dios y no cambia. Y por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, así que si el Señor de los Ejércitos se ha propuesto algo nadie puede anularlo (Isaías 14:27). Sin embargo, esa gracia debe ser bien entendida por nosotros sus hijos; no se trata de que por la elección seremos salvos de cualquier manera, ya que existen los mecanismos exclusivos de su decreto eterno e inmutable.

    Por la palabra del evangelio hemos de oír para tener la fe que recibe la bendición del llamado eficaz. Conocemos que el llamamiento es para santidad, de manera que no podemos vivir en la inmundicia; ciertamente, el pecado nos acompaña a lo largo de nuestra existencia en este mundo y estamos sometidos a nuestro cuerpo de muerte, pero se nos exige batallar para hacer morir las obras de la carne. Dios al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Conoce el Señor a los que son suyos; apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Timoteo 2:19).

    Una frase de Santiago en el Concilio de Jerusalén nos recuerda lo que implica la soberanía absoluta de Dios: Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio (Hechos 15:18). Sabemos que Dios conoce porque planifica, porque decreta lo que habrá de acontecer, no porque averigua el futuro. En su decreto o voluntad eterna quiso reservarse para Él a un pueblo que amó eternamente; así dentro de los judíos como dentro de las demás gentes (gentiles). En tal sentido no hay acepción de personas, pero en cuanto a su voluntad sigue existiendo una gracia absoluta para un determinado pueblo escogido.

    De hecho, el Mesías que vendría debía morir para salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), no para salvar a todo el mundo, como bien se atestigua por otro texto: Juan 17:9. Jesús salvó a todos los que el Padre le dio y a los que le daría después por la palabra de sus apóstoles (Juan 17:20). Dios conoció de antemano a un pueblo, es decir, lo amó. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene también esa acepción de comunión íntima; por lo tanto no se puede decir con veracidad que Dios conoció a alguien porque averiguó sobre esa persona. Dios conoce todo porque es Omnisciente, por lo tanto no necesita llegar a conocer. También la Escritura afirma que cuando Dios miró hacia los hombres no halló ni uno solo justo, ni quien lo buscara, ni quien hiciera el bien. De manera que esa escogencia que hizo no se fundamentó en cualidades morales particulares de sus futuros escogidos.

    Pablo escribe en Romanos 8 que a los que Dios antes conoció (amó) también los llamó de acuerdo a su propósito. Fuimos amados (conocidos) y predestinados, para ser conformes a la imagen de su Hijo; a estos mismos llamó eficazmente para justificarlos en Cristo, y asimismo los glorificó. Pablo asegura que todas las cosas nos ayudan a bien, a los que fuimos llamados conforme a su propósito, los que amamos a Dios, los que como dice Juan lo amamos porque Él nos amó primero. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Nadie nos podrá acusar ni condenar, nadie nos podrá separar del amor de Cristo: Somos más que vencedores en cualquier tribulación que tengamos.

    ¿Cuándo fuimos escogidos por Dios para salvación? Desde el principio. ¿Cuál es ese principio? Antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). Esto ocurrió para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (el Elector) (Romanos 9:11). Así que nadie puede arrogarse un ápice de buena obra, ni siquiera suponer que su decisión de recibir a Cristo nace de su corrupta naturaleza. Simplemente, si Dios nos amó primero podemos amarlo en consecuencia. Pero no aconteció lo mismo con Esaú, como bien señala el texto de Romanos citado; él fue odiado desde siempre, sin mirar en sus malas obras, para que el propósito quedara en las manos del Elector y no de la criatura.

    Ante esta revelación bíblica, Pablo se pregunta retóricamente, en boca de un objetor figurado, si Dios es injusto, el porqué Dios inculpa, ya que nadie (en este caso Esaú) puede resistirse a la voluntad de Dios. Es decir, Esaú vende su primogenitura y desprecia el acercarse a Dios porque Dios no lo amó nunca sino lo odió. Pero Pablo responde de inmediato que no podemos imaginar siquiera en la injusticia divina, sino en el acto del Dios soberano, ese Dios del que casi nadie habla porque el mundo no lo soporta. El mundo puede tolerar a un Dios bonachón, cercano y democrático, que cree en la meritocracia, que celebra el libre albedrío humano, que hace al hombre libre e independiente de Él como Creador. Pero al Dios soberano que ama a unos y odia a otros sempiternamente no lo tolera.

    El mundo está abierto a recibir el otro evangelio, el anatema, antes que al verdadero Dios revelado en su palabra. Nosotros sabemos lo difícil que resulta recibir esta palabra que es la más simple, la más plana, la que siempre ha estado ahí en las páginas de la Biblia. Esta palabra es la más racional, la que da respuesta a todo cuanto acontece, la que el mismo Dios ha hablado por boca de sus profetas: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:38). Yo he creado la luz y la oscuridad, yo hago el bien y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:7). ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

    Si no aceptamos todo el consejo de Dios, estamos haciendo interpretación privada de su evangelio. Pese a la dificultad, al llegar a creer el Espíritu Santo continúa guiándonos a toda verdad, para que no seamos indoctos e inconstantes en aquellas cosas abstrusas de entender. Al comprender esta doctrina del Señor, estaremos capacitados para discernir cada detalle de este mundo disparatado que vemos a diario. Sabemos que no existe una lucha entre el bien y el mal, en una suerte de maniqueísmo metafísico, sino que el plan de Dios se cumple al calco de acuerdo a todo lo que han dicho sus profetas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DE LA TIERRA AL CIELO

    Estamos en la tierra y en ocasiones nos preguntamos de dónde vinimos y hacia dónde vamos. La mayoría de las personas no sienten preocupación alguna por su destino, mucho menos se plantean por curiosidad de dónde precede todo lo que nos rodea. Un pragmatismo se yergue sobre las mentes que intentan resolver su día a día, sin que medie incomodidad intelectual en relación al origen y finalidad de todas las cosas.

