Etiqueta: INCAPACIDAD HUMANA

  • CUANDO DIOS NOS PIDE LO IMPOSIBLE

    Parece mentira pero Dios le pidió al hombre guardar su ley, bajo pena de maldición si quebrantare alguno de sus puntos. De allí que Pablo aseguró que la ley no salvó a nadie, sino que fue enviada para aumentar el pecado de manera que ella sirviera como un Ayo para llevarnos a Cristo. Jesucristo vino y cumplió toda la ley, habiendo agradado al Padre, por lo cual pudo morir en la cruz para llevar el pecado de aquellos que no pudieron ni pueden cumplir toda la ley, y que son tenidos como su pueblo.

    La vida y obra de Cristo en vida sirvió para cumplir con los requisitos del Cordero sin mancha, para que Dios descargara en él su furia por los pecados de todos aquellos a quienes él representó en la cruz. Leemos en Mateo 1:21 que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados; en Juan 17:9 vemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión; por igual, en Juan 10:1-5, Jesús declara que él es el buen pastor que pone su vida por las ovejas (no por los cabritos, a quienes colocará a su izquierda y los enviará al lago de fuego: Mateo 25:31-41).

    Claro que las ovejas deben ocuparse como dice el texto de Mateo ya citado, respecto de la ayuda al prójimo, en especial a los de la familia de la fe. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis … De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Estas acciones y las demás buenas obras sirven como testimonio de que somos sus herederos, pero jamás servirán como causa de la redención. La Escritura afirma: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El propósito de Dios conforme a la elección permanece no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    Agrega la Biblia que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16); los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición (Gálatas 3:10). La declaratoria bíblica demuestra que la humanidad entera cayó bajo condenación (todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios -Romanos 3:23). La ley, tenía la sombra de los bienes venideros, sin poder por los sacrificios ofrecidos hacer perfectos a los que se acercan. Si hubiesen quedado limpios con el primer sacrificio no hubiese habido necesidad de reiterar el mismo con los años. La sangre de los toros y de los machos cabríos no pudo quitar los pecados (Hebreos 10:1-4).

    La ley resulta buena porque nos muestra el pecado, ya que sin ley no puede haber conciencia de pecado. Recordemos que la ley de Dios puede ser tanto la escrita en tablas dadas a Moisés como la que está en los corazones humanos (lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio del creado mundo visible, sin que nadie tenga excusa -Romanos 1:20-21). En Romanos 2:15, Pablo demuestra que la ley está escrita en los corazones humanos, dando testimonio la conciencia de cada quien (incluidos los gentiles, que no tenían la ley escrita de Moisés).

    Decimos con Pablo que la ley no salvó a nadie, ni siquiera la ley escrita en los corazones porque cuando el pagano hacía algo bueno era derribado por lo malo que también cometía; así que aconteció igual a israelitas y gentiles. Solo la ley que es por la fe de Cristo puede salvar, así que no hay jactancia alguna para nadie. No por la ley de las obras, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Una vez más, las obras son consecuencia de la fe y no su causa.

    Aunque leamos en la Biblia textos que señalan nuestro deber, al seguir un camino adecuado, de escoger una vía para vivir u otra para morir, aunque se haya escrito que el que tiene sed que venga a beber del agua de vida eterna, los contextos en que aparecen demuestran que nadie puede motu proprio inclinar su voluntad a tal fin. Los mandatos bíblicos tienen los propósitos de revelar el pecado y magnificarlo, para que nadie suponga erróneamente que puede auto justificarse.

    La ley humana que emana de los tribunales presupone la libertad de los que se someten a ella. De hecho, la plena libertad constituye un motivo esencial para que el ser humano actúe en consecuencia y sea juzgado ante la ley. Pero la ley divina tiene otro origen y otra finalidad: que el hombre reconozca su impotencia ante el Dios Soberano, de manera que pueda ocurrir en él la metanoia griega, el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y quién es la criatura.

    El hombre debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador, no a la inversa. Dios es libre absoluto, pero la criatura impotente no puede tener libertad; al contrario, su impotencia genera su dependencia ante el Creador. En ningún sitio de la Escritura Dios sugiere que el hombre caído en delitos y pecados, en realidad muerto, pueda tener la mínima opción de nacer de nuevo por cuenta propia, o tener la capacidad para cumplir con la ley moral divina.

    El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3), pero esa obra corresponde en exclusiva al Espíritu Santo, sin mediación de voluntad o sangre humana (Juan 3:8 y Juan 1: 12-13). Por consiguiente, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). Dada la caída absoluta de la humanidad, del pecado heredado desde Adán, urgía un Segundo Adán, que es Cristo. La salvación depende en forma absoluta de Jesucristo, de la gracia de Dios, sin que medie esfuerzo humano alguno. Dios no dará a otro su gloria, así que todo cuanto acontece ha sido su plan eterno e inmutable.

    Hay todavía mucha gente a la que Dios no le ha dado un corazón que entienda, ni ojos para que vean, ni oídos para oír (como lo afirma Deuteronomio 29:4). Este conjunto de personas anda por el mundo con ceguera espiritual; pero existe gente a quien Dios ha circuncidado el corazón, de manera que a partir de ese momento puede amar a su Creador y al autor de su salvación (Deuteronomio 30:6). Aunque la gente tenga la Biblia en su casa, aunque la estudie y la comprenda, la verdadera obediencia a Dios surge a partir de la circuncisión del corazón, lo que ahora se llama nuevo nacimiento.

    El hombre dirá que Dios no puede inculpar a alguien que no puede resistirse a su voluntad, pero la divina respuesta ha sido que el hombre no es nadie para discutir con Dios. Apenas el ser humano es una vasija de barro moldeada por las manos del alfarero, así que la potestad absoluta pertenece a quien crea el barro y hace con él lo que desea. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

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  • LA FALSA GRACIA

    La falsa gracia se asemeja a la falsa humildad, a la apariencia de piedad que no aprovecha. Ya lo decía Jeremías: hablan de paz cuando no la hay (Jeremías 6:4). Algunos reformados demuestran su experiencia en el derrotero que conduce a la muerte, encantados con sus sofismas dejan ver el desvarío de su camino al hablar de la feliz inconsistencia de alguna herejía. Feliz porque suponen que ella no conduce a perdición, dándonos a entender que se puede militar en la falsa doctrina pero como se cree que se está en la verdadera Cristo los comprende. Esto es panteísmo disfrazado, bajo el alegato de alabar al mismo Dios aunque para ellos resulte un ídolo el Jesús que no conocen.

    Pablo lo advirtió en Romanos 10:1-4, al hablar de los judíos de entonces, los que teniendo celo de Dios no actuaban conforme a ciencia (a la razón, al conocimiento). Sí, hay quienes prefieren tener a los sabios de este mundo en sus templos, al filósofo Séneca, como si éstos hubiesen conocido a Dios por la puerta de atrás. Para estos pretenciosos cristianos las palabras de Jesús sobran: Nadie viene al Padre sino por mí. Lo mismo les da que la Escritura afirme que no hay otro mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, ya que suponen que el hombre natural puede conocer a Dios por medio de sus vanos razonamientos.

    Si el hombre sin la palabra revelada pudo servir a Dios en pureza de corazón, entonces en vano murió Cristo. Pareciera que poco o nada conocieran del Dios soberano, el que hizo incluso al malo para el día malo. Dios no da por hecho que el paganismo rescate una sola alma del pecado, sino más bien envió a su Hijo en semejanza de carne y sangre para que diera su vida en rescate por muchos. Ese rescate no fue potencial sino actual, no se hizo en apelación a la buena voluntad humana, como si la hubiera. Nuestra voluntad fue contada como la de los muertos en delitos y pecados, para quienes se hace imperativo nacer de nuevo.

