Parece mentira pero Dios le pidió al hombre guardar su ley, bajo pena de maldición si quebrantare alguno de sus puntos. De allí que Pablo aseguró que la ley no salvó a nadie, sino que fue enviada para aumentar el pecado de manera que ella sirviera como un Ayo para llevarnos a Cristo. Jesucristo vino y cumplió toda la ley, habiendo agradado al Padre, por lo cual pudo morir en la cruz para llevar el pecado de aquellos que no pudieron ni pueden cumplir toda la ley, y que son tenidos como su pueblo.
La vida y obra de Cristo en vida sirvió para cumplir con los requisitos del Cordero sin mancha, para que Dios descargara en él su furia por los pecados de todos aquellos a quienes él representó en la cruz. Leemos en Mateo 1:21 que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados; en Juan 17:9 vemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión; por igual, en Juan 10:1-5, Jesús declara que él es el buen pastor que pone su vida por las ovejas (no por los cabritos, a quienes colocará a su izquierda y los enviará al lago de fuego: Mateo 25:31-41).
Claro que las ovejas deben ocuparse como dice el texto de Mateo ya citado, respecto de la ayuda al prójimo, en especial a los de la familia de la fe. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis … De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Estas acciones y las demás buenas obras sirven como testimonio de que somos sus herederos, pero jamás servirán como causa de la redención. La Escritura afirma: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El propósito de Dios conforme a la elección permanece no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).
Agrega la Biblia que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16); los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición (Gálatas 3:10). La declaratoria bíblica demuestra que la humanidad entera cayó bajo condenación (todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios -Romanos 3:23). La ley, tenía la sombra de los bienes venideros, sin poder por los sacrificios ofrecidos hacer perfectos a los que se acercan. Si hubiesen quedado limpios con el primer sacrificio no hubiese habido necesidad de reiterar el mismo con los años. La sangre de los toros y de los machos cabríos no pudo quitar los pecados (Hebreos 10:1-4).
La ley resulta buena porque nos muestra el pecado, ya que sin ley no puede haber conciencia de pecado. Recordemos que la ley de Dios puede ser tanto la escrita en tablas dadas a Moisés como la que está en los corazones humanos (lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio del creado mundo visible, sin que nadie tenga excusa -Romanos 1:20-21). En Romanos 2:15, Pablo demuestra que la ley está escrita en los corazones humanos, dando testimonio la conciencia de cada quien (incluidos los gentiles, que no tenían la ley escrita de Moisés).
Decimos con Pablo que la ley no salvó a nadie, ni siquiera la ley escrita en los corazones porque cuando el pagano hacía algo bueno era derribado por lo malo que también cometía; así que aconteció igual a israelitas y gentiles. Solo la ley que es por la fe de Cristo puede salvar, así que no hay jactancia alguna para nadie. No por la ley de las obras, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Una vez más, las obras son consecuencia de la fe y no su causa.
Aunque leamos en la Biblia textos que señalan nuestro deber, al seguir un camino adecuado, de escoger una vía para vivir u otra para morir, aunque se haya escrito que el que tiene sed que venga a beber del agua de vida eterna, los contextos en que aparecen demuestran que nadie puede motu proprio inclinar su voluntad a tal fin. Los mandatos bíblicos tienen los propósitos de revelar el pecado y magnificarlo, para que nadie suponga erróneamente que puede auto justificarse.
La ley humana que emana de los tribunales presupone la libertad de los que se someten a ella. De hecho, la plena libertad constituye un motivo esencial para que el ser humano actúe en consecuencia y sea juzgado ante la ley. Pero la ley divina tiene otro origen y otra finalidad: que el hombre reconozca su impotencia ante el Dios Soberano, de manera que pueda ocurrir en él la metanoia griega, el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y quién es la criatura.
El hombre debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador, no a la inversa. Dios es libre absoluto, pero la criatura impotente no puede tener libertad; al contrario, su impotencia genera su dependencia ante el Creador. En ningún sitio de la Escritura Dios sugiere que el hombre caído en delitos y pecados, en realidad muerto, pueda tener la mínima opción de nacer de nuevo por cuenta propia, o tener la capacidad para cumplir con la ley moral divina.
El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3), pero esa obra corresponde en exclusiva al Espíritu Santo, sin mediación de voluntad o sangre humana (Juan 3:8 y Juan 1: 12-13). Por consiguiente, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). Dada la caída absoluta de la humanidad, del pecado heredado desde Adán, urgía un Segundo Adán, que es Cristo. La salvación depende en forma absoluta de Jesucristo, de la gracia de Dios, sin que medie esfuerzo humano alguno. Dios no dará a otro su gloria, así que todo cuanto acontece ha sido su plan eterno e inmutable.
Hay todavía mucha gente a la que Dios no le ha dado un corazón que entienda, ni ojos para que vean, ni oídos para oír (como lo afirma Deuteronomio 29:4). Este conjunto de personas anda por el mundo con ceguera espiritual; pero existe gente a quien Dios ha circuncidado el corazón, de manera que a partir de ese momento puede amar a su Creador y al autor de su salvación (Deuteronomio 30:6). Aunque la gente tenga la Biblia en su casa, aunque la estudie y la comprenda, la verdadera obediencia a Dios surge a partir de la circuncisión del corazón, lo que ahora se llama nuevo nacimiento.
El hombre dirá que Dios no puede inculpar a alguien que no puede resistirse a su voluntad, pero la divina respuesta ha sido que el hombre no es nadie para discutir con Dios. Apenas el ser humano es una vasija de barro moldeada por las manos del alfarero, así que la potestad absoluta pertenece a quien crea el barro y hace con él lo que desea. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).
César Paredes