    Las religiones van apareciendo y mutando, en el intento de resolver algunas proposiciones como respuesta. Pero entre ellas suele haber competencia, a no ser que parezca un aire de eclecticismo que busca resolver la incomodidad y disputa entre sus postulados tan diversos. La visión cristiana del mundo nos compete a cada creyente, pero sigue como un asunto de fe sin que se puede pretender probar cada detalle de lo que plantea la Biblia. Ante el mundo no habrá solución de la disputa, pero eso no significa que la lógica no nos acompañe. Pablo dijo que lo que se veía a qué esperarlo, dando a entender que la fe es la certeza de lo que esperamos y no vemos.

    En ese sentido, la prueba absoluta pudiera estar cercana a la idea de haber visto el hecho que anunciamos, lo cual presupone que ya no sería necesaria la fe. De nuevo, este presupuesto llega como premisa fundamental: lo que se ve, ¿a qué esperarlo? Por esa razón siempre caminamos bajo el paradigma de la fe como certeza de aquello que esperamos y no vemos. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, porque se hace necesario que el que se acerca a Él crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan.

    La fe se nos asemeja a ese saco de piedrecitas que colgaba David cuando se enfrentaba a Goliat, para echar mano a una de ellas y lanzar el disparo en el nombre de Jehová. Salimos cada día a la calle, nos enfrentamos al mundo sea en la casa o fuera de ella, rodeados de gigantes al acecho. Son los principados y potestades los que circundan con su presencia nuestro diario vivir, bajo su odio terrorista que busca sacarnos de nuestro espacio. Esa es una de las causas por las cuales el Señor nos ordenó a vigilar y a no dormir, a estar en guardia con la oración y la palabra.

    La matemática del creyente es sencilla, una simplicidad, pero por su práctica generamos la costumbre de un hábito que nos sosiega en cada momento de turbación. En el mundo tenemos la aflicción, pero el Señor ha vencido al mundo. El mundo ama lo suyo y nosotros no somos del mundo, aunque estemos en él por el momento que dure este tránsito hacia las moradas celestiales. Sabemos que el Evangelio consiste en la promesa de Dios de salvar a su pueblo, bajo la condición de la sangre que el Hijo derramó en la cruz. De ese acto deriva nuestra justicia, la cual nos fue imputada en ese intercambio gratuito que hizo Jesucristo: tomó nuestros pecados y nos dio su justificación.

    Los que no creen el la doctrina del Evangelio continúan muertos en sus delitos y pecados. No nos extrañemos por la palabra doctrina, ya que Jesús vino a enseñarnos la doctrina del Padre, en tanto Pablo recomienda que nos ocupemos de ella. Esencial resulta entonces el conocimiento de las enseñanzas de Jesús (cuerpo doctrinal), ya que sin ella no hay Evangelio. Dios nos prometió un Salvador, una persona que habitaría en nosotros, el cual nos llevaría al reino celestial. Eso lo vemos en la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, siempre en referencia al pueblo escogido desde la eternidad. No existe comunismo en Dios, ni democracia, simplemente Él se manifiesta como soberano, como el ejecutor de todo cuanto ha querido. Siendo Todopoderoso, resulta capaz de cumplir todas sus promesas. Su poder se enuncia en los profetas: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra de justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Isaías 45: 23).

    Una prueba del cumplimiento de sus promesas la da Pablo: Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). Pedro añade que el Señor no retarda su promesa, sino que es paciente para con todos nosotros (los que alcanzamos una fe preciosa, por la justicia de Jesucristo -2 Pedro 1:1) -2 Pedro 3:9. Dios controla en forma total el universo, sin dejar un átomo a la deriva; cada acto de los seres humanos es medido, calificado, bajo el propósito de su providencia. Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo (Job 23:13).

    El corazón del rey, la suerte que se lanza en el regazo, los pensamientos de los hombres, todo es controlado por el Supremo Dios. Esaú viene a ser un ejemplo claro del destino prefijado por Jehová, cosa que lo indujo a vender su primogenitura. En cambio, Jacob viene como ejemplo idéntico de lo que acabamos de decir, pero para beneficio de su alma. A ambos creó el Señor con destino prefijado, antes de ser concebidos; a uno odió y a otro amó. Ante esta confesión de la Escritura muchos se levantan en contra, interpretándola de manera privada para torcerla. Se ha objetado que Dios inculpe a quien no puede resistirse a su voluntad, pero de la queja no queda sino el eco de los desdichados que se avientan contra el Todopoderoso. De la tierra al cielo hay solo un camino, definido como angosto y algo estrecho. Se nos ha dicho que Jesús es el camino, así como la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre sino por él; pero nadie viene a Jesús si no le fuere dado del Padre. El otro camino, el ancho y espacioso, lleva a un fin de perdición y muchos son los que por él deambulan.

    La predestinación es una doctrina de la gracia, dentro del ámbito de la soberanía de Dios. ¿Desde cuándo predestinó Dios lo que acontecería? Desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a las Escrituras. No predestinó en base a lo que el mundo haría, sino que el mundo hace en base a lo que Él dispuso. Cuando uno lee Apocalipsis 17:17 puede cotejar que los gobernantes de la tierra harán aquello que Dios colocó en sus corazones, para cumplir todas las palabras de Dios. La elección y predestinación no pueden depender de la voluntad humana, como si ella fuere libre; de serlo así no se cumplirían las profecías divinas. El hombre vacila en sus caminos y propósitos, de manera que profetizar en base a lo que el hombre maquina suele ser improductivo como incierto.