    Como para que no tengamos duda se escribió que ese nuevo nacimiento no ocurre por voluntad humana sino de Dios. Es decir, incluso la fe que nos permite asir el evangelio se nos ha dado como un regalo de Dios (Efesios 2:8). Todo el paquete de la salvación viene de Dios: No es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6), la fe es un regalo de Dios (Efesios 2:8). También se escribió que Cristo es el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2). Esa fe nos viene, cuando Dios nos la da, por medio del oír la palabra de Cristo (Romanos 10:17). En resumen, la redención que Dios ha hecho tiene su sintaxis en la historia del hombre: el hombre cae en el pecado, muere espiritualmente, es revivido por el Espíritu Santo quien le otorga la fe que se produce cuando oyendo el evangelio es renovado para arrepentimiento. Así que la predicación del evangelio no se niega sino más bien se alienta: ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    El que ignora al Dios viviente da fe de que no lo ha encontrado. Poco importa que tenga una vida de piedad aparente, que sea una persona de religión, que se llene de buenas acciones para con el prójimo. De nada le sirve el esfuerzo individual si desconoce la magnitud del pecado impagable y lo que significa el trabajo de Jesucristo. Por otro lado, ¿de qué le sirve al hombre su religión si ignora al Dios soberano? Ese Dios soberano no tuvo en cuenta que Esaú fuera el primogénito de Isaac, de quien vendría la promesa. A ese Dios soberano no le interesó que Esaú fuese nieto de Abraham, el padre de la fe. Simplemente lo odió antes de que hiciese bien o mal, antes de ser concebido, para manifestar en él su odio por el pecado. En cambio, el amor divino se posó sobre Jacob, sin importar su maldad, simplemente Dios lo amó antes de hacer bien o mal, antes de ser concebido. Todo esto se escribió para demostrarnos que el propósito de Dios permanece conforme a la elección y no por las obras (Romanos 9:11). Pese a la declaratoria bíblica, millones de seres humanos llamados cristianos ignoran el acto soberano de la elección divina y subvierten el orden de Dios: dicen que si hubo elección fue porque Dios supo de antemano quién habría de aceptar la oferta generosa del Calvario.

    Eso no es más que colocar la carreta delante del caballo, es suponer que el hombre no murió en delitos y pecados, que está sano parcialmente y que posee voluntad para decidir entre cielo e infierno. Por otro lado, esa forma extraña de creer sin conocimiento supone que Dios se mostraría más justo si da iguales oportunidades a los seres humanos. Por esa falsa doctrina los templos se han llenado de cabras que adoran a un dios que no conocen, dándose cabezazos unos a otros, en la ignorancia de la palabra divina. Ese es el dios de Arminio, el cabeza de playa de Roma en las filas del protestantismo.

    Dios ha pasado por alto los tiempos de esta ignorancia (según dijo Pablo en el Areópago). Hablaba de la ignorancia de la idolatría propia del paganismo, brindando una apertura para el mundo gentil, en la cual nos encontramos hoy día. Pero ese pasar por alto tal ignorancia viene con una exhortación hecha a todos los hombres en todo lugar: que se arrepientan, ya que un día vendrá el juicio divino, con toda justicia, por mano de aquel varón levantado de entre los muertos (Hechos 17:30-31). Pablo les dijo que ese Dios del cual hablaba no debía ser tenido como alguien semejante a oro, plata o piedra, a ninguna escultura o arte, todo proveniente de la imaginación de los hombres (Romanos 17:29).

    Ciertamente, la gente va tras una gracia barata combinada con obras. Yo levanté la mano, aseguran unos, yo di un paso al frente, dicen otros. Todos concuerdan en que ayudaron a Dios en su proceso de salvación. En realidad no existe doctrina más odiada que la de la soberanía absoluta de Dios, el cual salva a quien ha querido salvar, sin importar su pecaminosidad, pero condena a todos aquellos ordenados para que sea exaltada la gloria de su justicia contra el pecado. Así que Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece el corazón de quienes quiere endurecer.

    Ante esta realidad bíblica, ocultada con ingenio desde los púlpitos, muchos levantan sus puños contra el Dios de las Escrituras, haciendo fila con el objetor reseñado en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? En otras palabras, ¿por qué Dios condenó al pobre de Esaú, quien no pudo hacer nada contrario a lo que implicara el odio divino contra él, aún antes de ser concebido? El que sigue empeñado en esta pelea demuestra que no ha nacido de nuevo, ya que Dios no es un Dios de confusión.

    Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y su pecado ha sido cubierto. Feliz el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Por eso orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás. No seas como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia (Salmos 32).

    César Paredes

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  • LO QUE SOMOS

    En la Biblia encontramos varios calificativos para tener en cuenta que pueden marcar la diferencia entre la desdicha y la felicidad. Somos una nación santa, un real sacerdocio, los elegidos, los amigos de Cristo. Por igual tenemos herencia en los cielos, siendo hermanos de Jesucristo, pero también se nos dice que pasamos a formar parte de los hijos que Dios le dio al Señor. La iglesia como cuerpo de Cristo se mueve de acuerdo a la cabeza, por lo cual sabemos que la apostasía no forma parte de la estructura del templo de Dios. El apóstata pasa como infiltrado en el redil de las ovejas, como la cizaña junto al trigo, al lado de los lobos disfrazados y al costado de los herejes que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

    Semejantes a esos maestros de mentiras son los que los siguen, porque no hay diferencia entre llamarse apóstol de Cristo hoy día, cuando ya cesó ese oficio, y decirse patrocinador de semejante fechoría y arrogancia. Pablo no formaba parte de los doce apóstoles, de acuerdo a lo que él mismo escribió; por ejemplo, dijo que se había reunido con los doce. Sin embargo, agregó que él era apóstol porque Jesucristo se le había aparecido a él, como a un abortivo, como el último de ellos. Ciertamente, la palabra apóstol significa enviado, pero el que seamos enviados por Dios a predicar el evangelio no nos convierte en apóstoles como aquellos doce ni como el número 13 (Pablo, el último de ellos).

    El vocablo ungido se refiere al Mesías que había de venir, pero también la Biblia nos dice que somos ungidos por el Espíritu Santo. No obstante, sería una osadía que raya en lo blasfemo alegar que somos los nuevos Mesías de estos tiempos. Ese juego de la literalidad del término para sugerir que poseemos la jerarquía de quienes recibieron ese calificativo en las Escrituras, conlleva un rango de ignorancia con atrevimiento pernicioso. Si no oramos y velamos de acuerdo a lo que nos dijo el Señor, no tendremos la sabiduría de Dios para discernir las mentiras del enemigo de las almas.

    Pedid y se os dará, ha dicho Jesús. Cuando pedimos recibimos, si rogamos por pan no recibiremos un escorpión. Lo que Dios hace por nosotros lo hace las más de las veces bajo el mecanismo de la respuesta a la oración que hagamos. Nos dejó ese legado, una enseñanza oportuna para ejercitarnos en ella. La oración secreta será recompensada en público. ¿Cuánto tiempo suma la eternidad? ¿Cuánto tiempo pasamos al día en comunión íntima con Jesucristo? Fuimos llamados de las tinieblas a la luz, se nos dio un regalo inconmensurable cuando estuvimos muertos en delitos y pecados. Ahora nos corresponde ejercitarnos en la fe, por medio de la palabra viva de las Escrituras y a través de la oración o comunión con Dios.

    Al igual que Elías deberíamos permanecer en la presencia de Dios. A partir de la convicción de esa comunión con el Señor se determinará lo que seremos. Dios es Santo, pero nosotros tenemos el privilegio de llamarlo Abba Padre. Eso también somos, hijos de Dios con la habilitación suficiente para ejercer el rol de miembros de su estirpe. Poseemos la asistencia gratuita del Espíritu Santo, el que nos ayuda a pedir como conviene. La oración no consiste en declarar ni ordenar que sucedan cosas, como si actuásemos bajo la praxis del oficio de la Nueva Era. Eso queda para los diablos, para aquellos que se jactan de espiritualidad efectista, que pretenden recibir admiración con su palabrerío.

    La doctrina de Cristo constituye el eje del Evangelio. Sin su doctrina no existe nada que nos sustente, de acuerdo a lo que Jesús enseñó: Cuando el Padre os enseñe, una vez que hayan aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Pero aquel que camina en sus senderos de perdición, aún su oración se le cuenta como abominación (Proverbios 15:8). El hombre de mal, que no tiene la fe de Cristo, no es escuchado por Dios en sus oraciones. Sus sacrificios se le computan como abominación. Donde no hay sentido del pecado ni de arrepentimiento, ni lamento ni intención de cambio, ¿cómo puede haber aceptación del Señor? Otro texto lo corrobora: El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad! (Proverbios 21:27).

