El anuncio del evangelio pasa por un recorrido de personas a través de los siglos. En un primer momento, cuando se comenzó la comunicación acerca de Jesucristo como Hijo de Dios, algunos aseguraron que lo habían visto, aún después de la muerte, por causa de su resurrección. Otros que no lo vieron, fueron objetos de sus milagros, deleitados con la manifestación del Espíritu en los días en que los dones especiales estuvieron vigentes. Después de cerrado el libro de la profecía final (Apocalipsis), después de todos los eventos predichos como profecías por los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento, nos queda la doctrina expuesta como el manjar para el alma y como la ocupación para beneficio de nuestra salvación.
Ese anuncio vino como enseñanza, como la doctrina que el Padre le dio al Hijo. En ese conjunto didáctico encontramos un balance entre ética y teología, al mismo tiempo en que miramos el carácter de Dios a través de su posición soberana sobre su creación. El Señor Jesús se esmeró en anunciar en muchas oportunidades ese carácter del Padre, pero sabemos que hablaba también de sí mismo, porque él y el Padre eran uno. No que eran la misma persona, como se desprende de sus oraciones, de su bautismo y de sus muchas enseñanzas, sino que eran uno porque no disentían el uno del otro, como el Espíritu tampoco contradice la palabra de Cristo ni se contrapone a los designios del Padre.
¿Quién ha entendido ese anuncio? Esa pregunta la hizo Isaías, pero él se incluyó junto a Dios como si el anuncio fuera de ambos. Y lo era, como también sigue siendo el nuestro. Estamos comprometidos con la predicación del evangelio, pero debemos definirlo para evitar confusiones con los distintos evangelios predicados. No que haya varios sino que existen distorsiones del verdadero. El evangelio viene a ser la promesa de liberación que hace Dios para con su pueblo. Es el anuncio de que Cristo murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras.
El evangelio no viene como súplica al hombre muerto en delitos y pecados, enemistado con Dios, indispuesto en su entendimiento para discernir las cosas de su Espíritu. El evangelio viene como testimonio de lo que hace Dios ante las naciones, para endurecer a los réprobos en cuanto a fe y para rescatar a los elegidos del Padre. Las ovejas perdidas son llamadas al redil con el llamamiento eficaz del Señor, para que lo sigan y jamás se vuelvan tras el extraño. Las cabras son como el árbol malo: jamás darán el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio. Siempre estarán en la duda acerca de la soberanía de Dios, sostendrán que existe injusticia en Dios por haber odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal.
Ha habido teólogos cristianos, como todavía los hay, que dicen explícitamente que no creen en los textos referidos a la condenación divina, en la forma en que se escribió en la Biblia. Los hay quienes un poco menos atrevidos a la negación trastocan el texto para obligarlo a decir algo inesperado: Dios amó menos a Esaú, pero lo amó. Los hay quienes sugieren y pregonan que los amados de Dios lo son porque Él vio en el túnel del tiempo quiénes lo iban a amar y por eso los predestinó.
El anuncio tal cual está en las Escrituras sigue ignorado por muchos. Esa es la razón por la cual Isaías se preguntaba quién había creído el anuncio dado por él y por el Señor. Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). En ese texto, Pablo habla de la muerte de Cristo en favor de nosotros (los creyentes, la iglesia), no en favor del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). Por esta razón sabemos que una persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios no puede vivir en la ignorancia del Evangelio. No podrá decir que Cristo murió por cada uno en particular, incluso por aquellos que no vino a salvar. Esa posición de error echa por tierra la declaración de Jesucristo recogida en Juan 10:1-5, que dice que sus ovejas que lo siguen no se van más tras el extraño. El extraño es el profeta o maestro de mentiras, como señala Jeremías, el que dice paz cuando no la hay, el que comulga con doctrinas de demonios para suavizar la dura doctrina de Jesucristo.
El que ignora el evangelio da visos de que anda perdido, de que no ha sido llamado eficazmente. Existe una condición supuesta en el ofrecimiento del evangelio, como si se tratase de un mercadeo. El evangelista ofrece el producto de la salvación condicionada tanto en la gracia de Cristo como en la disposición del prospecto, de manera que se establezca un contrato bilateral. Le dice que Dios hizo ya su parte, que ahora usted tiene que hacer la suya. Una serie de métodos persuasivos caen sobre el auditorio para manipular a los futuros creyentes, de tal forma que sean conducidos a una forma de piedad externa (apariencia de piedad sin eficacia). El evangelista se ve triunfante porque ha rescatado un alma del infierno, pero olvida que ha condicionado en la criatura la salvación que anunciaba por gracia.
Cristo vino a ser la justicia de su pueblo en tanto el Padre lo hizo pecado por nuestra causa (al Hijo que no conoció pecado), para que lleguemos a ser la justicia de Dios en él (en Cristo). Quiere decir que la justicia de Cristo se nos imputa a cada creyente (2 Corintios 5:21), pero creen solamente los ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que seríamos enseñados por Dios para que habiendo aprendido pudiéramos ir a él. Aseguró que esos enviados del Padre nunca los echaría fuera, sino que los resucitaría en el día postrero. Dijo, además, que estamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor; por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos el Espíritu Santo como una garantía de la redención final.
El evangelio de Cristo no gustó a muchos de sus discípulos que se fueron dando murmuraciones contra la dura palabra, la que nadie podía oír (Juan 6:60-66). Ellos preferían el falso evangelio que condiciona la salvación bajo la premisa de que tomarían en cuenta su voluntad libre para la decisión. Consideraron dura aquella palabra por cuanto los dejaba por fuera en cuanto a su albedrío, como si el Padre necesitara de su aprobación para poder salvarlos. Además, frente a la duda de no ser electo decidieron precipitarse a su abismo, a las doctrinas de demonios, dando pie a sus cavilaciones sobre la excesiva dureza de la teología de la soberanía absoluta de Dios.
Queda claro en el Nuevo Testamento que Jesús en ningún momento intentó suavizar la doctrina del Padre, más bien increpó a los doce discípulos (apóstoles) para que se fueran en caso de que así lo desearan. Por otro lado, Pedro le respondió que no tenían a quién ir, que sabían que él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús todavía les añadió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (Judas Iscariote, el que le había de entregar para que la Escritura se cumpliese). Vemos a lo largo de Juan 6 que Jesús no se esconde en palabras para simular una vergüenza en torno a la doctrina del Padre, más bien la avienta de frente y en forma desafiante. Incluso el hijo de perdición había sido destinado para tal fin, de quien fue dicho que mejor le hubiera sido no nacer.
El Dios soberano de las Escrituras no necesita nuestra compañía, simplemente ha creado este universo y nos colocó acá para despliegue de su gloria. Gloria como Creador de todo cuanto existe, aún de los malos para el día malo, gloria como el que despliega su justicia y su ira contra el pecado, gloria de Salvador para mostrar misericordia en los que quiere mostrarla. Por supuesto, todo este anuncio deja por fuera la voluntad muerta del ser humano caído y perdido en sus delitos y pecados. Nuestra buena voluntad (Salmo 110:3) podrá serla en el día del poder de Dios, el día en que su Espíritu nos vivifica y nos dispone para amar el andar en sus estatutos (Ezequiel 36:26-27).
César Paredes
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