    ¿Qué le dijo Jesús a Pedro, respecto a su negación? Que él oraría para que su fe no fallase; es decir, todo está preordenado y Dios así lo ha dispuesto. La determinación divina subyace en la mente de Dios desde la eternidad: el Dios creador de todo cuanto existe no preguntó jamás si debería o no hacer a Adán. Pero aún el Hijo estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (antes de la creación de Adán) para que fuese manifestado en el tiempo apostólico. Esa aseveración encontrada en 1 Pedro 1:20 nos da pie para sostener que Adán tenía que pecar, de otro modo el Cordero de Dios no se habría manifestado como nuestro Salvador.

    Del Señor sabemos esto: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Todos nosotros (los creyentes) estuvimos muertos en otro tiempo en nuestros delitos y pecados, lo mismo que los demás (los que no son creyentes). Es decir, caídos en el pecado como herencia de Adán, fuimos rescatados por el Evangelio, por la palabra de vida, de acuerdo a los planes eternos del Señor.

    El ser humano debe responder al juicio de rendición de cuentas que le queda pendiente; dos caminos en la tierra pero uno solo conduce al cielo. ¿De qué aprovecha al hombre ganar el mundo si perdiere su alma? Esa interrogante debería ser prioritaria en cada ser humano, si en algo estima su eternidad. La carencia de justicia viene como consecuencia natural de la pecaminosidad humana, pero la justicia de Cristo se imparte para poder iniciar la comunión con el Creador. Solamente aquellos por quienes murió Jesús alcanzaremos esa gracia, pero a cada quien le queda preguntarse qué le impide acercarse a Dios. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, dice la Biblia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA BUENA NOTICIA

    Demos gracias a Dios por su palabra, por causa de toda su gracia otorgada a todo su pueblo. Desde antes de que la tierra fuera, desde antes de la aparición del universo, existió un plan en la mente del Señor. De acuerdo a lo que la Escritura ofrece, Dios nos pensó, nos seleccionó como su pueblo escogido para darlo como fruto del trabajo a su Hijo. Dice Pedro que el Cordero sin mancha estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), lo que supone que Jesucristo vendría a morir por esa raza humana que todavía no había sido creada.

    Ese texto de Pedro da mucho por pensar, ya que entendemos que, si el Cordero estuvo ordenado desde antes de que el mundo fuese hecho, Adán tenía que pecar. Ocurrido aquel primer delito en el Edén, se ordenaron de seguida los siguientes pasos. Jehová cubrió con pieles de animales la desnudez del pecado humano, como un símbolo del sacrificio que se impondría en adelante, demostrado por siglos en la educación a su pueblo en esa materia. Le dijo a Eva que su simiente heriría en la cabeza al dragón; más tarde, después de la promesa hecha a Abraham acerca de la cantidad de gente que saldría de sus lomos, Israel aparece en escena como pueblo esclavo en Egipto.

    En aquel acto libertario de Moisés como líder, Jehová (El que es) ordenó la primera pascua. La sangre de aquellos animales en los dinteles de los hogares de los israelitas, presagiaba la sangre del Cordero sin mancha que vendría siglos más tarde. La eternidad se hacía historia, en un acomodo de eventos que si se miran aisladamente no parecieran tener sentido. En su conjunto cantan la gloria de la redención del pueblo de Jehová. No era el animal en sí, ni su sangre como tal, lo que quitaría el pecado del corazón humano, sino lo que simbolizaba en su señalamiento al evento por venir.

    Asimismo, la serpiente de bronce levantada en el desierto apuntaba a Jesucristo, pero cuando el símbolo se convirtió en sustituto de la adoración a Dios tuvo que ser quitado de en medio. Tiempo después, Cordero vino a esta tierra en forma humana, dando testimonio de la luz para unos hombres acostumbrados a las tinieblas. La gracia soberana de Dios se impone sobre el caos que genera el pecado, violentando al mundo que pertenece al principado de Satanás, para perdonar los pecados que testificaban en nuestra contra. Se escribió que el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada en la cruz, para que nosotros fuésemos declarados justos.

    Lo mismo sucedió con aquella primera pascua en Egipto, cuando el ángel que venía a matar a los primogénitos pasó por alto los pecados de los que se ampararon en aquella sangre que apuntaba a Jesucristo. En la didáctica del pueblo israelita de aquel momento, se sabía que la sangre había de ser colocada por virtud de la obediencia del mandato de Jehová. En su conjunto, a la distancia, el panorama se junta y vemos la importancia del símbolo lejano conjugado con su realización concreta en la historia. Cristo padeció por todos los pecados de todo su pueblo, el justo por los injustos.

    Por las Escrituras, conocemos que cada parte de nuestra salvación se fundamenta en el trabajo de Jesucristo como Cordero sin mancha, sacrificado en beneficio de su pueblo. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), lo que nos indica que su sacrificio dejó por fuera a cada réprobo en cuanto a fe. Pero como él dijo que había venido a morir por las ovejas, sabemos que cada oveja oirá su voz oportuna y lo seguirá a paso firme sin volverse tras los extraños (Juan 10:1-5). Así que seguro andamos desde la regeneración hasta la gloria final.

    Pablo escribió algo que debe ser entendido en sentido pleno por cada una de las ovejas del Señor; dijo que nadie podía traer ningún cargo contra algún escogido de Dios. La razón no es otra sino que Dios es el que justifica, no nuestras obras que pueden ser acusadas como inconclusas o imperfectas. ¿Quién podrá condenar a una sola de las ovejas del Señor? Dios es el que justifica porque Cristo murió y resucitó, y Jehová aceptó su trabajo consumado. Además, Jesucristo está a la diestra del Padre para convertirse en nuestro abogado. No existe nada que nos pueda separar del amor de Dios, nadie que nos sirva de impedimento ante semejante amor; ninguna criatura nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:30-39).

