SIN PLACER EN LA MALDAD

Jehová afirma que Él no tiene placer en la maldad, tampoco se agrada de los insensatos. Él aborrece a todos los que hacen iniquidad. La Biblia nos asegura del amor de Dios por sus escogidos, a quienes tomó siendo sus enemigos, a pesar de nuestra muerte en delitos y pecados. Esa es la razón por la cual le amamos a Él, dado que nos amó primero. No hubo algo digno en nosotros para que nos tomase en cuenta, de la misma masa de barro formó vasos de honra y vasos de deshonra. De esa manera, la Escritura enfatiza en el hecho de que Dios ama y odia, pero lo hace en personas separadas.

Dios amó a Jeremías y le prolongó su misericordia, por cuanto el amor de Jehová se considera eterno. Odió a Esaú, sin que tuviese que mirar en sus malas o buenas obras, así como amó a Jacob no tomando en cuenta lo que hacía. Por supuesto, un Dios que odia la iniquidad no puede soportar al inicuo a su lado. Sin embargo, pese a no haber visto nada bueno en sus escogidos, los apartó en Cristo para dárselos como un legado, como el fruto del trabajo que haría. Cuando el Señor expiraba en la cruz pronunció una sentencia definitiva: Consumado es. ¿Qué era aquello que había terminado en forma perfecta?

Se trataba del trabajo encomendado, salvar a todos los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la incorruptible palabra de aquellos primeros creyentes (apóstoles). De ellos se había perdido uno solo, pero tuvo que suceder por causa de la Escritura. Jesús fue enfático cuando oraba, habiendo dejado en forma explícita que no rogaba por el mundo. Ese mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su crucifixión no era el mundo amado por el Padre, de acuerdo a lo que le había mostrado a Nicodemo. Así que en las propias palabras de Jesús vemos dos tipos de mundos: 1) el amado por el Padre (Juan 3:16), el cual incluía a judíos y gentiles, asunto que sorprendió al maestro de la ley que suponía que solamente los judíos serían los amados por Dios, 2) el no amado por el Padre, por el cual Jesucristo no iba a morir (Juan 17:9).

Ese mundo por el cual Cristo no rogó engloba a Esaú, al Faraón de Egipto, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, a los que adorarán a la bestia y se admirarán de su poder. Son los mismos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo, llamados también réprobos en cuanto a fe. A este grupo Dios odia de todo corazón, habiéndolos catalogado como hacedores de iniquidad. Por esa razón la Biblia nos dice que Dios está airado contra el impío todos los días.

El odio de Dios por los impíos presupone por igual su odio por la impiedad. El acto inicuo de torcer las Escrituras para hacerla decir lo que ellas no pretenden, se considera una acción de iniquidad suprema. Hay maldición explícita para los que tal hacen, como las palabras de Jesús en el Apocalipsis: les serán añadidas las plagas de ese libro, por ejemplo. Pedro nos dice que quienes tuercen la palabra revelada se pierden, labrando para ellos mismos su extravío. Pablo maldice a los que son portadores o participantes de cualquier falso evangelio. A esta gente les cae el espíritu de estupor profetizado, por no amar la verdad sino entretenerse con la mentira.

Mucho furor causa hablar del odio de Dios por algunas personas, molestias sin fin. En las mal llamadas iglesias, mejor denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace Juan en el Apocalipsis, se cierran las puertas a cualquiera que ose afirmar que Dios odia a alguien en particular. Todos se vuelcan a decir que Dios odia el pecado pero ama al pecador. Y ciertamente Dios ama al pecador (impío) que va a redimir, el que ha escogido desde antes de la fundación del mundo para entregárselo a su Hijo (Efesios 1:4,5,11). Pero a los vasos de ira preparados para hacer notorio su poder y justicia Dios odia, no los va a estar recordando con tristeza por el hecho de que vayan al infierno de eterna condenación.

La Vulgata Latina lo expresa muy claramente, en especial para los que somos de habla hispana. Dice el Salmo 5:7 de la siguiente manera: Odisti omnes operantes iniquitatem. (Odias a todos los que hacen iniquidad). El verso 7 de la Vulgata tiene la numeración del 6 en la Reina Valera, vemos el sentido original del texto que ha sido traducido poco a poco de manera distinta. Dios odia a los que operan iniquidad, no dice que ama menos, que los ama a pesar de todo; no, dice que Jehová tiene odio por ciertas personas. Nosotros, los que hemos sido redimidos, fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás, cuando estuvimos en la esclavitud de las tinieblas. Sin embargo, Dios nos tuvo ira pero nos amaba con amor eterno.

El Hijo de Dios estuvo en la cruz pagando la condena de su pueblo; el Padre nunca lo odió, pero le mostró su ira por el pecado, lo castigó exhaustivamente, hasta el punto de abandonarlo, de acuerdo a la oración del Señor en la cruz. Dios va a destruir a los que hablan mentira, dice el texto del Salmo 5; fijémonos que los que tuercen las Escrituras dicen mentiras respecto de ella. Aquellas personas que niegan el infierno de fuego, porque les parece muy tortuoso, poco digno de un Dios de amor, tuercen las Escrituras (hablan mentiras contra Cristo, quien habló con énfasis sobre el tema). Los que universalizan la expiación del Señor, para hacerla más democrática y apetecible a las masas, tuercen las Escrituras porque ellas hablan de Jesús que moriría por todos los pecados de su pueblo. Los que dicen que el evangelio es una oferta de salvación abierta al mundo que lo desee, mienten contra la Biblia que asegura que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Los que aseguran que una vez que el redimido peca pierde la salvación, hablan mentira contra la Escritura que nos brinda la certeza de que Cristo no echará fuera a ninguno que el Padre le haya enviado.

Aquellas personas que proponen que pueden militar en un evangelio diferente por un tiempo, aún después de haber creído de verdad en el evangelio de Cristo, hacen al Señor mentiroso cuando aseguró que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño. Cuando la Biblia habla de salvación por gracia y no por obras, lo dice para que nadie pueda gloriarse de sí mismo. Pero hay muchos falsos creyentes que dan certeza de creer por cuenta propia, diciendo que ellos decidieron tal día a tal hora, que ellos le pidieron al Señor que los inscribiera en el libro de la vida. Tal vez, dicen ellos, el Señor los anotó desde antes de la fundación del mundo porque vio que ellos iban a creer. Por otro lado, existen los llamados cristianos que tienen comunión con los que se apartan de la doctrina de Cristo, diciéndoles bienvenidos a sus vidas en forma espiritual. Ellos comparten la misma fe, por cuanto ninguno de ellos ha creído en realidad en el verdadero evangelio del Señor.

La doctrina de Cristo nos viene como parte del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Ocuparse de la doctrina sirve a muchos, nos ayuda en el cultivo de nuestra salvación, viene como fruto obligado de poseer la verdad y del habitar del Espíritu en nuestras vidas. La doctrina no opera como un prerrequisito de salvación, porque eso sería salvación por obras de conocimiento, pero viene como inevitable consecuencia de la redención. No deja Dios en la ignorancia a su pueblo escogido, una vez que lo ha llamado en forma eficaz. El Espíritu nos lleva a toda verdad, no nos conduce de mentira en mentira para finalmente llevarnos al cielo.

César Paredes

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