    Las buenas acciones no expían la culpa del pecado, por lo que la religiosidad de millones de personas dentro de la cristiandad quedará sepultada junto a sus errores. El Señor les dirá en el día final: Nunca os conocí. El engañador que pretende por sus actos religiosos rendir tributo al Todopoderoso, sin haber sido llamado de las tinieblas a la luz, será semejante a Esaú, al Faraón o a Caín. La humanidad se divide en dos partes, de acuerdo a la Biblia: las ovejas y las cabras. También se menciona otra metáfora de esta división: los árboles buenos y los árboles malos. Jesús ha dicho que él colocaría su vida por las ovejas (recordemos que éstas se subdividen en perdidas y encontradas). Todas las ovejas perdidas serán conseguidas por el buen pastor; los árboles buenos son los únicos que dan buen fruto. Ese fruto que procede del corazón se conoce por lo que la boca pronuncia: De la abundancia del corazón habla la boca. ¿Qué es lo que pronuncia cada creyente redimido, como árbol bueno que es? El Evangelio verdadero. El árbol malo, en cambio, pronunciará siempre el evangelio anatema, esa mezcla entre verdad y mentira. Los árboles malos tienen apariencia de piedad, se dan a los ritos, a las acciones místicas, intentan buscar pruebas de su espiritualidad a través de los falsos dones especiales de hoy día.

    Juan nos recomienda probar los espíritus para ver si son de Dios. Se entiende que el creyente no se extravía en medio de los espíritus demoníacos, sino que habla con personas humanas. Por lo tanto, esa prueba se refiere a las personas que conocemos, ya que dependiendo del Evangelio que confiesen se develará el contenido de sus corazones. El falso creyente tiene cuesta arriba reconocer la soberanía absoluta de Dios, puede ser que incluso la confiese pero por sus argumentos colaterales saldrá a la luz su desvarío doctrinal. La mezcla de lo bueno con lo malo resulta abominable para Dios.

    Se deduce que somos de la verdad y amamos la verdad. Recordemos que Jesús tuvo discípulos que degustaron su palabra y sus milagros, pero que no resistieron la evidencia de la soberanía divina. Ellos murmuraron y dijeron que esa palabra era dura de oír (Juan 6: 60). No son pocos los que se dan a los ministerios eclesiásticos, pero de nada les sirve para sus almas si se resisten a la doctrina del Señor. En Juan 6 leemos que Jesús insistía en que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajese. En Juan 17 leemos que el Señor no rogó por el mundo por el cual no vino a morir, sino solamente por su pueblo (los que el Padre le dio y le seguiría dando). Todo esto va de conformidad con el resto de las Escrituras, como es el caso de Mateo 1:21, por ejemplo.

    Llegar a conocer al buen pastor pasa por ser la mejor de las suertes que pueda experimentar ser humano alguno. No en vano Pablo aseveró que tuvimos suerte en Cristo (Efesios 1:11, según la versión Reina Valera Antigua). Ahora colocaron herencia, pero recordemos que en la antigüedad la herencia era echada por suertes (la Kleronomía). Los turnos del sacerdocio antiguo tocaban según la suerte echada mediante una piedra pequeña llamada Klerós, como señala el griego de la Septuaginta. Pablo nos habla de esa suerte nuestra de haber sido escogidos desde la eternidad para esta redención tan grande.

    Somos muchas cosas al mismo tiempo, todas ellas muy buenas. Vivamos bajo el incentivo que nos obsequia el sabernos poseedores de tantas maravillas, solamente porque fuimos escogidos por el Padre. No hubo nada en nosotros, excepto pecado; pero Dios tuvo misericordia de muchos y estamos incluidos. Lo que Dios no quiso desde el principio no debemos reclamarlo, pero sí continuar con ahínco esta carrera que tenemos hasta que lleguemos a las moradas celestiales. Por cierto, también poseemos la ciudadanía del reino de los cielos.

    César Paredes

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  • LA PRUEBA DE ADÁN

    Adán fue probado, pero cuando Dios prueba a alguien no necesita averiguar algo para llegar a conocer. Él conoce todas las cosas desde el principio, pero las conoce porque todo lo ha planeado para que acontezca como ha deseado. En realidad, si alguien tuviera el poder similar al que tiene el Todopoderoso, no tendría necesidad de tirar al azar nada, porque lo que desea hace. Él es perfecto, sin que haya que completarse en algo de lo cual carezca, en su plenitud habita y contiene sus características que nos dio a conocer por medio de la revelación escrita.

    Adán recibió una orden para que no probara del árbol prohibido, pero para Dios ese mandato apareció como la ocasión para abrir el plan de redención que había ordenado desde antes de haber hecho al mundo (1 Pedro 1:20). Quizás este texto de Pedro sea el acicate suficiente para que veamos al Dios Eterno en sus planes que la teología ha dado en llamar decretos. Un decreto divino es un evento seguro por suceder, mientras que un mandato refiere a la norma susceptible de cumplir o desobedecer. Los mandatos aparecen para que el hombre transgreda la ley y objetive su culpabilidad, mientras que el decreto subyace detrás de la norma para que ésta cumpla su objetivo.

    Dios había decretado el plan de redención con el Hijo. A esa actividad la teología ha llamado el pacto divino, de forma que comprendamos al Dios que habla en las Escrituras. Esa Divinidad se ha propuesto la salvación por gracia, en un acuerdo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, bajo una actividad cooperativa que da la gloria al Hijo como Redentor de un pueblo escogido. El Dios de la creación ordenó todo bajo su palabra, demostró poder suficiente para hacer cuanto quería. Progresivamente se fue revelando y nos dio a entender que aún al malo había hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Nada escapa a su mano, de todo cuanto acaece en este universo creado.

    Por un lado vemos la gloria de Dios, por el otro vemos el problema del pecado en el hombre. Un hombre caído yace muerto en delitos y pecados, con la muerte espiritual a cuestas; a ese ser humano le urge un renacimiento, la nueva vida, el trasplante del corazón. Se hace necesaria la instalación de un espíritu nuevo, lo que la Biblia ha dado en llamar el nuevo nacimiento o la circuncisión del corazón. El entendimiento humano se ha mostrado entenebrecido, sin poder discernir las cosas propias del Espíritu de Dios. La religión como sistema ha educado a zombies para que parezcan revividos, pero emana un hedor a sepulcro cuando uno se acerca a contemplar lo que sucede.

    Y es que un ser religioso mientras esté muerto tendrá como locura lo que viene de Dios. Los fariseos antiguos fueron un clásico ejemplo de estos muertos en vida que blanquean sus sepulcros con actividades de la religión. Se demuestra que, si Dios no cambia el corazón de piedra por uno de carne, el hombre seguirá en tinieblas, incluso en tinieblas teológicas. El hombre falla al no escudriñar las Escrituras para encontrar la vida eterna, pero el examinarlas no sirve si no nos ayuda la fe de Cristo. Es un círculo cerrado, como Jesús lo expuso: Nadie va al Padre sino a través de él; pero ninguno puede venir a Cristo si no le es dado del Padre. El hombre natural fue sentenciado a muerte, por lo tanto no puede agradar a Dios.

    La humanidad se ha alejado lo más que puede del Creador, con el transcurrir de los siglos. Si Dios no nos da su fe, su salvación y gracia, el hombre quedará relegado a deambular en círculos siguiendo su propio rastro. Entonces surge la pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién ha resistido a su voluntad? Bueno, nuestra pequeñez en relación a la Divinidad refleja nuestra impotencia, la cual se define en la Biblia con la metáfora del barro en manos del alfarero. Somos barro, material moldeado al antojo del Creador; a unos ha hecho como vasos de misericordia, mientras a otros construyó como vasos de ira. Sin embargo, la masa con la que se nos hizo es de un mismo tipo, contaminada de pecado.

    Así que en un principio todos nacimos iguales, en tanto estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás. Pero fue Dios quien por su gracia nos llamó en forma eficaz, de acuerdo al pacto eterno en el cual Jesucristo sería el Redentor, Dios-hombre y Mediador, el que recibiría toda la gloria. Nosotros, entre tanto, recibimos toda la gracia, todo el perdón, todo el favor inmerecido, pero muchos no salieron favorecidos con semejante bendición. Hay algunos que son llamados en el último momento de sus vidas, como el ladrón en la cruz. Otros lo son desde muy temprano, como Juan el Bautista en el vientre de su madre. Entretanto, el evangelio corre de nación en nación, para testimonio ante la humanidad, diciéndole a cada quien lo que Dios ha querido decir.

    El pacto de Dios con Abraham nos ilustra su compromiso con cada uno de sus elegidos. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti (Génesis 17:7). Este pacto está ligado a la promesa de la semilla (Génesis 3:15), pues en Isaac sería llamada la simiente, la cual es Cristo. La semilla espiritual acarrea bendición espiritual y eterna, por lo cual también se nos ha dicho que somos hijos de Abraham (nuestro padre de la fe). El hecho de creerle a Dios le fue contado por justicia a Abraham, así como Cristo dijo que la obra del Padre es que creamos en el que Él ha enviado (Juan 6:29).