    El resumen de Pablo nos ilustra en el hecho de que fuimos conocidos, predestinados, llamados, justificados y glorificados. Ese conocimiento divino no se trata de algo que Dios tuvo que averiguar, ya que su Omnisciencia lo hace conocedor de todo sin que llegue a conocer. Se trata de un acto de comunión, como muchas veces la Escritura usa ese verbo: Adán conoció de nuevo a su mujer, y tuvieron otro hijo. A vosotros solamente he conocido de entre todos los habitantes de la tierra. Nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes). Conoce Jehová a los que son suyos. La palabra hebrea (Yadah) indica tener una relación con la persona que se conoce, como Adán la tuvo con Eva para tener otro hijo. No solamente significa el acto cognitivo, como lo entendemos en nuestra lengua, sino que añade un sentido de comunión estrecho entre el que conoce y el conocido.

    Jehová no necesita llegar a conocer nada (Él es Omnisciente), por lo tanto cuando en estos contextos se habla de conocer se refiere a mantener un contacto íntimo con los conocidos. En Isaías leemos: Y reposará sobre él, el espíritu de Dios, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de CONOCIMIENTO y de temor de Dios (Isaías 11:2). Es decir, el Cristo tendría espíritu de COMUNIÓN con Dios el Padre, por medio de su obediencia. De igual forma, leemos en Mateo 1:25 lo siguiente: Pero (José) no la conoció (a María) hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre Jesús. Se entiende que José era el esposo de María, por lo que sí la conocía (en el plano cognoscitivo del término), pero no tuvo relaciones sexuales o íntimas con ella hasta que dio a luz a Jesús.

    Nuestra buena noticia nos inunda con hechos y promesas, como la que habla del enemigo nuestro que intentará engañarnos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible, como lo asegura el estatus gramatical de la expresión citada: futuro de subjuntivo. Ese tiempo y modo verbal pone de manifiesto una imposibilidad absoluta, lo cual nos embarga de paz ciertísima en relación a nuestra salvación final (Mateo 24:23-24 y Marcos 13:21-22). Los maestros de mentiras vienen y seguirán viniendo con un evangelio diferente, intentando engañar, si les fuere posible, aún a los escogidos de Dios. Como Jesús no miente, también dijo en otra oportunidad lo que antes mencionamos: que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, pero al extraño no seguirán, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:5). Pablo ya nos lo aseguró en lo que citamos de Romanos, pero Jesús por igual lo dijo en forma muy explícita: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10: 27-29).

    Esa buena noticia nos ampara a cada creyente enviado por el Padre al Hijo, para que tengamos paz y sosiego, para que andemos serenamente rodeado de toda bendición espiritual. En cambio, a los que siguen a Jesús por su cuenta, sin ser enseñados por Dios (Juan 6:45), si oyendo el verdadero evangelio no reciben arrepentimiento para perdón de pecados, lo que les espera es el espíritu de estupor para que crean a la mentira, por cuanto se deleitan en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:3-12).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA PAGA DEL PECADO ES MUERTE

    Contrario a la ley de la naturaleza, la gracia aparece porque la naturaleza enseña que el más débil ha de sufrir consecuencias desastrosas. Además, justo es mirar el contexto de nuestros padres Adán y Eva en el Edén. En medio de tanta pureza incontaminada, aún ellos sin haber pecado antes se dieron al mal. ¿Qué no podrá hacer en relación a la maldad el hombre muerto en delitos y pecados? Si no hubiese gracia nadie sería salvo; entonces la gracia no puede ser una oportunidad para que el muerto decida, ya que está muerto. Con esa sentencia en su alma la humanidad no puede anhelar a Cristo, y si lo anhelara lo confeccionaría a su medida hasta producir un falso Cristo, un ídolo más llamado Jesús, con la Biblia como sustento pero con los textos fuera de contexto. De esa manera la muerte continúa en esos zombies del espíritu, por lo que la gracia contrasta con su valor, para deslumbrar más, ya que sin ella nadie sería salvo.

    Por esa razón la Biblia enseña por doquier que la salvación depende de Jehová, quien la da a quien quiere darla. Eso no le parece justo al que se denomina a sí mismo cristiano, en tanto sigue bajo la ley del más fuerte. Su naturaleza le enseña que debe conquistar la sobrevivencia, pero en materia de fe otras son las normas. Alguien con el Espíritu Santo habitando en él no puede contradecir el discurso que se yergue como tema y rema en la Santa Escritura: la soberanía de Dios en todos los ámbitos, la predestinación por el puro afecto de su voluntad, la expiación específica de Cristo en favor de su pueblo, los dos pueblos escogidos soberanamente: uno para alabanza de la gloria de su gracia y otro para alabanza de la gloria de su ira y justicia contra el pecado.

    Se ha escrito que el Evangelio es el poder de Dios para salvación a cada quien que cree. Ha sido el instrumento escogido por Dios para liberar a su pueblo del error, de la ignorancia y de las tinieblas de Satanás junto al mundo. Pero el Espíritu libera a aquellos que han sido elegidos para ser emancipados de la culpa y poder del pecado. El viento de donde quiere sopla, le dijo Jesús a Nicodemo; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

    Hechos 20.24 nos habla de Pablo que daba testimonio del evangelio de la gracia de Dios. En Efesios 2:8-9, el apóstol señala que por la gracia hemos sido salvados, por medio de la fe (todo esto, asegura, es un regalo de Dios). No podría ser de otra manera, ya que no es de todos la fe y Cristo es su autor y consumador; sin fe resulta imposible agradar al Todopoderoso. De manera que nadie puede hacer nacer la fe de sí mismo, por mucho que medite o intente creer. El acto de creer sigue siendo un efecto de la gracia de Dios.

