LOS QUE ESCAPARON DE LAS NACIONES (ISAÍAS 45:20)

Isaías habla a los que escaparon de las naciones, una expresión que puede referirse a los que ya no están bajo los ídolos de las gentes. Los gentiles son los de las naciones, los no judíos en el sentido espiritual. El paganismo en el mundo en general siempre ha sido notorio, por cuya razón el profeta alerta contra los ídolos. Dios nos ordena para que el estándar de juicio sea el Evangelio, de lo contrario no nos ha amanecido Cristo. Muchos que se confiesan creyentes no han escapado de las naciones, en la figura de Isaías. Ellos continúan de alguna manera escondidos entre sus ídolos.

Dirá alguien que ya no tiene figurillas, que se deshizo de la simbología pagana (o aún la mal llamada cristiana).  Empero, existe una insistencia de la Biblia contra la idolatría, incluso Juan en una de sus cartas escribe: Hijitos, guardaos de los ídolos. ¿Por qué el apóstol hace esa advertencia? De seguro el Espíritu le indicó que lo escribiera porque necesario era en aquella época, pero cuánto más en la nuestra. Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Ah, pero muchos tienen otros mediadores que también llaman Jesucristo. Tal vez esa sea otra de las razones por las que el apóstol Juan advirtiera a la iglesia de guardarse de los ídolos. 

Un ídolo puede ser un constructo intelectual que conviene a la carne humana tomarlo como divinidad. El ídolo representa lo que Dios debería ser, de acuerdo al intelecto humano, según ordena la cultura cambiante. Alguien dijo una vez que dada la dinámica de la sociedad actual, la tipología del pecado debería haber cambiado. Es decir, lo que antes fue llamado pecado ahora no amerita esa etiqueta. Bien, eso demuestra que un ídolo puede surgir de la necesidad de tabular lo que es bueno y lo que es malo, como también dijera Isaías: Ay de los que a lo bueno llaman malo, y de los que a lo malo dicen bueno (Isaías 5:20).

La substancia de lo que decimos está en la Biblia: Dios no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Jehová no dará su alabanza a escultura ni a otro su gloria. Dado que servimos a un Dios celoso, los creyentes que nos debemos amor entre los hermanos en Cristo, no tenemos diálogos de paz con los enemigos de la fe. Con esto se quiere decir que de acuerdo al apóstol Juan no hemos de decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Darle la bienvenida implica llamarlo hermano, compartir espiritualmente con esa persona, participar de sus malas obras (idolatría, por igual). No harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás sus sacrificios (Éxodo 34:15). Aborrecí la reunión de los malignos, y con los impíos nunca me senté (Salmo 26:5). Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos (Romanos 16: 17-18).

Existen muchos otros textos de la Escritura que refieren a la misma idea, pero baste con los indicados para saber que es mandato del Señor el vigilar la doctrina, el vivir en las enseñanzas que dejó y el no compartir de manera espiritual con los que no viven en esa doctrina. En otros términos, no hablemos paz cuando no la hay. Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18:4). Sabemos que el árbol bueno produce un buen fruto, que el creyente del buen tesoro de su corazón hace hablar a la boca. No dará un fruto malo el creyente, no confesará un falso evangelio, no dirá herejías aprendidas de los falsos maestros, no tolerará que se tuerce la Escritura.

Nuestro Dios es celoso y no aceptará que los suyos adoren a otro dios. Por supuesto, los paganos reciben el pago de su desafío e ignorancia, pero los que conocen la Escritura y participan de los frutos del mundo venidero, si desafían a Dios no tendrán salida. Dios no tolera los ídolos, pero tampoco acepta los falsos evangelios. En realidad los llama anatemas (malditos); por igual les dice lo mismo a aquellos que proclaman o siguen un evangelio diferente. Fijémonos en que cada evangelio que difiere del verdadero se mueve en torno a una percepción de lo que debería ser Dios. 

Tal vez alguien cree en la gracia como medio de salvación, pero supone que un Dios justo debería brindarle la oportunidad a cada ser humano, de manera que bajo ese criterio su Hijo tuvo que expiar los pecados de todo el mundo, sin excepción. Es apenas un breve movimiento de interpretación lo que se ejecutó, pero con suficientes blasfemias para que Dios odie a los que participan de ese espíritu de estupor. Si Cristo murió por todos, sin excepción, la diferencia entre cielo e infierno descansa en la persona, la cual tendrá de qué gloriarse. Además, la sangre del Señor se muestra inútil en aquellos que van a la condenación, lo que lo convierte en un fracasado. 

