Jesús fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación, de manera que nuestra fe en el Señor nos es contada por justicia. Pero la justificación opera como regalo de Dios para su pueblo escogido, el cual será llamado eficazmente en el día de su poder. Desde entonces demostramos la buena voluntad de nuestro corazón de carne, no ya más el corazón de piedra endurecido por el pecado no perdonado. Por más ferviente que usted sea en sus plegarias, aunque se dirija al Dios del cielo, al Cristo que ha aprendido leyendo la Biblia, aunque sea un celoso de Dios, si no ha sido justificado, su alabanza se dirige a un ídolo.
Puede ser que la idea de lo que usted tenga de Dios haya sido una concepción ajena a lo que la Escritura enseña, ya que si no le ha amanecido Cristo su fe es vana. La salvación pertenece a Jehová, el Señor solo vino a salvar a los suyos, a los hijos que Dios le dio, a aquellos que el Padre enseña para que habiendo aprendido sean enviados hacia el Hijo. No vino Jesús a morir por el mundo no amado por el Padre, sino por los que Dios amó con amor eterno (Juan 17:9; 20; Juan 3:16).
De manera que los ganadores de almas adoctrinan a sus vasallos, como pupilos fanáticos para que alaben siembre a su mentor. Los viejos fariseos nos enseñaron sus malos modales teológicos; se jactaron de tener las Escrituras, de saberlas leer e interpretar. Se hicieron doctos en la ley de Moisés, se apegaron a su letra olvidando su espíritu; ellos aprendieron el nombre del Señor, lo llamaron de muchas maneras: Elohim, El Shaddai, Jehová, Adonai, etc., pero bajo esos nombres construyeron un ídolo al cual servían. No toleraron la palabra incorruptible, porque si lo hubiesen hecho no habrían asesinado al Dios que los visitó en Jerusalén.
Dios nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:5). Los fariseos y sus acólitos amaban el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres (Mateo 6:5), mostraban celos por las buenas obras: diezmaban la menta y el eneldo y el comino, pero dejaban la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23: 23). Fijémonos que su fe la dejaron porque en realidad no tuvieron la verdadera, de lo contrario hubiesen creído en el Señor. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe es un regalo de Dios, no es de todos la fe. De manera que al que no se le ha regalado la fe no puede llegar a creer, todo lo que hace es imitación, una imagen aparente de lo que verdaderamente es real.
Los fariseos tenían prosélitos, muchos seguidores, pero ambos fueron llamados por Jesús hijos del infierno. Los evangelistas del otro evangelio se parecen en gran medida a los viejos fariseos, recorren el mundo en busca de un seguidor, pero una vez alcanzado lo hacen doblemente merecedor del infierno: dos veces más hijo del infierno que ellos (Mateo 23:15). ¿Cómo es eso que el prosélito es doblemente merecedor del infierno que el fariseo o evangelista del otro evangelio? Porque si ya estaba perdido (merecía el infierno) ahora no solo está perdido sino que sigue a otro que anda igual que él. En realidad nunca ha complacido a Dios, sino que su carne se complace en las obras que la sociedad considera de bondad y piensan que por ello añaden su propia justicia a la de Cristo. A lo mejor Dios vio algo bueno en ellos y por eso los predestinó, aseguran en su desvarío.
El Dios de toda la creación envía un poder engañoso, para que estos falsos creyentes crean la mentira (que ya habían asumido como cierta). La razón viene por partida doble: 1) a fin de que sean condenados todos ellos; 2) porque no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:11-12). Se la pasan leyendo las Escrituras y hasta la saben de memoria, cantan alabanzas a lo que ellos consideran ser Dios, dan ofrendas y aún los viejos diezmos de la ley, visitan a los enfermos y a los presos de la cárcel, anuncian al Cristo que suponen hizo una salvación posible para todo el que la quiere aceptar. Esos son indicativos de que no aman la verdad doctrinal de Jesucristo, de que se espantan con el Dios que odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal; aborrecen al Dios que les parece un tirano o peor que un diablo, porque predestinó sin mirar en las acciones de los hombres.
De esa manera se desvían tras la mentira, hacia la obra de sus manos: han confeccionado un ídolo, pero esta vez no de madera ni de metal, más bien un constructo intelectual de lo que debería ser Dios. Un Dios más democrático, que respeta como Caballero la voluntad humana, que no se entromete en el corazón libre de los hombres porque espera de ellos que libremente acepten una oferta general de salvación. Es el evangelio para las multitudes, el que parece bien recibido, el que se congracia con la gente, con lo que llaman pueblo, para que de esa manera participen del ministerio de la religión universal. Así les opera el espíritu de estupor, de mentira o engaño enviado por el Dios de la creación para aquellos que se complacen en la mentira teológica.