    La gracia tiene poder suficiente y viene como dádiva divina para los que Él escogió desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8;17:8; Mateo 1:21; Juan 17:9). Sabemos que la gracia no puede ser opcional, como algo que está para todos y solo algunos más avezados la aceptan. La gracia de Dios se define como irresistible (ya que los dones o regalos de Dios y su llamamiento son irresistibles). Se puede resistir al Espíritu de Dios en la forma general de su llamado por medio de la palabra revelada, así como por la obra de la creación. Pero cuando el Espíritu sopla (o hace nacer de nuevo), la criatura muerta en delitos y pecados no tiene voluntad de resistencia.

    Dios hizo todo de esta manera, para que el hombre se le opusiera y lo negara, pero no pensemos por un momento que el corazón del rey no está en sus manos para inclinarlo a todo lo que Él quiere. El relato bíblico contiene numerosos ejemplos de la capacidad soberana del Señor, de cómo influencia en los faraones, de cómo lo hará en el fin de los tiempos (Apocalipsis 17:17). El libro de Daniel narra lo que habrá de acontecer y cosas que ya sucedieron, pero que serían dadas mucho después de haber sido escrito su mensaje.

    Nuestro deber como creyentes incluye la aceptación y predicación de la doctrina del Padre, que es la misma del Hijo. No hemos de ser tímidos en anunciar la gracia transformadora del Evangelio, pero sabemos que el mundo con sus atractivos ha desviado el anuncio exigido como deber nuestro hacia otros derroteros. A veces se prefiere la metafísica antes que la simpleza del Evangelio. Al igual que en el Antiguo Testamento, ahora Dios sigue levantando a sus testigos para encaminar a los que se desvían por las sendas de las huecas filosofías, atraídos por un evangelio mezclado de fantasías e imaginaciones egocéntricas.

    La gracia habla algo más que de la gratuidad de la salvación; nos dice que frente a la muerte del espíritu por causa de la paga del pecado existe una salida única y específica. Por supuesto, la gracia no se llama genérica ni común, porque ella siempre es eficaz. Es decir, si fuera común todos serían salvos, sin excepción, ya que si por gracia no sería por obras la salvación. Dado que el hombre no ha podido salvarse haciendo obra alguna, necesita la dádiva divina.

    Uno podría preguntarse acerca de la razón por la cual Dios no entrega su gracia a cada persona. La respuesta la da la Escritura en todas sus páginas: existe un plan eterno e inmutable, donde el Cordero de Dios sería llamado el Redentor. Asimismo, habrá un castigo donde los no redimidos pagarán por sus pecados. La soberbia humana imperará en aquellos que siguen a su padre el diablo, el padre de la mentira. Lucifer fue vencido de su propia soberbia al pretender ser como Dios y anhelar sentarse en Su trono. Su locura y estulticia lo llevó a una demostración de su atroz pensamiento: quiso que el Creador lo adorara (como se demuestra de la prueba a la que fue sometido Jesucristo cuando fue llevado al desierto y se confrontó con Satanás).

    En esencia, eso es lo que desea cada alma perdida: imponer su criterio ligado a su propia soberbia. La derrota no se hace esperar, por lo que Dios destinó de antemano a todos aquellos que habrán de tropezar con la roca que es Cristo, para la alabanza del poder de Dios (Romanos 9:22). Ese deseo divino viene como parte antagónica al deseo de hacer notorias las riquezas de su gloria, mostrada para con los vasos de misericordia preparados de antemano para gloria (Romanos 9:23).

    Frente a semejante contraste, el Evangelio revela la gracia de Dios como algo que ninguna religión pagana puede ofrecer. Estas son las buenas nuevas de la gracia de Dios, la que viene por Jesucristo (Juan 1:17). Si la ley manifestaba la consecuencia del pecado, la gracia exhibe el amor y la misericordia de Dios. Lo que resultó imposible para los hombres se demostró posible para el Señor. Y si Dios pide justicia al ser humano, Cristo se ha presentado como nuestra justicia, pues por gracia somos salvos. Mientras la ley nos expulsa de la presencia de Dios, ya que maldito habrá de ser todo aquel que quebrante alguno de los puntos de la ley de Dios, la gracia nos lleva a la presencia del Creador y Todopoderoso Señor.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DEUDA CANCELADA

    Jesús anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (Colosenses 2:14). Tal vez parece uno de los giros poéticos más sobresalientes de Pablo, una metáfora del trabajo eficaz de Jesucristo en favor de su pueblo. Porque ese nosotros del que habla el apóstol tiene que ver con la iglesia de Cristo. No obstante, el apóstol había dicho un poco antes que se hacía necesario tener cuidado con los engañadores expertos en filosofías y huecas sutilezas. Están los que hablan de un Jesús extraño -desde uno que no fue consubstancial con el Padre, hasta uno que debió ser gay. ¿Qué se pretende con esas huecas sutilezas? Simplemente devolvernos el acta de los decretos que nos era contraria, para que siga la espada sobre nuestra cabeza.

    La escritura de una deuda impagable fue quitada de en medio gracias a una anulación judicial. Como si los deudores tuviésemos anotados en un libro cada transgresión cometida contra la ley de Dios, fijémonos en que la ley divina no fue anulada sino solamente el libro de los deudores. Pero no de todos los deudores, porque no fue esa la intención del Padre cuando le dio un pueblo a su Hijo. No fue esa la intención del Hijo cuando rogó por los que el Padre le había entregado y le entregaría, ya que no rogó por el mundo (Juan 17:9). Su ruego fue en exclusiva como lo asegura Juan 17:20, por los que el Padre le envía.