    Bien, pero los demonios creen y tiemblan, además de que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. ¿Acaso la voluntad del Padre no es que creamos en el Hijo? ¿Cómo es que creyendo en el Hijo alguien pueda ser echado fuera? En realidad ese creer resulta falso si no hemos sido enseñados por Dios y enviados a Cristo una vez que hemos aprendido (Juan 6:45). Creer en el Hijo implica saber sobre su persona y su obra, como bien lo escribió Isaías: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos (Isaías 53:11).

    Conocer que Jesucristo es la justicia de Dios nos ayuda a comprender el asunto de la fe. Jesús rogó por su pueblo, por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de aquellos primeros creyentes (sus apóstoles); pero Jesús en esa misma plegaria al Padre no rogó por el mundo (Juan 17:9). Al dejar al mundo por fuera de su ruego lo dejó por fuera de la cruz. Su muerte fue para expiar todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero no para perdonar a ninguno de los que fueron ordenados para tropezar con él como la roca que es (1 Pedro 2:8).

    Así que vemos por las dos citas de Pedro mencionadas antes que existió un plan eterno, lo cual puede denominarse un decreto divino. Adán tenía que pecar para que el Hijo se manifestara como Redentor; si Adán no hubiese pecado el plan de Dios hubiese sido frustrado (1 Pedro 1:20). Eso resulta inimaginable como posibilidad, así que todo va conforme a lo que la Escritura anuncia. Por otro lado, la muerte del Hijo para la redención se hizo en favor de su pueblo escogido, no en favor del mundo por el cual no rogó. Ese mundo dejado a un lado no fue amado por el Padre jamás (1 Pedro 2:8). Otra prueba de ello la da Pablo en Romanos 9, cuando refiere a la relación eterna del Padre con los gemelos Jacob y Esaú. Muchos responden a esta afirmación de las Escrituras en conjunción con el objetor de ellas: ¿Por qué, pues , inculpa? Nadie puede resistirse a su voluntad. Ese reclamo lo hace la gente que se amotina y desea romper las coyundas que Dios les ha puesto, pero ¿quién puede salir airoso de esa lucha inútil contra el Hacedor de todo? Teman a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno (Mateo 10:28).

    César Paredes

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  • MUERTOS EN DELIGOS

    La Biblia afirma que la humanidad murió en delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Asegura que esa calamidad llegó porque la paga del pecado es la muerte, de manera que en Adán todos mueren. La advertencia dada en el Edén fue una verdad contundente, aunque físicamente los primeros seres humanos tardaron en morir hasta comenzar a poblar la tierra, para cumplir el designio del Creador. Lo que dijo la serpiente resultó una gran mentira (lo que es lo mismo, una verdad a medias): seréis como dioses al conocer el bien y el mal.

    El hombre conoció el bien y el mal, pero su deidad no llegó nunca; si bien la Escritura dice dioses sois, lo dice para hacer referencia a ciertas cualidades humanas en tanto somos imagen y semejanza de Dios. Así se participa de una metáfora divina, como lo hacen los magistrados en la tierra, decidiendo con autoridad y poder al gobernar las naciones. Nosotros también podríamos decir que somos como ángeles, al ser mensajeros del Altísimo. Así que la metáfora nos envía al contexto de las palabras pronunciadas, por lo que aunque seamos llamados dioses, todos moriremos como hombres (Salmos 82:6-7).

    Si hemos caído en una depravación total, en el sentido de que se nos ha considerado muertos en delitos y pecados, bajo la ira de Dios por causa del mal en nosotros, no podemos cambiar el diagnóstico diciendo que solamente estamos enfermos. La metáfora se respeta en su totalidad, para comprender el contexto de lo que se nos quiere enseñar. Nos dice la Biblia que no podemos hacer nada bueno, acostumbrados como estamos a hacer el mal. De manera que Dios tiene misericordia y muestra su gracia sobre quien Él desea mostrarla. No puede el ser humano reclamar derechos cuando a él se le computa muerto, ya que su voluntad no cuenta por causa de la putrefacción del cadáver.

    Predicamos el evangelio a los muertos, pero el Espíritu es quien da vida. La palabra de Cristo genera fe en aquellos que fueron elegidos desde la eternidad por el Padre, quien quiso hacerse un pueblo para su gloria. No sabemos quiénes, de entre los muertos, son los elegidos; pero predicamos por igual a todos, diciéndoles que se arrepientan y crean el evangelio. Algunos oirán porque son revividos, otros seguirán en silencio, tal vez molestos por oír una palabra que les parece indiscernible.

    Dios no eligió a cada miembro de la raza humana para salvarlo; eso se sabe porque la Biblia habla del infierno eterno. Habla también de los réprobos en cuanto a fe, de los que no fueron inscritos en el libro de la vida, de los que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Porque Cristo es más que un nombre, es una persona con un trabajo específico, junto a un cúmulo de enseñanzas teológicas de especial relevancia. Él habló de la elección del Padre, se refirió a que nadie puede venir a él si el Padre no lo trae. Aseguró que todos los que el Padre le da vendrán a él, y jamás serán echados fuera.

    Se comprende por esas enseñanzas de Jesucristo que los que no vienen a él nunca fueron enviados por el Padre; aquellos que vienen por cuenta de un falso evangelio serán repudiados en el día final, cuando les diga que nunca los conoció. Él dijo que aquella planta no plantada por su Padre será desarraigada. Por lo tanto, existe una elección que no se fundamenta en la persona, ni en su muerta voluntad, sino que se basa en el designio del Elector. No por obras, asegura la Biblia, sino por gracia; de otra manera la gracia no sería gracia. Esto fue así para que nadie tenga de qué jactarse en la presencia de Dios, para que nadie suponga que hubo algo bueno en él que Dios tomó en cuenta a la hora de la elección.

    Por supuesto, existe mucha gente dentro del cristianismo externo que se molesta por esas doctrinas de Jesús. Ellos sostienen que les parece una palabra demasiado dura de oír, que Esaú no tuvo posibilidad alguna de resistirse a la voluntad del Todopoderoso, de manera que en alguna medida su condenación suena injusta. Para no culpar abiertamente a Dios, tuercen la Escritura para hacerla decir palabras más blandas, haciendo recaer la condenación en la conducta impropia de Esaú. Pero, ¿qué de Jacob? ¿Acaso Dios vio algo bueno en esa persona que escogió aún antes de ser concebida? Esto no parece en ninguna manera injusto, a pesar de que Jacob tampoco pudo resistir esa voluntad de Dios.

    Vemos que el ser humano juzga a Dios, siempre que exista condenación. Hubiese sido mejor que el hombre fuera libre en forma absoluta, independiente del Creador, sin que tenga que rendir un juicio de cuentas después de esta vida. La Biblia afirma que está destinado para los hombres que mueran una vez, y después de esto el juicio. Como muchos no se sienten llamados por Dios, se han armado de unas falsas doctrinas para construir muchos falsos evangelios. De esa manera se acompañan en esta vida, domingo a domingo, en cultos extraños para un dios extraño. Ellos lo llaman Jesús, le dicen Jehová, pero en realidad es antes que nada un Baal-Jesús.

    Al clamar a un dios que no puede salvar, su desespero los conduce a buscar la mística, como una prueba de la espiritualidad que poseen. Sus teólogos los instruyen en un evangelio diferente y estando acostumbrados al mal aprendizaje ya no logran distinguir la mentira de la verdad. Por ese camino continúan en la persecución del espíritu de estupor, para alcanzarlo y abrazarlo, hasta degustar la mentira a granel. Su despertar final será de sorpresa, cuando comprendan que han caído en el mismo hueco que sus maestros de mentiras (Salmos 73:18-20).

    Algunos adoran ángeles, otros se dan a los santos intercesores, los hay de los que buscan a María como madre de Dios; también los que dicen hablar en lenguas, dando lugar a la barbarie literal, en la suposición de la bienvenida carismática. Milagros ven para avivar sus ánimos, aseguran que Dios les dio palabra, pero haciendo tales cosas la doctrina de Cristo queda relegada como algo que causa separación. Por esa razón, también distinguen entre corazón y mente, en el consuelo de que tal dicotomía los exima de pensar en las enseñanzas de Jesús, a quien dicen amar con mucho corazón. Pero Pablo lo aseguró: ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Isaías también lo afirmó: Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos. Juan lo resaltó: el que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9).

    Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, le encomendó Pablo a Timoteo (1 Timoteo 4:16). Esto implica vigilar los errores, denunciar las herejías (opiniones propias), para que no infeste la grey de Dios. A ese rebaño conviene alimentar con el conocimiento y el entendimiento de las enseñanzas de Jesucristo, quien vino a predicar la doctrina del Padre. Esa doctrina de Timoteo fue la misma que le enseñó Pablo, la apostólica, de acuerdo a la palabra incorruptible. Esa palabra edifica, resulta nutritiva para el alma de manera que comprenda los tiempos, las advertencias y logren afirmarse en la enseñanza de Jesucristo. Un ministro que se ocupe de él mismo y de la doctrina, ayuda tanto a la grey como se ayuda a sí mismo. De igual manera, ayudará a muchos que lo oyen, porque solamente el evangelio no adulterado tiene el poder de la palabra eficaz para llamar de las tinieblas a la luz.

    César Paredes

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  • LA LUZ NATURAL

    La luz del hombre natural se hace insuficiente por sí misma para llevar al individuo a la convicción de pecado. El error (jamartía) ἁμαρτία denuncia una falta de juicio, lo que conlleva a la culpabilidad. Eso no quiere decir que a la persona natural la invada el sentimiento de culpa, a veces tal sentir y pesar se convierte en un asunto cultural. Tal vez el temor al castigo judicial y civil deja un peso inminente en la conciencia del que cometió el delito, pero no por ello hablamos del peso del pecado en el incrédulo. Hace falta el Espíritu de Dios para que señale la maldad inherente del pecado frente al Dios santo de la creación.

    El hombre natural conoce en algún sentido la ley de Dios colocada en sus conciencias, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto a través de la creación, de la naturaleza y sus leyes como obra divina. Así que bien conoce sus deberes, bien percibe lo que está bueno y lo que está malo. Son nociones comunes dejadas en el ser humano, las cuales han conducido a la humanidad hacia el ejercicio del derecho, más allá de que éste no haya sido perfecto. De esa manera se ha operado para que la humanidad se preserve y muestre un juicio suficiente para que vivamos quietamente las más de las veces.

    En casi la mayoría de las religiones más primitivas, la idea de un Dios que debe ser adorado se impone en la comunidad. Incluso existen acciones que la sociedad considera meritorias de castigo, incluida la pena de muerte. De esta forma la sociedad se gobierna bajo ligámenes morales que derivan de un estado de conciencia social respecto al bien y al mal. Pese a lo dicho, la luz natural no descubre la noción del pecado como una falta al Dios de la creación.

    Dadas esas condiciones naturales, persiste la enemistad del hombre con Dios, de acuerdo a lo que la Biblia denuncia. Una locura parece la norma divina o los asuntos del Espíritu, ya que parecen indiscernibles ante esa luz opaca e insuficiente. Esa tenue luz no descubre la raíz del pecado, no puede denunciar que existe una desobediencia mortal ante el Creador. La polución del alma humana no puede captarse con el brillo que da una vela, por lo cual el ser humano no es capaz de sentir el peso del pecado de Adán heredado por su raza.

    Se hizo necesaria la aparición de la revelación de lo alto para la denuncia del pecado. No dudamos de que ella fue inmediata, como lo relata el libro del Génesis; Dios habló con Adán y fue su luz para su culpa. Al mismo tiempo le mostró su proto-evangelio, al cubrirlo con las pieles de los primeros animales sacrificados por causa del pecado. Un símbolo se instauraba en el imaginario humano, el que conduciría a comprender que sin derramamiento de sangre no hay remisión del pecados. Aquellos momentos difíciles para Adán y su mujer señalaron hacia dónde apuntar, a la simiente de la mujer de donde vendría el Cristo.

    La humanidad fue creciendo y con ella la noción de redención; las naciones olvidaron poco a poco todo el discurso enseñado por el padre Adán, de forma que cada cual siguió por su camino en sus propias veredas y con sus propios juicios. La luz natural no permitió dar cuenta de la terrible malignidad humana, excepto por su efectos sociales o individuales en cuanto a la muerte por riñas, así como heridas por combates. Pero la noción de pecado no fue vista como un mal del espíritu del hombre, mucho menos su efecto en la relación con el Creador.

    Ciertamente, la naturaleza descubre algunos asuntos relacionados con Dios, algunas de sus leyes naturales, pero no señala todas sus perfecciones. De esta manera, la convicción de pecado se hizo cada vez más débil, ya que esa pequeña luz humana no funciona bien para demostrar su horror ante el Dios tres veces santo. Muchas de las obras del ser humano se exhiben como una abominación ante el Señor, pero lo sabemos gracias a la revelación divina que se conoce como su palabra. La polución interna del corazón humano genera serias consecuencias eternas.

    La mente del ser humano necesita una lumbre sobrenatural. Esa luz fue llegando con la dádiva de Dios a los judíos por medio de la ley dada a Moisés; sin embargo, los judíos no pudieron salvarse con esa ley a no ser que apuntaran al Salvador como el fin de la ley. Ese Salvador era la Simiente prometida que lucharía contra la serpiente antigua, venciéndola con su herida mortal en la cabeza. Pero Dios fue mostrando en su escenario las partes de aquello que agradaría a su gloria, lo que anunciaba la venida del Redentor de su pueblo escogido.

    El Capítulo 1 de la Carta a los Romanos nos reseña la perversión natural del hombre caído. La razón depravada de los mortales humanos creó una deformación de lo que percibían como el Creador: le dieron semejanza de obra creada, de animales, de piedra, habiendo olvidado la vieja gloria contada por sus padres más antiguos, de acuerdo a lo que uno entiende fue el relato de Adán a sus descendientes inmediatos. El pecado deforma la visión divina, de acuerdo a su propia monstruosidad. Se ve que el hombre en su naturaleza no se avergüenza de su pecado, sino que persiste en su fin de muerte (Romanos 6:21).

    La Escritura señala al hombre natural como muerto en delitos y pecados, por lo cual la teología cristiana nombra esa situación como la depravación total de la humanidad. En ese estado existe solo desgracia, abandono de Dios, con apenas una guía natural de acuerdo a las normas físicas necesarias para la existencia. Una gran parte de la multitud de israelitas que conocían la ley dada a Moisés resultó perdida como el más vil pagano. Eso no implica que haya habido un fracaso de la ley divina, sino que ella no se propuso salvar a nadie sino señalar el pecado para que abundara y así poder anunciar la gracia.

    La palabra de Dios corta más que una espada de dos filos, ella penetra hasta partir el alma. Cuando el ser humano se confronta con la palabra divina, suelen suceder cosas interesantes. En algunos, la muerte los acompañará eternamente por cuanto sirvió para mayor endurecimiento; en otros, resultará en un olor de vida para vida por cuanto ella redimió con su agua limpia y por medio de la sangre de Jesucristo. Para esto nadie es suficiente, por lo que lo que resulta imposible para el hombre para Dios es absolutamente posible. Vale la pena darse a la lectura y escrutinio de la Escritura, dado que se nos ha dicho que en ella subyace la vida eterna. Ella, además, viene como testimonio de Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres.

    El que cree tiene vida eterna, pero el que no cree ya ha sido condenado. Necesitamos que el Espíritu de Dios alumbre nuestras vidas, porque la lumbrera nuestra resulta insuficiente para la dimensión divina. Esa es la razón por la que cuando el hombre natural conoce a Dios un poco no lo glorifica como a Dios, sino que se da a las imaginaciones de su necio corazón (Romanos 1:21). Dado que el Espíritu de Dios es Omnisciente, su luz alumbrará el camino a seguir, denunciará el mal en nuestro espíritu, mostrará el gran daño que hemos sufrido pero nos podrá indicar el camino a seguir: Jesucristo, quien además de camino es la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por él.

    César Paredes

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  • CREA EN MÍ UN CORAZÓN NUEVO (SALMO 51:10)

    David era un hombre de Dios, pero en su caída estrepitosa y pública tuvo que clamar para que Dios creara en él un corazón nuevo; reconoció su impotencia en su reposición, a pesar de que había sido declarado como un hombre conforme al corazón de Dios. ¿Cuánta mayor impotencia no habrá en el incrédulo? Existe una inhabilidad natural para los asuntos de la fe de Cristo, dado que el ser humano fue declarado muerto en delitos y pecados. No puede la criatura caída disfrutar de la debida percepción de los asuntos de Dios, porque le parecen una locura. 

    La gracia de Dios se hace necesaria para poder relacionarse con el Creador; si por las obras de la ley se pudiera restablecer el contacto, la gracia sobraría. Pero la ley se introdujo para que abundara el pecado, para que el ser humano probara su incompetencia espiritual y pudiera ser guiado por la norma hacia Cristo. Es decir, la falta de poder nos estimula a buscar auxilio, pero el círculo parece muy cerrado: el hombre natural sigue sin discernir las cosas del Espíritu de Dios, de manera que aunque intente el auxilio no sabe adónde ir. 