Un pastor un día le dice a un feligrés que predicaba sobre la soberanía absoluta de Dios que se calle ese mensaje, que lo crea para él solo pero que no lo anuncie. Otro día anuncia que Cristo no perdona pecados sino solo el Padre, en otra oportunidad asegura que Dios nos da conforme a nuestras riquezas en gloria. Esos errores, uno a uno sumados, anuncian el extravío por causa del amor a la mentira y odio a la verdad. Porque quien ama la mentira tiene que odiar la verdad, o quien no ama la verdad tiene que amar la mentira. Ambas son excluyentes, aunque el mentiroso use parte de la verdad para encubrir su engaño. El que ha sido redimido ama la verdad, porque conoce que sin ella estuviese perdido; pero el que no ha sido justificado tiene por fuerza que seguir el rastro de la mentira, para que se adentre en su tragedia de vida: el apartarse de Dios por siempre, cuando escuche el nunca os conocí que les dirá Jesucristo.
Pero la mentira que predican la asumen como verdad; piensan que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, pero que finalmente lo amó porque Dios es amor. Siguen falacia a falacia, para alcanzar rápidamente el camino de la perdición final. Interpretan que el texto que anuncia el odio de Dios por Esaú se refiere a dos naciones, pero no a personas particulares. Al final se consuelan con el vientre, con ver gente aglomerada en sus sinagogas, con la alegría de las ofrendas recibidas. La ofrenda no solo puede ser económica, también es el cúmulo de personas que lideran, que le siguen como a los viejos fariseos: los prosélitos que se le suman.
El Espíritu Santo no deja en la mentira a ninguna persona que ha hecho nacer de nuevo. El es el Espíritu de verdad, nos guía a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor. ¿Cómo va a sugerir que callemos el tema de la soberanía absoluta de Dios, aún en materia de salvación? ¿A qué espíritu oyen y siguen cuando se atreven a silenciar este discurso? No lo soportan, por lo cual o lo condenan o lo transmutan, para que el eclecticismo triunfe como sabiduría humana. Pero Dios debe odiarlos tanto que les ha enviado el espíritu de estupor para que crean la mentira que pregonan y sean condenados prontamente, o tal vez todavía no los ha llamado de las tinieblas a la luz.
Estos operadores religiosos odian la verdad, no se trata de que malinterpretaron el evangelio. Ellos se han rebelado contra ese Dios de las Escrituras porque no toleran que solo Noé junto a su familia hallara gracia ante los ojos del Señor; ellos no aceptan que Jesucristo haya venido a morir en exclusiva por todos los pecados de su pueblo; no desean que se les diga que Cristo no murió por los que el Padre no le dio; no toleran escuchar siquiera que Dios eligió desde la eternidad quiénes habrían de ser salvos, para añadirlos a la iglesia; jamás aceptarán que Dios no haya mirado en los corredores del tiempo para escoger a los que salvaría, porque eso implicaría negar que hay algo bueno en la criatura a salvar. Por esa razón todavía se preguntan: ¿qué será lo que Dios vio en mí para que me predestinara? En realidad no terminan de comprender que parecen ser ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.
No podemos tener comunión con los que no tienen la justificación como regalo, ya que al parecer son miembros de la iglesia apóstata, de la gran ramera. Si todavía existe pueblo de Dios en ella la voz del Señor les anuncia que salgan de allí (Apocalipsis 18:4). Si participamos con ellos en materia espiritual, participaremos de sus plagas. El que se extravía y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios…el que no trae esa doctrina no debe ser bienvenido (2 Juan 1:9-10). No de balde nos advirtió el Señor que él no vino a traer la paz sino la espada, a dividir a familias, para que demostremos que le amamos a él por sobre todas las cosas y personas.
Hablemos la verdad en amor, como lo recomienda Pablo (Efesios 4:15), pero no nos engañemos a nosotros mismos participando en comunión con los que no viven en esta doctrina de Cristo. La Biblia lo dice muy claramente, por el amor al prójimo debemos hablar verdad siempre para que vean el error en el cual andan. Si no creen, nos retiramos y que nuestra paz nos siga, pero a ellos les será tomado en cuenta en mayor forma su pecado de rechazar la verdad y de preferir la mentira. Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 1-2).
César Paredes
Deja un comentario