    De esta manera, lo que estaba anotado (pecados pasados, presentes y futuros), en virtud de la eternidad de Dios, fue anulado por decisión del Juez de toda la tierra. La justicia de Cristo alcanzada en la cruz, en tanto su persona cumplió la ley y se entregó como Cordero sin pecado propio, se nos imputó a cada uno de los que se le anuló el acta de los decretos en contra. Al anular el acta de los decretos que nos era contraria se nos imputa una justicia a nuestro favor; Dios no actúa en forma injusta, así que tenía que aparecer alguna manera para eliminar el castigo que se nos vendría por causa de nuestras transgresiones.

    Eso quiso decir Isaías cuando habló del Hijo de Dios que cargaría con nuestras transgresiones y sufriría por nuestros pecados; ese siervo justo que conviene conocer para ser justificados los que somos de su fe. Recordemos siempre que la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8), de forma que no tenemos nada de qué gloriarnos. Dios no comparte su gloria con nadie, así que si nos gloriamos será solamente en la cruz de Cristo. No se nos podrá probar ninguna deuda ante Dios, pues al haberse anulado esa acta Pablo pudo escribir lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    Esos escogidos de Dios son un número seleccionado de personas, a las que Dios amó de tal manera que les envió a su Hijo. Estos fueron escogidos en virtud de su soberana voluntad y por su justo placer, desde antes de la fundación del mundo, para que la elección no descansara en las obras humanas sino en el Elector. No existe otra forma de amor más grande, ni otra forma de suerte más extraordinaria. Desde nuestra perspectiva tuvimos suerte, si bien ahora los textos traducidos prefieren la palabra herencia. Pero el término escogido en griego puede significar ambos sentidos, κληρόω (Cleroo), el vocablo usado por Pablo en Efesios 1:11. La herencia era echada por suertes, en la cultura judía y en otras partes del mundo en tiempos antiguos. Incluso el clero del Antiguo Testamento tenía sus turnos (suertes) para cubrir las 24 horas del día en sus oficios propios. Así que nuestra es la herencia de la vida eterna y nuestra es la suerte que tuvimos. Incluso la versión Reina Valera Antigua se permite la traducción de suerte en ese texto, lo cual significa un gran impacto desde nuestra óptica como elegidos. En Mateo 27:35 se narra lo que aconteció con las ropas de Jesús, sobre las cuales se echaron suertes. Es el vocablo ligado al verbo mencionado en griego.

    Jesucristo exhibió en forma pública el despojo de los principados y potestades sobre los cuales había triunfado en la cruz (Colosenses 2:15). Por esa razón se pudo haber escrito en la Biblia que nuestros pecados fueron echados en lo profundo del mar (Miqueas 7:19), que Dios borra nuestras rebeliones por amor de Sí mismo y no se acordará más de ellos (Isaías 43:25).

    Habiendo sido liberados de la ley que nos acusaba, de las transgresiones que nos condenaban, de las potestades que nos tuvieron esclavos, el apóstol Pablo nos advierte para que no seamos de nuevo cautivos por aquellos que hablan sutilezas y vanas palabrerías o incluso filosofías. Esa cautividad pudiera venir por secuestro de nuestra mente, por el encanto de palabras con apariencia de sabiduría pero que nos van alejando de esta creencia de fe en que hemos sido sembrados. Como si el lobo pudiera penetrar el corral para raptar a una oveja, así que en nombre del buen pastor el apóstol nos advierte que tengamos cuidado. Algo tenemos que hacer, estar vigilantes como también lo indicó Jesucristo: Velad y orad…

    Pienso en aquellas personas que llamándose cristianos se la pasan mirando cuanto video aparece en los medios sociales. En sus mentes subsumen herejía tras herejía, al oír a los predicadores del otro evangelio. Eso abunda hoy en día, por lo que la advertencia de Pablo cobra vigencia. En vez de invertir su tiempo en el estudio de las Sagradas Escrituras se van por el lado fácil, con la diligencia facilitada por su pereza mental, para comer en medio de pantanos y beber de aguas turbias. Después, intoxicados, intentan contaminar a otros buscando respuesta por las dudas incrustadas en sus espíritus.

    La filosofía siempre es una construcción humana, una manera de ver el mundo bajo los parámetros del análisis especulativo. No que ella toda sea vana, sino que por no ser cristocéntrica busca la medida de todas las cosas fuera del Dios de la Biblia. Y si seguimos su norte nos alejaremos del camino señalado por Jesucristo. No nos alimentemos de lo que parece contrario a lo que dice la Biblia, ya que de esa manera no podemos regir nuestros pensamientos por el canon de las Escrituras. No debemos añadir a la obra de Jesús en la cruz, no hemos de sumar a su trabajo consumado. La doctrina del Padre fue lo que vino a enseñar Jesús y por ello dio gracias.

    Fijémonos en esa doctrina enseñada por los apóstoles, ocupémonos de ella. Su beneficio tiene consecuencias eternas, pero si descuidamos las enseñanzas (el cuerpo doctrinal del Señor) iremos a cautividad por las sutilezas y filosofías del mundo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA GRACIA SIEMPRE

    Judíos y gentiles, todos participan de la gracia de Dios siempre y cuando hayan sido elegidos para tal beneficio. En el Antiguo Testamento o viejo pacto, las profecías señalaban a Jesucristo, cada sacrificio realizado por un sacerdote se hacía en la sombra de lo que llegaría a ser un hecho histórico un día. La circuncisión en la carne valía como señal de la del corazón, la Pascua se celebraba recordando lo sucedido en Egipto y en la esperanza de lo que sucedería también en la historia, pero del futuro. Job hablaba de su Redentor que vivía, de que al final se levantaría del polvo. Añadió que después de deshecha su piel (la de Job) habría de ver en su carne a Dios (Job 19:25-27). Ya Job hablaba de la resurrección de su Redentor y de la suya propia, de manera que no hubo ignorancia en esa época, sino que los escogidos de Dios recibían la información por su palabra. Pero ese libro es inspirado, así que he allí una revelación vetusta que habla del conocimiento del Mesías y de su función, ya en esa época. 