    La creación del corazón nuevo no puede considerarse como una mejora del anterior, sino como una hechura diferente. La piedra impenetrable se cambia por carne sensible, el espíritu muerto pasa a la resurrección del nuevo nacimiento. Pero David ya había nacido de nuevo, así que su clamor se hizo en función del pecado que lo agobiaba. Mi pecado está siempre delante de mí, dijo el salmista. De nuevo diremos, ¿cuánto más presente no ha de estar el pecado en el corazón incrédulo? Si el hombre natural resulta pasivo para nacer de nuevo, la nueva criatura en Cristo tiene actividad por realizar. Ante la caída debe clamar al Padre, pide perdón, se arrepiente y recuerda su debilidad; como Pablo, también puede reflexionar para asumir que existe la ley del pecado que domina sus miembros (Romanos 7). 

    Ese clamor del apóstol no fue una excusa para seguir pecando, sino un anuncio de la comprensión de aquello que nos suele suceder a los creyentes. Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre; a Jesucristo el justo, dice Juan en una de sus cartas. En otro lugar afirma que Jesús es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:9). En este punto conviene advertir contra una herejía que se impone desde algunos púlpitos, la de negar la capacidad de Cristo para perdonar pecados. Esto se basa en una metáfora usada por el autor de Hebreos, que dice que el Señor vive siempre para interceder por nosotros, pero ese adverbio no presupone que no hará más nada. 

    Una persona puede interceder por alguien y hacer otras cosas, como ocuparse de otros asuntos de interés. ¿Será que en las bodas del Cordero el Señor interrumpe la intercesión? ¿O cuando le dijo a Juan lo del Apocalipsis dejaría de interceder por los suyos? Cuando el Señor está a la puerta de la iglesia llamando para cenar, ¿habrá dejado de interceder? Resulta que si se asume el adverbio siempre quitándole el lado metafórico que implica seguridad, constancia, de cualidad inquebrantable, parece ser que Jesús no cumplió con lo dicho por el autor de Hebreos.  

    Recordemos que el Señor perdonaba pecados en esta tierra, no solo sanaba enfermos. Después de la resurrección se apareció a los discípulos y les anunció que le había sido dada toda potestad, tanto en el cielo como en la tierra; entonces, si cuando no poseía toda la potestad perdonaba pecados, ¿no va a perdonar ahora que tiene toda la potestad? Si así no fuera, Juan escribió algo que resulta incoherente. Fijémonos en el verso 7 de su Primera Carta, en el Capítulo 1; allí se lee: pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Ese él del verso 7 hace referencia al Padre, a Dios, que viene anunciado desde el verso 5 como quien es luz; de inmediato se añade que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. En el verso 9 se concluye que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Desde el punto de vista gramatical, él es un pronombre personal, singular de tercera persona, que hace referencia al personaje inmediato que se mencionó en el contexto (en este caso su Hijo Jesucristo, como refiere el verso 7).

    Bien, el creyente tiene una capacidad implantada para pedir perdón, para buscar la restauración, para suplicar a Jesucristo, a quien agradece como Pablo por la victoria final. El incrédulo carece de tal habilidad, sigue siendo un sujeto pasivo en quien el Padre podrá brindar gracia siempre y cuanto Él lo considere de acuerdo a sus planes eternos. El mandato de creer y arrepentirse funciona como una orden legal, algo general cuyo desconocimiento no excusa de su cumplimiento. En la nueva criatura cobra efecto la credulidad y el arrepentimiento para perdón de pecados, por la gracia provista por medio de la fe que también viene a ser señalada como un regalo de Dios (Efesios 2:8-9).

    Las metáforas funcionan en sus contextos, por lo cual conviene tener cuidado de no extenderlas fuera de lo previsto. Por ejemplo, estar muertos en delitos y pecados debe entenderse como estar incapacitado para buscar la medicina (los muertos no se mueven). Aducir que un incrédulo puede estar bajo fuertes convicciones de pecado, con un profundo sentido de miseria espiritual, por lo que no se debe considerar muerto del todo, es violentar el contexto de la metáfora. La figura de lenguaje en ese caso específico busca señalar el grado de absoluta depravación de la naturaleza humana. Logrado ello, no puede el intérprete seguir otro derrotero que el usado por el enunciador de tal metáfora.

    El que el Espíritu de Dios mueva al pecador a sentir esas convicciones implica que una fuerza externa al incrédulo está actuando; pero si es su pura conciencia, esos lamentos se procuran sin cambio eficaz. La metáfora de la muerte en delitos va de la mano con la metáfora del nuevo nacimiento procurado por el Espíritu de Dios, nunca por voluntad de varón. Cuando Nicodemo se salió del espíritu de la metáfora dicha por Jesús, erró completamente al buscar un contexto impropio de aquel propuesto por Jesucristo. No había necesidad de entrar de nuevo en el vientre de la madre. 

    La muerte espiritual niega el movimiento del espíritu humano por cuenta propia, como si por autonomía pudiera resucitarse a sí mismo. El trabajo de la conversión es una operación de Dios, pero el hombre incrédulo está bajo el mandato legal general de arrepentirse y de creer el evangelio. Alguien dirá todavía: ¿Por qué, pues, Dios inculpa?  Nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será injusto Dios que condena a quien no puede sino seguir el derrotero eterno marcado por la mano divina? Bien, esas preguntas se las hizo el apóstol Pablo, bajo un argumento retórico cuando escribía el capítulo 9 de Romanos. La respuesta dada por el Espíritu de Dios es que Dios en ninguna manera es injusto, sino soberano; Él forma vasos de honra y vasos de deshonra, con la misma masa de barro. Jehová tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. El Faraón viene a escena junto con Esaú, como modelos de vasos de ira que honran a Dios en sus juicios contra el pecado.

    Los que se molestan por esas palabras del apóstol, en realidad consideran dura la palabra de Dios; se dan a la murmuración contra el Altísimo y demuestran que Dios no les ha creado un corazón nuevo.

    César Paredes

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  • INCONMENSURABLE DIOS

    La tierra contiene personas y otros tipos de seres vivos. Su armonía en la naturaleza nos hace contemplar con gratitud la obra del Hacedor de todo. Con el telescopio, la astronomía ha develado ciertas incógnitas de nuestro universo, pero nos ha dejado perplejos por mostrarnos la cantidad de estrellas y planetas que giran en una inmensidad espacial que maravilla. Ese Dios del que habla la Biblia hizo todas esas cosas con el puro mandato de su palabra. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Podríamos preguntarnos acerca del tiempo y su relación con la eternidad, porque no en el tiempo sino con tiempo hizo Dios los cielos y la tierra.

    Esa idea precedente es de Agustín de Hipona, al responder a la interrogante de si Dios envejecía. Dios como Ser eterno no se afecta por el tiempo, por lo que viene a nuestra mente otra interrogante: ¿Qué hacía Dios antes de crear este universo que habitamos? Bueno, qué ha hecho en la eternidad pasada (si la metáfora se permite), sería una pregunta demasiado curiosa. Sin embargo, frente al inconmensurable Dios nosotros como criaturas somos demasiado insignificantes. La Biblia asegura que somos barro en manos del alfarero, pero que pese a ello Dios tuvo misericordia de un pueblo que escogió para Sí mismo.

    Esa es la buena noticia del evangelio, la promesa de redención para todo el pueblo de Dios. Alegrémonos de que nuestras transgresiones hayan sido perdonadas y cubiertos nuestros pecados, porque ante ese Dios de semejantes dimensiones nadie puede estar de pie. Su inmenso poder demostrado en la creación guarda una proporción con su santidad. Todos sus atributos son proporcionales a su majestad y grandeza, por lo que es digno de reverencia y adoración.

    En sus planes eternos quiso hacernos a su imagen y semejanza, nos coronó de gloria en su creación pero sometió al hombre a una prueba en la cual fallaría. Él ha dicho que hizo al malo para el día malo, por lo tanto Adán tenía que pecar para que el Cordero preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo se manifestase. Esa puede ser considerada su obra épica majestuosa, la aparición de su Hijo como Redentor de todo su pueblo. Nos redimió de la muerte, nuestro gran enemigo que tenía su aguijón llamado pecado. Pero venció el pecado y por lo tanto le quitó el aguijón a la muerte y despojó al sepulcro de su victoria.

