La gracia viene sin que medie trabajo de nuestra parte, mal puede entenderse que el bautizo contribuye a la redención gratuita que nos da el Padre. Jesús dijo que era necesario nacer del Espíritu para entrar en el reino de Dios, pero también se refirió al nacer de agua. ¿Que quiso decir con lo del agua? Realmente no hablaba de la pila bautismal, la cual no tiene propiedad regenerativa. La gracia del Espíritu se compara con el agua que limpia, como lo veremos en algunos textos de la Biblia. Por ejemplo, en Ezequiel 36:25 leemos: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré.
No se trata del agua potable o la de un río que fluye, sino de una metáfora de algo que hace el agua limpia. Porque ciertamente no existe virtud alguna en el preciado líquido para quitar la mancha del pecado, sino en la sangre del Hijo. Jesús le dijo a la mujer samaritana que era necesario beber el agua que el daría, para no tener sed jamás (otra vez una metáfora, la de no tener sed jamás). Acá se trata de esa agua limpia que significaba el Mesías, como bien se desprende de su diálogo con esa mujer, cuando Juan escribe el relato en el capítulo 4, verso 25, de su Evangelio: Yo soy, el que habla contigo. En otros términos, Jesús es esa agua limpia, pero por su sangre derramada nos quita el pecado a todos los que representó en la cruz.
Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva (Juan 7: 37-38). Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:25-26). Vemos que este texto da claridad al contexto de lo dicho por Jesús a Nicodemo, ya que la purificación que él hizo con la iglesia se realizó por la palabra. Si vamos atrás, al Deuteronomio capítulo 32, verso 2, nos daremos cuenta del vínculo del agua con la palabra de Dios: Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba. Es el Logos el que habla a través de Moisés.
Juan bautizaba con agua (con agua del Jordán, por ejemplo), pero vendría uno después que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). El corazón debe ser cambiado, nuestra paja debe ser quemada por el fuego, todo por agencia del Espíritu Santo. De esa forma abandonamos nuestro apego por el pecado, comenzamos a aborrecerlo y nos volvemos a Dios. Estas cosas hace el creyente cuando se entrega a una vida de oración y separación del mundo, bajo la doctrina de Cristo, no de los falsos maestros.
Dios nuestro Salvador nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:4-5). Claro está, el bautismo con agua es un mandato para obedecer, como un símbolo de nuestra muerte y resurrección, de compromiso con Jesucristo. El ladrón en la cruz no tuvo tiempo de bautizarse, en el sentido cristiano del término, pero creyó a Dios y pidió misericordia obteniéndola. Ese ladrón nació de nuevo por el Espíritu para poder comprender que moría al lado del Redentor.
Los que no tienen otro bautismo sino el del agua física, necesitan nacer de nuevo por el Espíritu Santo. La religión no nos protege del maligno, no nos defiende de su asalto, no redime una sola alma. Por la palabra de Jesucristo (su doctrina) podemos ser justificados por medio de la fe, como don de Dios. Esto lo da Dios de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, pero nos toca a nosotros pedir, mostrar interés, dar el fruto de árboles buenos. No podemos hacerlo en nuestras fuerzas ni por virtud alguna que supongamos poseer, ya que el Espíritu es quien opera ese nacimiento de lo alto, la regeneración o el cambio del corazón de piedra por uno de carne.
Nadie puede ir al Padre sino por medio de Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres; de esa manera conviene la predicación de su palabra, el agua limpia que purifica nuestras almas. Sin Evangelio no hay conocimiento del Altísimo, no se podrá invocar a aquel que puede salvar. En el nacer de nuevo se presentan dos situaciones muy particulares: 1) esa actividad la hace el Espíritu (no por voluntad de varón); 2) nosotros somos sujetos pasivos. De allí que se escribiera que recibimos vida de Cristo cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1).
El estado de muerte espiritual del hombre caído en Adán impide cualquier movimiento hacia la medicina del alma. ¿Cómo podría Lázaro salir de la tumba por sí mismo? El trabajo de la conversión es un trabajo de Dios, no del hombre; más allá de que se nos diga que nos convirtamos a Dios, no podemos en nuestras fuerzas. Se nos manda a hacerlo como mandato general, para que sepamos nuestro deber ser. El hacer no lo tenemos disponible, pero viene cuando el Espíritu realiza el nuevo nacimiento. Dentro de la metáfora de la muerte en delitos y pecados, se sigue la lógica de que el cuerpo muerto no puede moverse. El hombre natural yace incapacitado para discernir las cosas del Espíritu de Dios, ya que le parecen una locura.
Dios es quien dice: Despiértate tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5:14), pero se lo dice a los creyentes que parecen adormecidos. Esa es la exhortación de Pablo en esa carta, cuando promueve que seamos imitadores de Dios como hijos amados. Pero el hombre muerto no puede oír a menos que Dios le abra el corazón, como hizo con Lidia, la vendedora de púrpura (Hechos 16:14). Recordemos que la casa de Israel andaba adormecida también, por lo que el profeta Ezequiel dice de parte del Señor: no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis (Ezequiel 18:32).
Hemos de saber diferenciar cuándo el Señor habla para su pueblo y le compara con gente dormida, y cuándo el Señor habla de los impíos que están muertos en delitos y pecados. Isaías habla a la casa de Jehová para que le busque, en tanto Él está cercano. En referencia al Mesías que vendría refiere al impío que se habrá de convertir, diciéndole que como impío y hombre inicuo deje su camino y se vuelva a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y será amplio en perdonar (Isaías 55:7).
Nosotros los creyentes damos fe de aquellos impíos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero que oímos la voz del Señor que nos exhortaba a volvernos a Jehová. Por esa razón se escribió que nosotros hemos muerto al pecado y no podemos vivir aún en él (Romanos 6:2), también hemos muerto a la ley (Gálatas 2:19) y al mundo (Gálatas 6:14). Existe un mismo poder para regenerar tanto a un judío como a un gentil, una misma gracia en cualquier época. Lo de antes (el Antiguo Testamento) era una sombra de lo que habría de venir (el Nuevo Pacto); lo de ahora es la realización de lo de antes. Por esa razón la gracia sigue siendo la misma, el único camino posible para la redención. Y si de gratis, ya no es por obras para que no tengamos de qué gloriarnos.
Aquellas palabras de Jesús fueron duras de oír para Nicodemo; no sabemos lo que le sucedió después a ese maestro de la ley, pero el verbo de Cristo sigue vigente para todos nosotros: nacer del agua y del Espíritu, una labor que hace Dios mismo en los que escogió para ser objetos de su amor como vasos de misericordia.
César Paredes
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