    Se cumple en Job lo que se dice en Hebreos, que Dios habló de muchas formas y muchas veces en otro tiempo a los padres por los profetas (Hebreos 1:1). Aunque Job veía al Señor por fe, sabía que un día su propio cuerpo estaría frente a él, para verlo con sus propios ojos. Abraham, el padre de la fe, creyó a Dios y le fue contado por justicia; ese patriarca venía de un pueblo pagano pero Dios lo buscó y lo tomó por uno de los suyos, llamándolo amigo. Los santos del Antiguo Testamento también tuvieron la esperanza que nosotros tenemos, en tanto que somos santos del Nuevo Pacto. Aquel era un pacto de ley pero como la ley no salvó a nadie se entiende que los salvados de aquella época lo fueron por gracia. Es que la obra no puede redimir ni a una sola alma, así que la redención siempre ha sido por gracia. 

    La gracia sostuvo a todos nuestros hermanos del viejo testamento, ya que la ley cumple con el propósito de conducir a Cristo y su finalidad última es también Cristo. Los que dependían de las obras de la ley estaban bajo maldición, como está escrito: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). Por la ley ninguno se justificó ni se justificará para con Dios, solamente vivirán los justos por la fe. La ley era un asunto del hacer, no de la fe, por lo cual Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gálatas 3: 11-13). 

    Los mecanismos del ritual del Antiguo Testamento señalaban al Mesías que vendría, para beneficio de los elegidos de aquella época (Hebreos 8:10). A Abraham se le había dicho que por medio de su simiente todas las naciones de la tierra serían benditas (Génesis 12:1-3). Dado que Dios es Omnipotente pudo cumplir lo prometido, así que la fe fue sembrada en cada uno de los elegidos para que diera el fruto propio de ella: creerle a Dios. También los profetas del viejo pacto hablaron del siervo sufriente, del varón de dolores despreciado y desechado entre los hombres. Esa persona referida por Isaías era la que llevaría nuestras enfermedades y sufriría nuestros dolores; el herido por Dios y abatido, molido por nuestros pecados, el que soportó el castigo de nuestra paz (Isaías 53). 

    El evangelista Mateo señala el cumplimiento de esa parte especial de la profecía de Isaías 53, cuando relata que después de que Jesús sanara a la suegra de Pedro le trajeron a él muchos endemoniados. Jesús echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos: para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias (Mateo 8:14-17). Es importante resaltar el cumplimento específico de esa profecía, para que nadie siga en el supuesto de que esa es una promesa profética para nuestros días. Ciertamente, el Señor puede sanarnos de nuestras enfermedades y dolencias, pero si lo hace lo hará porque esa es su voluntad. No puede invocarse una promesa, como si esa no se cumpliera y Dios fallara o nuestra fe fallara. La razón descansa en que Mateo ya dijo que se había cumplido esa parte de lo dicho por Isaías. Además, si el Señor sanara siempre a cada uno de sus hijos, ninguno de ellos moriría.

    Jeremías también anuncia el nuevo pacto, desde el Antiguo Testamento. En el capítulo 31 de su libro, versos 31 al 34, dice finalmente que Jehová perdonará nuestra maldad y no se acordará de nuestros pecados. Esta promesa fue dada al Israel de Dios, a los elegidos del Señor desde antes de la fundación del mundo. Cuando le sea dado arrepentimiento al Israel histórico de Dios (la nación de Israel) entonces comprenderán que Jesucristo es el único que puede ser su paz.  Como la Escritura nos exige pedir por la paz de Jerusalén, hagámoslo pensando en que la única paz posible para ellos es el Señor. 

    Sabemos que la sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados, pero nosotros somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios…porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Donde hay remisión de los pecados, ya no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 12-18). 

    La ley tenía la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas (Hebreos 10:1). Pablo nos dijo que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20). Si la ley lo que hizo fue alumbrarnos el pecado hasta que abundara, la gracia sí que lo perdonó en forma absoluta. Pero la ley es buena en sí misma, ya que nos demuestra nuestra incapacidad y nos conduce por fuerza a Cristo. Claro está, muchos no alcanzaron este objetivo porque se apegaron a la letra de la ley y a su forma, ignorando el fondo y su fin que es Jesucristo. 

    La prueba de lo que decimos subyace en el Mesías, quien vino a Israel y no fue reconocido sino por Juan el Bautista y su padre Zacarías. Este último lo supo por mediación de un ángel, pero de ahí en adelante fueron muchos los recogidos por el ministerio del Bautista para andar en los caminos hacia el Señor. Los planes de Dios están en la Biblia, al menos los que fueron revelados por Él mismo; se ve que a Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, para que nosotros los gentiles entremos en ese terreno de la gracia. Siempre ha habido gracia para todos aquellos que hemos sido amados con amor eterno. 

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • ESFUERZOS PERSONALES

    Reconozcamos la inhabilidad del hombre para obtener salvación, sin que importe la cantidad de esfuerzo personal que procure. El propósito de Dios para su pueblo consiste en rescatar al ser humano de su culpa y de su esclavitud al pecado. Jesús es la vid y nosotros los pámpanos, por lo tanto llevaremos mucho fruto; separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5). Por esa razón, nuestras acciones y esfuerzos (renunciación al mundo y dedicación a Dios) no garantizan la aceptación divina. Urge algo más que la tarea personal, lo que ha sido dado en la Escritura.