    Cristo nos liberó de las tinieblas del error, de la trampa de Lucifer convertido en Satanás, venciéndolo en la cruz y convirtiéndose en la justicia de Dios para beneficio de todo su pueblo. Aquellas cosas del Espíritu de Dios que antes nos parecían locura, ahora suenan como grata cordura al corazón; las cuerdas del Señor están hechas de amor por lo cual se prolonga su misericordia cada mañana. El hombre fue formado un poco menor que los ángeles, en cambio Satanás manifiesta un poder descomunal y una astucia infernal que le permite dominar en su principado. No obstante, los hijos de Dios caminamos como extranjeros en este mundo pero seguros detrás de nuestro buen pastor (Juan 10:1-5).

    El pueblo de Dios no debe olvidar jamás que la gracia eficaz hace la diferencia entre la redención y la condenación. Dos personas son llamadas en igual forma por el deber ser de la palabra divina, pero solo uno da respuesta positiva. No pensemos ni por un instante que esa respuesta se debe a nuestra cualidad de inteligencia, de mansedumbre o humildad, sino que más bien viene como el producto de la misericordia de Dios. Ya que ambas personas en principio subyacen muertas en delitos y pecados, por lo tanto ninguna tiene la cualidad para la reacción.

    Precisamente por ser criaturas dependientes debemos responsabilidad ante el Creador. Pero Dios no redime a nadie en desmedro de su justicia sino que lo hace porque es un Dios justo que justifica al impío. Sí, el Dios de la Biblia justifica lo injustificable, como se demuestra por aquel ladrón en la cruz, un sedicioso que no hizo ninguna obra buena en el mundo, que ahora está con el Señor en las moradas eternas. Pablo perseguía a los cristianos, buscaba a unos para encerrarlos en la cárcel y a otros los amenazaba de muerte. Con Esteban estuvo para martirizarlo, hasta sostuvo sus vestiduras mientras lo apedreaban. Pablo no había hecho ninguna obra buena, pero el Señor se le apareció y lo tumbó del caballo. De esa forma alcanzó misericordia, por un acto absolutamente compasivo y soberano del Dios de la creación.

    Pablo caminaba en sentido contrario a la verdad, persiguiendo al mismo Jesús para acabar con sus ideas. Pero Pablo no sabía entonces que su nombre estaba escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo, que había sido predestinado para andar con Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4, 11). Los métodos de Dios para alcanzar sus objetivos son variados, como se demuestra en la narración de las Escrituras. Dado que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios, el Creador nos imputa esa justicia porque el Señor murió para expiar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). De esa forma la justicia de Dios no sufre alteración alguna, no se rebaja, sino que sigue su rasero natural condenando al que no es de la justicia de Cristo y redimiendo al que sí es de esa justicia.

    Aunque los hombres sean juzgados de acuerdo a sus obras, ninguno de los redimidos puede alegar obra alguna como causa de su redención. Los que hemos sido justificados somos llamados justos, por una aplicación de la legalidad del Juez de toda la tierra. Los no justificados en Cristo serán condenados porque fallaron ante la ley de Dios y no fueron justificados en Cristo. Dentro del plano de lo inconmensurable de Dios, su obra máxima trata de la redención del hombre.

    La salvación del hombre trae al centro de interés al Redentor, el Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo. Al pueblo de Dios se le da la fe, porque no es de todos la fe sino que ella viene como don de Dios. Además, sin fe no agradamos a Dios, así que Jesucristo es el autor y el consumador de ella. Es un círculo lo que rodea la fe, ya que el ser humano no puede producirla por cuenta propia. Hemos sido salvados por gracia, por medio de la fe, todo como un regalo divino. De esta manera sabemos que nuestra salvación no depende de buenas obras, como si el ser humano tuviera de qué gloriarse.

    Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; ¿dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Nosotros como pequeñas criaturas, hechas del polvo de la tierra, hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, de pura gracia. Esa situación demuestra también lo inconmensurable de la misericordia divina, del amor eterno que nos ha tenido por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no vivir agradecidos y cómo no ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor?

    César Paredes

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  • PREMISA ERRÓNEA

    Si la premisa de la cual se parte subyace en el error, su derivación resulta errónea. Poco importa que se invente un conocimiento medio en el intento de reconciliar con nuestro a priori lo que nos incomoda. Dios ha ordenado todo cuanto acontece, a menos que Dios tome en cuenta todos los parámetros de la voluntad humana para predecir el futuro. Son dos posiciones antagónicas, si bien la segunda se muestra más noble con el alma humana. A esta última se ha denominado el conocimiento medio, quizás en un préstamo del concepto del justo medio de Aristóteles.

    Incluso el Derecho recomienda en su doctrina el justo medio en el reparto: si alguien debe entregar un ganado a un acreedor, podría escoger lo mediado (ni las vacas más gordas ni las vacas más flacas). A partir de la Reforma Protestante salió a la palestra teológica lo que la Biblia dice respecto a la forma en que Dios gobierna el mundo. Con la Biblia represada en los púlpitos (literalmente encadenada), sujeta a interpretación de la denominada iglesia, la teología había permanecido escondida y mutilada. Con la Reforma surgen interpretaciones diversas de las Escrituras, en el intento de dilucidar lo que sus páginas dicen. Como parte de la Contrarreforma aparece la tesis jesuita de Luis de Molina, reconocida luego como Molinismo. Desde esa perspectiva se señala el punto medio, de manera que se tenga en cuenta no solo la voluntad divina sino también las acciones libres de los seres humanos.

    El concepto de predestinación manejado en las Escrituras salió a la luz pero Roma se enfadó. Su doctrina contraria (la teología de las obras) tenía que ser defendida, a como diera lugar. La teología romana penetró las filas del protestantismo con Jacobo Arminio, un protestante que defendía el molinismo. Dios no causaba que alguien se arrepintiera y creyera, sino que el pecador cooperaba con Dios para lograr la proposición graciosa de la salvación. La gracia de Dios pasa ahora a ser una promesa resistible, ya que Dios como Caballero no obliga a nadie a salvarse. Más bien, para el Molinismo, el Dios de las Escrituras se despoja por un momento de su soberanía absoluta y permite que la criatura en forma libre decida su destino final.

    Sabemos que esto agrada a los oídos de las iglesias, que esta teología molinista o arminiana se hace fácil de oír. Es el encuentro de dos trabajos, el divino y el humano (sinergia). Por esa razón también se entiende que Dios dirige los eventos del mundo a través de un conocimiento medio, una evaluación entre los actos de la criatura libre que escogerá de acuerdo a las circunstancias un destino determinado. Dios pasa a ver el futuro en una súper bola de cristal que le indica las acciones a tomar, muchas posibilidades de acuerdo a los muchos futuros abiertos. A esto se le conoce como teísmo abierto, corriente teológica que agrada al oído de muchos feligreses.

    No se estaría frente al Dios invasor de las Escrituras (Juan 6), sino ante un Dios reinterpretado por la tradición eclesiástica y sazonado con la filosofía griega (Aristóteles). Dado que ese Dios molinista-arminiano no causa que los seres humanos tomen decisiones, dicha divinidad se dedica a aprovechar las circunstancias por medio de su conocimiento medio de las cosas. Han llegado a decir que Dios preordena todas las cosas, incluso las libres escogencias de sus criaturas. La Biblia nos habla del Dios que hizo al malo para el día malo, que escogió a Judas como diablo, que odió a Esaú antes de que hiciera bien o mal. Algo no cuadra entre la Biblia y la visión molinista-arminiana, lo cual nos lleva a pensar que en esa visión se han separado de múltiples textos de la Escritura y del sentido general de ella, cuando la Escritura nos habla del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (es decir, Jehová no mira las circunstancias libres del rey, sino que actúa sobre su voluntad sin tomar en cuenta aquello que no existe: la libertad del rey).

    El Dios de la Biblia no se manifiesta como conocedor de las circunstancias para poder actuar en consecuencia; más bien Dios crea las circunstancias y no toma en cuenta la ficción del libre albedrío. En Juan 6 el Señor le dice a la multitud beneficiaria del milagro de los panes y los peces que ellos no pueden acudir a él si el Padre no los ha traído. Esto enfureció a la masa y esa gente se dio a la murmuración, profiriendo palabras acerca de esa teología: dijeron que las palabras de Jesús eran duras de oír. Nada distinto ocurre 2000 años después, por lo cual los púlpitos acomodan su verbo para que la gente no se les escape.

    El Dios de las Escrituras no necesita el conocimiento medio para poder predecir eventos. Pero los molinistas prefieren un dios que distinga lo posible de lo probable, y se sujete solamente a lo probable (por el resultado del análisis de las circunstancias que llevan al conocimiento medio). La Biblia, por su parte, declara que para Dios no hay nada imposible (sea posible o probable). Dios habló y la luz fue hecha, por su palabra creemos haber sido constituido el universo. Tememos a aquel que puede echar el cuerpo y el alma en el infierno, no a aquel que tiene que pedir permiso a la libertad humana para poder llevarse un alma al cielo.