Esa doctrina errática se encuentra muy arraigada en las sinagogas contemporáneas, aunque no es novedosa. Tiene vieja data pero hoy día ha florecido como la mala hierba y se ha propagado por toda la tierra. La elección la han tornado en una selección de los mejores, de los que Dios vio en el tiempo que tendrían una buena disposición hacia Él. Al negar la doctrina de Jesucristo se está promoviendo otro Cristo, uno que es por naturaleza anatema y que no puede salvar. Equivale al ídolo sacado del madero, como lo dijera el profeta Isaías. 

El Dios de la Biblia demanda toda la gloria de la redención: desde la predestinación hecha desde antes de la fundación del mundo, pasando por la inscripción en el libro de la vida, así como por la expiación de todos los pecados de su pueblo, hasta llegar a la declaratoria de justificación que se nos dio por los méritos de Cristo. Incluso, esa gloria sigue extendida hasta la glorificación final de sus hijos, pero los falsos evangelios intentan opacar ese brillo ineludible del autor de la gracia.

Los falsos evangelios cuando uno los denuncia pareciera que cobran vida en quienes los creen. Se vuelve tan contenciosa la gente que los promueve que reaccionan como si se estuvieran metiendo con sus ídolos. Les resulta lógico pelear por lo que ellos creen dios, por aquello por lo que sacrifican cada domingo, su vida de obras muertas, sus alabanzas a un dios que no puede salvar. Porque Dios equivale a su doctrina, de manera que la falsa doctrina equivaldrá a los dioses que la motivan. Seguro resulta que quien no acata el mandato de la Escritura al respecto, está demostrando que anda perdido y sin luz en el mundo, como los viejos gentiles descritos en la Biblia. 

Por supuesto que no han comprendido el Evangelio, porque no lo han creído, por lo cual se conectan con otros evangelios predicados por los falsos maestros, disfrazados de piedad pero que niegan su eficacia. Como la proposición bíblica les resulta insuficiente para su consolación, se inventan pruebas subjetivas de la existencia de sus dioses. Unos hablan de nuevas revelaciones, otros se sugestionan con acciones místicas, mientras están los que practican dones excepcionales que se extinguieron cuando el tiempo de lo completo entró en vigencia. A ellos les urge dar cuenta de su creencia, para mantener a la feligresía contumaz unificada en torno a nuevas expectativas: el evangelista de turno, el que habla en lenguas, el que hace sanidades a medias, el que se llama apóstol (debe ser que se le apareció Jesús), el que tiene nuevas profecías, el que decreta aún sobre la voluntad de Dios. Por supuesto, si el enfermo no sana, si lo decretado no acontece, entonces se achaca el fracaso a la falta de fe del prosélito.

La expresión los que escaparon de las naciones puede involucrar a los fieles adoradores de Jehová que han salido de la esclavitud del mundo o los que anduvieron en la dispersión, en todo caso el Señor les indica que vuelvan su rostro hacia él y que sean salvos todos los confines de la tierra. A los otros pueblos no judíos, liberados por Ciro, de acuerdo a Isaías, también los llama el Señor para indicarles sobre la necedad de adorar ídolos. No tienen conocimiento aquellos que erigen su ídolo del madero, los que ruegan a un dios que no salva. El Nuevo Testamento asegura que los que siguen las falsas doctrinas no tienen amor por la verdad, por lo cual el Señor les enviará un espíritu de estupor para que terminen de creer la mentira y se pierdan en forma definitiva.

Ese es el peligro de los que se aferran a un dios que no puede salvar. Poco importa que lo llamen Jesucristo, que lo adoren con himnos hermosos o que le hagan votos de moralidad, ya que siempre se tratará de algo que no existe sino en la imaginación religiosa. Esa divinidad falsa no podrá salvar un alma, por más que ella se parezca al Dios de las Escrituras. Todavía el Señor tiene pueblo que no ha escapado de Babilonia, al que le dice que huya de allí. Sepa que una vez que Dios les envíe el espíritu de estupor ya no habrá marcha atrás y se le cerrará la puerta del arca. Por tanto, el arrepentimiento sigue al entendimiento de lo que el Señor está diciendo.

César Paredes

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