    Jesucristo vino como el Mediador entre Dios y los hombres (la verdadera vid). Nadie cumplió la ley en su totalidad, por lo tanto nadie fue justificado por medio de la ley. Aquellas personas que comprendieron que sus sacrificios se hacían como sombra de lo que había de venir, cubrieron sus pecados con justicia. Los que se dedicaron al ritual ordenado por la ley, sin mirar en lo que apuntaba, quedaron fuera de toda justicia. Nosotros nos apoyamos en el sacrificio de Cristo por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), por lo cual gozamos de la gracia. Esa gracia es la misma de la cual gozó Moisés, de la que gozaron Elías y Eliseo, Josué, Ezequiel, Daniel, Jeremías, Isaías y muchas otras personas.

    Jesucristo vino a morir por su pueblo, a entregar su vida por las ovejas y no por las cabras. De hecho no murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9) sino por el mundo amado por su Padre (Juan 3:16; Juan 17:20). En ese sentido podemos decir con Pablo que hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe; que esta salvación, gracia y fe no depende de nosotros sino que nos vino como regalo de Dios. En síntesis, esas tres maravillas (la salvación, la gracia y la fe) no pueden jamás ser o parecer un resultado de obras nuestras, no vaya a ser que alguien se gloríe (Efesios 2:8-9).

    Pero esa salvación no nos puede conducir a lo que se ha conocido como el antinomianismo (contra la ley), como si los preceptos bíblicos nos parecieran irrelevantes para nosotros. De hecho Cristo no vino a abolir la ley sino a cumplirla. Los que practican las obras de la carne no heredarán el reino de los cielos; los mentirosos, los adúlteros y hechiceros, y un gran etcétera de malhechores, irán al fuego del infierno. Entonces no podemos decir que el antinomianismo nos viene de regalo divino por causa de la gracia conferida. No podemos descuidarnos con el pecado, más bien hemos de procurar matar las obras de la carne.

    Las consecuencias del pecado son pavorosas, pero la ira de Dios contra la injusticia se ve más terrible. Incluso se ha escrito que los hijos de desobediencia reciben esa ira, que el Señor a quien ama castiga y azota a todo el que tiene por hijo. ¿Vamos entonces a entregarnos al relajo moral por causa de asumir el antinomianismo? En ninguna manera, sin apegarnos a la letra de la ley (lo cual sería legalismo indebido) tenemos que procurar su espíritu y aferrarnos al mandato de Jesucristo. Él dijo que si le amábamos guardaríamos sus mandamientos.

    El Espíritu Santo opera en nosotros la regeneración, la justificación y la santificación. La justificación implica la aceptación de Dios hacia nosotros, la ruptura de la enemistad, pero la santificación trabaja en la separación del mundo y sus deseos. Pablo escribió acerca de los injustos que no heredarán el reino de Dios, para lo cual hace una breve enumeración de ellos: Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios (1 Corintios 6:9-10). Esos no son todos, porque en otra carta refiere a los que practican las obras de la carne y surgen otras categorías de pecadores, a los cuales se les agrega un gran etcétera bajo la expresión: y cosas semejantes a éstas.

    El trabajo del Espíritu Santo en la regeneración conduce al abandono de la práctica del pecado, a la conciencia de lo horrible de la infracción ante el Creador. Dios no hace acepción de personas, así que se cumple lo que dijo Jesucristo: No vine a buscar sanos sino enfermos. Es decir, Pablo continúa en la carta antes mencionada diciéndonos que bajo esa lista del oprobio estuvieron algunos de los nuevos creyentes. Y eso erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11).

    Una maravilla resulta la conversión, la transformación operada en el nuevo nacimiento que hace el Espíritu Santo en los elegidos del Padre, una vez que oyen el llamamiento eficaz. Esa actividad exclusivamente divina nos demuestra la muerte espiritual de Adán y de sus herederos; como ya se ha dicho en la Escritura, en Adán todos mueren, pero en Cristo todos viven. ¿Y quiénes viven si el infierno recibe a diario a mucha gente? Viven aquellos que él representó en la cruz (su pueblo), los elegidos del Padre por el puro beneplácito de su voluntad (Efesios 1:11), las ovejas del buen pastor (Juan 10:26; 1-5).

    Los legalistas intentan operar el nuevo nacimiento por su propia cuenta, con el énfasis religioso y con la imitación a los verdaderos creyentes. Asumen códigos morales que provocarían la mirada de Dios, pero nada de eso acontece. No por obras, para que nadie se gloríe, grita la Biblia a voces. Los frutos vienen como consecuencia de estar arraigados en la vid verdadera. El fruto del corazón se demuestra por la confesión hecha en la boca del árbol bueno (o del árbol malo que dará un fruto malo). El verdadero evangelio que proviene de la doctrina de Jesucristo, se muestra como el fruto inequívoco del creyente nacido de nuevo. Jamás confesará un falso evangelio que pertenece al extraño (Juan 10:1-5).

    Cristo devino en sabiduría de Dios para nosotros, en la justicia, santificación y redención, como para que nos jactemos solamente en el Señor (1 Corintios 1:30-31). Busquemos la sabiduría de Dios, no la humana de la que el mundo se jacta. El principio de la sabiduría es el temor al Señor, reconozcamos que la salvación pertenece a Jehová. Inclinémonos con humildad ante su trono excelso y supliquemos su misericordia que no se agota. Cercano está el Señor a los quebrantados de espíritu, no dejará para siempre caído al justo. Justificados por la fe tenemos paz para con Dios; si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.

    En la medida en que el individuo examina el Evangelio de la Biblia reconocerá su diferencia con las innumerables imitaciones propuestas por los maestros de mentiras. Hemos de reconocernos incapaces como seres humanos caídos, para poder acercarnos a Dios, a no ser que el Espíritu Santo opere en nosotros el nacimiento de lo alto. Nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía; todo lo que el Padre le da al Hijo vendrá a él y no será echado fuera. Los que predican algo contrario a este evangelio, caminan por un sendero que parece de bien pero cuyo final es de muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org