    Si Dios actuara y conociera solamente de acuerdo a las circunstancias, sería un Dios con mucha suerte. Vio en el túnel del tiempo una serie de condiciones que permitirían enviar al Hijo Salvador para que lo crucificaran; como lo vio lo profetizó y para el beneficio de su reputación como Dios veraz la masa cumplió lo previsto. Pedro y Juan dijeron: Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4: 27-28).

    Para los molinistas y arminianos, Dios determinó que sucediera aquello que Herodes y Poncio Pilato determinaron de antemano hacer. En otros términos, Dios depende del criterio humano para poder profetizar y se puede considerar un Ser con mucha suerte, ya que aquello que descubre en el corazón de la gente se realiza a pesar de lo voluble del alma humana. El conocimiento medio alegra el alma intelectual porque le deja respiro a su voluntad, ya que puede contemplar un Dios no invasivo sino comprensivo.

    La Biblia continúa categórica con el anuncio de un Dios Todopoderoso, cuyos propósitos no pueden ser torcidos (Job 42:1-2), sino que permanecen por siempre (Salmo 19:21). Si el Dios de los ejércitos planifica algo, ¿quién puede anularlo? Si su mano señala al frente, ¿quién la tornará atrás? (Isaías 14:25,27). El Dios infalible de las Escrituras no reposa en la fragilidad de la voluntad humana, sus decretos no se dictaron previendo lo que el ser humano decidiría. Al contrario, Esaú tomó el destino que le fue señalado, al igual que el Faraón de Egipto. Por esa razón se levanta la objeción contra le Hacedor de todo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad?

    Esa objeción natural del alma caída abre el camino para que aparezca el molinismo-arminianismo, en el discurrir sobre la libertad del hombre para que Dios sea realmente justo al condenar. Le cuesta al hombre doblar su cerviz ante el Todopoderoso, pero Él ha prometido que toda rodilla se doblará ante su presencia. Lamentable para muchos que lo hagan cuando estén en el juicio final, no habiéndolo hecho antes. De todos modos, ya la Escritura se los dijo: Fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8).

    César Paredes

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  • CAPACIDAD HUMANA COMO PRERREQUISITO

    La gran mayoría de los que se llaman cristianos sostienen que debe existir una capacidad para creer en Jesucristo. Sin esa capacidad, aseguran, no habría responsabilidad en el pecador para ser juzgado. En realidad, ellos trasladan los preceptos de autoridad del Derecho humano al terreno divino, haciendo falaz su razonar por el argumento de falsa autoridad. Lo que sirve como autoridad humana no puede funcionar por fuerza en el ámbito de la autoridad divina. De esa manera defienden a Esaú o inculpan a Dios, ya que aquel personaje bíblico de Romanos 9 no tuvo ninguna opción de resistir a Dios. ¿Por qué, pues, Dios lo inculpa?

    Por esta vía marchan los que se aferran a su fantasía religiosa del libre albedrío, bajo la superstición de su existencia: Si no hay libertad, no habrá culpabilidad en las acciones humanas. De igual manera, un extremo de esta corriente asegura que solamente aquellos que son capaces de arrepentimiento pueden llegar a creer, por lo que cuando alguien le dice a una persona que ella tiene el deber de arrepentirse y creer el evangelio, en realidad esa persona posee aquella capacidad.

    Surge por este razonar de elucubraciones la habilidad como supuesto para el deber y la culpa. Sería traducido en el ejemplo siguiente: Si se nos encomendó predicar el evangelio a todo el mundo, debe entenderse que todo el mundo tiene potencialmente la habilidad para el deber de creer. Por esta vía se llega a una conclusión igualmente falaz: Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción. Creada la circunstancia del supuesto de la posibilidad de creer en todo el mundo, la distracción racional da el paso para una muerte universal del Hijo de Dios.

    Lo que la Biblia enseña es que se nos ha ordenado ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura, para que el que sea creyente tenga vida eterna. Bien, veamos de cerca ese mandato: Desde que se ordenó esa gran comisión no todos los creyentes salieron por el mundo conocido de entonces a predicar ese evangelio; tampoco se dice nada de lo que sucedió hacia atrás, antes del momento de que esa orden fuese generada. Miles y millones de personas quedaron sin ninguna información al respecto, en relación a la supuesta muerte de Jesús por todo el mundo sin excepción.

    La salida a este problema no puede pasar por el absurdo del abandono de la predicación del evangelio. No podríamos decir tampoco que como el hombre natural perdió la habilidad para creer debería ser excluido del grupo de los predicables. Un niño nace en un territorio con deuda pública (externa e interna) imposible de cancelar, pero esa imposibilidad no excluye que ese individuo que acaba de nacer tenga que asumir la responsabilidad de la deuda. Eso es un ejemplo del mundo secular, de la vida cotidiana, que pudiera ser útil para nuestro razonar por analogía válida. El deber ser no se anula por el hecho de la imposibilidad de cumplirse.

    La ley que Dios le dio a Moisés fue muy dura, tanto que nadie pudo cumplirla y ella no pudo salvar a nadie. Así lo enseñan las Escrituras, pero esa ley resumida en los Diez Mandamientos no fue anulada, simplemente fue cumplida a cabalidad por Jesucristo. De esa manera él llegó a ser nuestra justicia, o la justicia de Dios para convertirse en nuestra pascua. Todos los que fuimos justificados en la representación que Jesús hizo en el madero, somos igualmente llamados los elegidos de Dios. Jesús vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Jesús no rogó por el mundo que quedó por fuera de su trabajo hecho al día siguiente de esa oración recogida en el Getsemaní (Juan 17:9).

    El mandato divino fue absoluto: Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra (Deuteronomio 5:32). Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra (Josué 23:6). Veamos lo que nos dijo Jesucristo: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). Pese a ese mandato de guardar toda la ley, la Biblia aclara: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Así que quien guarde la ley, pero la quebrante en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado, sino por la fe de Jesucristo, de acuerdo a Gálatas 2:16, lo cual nos lleva a deducir con el resto de las Escrituras que aquella ley ordenada apuntaba a Jesucristo como su verdadero cumplidor. Él vino a ser el Cordero sin mancha, la Simiente prometida para acabar con el pecado y para herir en la cabeza a la serpiente antigua, llamada diablo o Satanás.

    Podemos llegar a una temprana conclusión respecto a nuestro deber ser: lo que ha ordenado Dios no presupone capacidad de cumplimiento por parte de su criatura. Al contrario, la ley escrita en los corazones humanos, o en las tablas dadas a Moisés, cumple la función de señalarnos nuestro deber. Asimismo, ella nos educa en cuanto a nuestra incapacidad por cuanto el hombre natural cayó muerto en delitos y pecados. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). De esta manera se ha cumplido la condena sobre el pecado, cuya consecuencia no es otra que la muerte.

    Sin embargo, frente a esta situación del hombre desesperado por andar atrapado en su maldad, recordamos que el regalo de Dios vino a mostrarse como la vida eterna que tenemos en Cristo Jesús, nuestro Señor. Para esto nadie resulta suficiente, pero lo que nos viene como imposible resulta posible para Dios. No envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado, pero que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

    Aquella persona que llega a creer, descubrirá después de creer que ha sido ordenado para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. No puede saberlo antes, porque el Espíritu de Dios no lo dirige todavía para que comprenda el mensaje del evangelio, ni le recuerda las palabras de Jesús. Pero una vez que ha nacido de nuevo (por operación del Espíritu) es llevado a toda verdad y ésta lo hará libre. De igual manera confesará siempre el verdadero evangelio, por cuanto como oveja sigue al buen pastor y no a los extraños. De la abundancia del corazón hablará su boca y como buen árbol llevará un buen fruto. Descubrirá que Jesús lo representó en aquella cruz y sufrió por todos sus pecados, de manera que el Padre ya no lo condenará por culpa de sus pecados.

    Mientras el hombre continúe en su incredulidad, no podrá discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las tiene como locura. El incrédulo tiene el entendimiento entenebrecido, pero en los que se pierden jamás les resplandecerá la luz del evangelio de Jesucristo. Predicamos a los hombres incapaces de creer, porque no existe ningún prerrequisito de capacidad para llegar a ser creyente. La Biblia dice que seremos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iremos hacia el Hijo. Nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo lleva, pero el que es llevado por el Padre será resucitado en el día postrero y el Hijo no lo echará fuera.

    César Paredes

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