LA GRACIA SIEMPRE

Judíos y gentiles, todos participan de la gracia de Dios siempre y cuando hayan sido elegidos para tal beneficio. En el Antiguo Testamento o viejo pacto, las profecías señalaban a Jesucristo, cada sacrificio realizado por un sacerdote se hacía en la sombra de lo que llegaría a ser un hecho histórico un día. La circuncisión en la carne valía como señal de la del corazón, la Pascua se celebraba recordando lo sucedido en Egipto y en la esperanza de lo que sucedería también en la historia, pero del futuro. Job hablaba de su Redentor que vivía, de que al final se levantaría del polvo. Añadió que después de deshecha su piel (la de Job) habría de ver en su carne a Dios (Job 19:25-27). Ya Job hablaba de la resurrección de su Redentor y de la suya propia, de manera que no hubo ignorancia en esa época, sino que los escogidos de Dios recibían la información por su palabra. Pero ese libro es inspirado, así que he allí una revelación vetusta que habla del conocimiento del Mesías y de su función, ya en esa época. 

Se cumple en Job lo que se dice en Hebreos, que Dios habló de muchas formas y muchas veces en otro tiempo a los padres por los profetas (Hebreos 1:1). Aunque Job veía al Señor por fe, sabía que un día su propio cuerpo estaría frente a él, para verlo con sus propios ojos. Abraham, el padre de la fe, creyó a Dios y le fue contado por justicia; ese patriarca venía de un pueblo pagano pero Dios lo buscó y lo tomó por uno de los suyos, llamándolo amigo. Los santos del Antiguo Testamento también tuvieron la esperanza que nosotros tenemos, en tanto que somos santos del Nuevo Pacto. Aquel era un pacto de ley pero como la ley no salvó a nadie se entiende que los salvados de aquella época lo fueron por gracia. Es que la obra no puede redimir ni a una sola alma, así que la redención siempre ha sido por gracia. 

La gracia sostuvo a todos nuestros hermanos del viejo testamento, ya que la ley cumple con el propósito de conducir a Cristo y su finalidad última es también Cristo. Los que dependían de las obras de la ley estaban bajo maldición, como está escrito: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas (Gálatas 3:10). Por la ley ninguno se justificó ni se justificará para con Dios, solamente vivirán los justos por la fe. La ley era un asunto del hacer, no de la fe, por lo cual Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gálatas 3: 11-13). 

Los mecanismos del ritual del Antiguo Testamento señalaban al Mesías que vendría, para beneficio de los elegidos de aquella época (Hebreos 8:10). A Abraham se le había dicho que por medio de su simiente todas las naciones de la tierra serían benditas (Génesis 12:1-3). Dado que Dios es Omnipotente pudo cumplir lo prometido, así que la fe fue sembrada en cada uno de los elegidos para que diera el fruto propio de ella: creerle a Dios. También los profetas del viejo pacto hablaron del siervo sufriente, del varón de dolores despreciado y desechado entre los hombres. Esa persona referida por Isaías era la que llevaría nuestras enfermedades y sufriría nuestros dolores; el herido por Dios y abatido, molido por nuestros pecados, el que soportó el castigo de nuestra paz (Isaías 53). 

El evangelista Mateo señala el cumplimiento de esa parte especial de la profecía de Isaías 53, cuando relata que después de que Jesús sanara a la suegra de Pedro le trajeron a él muchos endemoniados. Jesús echó fuera a los demonios y sanó a todos los enfermos: para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias (Mateo 8:14-17). Es importante resaltar el cumplimento específico de esa profecía, para que nadie siga en el supuesto de que esa es una promesa profética para nuestros días. Ciertamente, el Señor puede sanarnos de nuestras enfermedades y dolencias, pero si lo hace lo hará porque esa es su voluntad. No puede invocarse una promesa, como si esa no se cumpliera y Dios fallara o nuestra fe fallara. La razón descansa en que Mateo ya dijo que se había cumplido esa parte de lo dicho por Isaías. Además, si el Señor sanara siempre a cada uno de sus hijos, ninguno de ellos moriría.

Jeremías también anuncia el nuevo pacto, desde el Antiguo Testamento. En el capítulo 31 de su libro, versos 31 al 34, dice finalmente que Jehová perdonará nuestra maldad y no se acordará de nuestros pecados. Esta promesa fue dada al Israel de Dios, a los elegidos del Señor desde antes de la fundación del mundo. Cuando le sea dado arrepentimiento al Israel histórico de Dios (la nación de Israel) entonces comprenderán que Jesucristo es el único que puede ser su paz.  Como la Escritura nos exige pedir por la paz de Jerusalén, hagámoslo pensando en que la única paz posible para ellos es el Señor. 

Sabemos que la sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados, pero nosotros somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios…porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Donde hay remisión de los pecados, ya no hay más ofrenda por el pecado (Hebreos 10: 12-18). 

La ley tenía la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas (Hebreos 10:1). Pablo nos dijo que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios (Romanos 3:20). Si la ley lo que hizo fue alumbrarnos el pecado hasta que abundara, la gracia sí que lo perdonó en forma absoluta. Pero la ley es buena en sí misma, ya que nos demuestra nuestra incapacidad y nos conduce por fuerza a Cristo. Claro está, muchos no alcanzaron este objetivo porque se apegaron a la letra de la ley y a su forma, ignorando el fondo y su fin que es Jesucristo. 

La prueba de lo que decimos subyace en el Mesías, quien vino a Israel y no fue reconocido sino por Juan el Bautista y su padre Zacarías. Este último lo supo por mediación de un ángel, pero de ahí en adelante fueron muchos los recogidos por el ministerio del Bautista para andar en los caminos hacia el Señor. Los planes de Dios están en la Biblia, al menos los que fueron revelados por Él mismo; se ve que a Israel le ha acontecido endurecimiento en parte, para que nosotros los gentiles entremos en ese terreno de la gracia. Siempre ha habido gracia para todos aquellos que hemos sido amados con amor eterno. 

César Paredes

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